La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







sábado, 26 de abril de 2008

Crónica nº 20: Días (julio 2006)

Aplicados a la medición del paso del tiempo, los números redondos suelen resultar impactantes. En cuanto uno se descuida, un acontecimiento que parecía haber ocurrido hace poco, se nos revela sucedido hace 10, 20 o 30 años y nos devuelve bruscamente a una dimensión temporal implacable que, por lo general, queda oculta tras los engañosos pliegues de lo cotidiano.

Experimenté esa sensación en carne propia el año pasado, cuando cumplí los 40. La vuelvo a experimentar hoy, porque estoy cumpliendo 15.000 días de vida.

Decir "quince mil días" conmociona, provoca cierto grado de vértigo. "Quince mil" suena a cantidad de víctimas de un terremoto, o algo así (curiosa asociación ésta, pues no estamos hablando de muertos, sino de vida; a no ser, claro, que incurramos en la licencia poético-filosófica de considerar muertos a los días ya vividos). Pero al mismo tiempo, la magnitud de la cifra desdibuja las singularidades de cada unidad que la compone. Hablar de "quince mil días" disuelve los contornos particulares que cada uno de esos días ha poseído, su carga irrepetible de alegrías, problemas o ilusiones. Decir "quince mil días" permite abarcarlos mentalmente a todos en un sólo racimo, pero a costa de concederles una igualdad intrínseca de la que en realidad carecen.

Quizás por esta misma razón, la primera pregunta que surge ante la inminencia de semejante hito cronológico es: ¿cuántos de esos 15.000 días soy capaz de recordar con precisión? Se trata, intuyo, de un intento -fatalmente parcial y acaso vano- de restituirles la individualidad perdida.

Me caracterizo por poseer una notable capacidad para registrar fechas en mi memoria, pero es evidente que eso no alcanza para impedir que los días recordados constituyan una abrumadora minoría. Puedo enumerar sin dificultad qué día conocí a ciertas personas, qué día presenté cada uno de mis libros, qué día me recibí, o qué día empecé a trabajar, y evocar claramente, al hacerlo, cada uno de esos momentos. Pienso también en fechas vinculadas a la historia del país (11 de marzo de 1973, 1º de julio de 1974, 2 de abril de 1982) e inmediatamente se presentan en mi cabeza imágenes de lo que estuve haciendo los días en cuestión. Lo mismo sucede con fechas vinculadas al deporte y con los sucesivos cumpleaños propios, de familiares y de amigos. Entra, también, en este apretado inventario, el inexplicable registro de ciertas fechas que están allí sin que nada lo justifique (ninguna de las personas que conozco recuerda, por ejemplo, que el 13 de junio de 1974 Brasil y Yugoslavia inauguraron el Mundial de Alemania empatando 0 a 0, o que el 20 de julio de 1976 la sonda Viking se posó sobre suelo marciano, y sin embargo sobreviven ilesos a esta razonable amnesia). En suma: aún con el aporte extra de estas rarezas mnemotécnicas que me distinguen, el listado de días vividos perfectamente identificables constituye un porcentaje demasiado escaso en relación al total.

Primera y paradójica conclusión, entonces: a pesar del asombro que suele provocar mi memoria entre quienes me conocen, el verdadero motivo de sorpresa no está dado por todas las fechas que soy capaz de recordar, sino precisamente por lo contrario, por la descomunal cantidad de días que se han desvanecido para siempre, extraviados sin remedio en la neblina de la rutina escolar, estudiantil y/o laboral.

Claro que esta melancólica comprobación no debería sumirme en el desconsuelo. Después de todo, la mayor parte de los recuerdos se conserva sin fecha precisa de origen. Y lo que en verdad importa es justamente su conservación, no la exactitud matemática de su ubicación temporal. Puede entonces que no logre determinar qué hice con mi vida el 6 de noviembre de 1973, o el 27 de agosto de 1992, pero ¿cómo olvidar la mañana en que me metí por primera vez al mar, la tarde en que terminé de leer extasiado "La vuelta al mundo en 80 días", o el día que "2º C" le ganó el clásico a "2º B" con un gol mío sobre la hora? A la luz de esta certeza, el dato concreto pasa a segundo plano, se vuelve irrelevante. Considerados en sí mismos, los días serían, desde esta perspectiva, apenas un mero envase destinado, en la mayoría de los casos, a sacrificar su identidad en aras del especial contenido que los llena.

Esta preeminencia del contenido, sin embargo, me conduce a un interrogante aún más perturbador que el primero: ¿cuánto de lo que he vivido recientemente habré de recordar dentro de algún tiempo? O dicho de forma más incisiva: ¿cuántas de mis acciones diarias, cuántos de esos compromisos y urgencias que tantas horas me consumen y tantas preocupaciones me generan tendrán la significación necesaria como para ser recordados en una década o dos? Tampoco aquí caben las respuestas definitivas, por supuesto, pero mucho me temo que -por expresarlo en términos suaves- un porcentaje considerable de mis días actuales está sacando boleto de ida hacia la nada con absoluta impunidad.

