La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







martes, 3 de junio de 2008

Crónica nº 26: Incidentes en la partida de Alfredo Di Bernardo (enero 2007)

Numerosos incidentes enmarcaron este mediodía la partida del prestigioso escritor santafesino rumbo a su residencia ubicada en la localidad de San José del Rincón.

Santa Fe, 17 (Télam). En medio de graves incidentes ocasionados por la incontrolable histeria de sus fans, el reconocido escritor Alfredo Di Bernardo inició este mediodía su período de vacaciones. Numerosos seguidores del autor de "Informe sobre miopes", que viene de protagonizar un fulgurante éxito de ventas en la Campaña "En estas Fiestas regale cultura santafesina", organizada por la Asociación Cultural El Puente, se hicieron presentes este mediodía en la Plaza España, sobre Avenida Rivadavia, aguardando la llegada de su ídolo literario. También lo hizo una gran cantidad de periodistas, un buen número de curiosos y una nutrida variedad de vendedores ambulantes que intentaban hacer su negocio ofreciendo merchandising del escritor.

Cuando casi a las 12 en punto, Di Bernardo arribó al lugar, dispuesto a abordar un remise trucho que lo llevara a su residencia ubicada en la localidad costera de San José del Rincón, sobrevino el primer atisbo de caos, y fue necesario improvisar una conferencia de prensa para calmar los ánimos. Cabe aclarar que, si bien Di Bernardo mostró una notable predisposición para contestar todas las preguntas que se le iban formulando, el desarrollo de la conferencia de prensa no fue nada sencillo, puesto que los alaridos y cánticos emanados de la entusiasta hinchada dificultaban la comunicación entre periodistas y entrevistado. El estribillo más escuchado fue el clásico "Y ya lo ve / y ya lo ve / es para Borges que lo escucha por TV", seguido por "Se va a acabar / se va a acabar / la dictadura de Bucay".

Tampoco ayudaban al normal desenvolvimiento de los acontecimientos los incontables ositos de peluche ni las abundantes piezas de lencería femenina que llovían sobre el escritor mientras éste, en un alarde de paciencia respondía a requerimientos tan diversos como "¿Cúal será su próximo libro?", "¿Es cierto que los dirigentes de Colón le ofrecieron ser el nuevo refuerzo del equipo?", "¿Qué es el Ser Nacional?", "¿Cuál es el sentido de la vida?", "¿Quién mató a Kennedy?", "¿Existió la Atlántida?", "¿Qué pesa más: un kilo de plomo o un kilo de pluma?".

Un nuevo pico de tensión general sobrevino cuando una admiradora trepada a uno de los ventanales del tradicional Café Tokio exclamó enfervorizada: "¡Papito, quiero tener un hijo con vos!", mientras dejaba sus pechos al descubierto. Visiblemente fastidiado, Di Bernardo sólo atinó a decir: "Estoy harto de ser un hombre-objeto; no soy sólo una cara bonita", lo cual provocó una nueva oleada de suspiros y alaridos histéricos por parte del público femenino. Luego de unos segundos, pareció que la entrevista seguiría su curso normal Sin embargo, cuando un movilero del programa "Intrusos del Espectáculo" formuló una pregunta respecto de la presunta relación amorosa que mantendría Di Bernardo con la actriz italiana Maria Grazia Cucinotta, el autor respondió "de mi vida privada no voy a hablar", dio abruptamente por terminada la conferencia de prensa y se dispuso a abordar el remise trucho que, a duras penas, acababa de llegar hasta la parada. Allí comenzó la debacle. Mientras el escritor ascendía dificultosamente al vehiculo, la presión del público superó el vallado dispuesto por las fuerzas de seguridad, y éstas, viéndose desbordadas, respondieron lanzando granadas de gas hilarante. El viento norte hizo el resto: en cuestión de segundos, una imparable carcajada general envolvió por igual a periodistas, policías, fans, vendedores y curiosos, mientras el remise trucho se alejaba rumbo a la localidad de Rincón.

