La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







jueves, 12 de febrero de 2009

Crónica nº 47: Buenas salenas cronopio cronopio (febrero 2009)

Estaba anocheciendo, aquel sábado de febrero. Yo acababa de volver de la cancha, contento porque Colón había ganado, cuando la radio interrumpió de pronto su transmisión deportiva para dar paso a un flash de la División Noticias. Ahí me enteré. "Falleció hoy en París, a la edad de 69 años, el escritor argentino Julio Cortázar", dijo la voz. Eso fue todo. Después, la radio siguió adelante con su previsible rutina de reportajes de vestuario y repetición de goles: Yo, ansioso por sacarme de encima el calor acumulado en la tribuna, me metí en la ducha y no pensé demasiado en el asunto. Eso fue todo, sí. Aquella tarde no supe que Cortázar me había hecho un favor enorme muriéndose antes de que llegara a conocerlo. No supe que su involuntario gesto, tan oportuno, me había evitado la tristeza.

En esos dias, yo andaba poseído por la infinita sed lectora que sólo se puede sentir a los 18 años, pero aún no tenía plena conciencia de lo que significaba la figura de Cortázar, ni de su dimensión gigantesca en el marco de la literatura latinoamericana. A decir verdad, antes de aquella tarde de febrero, sólo registraba en mi memoria dos episodios concretos vinculados a su nombre. Uno era la lectura escolar -en séptimo grado y "Compendio del Alumno" mediante- de un fragmento de "Los venenos", cuyo efecto más perdurable había consistido en revelarme la existencia de la palabra "tilbury". El otro, ya en tiempos de la secundaria, era el comentario tendencioso de un profesor de Formación Cívica que lo había involucrado en esa supuesta "campaña antiargentina en el exterior" que los militares del Proceso enarbolaban por entonces con patriótica paranoia. Fuera de eso, nada. Sabía, sí, que estaba radicado en Francia y que su libro más famoso se llamaba "Rayuela", pero no mucho más.

Fue justamente la catarata de homenajes periodísticos póstumos desatada por su muerte lo que me permitió el primer acercamiento a su vida y a su obra. Poco tiempo después, con la lectura de sus libros, llegaron la admiración, el asombro, la sana envidia, el cariño. Llegó el disfrute inigualable de sus cuentos magistrales. Llegaron el nudo en la garganta al terminar "La autopista del sur", y los ojos humedecidos al final de "Una flor amarilla". Y mi enamoramiento hacia un París ya inexistente que me hacía fantasear con la posibilidad de vivir en una buhardilla cercana al Sena, dedicado solamente a escribir. Y el increíble descubrimiento de que, sólo quince años atrás, una generación entera de jovencitas argentinas había soñado con ser la Maga. Y llegó también la necesidad casi compulsiva de devorar entrevistas para conocer qué pensaba, qué sentía, cómo trabajaba ese grandulón con cara de nene que amaba el jazz y el boxeo. Y las épicas búsquedas de naturaleza casi arqueológica en librerías de Buenos Aires, en pos de tesoros improbables como "Deshoras" u "Octaedro" (por aquel entonces, inhallables). Y la gloriosa felicidad de ese mediodía en que, mientras el cielo se derrumbaba sobre Santa Fe en forma de diluvio bíblico, caminé por la peatonal con un ejemplar de "Los premios" recién comprado bajo el brazo, saboreando por anticipado su inminente lectura en la siesta lluviosa. Y llegó aquel casete que traía su voz grave, y ese estremecimiento que provocaba escucharlo pronunciar "Rocamadour, bebé Rocamadour" con la erre afrancesada. Y la foto inmortal de Sara Facio, el retrato inoxidable del mayor de los cronopios. Y la alegría, claro, la inmensa alegría de haberme cruzado en el camino con ese niño grande fascinado por las palabras que, riéndose de la solemnidad ajena, se dedicó a abrir puertas para ir a jugar, y las encontró.

