Habrá que comenzar esta crónica ilustrando a los lectores desprevenidos y contar que, durante buena parte de la década del '90, existió en la ciudad de Santa Fe un grupo musical llamado Paralelo 31. Será sin dudas apropiado informar también que la banda en cuestión llevaba adelante una propuesta difícil de encasillar, apostando a un repertorio compuesto esencialmente por temas propios, en el que convivían ritmos diversos sin prejuicios ni pudores. Convendrá aclarar asimismo que, a excepción de una histórica jornada en la que fue grupo telonero de León Gieco, Paralelo 31 nunca obtuvo los beneficios del éxito masivo.
Habrá que consignar, finalmente, que el tecladista de Paralelo 31 era yo.
A pesar de haber tenido algunas actuaciones pagas, nunca llegamos a ser profesionales. Éramos, básicamente, un grupo de amigos que se juntaba para sacarse el gusto de hacer un poco de música. Priorizábamos la calidez humana por sobre las virtudes técnicas o artísticas. Sonar maravillosamente bien no habría representado nada para nosotros, si el precio de tal logro hubiese sido llevarnos mal. Ensayábamos mucho más de lo que tocábamos en publico (de hecho, sólo dimos 22 recitales en 8 años), pero esta realidad adversa no lograba quitarnos el entusiasmo. Los ensayos eran instancias felices en las que dejábamos afuera las complicaciones cotidianas y nos dedicábamos a armar, desarmar y rearmar los temas del repertorio. Claro que también nos delirábamos, a veces, haciendo versiones caseras de canciones tan alejadas de nuestro estilo habitual como "Sultanes del ritmo" o alguna de los Beatles. Y, por supuesto, practicábamos ese inigualable juego colectivo de ponernos a improvisar, construyendo sobre el aire efímeros diálogos musicales que, por lo general, se desvanecían para siempre apenas sonaba la última nota, pues rara vez nos tomábamos el trabajo de dejarlos registrados.
Eran épocas de frecuentes reuniones festivas, aquellas. Épocas de asados cuyas sobremesas se prolongaban durante horas y solían concluir en interpretaciones levemente alcoholizadas de "Seminare", "Buscando guayaba" o "Menta y limón", mientras nuestros hijos, después de haber correteado entre cables e instrumentos hasta quedar agotados, terminaban dormidos sobre un sofá o sobre los sufridos regazos de sus madres.
Es imposible no evocar aquellos tiempos en esta fría noche de agosto. Sucede que, después de ocho años y medio sin hacerlo, Paralelo 31 ha vuelto a juntarse para actuar en público. No hay, por supuesto, millonarios auspiciantes sosteniendo el retorno, ni tampoco contratos fabulosos con algún sello discográfico para grabar en vivo un testimonio del regreso. Nos ha reunido la excusa de participar en la Peña con la que decidí festejar el quinto aniversario de "El Regalador". Los gustos, suele decirse, hay que dárselos en vida.
Ahí andan, entonces, el Guille, Mario, Silvio, Fernando, Javier, recobrando -cada uno a su manera- un fragmento significativo de aquel pasado común. Algunos con más kilos encima, otros con más canas, pero todos exhibiendo idéntica alegría ante la demorada reincidencia.
Hay algo hermoso y profundo flotando en el ambiente. No sé bien cómo definirlo. Es una conjunción ambigua de felicidad y extrañeza. En una primera instancia, atino a especular con una posible sobredosis de nostalgia, pero lo descarto de inmediato. La nostalgia es mentirosa, siempre viene a uno vestida con apariencia seductora, pero basta que se le corra un poco el maquillaje para que su mueca de tristeza irrevocable quede al descubierto. Y aquí, en cambio. estamos en medio de una verdadera celebración que excluye toda angustia. Tal vez porque no es el pasado lo que estamos celebrando, sino el presente.
Ahí andan, también, nuestros hijos, irremediablemente crecidos, exhibiendo sus propios talentos musicales. En este momento, por ejemplo, Aldo, Juan Andrés y Solano, en improvisado trío de saxo, piano y batería, se han dedicado a satisfacer el eufórico pedido de Silvio: "¡funky a rabiar!". Y si hace unas horas fue conmovedor escuchar cantar por primera vez a Juan Diego, y si resultó simpático tenerlo a Jerónimo con sus ocho años pegándole a la batería en uno de nuestros temas, verlos a ellos tres haciendo música juntos, impresiona. No son amigos entre sí, se ven sólo muy de vez en cuando y, sin embargo, ahí están, disfrutando del mismo rito compartido del que solíamos gozar sus padres. Y aunque es inevitable sentir que algo bueno debemos haber hecho para estar recibiendo tamaño regalo, la satisfacción paterna tampoco alcanza para explicar lo que está sucediendo.
Debe ser por el cansancio, pienso. O tal vez por el vino que estoy tomando casi sin haber comido. Lo cierto es que son las cuatro de la mañana, la peña está terminando y no encuentro las palabras que precisen el fenómeno con justeza. Intuyo que excede lo puramente emocional, pero no puedo apresar su esencia. De algún modo, confusamente, sé que tiene que ver con el tiempo. O, mejor dicho, con ciertas percepciones paradojales del tiempo, con esta sensación vertiginosa de que hay dos realidades cronológicas distintas coexistiendo en un mismo punto. Es como si todos los que estamos aquí reunidos esta noche hubiésemos sido imperceptiblemente atraídos hacia un atajo prodigioso que conecta y superpone el pasado con el presente hasta disolverlos en una sola escena. "¡Aguante Paralelo 31 Junior!", grita alguien, y yo siento que, como decía aquella vieja canción del grupo Posdata, el almanaque me hace bromas.
Afuera se ha puesto a llover. Pero el afuera queda tan lejos esta madrugada, que a nadie le importa saber que a la salida nos vamos a mojar. Estamos contentos. Todos. Y se nota. Decididamente, hay algo hermoso y profundo flotando en el ambiente. Es cierto, no sé bien cómo explicarlo, pero poco interesan ahora mis tropiezos conceptuales. Lo que cuenta es esta alegría serena y unánime que nos abraza. Lo que cuenta es esta necesidad de eternizarla de algún modo, aunque sólo sea con palabras.
jueves, 5 de junio de 2008
miércoles, 4 de junio de 2008
Crónica nº 32: Recordando a Michel Serrault (agosto 2007)
En esta semana de duelo para los cinéfilos, en la que fallecieron dos directores de culto como Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni, se produjo también otra muerte ligada al ambiente cinematográfico que, quizás por su cercanía temporal con las otras dos, no tuvo idéntica repercusión mediática: la de Michel Serrault.
No soy crítico de cine, de modo que no me propongo mensurar aquí las cualidades tecnicas de este prestigioso actor francés, ni tampoco evaluar los méritos artísticos de las películas en las que intervino. Escribo estas líneas sólo como espectador, dejándome llevar por el impulso de evocar la profunda impresión que dejó en mí la primera y definitiva vez que lo vi actuar.
Debo remontarme para ello a 1984, a una noche calurosa de noviembre en la que fui al cine con el propósito primordial de reencontrar en la pantalla a la bellísima Isabelle Adjani, actriz cuya potencia expresiva y sugerente hermosura constituían para mí, en aquel entonces, un descubrimiento reciente que me había cautivado por completo. Era sábado, y en el Chaplin daban "Una mujer inquietante", título levemente ramplón con que se conoció en la Argentina a "Mortelle randonnée", oscuro, negrísimo drama policial dirigido por Claude Miller. Es curioso; si tuviera que improvisar una lista con mis películas favoritas, probablemente ésta no aparecería en los primeros lugares. Pero así como hay libros que permanecen en nuestro recuerdo a causa de una sola de sus páginas, también hay películas en las que un puñado de escenas, un clima, un diálogo o un personaje son suficiente razón para concederles un lugar especial en nuestra memoria. En mi caso, "Una mujer inquietante" es una de ellas.
