La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







jueves, 20 de marzo de 2008

Crónica nº 14: Apuntes de un viaje a las Cataratas (febrero 2006)

Visita guiada por la casa de uno

Las dos parejas que acabamos de subir al ómnibus en Santa Fe somos los últimos en sumarnos al grupo. El resto del contingente está integrado por personas que han ido abordando el colectivo a lo largo de un extenso recorrido iniciado en San Nicolás. Para ellos, la circunstancia de pasar por Santa Fe y conocer el Túnel Subfluvial forma ya parte del paseo. De manera que, apenas abandonamos la Terminal de Ómnibus rumbo a Paraná, el coordinador se encarga de brindarle a los viajeros la información básica al respecto. Hecho nada fuera de lo común, claro, excepto para nosotros, que vivimos aquí.

La experiencia de ser tratado como un turista mientras se recorren las calles de la ciudad que uno trajina a diario y conoce de memoria oscila entre lo curioso y lo ridículo. Es como hacer una excursión por nuestra propia casa, guiada por alguien que no vive en ella. Resulta inevitable establecer odiosas comparaciones entre nuestra perspectiva de locales y la que -suponemos- habrán de llevarse los visitantes.

Por otro lado, advertir la existencia de leves imprecisiones en el relato de nuestro coordinador provoca una moderada indignación y lleva, por lógica consecuencia, a preguntarse si acaso esas mismas imprecisiones no se producirán también respecto de otros sitios que uno atraviesa durante el viaje, sin que exista posibilidad alguna de detectarlas, dado el desconocimiento que uno tiene acerca de dichos lugares.

Melancólicamente, confirmo una vez más que buena parte de nuestros conocimientos sobre el mundo está formada por versiones que de él nos brinda otra gente. La subjetividad ajena condiciona nuestro saber.

No hay caso, che. Ni siquiera en plan de vacaciones puedo desligarme del culto a la relatividad.

San Ignacio

Para quien ha sido educado en un colegio jesuita, el tema de las misiones guaraníes guarda connotaciones que resultan familiares. Trae a la mente reminiscencias de remotas clases de Catequesis e Historia en las que se nos explicaba con lujo de detalles las características esenciales de aquel innovador proyecto de evangelización que se llevó adelante entre el siglo XVII y el XVIII. Conocer las Ruinas de San Ignacio, entonces, implica para mí, además de satisfacer mi natural curiosidad, cumplir con una deuda pendiente, nacida veinticinco años atrás.

Son las siete de la mañana e impresiona ver la larguísima cola de gente que espera el inicio del horario de visita. En la boletería, un cartel exhibe la escala de precios. Me llama gratamente la atención comprobar que los mayores descuentos benefician a los estudiantes misioneros, y que la entrada es sin cargo para representantes de comunidades aborígenes.

El paseo me permite conectarme en vivo y en directo con ciertas clásicas postales que he visto en incontables oportunidades. Contemplar el pórtico de ingreso al templo, por ejemplo, me lleva a recordar una de las figuritas "Maravillas" que coleccionaba en mi infancia, y cuyo álbum casi completo -que me obsequiaba el inmediato pasaporte hacia un fascinante viaje por el mundo- aún conservo.

El guía que nos ha tocado es excelente; sabe muchísimo y contesta con creces todo lo que se le pregunta. Sus palabras brindan datos precisos que enmarcan el sabor levemente amargo que experimento al recorrer el lugar y pensar que hubo en América un proyecto alternativo al de la matanza sistemática y la codicia insaciable, un proyecto que pudo haber generado una historia diferente, con menos sangre, con menos venas abiertas, con menos olvido, pero que terminó derrotado (¿como sucede siempre?) por la lógica implacable de un poder que arrancó de cuajo todos sus logros. Allí están, frente a nosotros, los restos doblemente vencidos de algo parecido a una utopía: los testimonios del proyecto trunco y la denuncia muda del saqueo posterior.

