La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







jueves, 5 de junio de 2008

Crónica nº 40: Veinticuatro minutos de silencio (mayo 2008)

"Un cortado", contesto y, apenas el mozo se aleja, vuelvo a abstraerme del bullicio del bar en el que me he refugiado huyendo de la lluvia. Me concentro de nuevo en el paisaje de la calle, en el vaivén nervioso de los transeúntes que, enmarcados fugazmente por los enormes ventanales, realizan apresuradas maniobras para evitar los efectos del súbito temporal que ha agrisado la mañana.

El estrépito de una taza al romperse contra el suelo en el otro extremo del salón me lleva a desviar la mirada por unos segundos hacia el interior del bar. Al hacerlo, mis ojos chocan en forma imprevista contra una pareja que está sentada en una mesa cercana a la mía. Me asombra verla, o más bien comprobar con tardía lucidez que ya estaba allí cuando llegué. Mis ojos miopes me tienen acostumbrado a jugarretas sensoriales de este tipo; sin embargo, intuyo de inmediato que aquí hay algo más, algo que excede mis dificultades visuales. Porque si bien es cierto que no había visto a la pareja, no menos cierto es que tampoco la había escuchado. Sí, esa es la cuestión: no los he escuchado hablar. Por reflejo, miro mi reloj. Calculo que debe hacer unos cinco minutos que estoy aquí. Cinco minutos durante los cuales ese hombre y esa mujer no han emitido un sólo sonido.

El mozo me trae el café. Le echo azúcar, lo revuelvo, bebo un sorbo. Miro de nuevo hacia la calle pero no logro desentenderme de mis vecinos. Me pongo entonces a observarlos con discreción. Él está recostado levemente en el respaldo de su asiento. Ella, en cambio está apenas inclinada hacia adelante, las manos sobre la mesa, a ambos lados de su taza. Los dos están mirando hacia afuera, a través del ventanal. Tienen toda la apariencia de esas parejas que salen los sábados por la mañana a pasear por el centro. Treintañeros, estimo.

Termino mi café y miro la hora: siete minutos. No hay caso; la pareja no pronuncia siquiera monosílabos. Me viene a la memoria una película argentina con Pepe Soriano que vi en mi adolescencia, más concretamente una escena terrible en la que el matrimonio está cenando en medio de un silencio tan exasperante que se vuelve casi una presencia más en la mesa. Recuerdo haberme quedado azorado, preguntándome cómo una pareja podía llegar a semejante grado de descomposición. Pienso también en un cuento mío (que al final nunca terminé de escribir) en el que la protagonista decide separarse la noche que va a cenar con su marido y descubre que, si no conversan entre ellos como lo hacen las otras parejas que están en el restaurante, es sencillamente porque ya no tienen nada que decirse. Abandono las digresiones cinematográfico-literarias y regreso al ahora: doce minutos.

Trato de imaginar el porqué de ese silencio tan desolador. Podría pensarse que los abruma un problema tremendo; quizás la existencia de un familiar enfermo, o la noticia reciente de una tragedia que los golpeó muy cerca. Pero no. No es preocupación ni tristeza lo que emana de esos rostros. Tampoco dolor. Podría pensarse entonces que están peleados. Tal vez discutieron un rato antes de que yo me sentara a dos metros de ellos. O tal vez se están reencontrando después de una discusión para reconciliarse y han descubierto que no podrán hacerlo. Pero no, tampoco es enojo lo que revelan esas facciones imperturbables. Es tedio, un profundísimo, insondable tedio.

Quince minutos. Entiendo que no tienen ninguna obligación de hablar (no soy yo precisamente la persona más indicada para cuestionar la escasa locuacidad ajena). Pero se nota que están desinteresados el uno del otro, que no disfrutan de su mutua compañía. No se toman las manos, nI se sonríen. Su silencio, entonces, no queda redimido por el goce callado de ver llover juntos.

