La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







martes, 3 de junio de 2008

Crónica nº 27: Pequeña crónica naranja (febrero 2007)

El tipo estaba en el súper, haciendo las compras. Iba caminando como siempre, la mitad de la cabeza prestando atención a los artículos que necesitaba y la otra mitad perdida en plena navegación por los alrededores de Saturno. Cuando pasó ante la góndola de las bebidas, pensó en los 48 grados de sensación térmica del día anterior y recordó que se había quedado sin nada fresco para tomar en la cena (fresco y con sabor, claro; la botella con agua no contaba). Decidió entonces llevar una gaseosa que ya estuviera convenientemente fría. Se detuvo frente a los refrigeradores verticales de puerta transparente y, luego de efectuar un rápido sobrevuelo de reconocimiento, sus ojos fueron a estrellarse contra una botella que, rompiendo la uniformidad del conjunto, erguía con plástico orgullo sus dos litros y cuarto de placer anaranjado.

No es que el tipo volviera a verla después de mucho tiempo. No fue lo mismo que si le hubiese ocurrido el prodigio de reencontrar, digamos, un envase de Pomelo 12 o de Spur Cola (de hecho, él veía botellas iguales a ésta todas las semanas, cada vez que pasaba frente a la góndola de las bebidas). Sucedió, más bien, que de golpe, así porque sí, lo tentó la idea de volver a probar, después de casi treinta años, el sabor de esa gaseosa cuya sola mención lo conducía invariablemente a remotas regiones de su infancia. .

Abrió la puerta y rodeó la botella con su mano. La brusca sensación de
frío en la palma se le mezcló con una duda inquietante. ¿Y si al tomarla descubría que ahora no le gustaba? Podía ocurrir que ya no la hicieran con el mismo sabor de antes. O que la siguieran haciendo igual, si, pero que el paso del tiempo hubiese alterado su paladar de manera imperceptible. "Ningún hombre baña sus labios dos veces en la misma gaseosa", se dijo, e imaginó que ninguna empresa del rubro habría contratado a Heráclito como creativo publicitario. Decidió disolver los temores. Cargó la botella en el canasto y se fue para el sector de las Cajas.

Mientras aguardaba su turno para pagar, pensó que nadie podría acusarlo de ser un consumidor compulsivo, vulnerable a las estrategias de mercado. Y es que esa marca no era tan popular como las otras. No aparecía auspiciando megarrecitales de rock, ningún equipo de fútbol llevaba su logo estampado en la camiseta; ni siquiera se la promocionaba mediante comerciales en la tele. Seguía siendo una especie de cenicienta en el reino de las gaseosas, la eternamente relegada, ésa que los clientes de los bares beben sólo cuando el mozo les informa amablemente que allí no sirven la que ellos acaban de pedir.
El tipo era incurablemente ansioso pero no por ello era un descontrolado. Sabía administrar su ansiedad; no le gustaba que el acoso de lo pendiente condicionara sus pequeños placeres cotidianos. Lo volvían loco las demoras provocadas por el azar o la voluntad ajena, pero encontraba cierto delicioso goce en postergar brevemente la concreción de ciertos deseos. Así que lo primero que hizo al volver a su casa, fue poner la botella en el congelador para desagraviarla del calor infame que la había maltratado en el trayecto. Después, prendió el ventilador, sacó el resto de los productos de las bolsas y se dedicó a acomodarlos sin mayor apuro en sus lugares. Fue al dormitorio, se quitó la ropa transpirada y se puso a ordenar el dinero. Dio un par de vueltas por la casa sin hacer nada en particular, y quiso seguir desviando su atención hacia otros asuntos pero comprobó que era imposible: ya no aguantaba más.

Volvió a la cocina, abrió la heladera y sacó la botella. Estaba realmente helada. La apoyó en la mesa y la destapó con cuidado para evitar que la presión del gas generara un enchastre inoportuno. Respiró hondo y se llevó la botella a los labios. La fue empinando de a poco, hasta que sintió el dulzor anaranjado cosquilléandole en la boca. Y cuando el líquido empezó a circular por su garganta, el pasado se le vino encima como una ola mansa y refrescante: un atardecer soleado y caluroso, el puesto de bebidas en la playa, su papá alcanzándole la botellita de vidrio, él bebiendo su naranja con una pajita, una vaga sensación de alegría perfumando la escena.