Se estima que cuando los agentes del orden terminen de reírse, procederán a efectuar algunas detenciones.

lunes, 2 de junio de 2008

Crónica nº 25: De cuando (aparentemente) Dios decidió involucrarse un poco en el fútbol argentino (diciembre 2006)

Suele decírsele a los niños que Dios todo lo ve y que, si uno se porta mal, Dios lo sabe, se enoja y nos castiga. Semejante advertencia nunca ha resultado muy eficaz para generar comportamientos infantiles irreprochables pero, al menos, sirve para envolver al niño en la protectora creencia de que quien hace algo incorrecto recibe siempre su merecido. Con el tiempo, claro, uno va descubriendo que esto es una falacia. Bienintencionada, pero falacia al fin. Porque sucede con demasiada frecuencia (con desmoralizante frecuencia) que quienes hacen cosas malas logran cumplir exitosamente su cometido sin que -al menos en esta vida- nadie los sancione.

El Torneo Apertura 2006 fue un campeonato plagado de escándalos, hechos de violencia e irregularidades que parecieron confabularse para desmentir aquel dogma maradoniano de que "la pelota no se mancha". Uno de esos lamentables episodios ocurrió cuando, en noviembre, la barra brava de Gimnasia intimidó a sus propios jugadores, exigiéndoles que perdieran su partido frente a Boca. Buscaban, de ese modo, perjudicar directamente a Estudiantes, el clásico rival, en su lucha por obtener el título. Mucho se habló y se escribió sobre dicho partido, antes y después del mismo. Como se sabe, Boca derrotó a Gimnasia con llamativa facilidad y, aunque nadie lo pueda ni quiera probar, todo el mundo opina que los jugadores platenses, fuertemente condicionados, optaron por no desafiar las amenazas recibidas. Y como, al ser citados por la Justicia, los futbolistas de Gimnasia no formularon ninguna denuncia, los violentos se salieron con la suya una vez más, exhibiendo impunemente su alarmante cuota de poder.

A dos fechas del final del torneo, Boca llevaba 4 puntos de ventaja sobre Estudiantes y todos dábamos por sentado que volvería a ser campeón. Nada autorizaba a suponer lo contrario. Su buen juego, su contudencia ofensiva, la arrolladora campaña realizada hasta ese momento, respaldaban ampliamente su condición de favorito. Es cierto que el fútbol, según la ya clásica definición de Dante Panzeri, es la "dinámica de lo impensado", pero convengamos que ni el más fanático de los hinchas de Estudiantes hubiera apostado por el éxito final de su equipo. Una cosa es soñar con que pueda producirse en nuestra vida cierta combinación azarosa de circunstancias favorables; otra muy distinta es confiar en que esa combinación realmente se va a producir.

Ayer a la tarde, sin embargo, Estudiantes derrotó a Boca en el partido-desempate y se consagró campeón, concretando una hazaña histórica, de esas que tienen destino de mito para todos quienes seguimos sintiendo que el fútbol es un juego maravilloso. Sobran los adjetivos para calificar los méritos del flamante campeón, claro. Pero, sinceramente, no hay ningún argumento lógico que suene convincente a la hora de intentar explicar por qué a Boca se le escapó un campeonato que, diez días atrás, tenía metido en el bolsillo. En estos casos, uno se siente tentado de buscar respuestas no convencionales. He escuchado hoy a algunos supersticiosos hablar de maldición. Anda circulando, también, la historia del mentalista de La Plata que cobra sus "trabajos" en dólares, y se comenta con picardía el asunto de la sal que apareció misteriosamente derramada en el vestuario boquense.

A mí, en cambio, me ha dado por recordar a los barrabravas de Gimnasia y su estrategia repudiable. Arrastrado tal vez por mi fantasiosa mente de escritor, no puedo dejar de asociar lo sucedido con aquella advertencia aleccionadora que suele inculcarse a los niños. Porque, a la luz de tan inverosímil desenlace, pareciera que Alguien hubiese decidido intervenir para restaurar cierto orden que la irracionalidad de los hombres había intentado disolver. Alguien que, con sólo ejecutar un par de precisas maniobras, consiguió desactivar mágicamente los artilugios empleados por los villanos de la película, tornándolos inútiles. Alguien que barajó las cartas con un humor sutil, rayano en la ironía, y castigó a los malos de la manera en que seguramente más les duele: forzándolos a soportar exactamente la misma fiesta ajena que habían pretendido evitar usando la violencia.