Diecisiete minutos. Recuerdo un caso similar del que también me tocó ser testigo involuntario. Era otro bar, otra ciudad, y era de noche. En la mesa contigua había una pareja que casi no hablaba. El hombre estaba entretenido mirando un teléfono celular presumiblemente nuevo y se limitaba a hacer cada tanto algún comentario sobre las virtudes del aparato. La mujer le contestaba con desgano, ostensiblemente aburrida. Recuerdo que, en un momento dado, ella levantó los ojos y se encontró con los míos. Debió haber adivinado que me parecía atractiva, porque desde ese mismo instante empezó a desplegar los gestos propios del coqueteo inconsciente: juguetear entre los dedos con el colgante que adornaba su garganta, retorcerse la punta de los cabellos como al descuido, acomodarse la melena con un movimiento suave de la cabeza. Cada tanto se volvía con disimulo hacia mí; era evidente que clamaba por una mirada masculina que la devolviera a su condición de mujer deseable. No parece, sin embargo, el caso de la pareja que tengo ahora cerca de mí. No se miran entre ellos, pero tampoco miran a nadie.

Diecinueve minutos. Conozco parejas que, de tan sociables, dan la impresión de no querer estar a solas el uno con el otro. Es como si necesitaran imperiosamente la presencia de los demás para no hastiarse, para no tener que afrontar el riesgo de un encuentro sin máscaras. Me pregunto si será ésta una de ellas, y la verdad es que me cuesta imaginarlos charlando animadamente con alguien, o riéndose a carcajadas en medio de un grupo de amigos. Hay un aura de inocultable fastidio con la vida o consigo mismos que ronda sobre sus cuerpos inmóviles.

Veintidós minutos. La lluvia ha cesado. Los paraguas se cierran y la peatonal recobra el aspecto que presentaba media hora atrás. Llamo al mozo. La pareja, no. ¿Entonces no entraron, como yo, para guarecerse del diluvio? El tomar algo en un bar, ¿formará también parte de sus salidas? Parecen estar allí sin la más mínima convicción, sin saber muy bien el motivo. Quizás sea esta su rutina de todos los sábados por la mañana pero, en ese caso, ¿por qué la reiteran? ¿Qué invisible pero inflexible mandato los obliga a cumplirla, si es evidente que no la disfrutan?

Pago. El mozo comenta risueño algo acerca del clima y se va. Miro mi reloj: han pasado veinticuatro minutos. Espío por última vez a mis vecinos. Por un momento, especulo con la caprichosa posibilidad de esgrimir una excusa endeble sólo para hablarles y poder oir sus voces. El pudor me obliga a desechar la idea de inmediato. Me pongo de pie, paso junto a ellos. Salgo.

Frente a la puerta del bar, un hombre cruza la calle de manera imprudente y el conductor que casi lo atropella le dedica una reprimenda soez. El peatón retruca el insulto y sigue su camino como si nada.

Comienzo a remontar la peatonal, sintiendo que me sumerjo lentamente en un mar surcado por otras, muchas, infinitas, irreparables variantes de la incomunicación.

Crónica nº 39: Juan y Mayra miran fotos viejas (abril 2008)

Desde que a principios del 2002 se fueron a vivir a España, Juan y Mayra no habían vuelto a la Argentina. Tenerlos de visita en mi casa, entonces, no sólo constituye un verdadero acontecimiento, sino que me enfrenta a uno de esos consabidos conflictos cronológico-emocionales en los que me cuesta aceptar que las personas que tengo ante mí son las mismas que dejé de ver hace tanto tiempo. Claro que aquí esa disociación se profundiza en virtud de las edades que cargan los personajes involucrados: Juan tiene 15 años; Mayra 8. Y a ello hay que añadirle, todavía, la extrañeza colateral que causa escucharlos decir "vale" y hablar con acento español.

Juan es ahora un adolescente pelilargo al que le gusta mirar noticieros y estar informado. Dice que quiere ser periodista o reportero gráfico. Escucha rock pesado y sigue siendo hincha de Colón, pero ha sumado a sus afectos futboleros la afición por el Real Madrid. A Mayra le encantan las pastas y los animales. Se muestra reservada con los adultos, pero es fácil intuir que, detrás de esa timidez inicial, se esconde una gran charlatana. Según sus palabras, le gustaría "ser guardia en el zoo".