Es altamente improbable que las proporciones estadísticas negativas de la memoria puedan revertirse por puro voluntarismo, pero deberíamos actuar como si se pudiera. Habría que esforzarse un poco. Sería cuestión, tal vez, de no seguir desperdiciando lastimosamente nuestro tiempo en tantas tribulaciones vacuas. Sería cuestión, tal vez, de aprovechar cada día para meterse en otros mares, descubrir nuevos mundos imaginarios o hacer goles importantes en otros arcos. Sería, tal vez, cuestión de merecer el recuerdo futuro.

Es cierto, quizás ni siquiera así alcance. Quizás permanecer en la memoria sea necesariamente el privilegio de unos pocos días. Tal vez éste no sea uno de ellos. Es probable, entonces, que llegue un momento de mi vida en que ya no recuerde qué fue lo que estuve haciendo este jueves 13 de julio de 2006. Hasta es posible, incluso, que tampoco recuerde haber escrito este artículo.

Sin embargo, lo escribo igual.

Al fin y al cabo, quizás sólo por eso escribe uno: para combatir el olvido.

Crónica nº 19: La pasión según Atlas (mayo 2006)

La Primera "D" es la categoría más baja en la estructura de los torneos oficiales que organiza la Asociación del Fútbol Argentino. Los clubes que participan en ella tienen mínimo renombre y exiguo presupuesto. No cuentan a su favor con pasados esplendores de los cuales poder vanagloriarse. Los partidos de la "D" se juegan en canchas de escaso o nulo verdor, ante un público por lo general muy reducido. Los jugadores no tienen sueldos. En todo caso, si gracias a algún espónsor barrial, llegan a cobrar algo de dinero, la paga se parece más a una changa que a un auténtico salario. Saben que nunca participarán de un Mundial, que nunca pisarán la Bombonera para enfrentar a Boca, que nunca serán transferidos a Europa por cifras millonarias. Juegan animados por la modesta ilusión de subir a la "C". Juegan -ni más ni menos- por el honor.

En la "D" no hay descensos. Como no hay otra categoría inferior, el equipo que sale último queda automáticamente desafiliado por un año, al cabo del cual puede volver a participar del torneo. Es el precio que debe pagar por ser -si se permite el barbarismo- el más último de todos.
El último de los últimos.

En esa incómoda posición recaló, en el 2004, el club Atlas, humilde institución que, a consecuencia del infortunio deportivo sufrido, en el transcurso del año que duró su desafiliación se quedó sin jugadores, sin cuerpo técnico... y hasta sin camisetas. La crítica situación, sin embargo, no impidió que el año pasado sus dirigentes decidieran emprender la quijotesca tarea de empezar de nuevo. Desde cero, claro.
Esa terquedad inclaudicable de este minúsculo grupo de personas aferradas a un sueño deportivo fue la razón que llevó a la cadena Fox Sports a elegir al "Marrón" (tal el apodo del club a causa del color predominante en su camiseta) como protagonista de un novedoso programa televisivo: "Atlas, la otra pasión", un "docu-reality" destinado a reflejar las vicisitudes del club en su retorno a la "D", no ya desde una perspectiva tradicional, meramente futbolística, sino a través de un enfoque intimista, centrado en lo humano y lo social.

Se sabe, un "reality" no es la realidad misma. Hay en él un cuidado trabajo de edición que la vida no tiene. Hay golpes de efecto que potencian el dramatismo o la emotividad de ciertas situaciones. Hay, también, circunstancias que sólo existen justamente a partir de la presencia de una cámara (es obvio que, de no ser por su exposición mediática, jamás un equipo de la "D" habría podido ganar adeptos en distintos países de America, ni sus jugadores habrían firmado autógrafos en la calle). Pero más allá de esta previsible dosis de artificiosidad, el programa logró un eficaz acercamiento al mundo cotidiano de ese puñado de personas ligadas al club. Mundo situado, por cierto, a tantos años luz de las tapas de los suplementos deportivos de los lunes, como del glamoroso universo de las estrellas del fútbol nacional. Los televidentes se asomaron a los entrenamientos y a los partidos, vivieron de cerca las expectativas y temores de futbolistas, dirigentes, cuerpo técnico e hinchas. Compartieron con ellos sus diarias complicaciones y los esfuerzos realizados para tratar de superarlas.

Es cierto, el remanido esquema del protagonista que persigue un objetivo luchando contra toda adversidad dista de ser original. De hecho, es constitutivo de la naturaleza humana, por eso se halla presente en tantas obras de la literatura y del cine. También en la televisión, claro. El valor principal de "La otra pasión" radica, entonces, en que su protagonista no es un individuo, sino un grupo. El héroe, aquí, es un héroe colectivo. Un héroe que, además, se vuelve admirable no porque gana, sino porque lucha, lo cual viene a subvertir el concepto pragmático de éxito imperante en nuestra sociedad. Justo homenaje éste -acaso involuntario- a tantos sacrificados compatriotas que, desde el anonimato y sin esperar recompensa, dedican su tiempo y su energía a crear, desarrollar y apuntalar miles de instituciones deportivas, sociales y culturales.

Si se hubiese tratado de una producción hollywoodense, en el último programa Atlas habría salido campeón en una tensa definición por penales, y los jugadores, emocionados, habrían dado la vuelta olimpica bajo una lluvia torrencial, con una banda de sonido pródiga en trompetas épicas. Pero esto no era una película, sino la realidad: después de cumplir la mejor campaña de toda su historia, Atlas perdió en semifinales contra Berazategui y no ascendió.

