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vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







miércoles, 4 de junio de 2008

Crónica nº 31: Acerca de una carta a Fontanarrosa que jamás será escrita (julio 2007)

(En agosto de 2001, Fontanarrosa vino a Santa Fe, a presentar en la Feria del Libro la antología "Cuentos de fútbol argentino". Haciendo uso de esa veta cholula y caradura que me caracteriza muy de tanto en tanto (cuando me parece que la situación lo amerita), me uní al malón que lo rodeaba, lo saludé, le extendí una hoja para que me dibujara un Mendieta autografiado, y aproveché la ocasión para endilgarle una fotocopia de un cuento mío de fútbol ("Penal"), con la esperanza de que lo leyera. Una semana después, para mi gran asombro y alegría, me llegó desde Rosario una nota suya en la que me daba su impresión sobre mi cuento. Valoré tanto ese gesto, que decidí escribirle para agradecérselo, y salió esta carta muy poco convencional que hoy quiero compartir con ustedes, en homenaje a quien seguramente debe ser el tipo que más carcajadas me regaló en la vida).

Santa Fe, agosto de 2001.-
Acerca de una carta a Fontanarrosa que jamás será escrita
(Desgrabación parcial de mi última sesión con el analista)
(...)
-Pero mire usted qué interesante. Así que ahora el problema que no lo deja dormir es una carta.

-Y bueno, doctor, qué se le va a hacer. Para mí no es nada fácil esto; tengo que escribirle a Fontanarrosa y no sé bien qué ponerle.

-Siempre es difícil hallar las palabras necesarias para dirigirse a una mujer. Por lo pronto, me parece que usted debería dejar de imponer en el trato esa distancia tan horrible. Parece un empleado del IAPOS llamando a la gente: "Fontana, Rosa", "Pérez, Roque".

-¿Una mujer? No, doctor, no es una mujer. Fontanarrosa es un apellido. Al que tengo que escribirle es al dibujante, al humorista, al escritor. Al "Negro" Fontanarrosa. ¿Lo conoce?

-Sí, sí, cómo no. Yo siempre leo la página de chistes del Clarín. Me encanta el Loco Chávez y mucho más el Mago FaFa. Pero bueno, en fin, acá estamos para que usted me cuente su problema. Lo escucho.

-Le explico. Resulta que la semana pasada, Fontanarrosa estuvo en la Feria del Libro y yo tuve la ocurrencia de darle un cuento mío para que lo leyera. Yo pensé: "en una de ésas le gusta y me escribe". Pues bien, el otro día anduve por el Correo, y encontré dos cartas en mi casilla. Agarré la que estaba arriba y casi me muero. Me bastó la primera ojeada para reconocer esa "F" de inmediato. Le juro que me quedé sin aliento.

-La "F" de Fontanarrosa, obviamente.

-No, la "F" de "Financiera". Yo sabía que en cualquier momento me iban a intimar. Hace tres meses que no pago el crédito.

-Bueno, pero la otra carta era de él, ¿no?

-Sí, sí, claro. ¿Se da cuenta? No sólo le gustó mi cuento, sino que encima tuvo la gentileza de hacérmelo saber. Es una hermosa actitud. Por eso, me pareció que tenía que hacer algo para retribuir aunque sea mínimamente su gesto. Así que le escribí una carta extensísima, muy sentida, pletórica de gratitud.

-Me parece muy justo y muy sano.

-El problema es que cuando la terminé, me puse a releerla y me pareció que limitarse a decir "gracias" ante un gesto como el que tuvo es incurrir en una cortedad imperdonable. Esa palabra no abarca todo lo que quiero expresarle.

-¿Y qué hizo con la carta?

-La rompí.

-¿Cómo que la rompió?

-Y sí, la rompí. Pero le escribí otra.

-Ah, bueno. ¿Y sobre qué le escribió esta vez?

-Le dije que yo admiro profundamente a las personas con talento y a las personas con inteligencia. Le dije que cuando esas dos cualidades se dan juntas en una misma persona, la admiro todavía mucho más. Y le dije que si además van de la mano con el humor, entonces siento una admiración al cubo. Ante un Dolina, un Quino, un Les Luthiers, un Woody Allen, no puedo menos que sacarme el sombrero.

-Claro, y me imagino que a Fontanarrosa lo habrá incluido en esa lista.

-¡Por supuesto! ¡Usted no sabe la cantidad de carcajadas que me ha provocado este hombre! Nunca he podido entender cómo hace para que no se le agote la creatividad.

-Hace bien en no reprimir sus sentimientos.

-Exacto. Me gasté en elogios. Cuatrocientos treinta y siete adjetivos connotativos, tenía la carta. Qué digo carta; eso no era una carta. Era un encomio, una loa, un panegírico.

-Dios mío, desde que descubrió en la computadora el diccionario de sinónimos está insufrible. ¿Y qué hizo al final con su carta?

-La rompí.

-¿Cómo que la rompió?

-Y sí, la rompí.

-¿Por qué no la mandó?

-¿Está loco? ¡A ver si todavía Fontanarrosa piensa que soy un cholulo obsecuente! Debe estar podrido de los pesados que le dicen "genio", "ídolo", "maestro".

-¿Le parece? Mire que a los artistas les encanta que los halaguen.

-Sí, pero hay que hacerlo con cierto sentido de la ubicación. Y sobre todo con originalidad. Si uno va a robarle parte de su valioso tiempo a un artista, que por lo menos implique un esfuerzo creativo.

-Ajá. ¿Entonces?