Juan tiene recuerdos de la Argentina; Mayra no. Cabe inferir, por lo tanto, que este fugaz regreso al país no guarda idéntico significado para ambos. La gira vertiginosa que han emprendido con su madre por casas de familiares y amigos representa para Juan la posibilidad de revivir la primera mitad de su infancia. Para Mayra, en cambio, equivale a conocer aquello de lo que tanto le han hablado, transformar ese territorio fantasmal en un sitio poblado por seres de carne y hueso, por lugares con olores y colores concretos. Para Juan, el viaje es un reencuentro; para Mayra, todo un descubrimiento.

Ahora estamos sentados en torno a la mesa, mirando fotos viejas. Ahí está Mayra con dos añitos, cómicamente instalada en un fuentón lleno de agua. Ahí está Juan, gateando. Ahí está mi hijo, chiquito, llevando a Juan de la mano, ayudándolo a dar sus primeros pasos. Ahí está Mayra, invisible, abultando el vientre de su mamá. Ahí estamos todos, adultos y niños, brindando sonrientes durante un asado en Rincón...

Juan y Mayra revisan las fotos con genuina curiosidad. Es natural: se trata de fragmentos de su propia historia, retazos dispersos de un pasado que el océano partió en dos. Examino sus reacciones ante tal o cual imagen y, melancólicamente, siento que esas fotos los ayudan a reconstruir el rompecabezas siempre complejo de la identidad exiliada. Lo sé, es imposible saber en realidad cómo habrán de procesar ellos la experiencia del viaje, es imposible adivinar qué cosas se acomodarán en sus cabecitas y cuáles habrán de desajustarse. La mía es, por ende, una especulación estrictamente adulta. O tal vez sea sólo una expresión de deseos.

"Mira, ese es mi padre", exclama Mayra de pronto, maravillada ante la visión de un joven veinteañero y melenudo que sonríe a cámara. "Pues yo soy más guapo", se burla Juan. Se ríen. Se ríen los dos. Nos reímos todos.

Sí, pienso, algo bueno está sucediendo aquí.

Algo bueno y necesario.
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Crónivca nº 38: Nada nos deja más en soledad (marzo 2008)

"¿Viste que se murió Guinzburg?", me dijeron. "¿Quién?", pregunté por reflejo, como si no hubiese entendido bien, como si en verdad no supiera de quién me estaban hablando. "Guinzburg, Jorge Guinzburg", me confirmaron, derribando así mi incredulidad inicial. "¿Y cómo?", me descubrí balbuceando estúpidamente. Escuché entonces un comentario algo impreciso acerca de una probable afección pulmonar. No era la respuesta adecuada, claro. Mi inquietud no iba dirigida a una cuestión de causas; era una petición de lógica, una búsqueda de sentido. Lo que yo había querido preguntar, en realidad, era cómo podía ser que esa persona se hubiera muerto.

Toda muerte inesperada de un famoso causa conmoción, pero cuando quien muere es alguien que nos hacía reír, lo imprevisto de la noticia parece golpear mucho más hondo. La muerte temprana de un humorista presenta un matiz obsceno del que otras muertes carecen. Y es que, por naturaleza, la risa excluye a la muerte. La combate, la empuja, la aleja. No puede cancelarla, es cierto, pero logra el formidable prodigio de mantenerla oculta por un rato. La hace desaparecer de nuestro horizonte y nos obsequia, por lo tanto, una breve ilusión de eternidad. Tal vez sea por eso que, inconscientemente, uno tiende a incurrir en la errónea impresión de que quien nos hace reír no se puede morir nunca. Y hasta nos sorprende que un buen día nos contradiga haciéndolo.

Decía Pitigrilli que "el humorista es un niño que silba al atravesar las habitaciones oscuras para esconderse a sí mismo su propio miedo". A esta aguda observación faltaría agregarle que nosotros vamos caminando a su lado, llevando a cuestas nuestro propio temor, y que son justamente sus gracias y ocurrencias las que nos alivian el trayecto.

"Nada nos deja más en soledad que la alegría si se va", canta Fito Páez, y tiene razón. Así como el año pasado nos quedamos sin Fontanarrosa, ahora lo perdimos a Guinzburg. Ya no disfrutaremos de su humor inteligente, de su implacable ironía, de sus réplicas demoledoras.

