La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







miércoles, 3 de abril de 2013

Crónica n° 85: La buena gente (marzo 2013)


Tengo amigos que se emocionaron hasta las lágrimas cuando se conoció la identidad del nuevo Papa. Tengo amigos que, la semana anterior, se entristecieron profundamente al conocer la noticia de la muerte de Hugo Chávez. Tengo amigos que no soportan a la Presidenta ni a nada que huela a kirchnerismo. Tengo amigos que concurren a los actos del oficialismo, orgullosos de festejar por las calles cada logro del gobierno nacional. Tengo amigos que practican el cristianismo con sincera devoción y colaboran en forma activa con su parroquia. Tengo amigos recalcitrantemente ateos que son, además, furibundos anticlericales. Tengo amigos que simpatizan con valores tradicionalmente identificados con la derecha. Tengo amigos que militan en partidos y agrupaciones de izquierda. Puedo tener con cada uno de ellos mayor o menor afinidad ideológica, puedo –por exceso o por defecto- no compartir algunos o varios de sus puntos de vista, puede ocurrir (y de hecho, ocurre con frecuencia) que cuando se manifiestan en la calle o en las urnas los grandes temas del país y de la condición humana estemos parados en veredas opuestas. Sin embargo, estas discordancias no impiden que a todos ellos los considere buena gente (lo cual es lógico, porque sino no podrían ser mis amigos). ¿En qué sentido digo buena gente? En el sentido de que, aun con sus defectos a cuestas, todos ellos son básicamente honrados,  trabajadores, responsables. Uno nunca los va a encontrar metidos en chanchullos o asuntos vidriosos. Son gente dispuesta a dar una mano y a hacer favores sin pedir nada a cambio, gente que no usa a los otros, gente que elige a diario no complicarle la vida a los demás. Son personas confiables: puedo darles la espalda sin temer la cuchillada artera o la maledicencia. Que no parezca poco todo esto en los días que corren.

Lo curioso –y he aquí la gran paradoja que me llena de perplejidad- es que sería totalmente inviable sentarlos juntos a la misma mesa. Hacerlo implicaría abrir las puertas a una feroz balacera dialéctica que dejaría un tendal de ofuscados y ofendidos. Aquello que los diferencia ocuparía el primer plano de la escena y toda posible relación entre ellos naufragaría sin remedio en un océano de antinomias insalvables. Enfocados en mensurar sus  respectivas incompatibilidades, perderían de vista las cualidades humanas que los igualan, lo cual me parece no sólo una injusticia, sino también y sobre todo un auténtico desperdicio. Porque no son las eventuales discusiones el problema (al fin y al cabo, son gente grande y pueden defenderse solos). Lo que en verdad me aflige es que ese reduccionismo sin matices les impediría  reconocerse entre sí como buena gente.  

Seguramente, no faltaría quien, todavía enardecido por el fragor del tiroteo verbal suscitado, afirmara que hay estafadores simpatiquísimos, genocidas que juegan a la pelota con sus nietos, explotadores redivertidos en los asados, mafiosos siempre dispuestos a ayudar a sus sobrinos, y no por eso adquieren el carnet de buena gente frente al resto de los mortales, que no sólo quedan excluidos de su faceta bienhechora sino que, muy por el contrario, sufren las consecuencias perniciosas de sus otros actos. Ya lo sé, pero está claro que, por las razones apuntadas más arriba, casos extremos como estos no pueden aplicarse por analogía a mis amigos. Que no serán héroes inmaculados, pero tampoco son una sartenada de cretinos.

