La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







jueves, 5 de junio de 2008

Crónica nº 37: Internet y el cajón falso de la cocina (febrero 2008)

La cocina del departamento donde transcurrió mi infancia tenía una mesada de mármol, debajo de la cual había una estructura de madera compuesta por tres puertas y dos cajones. Tal falta de equivalencia numérica tenía su explicación: la tercera puerta quedaba justo debajo de la bacha, por lo que la hipotética presencia de un cajón entre ambas hubiese resultado inviable. Sin embargo, sea por estética o por neurótica compulsión hacia las simetrías, el encargado de diseñar la cocina había colocado en el lugar un cajón falso. Es decir, una apariencia de cajón allí donde en realidad no lo había. Uno observaba, sí, un rectángulo que tenía las mismas dimensiones de los otros dos que estaban a su izquierda, pintado con el mismo color verde loro y hasta con idéntica protuberancia esférica y rugosa en el centro, pero era sólo una fachada ilusoria.

Vaya a saber por qué peregrina razón, en algún momento de mi niñez pergeñé la fantasiosa teoría de que a aquel cajón sellado iban a parar todos los objetos que se nos perdían (sí, yo era un niño raro; solía tener pensamientos de esta naturaleza). Básicamente, especulaba con la idea de que allí estuviese guardada una pelota de plástico a rayas que el viento había alejado de mí años atrás llevándola irremediablemente hacia las aguas de la Laguna Setúbal.

Obviamente -¿hace falta aclararlo?- es imposible abrir un cajón que no existe, de modo que mis propósitos reivindicatorios jamás pudieron ser cumplidos.

***

Cuando yo tenía 10 u 11 años, se puso de moda una canción en inglés que se llamaba "Lady in blue" ("La dama de azul"). A mí me gustaba. No era mi favorita, pero me resultaba placentero escucharla. Me recuerdo claramente frente a la vidriera de una disquería de la peatonal, contemplando el afiche desde el cual un hombre rubio y sonriente promocionaba el disco. Recuerdo también que, vaya uno a saber por qué peregrina razón, en ese momento me pregunté si cuando yo creciera me seguiría gustando esa canción, si ese hombre rubio seguiría siendo famoso, y hasta me imaginé consultándole a mi hijo qué le parecía la música que yo escuchaba a su edad (sí, yo era un niño raro; solia tener pensamientos de esta naturaleza).

El incansable andar del tiempo hizo que me olvidara de la melodía y, cosa extraña en mí, hasta del nombre de aquel cantante que -¿hace falta aclararlo?- no quedó instalado en la memoria colectiva de los argentinos.

***
Nunca en los siete años que llevo como navegante del ciberespacio me llamó la atención el difundido hábito de bajar música de Internet. No sé, supongo que quedó martillando en mi cabeza el comentario de alguien que me advirtió sobre la extrema lentitud que puede implicar el proceso para quien -como en mi caso- carece de banda ancha (dato suficiente este de la lentitud para ahuyentar a un sujeto ansioso como yo). O tal vez, me ganó el prejuicio de suponer que la música a la que se podía tener acceso era la misma que uno puede escuchar en las radios, es decir, la que se pone de moda, la que responde a las leyes del mercado.
Hace unos meses, sin embargo, mi hijo me hizo una elocuente demostración práctica de todas las maravillas de jazz, blues y bossa que había conseguido almacenar en su computadora gracias a Internet, y mi visión del asunto cambió por completo. Es más, la revelación me impactó de tal modo que, al día siguiente, ya había descargado en mi propia PC el programa necesario, dispuesto a ponerme manos a la obra cuanto antes.
***
Soy un tipo que mira mucho hacia el pasado. Quizás por ser un individuo extremadamente memorioso, siento que cargo con él como si fuera una parte viva más de mi presente. Hasta diría incluso que soy posesivo con mi pasado. No colecciono objetos en forma indiscriminada (de hecho, destilo bastante indiferencia hacia la mayoría de ellos) pero tengo, sí, una marcada inclinación a conservar determinados testimonios que considero representativos de diferentes etapas de mi vida. Supongo que su tenencia me brinda una especie de seguridad simbólica, la impresión de que soy capaz de impedir que los días que voy viviendo se me escurran así nomás. Impresión, claro está -¿hace falta aclararlo?- que se hace añicos apenas uno se pone los anteojos cínicos de la racionalidad para ver las cosas de este mundo.
***
No soy ingenuo; me conozco demasiado. Sabía que no iba a ser fácil encauzar mis afanes de melómano virtual en un esquema preestablecido. Hubo, sí, un plan inicial de rastrillaje cibernético que cumplí con admirable prolijidad, y que me permitió completar sucesivamente un compilado de temas de la Bersuit, otro de Divididos y un tercero de Los Piojos. Sin embargo, tanto rigor no tardó en resquebrajarse y, previsiblemente, mis búsquedas terminaron adquiriendo muy pronto un errático matiz de arqueología musical.
Al principio tímida, casi pudorosamente; luego con insaciable voracidad, me lancé a rastrear canciones ligadas a los años '70, intentando bosquejar con ellas un impreciso mapa emocional de mi infancia. Mi exploración tuvo resultados altamente satisfactorios: reencontré la música de series entrañables -"Baretta", "Dos tipos audaces", "El hombre nuclear"-, volví a escuchar a Donna Summer cantando el tema de la película "Abismo", me conmoví otra vez con el italiano de "Albatros" que clama desesperado "¡Sandraaaaaaa, ti amooooo!" en el final de "Vuelo AZ 504", y compartí el lamento de Los Brincos porque "Eva María se fue / buscando el sol en la playa".
Una noche, vaya a saber por qué peregrina razón, me acordé de "Lady in blue". Me vino a la memoria el remoto episodio de la vidriera y sentí que estaba ante un desafío mayúsculo. ¿Sería posible hallarla? ¿Habría alguien en algún ignorado punto del planeta que tuviera justamente esa canción guardada en su computadora? Sin querer ilusionarme demasiado, escribí las palabras mágicas en el buscador y, para mi gran asombro, en cuestión de segundos no sólo apareció en la pantalla el título de la canción requerida, sino también el nombre olvidado de su intérprete: Joe Dolan. Me pareció estar rozando los límites de lo verosímil. Por supuesto, inicié la descarga de inmediato y, al cabo de unos minutos de exasperante espera, volví a escuchar, después de más de treinta años, aquella melodía pegadiza y la voz algo chillona que la entonaba.
Quedé fascinado. No con la canción en sí (que, como suele suceder en estos casos, ahora no me parece tan bonita), sino por el prodigio de haber podido rescatarla de la nada. Y aunque sé que todo retorno al pasado es fatalmente imperfecto e incompleto, aunque sé que los paraísos perdidos no se recuperan jamás, aunque bien sé que mi pelota de plastico a rayas se extravió para siempre en las aguas de la laguna, en ese momento sentí que, en cierta forma, yo acababa de abrir al fin aquel cajón falso de la cocina.
Y sí, soy un adulto raro; suelo tener pensamientos de esta naturaleza.