Ya sé, me dirán que los hoy apenados hinchas de Boca no tenían ninguna culpa que expiar. Me dirán que el verdadero castigo debería haber sido la condena ante un tribunal y no un simple resultado deportivo. Me dirán que involucrar a la justicia divina en el fútbol es una especulación demasiado exagerada, y acaso irrespetuosa. Me dirán que Dios tiene asuntos más importantes que atender. Me dirán que hay en el mundo otras injusticias aún más flagrantes esperando ser reparadas. Me dirán que, a lo sumo, sólo debe verse en lo ocurrido un exquisito gesto de justicia trazado ciegamente por la casualidad o el destino.

Puede ser.

Sucede que, a pesar de tanta evidencia en contrario, a pesar de tanto desencanto acumulado, reconforta pensar que -aunque sea de vez en cuando- Dios se sigue encargando de hacer que los malos reciban su merecido.
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Crónica nº 24: Noviembre del '81 (noviembre 2006)

En noviembre del '81 yo era un adolescente muy flaco, muy miope y muy introvertido. Un solitario de 16 años cuyo rostro aniñado permanecía semioculto detrás de un grueso par de anteojos. Un alumno destacado que veía mucha tele, resolvía crucigramas y encauzaba sus dotes musicales sacando canciones de oído en un órgano "FunMachine".

En noviembre del '81, si bien manejaba una cantidad considerable de datos sobre el mundo, no sabía casi nada de la vida, aunque a veces sentía que sabía casi todo. Poseía más certidumbres que dudas. Creía en Hollywood y en la revista Gente. No entendía hasta qué punto todo discurso implica necesariamente una manipulación de la realidad. Sobre varias cuestiones pensaba que los malos eran los buenos, y viceversa. No imaginaba que, en apenas un par de años, mis opiniones acerca de unos cuantos temas darían un vuelco de 180 grados.

En noviembre del '81 mis proyecciones sobre el futuro eran vagas. Las más concretas llegaban sólo hasta el año siguiente. 1982 iba a traer consigo tres acontecimientos relevantes: el final de mi escuela secundaria, el Mundial de España y el viaje de Quinto a Bariloche. Que, cinco meses después, la Argentina entrara en guerra con el Reino Unido, por supuesto, quedaba fuera de cualquier previsión, incluso para alguien fantasioso como yo.

En noviembre del '81 había empezado ya a formularme algunas inquietudes filosóficas acerca del sentido de mi presencia en este planeta. Pero, más allá de esas primeras reflexiones sobre el ser y la nada, mi gran angustia existencial estaba dada por tener que digerir el reciente descenso de Colón.

En noviembre del '81 no se pasaba rock nacional por las radios y yo le guardaba un inexplicable recelo a la música cantada en castellano. Estaba a años luz de ciertas voces, ritmos y sonidos que, pocos años más tarde, ayudarían a ampliar mis horizontes auditivos para siempre. Escuchaba a Alan Parsons, Supertramp y Queen... pero también a Abba y a Village People.

En noviembre del '81 no había visto ninguna película de Woody Allen, "Brazil", de Terry Gilliam todavía no me había volado la cabeza, y no había experimentado tampoco el nudo en la garganta de cuando la bicicleta de ET levanta vuelo recortada contra la luna. Eso sí, los Superagentes me parecían geniales.

En noviembre del '81 aún no había descubierto la obra de Cortázar. Ni siquiera había perdido todavía mi virginidad mental leyendo "Sobre héroes y tumbas". Agotados hacía tiempo los clásicos infantiles (con el maravilloso Julio Verne a la cabeza), mis lecturas de entonces se concentraban en los ovnis y los fenómenos paranormales. Aún ignoraba que los misterios más apasionantes del universo no se hallan fuera del alma humana, sino precisamente en su interior.

En noviembre del '81, yo no era escritor ni soñaba con serlo. Lejos en el tiempo había quedado mi hábito infantil de garabatear cientos de hojas redactando crónicas de partidos de fútbol, intentando emular el estilo periodístico de la revista "Goles". Atrás también había quedado mi efímera incursión de los 11 años por la ciencia-ficción, plasmada en una novelita llamada "Aventuras en las galaxias", cuya escritura me había proporcionado una apasionante diversión veraniega.