Michel Serrault encarna allí a Beauvoir, un detective apodado "El Ojo" que, a pesar de los años transcurridos, anda por la vida sin haber podido reponerse de la desaparición de su pequeña hija. Isabelle Adjani compone a Catherine, una asesina del tipo "viuda negra" cuyos crímenes parecen más ligados al intento de llenar su vacío afectivo que al placer de alzarse con fortunas ajenas. Beauvoir se lanza tras los pasos de Catherine y la película muestra las alternativas de esa persecución. Sin embargo, no es el suspenso propio de los thrillers lo que resulta fascinante, sino la tensión que se establece entre ambos personajes. Porque el detective empieza a desarrollar la ¿infundada? sospecha de que esa joven tan peligrosa como escurridiza es su hija perdida. La sospecha deviene esperanza y luego, obsesión. Beauvoir queda así enfrentado al dilema moral y emocional de optar entre cumplir con su deber de capturar a la asesina y su deseo acaso irracional de protegerla. La trama policial pasa a ser apenas una excusa, el marco necesario para mostrar la historia terrible de dos seres desamparados que a duras penas pueden consigo mismos. Beauvoir necesita imperiosamente a su hija; Catherine busca a ciegas el cariño del padre ausente.
Imposible permanecer indiferente ante tanta desolación, menos aún si uno carga -como yo en aquellos días- con una irresistible atracción hacia los personajes atormentados. En la pantalla se juega un ajedrez profundo y apasionante, merced a un notable duelo actoral que atrapa, conmueve y lastima. Y yo estoy ahí, en la penumbra de la butaca, contemplándolo hechizado, mientras mis 19 años se enamoran definitivamente de Isabelle Adjani y tienden puentes de infinita compasión hacia ese hombre desesperado que está a punto de desbarrancarse en la locura.
La película termina con una voz en off que pronuncia una frase demoledora (tal vez la mejor frase final de todas las películas que he visto en mi vida), una metáfora cuya terrible belleza no sólo gobernó mis pensamientos esa noche durante la solitaria caminata de regreso hacia mi casa, sino que aún hoy, más de dos décadas después, mantiene su capacidad de conmocionarme cada vez que pienso en ella.
Michel Serrault participó en 135 películas a lo largo de su extensa trayectoria. El beneplácito de la crítica lo rescatará tal vez por títulos como "Ciudadano bajo vigilancia" o "El placer de estar contigo". El gran público lo recordará seguramente por su divertida actuación en "La jaula de las locas". A mí, en cambio, la sola mención de su nombre habrá de remitirme, inevitablemente, a aquel detective atribulado que me emocionó en el cine Chaplin.
Gracias por esa noche y hasta siempre, monsieur Serrault.
No soy crítico de cine, de modo que no me propongo mensurar aquí las cualidades tecnicas de este prestigioso actor francés, ni tampoco evaluar los méritos artísticos de las películas en las que intervino. Escribo estas líneas sólo como espectador, dejándome llevar por el impulso de evocar la profunda impresión que dejó en mí la primera y definitiva vez que lo vi actuar.
Debo remontarme para ello a 1984, a una noche calurosa de noviembre en la que fui al cine con el propósito primordial de reencontrar en la pantalla a la bellísima Isabelle Adjani, actriz cuya potencia expresiva y sugerente hermosura constituían para mí, en aquel entonces, un descubrimiento reciente que me había cautivado por completo. Era sábado, y en el Chaplin daban "Una mujer inquietante", título levemente ramplón con que se conoció en la Argentina a "Mortelle randonnée", oscuro, negrísimo drama policial dirigido por Claude Miller. Es curioso; si tuviera que improvisar una lista con mis películas favoritas, probablemente ésta no aparecería en los primeros lugares. Pero así como hay libros que permanecen en nuestro recuerdo a causa de una sola de sus páginas, también hay películas en las que un puñado de escenas, un clima, un diálogo o un personaje son suficiente razón para concederles un lugar especial en nuestra memoria. En mi caso, "Una mujer inquietante" es una de ellas.
Michel Serrault encarna allí a Beauvoir, un detective apodado "El Ojo" que, a pesar de los años transcurridos, anda por la vida sin haber podido reponerse de la desaparición de su pequeña hija. Isabelle Adjani compone a Catherine, una asesina del tipo "viuda negra" cuyos crímenes parecen más ligados al intento de llenar su vacío afectivo que al placer de alzarse con fortunas ajenas. Beauvoir se lanza tras los pasos de Catherine y la película muestra las alternativas de esa persecución. Sin embargo, no es el suspenso propio de los thrillers lo que resulta fascinante, sino la tensión que se establece entre ambos personajes. Porque el detective empieza a desarrollar la ¿infundada? sospecha de que esa joven tan peligrosa como escurridiza es su hija perdida. La sospecha deviene esperanza y luego, obsesión. Beauvoir queda así enfrentado al dilema moral y emocional de optar entre cumplir con su deber de capturar a la asesina y su deseo acaso irracional de protegerla. La trama policial pasa a ser apenas una excusa, el marco necesario para mostrar la historia terrible de dos seres desamparados que a duras penas pueden consigo mismos. Beauvoir necesita imperiosamente a su hija; Catherine busca a ciegas el cariño del padre ausente.
Imposible permanecer indiferente ante tanta desolación, menos aún si uno carga -como yo en aquellos días- con una irresistible atracción hacia los personajes atormentados. En la pantalla se juega un ajedrez profundo y apasionante, merced a un notable duelo actoral que atrapa, conmueve y lastima. Y yo estoy ahí, en la penumbra de la butaca, contemplándolo hechizado, mientras mis 19 años se enamoran definitivamente de Isabelle Adjani y tienden puentes de infinita compasión hacia ese hombre desesperado que está a punto de desbarrancarse en la locura.
La película termina con una voz en off que pronuncia una frase demoledora (tal vez la mejor frase final de todas las películas que he visto en mi vida), una metáfora cuya terrible belleza no sólo gobernó mis pensamientos esa noche durante la solitaria caminata de regreso hacia mi casa, sino que aún hoy, más de dos décadas después, mantiene su capacidad de conmocionarme cada vez que pienso en ella.
Michel Serrault participó en 135 películas a lo largo de su extensa trayectoria. El beneplácito de la crítica lo rescatará tal vez por títulos como "Ciudadano bajo vigilancia" o "El placer de estar contigo". El gran público lo recordará seguramente por su divertida actuación en "La jaula de las locas". A mí, en cambio, la sola mención de su nombre habrá de remitirme, inevitablemente, a aquel detective atribulado que me emocionó en el cine Chaplin.
Gracias por esa noche y hasta siempre, monsieur Serrault.
Crónica nº 31: Acerca de una carta a Fontanarrosa que jamás será escrita (julio 2007)
(En agosto de 2001, Fontanarrosa vino a Santa Fe, a presentar en la Feria del Libro la antología "Cuentos de fútbol argentino". Haciendo uso de esa veta cholula y caradura que me caracteriza muy de tanto en tanto (cuando me parece que la situación lo amerita), me uní al malón que lo rodeaba, lo saludé, le extendí una hoja para que me dibujara un Mendieta autografiado, y aproveché la ocasión para endilgarle una fotocopia de un cuento mío de fútbol ("Penal"), con la esperanza de que lo leyera. Una semana después, para mi gran asombro y alegría, me llegó desde Rosario una nota suya en la que me daba su impresión sobre mi cuento. Valoré tanto ese gesto, que decidí escribirle para agradecérselo, y salió esta carta muy poco convencional que hoy quiero compartir con ustedes, en homenaje a quien seguramente debe ser el tipo que más carcajadas me regaló en la vida).
Santa Fe, agosto de 2001.-
Acerca de una carta a Fontanarrosa que jamás será escrita
(Desgrabación parcial de mi última sesión con el analista)
(...)
-Pero mire usted qué interesante. Así que ahora el problema que no lo deja dormir es una carta.
-Y bueno, doctor, qué se le va a hacer. Para mí no es nada fácil esto; tengo que escribirle a Fontanarrosa y no sé bien qué ponerle.
-Siempre es difícil hallar las palabras necesarias para dirigirse a una mujer. Por lo pronto, me parece que usted debería dejar de imponer en el trato esa distancia tan horrible. Parece un empleado del IAPOS llamando a la gente: "Fontana, Rosa", "Pérez, Roque".
-¿Una mujer? No, doctor, no es una mujer. Fontanarrosa es un apellido. Al que tengo que escribirle es al dibujante, al humorista, al escritor. Al "Negro" Fontanarrosa. ¿Lo conoce?
-Sí, sí, cómo no. Yo siempre leo la página de chistes del Clarín. Me encanta el Loco Chávez y mucho más el Mago FaFa. Pero bueno, en fin, acá estamos para que usted me cuente su problema. Lo escucho.