Precisamente por eso, por esa ausencia de final feliz, aplaudamos a Atlas. Hagámoslo por todos aquellos que en la vida jamás tendrán su premio y sin embargo la siguen peleando. Hagámoslo por los que siempre salen últimos en un mundo que les niega el derecho a ocupar otra posición.

Crónica nº 18: Ella no era para mí (abril 2006)

No voy a decir que la deseaba, porque estaría mintiendo. Sí puedo afirmar, en cambio, (no me avergüenza reconocerlo) que últimamente su cercanía constante generaba en mí cierta morbosa curiosidad.

Lo extraño es que, hasta hace no mucho tiempo, todo indicaba que ella no era para mí. La había visto siempre como un horizonte remoto y exótico. La sentía tan ajena a mi destino como un viaje a Bulgaria, o la práctica del salto con garrocha. Era factible que otros pudieran acceder a ella, pero... ¿yo? ¿justo yo? Parecía tan improbable...

Y sin embargo, con imperceptible terquedad, la vida se encargó de ir acercándonos. Comprendí mi error inicial. Poco a poco, fui advirtiendo que esa distancia que yo había creído insalvable era una tela que encogía más y más.

No aceleré el proceso, es cierto, pero tampoco hice nada por revertirlo. Tal vez fue esa atracción malsana por saber qué se sentía; tal vez fue sólo la inercia del que se deja resbalar hacia lo inevitable.

Y bien, finalmente, ayer sucedió lo que tenía que pasar. Entré a la farmacia y allí, en la balanza electrónica, estaba ella: la marca histórica, la estadística extrema. la cifra otrora inaccesible.

Sí, aunque me cueste creerlo, he llegado a los noventa kilos.

Crónica nº 17: Sobre cierta amnesia colectiva (abril 2006)

Quienes se dedican a la investigación periodística suelen afirmar que no hay nadie que resista un buen archivo. Tal aseveración parece muy atinada. Más allá de la pose que uno intente adoptar para quedar bien parado frente a la historia, una foto, una grabación o un video tienen la notable capacidad de desarticular la maniobra y desnudar lo ficticio de la mueca. Confrontar la actualidad con los testimonios del pasado sirve para enderezar verdades que se pretende torcer por conveniencia.

En tal sentido, el informe sobre la guerra de Malvinas presentado en la última edición del programa TVR ("Televisión Registrada"), resultó sencillamente devastador. No necesitaron sus autores, para generar escozor, mostrar escenas bélicas, ni exhibir soldados heridos, ni echar mano a las escalofriantes estadísticas sobre suicidios de excombatientes. Les bastó, simplemente, con armar una especie de videoclip con fragmentos de distintos noticieros de la época y dejar que los protagonistas de los mismos -militares, periodistas, dirigentes políticos- mueran por la boca. Las declaraciones rescatadas son tan contundentes, que no admiten chicanas interpretativas acerca de lo que se quiso o no se quiso decir. Que alguien declare frente a una cámara "apoyamos plenamente esta decisión tomada por la Junta Militar" no deja margen alguno para argucias semánticas.

Un acierto adicional del informe fue cotejar esas actitudes uniformemente optimistas- oportunistas-obsecuentes-patrioteras de abril del '82 con las posteriores a la rendición argentina. Así fue como se los vio a Neustadt y a Grondona versión siglo XXI despotricando indignados en contra de la gesta de Malvinas, en oprobioso contraste con el video de "Tiempo Nuevo" que los muestra enumerando razones para brindarle su entusiasta aprobación ("yo creo que las tropas argentinas sienten que tienen un jefe confiable", declama lisonjeramente don Bernardo, aludiendo a... Galtieri).

La jugada maestra del informe, sin embargo, consistió en mostrar la imagen demoledora de la Plaza de Mayo repleta de gente que agitaba banderas y coreaba "¡Gal-tieee-ri! ¡Gal-tieeee-ri!". Un, dos y a la lona. Nocaut a la inocencia del televidente. Duro golpe a la crónica amnesia nacional. Inmediatamente, me acordé de una vieja nota publicada en la revista Humor donde alguien ironizaba: "No nos engañemos; si hubiésemos ganado la guerra, hoy en todas las ciudades habría una avenida llamada Galtieri". Pero claro, perdimos. Entonces, resulta que nadie apoyó la guerra, nadie salió a la calle, nadie vivó a Galtieri. Yo-no-fui. Yo... ¡argentino!.

No está mal avergonzarse de ciertas cosas. Muchas veces ese pudor retroactivo indica la existencia de una sana evolución ética o ideológica. Lo malo es no querer aceptar que esas cosas sucedieron y posar para la foto con el gesto que ahora quede mejor. Solemos indignarnos con nuestros gobernantes cuando sus discursos acomodaticios proclaman enfáticamente lo contrario de lo que alguna vez propiciaron. Pero ¿qué podemos esperar de nuestra clase dirigente, si nosotros hacemos lo mismo como sociedad? La Argentina no lava sus culpas; las mete debajo de la alfombra. Nadie votó a Menem, nadie estuvo de acuerdo con la política económica de Cavallo, nadie aplaudió el derrocamiento de Isabel Perón. nadie dijo "algo habrán hecho", nadie se creyó la versión de la historia que vendía la revista Gente en la época del Proceso. Y me atrevo a especular que, si el tiro de Resenbrink en el minuto 90 de la final del Mundial '78 hubiese sido gol en vez de pegar en el palo, quizás hoy resultaría que nadie alentó a la selección de Menotti.