Alargó el trago lo más que pudo, como hacía siempre que tenía mucha sed. Lo alargó hasta que sintió que empezaba a ahogarse. Entonces, bajó bruscamente la botella y tomó aire, como quien regresa a la superficie después de haberse sumergido bajo el agua más de lo conveniente.

Algo agitado, contempló el envase con gratitud y sonrio satisfecho.
"Sigue tan rica como siempre, la Mirinda", dijo en voz alta, y se apresuró a guardar la botella de nuevo en la heladera.

Crónica nº 26: Incidentes en la partida de Alfredo Di Bernardo (enero 2007)

Numerosos incidentes enmarcaron este mediodía la partida del prestigioso escritor santafesino rumbo a su residencia ubicada en la localidad de San José del Rincón.

Santa Fe, 17 (Télam). En medio de graves incidentes ocasionados por la incontrolable histeria de sus fans, el reconocido escritor Alfredo Di Bernardo inició este mediodía su período de vacaciones. Numerosos seguidores del autor de "Informe sobre miopes", que viene de protagonizar un fulgurante éxito de ventas en la Campaña "En estas Fiestas regale cultura santafesina", organizada por la Asociación Cultural El Puente, se hicieron presentes este mediodía en la Plaza España, sobre Avenida Rivadavia, aguardando la llegada de su ídolo literario. También lo hizo una gran cantidad de periodistas, un buen número de curiosos y una nutrida variedad de vendedores ambulantes que intentaban hacer su negocio ofreciendo merchandising del escritor.

Cuando casi a las 12 en punto, Di Bernardo arribó al lugar, dispuesto a abordar un remise trucho que lo llevara a su residencia ubicada en la localidad costera de San José del Rincón, sobrevino el primer atisbo de caos, y fue necesario improvisar una conferencia de prensa para calmar los ánimos. Cabe aclarar que, si bien Di Bernardo mostró una notable predisposición para contestar todas las preguntas que se le iban formulando, el desarrollo de la conferencia de prensa no fue nada sencillo, puesto que los alaridos y cánticos emanados de la entusiasta hinchada dificultaban la comunicación entre periodistas y entrevistado. El estribillo más escuchado fue el clásico "Y ya lo ve / y ya lo ve / es para Borges que lo escucha por TV", seguido por "Se va a acabar / se va a acabar / la dictadura de Bucay".

Tampoco ayudaban al normal desenvolvimiento de los acontecimientos los incontables ositos de peluche ni las abundantes piezas de lencería femenina que llovían sobre el escritor mientras éste, en un alarde de paciencia respondía a requerimientos tan diversos como "¿Cúal será su próximo libro?", "¿Es cierto que los dirigentes de Colón le ofrecieron ser el nuevo refuerzo del equipo?", "¿Qué es el Ser Nacional?", "¿Cuál es el sentido de la vida?", "¿Quién mató a Kennedy?", "¿Existió la Atlántida?", "¿Qué pesa más: un kilo de plomo o un kilo de pluma?".

Un nuevo pico de tensión general sobrevino cuando una admiradora trepada a uno de los ventanales del tradicional Café Tokio exclamó enfervorizada: "¡Papito, quiero tener un hijo con vos!", mientras dejaba sus pechos al descubierto. Visiblemente fastidiado, Di Bernardo sólo atinó a decir: "Estoy harto de ser un hombre-objeto; no soy sólo una cara bonita", lo cual provocó una nueva oleada de suspiros y alaridos histéricos por parte del público femenino. Luego de unos segundos, pareció que la entrevista seguiría su curso normal Sin embargo, cuando un movilero del programa "Intrusos del Espectáculo" formuló una pregunta respecto de la presunta relación amorosa que mantendría Di Bernardo con la actriz italiana Maria Grazia Cucinotta, el autor respondió "de mi vida privada no voy a hablar", dio abruptamente por terminada la conferencia de prensa y se dispuso a abordar el remise trucho que, a duras penas, acababa de llegar hasta la parada. Allí comenzó la debacle. Mientras el escritor ascendía dificultosamente al vehiculo, la presión del público superó el vallado dispuesto por las fuerzas de seguridad, y éstas, viéndose desbordadas, respondieron lanzando granadas de gas hilarante. El viento norte hizo el resto: en cuestión de segundos, una imparable carcajada general envolvió por igual a periodistas, policías, fans, vendedores y curiosos, mientras el remise trucho se alejaba rumbo a la localidad de Rincón.

