La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







viernes, 7 de marzo de 2008

Crónica nº 6: Era en abril (noviembre 2004)

Ahí, sobre el escenario, a sólo unos cuantos metros de donde me encuentro sentado, están cantando Juan Carlos Baglietto y Silvina Garré. Juntos, como antes. Como cuando eran y éramos jóvenes. Verlos y escucharlos incita -¿cómo evitarlo?- a una inmediata excursión sensible hacia años idos.

Volver al '82, entonces. Que es, en mi caso -oh, poética casualidad- volver a los 17. Es decir, a Quinto Sociales, a Malvinas, al Mundial de España, al viaje a Bariloche, al cine Ópera y sus películas prohibidas. Volver a ese angustiante no saber qué hacer con la vida de uno a partir del año siguiente, a ese inquietante empezar a vislumbrar el revés de la trama escondido detrás de las cosas. Volver a los discos de vinilo que giran en el Ken Brown, a los primeros cuentos, a mi insaciable voracidad lectora, al sueño de esa novela genial con cuya escritura voy a alterar el rumbo de la literatura universal contemporánea. A esa sensación algo amenazante pero impagable de que todo (pero TODO, ¿eh?) va a suceder más adelante, apenas nos internemos en ese bosque intangible llamado futuro que se extiende ante nosotros con una amplitud tan generosa que roza lo infinito.

Cada una de las notas que baja desde el escenario trae en su sonido el llamado feroz de la nostalgia. Y la tentación de zambullirse en ella de cabeza, de solazarse en el recuerdo con fruición tanguera es enorme, casi irresistible.

Pero no; esta noche le hago trampa a la melancolía y no me dejo arrastrar. Justo en el borde mismo del trampolín, doy media vuelta y me bajo del carrusel del tiempo. Es que de pronto invierto los términos de la ecuación y pienso que lo mágico no reside en que la música me haga viajar hacia el pasado, sino exactamente en lo contrario: en que ciertas canciones que integraron la banda de sonido de mi adolescencia sigan vigentes hoy, veintidós años después, exentas de toda decadencia, inmarcesibles (¿qué otra razón podría explicar, sino, esta presencia a mi alrededor de tantas personas que en 1982 seguramente ni habían nacido?). Baglietto y Silvina allí; nosotros acá, seguimos unidos por las mismas canciones de hace veintidós años. A pesar de todo lo que les y nos pasó. El arte, entonces. Una vez más, el arte y esa facultad maravillosa de permitir la perduración ("algo que permanezca cuando todos nosotros hayamos desaparecido, y mucho después", parece recitarme Hemingway al oído). Sí, eso es lo verdaderamente mágico. He aquí la auténtica razón para asombrarse y celebrar.

La canción termina, y su final impone un súbito corte a mi vuelo inmóvil. La multitud aúlla. El que fui y el que soy aplaudimos conmovidos y felices.