Sería bueno ampliar la mirada de una buena vez, esquivar los espejismos autocomplacientes y asumir que la memoria -esa palabra que hace tan sólo dos semanas se volvió omnipresente casi hasta el filo mismo del eslogan- debe incluir también nuestros propios pecados. Por supuesto, quien ha mirado con cierta simpatía los actos de un criminal no debe ser equiparado con el criminal mismo. Hacerlo sería una forma de socializar la culpa, y ese procedimiento suele constituir un medio sumamente util para diluir la responsabilidad politica o jurídica de los que sí están directamente implicados en conductas aberrantes, decisiones injustas o actitudes arbitrarias). Pero que una sociedad se haga la desentendida frente a ciertas sinuosidades de su propia conducta es un peligroso sinónimo de inmadurez. Es más tranquilizador, claro, engañarnos y pensar que nunca nos faltó la lucidez, que sabíamos desde antes lo que en realidad aprendimos después. Es más reconfortante, claro, ponerse a destiempo el traje de héroe y cantar a coro que todos nos opusimos, que entre todos recuperamos la democracia. Pero es muy poco serio. E irrespetuoso, espantosamente irrespetuoso para con aquellos que sí lo hicieron.

Crónica nº 16: Ha llegado Florencio (marzo 2006)

Cuando Florencio subió al avión en Madrid, estaba a punto de empezar la primavera. Cuando sus pies se posaron al día siguiente en suelo santafesino, ya era otoño.

Seguramente, no es ésta la única paradoja que habrá de afrontar en este viaje signado por los contrastes y la emoción. Hace cuatro años y tres meses que se fue a vivir a España y desde entonces no había vuelto. Ahora, por fin, ha podido darse el gusto de regresar a Santa Fe por unos días. Viene a reencontrarse (o no) con paisajes y personas, a recobrar olores y sabores, a revivir nombres y fantasmas. Visitará familiares, caminará calles por las que supo transitar en su infancia, se meterá en bares, irá a la cancha a ver a su Colón adorado. Urgido por todas las expectativas y temores que despiertan los reencuentros, hilvanará -como pueda- retazos desordenados de un pasado no tan lejano como pretende dibujarlo la distancia.

También, claro, ha venido a juntarse con nosotros, sus amigos.
Es raro verlo en vivo y en directo después de tanta ausencia. Quizás la sensación se agudiza porque un océano se nos presenta más inexpugnable como línea divisoria que el mero paso del tiempo. De todos modos, al cabo de un rato, la naturalidad se instala nuevamente, disolviendo los grumos de la extrañeza inicial. Y es que, más allá de que se le ha pegado el españolísimo "vale", o de que ahora dice "niños" en vez de "chicos", es fácil identificar en él al mismo tipo que uno conoció. El que me presentaron hace casi diecisiete años. El que animó incontables madrugadas de guitarreada y porrón. El que ejerció oficios tan insólitos como vender maniquíes o asustar turistas en un bizarro "Laberinto del Terror". El que actuó cuando presenté mi tercer libro, dándole vida sobre el escenario a un personaje salido de mi imaginación. El que compartió conmigo la experiencia de atender un stand en la Feria del Libro, de la cual guardamos como legado invalorable un racimo de anécdotas desopilantes. El que matiza las charlas improvisando ocurrencias que sólo a nosotros dos nos causan gracia. El que es capaz de dar hasta lo que no tiene, si hay un amigo de por medio. El que almorzó conmigo dos días antes de irse a España y, mediante un largo monólogo, depositó buena parte de sus recuerdos en el banco de mi memoria. El que tuvo que cruzar el charco en busca de una esperanza que su país se empeñaba en negarle.

Florencio nos detalla cómo andan sus asuntos, nos muestra videos de sus hijos, nos canta sus canciones nuevas, pasa minuciosa revista a su experiencia de vivir en el extranjero. No es nostalgia lo que provoca su presencia. Nostalgia sería sentir que nos hundimos irreversiblemente en el pasado. Esto es distinto; estamos unidos por algo más que un puñado de recuerdos en común. Aquí sigue latiendo vida, y eso reconforta.

Las porciones de pizza desaparecen de las cajas por arte de boca y las botellas de cerveza se desagotan sin prisa pero sin pausa. Los ritos amistosos se renuevan una vez más.

De alguna manera, pienso, también nosotros, al igual que Florencio, nos estamos desexiliando un poco.

jueves, 20 de marzo de 2008

Crónica nº 15: Carta abierta a Joaquín Sabina (marzo 2006)

Mira, Joaquín, antes que nada me gustaría aclararte que no tengo nada personal en tu contra. No soy uno de tus admiradores incondicionales, es cierto, pero reconozco que, en general, me gustan tus canciones (algunas de ellas, incluso, me parecen realmente excelentes). Además, tú me caes simpático. De manera que no te predispongas mal hacia mí por estas líneas que te escribo: no me mueve, al hacerlo, ningún fanatismo inquisidor.

