La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







martes, 12 de marzo de 2013

Crónica n° 84: Rodrigo, el regalador (marzo 2013)

“Un brindis por el del cumpleaños, che”, propone Anabel. De inmediato, los ocho vasos se elevan con su carga de cerveza y buenos augurios para encontrarse en el aire y homenajear al Rodri por sus flamantes 28 años. Hasta allí, una escena común y corriente: noche fresquita de verano, un bar con mesas en la vereda, un grupo de amigos celebrando. Pero sucede entonces que, inesperadamente, el Rodri se pone de pie y, con tonito admonitorio de maestro ciruela, nos da una orden insólita: “Bueno, ahora todos tienen que cerrar los ojos”. Y para subrayar la idea, remata amenazante: “El que los abre se queda sin regalo, ¿estamos?”.
 
A juzgar por los comentarios de la mayoría, la situación parece no sorprender a casi nadie. A mí, sí. Conozco al Rodri desde hace cinco años, hemos compartido decenas de movidas culturales y cientos de porrones, sé algo de su trabajo y de su militancia, sé bastante de su actividad musical y hasta sé de su gusto por escudriñar las estrellas a través de un telescopio, pero es la primera vez que asisto a uno de sus cumpleaños y todo indica que estoy por descubrir otra faceta de su personalidad, una costumbre –al parecer- tan característica como su incontrolable hábito de batir palmas cada vez que algo le resulta divertido .

 Lo cierto es que unos y otros, iniciados y novatos, obedecemos la consigna con lealtad de alumnitos aplicados y cerramos los ojos o nos tapamos la cara. Mientras los varones del grupo nos ponemos a hilvanar previsibles conjeturas de doble sentido sobre el destino inmediato que nos aguarda, el Rodri va y viene alrededor de la mesa, arrastrando consigo el crujido de una bolsa de nailon recurrentemente revuelta por una mano que entra y sale. Percibo sus movimientos de duende exaltado y trato de adivinar qué es lo que está distribuyendo sobre la mesa con tanto esmero. Pienso en posibles artesanías, en tarjetas humorísticas, obsequios simples y simpáticos que acaso sean de manufactura propia. Imagino, también, que para los demás clientes del bar aquel debe constituir un espectáculo incomprensible, rayano en lo bizarro. “Me siento una nena de nueve años”, dice la July, y tiene razón. El ritual nos retrotrae a la infancia y es justamente eso lo que le otorga al momento su encanto irresistible.

 “Ahora si”, anuncia el Rodri, exultante. “A la una, a las dos y a las…”.

 Abro los ojos y encuentro en la mesa, delante de mí, una caja de chocolates y un CD de jazz. Los tomo en mis manos, los palpo, los doy vuelta, los miro con incredulidad, sin entender. No es un chiste; son reales. A mi izquierda, a mi derecha, frente a mí, los otros incurren en gestos y reacciones similares. A algunos les ha tocado un disco, a otros un libro. Con inocultable satisfacción, el Rodri disfruta viendo nuestras caras traspasadas por la felicidad y el asombro.

 Primera corrección a mis suposiciones previas: no son obsequios “simples y simpáticos”; son auténticos regalos. Segunda corrección: los regalos eluden el facilismo de la uniformidad; todos son personalizados, se nota que la elección de cada uno de ellos ha sido rigurosamente meditada. ¿A quién sino a un devoto de Spinetta como el Tebi podría cuadrarle el disco que Pedro Aznar grabó en homenaje al Flaco? ¿Quién sino un fanático de la música uruguaya como Mario podría disfrutar plenamente de un disco de candombe? ¿Y quién más indicado que yo para devorar con fruición estos bocaditos rellenos con dulce de leche? El caso de Anabel es, por lejos, el más espectacular: cinco minutos antes del brindis me había comentado su frustrado intento de comprar un libro de Marcela Serrano, del cual había desistido al enterarse del precio; ahora lo tiene en sus manos. Lo curioso es que el Rodri no sabía del interés de Anabel por ese libro; sólo supuso que le iba a gustar y dio en el blanco. Adivinó a su amiga, así de simple, así de inverosímil y cierto.