"¿Y, sentiste algo especial?", me pregunta Gabriela al final del recorrido, sabiendo de antemano que sí. Sin embargo, lo que predomina en mí al abandonar el predio es esa irritante impresión de obscenidad que me genera la presencia de tantos tantos tantos turistas a los que -un poco por propia intolerancia, y un mucho por experiencia- presumo muy lejos de profesar un real interés hacia las cuestiones históricas.

O acaso ocurra, simplemente, que San Ignacio es uno de esos lugares que a mí me gusta recorrer en soledad.

La guía que no quería serlo

Uno espera que un guía tenga aptitud, es decir, conocimientos y capacidad para transmitirlos con claridad. Pero también espera actitud, es decir, presencia, aplomo, habilidad para conducir un grupo. Sin embargo, ya a primera vista es dable advertir que R., la joven que habrá de servirnos de guía en nuestro paseo por la mina de Wanda, está lejos de cumplir con este último requisito. En el lento recorrido que conduce al colectivo desde la ruta hasta la mina misma, R. no formula ningún tipo de comentario ni introducción; se mantiene atada a una mudez que se me antoja inaceptable. Se la intuye vergonzosa, con nervios, ostensiblemente incómoda en su rol (o tal vez no sea así; tal vez esto sólo resulta ostensible para quienes somos igualmente vergonzosos). Al bajar del micro, la cosa no mejora. R. habla poco, revela no tener mucha facilidad de palabra, lo cual la lleva a incurrir en constantes muletillas que parecen destinadas a rellenar silencios, como una alumna que no sabe bien la lección. Lo poco que explica, no se le entiende, porque su timidez la obliga a hablar bajito. Para colmo, lo que sí se le entiende suena a veces impreciso y hasta carente de fundamento, dejando instalado en quienes la escuchamos un racimo de dudas que nunca serán aclaradas. Terminamos la visita e, increíblemente, R. no se despide. Es nuestro coordinador quien, una vez de regreso en el colectivo, anuncia en su nombre: "R. me dijo que les desea un feliz viaje".

Objetivamente considerado, todo el episodio presta elementos para indignarse. Algunas personas del grupo formulan comentarios sarcásticos sobre la pobre R.. Yo, en cambio, quizás por saber bien de qué se trata eso de la timidez, la imagino encerrada en el baño tras nuestra partida, enojada consigo misma, recriminándose frente al espejo y al borde del llanto: "Otra vez, otra vez no pude hacerlo".

La diferencia está en los sanitarios

Alojarse en Foz de Iguazú es estar en el extranjero sin que se note demasiado. Uno experimenta allí un grado ínfimo de ajenidad. Es obvio que los carteles y anuncios en la calle no están escritos en castellano pero, salvo escasas excepciones, todos resultan comprensibles sin mayor dificultad. Uno siente que la estadía en Foz podría estar transcurriendo en una ciudad de la Argentina. No hace falta comprar reales porque en todos lados aceptan nuestros pesos. No hace falta utilizar el módico vocabulario de portugués turístico que uno carga encima, porque todo el mundo habla español, y si no lo habla, tampoco surgen mayores complicaciones para lograr el mutuo entendimiento. ¿Cuál es el detalle, entonces, que marca inequívocamente que estamos en Brasil y no en nuestro país? Pues nada menos que los baños públicos. No hay un sólo baño brasileño que no luzca impecable o que huela mal. Lo cual -supongo- obedece a una envidiable asociación entre la eficacia de quienes tienen a cargo su mantenimiento y la respetuosa conducta de los usuarios. Algo bastante alejado, por cierto, de uno de los dogmas del ser nacional argentino: la desidia (de ambas partes) hacia los lugares públicos.

Nota de color: en un baño argentino de caballeros, junto al recinto donde está el inodoro, hay un cartelito que reza: "Prohibido pararse sobre la tabla".

Cuesta creer que resulte necesario explicitar determinadas obviedades.

