La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







jueves, 20 de marzo de 2008

Crónica nº 8: Del lenguaje como medio de incomunicación (marzo 2005)

Cuando decimos algo, en la cabeza de quien nos escucha no se dibujan las mismas imágenes que en la nuestra. La mayoría de las personas suele no tener en cuenta esta obviedad; sin embargo, esa discordancia de visiones mentales es la causa de la incomunicación esencial que aqueja a los seres humanos.

Claro está, cuando tal divergencia versa sobre cosas concretas, no se generan, en principio, mayores problemas para el mutuo entendimiento. Si al nombrar la palabra "perro", yo evoco al cachorro lanudo con el que jugaba en mi infancia pero mi interlocutor piensa en el esbelto doberman que vigila su jardín, la esencia de lo que quise expresar resulta igualmente transferible, independientemente del matiz individual que el otro y yo le asignemos a lo dicho. Del mismo modo, si yo cuento que me subí a un "auto", poco importa que quien me escucha piense en un vehículo de marca, modelo y color diferentes al de la anécdota real. Lo relevante es que pude comunicarme: el otro me entendió.

Los inconvenientes comienzan, en verdad, cuando nos deslizamos hacia el sinuoso terreno de las subjetividades. Por ejemplo, cuando nos ponemos a calificar. Una misma casa puede ser "acogedora" para mí y "poco funcional" para el otro. Un libro que considero "maravilloso" puede resultarle al otro mortalmente "aburrido". Una comida puede estar "muy salada" para mi gusto, y saberle "sosa" al otro. La "mejor película que vi en mi vida" puede parecerle al otro "cursi" o "mediocre". Y así, ad infinitum.

Frente a esta incompatibilidad de apreciaciones pueden suceder dos cosas. Si aquello de lo que estamos hablando está a mano (o al menos ambos lo conocemos), surgirá entonces el desacuerdo, la discusión y, eventualmente, el enojo. Si, en cambio, no hay testimonios materiales disponibles que acrediten mi relato, lo más probable es que, en función de mis adjetivaciones, mi interlocutor se lleve una idea totalmente diferente acerca de aquello que pretendí transmitir. En ese caso, no sería extraño que ni él ni yo nos enteráramos jamás de este equívoco y que marchásemos por la vida convencidos de haber estado de acuerdo sobre algo de lo que, en realidad, nunca hablamos. Sinceramente, no sé cuál de las dos hipótesis es más temible.

Ahora bien, cuando la conversación refiere a temas más abstractos -ideas, sentimientos, valores-, cuando de lo que se trata es de intercambiar las miradas de cada uno sobre el mundo que nos rodea, el lenguaje suele constituir una trampa insalvable.
"Lo importante en la vida es ser feliz", se proclama. "Te amo", se declara. "Exigimos justicia", se reclama. "La única verdad es la realidad", se recita. Suena fácil de entender. Vista la cuestión con ingenua liviandad, los conceptos vertidos parecen transparentes, y hasta podríamos caer en la tentación de pensar, con entera buena fe, que estamos en un todo de acuerdo con lo dicho.

Pero las cosas no son tan sencillas. El reino de lo humano es fatalmente subjetivo. Somos piezas de un ajedrez monumental y -con suerte- apenas si podemos ver (y no necesariamente entender) la minúscula porción de tablero en que nos toca movernos. Pero miramos ese retazo de universo que habitamos y nos da por pensar que conocemos el mundo. Soberbiamente, generalizamos lo particular, transformamos en ley universal nuestra experiencia personal. Y entonces decimos "ser feliz", "te amo", "justicia", "verdad", "realidad", con tanta convicción como imprudencia, atribuyéndole a nuestra prédica una transparencia que, definitivamente, no posee. Nombramos las mismas cosas, sí, pero cada uno está pensando en algo diferente. Por lo tanto, a poco de raspar esa cáscara de aparente comprensión, los malentendidos quedan puestos en evidencia, uno tras otro, en inagotable catarata. ¿Cómo saber, a ciencia cierta, de qué habla el otro cuando dice lo que dice? ¿Qué es "ser feliz"? ¿Acumular bienes o despojarse por completo de ellos? ¿Someter al prójimo, o tender a ayudarlo? ¿Hacer lo que se quiere o querer lo que se hace? ¿Y qué es "el amor"? ¿La pasión arrasadora o la ternura que brota en lo cotidiano? ¿El impulso irreflexivo que se agota en poco tiempo, o la lenta construcción que apunta al largo plazo? ¿Los celos posesivos, o el respeto por la libertad del otro? ¿Y qué es "la justicia"? ¿La que se atiene a las pautas del sistema vigente, o la que va más allá y propone un cambio en las reglas del juego? ¿Imponer una sanción ejemplificadora, o brindar la posibilidad de redención? Y si nos atrevemos a internarnos en planteos metafísicos, ¿qué es "la verdad"? ¿Y qué es "la realidad"?

