La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







martes, 12 de mayo de 2020

Crónica n° 91: Minicrónica en cuarentena #5 (mayo 2020)


Quiero que me dejen trabajar para tener la posibilidad de volver a generar ingresos. Quiero ir a bares y restaurantes con mi familia y mis amigos. Quiero pasear por la peatonal y entrar a las tiendas a comprar cosas. Quiero tomar un colectivo o un avión, e irme de vacaciones.

Quiero. Pero no puedo. Y eso me frustra. Aún así, sé que soy un afortunado, porque antes de la cuarentena sí podía.


Pienso entonces: ojalá que estas frustraciones coyunturales que muchos compartinos no se cristalicen en un berrinche improductivo. Ojalá conduzcan a ampliar nuestra mirada y volverla más sensible. Ojalá sirvan para estimular nuestra empatía, y permitan  que, aunque sea por unas semanas,  nos  pongamos en el lugar de los que sufren siempre, los millones de personas que no necesitan que haya  pandemias para pasar estas mismas privaciones.

 

Crónica n° 90: Minicrónica en cuarentena #4 (abril 2020)


Estaba por ir a acostarme cuando, por la ventanita del baño, llegó hasta mí un alarido que rasgaba el silencio compacto de la madtugada. Luego, con intervalo de segundos entre sí, escuché un par más. Llegaban desde lejos, desde el sur, asordinados pero nítidos. En otro momento, podría haberlos atribuido a una celebración trasnochada, solitaria y alcohólica de alguna conquista deportiva; en el contexto actual, resultaba obvio que no era eso. Los perros de la cuadra comenzaron a ladrar y ya no pude escuchar otra cosa que no  fuera ese coral desasosiego. Me desentendí del asunto y me fui a dormir.

 Al día siguiente, Rincón  amaneció convulsionado por el ir y venir de las múltiples versiones acerca de una noticia excluyente: la aparición de La Llorona.


¿Realidad perceptible o sugestión colectiva?  ¿Hecho policíaco o fenómeno sobrenatural? ¿Broma inofensiva o peligro latente? ¿ Alma en pena o humano fuera de control? Cada quien tendrá sus conjeturas y ejercerá su derecho a sustentarlas. Yo no tengo una posición tomada pero aviso: no me gusta el aburrido cinismo de los refutadores seriales, me rebelo contra su reduccionismo automático a explicaciones racionales. Preferiría que La Llorona fuese de veras un espectro que vaga buscando quién sabe qué. Plantearlo así es, me parece, una forma de apostar a que haya en la vida, aún en estos tiempos,  sobre todo en estos tiempos, algo que contradiga  la lógica fría y ciega de los virus, la matemática implacable de los conteos de muertos en la tele. 

Acaso la Llorona haya aparecido sólo para eso: para refrescarnos la necesidad de que sigan existiendo las historias que siempre han circulado por debajo de la Historia.
 
 
 
 


 

Crónica n° 89: Minicrónica en cuarentena #3 (abril 2020)


Enciendo la tele y pongo un canal de deportes. Están pasando los mejores goles del Burrito Ortega. Veo jugadores corriendo detrás de la pelota, veo multitudes poblando las tribunas, y me pregunto: ¿cuándo sucedió todo eso? ¿En qué era geológica? Me siento como si estuviera mirando un documental sobre la 1ra. Guerra Mundial. Peor aún: el testimonio fílmico de una civilización extinguida. Cuesta digerirlo, pero sí; TyC Sports se ha transformado en History Channel.

Recuerdo que hace poco, el mes pasado, andaba preocupado por la campaña de Colón en la Superliga, y ahora esa preocupación se me antoja un desvarío. Mi hábito de buscar en Internet información sobre los partidos jugados se ha vuelto anacrónico, un empeño actualmente tan absurdo como el de alguien que se obstinara en googlear: "10 tips para alimentar correctamente a su mamut:".


Entre el tele y yo está la mesita blanca de plástico, la que abollé sin querer de un puñetazo gritando aquel gol de Alario contra Olimpo en el cuarto minuto de descuento. La mesita  me interpela; la cicatriz que dejé sobre su superficie me recuerda que sí, que todo eso ocurrió de verdad, que hubo un tiempo en que el fútbol era algo real, vivo. Pero con eso no alcanza; al fin y al cabo, también es cierto que en el Museo de la Iglesia de San Francisco está la famosa mesa con la marca del tigre, y sin embargo cualquiera sabe que ya no circulan yaguaretés por el Parque del Sur.