Combatiendo al capital

Me considero un anticapitalista militante. No porque me enrole en las filas de algún partido de ultraizquierda, ni porque aborrezca la propiedad privada, sino porque mi conducta habitual golpea al sistema -aunque el sistema no sienta ninguno de mis modestísimos golpes- en el centro mismo de su perverso andamiaje: no soy un tipo consumista. Por más que los expertos en marketing me bombardeen a diario ofreciéndome una amplísima gama de productos mediante atractivas consignas, no logran convencerme de que la adquisición de los mismos sea una necesidad que debo satisfacer en forma inmediata si es que aspiro a sentirme una persona feliz y exitosa.

Con estos antecedentes, sería razonable preguntarse qué diablos fui a hacer entonces a Ciudad del Este, considerado el tercer centro comercial del mundo después de Miami y Hong Kong. La respuesta debe ser buscada en el siguiente comentario que me hicieron antes del viaje: "Dicen que con cien mangos te comprás un jean, dos remeras y un par de zapatillas". Convengamos que dicha perspectiva sonaba tentadora.
Diluviaba bíblicamente aquella mañana y, para no morir ahogados, tuvimos que agenciarnos unos pilotines descartables que no son más que una colorida bolsa de residuos tamaño consorcio pero con manguitas y capucha. Así fue como, disfrazados ridículamente de profilácticos gigantes, recorrimos las calles atestadas del lugar.

Ha pasado mucho tiempo desde que conocí la ciudad bajo su antiguo nombre de Puerto Stroessner. La avenida de ingreso se ha transformado en una feria gigantesca, plagada de negocios, galerías comerciales, cientos de puestos callejeros y una multitud de vendedores ambulantes. Para los que conocen Santa Fe, podríamos decir que es una mezcla de Parque Alberdi, calle Mendoza y Plaza del Soldado, mucho más abigarrada y multiplicada hasta el ahogo.

En Ciudad del Este todo se vende y todo se compra, desde baratijas hasta pianos de cola. (En un puesto callejero de venta de ropa, por ejemplo, vi la camiseta alternativa de Colón, la blanca, con el logo de Flecha Bus y todo). Lo más buscado por los turistas son perfumes y electrodomésticos importados, y es lógico porque son los productos respecto de los cuales se consiguen mayores descuentos. Un televisor puede costar hasta un 40 % menos que en la Argentina. Claro, el problema para los malheridos bolsillos nacionales es que uno no lleva el 60 % restante encima. Y si lo llevara, ¿por qué habría de gastarlo en un televisor?

Un poco por curiosidad y otro poco para protegernos de la pluvial ira divina, nos metimos en el Mona Lisa, el único shopping de lujo con que cuenta la ciudad. Seis pisos, aire acondicionado central, escaleras mecánicas, oferta de artículos suntuarios tales como alfombras persas, bar donde un cafecito cuesta dos dólares. Una isla situada a años luz de la realidad que se ve en la calle. Estimo que nuestra chorreante presencia debe haber causado una impresión deplorable, porque era notoria la desconfianza -rayana en la indignación- con que nos miraban las empleadas del lugar. Todas ellas rigurosamente blancas y sin rasgos aindiados, of course, no sea cosa que algún desprevenido vaya a creer que estamos en Paraguay.

Por supuesto, no encontramos la ganga que nos habian descripto. La ropa sale más o menos lo mismo que acá. De hecho, las mismas zapatillas que compré en Santa Fe el año pasado a 55 pesos, me las ofrecieron en un local de la avenida .... a 18 dólares. A Gabriela y a mí no nos importó demasiado. Nos consolamos comiendo una exquisita tartita llamada chipá guazú, hecha con harina de mandioca, polenta y queso.
Nos costó un peso a cada uno.

Lo sé, lo sé; tanto desaforado consumo nos va a matar.

Elige tu propia aventura

Recuerdo una vieja película en la que Omar Shariff hace de jugador empedernido y tramposo. Esperando en el casino la hora de empezar a apostar fuerte, mata el tiempo jugando una partida con un par de ancianas muy simpáticas. El tipo las podría desplumar a gusto pero, como es todo un dandy, se deja ganar. Por supuesto, para él la suma perdida es casi una propina, pero para las viejitas semejante guiño favorable del azar constituye un episodio imborrable que habrán de contarle a sus nietos con legítima alegría. Nunca olvidaré la mirada indulgente que Omar Shariff les dedica a las dos ancianas cuando las ve alejarse tan pero tan felices ante la emocionante situación vivida.