Por supuesto, para todas estas cuestiones -mal que nos pese- no hay respuestas definitivas. Cada cual tiene las suyas, y es natural que así sea (ya lo advirtió Anais Nin: "no vemos las cosas como son; vemos las cosas como somos"). Hay tantas perspectivas sobre algo como sujetos que lo miran. El problema es que elevamos la nuestra a la categoría de verdad objetiva. Y no porque creamos que es la mejor, sino porque, por lo general, directamente somos incapaces de pensar que existen otras.
Como podrá advertirse, cuestionar la eficacia del lenguaje como herramienta de auténtica comunicación entre las personas nos lleva a intuir que estamos sumidos en una gigantesca tragicomedia de enredos, un interminable juego del "teléfono descompuesto" que no resulta nada gracioso, un constante diálogo de sordos en el que incluso hasta hay lugar para una descomunal paradoja: la de que quienes sostienen posturas irreconciliables lleguen a formular discursos tan similares entre sí, que hasta podrían ser intercambiables (piénsese, sino, a título ilustrativo, hasta qué asombroso punto se asemejan las peroratas de EE.UU. y Bin Laden).

Quizás en algunos siglos o milenios nos asista el don de la clarividencia, o tal vez logremos desarrollar una capacidad perceptiva más amplia que la actual. Por el momento, no vendría mal empezar por desconfiar un`poco de nuestra propia retórica. Puede que así, lentamente, vayamos descubriendo aquello que los otros realmente están tratando de decirnos.

viernes, 7 de marzo de 2008

Crónica nº 7: Navidades (diciembre 2004)

Atardece, y la peatonal es un vaivén incesante de gente que circula cargando bolsas y paquetes de todos los tamaños y colores. Desde las vidrieras, la figura omnipresente de Papá Noel con sus renos y su trineo incita a comprar regalos. Y los transeúntes se esmeran en obedecer su insistente mandato comercial. Lo curioso es que sus rostros no reflejan signos de felicidad. Parecen preocupados; se muestran apurados. ¿Y la alegría pura del regalar?

"Allá están más baratos", dice una señora por aquí. "¿Viste ése que funciona a batería?", entusiasma un caballero a su hijo por allá. "Má, yo quiero ése", decreta un pequeñín a babor. "Esas Nike son una masa", se engolosina un adolescente a estribor. "A papá las de poliéster no le gustan", le explica a su hija una mujer de finos anteojos negros. Palabras, retazos de conversación monotemática que voy pescando a medida que me desplazo con dificultad entre el gentío.

El viento norte arrastra el sonido de las campanas de la Iglesia del Carmen. Nadie parece escucharlas. Será por eso que suenan casi afónicas, como si supieran de antemano que es inútil, que los humanos que pueblan la peatonal no habrán de recordar debidamente cuál es la razón que dos mil años atrás, originó el inminente festejo. Ingrato destino el de mártir, pienso. Alguien se toma el trabajo de ofrendar su propia vida para salvar a toda la humanidad, y veinte siglos después, los salvados celebran su nacimiento con una orgía consumista-gastronómica a la que ni siquiera lo invitan.

Una promotora muy simpática me sale al paso para ofrecerme, por enésima vez en los últimos diez días, dos celulares al precio de uno. Me pregunto cómo reaccionaría si le contara lo que venía pensando. Desisto de la idea; después de todo la chica simplemente está cumpliendo con su trabajo. Por enésima vez en los últimos diez días, digo que no y sigo mi camino.