No tiene sentido, me parece, veinticinco años después, incurrir en la melancolía y experimentar con retroactividad el duelo que no viví. Tampoco me interesan demasiado ya los sesudos análisis académicos acerca de sus aportes técnicos y teóricos a la narrativa contemporánea. Prefiero apoyarme en mi perspectiva de lector y recordarlo con la gratitud que sólo puede despertar quien nos ha obsequiado el placer de páginas inolvidables. El mejor homenaje que se le puede rendir, creo, es seguir leyéndolo. Y, por supuesto, continuar siendo unos cronopios irredimibles, eternamente extranjeros en este mundo armado tan pero tan a la medida de los famas.

miércoles, 14 de enero de 2009

Crónica nº 46: En busca de África (enero 2009)

Mika tiene 6 años; su novia Anna-Lenna, 7. Ambos viven en Langenhagen, una pequeña localidad alemana situada al norte de Hannover. El pasado 1º de enero decidieron fugarse de sus casas con un objetivo muy preciso: viajar a África, casarse y pasar sus días en un clima más benévolo que el frío invierno europeo. Convencieron a la hermanita de Anna-Lenna (que tiene 5 años) para que huyera con ellos y fuese testigo de la boda. Previsores, armaron una pequeña valija en la que cargaron anteojos de sol, trajes de baño y algo de comida ligera. Caminaron un kilómetro hasta la parada más cercana, se subieron a un tranvía y recorrieron unos tres kilómetros más, hasta llegar a la Estación Central de Ferrocarriles de Hannover. Una vez allí, quisieron abordar un transporte que los llevaría al aeropuerto, pero los movimientos del trío llamaron la atención de dos policías. La aventura terminó cuando éstos, hechas las averiguaciones del caso, tomaron a su cargo la penosa misión de informar a los jóvenes viajeros que, sin dinero ni pasajes, es imposible llegar a África.

La anécdota, deliciosa como pocas, dio la vuelta al mundo la semana pasada. Prácticamente, no hubo periódico o noticiero que no le dedicara un espacio. El hechizo irresisitible de su candor apabullante generó sonrisas en las más diversas latitudes y permitió compensar, en parte, tantas deprimentes novedades sobre guerras, masacres y accidentes fatales.

Puestos a bosquejar interpretaciones sobre el asunto, una mirada exitista podría llevarnos a pensar que, al fin y al cabo, el simpático episodio no es más que la crónica de un rotundo fracaso, ya que la fuga quedó trunca y los niños no consiguieron cumplir su cometido. Del mismo modo, una mirada cínica podría llevarnos a especular que el precoz romanticismo de Mika y Anna-Lenna, así como también su espíritu aventurero se irán desvaneciendo a medida que vayan aproximándose a la adultez y la vida los obligue a poner los pies sobre la tierra. Ninguna de estas dos visiones, habrá que reconocerlo, carece de sustento o razonabilidad. Hay, sin embargo, otra lectura posible de los hechos, una mirada que, si bien no excluye la idea de fracaso, al menos redime a la frustrada huída de esa impresión de derrota que parece desteñir sus cálidos colores. Porque, si es cierto que los niños no pudieron alcanzar el destino deseado, no menos cierto es que fue precisamente su intento por alcanzarlo lo que les permitió llegar hasta donde llegaron. Lo cual, teniendo en cuenta su corta edad y la escasez de medios con que contaban, no es poca hazaña.

Vistas así las cosas, su travesura nos involucra a todos, pues se transforma en una tierna, tiernísima metáfora acerca de la condición humana y sus anhelos. Anhelos que muchas veces -o acaso siempre- resultan lo suficientemente ingenuos o desproporcionados como para despertar la compasión de los dioses. Poco importa si el sueño consiste en filmar una película, instalar un bar en la playa o salvar al mundo. La experiencia indica que casi ninguno de nosotros podrá llegar jamás a sus íntimas y personales Áfricas. Salvo afortunadas excepciones, inevitablemente alguien se encargará de detenernos en la estación de trenes e interrumpirá nuestra alegría recordándonos -casi nunca con amabilidad- que no tenemos el pasaje requerido.