El problema es que la habitación sigue a oscuras y nosotros continuamos pasando a través de ella. ¿Quién habrá de silbar, entonces, para sacarnos el susto?

Crónica nº 37: Internet y el cajón falso de la cocina (febrero 2008)

La cocina del departamento donde transcurrió mi infancia tenía una mesada de mármol, debajo de la cual había una estructura de madera compuesta por tres puertas y dos cajones. Tal falta de equivalencia numérica tenía su explicación: la tercera puerta quedaba justo debajo de la bacha, por lo que la hipotética presencia de un cajón entre ambas hubiese resultado inviable. Sin embargo, sea por estética o por neurótica compulsión hacia las simetrías, el encargado de diseñar la cocina había colocado en el lugar un cajón falso. Es decir, una apariencia de cajón allí donde en realidad no lo había. Uno observaba, sí, un rectángulo que tenía las mismas dimensiones de los otros dos que estaban a su izquierda, pintado con el mismo color verde loro y hasta con idéntica protuberancia esférica y rugosa en el centro, pero era sólo una fachada ilusoria.

Vaya a saber por qué peregrina razón, en algún momento de mi niñez pergeñé la fantasiosa teoría de que a aquel cajón sellado iban a parar todos los objetos que se nos perdían (sí, yo era un niño raro; solía tener pensamientos de esta naturaleza). Básicamente, especulaba con la idea de que allí estuviese guardada una pelota de plástico a rayas que el viento había alejado de mí años atrás llevándola irremediablemente hacia las aguas de la Laguna Setúbal.

Obviamente -¿hace falta aclararlo?- es imposible abrir un cajón que no existe, de modo que mis propósitos reivindicatorios jamás pudieron ser cumplidos.

***

Cuando yo tenía 10 u 11 años, se puso de moda una canción en inglés que se llamaba "Lady in blue" ("La dama de azul"). A mí me gustaba. No era mi favorita, pero me resultaba placentero escucharla. Me recuerdo claramente frente a la vidriera de una disquería de la peatonal, contemplando el afiche desde el cual un hombre rubio y sonriente promocionaba el disco. Recuerdo también que, vaya uno a saber por qué peregrina razón, en ese momento me pregunté si cuando yo creciera me seguiría gustando esa canción, si ese hombre rubio seguiría siendo famoso, y hasta me imaginé consultándole a mi hijo qué le parecía la música que yo escuchaba a su edad (sí, yo era un niño raro; solia tener pensamientos de esta naturaleza).

El incansable andar del tiempo hizo que me olvidara de la melodía y, cosa extraña en mí, hasta del nombre de aquel cantante que -¿hace falta aclararlo?- no quedó instalado en la memoria colectiva de los argentinos.