Crónica nº 36: La memoria en los dedos (febrero 2008)

"El cuerpo tiene más memoria que el cerebro".
(Philip Roth)

La única decisión que mi abuela paterna tomó respecto del destino final de sus pertenencias fue la de legarme el piano. Un piano vertical alemán sexagenario. El mismo con el que le había dado clases a cientos de niños santafesinos que pasaron por el Conservatorio Di Bernardo.en las décadas del '20 y del '30. El mismo en el que mi tía había estudiado metódicamente hasta obtener su título de profesora. El mismo en el que mi papá se las ingeniaba para sacar canciones usando solamente su dedo índice.
Para cuando mi abuela manifestó su voluntad respecto del piano, yo tenía veinte años y hacía rato que había dejado atrás mis precoces logros musicales. Tocaba de oído, con mucho entusiasmo pero escasa técnica. Sin embargo, aún con mis limitaciones a cuestas, a ella le gustaba que yo hiciera sonar el piano cuando iba a visitarla. No sé, supongo que, acostumbrada como estaba a vivir rodeada de música, le habrá parecido un pecado imperdonable que un instrumento permaneciera mudo.
Cuando mi abuela murió, el piano recaló en mi casa, tal cual ella lo había dispuesto. Desde entonces, sentarme a tocar en él se transformó en una costumbre casi cotidiana a la que dedicaba gustoso aunque más no fuera unos minutos. No hablo de estudiar, ni de practicar, ni de esforzarme por progresar. Hablo de tocar; simplemente tocar. Me resultaba casi terapéutico hacerlo. En esos momentos, mi mente lograba desembarazarse de las preocupaciones diarias y de las existenciales. La música interrumpía ese vicio mío de pensar demasiado y me concedía un espacio de paz interior que, fuera de esa circunstancia, se volvía inalcanzable.
Continué con tan saludable hábito por unos años, hasta que mis sucesivas mudanzas me fueron llevando a viviendas cuyas características edilicias tornaban poco recomendable incluir un piano en el mobiliario.
El 1º de enero pasado, después de los brindis de Año Nuevo en casa de mis padres, me dejé llevar por el impulso de levantar la tapa del "Rachals" y garabatear algunos sonidos en su entrañable mixtura de madera y marfil. No estaba tan desafinado como esperaba, pero algunas de sus teclas evidenciaban signos de una considerable disfonía. Me senté en el viejo taburete giratorio y me puse a tocar. Llevaba realmente mucho tiempo sin hacerlo, y cierta enojosa insistencia de mis dedos en desobedecer mis órdenes mentales se encargó de recordármelo con suma franqueza. Seguramente, el continuado de boleros y música de películas antiguas al que recurrí para darle el gusto al auditorio presente se escuchó esta vez un tanto deslucido, pero nadie de entre los oyentes me lo reprochó.
De pronto, en medio del concierto, mientras decidía qué tocar a continuación, mis manos se desentendieron de mi voluntad y se deslizaron por su cuenta hacia el dibujo de una melodía dulzona que al principio no logré identificar con precisión. Tardé varios segundos en reconocerla: era el valsecito que había compuesto para mi abuela y que solia tocar en aquellas visitas que le hacía. Me pareció asombroso, ya que, como mínimo, yo no había siquiera tarareado esa melodía en los últimos diez años. Y sin embargo, ahí andaban mis dedos, jugando caprichosos con aquella sucesión de notas que había permanecido sumergida en mi subconsciente durante tanto tiempo, demostrándome que eran capaces de recordarla sin mi ayuda.
Fue como abrir la compuerta de un dique. En cuestión de segundos, me vinieron a la cabeza numerosas escenas familiares en las que, invariablemente, el piano ocupaba el centro de la anécdota evocada. Pensé en mi otra abuela, la materna, que también tocaba, y eso me llevó a volcar mi repertorio hacia ciertos tangos y valses con los que ella acostumbraba satisfacer mis requerimientos infantiles: "Adiós muchachos", "Lágrtmas y sonrisas", "Santiago del Estero"...
Me puse contento. Acaso antojadizamente, sentí que estaba homenajeando a mis abuelos. Y no quisiera incurrir en sentimentalismos baratos, pero mientras tocaba imaginé que ellos andaban por ahí cerca, escuchando con alegría, aprobando reconfortados que su nieto los recordara de esa forma.
Algo cansado, interrumpí mi recital por unos minutos y pedí que me acercaran algo fresco para reponerme del calor. Mientras bebía, caí en la cuenta de algo en lo que nunca había reparado hasta ese momento, y es que mis dedos guardan una herencia familiar intangible pero invaluable, atesoran una historia poblada por remotos paisajes sonoros de los cuales provengo, y que han contribuído a hacer de mí lo que soy.
Tuve la certeza de que iba a escribir algo al respecto. Vislumbré un pantallazo general de lo que iba a ser el texto, y hasta supe cómo iba a titularlo. Hubiera podido permanecer suspendido en esa fantasía creadora durante un buen rato pero, apenas advertí que -una vez más- estaba pensando demasiado, detuve mi maquinaria mental de inmediato.
Mis abuelos me estaban pidiendo un bis, y no era justo hacerlos esperar. Así que me acomodé de nuevo frente al teclado y me puse a tocar "Gricel".

