Somos alrededor
de veinte los turistas que hemos decidido emprender la aventura –modesta, pero
aventura al fin- de hacer una hora de trekking en lo alto del Cerro Catedral. A
nuestras espaldas han quedado la estación superior de la aerosilla y la
tentadora comodidad de la
confitería. A nuestra izquierda, flanqueando el sendero, está
la ladera del cerro, pura piedra desnuda de toda vegetación. A la derecha, a
unos dos metros de nuestro andar, hay un precipicio no apto para quienes padecen
de vértigo y, al mismo tiempo, una vista panorámica digna de un documental de
la
National Geographic. Adelante –o, para ser más exactos, arriba-
está la meta: el mirador del Valle de Rucacó, un lugar conocido como El Filo del
Catedral. Si hemos de creer en las promesas formuladas, nos aguarda allí una
vista espectacular de la cordillera y -si tenemos suerte- el último bastión de
nieve que el inusual calor de enero le ha perdonado a la
montaña.
jueves, 7 de febrero de 2013
Crónica n° 83: Crónica andina (febrero 2013)
miércoles, 12 de diciembre de 2012
Crónica n° 82: Ellas (diciembre 2012)
Ahí están ellas, otra vez, bordando la madrugada con su taconeo insomne. Ahí
están, con su desnudez incompleta -siempre incompleta- cumpliendo su rito
exhibicionista, su lento desfile sensual, ofreciéndose a cualquiera que las
quiera tomar. Ofreciéndose a mí, por ejemplo, que no puedo dejar de mirarlas con
un recelo envenenado de lujuria.
Me deslizo
entonces hacia el vértigo artificial que ellas me proponen y juego de nuevo a
que les creo. Las palpo con mi urgencia de animal solitario, les prodigo mi
furia torpe, mis gestos ampulosos de monarca en el destierro, y ellas actúan
como si en verdad lo hiciera bien. Fingen sumisión, simulan descaradamente que
son mías esta noche.
Pero
mienten -siempre mienten-. Concluyo mi trajín, me levanto y, apenas les doy la
espalda, escucho otra vez sus risitas burlonas.
Allí siguen
ellas, las palabras, bordando la madrugada con su taconeo insomne.
Me chistan,
me llaman, prometen fiestas que sé imposibles porque mienten -siempre mienten-
pero me acerco igual; nunca he podido controlar esta atracción viciosa que
ejercen sobre mí.
Me doy
vuelta; no puedo dejar de mirarlas con un recelo envenenado de fracaso.
jueves, 22 de noviembre de 2012
Crónica n° 81: Tanto universo, Dante (noviembre 2012)
ese bebé / niño / frasquito de
posibilidades
¿Te
diste cuenta, Dante? Espléndido, múltiple y contradictorio, el universo entero fluye
a tu alrededor. Aquí y ahora mismo, delante de cada uno de tus pasos, todo late,
novedoso, al alcance de tus sentidos y tu curiosidad: números, colores,
fragancias, objetos, formas, sonidos, sabores, palabras, animales y personas,
partículas y océanos, contundencias y abstracciones.
Es
una cosa muy grande el universo, Dante, no te das una idea. Todo gira y gira en
una perpetua danza cósmica cuya partitura nadie conoce, una danza que -aunque
todavía no lo sepas- también a vos te envuelve, te atraviesa, te concierne. Es
algo tan enorme, el universo… ¿Por dónde vas a empezar a estrenarlo? ¿Cuál de
sus infinitos costados atraerá tu atención? ¿Cuál de sus incontables regiones
te interesará recorrer? ¿Detrás de qué puertas querrás husmear para asomarte al
mundo? ¿A caballo de qué entusiasmos lo abordarás? ¿Querrás medirlo, pesarlo y
contarlo, o te esforzarás por poner en él cierto orden? ¿Te obsesionarás por comprender
las leyes que lo rigen, o te dedicarás sólo a alimentar el disfrute de explorarlo?
¿Lo aceptarás tal cual es, o necesitarás reinventarlo sobre lienzos o
pentagramas? ¿Qué barajas sacarás del mazo inconmensurable? ¿Tendrás predilección
por lo dulce? ¿Te gustarán más las melodías compuestas en tono menor?
¿Preferirás los colores fuertes?
Sentado
junto a vos en el suelo, te miro jugar, escucho tu parloteo de vocablos no
siempre inteligibles, espío la inocencia con que empezás a palpar lo
inabarcable. Pienso en la vastedad de lo que tenés por descubrir y tamaña
inmensidad, te lo aseguro, me marea. Decime, Dante, ¿qué vas a hacer con tanto
universo?
miércoles, 3 de octubre de 2012
Crónica n° 80: Bendito disenso, maldito disenso (octubre 2012)
El disenso se halla latente en toda interacción humana. No
existe un sólo tema en el que todas las personas estemos completamente de
acuerdo, ni existen tampoco dos personas que estén de acuerdo absolutamente en
todos los temas. La inevitable multiplicidad de miradas sobre el mundo fulmina
desde el vamos toda pretensión de uniformidad.