Se estima que cuando los agentes del orden terminen de reírse, procederán a efectuar algunas detenciones.

lunes, 2 de junio de 2008

Crónica nº 25: De cuando (aparentemente) Dios decidió involucrarse un poco en el fútbol argentino (diciembre 2006)

Suele decírsele a los niños que Dios todo lo ve y que, si uno se porta mal, Dios lo sabe, se enoja y nos castiga. Semejante advertencia nunca ha resultado muy eficaz para generar comportamientos infantiles irreprochables pero, al menos, sirve para envolver al niño en la protectora creencia de que quien hace algo incorrecto recibe siempre su merecido. Con el tiempo, claro, uno va descubriendo que esto es una falacia. Bienintencionada, pero falacia al fin. Porque sucede con demasiada frecuencia (con desmoralizante frecuencia) que quienes hacen cosas malas logran cumplir exitosamente su cometido sin que -al menos en esta vida- nadie los sancione.

El Torneo Apertura 2006 fue un campeonato plagado de escándalos, hechos de violencia e irregularidades que parecieron confabularse para desmentir aquel dogma maradoniano de que "la pelota no se mancha". Uno de esos lamentables episodios ocurrió cuando, en noviembre, la barra brava de Gimnasia intimidó a sus propios jugadores, exigiéndoles que perdieran su partido frente a Boca. Buscaban, de ese modo, perjudicar directamente a Estudiantes, el clásico rival, en su lucha por obtener el título. Mucho se habló y se escribió sobre dicho partido, antes y después del mismo. Como se sabe, Boca derrotó a Gimnasia con llamativa facilidad y, aunque nadie lo pueda ni quiera probar, todo el mundo opina que los jugadores platenses, fuertemente condicionados, optaron por no desafiar las amenazas recibidas. Y como, al ser citados por la Justicia, los futbolistas de Gimnasia no formularon ninguna denuncia, los violentos se salieron con la suya una vez más, exhibiendo impunemente su alarmante cuota de poder.

A dos fechas del final del torneo, Boca llevaba 4 puntos de ventaja sobre Estudiantes y todos dábamos por sentado que volvería a ser campeón. Nada autorizaba a suponer lo contrario. Su buen juego, su contudencia ofensiva, la arrolladora campaña realizada hasta ese momento, respaldaban ampliamente su condición de favorito. Es cierto que el fútbol, según la ya clásica definición de Dante Panzeri, es la "dinámica de lo impensado", pero convengamos que ni el más fanático de los hinchas de Estudiantes hubiera apostado por el éxito final de su equipo. Una cosa es soñar con que pueda producirse en nuestra vida cierta combinación azarosa de circunstancias favorables; otra muy distinta es confiar en que esa combinación realmente se va a producir.

Ayer a la tarde, sin embargo, Estudiantes derrotó a Boca en el partido-desempate y se consagró campeón, concretando una hazaña histórica, de esas que tienen destino de mito para todos quienes seguimos sintiendo que el fútbol es un juego maravilloso. Sobran los adjetivos para calificar los méritos del flamante campeón, claro. Pero, sinceramente, no hay ningún argumento lógico que suene convincente a la hora de intentar explicar por qué a Boca se le escapó un campeonato que, diez días atrás, tenía metido en el bolsillo. En estos casos, uno se siente tentado de buscar respuestas no convencionales. He escuchado hoy a algunos supersticiosos hablar de maldición. Anda circulando, también, la historia del mentalista de La Plata que cobra sus "trabajos" en dólares, y se comenta con picardía el asunto de la sal que apareció misteriosamente derramada en el vestuario boquense.