Crónica nº 35: ¿Y vos quién sos? (noviembre 2007)

"¿Y vos quién sos?". El azoramiento de algunos se despliega en la noche con absoluta franqueza. Otros, en cambio, tal vez para no herir la susceptibilidad de quien acaba de saludarlos tan efuslvamente, disimulan su perplejidad y postergan su exteriorización por un rato, hasta que pueden preguntarle en confianza a algún conocido: "Che, ¿y aquél quién es?". En uno u otro caso, cuando surge al fin la respuesta clarificadora, el apellido o el apodo que diluyen la incertidumbre, es el momento de la palmada en la propia frente, de las exclamaciones jubilosas, de las risotadas de recobrada complicidad. Pero es tanto el bullicio y tanto el movimiento, son tantos los exalumnos de distintas promociones que, al igual que nosotros, circulan y se encuentran, y se reconocen (o no) a medida que van llegando a la cena, que cuando uno se está acomodando a la respuesta recibida, enseguida florecen nuevos saludos, nuevos abrazos y, con ellos, más asombros, ya sea por desconocimiento transitorio del otro, o precisamente por la razón opuesta.

Reencontrarse con los compañeros de la secundaria después de veinticinco años constituye una experiencia que tiende a resultar conmocionante. Aún después de aclaradas las respectivas identidades, es difícil sustraerse a cierta impresión de irrealidad. La visión parece empeñarse en seguir desenfocada; cuesta tomar la imagen de esos tipos calvos, gordos, canosos o de lentes que uno tiene enfrente y ajustarla al recuerdo que uno guarda desde su adolescencia asociado a esos mismos apodos y apellidos.

"¿Y vos quién sos?". No es descabellada la pregunta, habiendo pasado tanto tiempo sin saber nada del otro. Pero es incontestable. A lo sumo, uno puede ensayar una apretada síntesis de datos que cree significativos, pero es imposible pasar de allí. Alguien habla de la hija que está por cumplir 15 años, alguien menciona que estuvo viviendo en el extranjero, alguien cuenta que su hijo también viene a este colegio, alguien nombra como al pasar su lugar de trabajo, y hay que conformarse con mirar desde la orilla esas existencias que ignoramos, imaginarlas a partir de esos pocos indicios, sabiendo de sobra que son insuficientes. Y es claro que esa estrechez obligada de nuestras biografías, ese laconismo de diccionario que estamos forzados a practicar nos aleja de lo que en verdad han sido y son nuestras vidas, pero ¿cómo resumir veinticinco años de otro modo? No hay alternativa; menos aún siendo tantas las voces que habría que escuchar, y el tiempo casi nulo con que contamos esta noche para concretar tamaña empresa.

La charla navega por canales serenos y amables: anécdotas risueñas de nuestro lejano pasado común, historias de profesores y preceptores, intercambio de información sobre el paradero de los compañeros que no vinieron. Nadie delatará aquí sus íntimos naufragios, ni trazará en público el mapa minucioso de sus felicidades cotidianas. No es ese, al fin y al cabo, el propósito de la reunión. La realidad, entonces, sólo se cuela en las conversaciones casi por descuido, entra en el festejo sólo a cuentagotas. De alguna manera, la cena funciona como una burbuja a prueba de desencantos. Por una noche, el transcurrir de la vida queda cancelado. Por una noche, estamos suspendidos en una especie de limbo temporal donde ya no somos exactamente los que éramos (y lo sabemos) pero tampoco quedan expuestos en detalle los contornos de nuestra versión actual. Por una noche, hacemos a un lado nuestras posibles diferencias y recostamos nuestra identidad sobre aquello que nos une -la pertenencia al colegio, el sabernos parte de la promoción '82- felices de haber sacado del placard un perfume existencial que hacía mucho no nos poníamos.

