La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







sábado, 26 de abril de 2008

Crónica nº 16: Ha llegado Florencio (marzo 2006)

Cuando Florencio subió al avión en Madrid, estaba a punto de empezar la primavera. Cuando sus pies se posaron al día siguiente en suelo santafesino, ya era otoño.

Seguramente, no es ésta la única paradoja que habrá de afrontar en este viaje signado por los contrastes y la emoción. Hace cuatro años y tres meses que se fue a vivir a España y desde entonces no había vuelto. Ahora, por fin, ha podido darse el gusto de regresar a Santa Fe por unos días. Viene a reencontrarse (o no) con paisajes y personas, a recobrar olores y sabores, a revivir nombres y fantasmas. Visitará familiares, caminará calles por las que supo transitar en su infancia, se meterá en bares, irá a la cancha a ver a su Colón adorado. Urgido por todas las expectativas y temores que despiertan los reencuentros, hilvanará -como pueda- retazos desordenados de un pasado no tan lejano como pretende dibujarlo la distancia.

También, claro, ha venido a juntarse con nosotros, sus amigos.
Es raro verlo en vivo y en directo después de tanta ausencia. Quizás la sensación se agudiza porque un océano se nos presenta más inexpugnable como línea divisoria que el mero paso del tiempo. De todos modos, al cabo de un rato, la naturalidad se instala nuevamente, disolviendo los grumos de la extrañeza inicial. Y es que, más allá de que se le ha pegado el españolísimo "vale", o de que ahora dice "niños" en vez de "chicos", es fácil identificar en él al mismo tipo que uno conoció. El que me presentaron hace casi diecisiete años. El que animó incontables madrugadas de guitarreada y porrón. El que ejerció oficios tan insólitos como vender maniquíes o asustar turistas en un bizarro "Laberinto del Terror". El que actuó cuando presenté mi tercer libro, dándole vida sobre el escenario a un personaje salido de mi imaginación. El que compartió conmigo la experiencia de atender un stand en la Feria del Libro, de la cual guardamos como legado invalorable un racimo de anécdotas desopilantes. El que matiza las charlas improvisando ocurrencias que sólo a nosotros dos nos causan gracia. El que es capaz de dar hasta lo que no tiene, si hay un amigo de por medio. El que almorzó conmigo dos días antes de irse a España y, mediante un largo monólogo, depositó buena parte de sus recuerdos en el banco de mi memoria. El que tuvo que cruzar el charco en busca de una esperanza que su país se empeñaba en negarle.

Florencio nos detalla cómo andan sus asuntos, nos muestra videos de sus hijos, nos canta sus canciones nuevas, pasa minuciosa revista a su experiencia de vivir en el extranjero. No es nostalgia lo que provoca su presencia. Nostalgia sería sentir que nos hundimos irreversiblemente en el pasado. Esto es distinto; estamos unidos por algo más que un puñado de recuerdos en común. Aquí sigue latiendo vida, y eso reconforta.

Las porciones de pizza desaparecen de las cajas por arte de boca y las botellas de cerveza se desagotan sin prisa pero sin pausa. Los ritos amistosos se renuevan una vez más.

De alguna manera, pienso, también nosotros, al igual que Florencio, nos estamos desexiliando un poco.