Y sin embargo, lejana y cautivante, África sigue existiendo, oculta detrás de nuestro agrisado horizonte cotidiano. Y lo sabemos. Y, contra todo pronóstico y lógica, nos seguimos moviendo con la intención de acercarnos un poco. Obstinadamente, continuamos modelando nuestra travesía. Tal vez en forma oblicua o contradictoria, e incluso sin darnos cuenta, pero es lo que hacemos.

Puede que, buscando llegar a África, sólo consigamos llegar a Hannover. Pero ¿quién habrá de quitarnos lo viajado?

martes, 6 de enero de 2009

Crónica nº 45: Primera persona del singular (noviembre 2008)

"Yo", digo, mientras por reflejo me señalo el pecho con los dedos.

"Yo", te digo, y pretendo que esa escueta afirmación monosilábica alcance para que entiendas de qué estoy hablando.

"Yo", pronuncio, y al hacerlo no revelo casi nada de lo que intento nombrar.

Porque "yo" soy mi abuela que se dejaba ganar a las damas y mi abuelo que me sacaba a pasear en su jeep.

"Yo" soy aquel horizonte hacia el cual corrí ingenuamente para llegar adonde estaba el sol.

"Yo" soy "Los tres chiflados" a las diez de la mañana y "La Pantera Rosa" a las ocho y media de la noche.

"Yo" soy las partituras amarillentas que mis dedos flacos tocaron en el piano.

"Yo" soy las historietas que leí de panza al suelo comiendo galletitas con dulce de leche.

"Yo" soy ese universo paralelo que inventé para refugiarme.

"Yo" soy esa pelota pateada hasta el cansancio con una felicidad tan pura como jamás volví a sentir.

"Yo" soy la timidez irreductible de mi adolescencia.

"Yo" soy los sucesivos pares de anteojos que han decorado mi cara.

"Yo" soy la fascinación incomparable que me obsequiaron ciertos libros.

"Yo" soy los cien mil minutos de fútbol que llevo mirados.

"Yo" soy las ideas de otros que alumbraron mis búsquedas a tientas.

"Yo" soy todos los lugares por donde paseé mis ojos asombrados.

"Yo" soy mi ternura inagotable y mi agotadora ambivalencia.

"Yo" soy mis ideales más nobles y mis más indecentes fantasías.

"Yo" soy los textos por los que me han aplaudido y las palabras que nunca me atreví a pronunciar.

"Yo" soy la gente que me quiere y esta tendencia vocacional a la soledad.

"Yo" soy las mujeres que he abrazado y las que jamás me animé a besar.

"Yo" soy mi golosa inclinación al chocolate y la melancolía.

"Yo" soy esa perpetua sensación de extrañeza que me genera habitar este planeta.

"Yo" soy mi singular forma de interpretar el mundo y mi irónica manera de contárselo a los otros.

"Yo" soy el caos que percibo en el universo y esta ilusión de darle un orden poniéndolo en palabras.

"Yo", decís, mientras por reflejo te señalás el pecho con los dedos.

"Yo", me decís, y pretendés que esa escueta afirmación monosilábica alcance para que entienda de qué estás hablando.

jueves, 16 de octubre de 2008

Crónica nº 44: Canción urgente para Wall Street (octubre 2008)

Si no fuera por todos los crímenes que, en nombre de la economía de mercado, se han perpetrado en los últimos treinta y tantos años. Si no fuera por los golpes de Estado que, con la anuencia estadounidense, se urdieron para permitir la implantación del neoliberalismo en toda América Latina. Si no fuera por los dictadores que lo defendieron a sangre y fuego creyendo, como siempre, que estaban defendiendo otra cosa. Si no fuera por todos aquellos que perdieron su libertad o su vida por oponerse a sus postulados. Si no fuera por los millones de personas que la religión de la libre empresa dejó en la calle sin que a sus cultores los acose el menor remordimiento. Si no fuera por la multitud de pobres que estas políticas regaron sobre el continente con implacable eficacia. Si no fuera por todo eso, el sólo hecho de leer hoy, en las primeras planas de los diarios, que Estados Unidos ha concretado la nacionalización de nueve bancos sería motivo suficiente para inaugurar una carcajada gigantesca, desbordante de sarcasmo. Si no fuera por todo eso, la posibilidad de ver cómo a los gurúes de la economía de mercado les estalla la bomba en el living de sus casas sería una excelente excusa para alzar la copa y brindar.