Te preguntarás, entonces, a santo de qué las escribo. Pues bien, digamos que lo hago con el fin de denunciar una flagrante injusticia de la que somos víctimas decenas de miles de hombres argentinos. Una arbitrariedad enojosa de la cual -por cierto- no eres el culpable sino apenas la excusa o, en todo caso, el detonante. Me refiero a una serie de ingratas consecuencias que acarrea este curioso fenómeno (¿social?, ¿cultural?, ¿sexual?, ¿sentimental?) que te tiene por feliz protagonista, este amor fervoroso y desbordante que te profesan las mujeres. Me refiero, Joaquín, a ciertas amargas derivaciones de este frenesí femenino colectivo que excede largamente el insatisfactorio argumento sociológico de la relación entre el público y sus ídolos, esta devoción situada a años luz de la histeria que despiertan un Ricky Martin o un Chayanne. Porque, Joaquín, convengamos que lo que esas mujeres sienten por tí es un enamoramiento mucho más sustancioso que una excitación de quinceañeras hacia el galancito de moda.

Ignoro hasta qué punto eres igual al personaje que construiste a través de tus canciones. No sé, tampoco, si la construcción de ese personaje fue algo premeditado o si la cuestión se escapó de tus manos. No importa; en cualquiera de los casos, lo que cuenta es que miles de mujeres te adoran hasta el delirio. ¿Te muestras vago, noctámbulo y atorrante? Ellas te veneran igual. ¿Te dices cínico y escéptico? Ellas te lo perdonan. ¿Te confiesas militante de todos los excesos? Ellas te lo consienten. ¿Te reconoces pecador reincidente? Ellas te absuelven. Peor aún: manifiestan con descarado entusiasmo sus intenciones de ir al infierno contigo.

Como comprenderás, Joaquín, la situación de todos los hombres que no somos tú es radicalmente diferente. Lejos estamos de gozar de los mismos privilegios con que las damas te han ungido. Aquí, en los trabajosos parajes de la cotidianeidad, imitar tu filosofía de vida constituye una osadía que se paga con intereses usurarios. Una noche de parranda escandalosa con amigos puede costar un abandono aún más escandaloso. Un elogio desmedido hacia la delantera de Carla Conte o la retaguardia de Pampita puede despertar impredecibles efectos secundarios. Un comentario sarcástico sobre la vida en pareja o la institución matrimonial puede provocar hirientes reprimendas, más punzantes que un bisturí. Dime, Joaquín, ¿por qué a ti las mujeres te festejan lo que a nosotros nos cuestionan? ¿Por qué suspiran cuando declaras cosas que, puestas en nuestra boca, sólo generarían la más incontrolable de las iras o el desprecio más tajante? ¿Por qué tus vicios son ensalzados como virtudes y los nuestros -que son tan parecidos a los tuyos, fíjate tú qué paradoja- son causales latentes de divorcio? ¿Por qué te prefieren, Joaquín, aunque tú te empeñes en encarnar el manual viviente de los malos maridos?

Podrás decirme que ahí radica justamente el meollo de la cuestión: que tú no eres el marido de todas ellas, y que ellas tampoco te quieren para que lo seas. Ya lo explicó Balzac: "Es mucho más fácil quedar bien como amante que como marido, porque es mucho más fácil ser oportuno e ingenioso de vez en cuando que todos los días". Buen punto, sí, pero las cosas no son tan sencillas. Porque te aseguro que ni aun jugando el rol de amante ocasional podemos aspirar a obtener un beneplácito equivalente. ¿Qué pasaría si intentásemos dibujarle a alguna señorita un corazón debajo de su falda? Seguramente recibiríamos a cambio una contundente bofetada o una denuncia por abuso deshonesto. ¿Y si incitáramos a alguna casada infiel a que utilizar el cristal de su foto de bodas para el último gramo, o le propusiéramos a una dama merendar besos y porros? Nos mirarían horrorizadas, nos insultarían, nos tildarían instantáneamente de abyectos y de enfermos. Y sin embargo a ti, por escribir cosas como éstas, te idolatran. No hay derecho, hombre, no hay derecho.

Un amigo aficionado a incurrir en reflexiones cuasifilosóficas me dijo hace poco, tratando de consolarme, que tal vez las mujeres se entusiasman con tus planteos sólo porque los haces en tus canciones, y no en el contexto de una relación real. Se preguntaba mi amigo cómo reaccionaría cualquiera de tus admiradoras si, al llegar del super protestando por el precio de la carne, tú la recibieras atajando su indignación con un cortante "no me pidas llegar a fin de mes". Tal vez tenga razón; tal vez tu función sea justamente ésa: ocupar el rincón de la fantasía en el corazón de miles de mujeres. Quizás las ayudas a reflotar ilusiones vencidas, a apuntalar secretos anhelos, a vengar íntimas frustraciones. Puede ser; la hipótesis parece atinada. Pero no evita que nos sigan midiendo con distinta vara. Y cualquiera sabe que es imposible competir exitosamente contra las fantasías.

En un par de semanas te irás de la Argentina, y el alboroto que has causado con tu visita seguramente se apagará. Sé, sin embargo, que nuestra incómoda posición no variará en absoluto después de tu partida.
Ellas no se olvidarán de tí, Joaquín.

Ni aunque vuelvas a estar lejos.

Ni aunque pasen diecinueve días y quinientas noches.