Doblo por Lisandro de la Torre hacia el oeste, cruzo San Jerónimo, llego a 9 de Julio, cruzo otra vez, giro hacia el sur. El mismo calor, la misma humedad, otros sonidos. Pero haber dejado atrás a la marea compradora de gesto tenso me brinda una clara sensación de alivio.

Por un costado de la calle avanzan dos chicos. No deben tener más de 10 años. Uno lleva puesta una camiseta de Colón devaluada por sucesivas intemperies; el otro viste una remera que quizás alguna vez fue blanca, pero ahora presenta un color indefinible. Entre los dos, van empujando una mezcla de carrito y carretilla sobre la que viajan, amontonados, algunos cartones y bolsitas de residuos bamboleantes. Paisaje repetido; a nadie sorprende el espectáculo. Yo mismo, al principio, los miro sin prestarles mayor atención. Pero justo cuando pasan a mi lado, escucho que el de Colón le dice al otro: "uh, ¿sabé qué bueno si llegamo a encontrá un tacho grande, todo lleno de basura?". El pibe grafica su ilusión con un movimiento redondeado de la mano, como si acariciara el lomo de un gran animal invisible. Y hasta le brillan los ojitos al decirlo.
Inevitablemente, pienso en el desfile de bolsas y paquetes que acabo de ver en la peatonal. Comparo las expectativas que circulan, paralelas, aquí y allá, separadas por sólo doscientos metros de distancia, y me asombra asombrarme todavía al comprobar la lejanía sideral que divide a las unas de las otras.

Los chicos del carrito-carretilla siguen andando hacia el norte, en busca de su sueño cartonero. Me dejan, sin siquiera sospecharlo, esta flamante tristeza, esta impotencia de saber que no puedo hacer por ellos más que ponerme a escribir este relato.

(Quizás Papá Noel los tenga en cuenta y ponga en su camino las sobras de un almuerzo, un par de zapatillas no tan rotas, o el milagro de un juguete tirado por error
).

Crónica nº 6: Era en abril (noviembre 2004)

Ahí, sobre el escenario, a sólo unos cuantos metros de donde me encuentro sentado, están cantando Juan Carlos Baglietto y Silvina Garré. Juntos, como antes. Como cuando eran y éramos jóvenes. Verlos y escucharlos incita -¿cómo evitarlo?- a una inmediata excursión sensible hacia años idos.

Volver al '82, entonces. Que es, en mi caso -oh, poética casualidad- volver a los 17. Es decir, a Quinto Sociales, a Malvinas, al Mundial de España, al viaje a Bariloche, al cine Ópera y sus películas prohibidas. Volver a ese angustiante no saber qué hacer con la vida de uno a partir del año siguiente, a ese inquietante empezar a vislumbrar el revés de la trama escondido detrás de las cosas. Volver a los discos de vinilo que giran en el Ken Brown, a los primeros cuentos, a mi insaciable voracidad lectora, al sueño de esa novela genial con cuya escritura voy a alterar el rumbo de la literatura universal contemporánea. A esa sensación algo amenazante pero impagable de que todo (pero TODO, ¿eh?) va a suceder más adelante, apenas nos internemos en ese bosque intangible llamado futuro que se extiende ante nosotros con una amplitud tan generosa que roza lo infinito.

Cada una de las notas que baja desde el escenario trae en su sonido el llamado feroz de la nostalgia. Y la tentación de zambullirse en ella de cabeza, de solazarse en el recuerdo con fruición tanguera es enorme, casi irresistible.