Pero no, no se puede reír ni festejar. Lo impide no sólo aquello que ya pasó, sino también lo que va a ocurrir. Porque, se sabe, a las crisis las terminan pagando los que menos hicieron por provocarlas. Y esta no tiene por qué ser la excepción. A este derrumbe financiero mundial lo van a pagar los ciudadanos comunes que perderán su empleo, su vivienda, sus ahorros, su futuro, su salud.

Raymond Aron escribió algo así como que es muy difícil que una verdad sea aceptada hasta que no estalla delante de los ojos de los incrédulos y no queda más remedio que afrontarla. ¿Qué dirán ahora los que, con inédita soberbia, propugnaron que había llegado "el fin de la Historia"? ¿Qué dirán los fundamentalistas del achicamiento del Estado, ahora que tienen que salir corriendo para que éste los ampare? ¿Qué dirán los expertos que venían a exigir la aplicación de recetas infalibles (y los gobernantes de turno que gustosamente aceptaron aplicarlas) ahora que esas recetas fracasaron en el Primer Mundo? ¿Qué pensarán los que acostumbraban invadir países que olían a izquierda, ahora que ellos mismos se ven forzados a adoptar una medida propia de un gobierno socialista?

A decir verdad, no sabemos si estamos asistiendo al final de un imperio o no. No sabemos si el capitalismo en su versión más salvaje ha quedado herido de gravedad o no. Y aunque pudiéramos darle respuesta afirmativa a ambas preguntas, tampoco sabemos si lo que venga en su reemplazo será mejor o no. En cualquiera de los casos, se trata de cuestiones en las que, seguramente, no tendremos incidencia alguna (aunque esas cuestiones sí la tengan -y mucha- sobre nosotros). Sin embargo, ahora que el tsunami financiero ha dejado sin discurso a tantos economistas y políticos, convendría recordar que los esquemas neoliberales que rigen nuestra economía tienen también su correlato cultural en la vida privada, que sus consignas, fielmente reproducidas en cada pliegue de las sociedades occidentales, se hallan enquistadas de tal forma en nuestra vida cotidiana, que la atraviesan en cada una de sus capas como si ello respondiera a un orden natural. Convendría recordar que tampoco estos supuestos dogmas son tales, y tratar de desactivar su vigencia omnipresente. Dejar de encarar nuestras relaciones interpersonales como si fueran transacciones. Dejar de creer que todo pero absolutamente todo es una mercancía y que cualquier medio es válido a la hora de venderlo. Dejar de concebir a los individuos como números descartables e intercambiables. Dejar de pensar que el otro es un escollo para nuestras ambiciones y reasignarle su dimensión humana. Recuperar, en suma, nuestro derecho a no ser apenas un engranaje anónimo dentro de un sistema que nos destruye.

De esta tarea, eso sí, tendrá que encargarse cada uno de nosotros. No caigamos en la ingenua comodidad de esperar un plan de salvataje que venga a devolvernos nuestra condición de personas. El humanismo, cualquiera lo sabe, no cotiza en Wall Street.

Crónica nº 43: Relato con ómnibus y perro (septiembre 2008)

Los primeros ladridos se escucharon apenas el colectivo arrancó para dejar atrás la parada de Pedro Víttori y Cándido Pujato. Nadie pareció prestarles mayor atención, claro, tan abstraídos estábamos todos en nuestros respectivos universos personales. En ese primer instante fueron sólo un elemento más del paisaje sonoro de la ciudad, un ruido apenas perceptible que surcaba el anochecer, asomado por detrás del murmullo de los pasajeros y la ronquera del motor, mezclándose con el andar de los autos que, en lenta procesión, volvían de la Costanera.