A mí, en cambio, me ha dado por recordar a los barrabravas de Gimnasia y su estrategia repudiable. Arrastrado tal vez por mi fantasiosa mente de escritor, no puedo dejar de asociar lo sucedido con aquella advertencia aleccionadora que suele inculcarse a los niños. Porque, a la luz de tan inverosímil desenlace, pareciera que Alguien hubiese decidido intervenir para restaurar cierto orden que la irracionalidad de los hombres había intentado disolver. Alguien que, con sólo ejecutar un par de precisas maniobras, consiguió desactivar mágicamente los artilugios empleados por los villanos de la película, tornándolos inútiles. Alguien que barajó las cartas con un humor sutil, rayano en la ironía, y castigó a los malos de la manera en que seguramente más les duele: forzándolos a soportar exactamente la misma fiesta ajena que habían pretendido evitar usando la violencia.

Ya sé, me dirán que los hoy apenados hinchas de Boca no tenían ninguna culpa que expiar. Me dirán que el verdadero castigo debería haber sido la condena ante un tribunal y no un simple resultado deportivo. Me dirán que involucrar a la justicia divina en el fútbol es una especulación demasiado exagerada, y acaso irrespetuosa. Me dirán que Dios tiene asuntos más importantes que atender. Me dirán que hay en el mundo otras injusticias aún más flagrantes esperando ser reparadas. Me dirán que, a lo sumo, sólo debe verse en lo ocurrido un exquisito gesto de justicia trazado ciegamente por la casualidad o el destino.

Puede ser.

Sucede que, a pesar de tanta evidencia en contrario, a pesar de tanto desencanto acumulado, reconforta pensar que -aunque sea de vez en cuando- Dios se sigue encargando de hacer que los malos reciban su merecido.
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Crónica nº 24: Noviembre del '81 (noviembre 2006)

En noviembre del '81 yo era un adolescente muy flaco, muy miope y muy introvertido. Un solitario de 16 años cuyo rostro aniñado permanecía semioculto detrás de un grueso par de anteojos. Un alumno destacado que veía mucha tele, resolvía crucigramas y encauzaba sus dotes musicales sacando canciones de oído en un órgano "FunMachine".

En noviembre del '81, si bien manejaba una cantidad considerable de datos sobre el mundo, no sabía casi nada de la vida, aunque a veces sentía que sabía casi todo. Poseía más certidumbres que dudas. Creía en Hollywood y en la revista Gente. No entendía hasta qué punto todo discurso implica necesariamente una manipulación de la realidad. Sobre varias cuestiones pensaba que los malos eran los buenos, y viceversa. No imaginaba que, en apenas un par de años, mis opiniones acerca de unos cuantos temas darían un vuelco de 180 grados.

En noviembre del '81 mis proyecciones sobre el futuro eran vagas. Las más concretas llegaban sólo hasta el año siguiente. 1982 iba a traer consigo tres acontecimientos relevantes: el final de mi escuela secundaria, el Mundial de España y el viaje de Quinto a Bariloche. Que, cinco meses después, la Argentina entrara en guerra con el Reino Unido, por supuesto, quedaba fuera de cualquier previsión, incluso para alguien fantasioso como yo.

En noviembre del '81 había empezado ya a formularme algunas inquietudes filosóficas acerca del sentido de mi presencia en este planeta. Pero, más allá de esas primeras reflexiones sobre el ser y la nada, mi gran angustia existencial estaba dada por tener que digerir el reciente descenso de Colón.

En noviembre del '81 no se pasaba rock nacional por las radios y yo le guardaba un inexplicable recelo a la música cantada en castellano. Estaba a años luz de ciertas voces, ritmos y sonidos que, pocos años más tarde, ayudarían a ampliar mis horizontes auditivos para siempre. Escuchaba a Alan Parsons, Supertramp y Queen... pero también a Abba y a Village People.