***
Nunca en los siete años que llevo como navegante del ciberespacio me llamó la atención el difundido hábito de bajar música de Internet. No sé, supongo que quedó martillando en mi cabeza el comentario de alguien que me advirtió sobre la extrema lentitud que puede implicar el proceso para quien -como en mi caso- carece de banda ancha (dato suficiente este de la lentitud para ahuyentar a un sujeto ansioso como yo). O tal vez, me ganó el prejuicio de suponer que la música a la que se podía tener acceso era la misma que uno puede escuchar en las radios, es decir, la que se pone de moda, la que responde a las leyes del mercado.
Hace unos meses, sin embargo, mi hijo me hizo una elocuente demostración práctica de todas las maravillas de jazz, blues y bossa que había conseguido almacenar en su computadora gracias a Internet, y mi visión del asunto cambió por completo. Es más, la revelación me impactó de tal modo que, al día siguiente, ya había descargado en mi propia PC el programa necesario, dispuesto a ponerme manos a la obra cuanto antes.
***
Soy un tipo que mira mucho hacia el pasado. Quizás por ser un individuo extremadamente memorioso, siento que cargo con él como si fuera una parte viva más de mi presente. Hasta diría incluso que soy posesivo con mi pasado. No colecciono objetos en forma indiscriminada (de hecho, destilo bastante indiferencia hacia la mayoría de ellos) pero tengo, sí, una marcada inclinación a conservar determinados testimonios que considero representativos de diferentes etapas de mi vida. Supongo que su tenencia me brinda una especie de seguridad simbólica, la impresión de que soy capaz de impedir que los días que voy viviendo se me escurran así nomás. Impresión, claro está -¿hace falta aclararlo?- que se hace añicos apenas uno se pone los anteojos cínicos de la racionalidad para ver las cosas de este mundo.
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No soy ingenuo; me conozco demasiado. Sabía que no iba a ser fácil encauzar mis afanes de melómano virtual en un esquema preestablecido. Hubo, sí, un plan inicial de rastrillaje cibernético que cumplí con admirable prolijidad, y que me permitió completar sucesivamente un compilado de temas de la Bersuit, otro de Divididos y un tercero de Los Piojos. Sin embargo, tanto rigor no tardó en resquebrajarse y, previsiblemente, mis búsquedas terminaron adquiriendo muy pronto un errático matiz de arqueología musical.
Al principio tímida, casi pudorosamente; luego con insaciable voracidad, me lancé a rastrear canciones ligadas a los años '70, intentando bosquejar con ellas un impreciso mapa emocional de mi infancia. Mi exploración tuvo resultados altamente satisfactorios: reencontré la música de series entrañables -"Baretta", "Dos tipos audaces", "El hombre nuclear"-, volví a escuchar a Donna Summer cantando el tema de la película "Abismo", me conmoví otra vez con el italiano de "Albatros" que clama desesperado "¡Sandraaaaaaa, ti amooooo!" en el final de "Vuelo AZ 504", y compartí el lamento de Los Brincos porque "Eva María se fue / buscando el sol en la playa".
Una noche, vaya a saber por qué peregrina razón, me acordé de "Lady in blue". Me vino a la memoria el remoto episodio de la vidriera y sentí que estaba ante un desafío mayúsculo. ¿Sería posible hallarla? ¿Habría alguien en algún ignorado punto del planeta que tuviera justamente esa canción guardada en su computadora? Sin querer ilusionarme demasiado, escribí las palabras mágicas en el buscador y, para mi gran asombro, en cuestión de segundos no sólo apareció en la pantalla el título de la canción requerida, sino también el nombre olvidado de su intérprete: Joe Dolan. Me pareció estar rozando los límites de lo verosímil. Por supuesto, inicié la descarga de inmediato y, al cabo de unos minutos de exasperante espera, volví a escuchar, después de más de treinta años, aquella melodía pegadiza y la voz algo chillona que la entonaba.
Quedé fascinado. No con la canción en sí (que, como suele suceder en estos casos, ahora no me parece tan bonita), sino por el prodigio de haber podido rescatarla de la nada. Y aunque sé que todo retorno al pasado es fatalmente imperfecto e incompleto, aunque sé que los paraísos perdidos no se recuperan jamás, aunque bien sé que mi pelota de plastico a rayas se extravió para siempre en las aguas de la laguna, en ese momento sentí que, en cierta forma, yo acababa de abrir al fin aquel cajón falso de la cocina.
Y sí, soy un adulto raro; suelo tener pensamientos de esta naturaleza.

Crónica nº 36: La memoria en los dedos (febrero 2008)

"El cuerpo tiene más memoria que el cerebro".
(Philip Roth)