-Y...se me ocurrió homenajearlo de un modo más sutil y simpático.

-¿Cuál?

-Mandándole mi agradecimiento con un dibujito humorístico.

-Así que un dibujito humorístico a Fontanarrosa. Pero mire usted qué apropiado. ¿Por qué no le manda una canción a Serrat, ya que estamos?

-No se burle, doctor.

-Es que ya se lo he explicado una docena de veces. Eso se llama "neurosis de fracaso". El sujeto vive buscando metas inalcanzables sólo para sentirse frustrado. ¿Se acuerda de cuando quiso seducir a Martina Navratilova?

-No sea injusto. Yo soy muy consciente de mis limitaciones. Sé perfectamente que el mayor aporte al arte que puedo hacer con un lápiz en la mano es prestárselo a un dibujante. Esto buscaba ser simplemente un acto simbólico.

-¿Y qué dibujó?

-Lo pensé bastante, pero finalmente me decidí por un Mendieta.

-Amarrete. Seguro que lo eligió porque lleva menos tinta que dibujar a la Eulogia.

-No me cargue, doctor. Usted no sabe lo que me costó. Me pasé seis horas trabajando. Rompí catorce hojas canson, y seis plumines. Gasté un frasco entero de tinta china y arruiné dos manteles. Cuando lo terminé, fui corriendo entusiasmado a mostrárselo a mi señora y me dijo: "¡Ay, qué lindo! ¡Te salió igualito, Rin Tin Tin!". Se imaginará mi frustración.

-Quizás su esposa sufre de "síndrome de distorsión canina", una derivación de la paranoia que produce en el sujeto notables confusiones en la percepción de estos animales. Pero no se preocupe; hay casos peores. Yo tenía un paciente que invariablemente confundía las camisetas de los equipos de fútbol.

-Pero eso no parece tan grave

-No se vaya a creer. El año pasado se fue de vacaciones a Río, quiso congraciarse con unos muchachones que jugaban un picado en la playa y, viendo los colores de los gorros que llevaban puestos, les gritó "¡Pra frente Vasco Da Gama!"

-¿Y qué pasó?

-Eran del Flamengo. Una lástima; lo cargaron en el bondinho que sube al Pan de Açucar y lo arrojaron a la Bahía de Guanabara. Pero bueno, ¿en qué estábamos?

-Estábamos en que rompí el dibujo.

-Ah, sí. ¿Y qué hizo entonces?

-Decidí intentar una nueva carta, pero esta vez fui mechando, entre frase y frase, referencias puntuales a la obra de Fontanarrosa. Como guiños de complicidad, ¿entiende?

-No, no entiendo.

-Claro, yo le escribí para agradecerle, y testimoniarle mi admiración, etc., etc., pero cada dos renglones le iba metiendo bocadillos tipo "mal pero acostumbrao", o "ahijuna con la lobuna". Le hablé de "El Cairo", le mencioné como al pasar a Boogie, a Jota Jota Serenelli. Como para que el tipo se dé cuenta de que uno ha seguido su trayectoria, ¿vio?

-No está nada mal. ¿La terminó?

-Sí, la terminé. Dieciséis carillas. Con noventa y tres citas textuales, notas al pie, índice, posfacio y bibliografía consultada. Una joyita.

-Tengo miedo de preguntar qué hizo con su joyita.

-La rompí, doctor.

-Me lo imaginaba. Seré curioso, ¿por qué la rompió esta vez?

-Porque es un recurso de lo más bajo, doctor. Demagogia barata. Cholulismo sofisticado.

-Pero si no me equivoco su intención es lograr que este hombre se sienta bien al leer su carta, ¿verdad? Entonces es válido que le hable de cosas que para él sean importantes afectivamente.

-Justamente, ése fue el leit-motiv de mi quinto intento. Le escribí una carta con un lenguaje futbolero, plagado de referencias a Rosario Central. La idea era crear un texto emotivo, conmovedor. Entonces le tiré como al pasar formaciones del pasado, le mencioné a Landucci, a Mesiano, a Bóveda, a Gramajo. ¡A Aldo Pedro Poy! ¿Se imagina? El tipo lee ese nombre y se le pianta un lagrimón. Hasta le conté que la primera revista "El Gráfico" que me compró mi viejo (año '70) lo traía a Poy en la tapa.

-Mi notable perspicacia me indica que también rompió esa carta.

-Por supuesto, doctor. Era un recurso todavía más bajo que el anterior. El tipo iba a pensar que me estaba haciendo pasar por hincha de Central para caerle simpático.

-Eso es altamente improbable. Cualquier aficionado al fútbol que lea un cuento suyo se da cuenta de que esa melancolía que campea en sus relatos sólo puede haberse desarrollado siendo hincha de Colón.

-Será como usted dice, doctor, pero lo cierto es que estoy desorientado. ¿Qué hago, entonces? ¿Qué le escribo?

-Lo siento mucho, pero se terminó su hora. Lo espero el próximo jueves.
-No me deje así, doctor, déme un consejo.

-Mire, qué quiere que le diga; ya me tiene podrido con esta cuestión. Acabemos de una vez con "la gansada". Para mí, Fontanarrosa "ha vivido equivocado". Le digo más, yo lo prefiero a Sendra. "No sé si he sido claro".

2 comentarios:

Lucía dijo...

YYYYY???? se olvidó de poner si la mandó...
Me mata la curiosidad

julio dijo...

muy bueno y muy bueno el cuento del bar y la pareja silenciosa
un abrazo
Julio Carabelli