 Hace más de veinte años escribí un cuento en el que un extraño hombrecito viajaba montado en un triciclo regalando colores; no cualquier color, sino exactamente el que cada persona quería o necesitaba. ¿Cómo no ceder a la tentación de imaginar que el Regalador de colores se ha escapado de las páginas del libro y está ahora sentado a esta mesa? El Rodri nos ha obsequiado mucho más que libros, discos y chocolates. Nos ha regalado una sorpresa y su puesta en escena, nos ha regalado una anécdota digna de ser contada y un recuerdo con destino de inolvidable. Nos ha regalado una brisa de alegría bienhechora que, seguramente, habrá de prolongar sus efectos más allá de esta reunión y nos permitirá afrontar la rutina de mañana con otro ánimo.

 Todavía impactado, quiero saber más sobre este rito a contramano que -según me confirman los más experimentados- se renueva, infaltable, cada 26 de febrero. Indago los cómo y el cuándo, y –aunque los intuyo- pregunto también los porqués. El Rodri se ríe y contesta sin dar mayores precisiones históricas. Me consta que no le faltan argumentos teóricos para fundamentar su conducta pero se ve que esta noche prefiere rehuirlos. Simplemente, alza los hombros y explica:

 -¿Qué quieren que les diga? A mí me hace más feliz dar que recibir.

jueves, 7 de febrero de 2013

Crónica n° 83: Crónica andina (febrero 2013)

 

Somos alrededor de veinte los turistas que hemos decidido emprender la aventura –modesta, pero aventura al fin- de hacer una hora de trekking en lo alto del Cerro Catedral. A nuestras espaldas han quedado la estación superior de la aerosilla y la tentadora comodidad de la confitería. A nuestra izquierda, flanqueando el sendero, está la ladera del cerro, pura piedra desnuda de toda vegetación. A la derecha, a unos dos metros de nuestro andar, hay un precipicio no apto para quienes padecen de vértigo y, al mismo tiempo, una vista panorámica digna de un documental de la National Geographic. Adelante –o, para ser más exactos, arriba- está la meta: el mirador del Valle de Rucacó, un lugar conocido como El Filo del Catedral. Si hemos de creer en las promesas formuladas, nos aguarda allí una vista espectacular de la cordillera y -si tenemos suerte- el último bastión de nieve que el inusual calor de enero le ha perdonado a la montaña.

 Marchamos en fila india, siguiendo a Eneas, nuestro coordinador. Lo hacemos en silencio, no tanto por estricta obediencia a los consejos recibidos (permanecer concentrados, no distraernos charlando con los compañeros), sino más bien porque los pulmones se encargan de recordarnos a cada paso que estamos a 2000 metros de altura y conviene dosificar el oxígeno.

 No sé, no puedo saber qué impulsa a cada uno de los integrantes del contingente a participar de esta excursión. Tal vez sea el deseo de ver nieve, tal vez la posibilidad de acceder a un paisaje diferente al de las postales más conocidas de Bariloche, tal vez la búsqueda de unas gotitas de adrenalina para condimentar las vacaciones y compensar así, de manera simbólica, tanta rutina anual de escritorios, teclados y expedientes. En cualquiera de los casos, pienso, esto es lo más parecido a una experiencia de montañismo que nuestra condición de bichos urbanos y sedentarios nos permite sobrellevar.

 Llegados a mitad de camino, Eneas nos agrupa para reiterar la advertencia que nos ha anticipado ya un par de veces: a partir de ahora la travesía se volverá más exigente y, una vez iniciado el tramo final, no habrá posibilidad de arrepentirse. Por amor propio o por inconsciencia, nadie renuncia.

 Efectivamente, el sendero se hace más escarpado y el ascenso se torna un tanto engorroso. Hay que prestar más atención al modo y al sitio exacto en que se apoyan los pies para evitar enojosos resbalones a causa de las piedras sueltas. Las pantorrillas empiezan a cuestionar mi decisión de haberlas sacado de su hábitat natural de llanura. Transpiro y me agito. Afortunadamente, la ausencia de sol ayuda a atenuar las incomodidades. Aunque en realidad, decir que está nublado no sería del todo exacto, lo que en verdad sucede es que hay una nube posada en lo alto del cerro y la estamos atravesando.

 Empiezo a preguntarme (supongo que no soy el único) qué estoy haciendo acá, por qué me metí en todo esto. Básicamente, lo que me inquieta es pensar que debo regresar por el mismo camino y no saber cómo haré para no terminar rodando al intentarlo. Calcuio que he llegado a ese punto crítico en que todo deportista siente la tentación de abandonar la competencia y necesita apelar a su fortaleza anímica y mental para continuar adelante. Digo “calculo” porque -¿hace falta aclararlo?- no soy deportista. Sigo.