En noviembre del '81, sin ninguna causa específica que lo justificara, sentí el impulso de poner por escrito alguna de las tantas historias imaginarias que solían poblar mi ajetreado mundo interior. E, influído quizás por la reciente lectura de "Los bufones de Dios", de Morris West, tomé un bloc borrador y, empuñando una Sylvapen 78 -que aún conservo como reliquia- me largué a escribir una novela plagada de clichés best-selleristas y lenguaje de serie policial de TV, con espías de la CIA y de la KGB enfrentándose en tierras australianas, pugnando por llegar primeros al inhóspito sitio donde ha caído un satélite que, aparentemente, viola los tratados internacionales sobre armamento nuclear.

No recuerdo cuánto tiempo me llevó escribir tamaño engendro, pero estimo que a fin de año la historia (a la que nunca puse título) estaba terminada. Sí recuerdo, en cambio, que me encantó escribirla. Sí recuerdo, también, que ese verano le comenté muy seriamente a mi amigo Patricio que. en adelante. me pondría a escribir cuentos, "porque escribir una novela cansa mucho".

Nunca, desde entonces, abandoné esta inefable tarea de perseguir infructuosamente fantasmas vestidos con letras. Es cierto, me tomó algunos años descubrir que la de escritor era la condición que mejor definía mi ser esencial, y me tomó algunos más poder asumirlo frente a los otros con naturalidad, pero esto no le quita a noviembre del '81 su categoría histórica de fecha fundacional.

Veinticinco años después, aún sigo ordenando palabras. Y aunque, en cierto modo, extraño ese irrecuperable candor de los inicios, aunque a esta altura ya no creo que alguna de mis obras vaya a alterar la historia universal de la literatura, aunque la distancia entre el escrito imaginado y el pobre resultado obtenido sea casi siempre abismal, cada vez que estoy terminando de corregir un texto vuelvo a experimentar ese cosquilleo, esa ansiedad. Y, una vez más, siento que es en esos momentos cuando soy más yo que nunca.

Razón más que suficiente, me parece, para dedicarle estas líneas a aquel adolescente que, en noviembre del '81, empezó a construir su lugar en el mundo usando tan sólo una birome Sylvapen.

viernes, 30 de mayo de 2008

Crónica nº 23: El señor de las aguafuertes radiales (septiembre 2006)

Mi papá acostumbra afeitarse y bañarse escuchando radio. Se lleva la portátil al baño, la acomoda en un estante del botiquín sintonizada en alguna de las emisoras locales y, mientras lleva adelante sus prácticas de aseo personal, se entera de las novedades ocurridas en la ciudad, el

país y el planeta. Ha repetido esta rutina, calculo, durante los últimos cincuenta y cinco años de su vida.


Hace ya varios años (no recuerdo bien si a fines de los '70 o a principios de los '80) sus preferencias radiales matutinas se volcaron hacia un programa de LT10 en el que un periodista de voz firme y profunda realizaba comentarios igualmente firmes y profundos sobre temas sociales, políticos y económicos. Un periodista del cual él no había tenido referencia alguna hasta su aparición en ese programa. A mi papá le gustaban mucho los análisis que hacía ese hombre. Cada tanto, acompañando su elogio con un casi imperceptible movimiento labial aprobatorio, solía afirmar: "¡Qué bien habla ese Jorge Conti!".


Nunca imaginé en aquel entonces que los inescrutables vaivenes de la vida me llevarían, unos cuantos años después, a concurrir asiduamente a la casa de "ese Jorge Conti". Menos aún, que iba a hacerlo como tecladista de un grupo musical que habría de adoptarla como lugar de ensayo.


Gracias a esas visitas semanales -que se reiteraron a lo largo del '94 y el '95- tuve oportunidad de conocer a Jorge desde un costado doméstico y comprobar que el hombre privado era idéntico al hombre público. Ávido lector, intelectualmente inquieto, diseñador de argumentaciones sólidas y racionales, sinceramente preocupado por el devenir del país y el mundo, idealista hasta el borde mismo del desencanto, su conducta de entrecasa no revelaba impostura alguna. Su indignación contra la injusticia, su rabia contra la frivolidad de los '90, su valoración del arte y el conocimiento, eran tan vigorosas como cuando las enarbolaba a diario ejerciendo su oficio.