En noviembre del '81 no había visto ninguna película de Woody Allen, "Brazil", de Terry Gilliam todavía no me había volado la cabeza, y no había experimentado tampoco el nudo en la garganta de cuando la bicicleta de ET levanta vuelo recortada contra la luna. Eso sí, los Superagentes me parecían geniales.

En noviembre del '81 aún no había descubierto la obra de Cortázar. Ni siquiera había perdido todavía mi virginidad mental leyendo "Sobre héroes y tumbas". Agotados hacía tiempo los clásicos infantiles (con el maravilloso Julio Verne a la cabeza), mis lecturas de entonces se concentraban en los ovnis y los fenómenos paranormales. Aún ignoraba que los misterios más apasionantes del universo no se hallan fuera del alma humana, sino precisamente en su interior.

En noviembre del '81, yo no era escritor ni soñaba con serlo. Lejos en el tiempo había quedado mi hábito infantil de garabatear cientos de hojas redactando crónicas de partidos de fútbol, intentando emular el estilo periodístico de la revista "Goles". Atrás también había quedado mi efímera incursión de los 11 años por la ciencia-ficción, plasmada en una novelita llamada "Aventuras en las galaxias", cuya escritura me había proporcionado una apasionante diversión veraniega.

En noviembre del '81, sin ninguna causa específica que lo justificara, sentí el impulso de poner por escrito alguna de las tantas historias imaginarias que solían poblar mi ajetreado mundo interior. E, influído quizás por la reciente lectura de "Los bufones de Dios", de Morris West, tomé un bloc borrador y, empuñando una Sylvapen 78 -que aún conservo como reliquia- me largué a escribir una novela plagada de clichés best-selleristas y lenguaje de serie policial de TV, con espías de la CIA y de la KGB enfrentándose en tierras australianas, pugnando por llegar primeros al inhóspito sitio donde ha caído un satélite que, aparentemente, viola los tratados internacionales sobre armamento nuclear.

No recuerdo cuánto tiempo me llevó escribir tamaño engendro, pero estimo que a fin de año la historia (a la que nunca puse título) estaba terminada. Sí recuerdo, en cambio, que me encantó escribirla. Sí recuerdo, también, que ese verano le comenté muy seriamente a mi amigo Patricio que. en adelante. me pondría a escribir cuentos, "porque escribir una novela cansa mucho".

Nunca, desde entonces, abandoné esta inefable tarea de perseguir infructuosamente fantasmas vestidos con letras. Es cierto, me tomó algunos años descubrir que la de escritor era la condición que mejor definía mi ser esencial, y me tomó algunos más poder asumirlo frente a los otros con naturalidad, pero esto no le quita a noviembre del '81 su categoría histórica de fecha fundacional.

Veinticinco años después, aún sigo ordenando palabras. Y aunque, en cierto modo, extraño ese irrecuperable candor de los inicios, aunque a esta altura ya no creo que alguna de mis obras vaya a alterar la historia universal de la literatura, aunque la distancia entre el escrito imaginado y el pobre resultado obtenido sea casi siempre abismal, cada vez que estoy terminando de corregir un texto vuelvo a experimentar ese cosquilleo, esa ansiedad. Y, una vez más, siento que es en esos momentos cuando soy más yo que nunca.

Razón más que suficiente, me parece, para dedicarle estas líneas a aquel adolescente que, en noviembre del '81, empezó a construir su lugar en el mundo usando tan sólo una birome Sylvapen.

viernes, 30 de mayo de 2008

Crónica nº 23: El señor de las aguafuertes radiales (septiembre 2006)

Mi papá acostumbra afeitarse y bañarse escuchando radio. Se lleva la portátil al baño, la acomoda en un estante del botiquín sintonizada en alguna de las emisoras locales y, mientras lleva adelante sus prácticas de aseo personal, se entera de las novedades ocurridas en la ciudad, el

país y el planeta. Ha repetido esta rutina, calculo, durante los últimos cincuenta y cinco años de su vida.