"¿Y vos quién sos?". Quizás nos hayamos perdido para siempre y ya no podamos reconocernos. No lograremos saberlo con certeza; al menos, no esta noche. Nos iremos de aquí siendo casi extraños. Pero lo haremos pensando tranquilizadoramente que todavía nos conocemos.

He allí la limitación fundamental de estos reencuentros.

He allí, tal vez, su atractivo principal.

Crónica nº 34: Muebles viejos (noviembre 2007)

Debo confesar que conozco poco y nada acerca de muebles antiguos. Ya de por sí, me resulta engorroso diferenciar con precisión un aparador, un baiut y un bargueño, de modo que mal podría entonces discernir estilos, apreciar la calidad intrínseca de tal o cual madera, o evaluar apropiadamente el estado de conservación de algún armario.

Lo antedicho puede tal vez llevar a pensar que estoy inhabilitado para disfrutar de una visita a un local comercial dedicado específicamente a la compraventa de muebles usados. Nada más erróneo. No es, por supuesto, mi pasatiempo favorito, pero tampoco implica un aburrimiento intolerable. Es sólo que, ante tamaña falta de ciencia mobiliaria, esos paseos despiertan en mí un interés bastante alejado de las razones puntuales que suelen llevar a la gente a esos lugares.

En este momento, por ejemplo, me encuentro recorriendo con Gabriela uno de esos negocios, un extenso salón al que hemos acudido sin mayores esperanzas en busca de alguna ganga irresistible. Y dado que no puedo, como ella, matizar nuestro andar con comentarios admirativos hacia la taracea de aquel ropero o el señorial gobelino de este juego de sillas, me dejo llevar por esa doble percepción sensorial vista-olfato que me conduce irremediable, melancólicamente hacia tiempos idos, hacia casas familiares que dejé de transitar hace mucho, mucho tiempo.

En uno de los tantos recovecos del laberíntico depósito, Gabriela descubre dos veladores con caireles, ubicados sobre sendas mesitas de luz. Me los señala, remarcando la delicadeza de su diseño. Los miro de cerca y compruebo que son iguales a los que mi mamá compró para su dormitorio cuando yo tenía siete años. Se lo comento y, casi sin pensarlo, agrego: "Mirá si fuesen los mismos".

Previsiblemente, en menos de un segundo mi irreflexiva afirmación se torna especulación literaria: ¿y si realmente fuesen los mismos veladores?

Me conozco lo suficiente como para saber que ya no podré sustraerme al juego. Las cosas que voy viendo adquieren entonces una dimensión casi fantasmagórica, como si presintiera que en cualquier momento, en algún punto incierto de nuestro trayecto, va a surgir ante mí un mueble ligado, en mayor o menor medida, a mi historia personal. ¿No será, acaso, aquel toilette, el mismo en el que mi abuela paterna colocaba sus potes de "Angel Face"? ¿No será aquella cómoda de herrajes dorados la misma bajo la cual pretendí, torpemente, ocultar el cuerpo del delito la vez que recorté mi flequillo para evitar que me llevaran a la peluquería? ¿Y no será aquélla la mesa cuadrada sobre la cual descubrí un tesoro compuesto por revistas de los años '60 que mi abuelo materno acumulaba en el garage sin justificativo aparente?

Sé que se trata de una hipótesis poco razonable, pero no es imposible. Y es justamente ese margen de probabilidades favorables lo que la vuelve inquietante. Toco algunos de esos muebles, paso mis dedos sobre su piel de madera buscando hallar tal vez una mínima vibración que confirme mis sospechas. ¿Y si los muebles tuvieran un alma? ¿Y si, al igual que los cachorros perdidos, tuvieran un instinto que les permite reconocer a sus antiguos dueños a pesar del tiempo transcurrido? ¿Y si en este preciso instante alguno de los cientos de muebles amontonados en este salón estuviese enviándome un mensaje imperioso, con la desesperación de quien quiere gritar y no tiene voz?

Llegamos al final del recorrido. La ganga irresistible, por supuesto, no ha aparecido. Saludamos a la dueña del depósito y volvemos a la calle sin que ningún acontecimiento extraordinario haya alterado el normal transcurrir de la mañana.

Sé que es absurdo, pero no puedo evitar que mi ánimo se vea enturbiado por cierto incómodo desasosiego, la culpa irreparable de quien no ha sido capaz de descifrar una señal de auxilio que sólo a él le estaba destinada.

Crónica nº 33: El almanaque me hace bromas (agosto 2007)

Habrá que comenzar esta crónica ilustrando a los lectores desprevenidos y contar que, durante buena parte de la década del '90, existió en la ciudad de Santa Fe un grupo musical llamado Paralelo 31. Será sin dudas apropiado informar también que la banda en cuestión llevaba adelante una propuesta difícil de encasillar, apostando a un repertorio compuesto esencialmente por temas propios, en el que convivían ritmos diversos sin prejuicios ni pudores. Convendrá aclarar asimismo que, a excepción de una histórica jornada en la que fue grupo telonero de León Gieco, Paralelo 31 nunca obtuvo los beneficios del éxito masivo.