La única decisión que mi abuela paterna tomó respecto del destino final de sus pertenencias fue la de legarme el piano. Un piano vertical alemán sexagenario. El mismo con el que le había dado clases a cientos de niños santafesinos que pasaron por el Conservatorio Di Bernardo.en las décadas del '20 y del '30. El mismo en el que mi tía había estudiado metódicamente hasta obtener su título de profesora. El mismo en el que mi papá se las ingeniaba para sacar canciones usando solamente su dedo índice.
Para cuando mi abuela manifestó su voluntad respecto del piano, yo tenía veinte años y hacía rato que había dejado atrás mis precoces logros musicales. Tocaba de oído, con mucho entusiasmo pero escasa técnica. Sin embargo, aún con mis limitaciones a cuestas, a ella le gustaba que yo hiciera sonar el piano cuando iba a visitarla. No sé, supongo que, acostumbrada como estaba a vivir rodeada de música, le habrá parecido un pecado imperdonable que un instrumento permaneciera mudo.
Cuando mi abuela murió, el piano recaló en mi casa, tal cual ella lo había dispuesto. Desde entonces, sentarme a tocar en él se transformó en una costumbre casi cotidiana a la que dedicaba gustoso aunque más no fuera unos minutos. No hablo de estudiar, ni de practicar, ni de esforzarme por progresar. Hablo de tocar; simplemente tocar. Me resultaba casi terapéutico hacerlo. En esos momentos, mi mente lograba desembarazarse de las preocupaciones diarias y de las existenciales. La música interrumpía ese vicio mío de pensar demasiado y me concedía un espacio de paz interior que, fuera de esa circunstancia, se volvía inalcanzable.
Continué con tan saludable hábito por unos años, hasta que mis sucesivas mudanzas me fueron llevando a viviendas cuyas características edilicias tornaban poco recomendable incluir un piano en el mobiliario.
El 1º de enero pasado, después de los brindis de Año Nuevo en casa de mis padres, me dejé llevar por el impulso de levantar la tapa del "Rachals" y garabatear algunos sonidos en su entrañable mixtura de madera y marfil. No estaba tan desafinado como esperaba, pero algunas de sus teclas evidenciaban signos de una considerable disfonía. Me senté en el viejo taburete giratorio y me puse a tocar. Llevaba realmente mucho tiempo sin hacerlo, y cierta enojosa insistencia de mis dedos en desobedecer mis órdenes mentales se encargó de recordármelo con suma franqueza. Seguramente, el continuado de boleros y música de películas antiguas al que recurrí para darle el gusto al auditorio presente se escuchó esta vez un tanto deslucido, pero nadie de entre los oyentes me lo reprochó.
De pronto, en medio del concierto, mientras decidía qué tocar a continuación, mis manos se desentendieron de mi voluntad y se deslizaron por su cuenta hacia el dibujo de una melodía dulzona que al principio no logré identificar con precisión. Tardé varios segundos en reconocerla: era el valsecito que había compuesto para mi abuela y que solia tocar en aquellas visitas que le hacía. Me pareció asombroso, ya que, como mínimo, yo no había siquiera tarareado esa melodía en los últimos diez años. Y sin embargo, ahí andaban mis dedos, jugando caprichosos con aquella sucesión de notas que había permanecido sumergida en mi subconsciente durante tanto tiempo, demostrándome que eran capaces de recordarla sin mi ayuda.
Fue como abrir la compuerta de un dique. En cuestión de segundos, me vinieron a la cabeza numerosas escenas familiares en las que, invariablemente, el piano ocupaba el centro de la anécdota evocada. Pensé en mi otra abuela, la materna, que también tocaba, y eso me llevó a volcar mi repertorio hacia ciertos tangos y valses con los que ella acostumbraba satisfacer mis requerimientos infantiles: "Adiós muchachos", "Lágrtmas y sonrisas", "Santiago del Estero"...
Me puse contento. Acaso antojadizamente, sentí que estaba homenajeando a mis abuelos. Y no quisiera incurrir en sentimentalismos baratos, pero mientras tocaba imaginé que ellos andaban por ahí cerca, escuchando con alegría, aprobando reconfortados que su nieto los recordara de esa forma.
Algo cansado, interrumpí mi recital por unos minutos y pedí que me acercaran algo fresco para reponerme del calor. Mientras bebía, caí en la cuenta de algo en lo que nunca había reparado hasta ese momento, y es que mis dedos guardan una herencia familiar intangible pero invaluable, atesoran una historia poblada por remotos paisajes sonoros de los cuales provengo, y que han contribuído a hacer de mí lo que soy.
Tuve la certeza de que iba a escribir algo al respecto. Vislumbré un pantallazo general de lo que iba a ser el texto, y hasta supe cómo iba a titularlo. Hubiera podido permanecer suspendido en esa fantasía creadora durante un buen rato pero, apenas advertí que -una vez más- estaba pensando demasiado, detuve mi maquinaria mental de inmediato.
Mis abuelos me estaban pidiendo un bis, y no era justo hacerlos esperar. Así que me acomodé de nuevo frente al teclado y me puse a tocar "Gricel".