 “Creo que llegamos”, dice alguien, y parece que habrá que darle la razón, porque una rápida ojeada hacia adelante permite comprobar que el sendero desemboca en el abismo. Llegamos, sí; estamos en el punto culminante del Filo, un promontorio que se asoma al precipicio como un suicida indeciso, una mano de granito que parece rascar la panza del cielo. No hay ni rastro de nieve aquí pero no me importa, no tengo tiempo de que me importe porque inmediatamente aparece ante mí el Valle de Rucacó. Sobrio y espléndido, sereno y majestuoso, acariciado por un tenue resplandor dorado que se filtra oblicuo entre las nubes que lo mantienen en sombras, su visión emociona y abruma. No es simple hermosura de postal; es una belleza honda, de esas que anulan la eficacia de cualquier palabra.

 Es extraño esto de tener la cabeza metida en una nube y ver las montañas desde arriba. Extraño, conmocionante y profundo. Uno se siente partícipe de la mirada de los dioses sobre el mundo. Y claro, vistas las cosas desde esa perspectiva impregnada de parámetros divinos, todo lo humano parece insignificante, ridículo. La soberbia se desvanece por reducción al absurdo, se vuelve insostenible. La cordillera nos devuelve la conciencia de ser tan sólo partículas fugaces, extraviadas en una inmensidad que nos precede, nos excede y perdurará millones de años cuando ya no estemos.

 Después del previsible ritual de fotos, después del rosario de exclamaciones de asombro y comentarios admirativos, Eneas nos invita a hacer silencio y concentrarnos en el paisaje, enfocados en el aquí y el ahora. Le hacemos caso. Por unos minutos, sólo escuchamos el suave zumbido del viento. Confieso que tengo ganas de llorar y que sólo un estúpido pudor frente a las presencias ajenas me impide hacerlo.

 Comenzamos el descenso. Me basta recorrer unos metros para comprender que lo difícil no será afrontar las irregularidades del camino. Lo verdaderamente difícil será conservar esta pureza, evitar que se vaya deshilachando a medida que nuestros pasos nos devuelvan a eso que somos todos los días.

 
 
 
 
 
 

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Crónica n° 82: Ellas (diciembre 2012)

Ahí están ellas, otra vez, bordando la madrugada con su taconeo insomne. Ahí están, con su desnudez incompleta -siempre incompleta- cumpliendo su rito exhibicionista, su lento desfile sensual, ofreciéndose a cualquiera que las quiera tomar. Ofreciéndose a mí, por ejemplo, que no puedo dejar de mirarlas con un recelo envenenado de lujuria.

 
Me chistan, me llaman, prometen fiestas que sé imposibles porque mienten -siempre mienten- pero me acerco igual; nunca he podido controlar esta atracción viciosa que ejercen sobre mí.

 Me deslizo entonces hacia el vértigo artificial que ellas me proponen y juego de nuevo a que les creo. Las palpo con mi urgencia de animal solitario, les prodigo mi furia torpe, mis gestos ampulosos de monarca en el destierro, y ellas actúan como si en verdad lo hiciera bien. Fingen sumisión, simulan descaradamente que son mías esta noche.

 Pero mienten -siempre mienten-. Concluyo mi trajín, me levanto y, apenas les doy la espalda, escucho otra vez sus risitas burlonas.

Me doy vuelta; no puedo dejar de mirarlas con un recelo envenenado de fracaso.

 Allí siguen ellas, las palabras, bordando la madrugada con su taconeo insomne.
 

jueves, 22 de noviembre de 2012

Crónica n° 81: Tanto universo, Dante (noviembre 2012)




ese bebé / niño / frasquito de posibilidades
Leonardo Pez




 
¿Te diste cuenta, Dante? Espléndido, múltiple y contradictorio, el universo entero fluye a tu alrededor. Aquí y ahora mismo, delante de cada uno de tus pasos, todo late, novedoso, al alcance de tus sentidos y tu curiosidad: números, colores, fragancias, objetos, formas, sonidos, sabores, palabras, animales y personas, partículas y océanos, contundencias y abstracciones.   