-Le explico. Resulta que la semana pasada, Fontanarrosa estuvo en la Feria del Libro y yo tuve la ocurrencia de darle un cuento mío para que lo leyera. Yo pensé: "en una de ésas le gusta y me escribe". Pues bien, el otro día anduve por el Correo, y encontré dos cartas en mi casilla. Agarré la que estaba arriba y casi me muero. Me bastó la primera ojeada para reconocer esa "F" de inmediato. Le juro que me quedé sin aliento.
-La "F" de Fontanarrosa, obviamente.
-No, la "F" de "Financiera". Yo sabía que en cualquier momento me iban a intimar. Hace tres meses que no pago el crédito.
-Bueno, pero la otra carta era de él, ¿no?
-Sí, sí, claro. ¿Se da cuenta? No sólo le gustó mi cuento, sino que encima tuvo la gentileza de hacérmelo saber. Es una hermosa actitud. Por eso, me pareció que tenía que hacer algo para retribuir aunque sea mínimamente su gesto. Así que le escribí una carta extensísima, muy sentida, pletórica de gratitud.
-Me parece muy justo y muy sano.
-El problema es que cuando la terminé, me puse a releerla y me pareció que limitarse a decir "gracias" ante un gesto como el que tuvo es incurrir en una cortedad imperdonable. Esa palabra no abarca todo lo que quiero expresarle.
-¿Y qué hizo con la carta?
-La rompí.
-¿Cómo que la rompió?
-Y sí, la rompí. Pero le escribí otra.
-Ah, bueno. ¿Y sobre qué le escribió esta vez?
-Le dije que yo admiro profundamente a las personas con talento y a las personas con inteligencia. Le dije que cuando esas dos cualidades se dan juntas en una misma persona, la admiro todavía mucho más. Y le dije que si además van de la mano con el humor, entonces siento una admiración al cubo. Ante un Dolina, un Quino, un Les Luthiers, un Woody Allen, no puedo menos que sacarme el sombrero.
-Claro, y me imagino que a Fontanarrosa lo habrá incluido en esa lista.
-¡Por supuesto! ¡Usted no sabe la cantidad de carcajadas que me ha provocado este hombre! Nunca he podido entender cómo hace para que no se le agote la creatividad.
-Hace bien en no reprimir sus sentimientos.
-Exacto. Me gasté en elogios. Cuatrocientos treinta y siete adjetivos connotativos, tenía la carta. Qué digo carta; eso no era una carta. Era un encomio, una loa, un panegírico.
-Dios mío, desde que descubrió en la computadora el diccionario de sinónimos está insufrible. ¿Y qué hizo al final con su carta?
-La rompí.
-¿Cómo que la rompió?
-Y sí, la rompí.
-¿Por qué no la mandó?
-¿Está loco? ¡A ver si todavía Fontanarrosa piensa que soy un cholulo obsecuente! Debe estar podrido de los pesados que le dicen "genio", "ídolo", "maestro".
-¿Le parece? Mire que a los artistas les encanta que los halaguen.
-Sí, pero hay que hacerlo con cierto sentido de la ubicación. Y sobre todo con originalidad. Si uno va a robarle parte de su valioso tiempo a un artista, que por lo menos implique un esfuerzo creativo.
-Ajá. ¿Entonces?
-Y...se me ocurrió homenajearlo de un modo más sutil y simpático.
-¿Cuál?
-Mandándole mi agradecimiento con un dibujito humorístico.
-Así que un dibujito humorístico a Fontanarrosa. Pero mire usted qué apropiado. ¿Por qué no le manda una canción a Serrat, ya que estamos?
-No se burle, doctor.
-Es que ya se lo he explicado una docena de veces. Eso se llama "neurosis de fracaso". El sujeto vive buscando metas inalcanzables sólo para sentirse frustrado. ¿Se acuerda de cuando quiso seducir a Martina Navratilova?
-No sea injusto. Yo soy muy consciente de mis limitaciones. Sé perfectamente que el mayor aporte al arte que puedo hacer con un lápiz en la mano es prestárselo a un dibujante. Esto buscaba ser simplemente un acto simbólico.
-¿Y qué dibujó?
-Lo pensé bastante, pero finalmente me decidí por un Mendieta.
-Amarrete. Seguro que lo eligió porque lleva menos tinta que dibujar a la Eulogia.
-No me cargue, doctor. Usted no sabe lo que me costó. Me pasé seis horas trabajando. Rompí catorce hojas canson, y seis plumines. Gasté un frasco entero de tinta china y arruiné dos manteles. Cuando lo terminé, fui corriendo entusiasmado a mostrárselo a mi señora y me dijo: "¡Ay, qué lindo! ¡Te salió igualito, Rin Tin Tin!". Se imaginará mi frustración.
-Quizás su esposa sufre de "síndrome de distorsión canina", una derivación de la paranoia que produce en el sujeto notables confusiones en la percepción de estos animales. Pero no se preocupe; hay casos peores. Yo tenía un paciente que invariablemente confundía las camisetas de los equipos de fútbol.
-Pero eso no parece tan grave
-No se vaya a creer. El año pasado se fue de vacaciones a Río, quiso congraciarse con unos muchachones que jugaban un picado en la playa y, viendo los colores de los gorros que llevaban puestos, les gritó "¡Pra frente Vasco Da Gama!"
-¿Y qué pasó?
-Eran del Flamengo. Una lástima; lo cargaron en el bondinho que sube al Pan de Açucar y lo arrojaron a la Bahía de Guanabara. Pero bueno, ¿en qué estábamos?
-Estábamos en que rompí el dibujo.
-Ah, sí. ¿Y qué hizo entonces?
-Decidí intentar una nueva carta, pero esta vez fui mechando, entre frase y frase, referencias puntuales a la obra de Fontanarrosa. Como guiños de complicidad, ¿entiende?
-No, no entiendo.
-Claro, yo le escribí para agradecerle, y testimoniarle mi admiración, etc., etc., pero cada dos renglones le iba metiendo bocadillos tipo "mal pero acostumbrao", o "ahijuna con la lobuna". Le hablé de "El Cairo", le mencioné como al pasar a Boogie, a Jota Jota Serenelli. Como para que el tipo se dé cuenta de que uno ha seguido su trayectoria, ¿vio?
-No está nada mal. ¿La terminó?
-Sí, la terminé. Dieciséis carillas. Con noventa y tres citas textuales, notas al pie, índice, posfacio y bibliografía consultada. Una joyita.
-Tengo miedo de preguntar qué hizo con su joyita.
-La rompí, doctor.
-Me lo imaginaba. Seré curioso, ¿por qué la rompió esta vez?
-Porque es un recurso de lo más bajo, doctor. Demagogia barata. Cholulismo sofisticado.
-Pero si no me equivoco su intención es lograr que este hombre se sienta bien al leer su carta, ¿verdad? Entonces es válido que le hable de cosas que para él sean importantes afectivamente.
-Justamente, ése fue el leit-motiv de mi quinto intento. Le escribí una carta con un lenguaje futbolero, plagado de referencias a Rosario Central. La idea era crear un texto emotivo, conmovedor. Entonces le tiré como al pasar formaciones del pasado, le mencioné a Landucci, a Mesiano, a Bóveda, a Gramajo. ¡A Aldo Pedro Poy! ¿Se imagina? El tipo lee ese nombre y se le pianta un lagrimón. Hasta le conté que la primera revista "El Gráfico" que me compró mi viejo (año '70) lo traía a Poy en la tapa.
-Mi notable perspicacia me indica que también rompió esa carta.
-Por supuesto, doctor. Era un recurso todavía más bajo que el anterior. El tipo iba a pensar que me estaba haciendo pasar por hincha de Central para caerle simpático.
-Eso es altamente improbable. Cualquier aficionado al fútbol que lea un cuento suyo se da cuenta de que esa melancolía que campea en sus relatos sólo puede haberse desarrollado siendo hincha de Colón.
-Será como usted dice, doctor, pero lo cierto es que estoy desorientado. ¿Qué hago, entonces? ¿Qué le escribo?
-Lo siento mucho, pero se terminó su hora. Lo espero el próximo jueves.
-No me deje así, doctor, déme un consejo.
-Mire, qué quiere que le diga; ya me tiene podrido con esta cuestión. Acabemos de una vez con "la gansada". Para mí, Fontanarrosa "ha vivido equivocado". Le digo más, yo lo prefiero a Sendra. "No sé si he sido claro".
Santa Fe, agosto de 2001.-
Acerca de una carta a Fontanarrosa que jamás será escrita
(Desgrabación parcial de mi última sesión con el analista)
(...)