Pero no; esta noche le hago trampa a la melancolía y no me dejo arrastrar. Justo en el borde mismo del trampolín, doy media vuelta y me bajo del carrusel del tiempo. Es que de pronto invierto los términos de la ecuación y pienso que lo mágico no reside en que la música me haga viajar hacia el pasado, sino exactamente en lo contrario: en que ciertas canciones que integraron la banda de sonido de mi adolescencia sigan vigentes hoy, veintidós años después, exentas de toda decadencia, inmarcesibles (¿qué otra razón podría explicar, sino, esta presencia a mi alrededor de tantas personas que en 1982 seguramente ni habían nacido?). Baglietto y Silvina allí; nosotros acá, seguimos unidos por las mismas canciones de hace veintidós años. A pesar de todo lo que les y nos pasó. El arte, entonces. Una vez más, el arte y esa facultad maravillosa de permitir la perduración ("algo que permanezca cuando todos nosotros hayamos desaparecido, y mucho después", parece recitarme Hemingway al oído). Sí, eso es lo verdaderamente mágico. He aquí la auténtica razón para asombrarse y celebrar.

La canción termina, y su final impone un súbito corte a mi vuelo inmóvil. La multitud aúlla. El que fui y el que soy aplaudimos conmovidos y felices.

jueves, 6 de marzo de 2008

Crónica nº 5: Pero qué bueno, che (octubre 2004)

(a propósito de cierto viaje...)

Pero qué bueno levantarse un sábado y gambetear a la rutina con un quiebre de cintura mientras una tribuna repleta de llovizna grita "oooole".

Qué bueno sacarle la lengua a las urgencias y largarse por la ruta con la ventanilla abierta para que el viento desdibuje las nefastas muecas lunesaviernesadas.

Pero qué bueno que haya asado, y vino, y amigos, y mate, y torta, y canto, y risas, y música, y poesía, y truco, y fulbito sobre el pasto como cuando éramos chicos.

Qué bueno echarse sobre el verde y dejar que el sol acune tanta, tanta alegría.

Pero qué bueno homenajear a los pulmones con una regia tajada de aire sano.

Qué bueno volver a comprobar, con los propios ojos, que el horizonte es ese renglón combado que se escurre detrás de la arboleda, y no esa línea despareja de cemento que obstruye los crepúsculos.

Pero qué bueno terminar la jornada sabiendo que hemos sumado un recuerdo más a ese inventario final que algún remoto día habrá de salvarnos de la nada.

Pero qué bueno, che, verdaderamente qué bueno esto de andar sintiéndose, aunque sea de vez en cuando, tan entusiastamente vivos.

Crónica nº 4: El precio de la normalidad (julio 2003)

La primera certeza que conseguimos hilvanar los santafesinos después del 29 de abril fue que el concepto de normalidad, tal como lo entendíamos antes de la inundación, se había disuelto por completo. El avance del río canceló nuestra cotidianeidad en cuestión de horas, mutilando rutinas y costumbres, borroneando nuestros puntos habituales de referencia. La anécdota real de quien despertó en medio de la madrugada y, al bajar de la cama, no encontró sus pantuflas, sino un insólito mar que invadía su casa, opera como elocuente metáfora de lo que nos sucedió a los habitantes de Santa Fe. Porque en menos de 48 horas, nos encontramos viviendo en una ciudad desconocida, con otro ritmo, con otras urgencias, con otros sonidos, con un paisaje casi onírico, compuesto por postales inverosímiles. Y en el vórtice de la catástrofe, abrumados por lo descomunal del desastre, sentimos que no habría retorno, que Santa Fe jamás volvería a ser la de antes. O que, en el mejor de los casos, ese regreso a la antigua normalidad llevaría muchísimo tiempo.

Evidentemente, las previsiones fallaron. A dos meses y medio de la inundación, Santa Fe ha recuperado casi todos los síntomas de normalidad. Volvieron las clases, los espectáculos artísticos, las reuniones festivas, los encuentros deportivos. Miles de familias retornaron a sus hogares, los centros de evacuados se despoblaron. Ya no hay gente en los techos de sus casas, ni montañas de basura en las calles, ni helicópteros sobrevolando la ciudad. Conductas cuya sola enunciación a principios de mayo -especialmente a quienes no nos inundamos- sonaba casi a sacrilegio, han vuelto a poblar nuestras horas. El tema de la inundación ha perdido protagonismo; ya no es el eje excluyente de nuestros pensamientos y nuestras acciones.