 
Es una cosa muy grande el universo, Dante, no te das una idea. Todo gira y gira en una perpetua danza cósmica cuya partitura nadie conoce, una danza que -aunque todavía no lo sepas- también a vos te envuelve, te atraviesa, te concierne. Es algo tan enorme, el universo… ¿Por dónde vas a empezar a estrenarlo? ¿Cuál de sus infinitos costados atraerá tu atención? ¿Cuál de sus incontables regiones te interesará recorrer? ¿Detrás de qué puertas querrás husmear para asomarte al mundo? ¿A caballo de qué entusiasmos lo abordarás? ¿Querrás medirlo, pesarlo y contarlo, o te esforzarás por poner en él cierto orden? ¿Te obsesionarás por comprender las leyes que lo rigen, o te dedicarás sólo a alimentar el disfrute de explorarlo? ¿Lo aceptarás tal cual es, o necesitarás reinventarlo sobre lienzos o pentagramas? ¿Qué barajas sacarás del mazo inconmensurable? ¿Tendrás predilección por lo dulce? ¿Te gustarán más las melodías compuestas en tono menor? ¿Preferirás los colores fuertes?  

 
Varias de las respuestas están ya grabadas en tus genes; lo sé aunque no las conozca. Pero a las otras, Dante, las que no dependen del azar o la biología, ¿qué y quién habrá de sembrarlas en vos? Sos arcilla fresca, todavía. ¿Qué brisa, qué aroma, qué azul te moldearán con huella irrevocable? ¿Qué mimo, qué abrazo, qué tono de voz se volverán refugio vitalicio, oculto para siempre en un recuerdo sumergido? ¿Qué momento de entre tus momentos se erigirá en remanso al cual acudirás, sin saberlo, en la adultez?

 
Sentado junto a vos en el suelo, te miro jugar, escucho tu parloteo de vocablos no siempre inteligibles, espío la inocencia con que empezás a palpar lo inabarcable. Pienso en la vastedad de lo que tenés por descubrir y tamaña inmensidad, te lo aseguro, me marea. Decime, Dante, ¿qué vas a hacer con tanto universo?  

miércoles, 3 de octubre de 2012

Crónica n° 80: Bendito disenso, maldito disenso (octubre 2012)


El disenso se halla latente en toda interacción humana. No existe un sólo tema en el que todas las personas estemos completamente de acuerdo, ni existen tampoco dos personas que estén de acuerdo absolutamente en todos los temas. La inevitable multiplicidad de miradas sobre el mundo fulmina desde el vamos toda pretensión de uniformidad.

 
Maravilloso acto de libertad cuando somos nosotros quienes lo ejercemos, el disenso se vuelve irritante cuando son los demás quienes lo ejercen frente a nosotros. El disenso es invariablemente incómodo, no nos deja hacer lo que queremos y encima osa poner en tela de juicio lo que pensamos y sentimos. El disenso es una piedra en el zapato de nuestras convicciones, un obstáculo que limita y evita la concreción indiscriminada de nuestras aspiraciones personales o sectoriales, sean éstas un rosario de mezquindades o un inventario de solidarias utopías. El disenso es la manifestación rotunda de la existencia de un Otro que no piensa como yo, y por más amplios y tolerantes que seamos, a nadie le divierte que lo contradigan.

 

Bendito disenso, maldito disenso. ¿Qué hacer frente a la imposible unanimidad? En ámbitos verticalistas, o bien el disenso no se exterioriza (no es que no lo haya), o bien se lo resuelve en base al principio de autoridad y se hace lo que ordena el que manda, aunque los subalternos estén en completo desacuerdo. En ámbitos democráticos, en cambio, el disenso se resuelve apelando a una simple operación aritmética: se hace lo que decide la mayoría. La indudable e irremplazable justicia de este método, sin embargo, no elimina las asperezas de la confrontación. Se trate de las elecciones que definen el destino político de una nación o del debate en una reunión de consorcio sobre la necesidad de pintar el edificio, el hecho de resolver en forma práctica el disenso mediante la decisión de la mayoría no significa superarlo, pues -salvo en muy infrecuentes ocasiones- ningún resultado adverso le quitará a los derrotados la íntima certeza (o al menos, la íntima sensación) de que quienes se han equivocado son los otros. Lo cual es perfectamente posible, ya que una mayoría nunca garantiza por sí sola una decisión acertada, una solución conveniente, un hábito sano, una conducta constructiva (cosa que deberíamos recordar cuando integramos alguna mayoría, no sólo cuando sangramos por la herida de la derrota numérica). Una mayoría no necesariamente es infalible. ¿Por qué habría de serlo, si está formada por individuos, y los individuos somos esencialmente falibles? Además, y pese a que nos resulta más cómodo imaginar lo contrario, las mayorías y las minorías no son bloques homogéneos, conformados por la presencia o ausencia de lucidez y valores, sino que constituyen una compleja trama en la que convergen los más diversos factores, algunos de ellos, incluso, insalvablemente contradictorios. Al fin y al cabo, a la hora del conteo final –tanto en comicios gubernamentales como en reuniones de consorcio- el voto largamente razonado vale igual que el emitido de manera irresponsable, el voto por principios vale igual que el voto interesado y el voto del malandra vale igual que el del honesto. Nada, entonces, salvo el prejuicio, autoriza a suponer que la virtud y el vicio se han alineado en forma automática detrás de la postura mayoritaria o de la otra.