Unos segundos más tarde, sin embargo, mientras el colectivo atravesaba la cuadra siguiente, los ladridos adquirieron mayor nitidez. Quizás porque despertaron un eco desquiciado en otros perros que respondieron con enojo a semejante desorden en sus dominios. Fue como si el ómnibus hubiese quedado por un momento en el medio de una invisible línea de fuego, obstruyendo con su paso el feroz torneo de insultos caninos. "Uh, se alborotó la perrada", comentó jocoso un muchacho a su compañero de viaje. Por reflejo, miré a través de la ventanilla pero fue inútil: la oscuridad del vidrio, sumada a la escasa iluminación del lugar se confabularon para impedir que obtuviera mayores precisiones.

El colectivo dobló hacia la izquierda y una idea fugaz centelleó como al descuido en los márgenes de mi percepción: ahora el barullo quedaría atrás, olvidado para siempre entre las sombras del Paseo del Restaurador. Me equivoqué. Los ladridos originales, ya sin réplica alguna, reaparecieron en el semáforo en rojo de 25 de Mayo y no cesaron siquiera cuando el colectivo volvió a doblar, esta vez hacia el sur. Anulado ya mi ensimismamiento previo, intenté buscarle al episodio una justificación. Imaginé al perro que causaba el alboroto ocupando la parte trasera de alguna camioneta y supuse que ésta, por una curiosa coincidencia, venía realizando el mismo recorrido que el colectivo. Sin embargo, ambas hipótesis -la de la casualidad y la de la camioneta- se hicieron añicos apenas escuché al mismo muchacho de antes formular un nuevo comentario, más elocuente que el primero: "Mirá, ahí está el perro". Acerqué mi cara al vidrio y alcancé a divisar una mancha móvil que aparecía y desaparecía según lo bañara o no el resplandor de las luces de sodio, una figura borrosa que quedaba dentro o fuera de cuadro según el ómnibus aumentara o aminorara su velocidad. No, no había azar ni dudas: el perro estaba suelto y venía corriendo al colectivo.

Ni siquiera el cruce del Bulevar logró impedir la continuidad de tan tenaz persecución. Bastaba que el ascenso o descenso de alguna persona inmovilizara momentáneamente nuestra marcha para que, al cabo de unos segundos, el animal volviera a darnos alcance y los ladridos reaparecieran con renovado énfasis. Detrás de su aparente comicidad, el espectáculo tenía algo de inquietante, de dramático, un significado profundo que no resultaba accesible. Era como presenciar un diálogo que se intuye importante pero sin entender el idioma en el que se está sosteniendo.

La situación se prolongó por un buen rato. Cuando me levanté para tocar el timbre, hice una rápida cuenta mental y me asombró comprobar que aquella tensa carrera llevaba ya catorce cuadras. Mientras depositaba mis pies en la vereda, el animal pasó corriendo frente a mí, se detuvo ante la puerta delantera del ómnibus y se puso a ladrar en dirección al interior. Sólo entonces pude verlo bien: era negro, bastante grande y de orejas caídas. No parecía ser un perro de raza, pero había en su porte, en su postura firme y desafiante, esa nobleza que emana de ciertos desamparos. ¿Qué señales vería ese animal en aquel gigantesco monstruo amarillo que lo estaba eludiendo? ¿Por qué no se resignaba a dejarlo ir? ¿Qué habría detrás de esa obstinación desesperada? ¿Un reproche hacia quien lo abandonó, un reclamo de venganza, la intuición de algún peligro?

El colectivo se puso otra vez en marcha y el perro reanudó su carrera detrás de él. Me quedé mirándolos por pura inercia, sabiendo que no habría de obtener ninguna explicación. Los vi alejarse hacia el oeste, hasta que sus siluetas se fundieron con la oscuridad y se perdieron, juntas, en los abismos del domingo.