Crónica nº 14: Apuntes de un viaje a las Cataratas (febrero 2006)

Visita guiada por la casa de uno

Las dos parejas que acabamos de subir al ómnibus en Santa Fe somos los últimos en sumarnos al grupo. El resto del contingente está integrado por personas que han ido abordando el colectivo a lo largo de un extenso recorrido iniciado en San Nicolás. Para ellos, la circunstancia de pasar por Santa Fe y conocer el Túnel Subfluvial forma ya parte del paseo. De manera que, apenas abandonamos la Terminal de Ómnibus rumbo a Paraná, el coordinador se encarga de brindarle a los viajeros la información básica al respecto. Hecho nada fuera de lo común, claro, excepto para nosotros, que vivimos aquí.

La experiencia de ser tratado como un turista mientras se recorren las calles de la ciudad que uno trajina a diario y conoce de memoria oscila entre lo curioso y lo ridículo. Es como hacer una excursión por nuestra propia casa, guiada por alguien que no vive en ella. Resulta inevitable establecer odiosas comparaciones entre nuestra perspectiva de locales y la que -suponemos- habrán de llevarse los visitantes.

Por otro lado, advertir la existencia de leves imprecisiones en el relato de nuestro coordinador provoca una moderada indignación y lleva, por lógica consecuencia, a preguntarse si acaso esas mismas imprecisiones no se producirán también respecto de otros sitios que uno atraviesa durante el viaje, sin que exista posibilidad alguna de detectarlas, dado el desconocimiento que uno tiene acerca de dichos lugares.

Melancólicamente, confirmo una vez más que buena parte de nuestros conocimientos sobre el mundo está formada por versiones que de él nos brinda otra gente. La subjetividad ajena condiciona nuestro saber.

No hay caso, che. Ni siquiera en plan de vacaciones puedo desligarme del culto a la relatividad.

San Ignacio

Para quien ha sido educado en un colegio jesuita, el tema de las misiones guaraníes guarda connotaciones que resultan familiares. Trae a la mente reminiscencias de remotas clases de Catequesis e Historia en las que se nos explicaba con lujo de detalles las características esenciales de aquel innovador proyecto de evangelización que se llevó adelante entre el siglo XVII y el XVIII. Conocer las Ruinas de San Ignacio, entonces, implica para mí, además de satisfacer mi natural curiosidad, cumplir con una deuda pendiente, nacida veinticinco años atrás.

Son las siete de la mañana e impresiona ver la larguísima cola de gente que espera el inicio del horario de visita. En la boletería, un cartel exhibe la escala de precios. Me llama gratamente la atención comprobar que los mayores descuentos benefician a los estudiantes misioneros, y que la entrada es sin cargo para representantes de comunidades aborígenes.

El paseo me permite conectarme en vivo y en directo con ciertas clásicas postales que he visto en incontables oportunidades. Contemplar el pórtico de ingreso al templo, por ejemplo, me lleva a recordar una de las figuritas "Maravillas" que coleccionaba en mi infancia, y cuyo álbum casi completo -que me obsequiaba el inmediato pasaporte hacia un fascinante viaje por el mundo- aún conservo.

El guía que nos ha tocado es excelente; sabe muchísimo y contesta con creces todo lo que se le pregunta. Sus palabras brindan datos precisos que enmarcan el sabor levemente amargo que experimento al recorrer el lugar y pensar que hubo en América un proyecto alternativo al de la matanza sistemática y la codicia insaciable, un proyecto que pudo haber generado una historia diferente, con menos sangre, con menos venas abiertas, con menos olvido, pero que terminó derrotado (¿como sucede siempre?) por la lógica implacable de un poder que arrancó de cuajo todos sus logros. Allí están, frente a nosotros, los restos doblemente vencidos de algo parecido a una utopía: los testimonios del proyecto trunco y la denuncia muda del saqueo posterior.

"¿Y, sentiste algo especial?", me pregunta Gabriela al final del recorrido, sabiendo de antemano que sí. Sin embargo, lo que predomina en mí al abandonar el predio es esa irritante impresión de obscenidad que me genera la presencia de tantos tantos tantos turistas a los que -un poco por propia intolerancia, y un mucho por experiencia- presumo muy lejos de profesar un real interés hacia las cuestiones históricas.

O acaso ocurra, simplemente, que San Ignacio es uno de esos lugares que a mí me gusta recorrer en soledad.

La guía que no quería serlo

Uno espera que un guía tenga aptitud, es decir, conocimientos y capacidad para transmitirlos con claridad. Pero también espera actitud, es decir, presencia, aplomo, habilidad para conducir un grupo. Sin embargo, ya a primera vista es dable advertir que R., la joven que habrá de servirnos de guía en nuestro paseo por la mina de Wanda, está lejos de cumplir con este último requisito. En el lento recorrido que conduce al colectivo desde la ruta hasta la mina misma, R. no formula ningún tipo de comentario ni introducción; se mantiene atada a una mudez que se me antoja inaceptable. Se la intuye vergonzosa, con nervios, ostensiblemente incómoda en su rol (o tal vez no sea así; tal vez esto sólo resulta ostensible para quienes somos igualmente vergonzosos). Al bajar del micro, la cosa no mejora. R. habla poco, revela no tener mucha facilidad de palabra, lo cual la lleva a incurrir en constantes muletillas que parecen destinadas a rellenar silencios, como una alumna que no sabe bien la lección. Lo poco que explica, no se le entiende, porque su timidez la obliga a hablar bajito. Para colmo, lo que sí se le entiende suena a veces impreciso y hasta carente de fundamento, dejando instalado en quienes la escuchamos un racimo de dudas que nunca serán aclaradas. Terminamos la visita e, increíblemente, R. no se despide. Es nuestro coordinador quien, una vez de regreso en el colectivo, anuncia en su nombre: "R. me dijo que les desea un feliz viaje".