Habrá que consignar, finalmente, que el tecladista de Paralelo 31 era yo.

A pesar de haber tenido algunas actuaciones pagas, nunca llegamos a ser profesionales. Éramos, básicamente, un grupo de amigos que se juntaba para sacarse el gusto de hacer un poco de música. Priorizábamos la calidez humana por sobre las virtudes técnicas o artísticas. Sonar maravillosamente bien no habría representado nada para nosotros, si el precio de tal logro hubiese sido llevarnos mal. Ensayábamos mucho más de lo que tocábamos en publico (de hecho, sólo dimos 22 recitales en 8 años), pero esta realidad adversa no lograba quitarnos el entusiasmo. Los ensayos eran instancias felices en las que dejábamos afuera las complicaciones cotidianas y nos dedicábamos a armar, desarmar y rearmar los temas del repertorio. Claro que también nos delirábamos, a veces, haciendo versiones caseras de canciones tan alejadas de nuestro estilo habitual como "Sultanes del ritmo" o alguna de los Beatles. Y, por supuesto, practicábamos ese inigualable juego colectivo de ponernos a improvisar, construyendo sobre el aire efímeros diálogos musicales que, por lo general, se desvanecían para siempre apenas sonaba la última nota, pues rara vez nos tomábamos el trabajo de dejarlos registrados.

Eran épocas de frecuentes reuniones festivas, aquellas. Épocas de asados cuyas sobremesas se prolongaban durante horas y solían concluir en interpretaciones levemente alcoholizadas de "Seminare", "Buscando guayaba" o "Menta y limón", mientras nuestros hijos, después de haber correteado entre cables e instrumentos hasta quedar agotados, terminaban dormidos sobre un sofá o sobre los sufridos regazos de sus madres.

Es imposible no evocar aquellos tiempos en esta fría noche de agosto. Sucede que, después de ocho años y medio sin hacerlo, Paralelo 31 ha vuelto a juntarse para actuar en público. No hay, por supuesto, millonarios auspiciantes sosteniendo el retorno, ni tampoco contratos fabulosos con algún sello discográfico para grabar en vivo un testimonio del regreso. Nos ha reunido la excusa de participar en la Peña con la que decidí festejar el quinto aniversario de "El Regalador". Los gustos, suele decirse, hay que dárselos en vida.
Ahí andan, entonces, el Guille, Mario, Silvio, Fernando, Javier, recobrando -cada uno a su manera- un fragmento significativo de aquel pasado común. Algunos con más kilos encima, otros con más canas, pero todos exhibiendo idéntica alegría ante la demorada reincidencia.

Hay algo hermoso y profundo flotando en el ambiente. No sé bien cómo definirlo. Es una conjunción ambigua de felicidad y extrañeza. En una primera instancia, atino a especular con una posible sobredosis de nostalgia, pero lo descarto de inmediato. La nostalgia es mentirosa, siempre viene a uno vestida con apariencia seductora, pero basta que se le corra un poco el maquillaje para que su mueca de tristeza irrevocable quede al descubierto. Y aquí, en cambio. estamos en medio de una verdadera celebración que excluye toda angustia. Tal vez porque no es el pasado lo que estamos celebrando, sino el presente.

Ahí andan, también, nuestros hijos, irremediablemente crecidos, exhibiendo sus propios talentos musicales. En este momento, por ejemplo, Aldo, Juan Andrés y Solano, en improvisado trío de saxo, piano y batería, se han dedicado a satisfacer el eufórico pedido de Silvio: "¡funky a rabiar!". Y si hace unas horas fue conmovedor escuchar cantar por primera vez a Juan Diego, y si resultó simpático tenerlo a Jerónimo con sus ocho años pegándole a la batería en uno de nuestros temas, verlos a ellos tres haciendo música juntos, impresiona. No son amigos entre sí, se ven sólo muy de vez en cuando y, sin embargo, ahí están, disfrutando del mismo rito compartido del que solíamos gozar sus padres. Y aunque es inevitable sentir que algo bueno debemos haber hecho para estar recibiendo tamaño regalo, la satisfacción paterna tampoco alcanza para explicar lo que está sucediendo.

Debe ser por el cansancio, pienso. O tal vez por el vino que estoy tomando casi sin haber comido. Lo cierto es que son las cuatro de la mañana, la peña está terminando y no encuentro las palabras que precisen el fenómeno con justeza. Intuyo que excede lo puramente emocional, pero no puedo apresar su esencia. De algún modo, confusamente, sé que tiene que ver con el tiempo. O, mejor dicho, con ciertas percepciones paradojales del tiempo, con esta sensación vertiginosa de que hay dos realidades cronológicas distintas coexistiendo en un mismo punto. Es como si todos los que estamos aquí reunidos esta noche hubiésemos sido imperceptiblemente atraídos hacia un atajo prodigioso que conecta y superpone el pasado con el presente hasta disolverlos en una sola escena. "¡Aguante Paralelo 31 Junior!", grita alguien, y yo siento que, como decía aquella vieja canción del grupo Posdata, el almanaque me hace bromas.