Compartir con él alguna que otra reunión gastronómica realizada en su casa, me permitió acceder a un placer adicional: el de escucharlo contar sabrosas anécdotas, tanto personales como de gente que había conocido a lo largo de su vida. Lo hacía con esa misma habilidad verbal notable que demostraba frente al micrófono. La precisión en el uso de las palabras, el manejo adecuado del tono narrativo, la profundidad en la percepción y análisis de los hechos contados hacían de sus relatos un motivo de auténtico disfrute. Todavía recuerdo varias de aquellas anécdotas. Por ejemplo, la de la primera clase de Filosofía que tuvo en la Facultad, cuando el profesor inició su cátedra diciendo algo así como "Señores, de un lado del hombre está la razón; del otro está la fe. En el medio de ambas, está la desesperación. Pues bien, ese es justamente el camino que nosotros vamos a transitar con nuestra materia". Otras, darían para escribir un artículo aparte, por no decir un cuento. Como la de cierto adolescente que, pese a poseer una inteligencia superlativa, se llevaba a rendir todas las materias porque se negaba sistemáticamente a presentar sus carpetas completas a los profesores. El único docente que, quizás intentando adaptarse a las particularidades psicológicas de los genios, lo eximió de cumplir con ese requisito formal para aprobarlo, fue el de Música. Fue, justamente, el único docente al cual el chico le presentó la carpeta completa.


También me quedó particularmente grabada una noche en que llevé a mi hijo de 11 años al ensayo. Amables como siempre, Jorge y su esposa Erika le dieron conversación durante un buen rato y le prestaron unos libros de historietas para que se entretuviera. "Es un chico muy inteligente...", me dijo Jorge al despedirnos y, a continuación, agregó con melancólico sarcasmo: "... va a tener muchos problemas en la vida".


Cuando el grupo trasladó sus ensayos a otro lugar, dejé de frecuentar la casa de los Conti. No obstante, en la medida de mis posibilidades horarias, seguí a Jorge como oyente. Me gustaba escucharlo cuando proponía esos relatos breves en los que revisaba la vida de personajes históricos o de la cultura (en un abanico amplísimo que iba desde Groucho Marx hasta Alejandra Pizarnik) o cuando abrevaba en su propia historia personal para trazar semblanzas de hombres y mujeres de vida sencilla a los que rescataba del anonimato con sus palabras teñidas de admiración o nostalgia.


La semana pasada, leí en el diario que estaba por presentar un libro: "Aguafuertes radiales", selección de algunos de esos textos que solía leer en el programa "Siempre tarde". La noticia me alegró inmensamente. Recordé haberle preguntado alguna vez si nunca se le había ocurrido juntar sus editoriales y publicarlas. Recordé, también, la expresión vagamente escéptica de su cara al contestarme que era un proyecto que tal vez, algún día, se decidiría a encarar. Saber que al fin lo había concretado me hizo sentir que se trataba de un acto de justicia literaria. Una formidable revancha, por otra parte, contra la enfermedad que en los últimos tiempos lo alejó de los micrófonos.


La tarde del viernes previsto para la presentación del libro, tomé un taxi para ir a hacer unos trámites. El taxista iba escuchando un programa de radio en el que, casualmente, estaban hablando de Jorge y su flamante obra. De manera imprevista, el taxista dijo: "Hoy tengo que terminar de trabajar más temprano". Yo quería seguir escuchando lo que decían en la radio, así que, haciendo uso de una cortesía bastante forzada, gruñí: "¿Ah, sí? ¿Por qué?", mientras trataba de no perder el hilo del comentario periodístico. "Porque hoy en la Feria presenta un libro Jorge Conti y lo quiero ir a escuchar", fue la explicación. Debo confesar que realmente no esperaba semejante respuesta. Me sonreí. Iba a decirle que yo también iría, pero no me dio tiempo. Inocente portador de uno de esos guiños traviesos que suele ofrecernos el destino, agregó:


-¡Qué bien habla ese Jorge Conti!