 
Bendito disenso, maldito disenso. ¿Qué hacer frente a la imposible unanimidad? La respuesta políticamente correcta nos conduce hacia los territorios del respeto y la tolerancia, a escapar de la tentación de cancelar el disenso cancelando al disidente (o ninguneándolo, que es una forma simbólica de cancelarlo). Nuestra respuesta fáctica, en cambio, está atravesada por una alarmante ambivalencia. No medimos las cosas con la misma vara, vemos siempre la paja en el ojo ajeno, le asignamos a los hechos diferentes significados según simpaticemos o no con sus protagonistas. Una movilización callejera, por ejemplo, puede parecernos una conmovedora muestra de compromiso cívico o un rejunte de imbéciles, según estemos o no de acuerdo con las banderas que en ella se enarbolen. El golpe que un legislador le propina a otro en el fragor de una sesión del Congreso configura una inaceptable muestra de autoritarismo o un redentor acto de justicia según quién sea el golpeador y quién el golpeado. Festejamos o censuramos discursos de idéntico tono agresivo según compartamos o no los criterios del orador. Nos amparamos en la libertad de expresión para decir lo que pensamos, sin que nos aflija la posibilidad de herir susceptibilidades, pero si alguien, amparado en esa misma libertad, ejerce su derecho a réplica (y sobre todo si al hacerlo hiere nuestra susceptibilidad) sentimos que no nos dejan decir lo que pensamos. En todos los casos, el fundamento de nuestra conducta dual es el mismo: yo tengo derecho a decir o a hacer algo porque tengo razón; vos no tenés derecho a decir o a hacer lo mismo porque el que tiene razón soy yo. Así de arbitraria es la cosa. Está mal, claro que está mal, pero es así como funcionamos.

 
No todos somos energúmenos, es cierto. La existencia de voces discordantes con la nuestra no es algo imposible de sobrellevar. Lo que sucede es que todos, sin excepción, tenemos una “lista negra” de actitudes éticas y posturas ideológicas que no sólo despiertan nuestros reparos, sino que nos resultan directamente indigeribles. Y hay pocas experiencias tan exasperantes como tener que soportar la encendida defensa de esos pareceres en nuestras narices, o su jubilosa celebración. Habrá quienes dejen fuera de su zona de tolerancia a los simpatizantes de tal o cual partido; habrá en cambio quien –generoso para la estrechez- vuelque sus anatemas sobre cuanto grupo político, étnico, cultural, religioso o sexual sea diferente de aquellos a los cuales pertenece. A las fronteras de lo reprobable, claro, las traza cada uno. Pero como el disenso es bilateral, suele pasar que aquellos que integran nuestra “lista negra” nos ponen a su vez a nosotros en las suyas. Se entabla así una proscripción mutua, un juego de espejos donde sólo habrá espacio para vehementes monólogos cruzados pero nunca para un diálogo que ninguno de los contendientes, en su intransigencia, desea tener. Lo paradójico de todo esto es que la sensación que genera la irrupción de las voces indeseadas es idéntica a uno y a otro lado del espejo: el mismo escozor, la misma incomodidad, el mismo remolino de indignación en el pecho, el mismo empecinamiento en no querer escuchar ninguna razón que provenga de “esos” individuos. Aquellas personas cuyas ideas nos provocan un rechazo visceral sienten el mismo rechazo hacia las ideas opuestas que nosotros defendemos. Podríamos pasarnos meses sumidos en una feroz batalla argumentativa; ni ellos ni nosotros cambiaremos de opinión.