Hace ya varios años (no recuerdo bien si a fines de los '70 o a principios de los '80) sus preferencias radiales matutinas se volcaron hacia un programa de LT10 en el que un periodista de voz firme y profunda realizaba comentarios igualmente firmes y profundos sobre temas sociales, políticos y económicos. Un periodista del cual él no había tenido referencia alguna hasta su aparición en ese programa. A mi papá le gustaban mucho los análisis que hacía ese hombre. Cada tanto, acompañando su elogio con un casi imperceptible movimiento labial aprobatorio, solía afirmar: "¡Qué bien habla ese Jorge Conti!".


Nunca imaginé en aquel entonces que los inescrutables vaivenes de la vida me llevarían, unos cuantos años después, a concurrir asiduamente a la casa de "ese Jorge Conti". Menos aún, que iba a hacerlo como tecladista de un grupo musical que habría de adoptarla como lugar de ensayo.


Gracias a esas visitas semanales -que se reiteraron a lo largo del '94 y el '95- tuve oportunidad de conocer a Jorge desde un costado doméstico y comprobar que el hombre privado era idéntico al hombre público. Ávido lector, intelectualmente inquieto, diseñador de argumentaciones sólidas y racionales, sinceramente preocupado por el devenir del país y el mundo, idealista hasta el borde mismo del desencanto, su conducta de entrecasa no revelaba impostura alguna. Su indignación contra la injusticia, su rabia contra la frivolidad de los '90, su valoración del arte y el conocimiento, eran tan vigorosas como cuando las enarbolaba a diario ejerciendo su oficio.


Compartir con él alguna que otra reunión gastronómica realizada en su casa, me permitió acceder a un placer adicional: el de escucharlo contar sabrosas anécdotas, tanto personales como de gente que había conocido a lo largo de su vida. Lo hacía con esa misma habilidad verbal notable que demostraba frente al micrófono. La precisión en el uso de las palabras, el manejo adecuado del tono narrativo, la profundidad en la percepción y análisis de los hechos contados hacían de sus relatos un motivo de auténtico disfrute. Todavía recuerdo varias de aquellas anécdotas. Por ejemplo, la de la primera clase de Filosofía que tuvo en la Facultad, cuando el profesor inició su cátedra diciendo algo así como "Señores, de un lado del hombre está la razón; del otro está la fe. En el medio de ambas, está la desesperación. Pues bien, ese es justamente el camino que nosotros vamos a transitar con nuestra materia". Otras, darían para escribir un artículo aparte, por no decir un cuento. Como la de cierto adolescente que, pese a poseer una inteligencia superlativa, se llevaba a rendir todas las materias porque se negaba sistemáticamente a presentar sus carpetas completas a los profesores. El único docente que, quizás intentando adaptarse a las particularidades psicológicas de los genios, lo eximió de cumplir con ese requisito formal para aprobarlo, fue el de Música. Fue, justamente, el único docente al cual el chico le presentó la carpeta completa.


También me quedó particularmente grabada una noche en que llevé a mi hijo de 11 años al ensayo. Amables como siempre, Jorge y su esposa Erika le dieron conversación durante un buen rato y le prestaron unos libros de historietas para que se entretuviera. "Es un chico muy inteligente...", me dijo Jorge al despedirnos y, a continuación, agregó con melancólico sarcasmo: "... va a tener muchos problemas en la vida".


Cuando el grupo trasladó sus ensayos a otro lugar, dejé de frecuentar la casa de los Conti. No obstante, en la medida de mis posibilidades horarias, seguí a Jorge como oyente. Me gustaba escucharlo cuando proponía esos relatos breves en los que revisaba la vida de personajes históricos o de la cultura (en un abanico amplísimo que iba desde Groucho Marx hasta Alejandra Pizarnik) o cuando abrevaba en su propia historia personal para trazar semblanzas de hombres y mujeres de vida sencilla a los que rescataba del anonimato con sus palabras teñidas de admiración o nostalgia.