Una lectura superficial de los hechos podría conducirnos a conclusiones optimistas, tan apresuradas como injustas. Porque basta correrse unos centímetros de la comodidad mental de pensar "por suerte, ya pasó todo", para que surja, insidiosa, una pregunta elemental: ¿qué santafesinos son los que han vuelto a la normalidad? ¿Los que perdieron todas sus pertenencias y ahora deben empezar otra vez de cero pero no tienen con qué hacerlo? ¿Los que, por falta de alternativas mejores, se ven forzados a habitar viviendas virtualmente inhabitables? ¿Los que, además de los daños materiales sufridos perdieron a algún familiar? ¿Los que quedaron traumados por la experiencia vivida y todavía se despiertan a la madrugada en medio de pesadillas acuáticas? ¿Los que infructuosamente claman por un justo resarcimiento? Evidentemente, ellos no. Somos los no inundados los que disfrutamos de ese regreso a la normalidad. Para todos los otros santafesinos, el drama sigue.

* * *

Paradojas del agua, el mismo río que cubrió un tercio de la ciudad, sacó a la luz vastos fragmentos de realidad que desde hacía demasiado tiempo permanecían sumergidos (y no precisamente por el agua). Mejor dicho, no sólo los sacó a la luz, sino que además los arrojó como una bofetada sobre el resto de la ciudad. Fue como si la parte oeste de Santa Fe se elevara y, plegándose sobre una bisagra imaginaria en dirección al este, cayera en forma estrepitosa sobre la "zona de bulevares", provocando temporariamente la forzada yuxtaposición de las dos ciudades: la Santa Fe que todos conocemos y esa Santa Fe oculta que muchos prefieren ignorar. El agua expuso ante los habitantes del centro todas las miserias que éstos nunca habían visto, o que sólo habían visto de lejos, a través de la lente desenfocada del prejuicio y del recelo. De un día para el otro, las estadísticas de la marginalidad dejaron de ser meros números, se humanizaron y adquirieron rostros concretos. Los anónimos protagonistas de oscuras historias de vida se instalaron a la vuelta de la esquina.

Por supuesto, esta inédita convivencia dio lugar a las más variadas reacciones. Hubo quienes mostraron un asombro rayano en la ingenuidad. Hubo quienes ejercieron activamente la comprensión y la solidaridad. Hubo también quienes incurrieron en el desprecio y se dejaron ganar por un pánico exacerbado ante la "invasión". Frente al surgimiento abrupto de esa porción de realidad hasta entonces sumergida hubo una sola actitud que no se pudo adoptar: seguir ignorándola. Era imposible. No había cómo esconderse, ni dónde esconderla.

En ese contexto -motivados, según el caso, por convicción ideológica, por sinceras razones humanistas, por demagogia, y hasta por súbitos sentimientos de culpa- hubo entonces quienes pensaron y declararon que habría un antes y un después de la inundación en la historia de la ciudad, que la catástrofe nos brindaba una inmejorable oportunidad para enmendar errores y fundar una nueva Santa Fe, erigida esta vez sobre bases más solidarias.

Sin embargo, casi tres meses después, da la sensación de que aquello fue sólo un intervalo lúcido. El efecto paradójico del agua ha vuelto a operarse, pero esta vez en sentido inverso: el río se retiró del tercio inundado de la ciudad y, paralelamente, los fragmentos de esa realidad postergada volvieron a quedar tapados. Como antes. Como siempre. Sólo que esta vez, en su retirada, el río sumó a esa realidad nuevas porciones, y ahora hay miles de víctimas más de ese síndrome colectivo de invisibilidad.

Retornar cuanto antes a la normalidad perdida es una aspiración lícita y comprensible, pero el precio no puede ser el olvido. Trescientos mil santafesinos hemos vuelto a la normalidad, sí, pero al costo del retorno lo están pagando los otros cien mil. Ésos que, alejado ya el peligro de estar inundados por el Salado, corren ahora el riesgo de quedar sumergidos por la amnesia y la ceguera del resto.