 
Bendito disenso, maldito disenso. ¿Qué hacer frente a la imposible unanimidad? “No estoy de acuerdo con lo que piensas, pero daría mi vida por defender tu derecho a decirlo“, escribió Voltaire hace dos siglos y medio. Claro, Voltaire no tenía Facebook. Si hubiese leído la catarata de barbaridades que circula por las redes sociales disfrazada de moral bienpensante, no habría dicho lo que dijo. O se hubiese vuelto ermitaño para no hacerse mala sangre.

 

 

 

 

lunes, 18 de junio de 2012

Crónica n° 79: El chico con el que nadie se reía (junio 2012)

Mientras el guitarrista melenudo, joven talento del barrio, entusiasma a la concurrencia cantando una chacarera, Ramón espía al público que se ha juntado en la placita. Oculto a un costado del escenario, observa todo con ojos de niño grande. Tiene 30 años, pero los festivales al aire libre todavía le provocan el mismo cosquilleo de excitación que le causaban cuando era chico, como si estos ratos de alegría popular fuesen el testimonio concluyente de que Dios aún se acuerda de sus hijos. De todos.

Es una tarde radiante de invierno y la placita se ha llenado de gente que, sea por auténtico interés, por curiosidad o para disolver el aburrimiento de los domingos, viene a ver los diferentes espectáculos que se están ofreciendo. Algunos están sentados sobre el césped; otros han traído desde sus casas los sillones plegables y el equipo de mate. Hay banderas y racimos de globos ondeando en lo alto de las farolas, y un grupo de niños que cada tanto se aleja del escenario y vuelve a correr detrás de una pelota.

 La escena le trae el recuerdo de una tarde similar en la plaza de su barrio, Santa Rosa de Lima. Ramón tenía entonces 15 años y su vida era un inventario de los lugares comunes que suelen jalonar la marginalidad. Pero a Ramón lo distinguía, además, una timidez monumental. Parco al extremo, podía pasar largos ratos entre la gente sin emitir palabra alguna, y cuando no le quedaba otro remedio que abrir la boca, lo hacía pronunciando monosílabos en voz muy baja.

 Cuando el hombre del aro en la oreja llegó al barrio con intenciones de reclutar pibes en situación de riesgo para armar con ellos un grupo de teatro callejero, Ramón estuvo en la reunión inicial sólo por inercia, arrastrado por el entusiasmo de su primo Andrés, que integraba una murga en Yapeyú desde hacía unos meses y venía llenándole la cabeza hablando maravillas de su experiencia con el redoblante, la pintura y el disfraz. A la semana siguiente, sin embargo, Ramón fue al primer ensayo por propia decisión. No supo muy bien qué buscaba, sólo sabía que el hombre del aro en la oreja lo había mirado a los ojos y sin desprecio.

 La timidez, sin embargo, le jugó en contra desde el principio. Se enredaba aún en los parlamentos más simples, tartamudeaba, le costaba modular la voz para que sus palabras resultaran audibles y, sobre todo, se quedaba duro, sin reacción, ante el menor traspié. Preocupado por no poder revertir tamaño grado de inexpresividad, el hombre del aro en la oreja optó por recurrir a lo básico: “Vamos a hacer lo siguiente, Ramón”, le dijo una tarde, poniéndole una mano en el hombro, con la actitud típica de los directores técnicos que dan instrucciones al jugador suplente que está por ingresar. “Cuando yo le grite al Gato ‘Me voy’, vos vas a entrar llevando unas cajas, entonces yo te atropello, vos tirás las cajas para arriba y te caés de espalda”. Ramón no lo dijo, pero sintió un profundo alivio al saber que, por lo menos, no tendría que aprenderse un texto de memoria y repertirlo delante de todos los vecinos. Pero las dificultades no se acabaron allí: la primera vez que ensayaron la escena, Ramón cayó mal y no se desnucó por milagro. Con una paciencia a prueba de contratiempos, el hombre del aro en la oreja le enseñó la técnica circense para caer sin golpearse y, de a poco, las cosas empezaron a salir con mayor fluidez.