La semana pasada, leí en el diario que estaba por presentar un libro: "Aguafuertes radiales", selección de algunos de esos textos que solía leer en el programa "Siempre tarde". La noticia me alegró inmensamente. Recordé haberle preguntado alguna vez si nunca se le había ocurrido juntar sus editoriales y publicarlas. Recordé, también, la expresión vagamente escéptica de su cara al contestarme que era un proyecto que tal vez, algún día, se decidiría a encarar. Saber que al fin lo había concretado me hizo sentir que se trataba de un acto de justicia literaria. Una formidable revancha, por otra parte, contra la enfermedad que en los últimos tiempos lo alejó de los micrófonos.


La tarde del viernes previsto para la presentación del libro, tomé un taxi para ir a hacer unos trámites. El taxista iba escuchando un programa de radio en el que, casualmente, estaban hablando de Jorge y su flamante obra. De manera imprevista, el taxista dijo: "Hoy tengo que terminar de trabajar más temprano". Yo quería seguir escuchando lo que decían en la radio, así que, haciendo uso de una cortesía bastante forzada, gruñí: "¿Ah, sí? ¿Por qué?", mientras trataba de no perder el hilo del comentario periodístico. "Porque hoy en la Feria presenta un libro Jorge Conti y lo quiero ir a escuchar", fue la explicación. Debo confesar que realmente no esperaba semejante respuesta. Me sonreí. Iba a decirle que yo también iría, pero no me dio tiempo. Inocente portador de uno de esos guiños traviesos que suele ofrecernos el destino, agregó:


-¡Qué bien habla ese Jorge Conti!

Crónica nº 22: Los fugitivos del siglo XXIII (septiembre 2006)

En los años de mi infancia no había TV satelital, ni cable, ni siquiera TV color. Sólo se veían dos canales: el 13 de Santa Fe y el 7 de Buenos Aires. Tamañas limitaciones, sin embargo, no impidieron que yo me transformara en algo así como un "serie-adicto", capaz de desdeñar la salida más tentadora con tal de no perderme un capítulo de "El Gran Chaparral" o "El Agente de Cipol".

Mis predilecciones estaban volcadas hacia lo policial, la acción y lo fantástico. Programas como "El hombre nuclear", "Starsky & Hutch", "Dos tipos audaces" o "El túnel del tiempo" me congregaban frente al televisor con una devoción cuya intensidad no podría ser igualada, hoy, ni siquiera por un partido de la Seleccion en un Mundial.

La ciencia-ficción, en cambio, nunca estuvo entre mis preferencias. Series como "Ovni", "Cosmos 1999" o "El planeta de los simios" me generaban cierto rechazo prejuicioso o, a lo sumo, una tibia curiosidad que quedaba rápidamente saciada luego de espiar un par de capítulos.

Mal que les pese, entonces, a los fanátícos que hoy celebran alborozados el 40º aniversario de su estreno, debo confesar, aunque suene a sacrilegio, que "Viaje a las estrellas" nunca me gustó. Más bien, me aburría.

La única excepción que logró quebrar esta indiferencia mía hacia el género fue "Fuga en el siglo XXIII". Las peripecias de Logan, Jessica y el androide Rem en busca del Santuario realmente me fascinaban y ocupan, junto con las series nombradas más arriba, un lugar de privilegio en mi corazón de televidente.

Por lo general, el paso del tiempo suele ensuciar el recuerdo de los viejos gustos de la infancia con una dosis retroactiva de vergüenza estético-ideológica que resulta tan inútil como injusta para con el niño que uno fue. Sabido es, por otra parte, que pasar de la mera evocación a la confrontación directa con lo recordado constituye casi siempre un pasaje seguro hacia el desencanto más atroz. No obstante, con "Fuga en el siglo XXIII" me sucede algo inusual, y es que al crecer le asigné a la historia un valor simbólico que la enriquece y permite que, aún hoy, el planteo que propone me siga resultando irresistible.