-Pero mire usted qué interesante. Así que ahora el problema que no lo deja dormir es una carta.
-Y bueno, doctor, qué se le va a hacer. Para mí no es nada fácil esto; tengo que escribirle a Fontanarrosa y no sé bien qué ponerle.
-Siempre es difícil hallar las palabras necesarias para dirigirse a una mujer. Por lo pronto, me parece que usted debería dejar de imponer en el trato esa distancia tan horrible. Parece un empleado del IAPOS llamando a la gente: "Fontana, Rosa", "Pérez, Roque".
-¿Una mujer? No, doctor, no es una mujer. Fontanarrosa es un apellido. Al que tengo que escribirle es al dibujante, al humorista, al escritor. Al "Negro" Fontanarrosa. ¿Lo conoce?
-Sí, sí, cómo no. Yo siempre leo la página de chistes del Clarín. Me encanta el Loco Chávez y mucho más el Mago FaFa. Pero bueno, en fin, acá estamos para que usted me cuente su problema. Lo escucho.
-Le explico. Resulta que la semana pasada, Fontanarrosa estuvo en la Feria del Libro y yo tuve la ocurrencia de darle un cuento mío para que lo leyera. Yo pensé: "en una de ésas le gusta y me escribe". Pues bien, el otro día anduve por el Correo, y encontré dos cartas en mi casilla. Agarré la que estaba arriba y casi me muero. Me bastó la primera ojeada para reconocer esa "F" de inmediato. Le juro que me quedé sin aliento.
-La "F" de Fontanarrosa, obviamente.
-No, la "F" de "Financiera". Yo sabía que en cualquier momento me iban a intimar. Hace tres meses que no pago el crédito.
-Bueno, pero la otra carta era de él, ¿no?
-Sí, sí, claro. ¿Se da cuenta? No sólo le gustó mi cuento, sino que encima tuvo la gentileza de hacérmelo saber. Es una hermosa actitud. Por eso, me pareció que tenía que hacer algo para retribuir aunque sea mínimamente su gesto. Así que le escribí una carta extensísima, muy sentida, pletórica de gratitud.
-Me parece muy justo y muy sano.
-El problema es que cuando la terminé, me puse a releerla y me pareció que limitarse a decir "gracias" ante un gesto como el que tuvo es incurrir en una cortedad imperdonable. Esa palabra no abarca todo lo que quiero expresarle.
-¿Y qué hizo con la carta?
-La rompí.
-¿Cómo que la rompió?
-Y sí, la rompí. Pero le escribí otra.
-Ah, bueno. ¿Y sobre qué le escribió esta vez?
-Le dije que yo admiro profundamente a las personas con talento y a las personas con inteligencia. Le dije que cuando esas dos cualidades se dan juntas en una misma persona, la admiro todavía mucho más. Y le dije que si además van de la mano con el humor, entonces siento una admiración al cubo. Ante un Dolina, un Quino, un Les Luthiers, un Woody Allen, no puedo menos que sacarme el sombrero.
-Claro, y me imagino que a Fontanarrosa lo habrá incluido en esa lista.
-¡Por supuesto! ¡Usted no sabe la cantidad de carcajadas que me ha provocado este hombre! Nunca he podido entender cómo hace para que no se le agote la creatividad.
-Hace bien en no reprimir sus sentimientos.
-Exacto. Me gasté en elogios. Cuatrocientos treinta y siete adjetivos connotativos, tenía la carta. Qué digo carta; eso no era una carta. Era un encomio, una loa, un panegírico.
-Dios mío, desde que descubrió en la computadora el diccionario de sinónimos está insufrible. ¿Y qué hizo al final con su carta?
-La rompí.
-¿Cómo que la rompió?
-Y sí, la rompí.
-¿Por qué no la mandó?
-¿Está loco? ¡A ver si todavía Fontanarrosa piensa que soy un cholulo obsecuente! Debe estar podrido de los pesados que le dicen "genio", "ídolo", "maestro".
-¿Le parece? Mire que a los artistas les encanta que los halaguen.
-Sí, pero hay que hacerlo con cierto sentido de la ubicación. Y sobre todo con originalidad. Si uno va a robarle parte de su valioso tiempo a un artista, que por lo menos implique un esfuerzo creativo.
-Ajá. ¿Entonces?
-Y...se me ocurrió homenajearlo de un modo más sutil y simpático.
-¿Cuál?
-Mandándole mi agradecimiento con un dibujito humorístico.
-Así que un dibujito humorístico a Fontanarrosa. Pero mire usted qué apropiado. ¿Por qué no le manda una canción a Serrat, ya que estamos?
-No se burle, doctor.
-Es que ya se lo he explicado una docena de veces. Eso se llama "neurosis de fracaso". El sujeto vive buscando metas inalcanzables sólo para sentirse frustrado. ¿Se acuerda de cuando quiso seducir a Martina Navratilova?
-No sea injusto. Yo soy muy consciente de mis limitaciones. Sé perfectamente que el mayor aporte al arte que puedo hacer con un lápiz en la mano es prestárselo a un dibujante. Esto buscaba ser simplemente un acto simbólico.
-¿Y qué dibujó?
-Lo pensé bastante, pero finalmente me decidí por un Mendieta.
-Amarrete. Seguro que lo eligió porque lleva menos tinta que dibujar a la Eulogia.
-No me cargue, doctor. Usted no sabe lo que me costó. Me pasé seis horas trabajando. Rompí catorce hojas canson, y seis plumines. Gasté un frasco entero de tinta china y arruiné dos manteles. Cuando lo terminé, fui corriendo entusiasmado a mostrárselo a mi señora y me dijo: "¡Ay, qué lindo! ¡Te salió igualito, Rin Tin Tin!". Se imaginará mi frustración.
-Quizás su esposa sufre de "síndrome de distorsión canina", una derivación de la paranoia que produce en el sujeto notables confusiones en la percepción de estos animales. Pero no se preocupe; hay casos peores. Yo tenía un paciente que invariablemente confundía las camisetas de los equipos de fútbol.
-Pero eso no parece tan grave
-No se vaya a creer. El año pasado se fue de vacaciones a Río, quiso congraciarse con unos muchachones que jugaban un picado en la playa y, viendo los colores de los gorros que llevaban puestos, les gritó "¡Pra frente Vasco Da Gama!"
-¿Y qué pasó?
-Eran del Flamengo. Una lástima; lo cargaron en el bondinho que sube al Pan de Açucar y lo arrojaron a la Bahía de Guanabara. Pero bueno, ¿en qué estábamos?
-Estábamos en que rompí el dibujo.
-Ah, sí. ¿Y qué hizo entonces?
-Decidí intentar una nueva carta, pero esta vez fui mechando, entre frase y frase, referencias puntuales a la obra de Fontanarrosa. Como guiños de complicidad, ¿entiende?
-No, no entiendo.
-Claro, yo le escribí para agradecerle, y testimoniarle mi admiración, etc., etc., pero cada dos renglones le iba metiendo bocadillos tipo "mal pero acostumbrao", o "ahijuna con la lobuna". Le hablé de "El Cairo", le mencioné como al pasar a Boogie, a Jota Jota Serenelli. Como para que el tipo se dé cuenta de que uno ha seguido su trayectoria, ¿vio?
-No está nada mal. ¿La terminó?
-Sí, la terminé. Dieciséis carillas. Con noventa y tres citas textuales, notas al pie, índice, posfacio y bibliografía consultada. Una joyita.
-Tengo miedo de preguntar qué hizo con su joyita.
-La rompí, doctor.
-Me lo imaginaba. Seré curioso, ¿por qué la rompió esta vez?
-Porque es un recurso de lo más bajo, doctor. Demagogia barata. Cholulismo sofisticado.
-Pero si no me equivoco su intención es lograr que este hombre se sienta bien al leer su carta, ¿verdad? Entonces es válido que le hable de cosas que para él sean importantes afectivamente.
-Justamente, ése fue el leit-motiv de mi quinto intento. Le escribí una carta con un lenguaje futbolero, plagado de referencias a Rosario Central. La idea era crear un texto emotivo, conmovedor. Entonces le tiré como al pasar formaciones del pasado, le mencioné a Landucci, a Mesiano, a Bóveda, a Gramajo. ¡A Aldo Pedro Poy! ¿Se imagina? El tipo lee ese nombre y se le pianta un lagrimón. Hasta le conté que la primera revista "El Gráfico" que me compró mi viejo (año '70) lo traía a Poy en la tapa.