Crónica nº 22: Los fugitivos del siglo XXIII (septiembre 2006)

En los años de mi infancia no había TV satelital, ni cable, ni siquiera TV color. Sólo se veían dos canales: el 13 de Santa Fe y el 7 de Buenos Aires. Tamañas limitaciones, sin embargo, no impidieron que yo me transformara en algo así como un "serie-adicto", capaz de desdeñar la salida más tentadora con tal de no perderme un capítulo de "El Gran Chaparral" o "El Agente de Cipol".

Mis predilecciones estaban volcadas hacia lo policial, la acción y lo fantástico. Programas como "El hombre nuclear", "Starsky & Hutch", "Dos tipos audaces" o "El túnel del tiempo" me congregaban frente al televisor con una devoción cuya intensidad no podría ser igualada, hoy, ni siquiera por un partido de la Seleccion en un Mundial.

La ciencia-ficción, en cambio, nunca estuvo entre mis preferencias. Series como "Ovni", "Cosmos 1999" o "El planeta de los simios" me generaban cierto rechazo prejuicioso o, a lo sumo, una tibia curiosidad que quedaba rápidamente saciada luego de espiar un par de capítulos.

Mal que les pese, entonces, a los fanátícos que hoy celebran alborozados el 40º aniversario de su estreno, debo confesar, aunque suene a sacrilegio, que "Viaje a las estrellas" nunca me gustó. Más bien, me aburría.

La única excepción que logró quebrar esta indiferencia mía hacia el género fue "Fuga en el siglo XXIII". Las peripecias de Logan, Jessica y el androide Rem en busca del Santuario realmente me fascinaban y ocupan, junto con las series nombradas más arriba, un lugar de privilegio en mi corazón de televidente.

Por lo general, el paso del tiempo suele ensuciar el recuerdo de los viejos gustos de la infancia con una dosis retroactiva de vergüenza estético-ideológica que resulta tan inútil como injusta para con el niño que uno fue. Sabido es, por otra parte, que pasar de la mera evocación a la confrontación directa con lo recordado constituye casi siempre un pasaje seguro hacia el desencanto más atroz. No obstante, con "Fuga en el siglo XXIII" me sucede algo inusual, y es que al crecer le asigné a la historia un valor simbólico que la enriquece y permite que, aún hoy, el planteo que propone me siga resultando irresistible.

Digo que se lo asigné y no que lo descubrí porque, lo admito, quizás la serie no tiene ese pretendido valor simbólico y éste sólo existe en mi imaginación. Habrá que convenir, de todos modos, que mi hipótesis interpretativa no es descabellada. En la historia que cuenta la serie hay un gobierno dictatorial que basa su poder en una conjunción de mentiras institucionalizadas como verdad absoluta e indiscutible. Hay un temible cuerpo de guardias encargado de mantener el orden establecido a cualquier precio. Hay una población domesticada que acepta con naturalidad su propio aniquilamiento sistematizado. Hay ciudadanos rebeldes que creen que afuera de la Ciudad hay una realidad diferente a la impuesta por la versión oficial. Hay hombres y mujeres que escapan en busca de la verdad y son perseguidos por ello. Como se puede advertir, vista con ojos adultos, la serie bien podría admitir una relectura profunda y ser entendida como una inquietante alegoría socio-política, y hasta filosófica.

Claro, no es cuestión de hacerle decir a los guionistas aquello que probablemente nunca estuvo en sus planes decir (al fin y al cabo, se trata de un producto surgido de Hollywood). Tampoco de atribuirle a mi niñez una lucidez que lejos estaba de poseer yo a mis 12 años. Después de todo, a mí el programa me gustaba por razones enteramente ajenas a cualquier eventual contenido metafórico. Lo disfrutaba y punto, como se viven las cosas en la infancia.

Y sin embargo, al salir en estos tiempos a la calle con mi adultez a cuestas, al leer los diarios, al ver los noticieros, al percibir perplejo ciertas realidades que acontecen a mi alrededor, no puedo dejar de pensar que la Ciudad de los Domos sigue intacta. Que nos siguen vendiendo falsedades y distracciones para controlarnos. Que sigue siendo imperioso desarticular los discursos que nos inducen a error y pretenden ocultarnos la verdad. Que es absurdo e injusto morir en el Carrusel. Que es preciso, en suma, continuar la fuga hacia el Santuario.

Aunque -al igual que Logan y Jessica- no sepamos si finalmente lo vamos a encontrar.