Crónica nº 3: Magia (noviembre 2002)

(Acerca de la presentación de fin de año de "El Rincón de los Duendes")
(Para Silvia Braun - Para Paula Ferraris)

La noticia no salió publicada en ningún diario. Ni en la radio ni en la TV se habló del tema. Tampoco parece haber rastros del acontecimiento en Internet. Sin embargo, ocurrió; yo sé que ocurrió. El viernes a la noche, hubo magia en Santa Fe.
En una sala de calle Güemes, los duendes tuvieron una fiesta. El público -justo es decirlo- asistió engañado, pensando que se trataba de un acto cultural. Pero cuando las luces del auditorio se apagaron, sobre el escenario apareció un hada madrina rubia y se puso a contar historias. Se desplazaba con pasos sutiles, como si volara, y dejaba tras de sí una estela luminosa. El público, claro, se rindió fascinado ante el hechizo de esta rara mujer y su energía.
¿Corralito? ¿Devaluación? Nadie se acordó de eso.
Después, aparecieron los duendes. Más que aparecer, coparon el escenario con frescura, con prepotencia de trabajo. Uno por uno, arrojaron a la gente sus sueños de papel. Sueños con amores de final feliz y sueños con monstruos tiernos. Y la gente soñó con ellos, se rió, se conmovió, aplaudió. El público, claro, se rindió fascinado ante el hechizo de estos gnomos tan simpáticos.
¿Internas políticas? ¿Negociaciones con el FMI? Nadie se acordó de eso.
El hada reapareció y, dando inicio a un festivo ritual, se puso a bailar junto con los duendes. Era tal la alegría que se derramaba desde el escenario, que la gente, contagiada, hacía palmas y, de alguna manera, se sentía un poco niña otra vez. El público, claro, se rindió fascinado ante el hechizo de estos animados saltos y meneos.
¿Desocupación? ¿Aumento en las tarifas? Nadie se acordó de eso.
Apenas terminó la música, los duendes se evaporaron precipitadamente. En su lugar, surgió de la nada una princesa ansiosa que quería ser mamá. Y junto a ella, una bruja de doble apellido vegetal, dispuesta a brindarle el remedio necesario: una niña que habría de danzar todo lo que ella le pidiera. Y la niña bailó; vaya si bailó. Más que bailar, se colgó de la luna, se puso a hacer piruetas y desde allí regó el aire con su gracia. Y cuando necesitó un compañero para el tango, hizo un gesto de prestidigitadora con sus manos y lo sacó enterito de una de sus mangas. El público, claro, se rindió fascinado ante el hechizo de sus movimientos y, apenas sonó el acorde final, estalló en una ovación irrefrenable y la/los aplaudió a rabiar.
¿Hospitales que se cierran? ¿Corrupción en el Senado? Nadie se acordó
de eso.
El final de la fiesta encontró a todos los protagonistas de la noche compartiendo el mismo ritual de antes. Todos, duendes, hada, princesa, bruja y bailarines se veían felices, plenos, resplandecientes. Los confabulados reían satisfechos, y no era para menos: habían logrado su objetivo de regalarle un encantamiento a la gente. No para hacerla huir de la realidad, sino para invitarla a no olvidar que la realidad se construye también con hechizos como ése.
Las luces volvieron a encenderse y. como si la hubiesen despertado de una hipnosis, la gente abandonó la sala muy contenta, pensando ingenuamente que había concurrido a un hermoso acto cultural.
Sólo yo conservo el recuerdo de lo que en verdad pasó en esa sala de la calle Güemes. Quizás porque -a diferencia del público- yo no existo. Soy sólo otro duende más, escapado de la imaginación de un señor alto y de barba que esa noche estuvo allí. Un señor cuya computadora tomé prestada sin que él lo sepa sólo para poder testimoniar mi agradecimiento.
Porque esa noche -lo juro- hubo magia en Santa Fe.

Crónica nº 2: El humor en los tiempos de la cólera (julio 2001)

Si hay algo que ninguna crisis ha logrado frustrar en nuestro país es la incansable capacidad argentina para generar debates inútiles y superficiales. El último de estos Grandes Temas Nacionales que ha venido a ocupar el centro de la escena, con neologismo incluído, es: la "tinellización" de la política.