-Mi notable perspicacia me indica que también rompió esa carta.
-Por supuesto, doctor. Era un recurso todavía más bajo que el anterior. El tipo iba a pensar que me estaba haciendo pasar por hincha de Central para caerle simpático.
-Eso es altamente improbable. Cualquier aficionado al fútbol que lea un cuento suyo se da cuenta de que esa melancolía que campea en sus relatos sólo puede haberse desarrollado siendo hincha de Colón.
-Será como usted dice, doctor, pero lo cierto es que estoy desorientado. ¿Qué hago, entonces? ¿Qué le escribo?
-Lo siento mucho, pero se terminó su hora. Lo espero el próximo jueves.
-No me deje así, doctor, déme un consejo.
-Mire, qué quiere que le diga; ya me tiene podrido con esta cuestión. Acabemos de una vez con "la gansada". Para mí, Fontanarrosa "ha vivido equivocado". Le digo más, yo lo prefiero a Sendra. "No sé si he sido claro".
martes, 3 de junio de 2008
Crónica nº 30: ¿Para quién canto yo, entonces? (mayo 2007)
En su libro "Homo videns (la sociedad teledirigida)", Giovanni Sartori expone una teoría alarmante: el "homo sapiens", caracterizado por su capacidad de desarrollar una inteligencia abstracta mediante el complejo aprendizaje de un lenguaje simbólico (el de la palabra escrita), estaría siendo reemplazado por un "homo videns", individuo que, al ser formado desde niño bajo el imperio de la imagen, no logra desarrollar su inteligencia abstracta y, por lo tanto, llega a la adultez sin poder comprender conceptos, transformado en un ser pasivo y acrítico que mira sin ver, y ve sin entender.
Por supuesto, resulta imposible aventurar desde la mirada inevitablemente miope de la contemporaneidad si las conclusiones a las que arriba Sartori son sólo una exageración apocalíptica o si, por el contrario, estamos en presencia de una notable muestra de lucidez respecto del futuro que nos aguarda como especie. Sin embargo, aún si se estimara que su pronóstico es descabellado, parece innegable que su diagnóstico sobre el presente no lo es. Cualquier docente que se haya parado al frente de un aula en los últimos tiempos puede dar fe de algunos de los síntomas preocupantes descriptos en el libro. Y no hace falta recurrir a minuciosos cuadros estadísticos para comprobar cuántas horas diarias dedican los "video-niños" a la televisión y/o a Internet, ni para constatar su escaso apego a la saludable gimnasia de abordar textos escritos.
Es cierto, se ha teorizado hasta el cansancio acerca de las consecuencias perjudiciales que trae aparejada (a los individuos pero también a las sociedades) la ausencia del hábito de la lectura. Pero Sartori va una vuelta de tuerca más allá de lo habitual y lleva la cuestión desde lo sociológico hacia un plano antropológico. Ya no se trataría simplemente de una costumbre que ha caído en desuso, sino de un comportamiento que genera una modificación estructural en el desarrollo intelectual de las personas y, con ella, una manera nueva -y notablemente empobrecida- de percibir la realidad.
¿Exagera Sartori? Puede ser. ¿Es sólo un recurso retórico al que echa mano para llamar la atención sobre el problema, (o sobre sí mismo)? También puede ser. Pero ¿cómo no sentirnos profundamente descorazonados frente a un niño de 12 años que nos pregunta, con pragmático escepticismo, cuál es la gracia de imaginarse cosas? Y es que ahí radica justamente la gravedad del asunto: el problema no es que a la mayoría de los niños y adolescentes actuales no les guste leer; el problema es que, directamente, esa mayoría no consigue ya captar qué sentido tiene el hecho mismo de la lectura. El universo de los libros les resulta antinatural, lo observan con extrañeza pero sin curiosidad. Pueden prescindir perfectamente de él y no sienten culpa o vergüenza alguna por ello.
En un mundo regido por la primacía de lo audiovisual, dedicarse a producir textos suena a despropósito. Sartori no se detiene a explorar esta problemática de los escritores pero, dado el contexto tan adverso que describe, resulta evidente el incómodo lugar al que hemos quedado relegados. "A esta sociedad anestesiada le sobran los escritores", se quejaba cáusticamente Camilo José Cela en su prólogo a "La colmena". Quizás pueda discutirse la falta de matices de tamaña aseveración, pero es imposible desconocer la dosis de verdad que la misma contiene. Convengamos que el mundo no sufriría ningún descalabro si un buen día se decretara un paro general de poetas.
En la Argentina, para que un libro sea considerado un éxito editorial, debe vender unos cincuenta mil ejemplares, fenómeno éste que no constituye, por cierto, el resultado usual alcanzado por la mayoría de los títulos editados en nuestro país (a no ser, claro, que uno haya tenido el buen tino de convertirse en figura mediática y recién después ponerse a escribir). Téngase en cuenta que muchos de estos libros salen a la luz costeados por sus propios autores, en ediciones pequeñas que no superan los 500 ejemplares, los cuales -por añadidura- suelen no encontrar demasiados lectores dispuestos a comprarlos. Y si bien es cierto que cincuenta mil lectores, puestos todos juntos, llenarían la cancha de Boca, la importancia de esa cifra se relativiza si se piensa que, en el mundo de la televisión, cincuenta mil personas equivalen a menos de un punto de rating, y que una audiencia semejante representa un rotundo fracaso comparada con los tres o cuatro millones de entusiastas seguidores con que cuentan los programas más exitosos de la pantalla. Por otra parte, no hay que olvidar que vivimos en un país que tiene cuarenta millones de habitantes; es decir que un libro es considerado un suceso cuando lo compra algo más del 0,12 % de la población nacional, porcentaje éste -dicho sea de paso- con el cual un partido político no lograría jamás colocar un diputado en el Congreso. No se puede reducir el problema a una mera cuestión de cifras, por supuesto, pero éstas vienen bien para comprender dónde estamos parados los que escribimos.
No creo, a pesar de todo, que los escritores seamos una especie en vías de extinción. Sea por idealismo, fatalidad o insensatez, siempre habrá, estimo, quienes nazcan con esta inefable vocación de ordenar y combinar palabras para plasmar con ellas ideas y sentimientos. El problema no está dado por saber si vamos a sobrevivir, sino por dilucidar en qué condiciones vamos a seguir ejerciendo este don que nos ha tocado en suerte. Porque es altamente probable que, en una sociedad de "homo videns", lo que mejor sabemos hacer en la vida termine por no importarle a casi nadie. De ser así, los escritores nos volveremos sujetos irreversiblemente anacrónicos y más antifuncionales que nunca, seremos como expertos en glaciares viviendo en el Sahara o especialistas en filosofía presocrática intentando trabajar en Wall Street. ¿Qué sentido tendrá entonces nuestra tarea? ¿Acabaremos acaso transformados en una secta estrafalaria, con códigos inteligibles sólo para iniciados? ¿Le daremos a nuestra obstinación un matiz de heroísmo romántico que nadie, excepto nosotros mismos y nuestros pocos pares, será capaz de apreciar? ¿Nos aferraremos a la ilusión de ser adalides de una resistencia fantasmal que, en términos globales, pasará completamente inadvertida?
No sabemos, claro, si las profecías de Sartori habrán de cumplirse o no, pero es indudable que ciertas manifestaciones de ese porvenir hipotético laten ya en nuestro presente. Por las dudas, deberíamos empezar hoy mismo a preguntarnos, como en aquella canción de Sui Generis, "¿para quién canto yo, entonces?". Y tratar de contestarnos honestamente, sin apelar a los seductores artilugios de la poesía.
No sea cosa que el futuro nos tome desprevenidos.
Por supuesto, resulta imposible aventurar desde la mirada inevitablemente miope de la contemporaneidad si las conclusiones a las que arriba Sartori son sólo una exageración apocalíptica o si, por el contrario, estamos en presencia de una notable muestra de lucidez respecto del futuro que nos aguarda como especie. Sin embargo, aún si se estimara que su pronóstico es descabellado, parece innegable que su diagnóstico sobre el presente no lo es. Cualquier docente que se haya parado al frente de un aula en los últimos tiempos puede dar fe de algunos de los síntomas preocupantes descriptos en el libro. Y no hace falta recurrir a minuciosos cuadros estadísticos para comprobar cuántas horas diarias dedican los "video-niños" a la televisión y/o a Internet, ni para constatar su escaso apego a la saludable gimnasia de abordar textos escritos.