Me viene a la memoria esta escena cada vez que en un tour incluyen alguna caprichosa referencia al "turismo aventura". Y es que supongo que la misma mirada indulgente de Omar Shariff se la deben propinar los verdaderos aventureros a aquellos turistas que se sienten Indiana Jones sólo porque andan caminando rodeados de exótica vegetación por un sendero previamente alisado por la mano del hombre para el uso de los visitantes, o navegando un río a bordo de una embarcación conducida por otro, realizando un trayecto que no tiene casi nada de riesgoso. El concepto de aventura tiene que ver con lo imprevisible, con verse obligado a afrontar lo inesperado a cada instante, con desdeñar la seguridad o la comodidad y apostar incluso la propia vida minuto a minuto. Nada más lejos de esto, pues, que las excursiones que suelen diagramarse para el consumo del gran público.

No obstante mis reservas filosóficas acerca de este equívoco conceptual, no debe suponerse erróneamente por ello que yo reniego de este tipo de "aventuras". Muy por el contrario, creo que prestan un beneficio invalorable: nos permiten ver, oler y escuchar las singularidades de ámbitos totalmente distintos a aquellos que solemos transitar durante el resto del año, lo cual siempre es preferible a tener que conocerlos por la vía indirecta de un artículo periodístico o mediante un documental del Travel Channel.

Es una buena forma de comprobar, con nuestros propios sentidos, que hay otras junglas en el planeta además de la que los humanos hemos tejido en las ciudades.

Los gomonautas de la acuapista

Hechas las recientes consideraciones, teñidas acaso de inexcusable escepticismo, diré ahora que la "Aventura Náutica" que se realiza en las Cataratas es una experiencia sencillamente maravillosa. La excursión consiste en navegar durante casi media hora por el río Iguazú a bordo de una de esas embarcaciones semirrígidas conocidas popularmente como "gomón", dotadas de capacidad para veinte pasajeros sentados, debidamente munidos de chalecos salvavidas. La travesía brinda a los viajeros la oportunidad de contemplar las Cataratas desde el agua, empaparse de pies a cabeza cada vez que se pasa exactamente por debajo de algunos de los saltos y regresar al embarcadero haciendo rafting por los rápidos del río.

Como se verá, la excursión posee todos los ingredientes necesarios para el disfrute de cualquier niño. Debe ser por eso que me divertí tanto. Hay pocas cosas tan saludables en la vida como sorprenderse a uno mismo riendo a carcajada limpia, sin racionalizaciones ni pudores.

Inservibilidad de la literatura

De mi primera visita a las Cataratas, producida 26 años atrás, me quedó la certeza de que ninguna foto o filmación logra reproducir cabalmente lo que se ve estando allí. Del mismo modo, el tiempo y mi dedicación a la literatura me enseñaron que la contemplación de ciertos paisajes en vivo y en directo excluye toda posibilidad de traducir en palabras la enorme impresión que provocan. Se puede, sí, apelar a términos trillados como "imponente", "majestuoso" o "espectacular", pero uno, que acostumbra trabajar con el lenguaje, sabe perfectamente que el adjetivo adecuado para calificar maravillas como la de Iguazú no existe.
En esta segunda visita advertí que la cosa va más allá de la mera "imposibilidad" de hacer literatura con las Cataratas. Más estricto sería decir que se trata de una cuestión de "innecesariedad". Tanta hermosura no admite la defectuosa intermediación del lenguaje. Adosarle palabras a tamaña belleza natural equivale inevitablemente a afearla. No hay espacio posible para metáforas. ¿Qué arte puede reflejar la esplendidez de lo que uno está viendo? La única actitud válida y honesta sería arrodillarse, abrir los brazos y agradecer. Así que, señores, dejemos de lado todo lo que nos distraiga del disfrute. Fuera, fuera la literatura. Que la brisa envuelva nuestras caras y el agua nos salpique las remeras.

Que los ojos y el alma se llenen de paisaje.