 La tarde prevista para la representación era similar a esta. Hubo música, títeres, hubo una taza de chocolate caliente para todos los chicos y hasta actuó la murga de Yapeyú en la que tocaba Andrés. Cuando llegó el momento de la obra, Ramón se ubicó detrás de unos carteles y, en involuntaria imitación de la estatua viviente que había visto una vez en la peatonal, se quedó parado con las cajas listas en la mano, como si le hubiesen confiado una reliquia y tuviese miedo de arruinarla o de perderla. Estaba asustado; un pececito inquieto empezó a retorcerse en su pecho, retaceándole el aliento. Era como si le hubiesen puesto el alma en una prensa. Cuando escuchó que le daban el pie, creyó que le iba a reventar el corazón. Tragó saliva y salió de las sombras con esa dosis fugaz de inconsciencia de quien se tira a un precipicio. Tal cual estaba previsto, el hombre del aro en la oreja vino corriendo hacia él y se lo llevó por delante. Ramón se desparramó aparatosamente sobre el piso mientras las cajas volaban. Escuchó las carcajadas del público. Tendido, mirando el cielo luminoso de julio, escuchó las carcajadas y se sorprendió, como quien descubre en un recodo del camino un paisaje inesperado. Escuchó las carcajadas y fue como si unos brazos tibios lo abrigaran. Escuchó las carcajadas y hubiese querido quedarse así para siempre, atesorándolas, pero el Gato, con nula sutileza, se encargó de recordarle por lo bajo que la obra seguía y que él debía salir de escena.

 “Che, ¿por qué te quedaste tanto tiempo tirado en el suelo?”, le preguntó el hombre del aro en la oreja un rato más tarde, cuando todo habia terminado y la plaza ya estaba sumida en esa melancolía viscosa que sucede a toda fiesta. “Estaba escuchando la risa de la gente”, explicó él. Y enseguida, sin sospechar el desamparo sideral que evidenciaban semejantes palabras en boca de un chico de 15 años, agregó: “Nunca nadie se había reído conmigo”.

 El guitarrista melenudo concluye su actuación y los vecinos lo ovacionan. Ramón se desentiende bruscamente de los recuerdos y se concentra en el ahora, en el trajín de la gente del sonido, que trabaja cerca de él. El presentador pasa a su lado y consulta: “¿Estás listo?”, Ramón asiente y ve cómo el hombre camina hacia el centro del escenario, toma el micrófono y comienza a hablarle al público con énfasis festivalero. Él se queda aguardando expectante. La timidez no lo ha abandonado y todavía siente el aleteo del pececito en los minutos previos, pero no le importa porque ya se acostumbró: hace años que visita hospitales y recorre los barrios más pobres de Santa Fe con su vocación solidaria a cuestas.

 “Con ustedeeeees…”, anuncia el presentador. Ramón se acomoda el sombrero por última vez y verifica que la nariz roja esté bien ajustada. Después, traga saliva y sale a escena. El chico con el que nadie se reía finge que se tropieza y realiza una acrobática pirueta. Un centenar de carcajadas llega hasta él para abrigarlo.

lunes, 28 de mayo de 2012

Crónica n° 78: Nueve minutos (mayo 2012)

Los viajes en el tiempo son posibles. Brevísimos, es cierto, casi imperceptibles, tan modestos que ni siquiera provocan efecto verificable alguno, pero son posibles. Lo sé por experiencia; lo sé porque los hago habitualmente desde aquella mañana soleada de julio en que descubrí por casualidad el secreto para llevarlos a cabo.

Ignoro por completo las razones científicas que los sustentan, pero me consta que realizarlos es mucho más sencillo de lo que podría suponerse investigando las teorías que versan sobre tan compleja materia. Mucho más simple, incluso, que lo que se podría fantasear viendo películas de ciencia-ficción referidas al tema. No hay involucradas aquí máquinas estrambóticas, ni es necesario contar con un vehículo o un dispositivo específicamente diseñados para la ocasión. Cualquier persona puede hacer estos viajes sin tener que prepararse para ellos. De hecho, involuntariamente, cada día hay miles de viajeros que los cumplen; lo que sucede es que, al parecer, hasta ahora nadie, excepto yo, se ha dado cuenta.

La cosa funciona así. Uno va caminando por la peatonal de Santa Fe en dirección norte-sur y, unos metros antes de llegar a Primera Junta, mira el reloj electrónico que está plantado a la altura del Banco de Galicia. Al hacerlo, comprueba sin mayores sobresaltos que son, pongamos, las 8.07. Cruza la calle y camina una cuadra más sin que nada extraño acontezca. Pero al mirar el reloj electrónico (idéntico al anterior) que está ubicado unos metros antes de llegar a calle Mendoza, uno descubre con gran sorpresa que son las 7.58.