Es cierto, se ha teorizado hasta el cansancio acerca de las consecuencias perjudiciales que trae aparejada (a los individuos pero también a las sociedades) la ausencia del hábito de la lectura. Pero Sartori va una vuelta de tuerca más allá de lo habitual y lleva la cuestión desde lo sociológico hacia un plano antropológico. Ya no se trataría simplemente de una costumbre que ha caído en desuso, sino de un comportamiento que genera una modificación estructural en el desarrollo intelectual de las personas y, con ella, una manera nueva -y notablemente empobrecida- de percibir la realidad.
¿Exagera Sartori? Puede ser. ¿Es sólo un recurso retórico al que echa mano para llamar la atención sobre el problema, (o sobre sí mismo)? También puede ser. Pero ¿cómo no sentirnos profundamente descorazonados frente a un niño de 12 años que nos pregunta, con pragmático escepticismo, cuál es la gracia de imaginarse cosas? Y es que ahí radica justamente la gravedad del asunto: el problema no es que a la mayoría de los niños y adolescentes actuales no les guste leer; el problema es que, directamente, esa mayoría no consigue ya captar qué sentido tiene el hecho mismo de la lectura. El universo de los libros les resulta antinatural, lo observan con extrañeza pero sin curiosidad. Pueden prescindir perfectamente de él y no sienten culpa o vergüenza alguna por ello.
En un mundo regido por la primacía de lo audiovisual, dedicarse a producir textos suena a despropósito. Sartori no se detiene a explorar esta problemática de los escritores pero, dado el contexto tan adverso que describe, resulta evidente el incómodo lugar al que hemos quedado relegados. "A esta sociedad anestesiada le sobran los escritores", se quejaba cáusticamente Camilo José Cela en su prólogo a "La colmena". Quizás pueda discutirse la falta de matices de tamaña aseveración, pero es imposible desconocer la dosis de verdad que la misma contiene. Convengamos que el mundo no sufriría ningún descalabro si un buen día se decretara un paro general de poetas.
En la Argentina, para que un libro sea considerado un éxito editorial, debe vender unos cincuenta mil ejemplares, fenómeno éste que no constituye, por cierto, el resultado usual alcanzado por la mayoría de los títulos editados en nuestro país (a no ser, claro, que uno haya tenido el buen tino de convertirse en figura mediática y recién después ponerse a escribir). Téngase en cuenta que muchos de estos libros salen a la luz costeados por sus propios autores, en ediciones pequeñas que no superan los 500 ejemplares, los cuales -por añadidura- suelen no encontrar demasiados lectores dispuestos a comprarlos. Y si bien es cierto que cincuenta mil lectores, puestos todos juntos, llenarían la cancha de Boca, la importancia de esa cifra se relativiza si se piensa que, en el mundo de la televisión, cincuenta mil personas equivalen a menos de un punto de rating, y que una audiencia semejante representa un rotundo fracaso comparada con los tres o cuatro millones de entusiastas seguidores con que cuentan los programas más exitosos de la pantalla. Por otra parte, no hay que olvidar que vivimos en un país que tiene cuarenta millones de habitantes; es decir que un libro es considerado un suceso cuando lo compra algo más del 0,12 % de la población nacional, porcentaje éste -dicho sea de paso- con el cual un partido político no lograría jamás colocar un diputado en el Congreso. No se puede reducir el problema a una mera cuestión de cifras, por supuesto, pero éstas vienen bien para comprender dónde estamos parados los que escribimos.
No creo, a pesar de todo, que los escritores seamos una especie en vías de extinción. Sea por idealismo, fatalidad o insensatez, siempre habrá, estimo, quienes nazcan con esta inefable vocación de ordenar y combinar palabras para plasmar con ellas ideas y sentimientos. El problema no está dado por saber si vamos a sobrevivir, sino por dilucidar en qué condiciones vamos a seguir ejerciendo este don que nos ha tocado en suerte. Porque es altamente probable que, en una sociedad de "homo videns", lo que mejor sabemos hacer en la vida termine por no importarle a casi nadie. De ser así, los escritores nos volveremos sujetos irreversiblemente anacrónicos y más antifuncionales que nunca, seremos como expertos en glaciares viviendo en el Sahara o especialistas en filosofía presocrática intentando trabajar en Wall Street. ¿Qué sentido tendrá entonces nuestra tarea? ¿Acabaremos acaso transformados en una secta estrafalaria, con códigos inteligibles sólo para iniciados? ¿Le daremos a nuestra obstinación un matiz de heroísmo romántico que nadie, excepto nosotros mismos y nuestros pocos pares, será capaz de apreciar? ¿Nos aferraremos a la ilusión de ser adalides de una resistencia fantasmal que, en términos globales, pasará completamente inadvertida?
No sabemos, claro, si las profecías de Sartori habrán de cumplirse o no, pero es indudable que ciertas manifestaciones de ese porvenir hipotético laten ya en nuestro presente. Por las dudas, deberíamos empezar hoy mismo a preguntarnos, como en aquella canción de Sui Generis, "¿para quién canto yo, entonces?". Y tratar de contestarnos honestamente, sin apelar a los seductores artilugios de la poesía.
No sea cosa que el futuro nos tome desprevenidos.
Crónica nº 29: La perspectiva escandinava (abril 2007)
¿Cuatro suecos en la Argentina, haciendo samba y bossanova? La propuesta sonaba -como mínimo- extravagante. Sobre todo porque la gacetilla informativa, lejos de contribuir a esclarecer el asunto, potenciaba la incertidumbre. Luego de mencionar que "el grupo aborda la música brasileña en su confluencia con el jazz y la música contemporánea", terminaba agregando un enigmático "...desde una perspectiva escandinava".
Poner rótulos en el arte, se sabe, suele ser una tarea tan resbaladiza como infructuosa. Después de todo, no hay etiqueta, por acertada que sea, capaz de garantizar o invalidar el disfrute de aquello que ha sido etiquetado. No obstante ello, reconozco que la frasecita en cuestión me resultaba irresistible. ¿Qué querría decir exactamente aquello de "la perspectiva escandinava"? A mí, debo confesarlo, me sonaba a título de cuento de Fontanarrosa. Y si dejaba volar la imaginación hacia los rumbos del delirio (ejercicio que me cuesta muy poco llevar adelante, convengamos), concluía mi viaje mental especulando con un improbable "ABBA canta a Jobim", que era a todas luces una idea muy poco seria.
La posibilidad concreta de resolver el misterio esa noche de viernes tenía un indudable atractivo, pero también un costo. Implicaba dejar a un lado el cansancio acumulado a lo largo de la semana, obviar la otoñal puntualidad de un molesto ataque de alergia, e incluso tener que recuperarse con premura de la tensión extrema causada por el partido de Colón que acababa de terminar. A decir verdad, la tentación de quedarme en mi casa y zambullirme gozosamente en un sueño reparador era enorme. Y sin embargo, ahí estaba el aguijón de la curiosidad, mezclado con la intuición de que el espectáculo iba a valer la pena.
Ganó la intuición.
Luego de una breve espera matizada con amigos, charla y algún trago reconstituyente, los músicos aparecieron sobre el escenario. Guitarra, saxo, bajo y batería, tal la formación instrumental del grupo. Tres suecos-suecos y un argentino residente en Suecia desde su infancia, tal la formación humana. Apenas empezaron a tocar, comprobé que la promoción no mentía: lo que se escuchaba tenía las señas particulares de la música de raíces brasileñas, con toda la carga contagiosa de sensualidad rítmica que ello supone, dibujadas con los trazos característicos del siempre energizante jazz latino. Y la delicada mixtura sonaba muy pero muy bien. Con base en un sólido trabajo de conjunto, afortunadamente alejados de la solemnidad tanto como del vicio del virtuosismo vacuo, los cuatro integrantes de "Latin the Mood" fueron entusiasmando al público a fuerza de bossanova, samba y baión.
Con comentarios de tono ameno, el guitarrista se encargó de ir intercalando anécdotas que explicaban el origen de algunos de los temas del repertorio. También habló -haciendo gala de una resignación filosófica bastante argentina, por cierto- de la sucesión de sobresaltos que les había generado la experiencia de toparse de golpe con las delicias del Tercer Mundo, empezando (o terminando) por enterarse, en pleno viaje, de que una de las ciudades donde iban a tocar se estaba inundando.