A primera vista, la polémica suscitada resulta injustificable. A ningún observador lúcido debería escapar que hay tres ítems que no admiten discusión alguna: 1) hace años que la clase política argentina se viene desprestigiando sola, sin ninguna necesidad de ayuda externa, 2) cualquier ciudadano tiene derecho a expresarse libremente, 3) el humor político en la Argentina tiene una larga tradición. Como se verá, hasta aquí Tinelli gana la pulseada cómoda e irreprochablemente 3 a 0.

Sin embargo, sería peligrosamente miope dejar fuera del análisis ciertas aristas del asunto que permiten hilar más fino. Por un lado, resulta paradójico que esta ridiculización de la clase política sea promovida por un exitosísimo empresario televisivo, es decir, no por un representante de los sectores excluidos del sistema, ganados por la desesperanza y la indignación, sino por alguien perfectamente adaptado a ese mismo sistema impuesto o tolerado por la clase dirigente que él ridiculiza. Uno sospecha entonces -con fundamentos- que semejante andanada mediática se ha puesto en marcha pensando en los beneficios que brinda el rating (y por ende la máquina de facturar), más que por razones ideológicas o consideraciones de tipo ético. Por otra parte, convengamos que las humoradas que pueblan el programa de Tinelli suelen estar emparentadas con una deplorable falta de respeto hacia el prójimo más que con una sana irreverencia crítica manifestada en forma creativa.

Sin embargo, lo importante aquí no es determinar quién es el bueno de la película y quién el malo, ni discernir si alguien tiene o no derecho a criticar al presidente. Plantear la cuestión en esos términos maniqueos y superficiales, no sirve de nada, porque ni la postura paranoica que pretende ver riesgos de desestabilización en una simple parodia, ni la postura demagógica que se ampara en la libertad de expresión para vendernos un nuevo producto, se hacen cargo del verdadero y alarmante problema que está en juego: el desprestigio actual de las instituciones democráticas.

Hay un detalle esencial que, al parecer, nadie se preocupa por aclarar, y es el siguiente: una cosa es la investidura, y otra muy distinta, la persona concreta que circunstancialmente la ejerce en un momento determinado. Esto puede parecer una sutileza meramente semántica, pero no lo es. Cuestionar a los individuos (aunque sea a través de la burla) respetando la investidura significa tener claro que el problema radica en que esos individuos carecen de idoneidad o solvencia moral para ejercer determinada función. En ese caso, estamos aceptando -aunque sea tácitamente- que hay un marco legal dentro del cual se puede intentar modificar la realidad, cambiando a esas personas por otras más capaces. Muy por el contrario, cuestionar a los individuos sin distinguirlos de la función que ejercen termina carcomiendo la confianza en las instituciones que esos individuos representan, y sabido es que cuando los ciudadanos dejan de creer en el valor de la democracia, quienes gustan de fantasear con soluciones autoritarias hacen su negocio.

Curiosamente, ambos bandos enfrentados en la polémica -cada uno a su manera- coinciden en compartir una importante cuota de (ir)responsabilidad sobre este punto. Por un lado, el grueso de nuestra clase política, con sus desaguisados y corruptelas, ha ido minando en estos últimos años la confianza de los ciudadanos en las instituciones del estado de derecho. No es casual que la reacción básica del argentino medio ante cada decepción consista en apelar a generalizaciones fatalistas del estilo "la Justicia en este país no existe", o "el Congreso no sirve para nada", con toda la carga implícita que estos dichos conllevan. Por el otro, Tinelli, en vez de utilizar su envidiable facultad de llegar a millones de hogares argentinos para intentar revertir semejante proceso de deterioro (o al menos, no contribuir al mismo), vuela bajo y saca provecho de éste, aun a costa de darle continuidad. Obviamente, está en todo su derecho pero, siendo perfectamente consciente del impacto que su programa causa en la población, ese enorme poder del que dispone le impide alegar inocencia absoluta.

Por supuesto, mientras la mentada tinellización ocupa espacio en los medios, los problemas esenciales del país siguen sin resolverse. Pero no hay por qué preocuparse: si los conflictos de fondo insisten en salir a la luz para amenazar nuestra comodidad mental, ya vendrán nuevas polémicas a instalarse entre nosotros.

Por lo pronto, en agosto vuelve Gran Hermano.