Crónica nº 42: La realidad tal cual querés verla (septiembre 2008)

Si de algo no se puede acusar a la televisión argentina actual es de falta de transparencia en los mecanismos que alimentan su diario funcionamiento. Las picardías casi desleales con que se intenta robarle unas décimas de rating a la competencia, la artificialidad de ciertos escándalos, el modo desenfadado en que ignotos personajes construyen su efímero protagonismo, la naturalidad con que el afán publicitario se incrusta en el contenido mismo de los programas hasta el punto de fagocitarlo, todo eso ocurre sin el menor disimulo, se cocina con elaboración a la vista del público. Al menos, a la vista de todo aquel que esté dispùesto a ver lo evidente.

La última propaganda institucional de Canal 13 de Buenos Aires, sin embargo, llega a un grado de franqueza que asusta. "En septiembre, te mostramos la realidad tal cual querés verla", se anuncia en ella, literalmente, y uno no sabe si atribuir semejante declaración a un acto fallido o a un ejercicio cínico de impunidad. Como no soy muy paranoico, me inclino a creer que, simplemente, ninguno de los autores de la publicidad en cuestión concedió demasiada atención a las palabras que estaba utilizando.
Deliberada o no, convengamos que la frasecita se las trae y permite extraer de ella unas cuantas reflexiones, a cuál más preocupante.

Primero: decir que se va a mostrar la realidad tal cual los televidentes quieren verla implica reconocer que no se la va a mostrar tal cual es. Por lo tanto, se está confesando explícitamente que a los televidentes se les ofrece una versión distorsionada de la realidad.

Segundo: en forma oblicua, el anuncio exalta la posibilidad de que los televidentes tengan una visión de la realidad que excluya las porciones o aspectos de la misma que no desean ver. Y no hace falta ser psicólogo para advertir que eso de ver sólo lo que uno quiere ver es un claro signo de inmadurez, cuando no un peligroso síntoma de desajuste mental. Negar la realidad nunca ha librado a nadie de sus efectos.

Tercero: El maquillador siempre conoce la desnudez imperfecta de la cara maquillada. Si alguien anuncia que le hará ver la realidad al otro tal cual éste la quiere ver, eso significa que el primero "sabe" perfectamente que la realidad no es tal cual la está mostrando. Se reserva ese conocimiento para sí, y este escamoteo de la verdad le concede frente al segundo un enorme margen de poder, una notable capacidad de manipulación.

Cuarto: Este poder, a su vez, queda oculto en este caso bajo un disfraz de demagógica benevolencia, puesto que no sólo se elimina toda resonancia negativa referente a esta actitud, sino que se presenta al canal como una entidad bienhechora que sólo busca el bienestar del televidente y por eso le da el gusto.

Hace unos años quedé azorado al leer en un diario una publicidad que anunciaba "Radio Mitre piensa por usted". Me parecía increíble que se pudiera propugnar, con tanta liviandad, que un medio de comunicación se apropiara de una facultad tan íntima de cada individuo, como es la de pensar. Pues bien, parece que la idea ha prosperado. Ya no hace falta que pensemos: Canal 13 nos fabrica una realidad a la medida de nuestros (supuestos) deseos y nos oculta la otra. Eso sí, nos lo dice abiertamente.

No soy un fanático teleadicto, es cierto, y quizás desde ese desapego nacen estas divagaciones acaso algo exageradas. Pero tampoco soy un fundamentalista de la antitelevisión. Yo también me siento a veces frente al aparato en busca de distracción; a mí también me gusta mirar partidos de fútbol, a mí también me resulta atractivo ver a Laura Fidalgo o a Jesica Cirio bailando strip-dance en el programa de Tinelli. Lo que pasa es que, afortunadamente, aún conservo el sano reflejo mental de desconfiar de lo que dicen y muestran los medios. No dejo que las radios piensen por mí. Y cuando quiero encontrarme con la realidad, la busco fuera de la pantalla, sin intermediarios sospechosos. Aun sabiendo que al mirarla así, desnuda y sin maquillajes seductores, suele resultar menos divertida que las andanzas amorosas de la Tota Santillán.