Así, entre música y palabras, se fue construyendo uno de esos microclimas que cancelan toda preocupación, toda tristeza. ¿Qué importa el resto en ese momento, qué importa la sucesión de injusticias y conflictos que uno ha presenciado o sufrido a lo largo del día, si el milagro de capturar un momento feliz está allí, al alcance del oido? El recital nos consuela, nos redime, nos pasa un brazo por el hombro y nos sonsaca esa sonrisa que, horas atrás, habíamos extraviado en algún minuto impreciso de la jornada laboral.
Si, valió la pena, nomás, el esfuerzo de la trasnochada.
Eso sí, no me pidan que intente definir lo que es "la perspectiva escandinava". Poner rótulos en el arte, se sabe, suele ser una tarea tan resbaladiza como infructuosa.
Nota: El grupo sueco "Latin the Mood" se presentó el viernes 13 de abril en el Centro Cultural La Urdimbre, de la ciudad de Santa Fe.
Poner rótulos en el arte, se sabe, suele ser una tarea tan resbaladiza como infructuosa. Después de todo, no hay etiqueta, por acertada que sea, capaz de garantizar o invalidar el disfrute de aquello que ha sido etiquetado. No obstante ello, reconozco que la frasecita en cuestión me resultaba irresistible. ¿Qué querría decir exactamente aquello de "la perspectiva escandinava"? A mí, debo confesarlo, me sonaba a título de cuento de Fontanarrosa. Y si dejaba volar la imaginación hacia los rumbos del delirio (ejercicio que me cuesta muy poco llevar adelante, convengamos), concluía mi viaje mental especulando con un improbable "ABBA canta a Jobim", que era a todas luces una idea muy poco seria.
La posibilidad concreta de resolver el misterio esa noche de viernes tenía un indudable atractivo, pero también un costo. Implicaba dejar a un lado el cansancio acumulado a lo largo de la semana, obviar la otoñal puntualidad de un molesto ataque de alergia, e incluso tener que recuperarse con premura de la tensión extrema causada por el partido de Colón que acababa de terminar. A decir verdad, la tentación de quedarme en mi casa y zambullirme gozosamente en un sueño reparador era enorme. Y sin embargo, ahí estaba el aguijón de la curiosidad, mezclado con la intuición de que el espectáculo iba a valer la pena.
Ganó la intuición.
Luego de una breve espera matizada con amigos, charla y algún trago reconstituyente, los músicos aparecieron sobre el escenario. Guitarra, saxo, bajo y batería, tal la formación instrumental del grupo. Tres suecos-suecos y un argentino residente en Suecia desde su infancia, tal la formación humana. Apenas empezaron a tocar, comprobé que la promoción no mentía: lo que se escuchaba tenía las señas particulares de la música de raíces brasileñas, con toda la carga contagiosa de sensualidad rítmica que ello supone, dibujadas con los trazos característicos del siempre energizante jazz latino. Y la delicada mixtura sonaba muy pero muy bien. Con base en un sólido trabajo de conjunto, afortunadamente alejados de la solemnidad tanto como del vicio del virtuosismo vacuo, los cuatro integrantes de "Latin the Mood" fueron entusiasmando al público a fuerza de bossanova, samba y baión.
Con comentarios de tono ameno, el guitarrista se encargó de ir intercalando anécdotas que explicaban el origen de algunos de los temas del repertorio. También habló -haciendo gala de una resignación filosófica bastante argentina, por cierto- de la sucesión de sobresaltos que les había generado la experiencia de toparse de golpe con las delicias del Tercer Mundo, empezando (o terminando) por enterarse, en pleno viaje, de que una de las ciudades donde iban a tocar se estaba inundando.
Así, entre música y palabras, se fue construyendo uno de esos microclimas que cancelan toda preocupación, toda tristeza. ¿Qué importa el resto en ese momento, qué importa la sucesión de injusticias y conflictos que uno ha presenciado o sufrido a lo largo del día, si el milagro de capturar un momento feliz está allí, al alcance del oido? El recital nos consuela, nos redime, nos pasa un brazo por el hombro y nos sonsaca esa sonrisa que, horas atrás, habíamos extraviado en algún minuto impreciso de la jornada laboral.
Si, valió la pena, nomás, el esfuerzo de la trasnochada.
Eso sí, no me pidan que intente definir lo que es "la perspectiva escandinava". Poner rótulos en el arte, se sabe, suele ser una tarea tan resbaladiza como infructuosa.
Nota: El grupo sueco "Latin the Mood" se presentó el viernes 13 de abril en el Centro Cultural La Urdimbre, de la ciudad de Santa Fe.
Crónica nº 28: Los docentes y el zeppelin plateado (abril 2007)
Una de las canciones de Chico Buarque que más me gusta es "Geni y el zeppelin". Se trata de una especie de "fábula sociológica", en la que se cuenta la historia de Geni, una joven de costumbres licenciosas que, por tal razón, es sistemáticamente despreciada por el resto de sus conciudadanos. Un día asoma en el horizonte un enorme zeppelin plateado y se instala amenazante con sus cañones en el cielo de la ciudad, horrorizando a sus habitantes. Su comandante, al ver a Geni, queda prendado de su belleza e impone una condición para no destruir la ciudad: pasar la noche con ella. Todo el mundo, claro, implora a Geni que acepte. A ella le disgustan estos personajes poderosos, pero son tantos y tan sentidos los pedidos, que finalmente accede. A la mañana siguiente, el comandante, saciado, se aleja con su zeppelin y los pobladores respiran aliviados. Y como el peligro ya ha desaparecido, en vez de agradecer a Geni que los haya salvado, vuelven a mostrar hacia ella el mismo desprecio que le han enrostrado siempre. Fin.
Me acordé de esta canción durante estos días de la Santa Fe inundada, al pensar en los docentes. Ellos, que hasta hace diez días, eran considerados por muchos como los malos de la película, los rebeldes sin causa, los aviesos protagonistas de reclamos desproporcionados, integran en buena parte el grupo de personas que, con su esfuerzo solidario, han evitado que el desastre social ocasionado por el diluvio sea aún peor. Como en el 2003, han cubierto con su compromiso personal los errores y omisiones de quienes, desde los ámbitos oficiales específicos, deberían haber previsto un sistema de defensa civil que realmente funcionara. No es descabellado, incluso, pensar que varios de los padres que, diez días atrás, llamaban indignados a las radios despotricando contra ellos, se hayan visto beneficiados directamente en la emergencia por su accionar.
Nadie que se precie de ser justo o razonable osaría ahora cuestionar la actitud y aptitud de los docentes. Esta semana, aun con diferencias, con mayor o menor eficacia, con mayor o menor entrega, los docentes, los padres y las autoridades tiraron todos del mismo carro, teniendo en vistas un objetivo común y urgente. Al parecer, en la sociedad santafesina algunas cosas paradójicamente funcionan sólo cuando la ciudad se inunda.
Me pregunto qué pasará cuando el zeppelin plateado se haya ido.
Me acordé de esta canción durante estos días de la Santa Fe inundada, al pensar en los docentes. Ellos, que hasta hace diez días, eran considerados por muchos como los malos de la película, los rebeldes sin causa, los aviesos protagonistas de reclamos desproporcionados, integran en buena parte el grupo de personas que, con su esfuerzo solidario, han evitado que el desastre social ocasionado por el diluvio sea aún peor. Como en el 2003, han cubierto con su compromiso personal los errores y omisiones de quienes, desde los ámbitos oficiales específicos, deberían haber previsto un sistema de defensa civil que realmente funcionara. No es descabellado, incluso, pensar que varios de los padres que, diez días atrás, llamaban indignados a las radios despotricando contra ellos, se hayan visto beneficiados directamente en la emergencia por su accionar.
Nadie que se precie de ser justo o razonable osaría ahora cuestionar la actitud y aptitud de los docentes. Esta semana, aun con diferencias, con mayor o menor eficacia, con mayor o menor entrega, los docentes, los padres y las autoridades tiraron todos del mismo carro, teniendo en vistas un objetivo común y urgente. Al parecer, en la sociedad santafesina algunas cosas paradójicamente funcionan sólo cuando la ciudad se inunda.
Me pregunto qué pasará cuando el zeppelin plateado se haya ido.