Digo que se lo asigné y no que lo descubrí porque, lo admito, quizás la serie no tiene ese pretendido valor simbólico y éste sólo existe en mi imaginación. Habrá que convenir, de todos modos, que mi hipótesis interpretativa no es descabellada. En la historia que cuenta la serie hay un gobierno dictatorial que basa su poder en una conjunción de mentiras institucionalizadas como verdad absoluta e indiscutible. Hay un temible cuerpo de guardias encargado de mantener el orden establecido a cualquier precio. Hay una población domesticada que acepta con naturalidad su propio aniquilamiento sistematizado. Hay ciudadanos rebeldes que creen que afuera de la Ciudad hay una realidad diferente a la impuesta por la versión oficial. Hay hombres y mujeres que escapan en busca de la verdad y son perseguidos por ello. Como se puede advertir, vista con ojos adultos, la serie bien podría admitir una relectura profunda y ser entendida como una inquietante alegoría socio-política, y hasta filosófica.

Claro, no es cuestión de hacerle decir a los guionistas aquello que probablemente nunca estuvo en sus planes decir (al fin y al cabo, se trata de un producto surgido de Hollywood). Tampoco de atribuirle a mi niñez una lucidez que lejos estaba de poseer yo a mis 12 años. Después de todo, a mí el programa me gustaba por razones enteramente ajenas a cualquier eventual contenido metafórico. Lo disfrutaba y punto, como se viven las cosas en la infancia.

Y sin embargo, al salir en estos tiempos a la calle con mi adultez a cuestas, al leer los diarios, al ver los noticieros, al percibir perplejo ciertas realidades que acontecen a mi alrededor, no puedo dejar de pensar que la Ciudad de los Domos sigue intacta. Que nos siguen vendiendo falsedades y distracciones para controlarnos. Que sigue siendo imperioso desarticular los discursos que nos inducen a error y pretenden ocultarnos la verdad. Que es absurdo e injusto morir en el Carrusel. Que es preciso, en suma, continuar la fuga hacia el Santuario.

Aunque -al igual que Logan y Jessica- no sepamos si finalmente lo vamos a encontrar.

Crónica nº 21: La canción que no dice nada (agosto 2006)

"La próxima canción no dice nada", anuncia Alejandra desde el escenario, con voz tímida. Los del público sonreímos a medias; no queda claro si se trata de una broma o no. Quizás advirtiendo lo equívoco de su comentario, Alejandra se apresura a ampliarlo: "Quiero decir, ninguna de las palabras significa nada; son todas inventadas".

Pienso -¿cómo no hacerlo?- en el célebre capítulo 68 de Rayuela (el de "Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso"). La idea me entusiasma. Parece que asistiremos a un juego literario, un malabarismo lingüístico como el que, con tanta maestría, plasmó Cortázar. No me extraña: los poemas de Alejandra suelen desplazarse por los territorios del delirio con grácil soltura.

Los dedos comienzan a deslizarse sobre la guitarra y, tal como suele suceder cada vez que canta, la voz de Alejandra se transforma. En sólo un abrir y cerrar de corcheas, se despoja de su timidez y vuelve a revelar esa fuerza sugerente que la distingue. Una fuerza que no parece provenir de la garganta, sino desde un sitio interior más recóndito.

La canción responde plenamente a lo anunciado; parece compuesta en un dialecto indígena, o en un ignoto idioma eslavo. Pero su ejecución no deja espacio alguno para la vanidad de los prestidigitadores. La letra, es cierto, no se entiende. Pero se siente. Y es justamente la expresión de la voz lo que excluye por completo toda posible condición lúdica. Definitivamente, esto no es un juego. Al menos, no un juego insustancial. "Ninguna de estas palabras significa nada", ha dicho Alejandra. ¿No significan nada? ¿Por qué, entonces, la canción resulta tan inquietante, por qué es capaz de remover algo en el fondo de nosotros y conmovernos? ¿Por qué si sólo escuchamos sílabas ininteligibles es posible reconocer el llamado visceral que las mismas traen a cuestas? ¿Por qué una serie de vocablos indescifrables permite que ese sentir profundo abandone el subsuelo donde mora y se arroje hacia nosotros en busca de una mano tendida en la cual posarse?

El acorde final se desvanece en la madrugada y su disolución nos deja un poco vacíos. Aplaudimos.

"Esta canción no dice nada", anunció Alejandra.

Es curioso. Yo siento que lo dice todo.