 Seguramente, los espíritus cínicos que siempre se muestran renuentes a aceptar la irrupción de lo fantástico en sus ordenadas vidas cotidianas, argumentarán –con intachable lógica, habrá que reconocerlo- que se trata simplemente de una falla de sincronización entre los distintos relojes digitales instalados en la peatonal de Santa Fe. No voy a negar que la primera vez pensé lo mismo; al fin y al cabo, si uno sigue caminando un par de cuadras más hacia el sur, el próximo reloj con el que uno se topa, el que está ubicado cerca de Lisandro de la Torre, se encarga de marcar, impertérrito, las 8.13, como si el desatino de su hermano mellizo le resultara completamente ajeno. Pero sucede también que, desde entonces, cada vez que cumplo con este recorrido -y conste que, de lunes a viernes, lo hago prácticamente todas las mañanas- compruebo que el desajuste se mantiene inalterable, independientemente de la hora, el día o el mes en que uno pase por el lugar. Y como soy de esos espíritus lúdicos que siempre se muestran renuentes a aceptar la irrupción de las explicaciones cotidianas en el terreno de lo fantástico, tamaña persistencia me ha llevado a conjeturar que no se trata de un mero desperfecto técnico, sino que efectivamente todos los que circulamos de norte a sur por esa cuadra logramos el efímero prodigio de retroceder nueve minutos en el tiempo.

 Confieso, no obstante, que aún no he podido desentrañar cuál es el sentido de tan asombroso fenómeno. Las personas que llegan desde el norte dispuestas a cruzar Mendoza no se dan cuenta de que han rejuvenecido nueve minutos. Me pregunto entonces de qué sirve un viaje en el tiempo tan minúsculo que nadie es capaz de advertirlo. Por otra parte, ¿qué tan significativos pueden ser para alguien los nueve minutos previos a ese tránsito anodino por la cuadra de San Martín al 2300? ¿Qué terrible omisión podría ser salvada viviéndolos por segunda vez, qué tremendo desacierto podría enmendarse? ¿Qué amores vencidos podrían ser resucitados, qué decisiones existenciales podrían reverse?

 La imposibilidad de obtener respuestas satisfactorias autoriza a concluir que estos fugaces regresos constituyen una hazaña demasiado pobre, tan intrascendente como improductiva, una broma del universo. Y sin embargo, por más mínimos que sean estos retrocesos, cada vez que recorro los cien metros que van desde el Banco de Galicia al Gran Doria, experimento cierto vértigo. No por el retroceso en sí, que es tan minúsculo que no se nota, sino porque invariablemente me pongo a hacer cálculos y pienso que, si la ruta mantuviera ese parámetro de nueve minutos por cuadra, uno podría llegar a la Plaza de Mayo habiendo retrocedido el nada despreciable lapso de una hora y doce minutos. De ahí a enredarme en problemas matemáticos de regla de tres simple hay un solo paso: ¿cuántas cuadras más hacia el sur debería entonces caminar una persona para reencontrarse con su adolescencia perdida? ¿Y para regresar a aquel abrazo bajo aquella lluvia? ¿Y para retornar al punto fundacional desde el cual reedificar toda su vida?

 Se trata, por supuesto, de especulaciones vanas. Si lograra precisar con exactitud milimétrica el sector de la ciudad por donde pasa el meridiano que le da continuidad a esta falla cronológica, podría tal vez corroborar mis hipótesis y aspirar a proezas más notables. Día a día, con terca esperanza, emprendo mi marcha hacia el sur pensando que esta vez sí, que esta vez ocurrirá la maravilla. Sin embargo, con idéntica tenacidad, los números rojos del reloj que está situado cerca de Lisandro de la Torre me informan sistemáticamente, con insobornable rectitud, que son las 8.13, que el viaje ha concluido sin pena ni gloria, que estoy de vuelta en el presente.

 Cada tanto siento la tentación de recorrer la cuadra de San Martín al 2300 en sentido inverso para ver qué pasa. Aunque nunca he percibido alteración alguna en los rostros de quienes se cruzan conmigo a lo largo de esos cien metros, todo conduce a suponer que los transeúntes que lo hacen también viajan en el tiempo, pero hacia adelante. No puedo asegurarlo, pues jamás me animé a comprobarlo. Cuando tengo que caminar de sur a norte evito la peatonal, prefiero tomar por San Jerónimo o 25 de Mayo. Tal vez sea sólo un estúpido gesto de superstición, pero uno nunca sabe. La vida es demasiado corta como para, encima, andar robándole nueve minutos al futuro cada mañana.