Afuera se ha puesto a llover. Pero el afuera queda tan lejos esta madrugada, que a nadie le importa saber que a la salida nos vamos a mojar. Estamos contentos. Todos. Y se nota. Decididamente, hay algo hermoso y profundo flotando en el ambiente. Es cierto, no sé bien cómo explicarlo, pero poco interesan ahora mis tropiezos conceptuales. Lo que cuenta es esta alegría serena y unánime que nos abraza. Lo que cuenta es esta necesidad de eternizarla de algún modo, aunque sólo sea con palabras.

miércoles, 4 de junio de 2008

Crónica nº 32: Recordando a Michel Serrault (agosto 2007)

En esta semana de duelo para los cinéfilos, en la que fallecieron dos directores de culto como Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni, se produjo también otra muerte ligada al ambiente cinematográfico que, quizás por su cercanía temporal con las otras dos, no tuvo idéntica repercusión mediática: la de Michel Serrault.

No soy crítico de cine, de modo que no me propongo mensurar aquí las cualidades tecnicas de este prestigioso actor francés, ni tampoco evaluar los méritos artísticos de las películas en las que intervino. Escribo estas líneas sólo como espectador, dejándome llevar por el impulso de evocar la profunda impresión que dejó en mí la primera y definitiva vez que lo vi actuar.

Debo remontarme para ello a 1984, a una noche calurosa de noviembre en la que fui al cine con el propósito primordial de reencontrar en la pantalla a la bellísima Isabelle Adjani, actriz cuya potencia expresiva y sugerente hermosura constituían para mí, en aquel entonces, un descubrimiento reciente que me había cautivado por completo. Era sábado, y en el Chaplin daban "Una mujer inquietante", título levemente ramplón con que se conoció en la Argentina a "Mortelle randonnée", oscuro, negrísimo drama policial dirigido por Claude Miller. Es curioso; si tuviera que improvisar una lista con mis películas favoritas, probablemente ésta no aparecería en los primeros lugares. Pero así como hay libros que permanecen en nuestro recuerdo a causa de una sola de sus páginas, también hay películas en las que un puñado de escenas, un clima, un diálogo o un personaje son suficiente razón para concederles un lugar especial en nuestra memoria. En mi caso, "Una mujer inquietante" es una de ellas.

Michel Serrault encarna allí a Beauvoir, un detective apodado "El Ojo" que, a pesar de los años transcurridos, anda por la vida sin haber podido reponerse de la desaparición de su pequeña hija. Isabelle Adjani compone a Catherine, una asesina del tipo "viuda negra" cuyos crímenes parecen más ligados al intento de llenar su vacío afectivo que al placer de alzarse con fortunas ajenas. Beauvoir se lanza tras los pasos de Catherine y la película muestra las alternativas de esa persecución. Sin embargo, no es el suspenso propio de los thrillers lo que resulta fascinante, sino la tensión que se establece entre ambos personajes. Porque el detective empieza a desarrollar la ¿infundada? sospecha de que esa joven tan peligrosa como escurridiza es su hija perdida. La sospecha deviene esperanza y luego, obsesión. Beauvoir queda así enfrentado al dilema moral y emocional de optar entre cumplir con su deber de capturar a la asesina y su deseo acaso irracional de protegerla. La trama policial pasa a ser apenas una excusa, el marco necesario para mostrar la historia terrible de dos seres desamparados que a duras penas pueden consigo mismos. Beauvoir necesita imperiosamente a su hija; Catherine busca a ciegas el cariño del padre ausente.

Imposible permanecer indiferente ante tanta desolación, menos aún si uno carga -como yo en aquellos días- con una irresistible atracción hacia los personajes atormentados. En la pantalla se juega un ajedrez profundo y apasionante, merced a un notable duelo actoral que atrapa, conmueve y lastima. Y yo estoy ahí, en la penumbra de la butaca, contemplándolo hechizado, mientras mis 19 años se enamoran definitivamente de Isabelle Adjani y tienden puentes de infinita compasión hacia ese hombre desesperado que está a punto de desbarrancarse en la locura.

La película termina con una voz en off que pronuncia una frase demoledora (tal vez la mejor frase final de todas las películas que he visto en mi vida), una metáfora cuya terrible belleza no sólo gobernó mis pensamientos esa noche durante la solitaria caminata de regreso hacia mi casa, sino que aún hoy, más de dos décadas después, mantiene su capacidad de conmocionarme cada vez que pienso en ella.

Michel Serrault participó en 135 películas a lo largo de su extensa trayectoria. El beneplácito de la crítica lo rescatará tal vez por títulos como "Ciudadano bajo vigilancia" o "El placer de estar contigo". El gran público lo recordará seguramente por su divertida actuación en "La jaula de las locas". A mí, en cambio, la sola mención de su nombre habrá de remitirme, inevitablemente, a aquel detective atribulado que me emocionó en el cine Chaplin.

Gracias por esa noche y hasta siempre, monsieur Serrault.