Crónica nº 21: La canción que no dice nada (agosto 2006)

"La próxima canción no dice nada", anuncia Alejandra desde el escenario, con voz tímida. Los del público sonreímos a medias; no queda claro si se trata de una broma o no. Quizás advirtiendo lo equívoco de su comentario, Alejandra se apresura a ampliarlo: "Quiero decir, ninguna de las palabras significa nada; son todas inventadas".

Pienso -¿cómo no hacerlo?- en el célebre capítulo 68 de Rayuela (el de "Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso"). La idea me entusiasma. Parece que asistiremos a un juego literario, un malabarismo lingüístico como el que, con tanta maestría, plasmó Cortázar. No me extraña: los poemas de Alejandra suelen desplazarse por los territorios del delirio con grácil soltura.

Los dedos comienzan a deslizarse sobre la guitarra y, tal como suele suceder cada vez que canta, la voz de Alejandra se transforma. En sólo un abrir y cerrar de corcheas, se despoja de su timidez y vuelve a revelar esa fuerza sugerente que la distingue. Una fuerza que no parece provenir de la garganta, sino desde un sitio interior más recóndito.

La canción responde plenamente a lo anunciado; parece compuesta en un dialecto indígena, o en un ignoto idioma eslavo. Pero su ejecución no deja espacio alguno para la vanidad de los prestidigitadores. La letra, es cierto, no se entiende. Pero se siente. Y es justamente la expresión de la voz lo que excluye por completo toda posible condición lúdica. Definitivamente, esto no es un juego. Al menos, no un juego insustancial. "Ninguna de estas palabras significa nada", ha dicho Alejandra. ¿No significan nada? ¿Por qué, entonces, la canción resulta tan inquietante, por qué es capaz de remover algo en el fondo de nosotros y conmovernos? ¿Por qué si sólo escuchamos sílabas ininteligibles es posible reconocer el llamado visceral que las mismas traen a cuestas? ¿Por qué una serie de vocablos indescifrables permite que ese sentir profundo abandone el subsuelo donde mora y se arroje hacia nosotros en busca de una mano tendida en la cual posarse?

El acorde final se desvanece en la madrugada y su disolución nos deja un poco vacíos. Aplaudimos.

"Esta canción no dice nada", anunció Alejandra.

Es curioso. Yo siento que lo dice todo.

sábado, 26 de abril de 2008

Crónica nº 20: Días (julio 2006)

Aplicados a la medición del paso del tiempo, los números redondos suelen resultar impactantes. En cuanto uno se descuida, un acontecimiento que parecía haber ocurrido hace poco, se nos revela sucedido hace 10, 20 o 30 años y nos devuelve bruscamente a una dimensión temporal implacable que, por lo general, queda oculta tras los engañosos pliegues de lo cotidiano.

Experimenté esa sensación en carne propia el año pasado, cuando cumplí los 40. La vuelvo a experimentar hoy, porque estoy cumpliendo 15.000 días de vida.

Decir "quince mil días" conmociona, provoca cierto grado de vértigo. "Quince mil" suena a cantidad de víctimas de un terremoto, o algo así (curiosa asociación ésta, pues no estamos hablando de muertos, sino de vida; a no ser, claro, que incurramos en la licencia poético-filosófica de considerar muertos a los días ya vividos). Pero al mismo tiempo, la magnitud de la cifra desdibuja las singularidades de cada unidad que la compone. Hablar de "quince mil días" disuelve los contornos particulares que cada uno de esos días ha poseído, su carga irrepetible de alegrías, problemas o ilusiones. Decir "quince mil días" permite abarcarlos mentalmente a todos en un sólo racimo, pero a costa de concederles una igualdad intrínseca de la que en realidad carecen.

Quizás por esta misma razón, la primera pregunta que surge ante la inminencia de semejante hito cronológico es: ¿cuántos de esos 15.000 días soy capaz de recordar con precisión? Se trata, intuyo, de un intento -fatalmente parcial y acaso vano- de restituirles la individualidad perdida.