Crónica nº 27: Pequeña crónica naranja (febrero 2007)
El tipo estaba en el súper, haciendo las compras. Iba caminando como siempre, la mitad de la cabeza prestando atención a los artículos que necesitaba y la otra mitad perdida en plena navegación por los alrededores de Saturno. Cuando pasó ante la góndola de las bebidas, pensó en los 48 grados de sensación térmica del día anterior y recordó que se había quedado sin nada fresco para tomar en la cena (fresco y con sabor, claro; la botella con agua no contaba). Decidió entonces llevar una gaseosa que ya estuviera convenientemente fría. Se detuvo frente a los refrigeradores verticales de puerta transparente y, luego de efectuar un rápido sobrevuelo de reconocimiento, sus ojos fueron a estrellarse contra una botella que, rompiendo la uniformidad del conjunto, erguía con plástico orgullo sus dos litros y cuarto de placer anaranjado.
No es que el tipo volviera a verla después de mucho tiempo. No fue lo mismo que si le hubiese ocurrido el prodigio de reencontrar, digamos, un envase de Pomelo 12 o de Spur Cola (de hecho, él veía botellas iguales a ésta todas las semanas, cada vez que pasaba frente a la góndola de las bebidas). Sucedió, más bien, que de golpe, así porque sí, lo tentó la idea de volver a probar, después de casi treinta años, el sabor de esa gaseosa cuya sola mención lo conducía invariablemente a remotas regiones de su infancia. .
Abrió la puerta y rodeó la botella con su mano. La brusca sensación de
frío en la palma se le mezcló con una duda inquietante. ¿Y si al tomarla descubría que ahora no le gustaba? Podía ocurrir que ya no la hicieran con el mismo sabor de antes. O que la siguieran haciendo igual, si, pero que el paso del tiempo hubiese alterado su paladar de manera imperceptible. "Ningún hombre baña sus labios dos veces en la misma gaseosa", se dijo, e imaginó que ninguna empresa del rubro habría contratado a Heráclito como creativo publicitario. Decidió disolver los temores. Cargó la botella en el canasto y se fue para el sector de las Cajas.
Mientras aguardaba su turno para pagar, pensó que nadie podría acusarlo de ser un consumidor compulsivo, vulnerable a las estrategias de mercado. Y es que esa marca no era tan popular como las otras. No aparecía auspiciando megarrecitales de rock, ningún equipo de fútbol llevaba su logo estampado en la camiseta; ni siquiera se la promocionaba mediante comerciales en la tele. Seguía siendo una especie de cenicienta en el reino de las gaseosas, la eternamente relegada, ésa que los clientes de los bares beben sólo cuando el mozo les informa amablemente que allí no sirven la que ellos acaban de pedir.
El tipo era incurablemente ansioso pero no por ello era un descontrolado. Sabía administrar su ansiedad; no le gustaba que el acoso de lo pendiente condicionara sus pequeños placeres cotidianos. Lo volvían loco las demoras provocadas por el azar o la voluntad ajena, pero encontraba cierto delicioso goce en postergar brevemente la concreción de ciertos deseos. Así que lo primero que hizo al volver a su casa, fue poner la botella en el congelador para desagraviarla del calor infame que la había maltratado en el trayecto. Después, prendió el ventilador, sacó el resto de los productos de las bolsas y se dedicó a acomodarlos sin mayor apuro en sus lugares. Fue al dormitorio, se quitó la ropa transpirada y se puso a ordenar el dinero. Dio un par de vueltas por la casa sin hacer nada en particular, y quiso seguir desviando su atención hacia otros asuntos pero comprobó que era imposible: ya no aguantaba más.
Volvió a la cocina, abrió la heladera y sacó la botella. Estaba realmente helada. La apoyó en la mesa y la destapó con cuidado para evitar que la presión del gas generara un enchastre inoportuno. Respiró hondo y se llevó la botella a los labios. La fue empinando de a poco, hasta que sintió el dulzor anaranjado cosquilléandole en la boca. Y cuando el líquido empezó a circular por su garganta, el pasado se le vino encima como una ola mansa y refrescante: un atardecer soleado y caluroso, el puesto de bebidas en la playa, su papá alcanzándole la botellita de vidrio, él bebiendo su naranja con una pajita, una vaga sensación de alegría perfumando la escena.
Alargó el trago lo más que pudo, como hacía siempre que tenía mucha sed. Lo alargó hasta que sintió que empezaba a ahogarse. Entonces, bajó bruscamente la botella y tomó aire, como quien regresa a la superficie después de haberse sumergido bajo el agua más de lo conveniente.
Algo agitado, contempló el envase con gratitud y sonrio satisfecho.
"Sigue tan rica como siempre, la Mirinda", dijo en voz alta, y se apresuró a guardar la botella de nuevo en la heladera.
No es que el tipo volviera a verla después de mucho tiempo. No fue lo mismo que si le hubiese ocurrido el prodigio de reencontrar, digamos, un envase de Pomelo 12 o de Spur Cola (de hecho, él veía botellas iguales a ésta todas las semanas, cada vez que pasaba frente a la góndola de las bebidas). Sucedió, más bien, que de golpe, así porque sí, lo tentó la idea de volver a probar, después de casi treinta años, el sabor de esa gaseosa cuya sola mención lo conducía invariablemente a remotas regiones de su infancia. .
Abrió la puerta y rodeó la botella con su mano. La brusca sensación de
frío en la palma se le mezcló con una duda inquietante. ¿Y si al tomarla descubría que ahora no le gustaba? Podía ocurrir que ya no la hicieran con el mismo sabor de antes. O que la siguieran haciendo igual, si, pero que el paso del tiempo hubiese alterado su paladar de manera imperceptible. "Ningún hombre baña sus labios dos veces en la misma gaseosa", se dijo, e imaginó que ninguna empresa del rubro habría contratado a Heráclito como creativo publicitario. Decidió disolver los temores. Cargó la botella en el canasto y se fue para el sector de las Cajas.
Mientras aguardaba su turno para pagar, pensó que nadie podría acusarlo de ser un consumidor compulsivo, vulnerable a las estrategias de mercado. Y es que esa marca no era tan popular como las otras. No aparecía auspiciando megarrecitales de rock, ningún equipo de fútbol llevaba su logo estampado en la camiseta; ni siquiera se la promocionaba mediante comerciales en la tele. Seguía siendo una especie de cenicienta en el reino de las gaseosas, la eternamente relegada, ésa que los clientes de los bares beben sólo cuando el mozo les informa amablemente que allí no sirven la que ellos acaban de pedir.
El tipo era incurablemente ansioso pero no por ello era un descontrolado. Sabía administrar su ansiedad; no le gustaba que el acoso de lo pendiente condicionara sus pequeños placeres cotidianos. Lo volvían loco las demoras provocadas por el azar o la voluntad ajena, pero encontraba cierto delicioso goce en postergar brevemente la concreción de ciertos deseos. Así que lo primero que hizo al volver a su casa, fue poner la botella en el congelador para desagraviarla del calor infame que la había maltratado en el trayecto. Después, prendió el ventilador, sacó el resto de los productos de las bolsas y se dedicó a acomodarlos sin mayor apuro en sus lugares. Fue al dormitorio, se quitó la ropa transpirada y se puso a ordenar el dinero. Dio un par de vueltas por la casa sin hacer nada en particular, y quiso seguir desviando su atención hacia otros asuntos pero comprobó que era imposible: ya no aguantaba más.
Volvió a la cocina, abrió la heladera y sacó la botella. Estaba realmente helada. La apoyó en la mesa y la destapó con cuidado para evitar que la presión del gas generara un enchastre inoportuno. Respiró hondo y se llevó la botella a los labios. La fue empinando de a poco, hasta que sintió el dulzor anaranjado cosquilléandole en la boca. Y cuando el líquido empezó a circular por su garganta, el pasado se le vino encima como una ola mansa y refrescante: un atardecer soleado y caluroso, el puesto de bebidas en la playa, su papá alcanzándole la botellita de vidrio, él bebiendo su naranja con una pajita, una vaga sensación de alegría perfumando la escena.
Alargó el trago lo más que pudo, como hacía siempre que tenía mucha sed. Lo alargó hasta que sintió que empezaba a ahogarse. Entonces, bajó bruscamente la botella y tomó aire, como quien regresa a la superficie después de haberse sumergido bajo el agua más de lo conveniente.
Algo agitado, contempló el envase con gratitud y sonrio satisfecho.
"Sigue tan rica como siempre, la Mirinda", dijo en voz alta, y se apresuró a guardar la botella de nuevo en la heladera.
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