Crónica nº 31: Acerca de una carta a Fontanarrosa que jamás será escrita (julio 2007)

(En agosto de 2001, Fontanarrosa vino a Santa Fe, a presentar en la Feria del Libro la antología "Cuentos de fútbol argentino". Haciendo uso de esa veta cholula y caradura que me caracteriza muy de tanto en tanto (cuando me parece que la situación lo amerita), me uní al malón que lo rodeaba, lo saludé, le extendí una hoja para que me dibujara un Mendieta autografiado, y aproveché la ocasión para endilgarle una fotocopia de un cuento mío de fútbol ("Penal"), con la esperanza de que lo leyera. Una semana después, para mi gran asombro y alegría, me llegó desde Rosario una nota suya en la que me daba su impresión sobre mi cuento. Valoré tanto ese gesto, que decidí escribirle para agradecérselo, y salió esta carta muy poco convencional que hoy quiero compartir con ustedes, en homenaje a quien seguramente debe ser el tipo que más carcajadas me regaló en la vida).

Santa Fe, agosto de 2001.-
Acerca de una carta a Fontanarrosa que jamás será escrita
(Desgrabación parcial de mi última sesión con el analista)
(...)
-Pero mire usted qué interesante. Así que ahora el problema que no lo deja dormir es una carta.

-Y bueno, doctor, qué se le va a hacer. Para mí no es nada fácil esto; tengo que escribirle a Fontanarrosa y no sé bien qué ponerle.

-Siempre es difícil hallar las palabras necesarias para dirigirse a una mujer. Por lo pronto, me parece que usted debería dejar de imponer en el trato esa distancia tan horrible. Parece un empleado del IAPOS llamando a la gente: "Fontana, Rosa", "Pérez, Roque".

-¿Una mujer? No, doctor, no es una mujer. Fontanarrosa es un apellido. Al que tengo que escribirle es al dibujante, al humorista, al escritor. Al "Negro" Fontanarrosa. ¿Lo conoce?

-Sí, sí, cómo no. Yo siempre leo la página de chistes del Clarín. Me encanta el Loco Chávez y mucho más el Mago FaFa. Pero bueno, en fin, acá estamos para que usted me cuente su problema. Lo escucho.

-Le explico. Resulta que la semana pasada, Fontanarrosa estuvo en la Feria del Libro y yo tuve la ocurrencia de darle un cuento mío para que lo leyera. Yo pensé: "en una de ésas le gusta y me escribe". Pues bien, el otro día anduve por el Correo, y encontré dos cartas en mi casilla. Agarré la que estaba arriba y casi me muero. Me bastó la primera ojeada para reconocer esa "F" de inmediato. Le juro que me quedé sin aliento.

-La "F" de Fontanarrosa, obviamente.

-No, la "F" de "Financiera". Yo sabía que en cualquier momento me iban a intimar. Hace tres meses que no pago el crédito.

-Bueno, pero la otra carta era de él, ¿no?

-Sí, sí, claro. ¿Se da cuenta? No sólo le gustó mi cuento, sino que encima tuvo la gentileza de hacérmelo saber. Es una hermosa actitud. Por eso, me pareció que tenía que hacer algo para retribuir aunque sea mínimamente su gesto. Así que le escribí una carta extensísima, muy sentida, pletórica de gratitud.

-Me parece muy justo y muy sano.

-El problema es que cuando la terminé, me puse a releerla y me pareció que limitarse a decir "gracias" ante un gesto como el que tuvo es incurrir en una cortedad imperdonable. Esa palabra no abarca todo lo que quiero expresarle.

-¿Y qué hizo con la carta?

-La rompí.

-¿Cómo que la rompió?

-Y sí, la rompí. Pero le escribí otra.

-Ah, bueno. ¿Y sobre qué le escribió esta vez?

-Le dije que yo admiro profundamente a las personas con talento y a las personas con inteligencia. Le dije que cuando esas dos cualidades se dan juntas en una misma persona, la admiro todavía mucho más. Y le dije que si además van de la mano con el humor, entonces siento una admiración al cubo. Ante un Dolina, un Quino, un Les Luthiers, un Woody Allen, no puedo menos que sacarme el sombrero.

-Claro, y me imagino que a Fontanarrosa lo habrá incluido en esa lista.

-¡Por supuesto! ¡Usted no sabe la cantidad de carcajadas que me ha provocado este hombre! Nunca he podido entender cómo hace para que no se le agote la creatividad.

-Hace bien en no reprimir sus sentimientos.

-Exacto. Me gasté en elogios. Cuatrocientos treinta y siete adjetivos connotativos, tenía la carta. Qué digo carta; eso no era una carta. Era un encomio, una loa, un panegírico.

-Dios mío, desde que descubrió en la computadora el diccionario de sinónimos está insufrible. ¿Y qué hizo al final con su carta?

-La rompí.

-¿Cómo que la rompió?

-Y sí, la rompí.

-¿Por qué no la mandó?

-¿Está loco? ¡A ver si todavía Fontanarrosa piensa que soy un cholulo obsecuente! Debe estar podrido de los pesados que le dicen "genio", "ídolo", "maestro".

-¿Le parece? Mire que a los artistas les encanta que los halaguen.

-Sí, pero hay que hacerlo con cierto sentido de la ubicación. Y sobre todo con originalidad. Si uno va a robarle parte de su valioso tiempo a un artista, que por lo menos implique un esfuerzo creativo.

-Ajá. ¿Entonces?