Imagino que tampoco faltarían quienes, con el lanzallamas todavía  humeante, me reprocharían el hecho de considerar buena gente a alguien que apoya tal o cual causa, o a alguien que está en contra de tal o cual otra. A lo cual yo contestaría: ¿y por qué no? Nunca he entendido ni compartido ese criterio dogmático tan arraigado según el cual todos los que enarbolan la misma bandera que uno son necesariamente buenos y los que enarbolan otra son necesariamente malos. Tengo, por supuesto, mis preferencias ideológicas y –como a todos- me disgusta que alguien venga a cuestionarlas. Pero el concepto (o el preconcepto) que me merecen las posturas filosóficas ajenas que no comparto no me inhibe para reconocer la eventual nobleza de quienes las sostienen. Cada persona es una entidad compleja, compuesta de facetas diversas, a veces contradictorias. Nada obsta, me parece, a que en un saludable ejercicio de tolerancia -¿cómo llamarlo: transversalidad ideológica, transideología?- las personas encuentren puntos de contacto sobre los cuales edificar una interacción constructiva o, al menos, armoniosa.

Si a esta altura quedara todavía alguien sentado a la mesa después de la reyerta, probablemente me preguntaría alarmado si acaso estoy insinuando que la ideología de una persona no es tan importante como tendemos a creer (como no lo son, tampoco -o como no deberían serlo- su raza, su nacionalidad o su orientación sexual). Tendría que aclarar entonces que el perfil ideológico sí me parece sumamente relevante pero que no es tan decisivo como su perfil ético. Digámoslo con una alegoría futbolera, a ver si se entiende la idea: el hecho de que un barrabrava de Colón y yo gritemos los goles del mismo equipo no significa que yo sienta, a nivel humano, más empatía con él que con un pacífico hincha de Unión. De este último podría hacerme amigo a pesar de la rivalidad deportiva; del primero no, a pesar de nuestras coincidencias en ese sentido. Bueno, del mismo modo, es mucho más factible que me sienta cómodo tomando un café con alguien honesto que piensa distinto a mí, que con un tránsfuga que circunstancialmente ha votado al mismo candidato que yo. Quizá con el primero no pueda desarrollar una corriente de afecto, es cierto, pero lo voy a respetar. Con el segundo, en cambio, serían tan imposibles el afecto como el respeto.

Tengo amigos muy diversos entre si y celebró esa diversidad. Estaría bueno que fueran amigos también entre ellos, pero la amistad por carácter transitivo no existe. “El amigo de mi amigo es mi amigo” será una fórmula muy eficaz para recordar cierta regla matemática de las ecuaciones pero resulta inaplicable en la vida práctica. No pretendo tanto. Lo que sí me gustaría es que mis amigos pudiesen verse mutuamente como yo los veo, así, tan buena gente. Sí lo hicieran, se darían cuenta de que -al menos desde cierto punto de vista- estamos todos alineados en el mismo bando. Pero al parecer no pueden, y es una pena. Con tanta mala gente deambulando como plaga por el mundo, es una pena que no puedan. Una verdadera pena.

 

4 comentarios:

INVENTIVAsocial dijo...

9936, me gusta el número ojala sea el asigando en el sorteo.

me pasa algo raro, la cronica me gusto y sin embargo no la difundi por inventiva ¿por que? no tengo explicación, quizas pueda modificar mi indecisión.

ana laura mohamad dijo...

Alfredo: recién hoy pude leer esta crónica, a mí me pasa lo mismo con los amigos, son muyyy diferentes y ellos son concientes de esas diferencias y corrí algunas veces el riesgo de reunirlos y te cuento que todos de una forma u otra salimos enriquecidos,de momentos hubo algunas tensiones.... pero de a poco y con un buen vino mediante, podemos escucharnos y respetarnos sin problemas. Por ahí... es cuestión de arriesgar!!!!
Un cariño
ana laura

CGC dijo...

Muy bueno. De acuerdo. Gracias.

Carlos de la Parra dijo...

Contiene excesiva relatividad éste tema de las diferencias.
Pero considero virtud de inteligencia la capacidad de abstracción y el mantenerse ecuánime ante los puntos de vista opuestos'
Y en los más de los casos reside la virtud del liderazgo en saber unir a todos en causa común dejando a un lado diferencias.