¿Tendremos que resignarnos a que el fútbol se vuelva material de museo, territorio irreversible de nostalgias?  ¿Quedará limitado a su dimensión virtual, reducido a ser sólo un juego de  Play Station? Vaya uno a saber. Sé que en nuestro horizonte hay incertidumbres más graves por las cuales alarmarse, pero qué quieren que les diga  no me gusta imaginar un mundo en el que decir "Rojo y negro" no tenga más sentido que el de citar una novela de Stendhal. Un mundo desabrido en el que festejar un gol sea una expectativa tan insensata como la de ponerse a esperar que pase  el 17 para ir a la Rambla López a tomarse una Spur Cola.


Crónica n° 88: Minicrónica en cuarentena #2 (abril 2020)


Húmeda y gris, la mañana se despereza lenta sobre la plaza de Rincón. En el cajero automático de la esquina ya hay más de treinta personas que hacen cola, guardando la aséptica distancia impuesta por el miedo. Pero la cola no avanza y la desalentadora inmovilidad se traduce en una corriente nerviosa que recorre la fila hacia atrás y hacia adelante bajo la forma de preguntas impacientes y respuestas conjeturales. "El cajero está muerto". "¿No tiene plata?". "Dice que está temporalmente inhabilitado". "¿Lo van a arreglar rápido?".

Enfrente, por la vereda de la plaza, en rumbo paralelo a la cola, circula un linyera. Zapatillas rojas desarmadas, remera deportiva cubierta por un abrigo agujereado, gorra amarilla de Globo coronando su cabeza, una mano deforme apoyada sobre un bastón precario, la otra sosteniendo un gastado bolso de compras, el hombre seguramente, menos viejo de lo que parece mira la cola y saluda a algunos conocidos. Al llegar a la garita, le consulta algo por lo bajo al muchacho que espera el colectivo. Entonces detiene su marcha. Su figura decadente queda transitoriamente enmarcada por la grandiosidad del árbol de la esquina. Desde allí pasea su mirada algo perdida a lo largo de la fila de preocupados aspirantes a utilizar el cajero. Lo hace como quien mira los restos de una civilización que se ha extinguido y luego exclama:

_¿Así que no hay plata?

Después, sigue arrastrando sus pasos en dirección al este. El sol introvertido de otoño no se decide a iluminar esa mueca suya que, en caso de que el hombre tuviera dientes, podría ser calificada como una sonrisa burlona.

 

Crónica n° 87: Minicrónica en cuarentena #1 (marzo 2020)


¿Y si nuestra vida cotidiana nunca vuelve a ser tal cual la conocimos hasta ahora (y, exentos ya de tanto banal desasosiego, nos damos cuenta de que podemos vivir con la mitad de las cosas que tanto nos preocupaba conseguir y conservar)?

 ¿Y si nuestra vida cotidiana nunca vuelve a ser tal cual la conocimos hasta ahora (y, con retroactiva clarividencia, detectamos la ostensible sinrazón de tantas malasangres anteriores)?

 ¿Y si nuestra vida cotidiana nunca vuelve a ser tal cual la conocims hasta ahora (y, despojados ya de tantas absurdas vanidades, descubrimos que el éxito consiste sólo en despertarnos y estar sanos)?

viernes, 28 de junio de 2013

¡ Llega el libro de las Crónicas !





“Las 4 Estaciones de la Palabra” es un emprendimiento conjunto de Editorial Palabrava y Diario El Litoral. El mismo consiste en la publicación anual de cuatro libros de autores santafesinos (al inicio de cada una de las estaciones del año) y su distribución masiva junto con el diario mediante la modalidad de “venta opcional”, a un precio accesible.
 
El n° 6 de esta Colección (correspondiente al invierno 2013) será “Crónicas del Hombre Alto”, de Alfredo Di Bernardo, y saldrá a la venta el próximo martes 2 de julio.

El costo del libro será de $ 24,90 (si se lo adquiere con el cupón que se publica en el diario) o de $ 50 (sin el cupón).

 

 

lunes, 22 de abril de 2013

Crónica n° 86: ¿Quién mató a la princesa Alexandra? (abril 2013)


     A principios de los años ‘70, en la casa de mi abuelo materno, sobre una mesa resguardada por una cubierta de felpa color vino tinto que olía a décadas pretéritas, había una pila de revistas viejas. Cuando digo viejas, me refiero a revistas de 1968 y 1969. En realidad, había muchas otras cosas sobre esa mesa, pero para mí insaciable sed de lector precoz ese material poseía un atractivo inconmensurable, y era lo que más llamaba mi atención. Había, sobre todo, ejemplares de Gente y Siete Días, pero también algunos de Primera Plana, Así y Vosotras. Vaya uno a saber por qué razón permanecían ahí después de tres o cuatro años. Mi abuelo era –para beneplácito de mi exacerbada curiosidad- una persona que gustaba de acumular objetos y papeles; de manera que es muy probable que incluso él mismo hubiese olvidado ya el propósito perseguido al decidir conservarlas.

