La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







jueves, 5 de junio de 2008

Crónica nº 39: Juan y Mayra miran fotos viejas (abril 2008)

Desde que a principios del 2002 se fueron a vivir a España, Juan y Mayra no habían vuelto a la Argentina. Tenerlos de visita en mi casa, entonces, no sólo constituye un verdadero acontecimiento, sino que me enfrenta a uno de esos consabidos conflictos cronológico-emocionales en los que me cuesta aceptar que las personas que tengo ante mí son las mismas que dejé de ver hace tanto tiempo. Claro que aquí esa disociación se profundiza en virtud de las edades que cargan los personajes involucrados: Juan tiene 15 años; Mayra 8. Y a ello hay que añadirle, todavía, la extrañeza colateral que causa escucharlos decir "vale" y hablar con acento español.

Juan es ahora un adolescente pelilargo al que le gusta mirar noticieros y estar informado. Dice que quiere ser periodista o reportero gráfico. Escucha rock pesado y sigue siendo hincha de Colón, pero ha sumado a sus afectos futboleros la afición por el Real Madrid. A Mayra le encantan las pastas y los animales. Se muestra reservada con los adultos, pero es fácil intuir que, detrás de esa timidez inicial, se esconde una gran charlatana. Según sus palabras, le gustaría "ser guardia en el zoo".

Juan tiene recuerdos de la Argentina; Mayra no. Cabe inferir, por lo tanto, que este fugaz regreso al país no guarda idéntico significado para ambos. La gira vertiginosa que han emprendido con su madre por casas de familiares y amigos representa para Juan la posibilidad de revivir la primera mitad de su infancia. Para Mayra, en cambio, equivale a conocer aquello de lo que tanto le han hablado, transformar ese territorio fantasmal en un sitio poblado por seres de carne y hueso, por lugares con olores y colores concretos. Para Juan, el viaje es un reencuentro; para Mayra, todo un descubrimiento.

Ahora estamos sentados en torno a la mesa, mirando fotos viejas. Ahí está Mayra con dos añitos, cómicamente instalada en un fuentón lleno de agua. Ahí está Juan, gateando. Ahí está mi hijo, chiquito, llevando a Juan de la mano, ayudándolo a dar sus primeros pasos. Ahí está Mayra, invisible, abultando el vientre de su mamá. Ahí estamos todos, adultos y niños, brindando sonrientes durante un asado en Rincón...

Juan y Mayra revisan las fotos con genuina curiosidad. Es natural: se trata de fragmentos de su propia historia, retazos dispersos de un pasado que el océano partió en dos. Examino sus reacciones ante tal o cual imagen y, melancólicamente, siento que esas fotos los ayudan a reconstruir el rompecabezas siempre complejo de la identidad exiliada. Lo sé, es imposible saber en realidad cómo habrán de procesar ellos la experiencia del viaje, es imposible adivinar qué cosas se acomodarán en sus cabecitas y cuáles habrán de desajustarse. La mía es, por ende, una especulación estrictamente adulta. O tal vez sea sólo una expresión de deseos.

"Mira, ese es mi padre", exclama Mayra de pronto, maravillada ante la visión de un joven veinteañero y melenudo que sonríe a cámara. "Pues yo soy más guapo", se burla Juan. Se ríen. Se ríen los dos. Nos reímos todos.

Sí, pienso, algo bueno está sucediendo aquí.

Algo bueno y necesario.
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