Crónica nº 41: Cuenta Valeria (agosto 2008)

Cuenta Valeria que hace unos meses comenzó a coordinar un taller literario destinado a gente joven. Cuenta que las reuniones se realizan los sábados a la hora de la siesta y que, para su gran asombro, han sido varios los interesados que acudieron a la convocatoria. Cuenta que, si bien no todos asisten con regularidad, ha conseguido igualmente conformar un pequeño grupo estable, compuesto por cuatro noveles escritores: Joaco, Caro, Ana y Pancho.

Cuenta Valeria que, al igual que ella, sus talleristas son estudiantes veinteañeros y que esa existencia de códigos comunes favorece la mutua comunicación. Cuenta que no siempre el ánimo del grupo es el ideal, que a veces hay quien llega contrariado por la inminencia de un examen, o abrumado por vaivenes amorosos o, simplemente, arrastrando todavía los efectos colaterales de la trasnochada del viernes. Cuenta también que, tal vez justamente por ese motivo, las reuniones de los sábados operan en ellos como un refugio frente a las asperezas de lo cotidiano, creando un microclima singular dentro del cual la literatura suele terminar pareciéndose a una excusa -hermosa, pero excusa al fin- destinada a promover el cálido abrazo de las almas.

Cuenta Valeria que los chicos y las chicas que asisten a su taller están atravesando esa etapa de timidez inicial en la que no terminan de asumirse como escritores. Cuenta que les cuesta mostrar sus creaciones y que escudan su vergüenza en un genuino interés por leer textos ajenos. Cuenta que, un poco para poder sobrellevar esta actitud pudorosa, y otro poco para cumplir una función estimuladora, se le ocurrió la idea de elegir una obra no demasiado extensa y destinar un segmento de cada encuentro a su lectura. Cuenta que propuso varios títulos y que incluyó en el menú uno de mis libros. Cuenta que, luego de dar unas breves referencias acerca de cada una de las obras en danza -y aquí me permito sospechar en ella cierta cariñosa arbitrariedad, acaso inconsciente- el grupo terminó votando por leer mi novela.

Cuenta Valeria que abordan un capítulo por semana, que la lectura del libro les resulta ágil y entretenida, que se ríen mucho, que a veces una frase o una escena termina siendo el disparador adecuado para que los presentes se extravíen en largas charlas, tan entusiastas como carentes de rumbo predecible.
Cuenta Valeria, textualmente: "la verdad que la pasamos genial leyendo tu libro".

¿Cómo no sentirse complacido y conmovido ante semejante declaración? Enterarse de que hay un grupo de personas -y mucho más si se trata de personas jóvenes- que sábado tras sábado monta un rito colectivo en torno a algo que uno ha escrito provoca una alegría a la que resulta difícil hallarle analogías eficaces. La tarea del escritor, se sabe, es eminentemente solitaria. Casi nunca tiene uno la posibilidad de conocer qué impresión (buena o mala) ha causado su obra en los lectores. Mucho menos aún, de asomarse a la imprevisible cadena de íntimas derivaciones que ha generado la travesía de ese texto por el mundo. Poder romper ese aislamiento es una experiencia siempre fascinante, independientemente del resultado al que nos lleve. Pero cuando ese resultado consiste en descubrir una historia como esta que me ha sido referida, saltar la cerca nos conduce a la felicidad más pura.
Cuenta Valeria detalles de esa rutina que se despliega en su taller los sábados a la hora de la siesta. Lo cuenta con suma frescura, seguramente sin imaginar el profundo significado que su relato guarda para mí. Y yo aquí, desde este lado de sus palabras, siento agradecido que esa complicidad tejida alrededor de mi libro constituye, ni más ni menos, la justificación más acabada de su escritura.