       Son muchos los artículos e imágenes que recuerdo de aquellas apasionantes lecturas. Gracias a una cobertura especial incluída en un ejemplar de Siete Días, por ejemplo, supe lo que había sido el Cordobazo (al menos, en su versión de crónica policial). De una revista Gente me quedó grabada una ilustración de El Eternauta (en la versión dibujada por Breccia), más específicamente la escena de las naves invasoras sobrevolando el estadio de River. A través de otra revista Gente, dedicada al casamiento de Jacqueline Bouvier con Onassis, conocí la historia del asesinato de John Kennedy y se instaló en mí para siempre una de las imágenes que más me ha impactado en la vida: no la foto en que JFK ya ha recibido el disparo, sino la otra, la más terrible, esa en que se lo ve saludando sonriente a la multitud con la inocencia escalofriante de quien ignora que está a segundos de morir.

       Pues bien, en una de esas revistas –estoy casi seguro de que era una Vosotras- me topé con un relato de intrigas palaciegas llamado “¿Quién mató a la princesa Alexandra?”. Para ser más preciso, me topé sólo con un capítulo del mismo, ya que se trataba de una historia por entregas. Lo que tenía de particular aquel relato era que su publicación estaba enmarcada en un concurso organizado por la revista. En efecto, los lectores debían deducir quién era el asesino y enviar por carta un cupón con la respuesta. Luego de la última entrega, se sortearía un premio entre los sagaces participantes que hubiesen descifrado el enigma. De más está decir que me hubiese encantado poder desentrañar el misterio que encerraba la historia, aun cuando mi intervención en el concurso no fuera ya posible. Sucedió, sin embargo, que mis ansias naufragaron en una insalvable limitación: por más que busqué y rebusqué en aquel montón de revistas, no pude hallar ningún capítulo previo o posterior al que había leído y, por lo tanto, mi carrera de investigador privado quedó trunca antes de nacer.

        ¿Por qué recuerdo tanto todo esto? Porque la lectura de ese relato policial provocó la primera reflexión de mi vida sobre el arte de escribir. La cosa fue así: en un momento determinado, el detective increpa a un personaje llamado Sartoris (creo que era el jardinero), lo derriba de un puñetazo, se arroja sobre él y, tomándolo del cuello con rudeza, le formula amenazante su exigencia: “Dime quién mató a la princesa Alexandra”. Y ahí nomás, el autor (o la autora) dejaba asentada una frase formidable:

    -Sí, sí- dijo Sartoris, y dio el nombre pedido.

     Me sentí indignado y perplejo. Supongo que retrocedí un renglón para releerla. “Sí, sí- dijo Sartoris, y dio el nombre pedido”. Era increíble; uno de los personajes acababa de revelarle al otro el secreto esencial de la historia delante de mis narices y yo no había podido enterarme de nada. En ese momento no lo supe, pero otros misterios, no menos fascinantes, comenzaban a develarse frente a mí con esa frase: los de la creación literaria. Fue una iluminación que no anuló mi contrariedad infantil pero contribuyó a redimirla con una dosis de asombro. De forma más emotiva que intelectual, por supuesto, caí en la cuenta de que un texto literario no era sólo una acumulación interesante de palabras, sino que había alguien detrás que movía, como un titiritero, los hilos de la trama para cautivar al lector. Tenía 7 u 8 años y era la primera vez que reparaba en la sombra de esa mano detrás de las palabras. “Sí, sí- dijo Sartoris, y dio el nombre pedido”. Estaba claro: al igual que los prestidigitadores, también los escritores sabían ocultar cosas. Los escritores utilizaban trucos y yo acababa de detectar uno de ellos.

      El tiempo disolvió el rastro de aquella revista y, salvo contadísimas excepciones, también el de todos los otros objetos y papeles que había en la casa de mi abuelo. He consultado Internet en busca de un improbable reencuentro con aquel histórico fragmento pero no he tenido éxito. Quizás sea mejor así, para evitar las decepciones que la mirada adulta suele inocularle a las sensaciones de la infancia. Aunque eso me condene a  ignorar para siempre quién mató a la princesa Alexandra.