Objetivamente considerado, todo el episodio presta elementos para indignarse. Algunas personas del grupo formulan comentarios sarcásticos sobre la pobre R.. Yo, en cambio, quizás por saber bien de qué se trata eso de la timidez, la imagino encerrada en el baño tras nuestra partida, enojada consigo misma, recriminándose frente al espejo y al borde del llanto: "Otra vez, otra vez no pude hacerlo".

La diferencia está en los sanitarios

Alojarse en Foz de Iguazú es estar en el extranjero sin que se note demasiado. Uno experimenta allí un grado ínfimo de ajenidad. Es obvio que los carteles y anuncios en la calle no están escritos en castellano pero, salvo escasas excepciones, todos resultan comprensibles sin mayor dificultad. Uno siente que la estadía en Foz podría estar transcurriendo en una ciudad de la Argentina. No hace falta comprar reales porque en todos lados aceptan nuestros pesos. No hace falta utilizar el módico vocabulario de portugués turístico que uno carga encima, porque todo el mundo habla español, y si no lo habla, tampoco surgen mayores complicaciones para lograr el mutuo entendimiento. ¿Cuál es el detalle, entonces, que marca inequívocamente que estamos en Brasil y no en nuestro país? Pues nada menos que los baños públicos. No hay un sólo baño brasileño que no luzca impecable o que huela mal. Lo cual -supongo- obedece a una envidiable asociación entre la eficacia de quienes tienen a cargo su mantenimiento y la respetuosa conducta de los usuarios. Algo bastante alejado, por cierto, de uno de los dogmas del ser nacional argentino: la desidia (de ambas partes) hacia los lugares públicos.

Nota de color: en un baño argentino de caballeros, junto al recinto donde está el inodoro, hay un cartelito que reza: "Prohibido pararse sobre la tabla".

Cuesta creer que resulte necesario explicitar determinadas obviedades.

Combatiendo al capital

Me considero un anticapitalista militante. No porque me enrole en las filas de algún partido de ultraizquierda, ni porque aborrezca la propiedad privada, sino porque mi conducta habitual golpea al sistema -aunque el sistema no sienta ninguno de mis modestísimos golpes- en el centro mismo de su perverso andamiaje: no soy un tipo consumista. Por más que los expertos en marketing me bombardeen a diario ofreciéndome una amplísima gama de productos mediante atractivas consignas, no logran convencerme de que la adquisición de los mismos sea una necesidad que debo satisfacer en forma inmediata si es que aspiro a sentirme una persona feliz y exitosa.

Con estos antecedentes, sería razonable preguntarse qué diablos fui a hacer entonces a Ciudad del Este, considerado el tercer centro comercial del mundo después de Miami y Hong Kong. La respuesta debe ser buscada en el siguiente comentario que me hicieron antes del viaje: "Dicen que con cien mangos te comprás un jean, dos remeras y un par de zapatillas". Convengamos que dicha perspectiva sonaba tentadora.
Diluviaba bíblicamente aquella mañana y, para no morir ahogados, tuvimos que agenciarnos unos pilotines descartables que no son más que una colorida bolsa de residuos tamaño consorcio pero con manguitas y capucha. Así fue como, disfrazados ridículamente de profilácticos gigantes, recorrimos las calles atestadas del lugar.

Ha pasado mucho tiempo desde que conocí la ciudad bajo su antiguo nombre de Puerto Stroessner. La avenida de ingreso se ha transformado en una feria gigantesca, plagada de negocios, galerías comerciales, cientos de puestos callejeros y una multitud de vendedores ambulantes. Para los que conocen Santa Fe, podríamos decir que es una mezcla de Parque Alberdi, calle Mendoza y Plaza del Soldado, mucho más abigarrada y multiplicada hasta el ahogo.

En Ciudad del Este todo se vende y todo se compra, desde baratijas hasta pianos de cola. (En un puesto callejero de venta de ropa, por ejemplo, vi la camiseta alternativa de Colón, la blanca, con el logo de Flecha Bus y todo). Lo más buscado por los turistas son perfumes y electrodomésticos importados, y es lógico porque son los productos respecto de los cuales se consiguen mayores descuentos. Un televisor puede costar hasta un 40 % menos que en la Argentina. Claro, el problema para los malheridos bolsillos nacionales es que uno no lleva el 60 % restante encima. Y si lo llevara, ¿por qué habría de gastarlo en un televisor?

Un poco por curiosidad y otro poco para protegernos de la pluvial ira divina, nos metimos en el Mona Lisa, el único shopping de lujo con que cuenta la ciudad. Seis pisos, aire acondicionado central, escaleras mecánicas, oferta de artículos suntuarios tales como alfombras persas, bar donde un cafecito cuesta dos dólares. Una isla situada a años luz de la realidad que se ve en la calle. Estimo que nuestra chorreante presencia debe haber causado una impresión deplorable, porque era notoria la desconfianza -rayana en la indignación- con que nos miraban las empleadas del lugar. Todas ellas rigurosamente blancas y sin rasgos aindiados, of course, no sea cosa que algún desprevenido vaya a creer que estamos en Paraguay.