-Y...se me ocurrió homenajearlo de un modo más sutil y simpático.

-¿Cuál?

-Mandándole mi agradecimiento con un dibujito humorístico.

-Así que un dibujito humorístico a Fontanarrosa. Pero mire usted qué apropiado. ¿Por qué no le manda una canción a Serrat, ya que estamos?

-No se burle, doctor.

-Es que ya se lo he explicado una docena de veces. Eso se llama "neurosis de fracaso". El sujeto vive buscando metas inalcanzables sólo para sentirse frustrado. ¿Se acuerda de cuando quiso seducir a Martina Navratilova?

-No sea injusto. Yo soy muy consciente de mis limitaciones. Sé perfectamente que el mayor aporte al arte que puedo hacer con un lápiz en la mano es prestárselo a un dibujante. Esto buscaba ser simplemente un acto simbólico.

-¿Y qué dibujó?

-Lo pensé bastante, pero finalmente me decidí por un Mendieta.

-Amarrete. Seguro que lo eligió porque lleva menos tinta que dibujar a la Eulogia.

-No me cargue, doctor. Usted no sabe lo que me costó. Me pasé seis horas trabajando. Rompí catorce hojas canson, y seis plumines. Gasté un frasco entero de tinta china y arruiné dos manteles. Cuando lo terminé, fui corriendo entusiasmado a mostrárselo a mi señora y me dijo: "¡Ay, qué lindo! ¡Te salió igualito, Rin Tin Tin!". Se imaginará mi frustración.

-Quizás su esposa sufre de "síndrome de distorsión canina", una derivación de la paranoia que produce en el sujeto notables confusiones en la percepción de estos animales. Pero no se preocupe; hay casos peores. Yo tenía un paciente que invariablemente confundía las camisetas de los equipos de fútbol.

-Pero eso no parece tan grave

-No se vaya a creer. El año pasado se fue de vacaciones a Río, quiso congraciarse con unos muchachones que jugaban un picado en la playa y, viendo los colores de los gorros que llevaban puestos, les gritó "¡Pra frente Vasco Da Gama!"

-¿Y qué pasó?

-Eran del Flamengo. Una lástima; lo cargaron en el bondinho que sube al Pan de Açucar y lo arrojaron a la Bahía de Guanabara. Pero bueno, ¿en qué estábamos?

-Estábamos en que rompí el dibujo.

-Ah, sí. ¿Y qué hizo entonces?

-Decidí intentar una nueva carta, pero esta vez fui mechando, entre frase y frase, referencias puntuales a la obra de Fontanarrosa. Como guiños de complicidad, ¿entiende?

-No, no entiendo.

-Claro, yo le escribí para agradecerle, y testimoniarle mi admiración, etc., etc., pero cada dos renglones le iba metiendo bocadillos tipo "mal pero acostumbrao", o "ahijuna con la lobuna". Le hablé de "El Cairo", le mencioné como al pasar a Boogie, a Jota Jota Serenelli. Como para que el tipo se dé cuenta de que uno ha seguido su trayectoria, ¿vio?

-No está nada mal. ¿La terminó?

-Sí, la terminé. Dieciséis carillas. Con noventa y tres citas textuales, notas al pie, índice, posfacio y bibliografía consultada. Una joyita.

-Tengo miedo de preguntar qué hizo con su joyita.

-La rompí, doctor.

-Me lo imaginaba. Seré curioso, ¿por qué la rompió esta vez?

-Porque es un recurso de lo más bajo, doctor. Demagogia barata. Cholulismo sofisticado.

-Pero si no me equivoco su intención es lograr que este hombre se sienta bien al leer su carta, ¿verdad? Entonces es válido que le hable de cosas que para él sean importantes afectivamente.

-Justamente, ése fue el leit-motiv de mi quinto intento. Le escribí una carta con un lenguaje futbolero, plagado de referencias a Rosario Central. La idea era crear un texto emotivo, conmovedor. Entonces le tiré como al pasar formaciones del pasado, le mencioné a Landucci, a Mesiano, a Bóveda, a Gramajo. ¡A Aldo Pedro Poy! ¿Se imagina? El tipo lee ese nombre y se le pianta un lagrimón. Hasta le conté que la primera revista "El Gráfico" que me compró mi viejo (año '70) lo traía a Poy en la tapa.

-Mi notable perspicacia me indica que también rompió esa carta.

-Por supuesto, doctor. Era un recurso todavía más bajo que el anterior. El tipo iba a pensar que me estaba haciendo pasar por hincha de Central para caerle simpático.

-Eso es altamente improbable. Cualquier aficionado al fútbol que lea un cuento suyo se da cuenta de que esa melancolía que campea en sus relatos sólo puede haberse desarrollado siendo hincha de Colón.

-Será como usted dice, doctor, pero lo cierto es que estoy desorientado. ¿Qué hago, entonces? ¿Qué le escribo?

-Lo siento mucho, pero se terminó su hora. Lo espero el próximo jueves.
-No me deje así, doctor, déme un consejo.

-Mire, qué quiere que le diga; ya me tiene podrido con esta cuestión. Acabemos de una vez con "la gansada". Para mí, Fontanarrosa "ha vivido equivocado". Le digo más, yo lo prefiero a Sendra. "No sé si he sido claro".