La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







sábado, 26 de abril de 2008

Crónica nº 17: Sobre cierta amnesia colectiva (abril 2006)

Quienes se dedican a la investigación periodística suelen afirmar que no hay nadie que resista un buen archivo. Tal aseveración parece muy atinada. Más allá de la pose que uno intente adoptar para quedar bien parado frente a la historia, una foto, una grabación o un video tienen la notable capacidad de desarticular la maniobra y desnudar lo ficticio de la mueca. Confrontar la actualidad con los testimonios del pasado sirve para enderezar verdades que se pretende torcer por conveniencia.

En tal sentido, el informe sobre la guerra de Malvinas presentado en la última edición del programa TVR ("Televisión Registrada"), resultó sencillamente devastador. No necesitaron sus autores, para generar escozor, mostrar escenas bélicas, ni exhibir soldados heridos, ni echar mano a las escalofriantes estadísticas sobre suicidios de excombatientes. Les bastó, simplemente, con armar una especie de videoclip con fragmentos de distintos noticieros de la época y dejar que los protagonistas de los mismos -militares, periodistas, dirigentes políticos- mueran por la boca. Las declaraciones rescatadas son tan contundentes, que no admiten chicanas interpretativas acerca de lo que se quiso o no se quiso decir. Que alguien declare frente a una cámara "apoyamos plenamente esta decisión tomada por la Junta Militar" no deja margen alguno para argucias semánticas.

Un acierto adicional del informe fue cotejar esas actitudes uniformemente optimistas- oportunistas-obsecuentes-patrioteras de abril del '82 con las posteriores a la rendición argentina. Así fue como se los vio a Neustadt y a Grondona versión siglo XXI despotricando indignados en contra de la gesta de Malvinas, en oprobioso contraste con el video de "Tiempo Nuevo" que los muestra enumerando razones para brindarle su entusiasta aprobación ("yo creo que las tropas argentinas sienten que tienen un jefe confiable", declama lisonjeramente don Bernardo, aludiendo a... Galtieri).

La jugada maestra del informe, sin embargo, consistió en mostrar la imagen demoledora de la Plaza de Mayo repleta de gente que agitaba banderas y coreaba "¡Gal-tieee-ri! ¡Gal-tieeee-ri!". Un, dos y a la lona. Nocaut a la inocencia del televidente. Duro golpe a la crónica amnesia nacional. Inmediatamente, me acordé de una vieja nota publicada en la revista Humor donde alguien ironizaba: "No nos engañemos; si hubiésemos ganado la guerra, hoy en todas las ciudades habría una avenida llamada Galtieri". Pero claro, perdimos. Entonces, resulta que nadie apoyó la guerra, nadie salió a la calle, nadie vivó a Galtieri. Yo-no-fui. Yo... ¡argentino!.

No está mal avergonzarse de ciertas cosas. Muchas veces ese pudor retroactivo indica la existencia de una sana evolución ética o ideológica. Lo malo es no querer aceptar que esas cosas sucedieron y posar para la foto con el gesto que ahora quede mejor. Solemos indignarnos con nuestros gobernantes cuando sus discursos acomodaticios proclaman enfáticamente lo contrario de lo que alguna vez propiciaron. Pero ¿qué podemos esperar de nuestra clase dirigente, si nosotros hacemos lo mismo como sociedad? La Argentina no lava sus culpas; las mete debajo de la alfombra. Nadie votó a Menem, nadie estuvo de acuerdo con la política económica de Cavallo, nadie aplaudió el derrocamiento de Isabel Perón. nadie dijo "algo habrán hecho", nadie se creyó la versión de la historia que vendía la revista Gente en la época del Proceso. Y me atrevo a especular que, si el tiro de Resenbrink en el minuto 90 de la final del Mundial '78 hubiese sido gol en vez de pegar en el palo, quizás hoy resultaría que nadie alentó a la selección de Menotti.

Sería bueno ampliar la mirada de una buena vez, esquivar los espejismos autocomplacientes y asumir que la memoria -esa palabra que hace tan sólo dos semanas se volvió omnipresente casi hasta el filo mismo del eslogan- debe incluir también nuestros propios pecados. Por supuesto, quien ha mirado con cierta simpatía los actos de un criminal no debe ser equiparado con el criminal mismo. Hacerlo sería una forma de socializar la culpa, y ese procedimiento suele constituir un medio sumamente util para diluir la responsabilidad politica o jurídica de los que sí están directamente implicados en conductas aberrantes, decisiones injustas o actitudes arbitrarias). Pero que una sociedad se haga la desentendida frente a ciertas sinuosidades de su propia conducta es un peligroso sinónimo de inmadurez. Es más tranquilizador, claro, engañarnos y pensar que nunca nos faltó la lucidez, que sabíamos desde antes lo que en realidad aprendimos después. Es más reconfortante, claro, ponerse a destiempo el traje de héroe y cantar a coro que todos nos opusimos, que entre todos recuperamos la democracia. Pero es muy poco serio. E irrespetuoso, espantosamente irrespetuoso para con aquellos que sí lo hicieron.