Por supuesto, no encontramos la ganga que nos habian descripto. La ropa sale más o menos lo mismo que acá. De hecho, las mismas zapatillas que compré en Santa Fe el año pasado a 55 pesos, me las ofrecieron en un local de la avenida .... a 18 dólares. A Gabriela y a mí no nos importó demasiado. Nos consolamos comiendo una exquisita tartita llamada chipá guazú, hecha con harina de mandioca, polenta y queso.
Nos costó un peso a cada uno.

Lo sé, lo sé; tanto desaforado consumo nos va a matar.

Elige tu propia aventura

Recuerdo una vieja película en la que Omar Shariff hace de jugador empedernido y tramposo. Esperando en el casino la hora de empezar a apostar fuerte, mata el tiempo jugando una partida con un par de ancianas muy simpáticas. El tipo las podría desplumar a gusto pero, como es todo un dandy, se deja ganar. Por supuesto, para él la suma perdida es casi una propina, pero para las viejitas semejante guiño favorable del azar constituye un episodio imborrable que habrán de contarle a sus nietos con legítima alegría. Nunca olvidaré la mirada indulgente que Omar Shariff les dedica a las dos ancianas cuando las ve alejarse tan pero tan felices ante la emocionante situación vivida.

Me viene a la memoria esta escena cada vez que en un tour incluyen alguna caprichosa referencia al "turismo aventura". Y es que supongo que la misma mirada indulgente de Omar Shariff se la deben propinar los verdaderos aventureros a aquellos turistas que se sienten Indiana Jones sólo porque andan caminando rodeados de exótica vegetación por un sendero previamente alisado por la mano del hombre para el uso de los visitantes, o navegando un río a bordo de una embarcación conducida por otro, realizando un trayecto que no tiene casi nada de riesgoso. El concepto de aventura tiene que ver con lo imprevisible, con verse obligado a afrontar lo inesperado a cada instante, con desdeñar la seguridad o la comodidad y apostar incluso la propia vida minuto a minuto. Nada más lejos de esto, pues, que las excursiones que suelen diagramarse para el consumo del gran público.

No obstante mis reservas filosóficas acerca de este equívoco conceptual, no debe suponerse erróneamente por ello que yo reniego de este tipo de "aventuras". Muy por el contrario, creo que prestan un beneficio invalorable: nos permiten ver, oler y escuchar las singularidades de ámbitos totalmente distintos a aquellos que solemos transitar durante el resto del año, lo cual siempre es preferible a tener que conocerlos por la vía indirecta de un artículo periodístico o mediante un documental del Travel Channel.

Es una buena forma de comprobar, con nuestros propios sentidos, que hay otras junglas en el planeta además de la que los humanos hemos tejido en las ciudades.

Los gomonautas de la acuapista

Hechas las recientes consideraciones, teñidas acaso de inexcusable escepticismo, diré ahora que la "Aventura Náutica" que se realiza en las Cataratas es una experiencia sencillamente maravillosa. La excursión consiste en navegar durante casi media hora por el río Iguazú a bordo de una de esas embarcaciones semirrígidas conocidas popularmente como "gomón", dotadas de capacidad para veinte pasajeros sentados, debidamente munidos de chalecos salvavidas. La travesía brinda a los viajeros la oportunidad de contemplar las Cataratas desde el agua, empaparse de pies a cabeza cada vez que se pasa exactamente por debajo de algunos de los saltos y regresar al embarcadero haciendo rafting por los rápidos del río.

Como se verá, la excursión posee todos los ingredientes necesarios para el disfrute de cualquier niño. Debe ser por eso que me divertí tanto. Hay pocas cosas tan saludables en la vida como sorprenderse a uno mismo riendo a carcajada limpia, sin racionalizaciones ni pudores.

Inservibilidad de la literatura

De mi primera visita a las Cataratas, producida 26 años atrás, me quedó la certeza de que ninguna foto o filmación logra reproducir cabalmente lo que se ve estando allí. Del mismo modo, el tiempo y mi dedicación a la literatura me enseñaron que la contemplación de ciertos paisajes en vivo y en directo excluye toda posibilidad de traducir en palabras la enorme impresión que provocan. Se puede, sí, apelar a términos trillados como "imponente", "majestuoso" o "espectacular", pero uno, que acostumbra trabajar con el lenguaje, sabe perfectamente que el adjetivo adecuado para calificar maravillas como la de Iguazú no existe.
En esta segunda visita advertí que la cosa va más allá de la mera "imposibilidad" de hacer literatura con las Cataratas. Más estricto sería decir que se trata de una cuestión de "innecesariedad". Tanta hermosura no admite la defectuosa intermediación del lenguaje. Adosarle palabras a tamaña belleza natural equivale inevitablemente a afearla. No hay espacio posible para metáforas. ¿Qué arte puede reflejar la esplendidez de lo que uno está viendo? La única actitud válida y honesta sería arrodillarse, abrir los brazos y agradecer. Así que, señores, dejemos de lado todo lo que nos distraiga del disfrute. Fuera, fuera la literatura. Que la brisa envuelva nuestras caras y el agua nos salpique las remeras.

Que los ojos y el alma se llenen de paisaje.