Me caracterizo por poseer una notable capacidad para registrar fechas en mi memoria, pero es evidente que eso no alcanza para impedir que los días recordados constituyan una abrumadora minoría. Puedo enumerar sin dificultad qué día conocí a ciertas personas, qué día presenté cada uno de mis libros, qué día me recibí, o qué día empecé a trabajar, y evocar claramente, al hacerlo, cada uno de esos momentos. Pienso también en fechas vinculadas a la historia del país (11 de marzo de 1973, 1º de julio de 1974, 2 de abril de 1982) e inmediatamente se presentan en mi cabeza imágenes de lo que estuve haciendo los días en cuestión. Lo mismo sucede con fechas vinculadas al deporte y con los sucesivos cumpleaños propios, de familiares y de amigos. Entra, también, en este apretado inventario, el inexplicable registro de ciertas fechas que están allí sin que nada lo justifique (ninguna de las personas que conozco recuerda, por ejemplo, que el 13 de junio de 1974 Brasil y Yugoslavia inauguraron el Mundial de Alemania empatando 0 a 0, o que el 20 de julio de 1976 la sonda Viking se posó sobre suelo marciano, y sin embargo sobreviven ilesos a esta razonable amnesia). En suma: aún con el aporte extra de estas rarezas mnemotécnicas que me distinguen, el listado de días vividos perfectamente identificables constituye un porcentaje demasiado escaso en relación al total.

Primera y paradójica conclusión, entonces: a pesar del asombro que suele provocar mi memoria entre quienes me conocen, el verdadero motivo de sorpresa no está dado por todas las fechas que soy capaz de recordar, sino precisamente por lo contrario, por la descomunal cantidad de días que se han desvanecido para siempre, extraviados sin remedio en la neblina de la rutina escolar, estudiantil y/o laboral.

Claro que esta melancólica comprobación no debería sumirme en el desconsuelo. Después de todo, la mayor parte de los recuerdos se conserva sin fecha precisa de origen. Y lo que en verdad importa es justamente su conservación, no la exactitud matemática de su ubicación temporal. Puede entonces que no logre determinar qué hice con mi vida el 6 de noviembre de 1973, o el 27 de agosto de 1992, pero ¿cómo olvidar la mañana en que me metí por primera vez al mar, la tarde en que terminé de leer extasiado "La vuelta al mundo en 80 días", o el día que "2º C" le ganó el clásico a "2º B" con un gol mío sobre la hora? A la luz de esta certeza, el dato concreto pasa a segundo plano, se vuelve irrelevante. Considerados en sí mismos, los días serían, desde esta perspectiva, apenas un mero envase destinado, en la mayoría de los casos, a sacrificar su identidad en aras del especial contenido que los llena.

Esta preeminencia del contenido, sin embargo, me conduce a un interrogante aún más perturbador que el primero: ¿cuánto de lo que he vivido recientemente habré de recordar dentro de algún tiempo? O dicho de forma más incisiva: ¿cuántas de mis acciones diarias, cuántos de esos compromisos y urgencias que tantas horas me consumen y tantas preocupaciones me generan tendrán la significación necesaria como para ser recordados en una década o dos? Tampoco aquí caben las respuestas definitivas, por supuesto, pero mucho me temo que -por expresarlo en términos suaves- un porcentaje considerable de mis días actuales está sacando boleto de ida hacia la nada con absoluta impunidad.

Es altamente improbable que las proporciones estadísticas negativas de la memoria puedan revertirse por puro voluntarismo, pero deberíamos actuar como si se pudiera. Habría que esforzarse un poco. Sería cuestión, tal vez, de no seguir desperdiciando lastimosamente nuestro tiempo en tantas tribulaciones vacuas. Sería cuestión, tal vez, de aprovechar cada día para meterse en otros mares, descubrir nuevos mundos imaginarios o hacer goles importantes en otros arcos. Sería, tal vez, cuestión de merecer el recuerdo futuro.

Es cierto, quizás ni siquiera así alcance. Quizás permanecer en la memoria sea necesariamente el privilegio de unos pocos días. Tal vez éste no sea uno de ellos. Es probable, entonces, que llegue un momento de mi vida en que ya no recuerde qué fue lo que estuve haciendo este jueves 13 de julio de 2006. Hasta es posible, incluso, que tampoco recuerde haber escrito este artículo.

Sin embargo, lo escribo igual.

Al fin y al cabo, quizás sólo por eso escribe uno: para combatir el olvido.