Crónica nº 35: ¿Y vos quién sos? (noviembre 2007)

"¿Y vos quién sos?". El azoramiento de algunos se despliega en la noche con absoluta franqueza. Otros, en cambio, tal vez para no herir la susceptibilidad de quien acaba de saludarlos tan efuslvamente, disimulan su perplejidad y postergan su exteriorización por un rato, hasta que pueden preguntarle en confianza a algún conocido: "Che, ¿y aquél quién es?". En uno u otro caso, cuando surge al fin la respuesta clarificadora, el apellido o el apodo que diluyen la incertidumbre, es el momento de la palmada en la propia frente, de las exclamaciones jubilosas, de las risotadas de recobrada complicidad. Pero es tanto el bullicio y tanto el movimiento, son tantos los exalumnos de distintas promociones que, al igual que nosotros, circulan y se encuentran, y se reconocen (o no) a medida que van llegando a la cena, que cuando uno se está acomodando a la respuesta recibida, enseguida florecen nuevos saludos, nuevos abrazos y, con ellos, más asombros, ya sea por desconocimiento transitorio del otro, o precisamente por la razón opuesta.

Reencontrarse con los compañeros de la secundaria después de veinticinco años constituye una experiencia que tiende a resultar conmocionante. Aún después de aclaradas las respectivas identidades, es difícil sustraerse a cierta impresión de irrealidad. La visión parece empeñarse en seguir desenfocada; cuesta tomar la imagen de esos tipos calvos, gordos, canosos o de lentes que uno tiene enfrente y ajustarla al recuerdo que uno guarda desde su adolescencia asociado a esos mismos apodos y apellidos.

"¿Y vos quién sos?". No es descabellada la pregunta, habiendo pasado tanto tiempo sin saber nada del otro. Pero es incontestable. A lo sumo, uno puede ensayar una apretada síntesis de datos que cree significativos, pero es imposible pasar de allí. Alguien habla de la hija que está por cumplir 15 años, alguien menciona que estuvo viviendo en el extranjero, alguien cuenta que su hijo también viene a este colegio, alguien nombra como al pasar su lugar de trabajo, y hay que conformarse con mirar desde la orilla esas existencias que ignoramos, imaginarlas a partir de esos pocos indicios, sabiendo de sobra que son insuficientes. Y es claro que esa estrechez obligada de nuestras biografías, ese laconismo de diccionario que estamos forzados a practicar nos aleja de lo que en verdad han sido y son nuestras vidas, pero ¿cómo resumir veinticinco años de otro modo? No hay alternativa; menos aún siendo tantas las voces que habría que escuchar, y el tiempo casi nulo con que contamos esta noche para concretar tamaña empresa.

La charla navega por canales serenos y amables: anécdotas risueñas de nuestro lejano pasado común, historias de profesores y preceptores, intercambio de información sobre el paradero de los compañeros que no vinieron. Nadie delatará aquí sus íntimos naufragios, ni trazará en público el mapa minucioso de sus felicidades cotidianas. No es ese, al fin y al cabo, el propósito de la reunión. La realidad, entonces, sólo se cuela en las conversaciones casi por descuido, entra en el festejo sólo a cuentagotas. De alguna manera, la cena funciona como una burbuja a prueba de desencantos. Por una noche, el transcurrir de la vida queda cancelado. Por una noche, estamos suspendidos en una especie de limbo temporal donde ya no somos exactamente los que éramos (y lo sabemos) pero tampoco quedan expuestos en detalle los contornos de nuestra versión actual. Por una noche, hacemos a un lado nuestras posibles diferencias y recostamos nuestra identidad sobre aquello que nos une -la pertenencia al colegio, el sabernos parte de la promoción '82- felices de haber sacado del placard un perfume existencial que hacía mucho no nos poníamos.

"¿Y vos quién sos?". Quizás nos hayamos perdido para siempre y ya no podamos reconocernos. No lograremos saberlo con certeza; al menos, no esta noche. Nos iremos de aquí siendo casi extraños. Pero lo haremos pensando tranquilizadoramente que todavía nos conocemos.

He allí la limitación fundamental de estos reencuentros.

He allí, tal vez, su atractivo principal.

Crónica nº 34: Muebles viejos (noviembre 2007)

Debo confesar que conozco poco y nada acerca de muebles antiguos. Ya de por sí, me resulta engorroso diferenciar con precisión un aparador, un baiut y un bargueño, de modo que mal podría entonces discernir estilos, apreciar la calidad intrínseca de tal o cual madera, o evaluar apropiadamente el estado de conservación de algún armario.

Lo antedicho puede tal vez llevar a pensar que estoy inhabilitado para disfrutar de una visita a un local comercial dedicado específicamente a la compraventa de muebles usados. Nada más erróneo. No es, por supuesto, mi pasatiempo favorito, pero tampoco implica un aburrimiento intolerable. Es sólo que, ante tamaña falta de ciencia mobiliaria, esos paseos despiertan en mí un interés bastante alejado de las razones puntuales que suelen llevar a la gente a esos lugares.

En este momento, por ejemplo, me encuentro recorriendo con Gabriela uno de esos negocios, un extenso salón al que hemos acudido sin mayores esperanzas en busca de alguna ganga irresistible. Y dado que no puedo, como ella, matizar nuestro andar con comentarios admirativos hacia la taracea de aquel ropero o el señorial gobelino de este juego de sillas, me dejo llevar por esa doble percepción sensorial vista-olfato que me conduce irremediable, melancólicamente hacia tiempos idos, hacia casas familiares que dejé de transitar hace mucho, mucho tiempo.

En uno de los tantos recovecos del laberíntico depósito, Gabriela descubre dos veladores con caireles, ubicados sobre sendas mesitas de luz. Me los señala, remarcando la delicadeza de su diseño. Los miro de cerca y compruebo que son iguales a los que mi mamá compró para su dormitorio cuando yo tenía siete años. Se lo comento y, casi sin pensarlo, agrego: "Mirá si fuesen los mismos".

Previsiblemente, en menos de un segundo mi irreflexiva afirmación se torna especulación literaria: ¿y si realmente fuesen los mismos veladores?

Me conozco lo suficiente como para saber que ya no podré sustraerme al juego. Las cosas que voy viendo adquieren entonces una dimensión casi fantasmagórica, como si presintiera que en cualquier momento, en algún punto incierto de nuestro trayecto, va a surgir ante mí un mueble ligado, en mayor o menor medida, a mi historia personal. ¿No será, acaso, aquel toilette, el mismo en el que mi abuela paterna colocaba sus potes de "Angel Face"? ¿No será aquella cómoda de herrajes dorados la misma bajo la cual pretendí, torpemente, ocultar el cuerpo del delito la vez que recorté mi flequillo para evitar que me llevaran a la peluquería? ¿Y no será aquélla la mesa cuadrada sobre la cual descubrí un tesoro compuesto por revistas de los años '60 que mi abuelo materno acumulaba en el garage sin justificativo aparente?

Sé que se trata de una hipótesis poco razonable, pero no es imposible. Y es justamente ese margen de probabilidades favorables lo que la vuelve inquietante. Toco algunos de esos muebles, paso mis dedos sobre su piel de madera buscando hallar tal vez una mínima vibración que confirme mis sospechas. ¿Y si los muebles tuvieran un alma? ¿Y si, al igual que los cachorros perdidos, tuvieran un instinto que les permite reconocer a sus antiguos dueños a pesar del tiempo transcurrido? ¿Y si en este preciso instante alguno de los cientos de muebles amontonados en este salón estuviese enviándome un mensaje imperioso, con la desesperación de quien quiere gritar y no tiene voz?

Llegamos al final del recorrido. La ganga irresistible, por supuesto, no ha aparecido. Saludamos a la dueña del depósito y volvemos a la calle sin que ningún acontecimiento extraordinario haya alterado el normal transcurrir de la mañana.

Sé que es absurdo, pero no puedo evitar que mi ánimo se vea enturbiado por cierto incómodo desasosiego, la culpa irreparable de quien no ha sido capaz de descifrar una señal de auxilio que sólo a él le estaba destinada.