Maravilloso acto de libertad cuando somos nosotros quienes
lo ejercemos, el disenso se vuelve irritante cuando son los demás quienes lo
ejercen frente a nosotros. El disenso es invariablemente incómodo, no nos deja
hacer lo que queremos y encima osa poner en tela de juicio lo que pensamos y
sentimos. El disenso es una piedra en el zapato de nuestras convicciones, un
obstáculo que limita y evita la concreción indiscriminada de nuestras
aspiraciones personales o sectoriales, sean éstas un rosario de mezquindades o
un inventario de solidarias utopías. El disenso es la manifestación rotunda de
la existencia de un Otro que no piensa como yo, y por más amplios y tolerantes
que seamos, a nadie le divierte que lo contradigan.
Bendito disenso, maldito disenso. ¿Qué hacer frente a la
imposible unanimidad? En ámbitos verticalistas, o bien el disenso no se
exterioriza (no es que no lo haya), o bien se lo resuelve en base al principio
de autoridad y se hace lo que ordena el que manda, aunque los subalternos estén
en completo desacuerdo. En ámbitos democráticos, en cambio, el disenso se
resuelve apelando a una simple operación aritmética: se hace lo que decide la mayoría. La indudable
e irremplazable justicia de este método, sin embargo, no elimina las asperezas
de la confrontación.
Se trate de las elecciones que definen el destino político de
una nación o del debate en una reunión de consorcio sobre la necesidad de
pintar el edificio, el hecho de resolver en forma práctica el disenso mediante
la decisión de la mayoría no significa superarlo, pues -salvo en muy infrecuentes
ocasiones- ningún resultado adverso le quitará a los derrotados la íntima
certeza (o al menos, la íntima sensación) de que quienes se han equivocado son
los otros. Lo cual es perfectamente posible, ya que una mayoría nunca garantiza
por sí sola una decisión acertada, una solución conveniente, un hábito sano,
una conducta constructiva (cosa que deberíamos recordar cuando integramos
alguna mayoría, no sólo cuando sangramos por la herida de la derrota numérica).
Una mayoría no necesariamente es infalible. ¿Por qué habría de serlo, si está
formada por individuos, y los individuos somos esencialmente falibles? Además,
y pese a que nos resulta más cómodo imaginar lo contrario, las mayorías y las
minorías no son bloques homogéneos, conformados por la presencia o ausencia de
lucidez y valores, sino que constituyen una compleja trama en la que convergen
los más diversos factores, algunos de ellos, incluso, insalvablemente
contradictorios. Al fin y al cabo, a la hora del conteo final –tanto en
comicios gubernamentales como en reuniones de consorcio- el voto largamente
razonado vale igual que el emitido de manera irresponsable, el voto por
principios vale igual que el voto interesado y el voto del malandra vale igual
que el del honesto. Nada, entonces, salvo el prejuicio, autoriza a suponer que
la virtud y el vicio se han alineado en forma automática detrás de la postura
mayoritaria o de la otra.
Bendito disenso, maldito disenso. ¿Qué hacer frente a la
imposible unanimidad? “No estoy de acuerdo con lo que piensas, pero daría mi
vida por defender tu derecho a decirlo“, escribió Voltaire hace dos siglos y
medio. Claro, Voltaire no tenía Facebook. Si hubiese leído la catarata de
barbaridades que circula por las redes sociales disfrazada de moral
bienpensante, no habría dicho lo que dijo. O se hubiese vuelto ermitaño para no
hacerse mala sangre.
lunes, 18 de junio de 2012
Crónica n° 79: El chico con el que nadie se reía (junio 2012)
Mientras el guitarrista melenudo, joven talento del barrio, entusiasma a la
concurrencia cantando una chacarera, Ramón espía al público que se ha juntado en
la placita.
Oculto a un costado del escenario, observa todo con ojos de
niño grande. Tiene 30 años, pero los festivales al aire libre todavía le
provocan el mismo cosquilleo de excitación que le causaban cuando era chico,
como si estos ratos de alegría popular fuesen el testimonio concluyente de que
Dios aún se acuerda de sus hijos. De todos.
Es una tarde radiante de
invierno y la placita se ha llenado de gente que, sea por auténtico interés, por
curiosidad o para disolver el aburrimiento de los domingos, viene a ver los
diferentes espectáculos que se están ofreciendo. Algunos están sentados sobre el
césped; otros han traído desde sus casas los sillones plegables y el equipo de
mate. Hay banderas y racimos de globos ondeando en lo alto de las farolas, y un
grupo de niños que cada tanto se aleja del escenario y vuelve a correr detrás de
una pelota.
La escena le trae el recuerdo
de una tarde similar en la plaza de su barrio, Santa Rosa de Lima. Ramón tenía
entonces 15 años y su vida era un inventario de los lugares comunes que suelen
jalonar la
marginalidad. Pero a Ramón lo distinguía, además, una timidez
monumental. Parco al extremo, podía pasar largos ratos entre la gente sin emitir
palabra alguna, y cuando no le quedaba otro remedio que abrir la boca, lo hacía
pronunciando monosílabos en voz muy baja.
Cuando el hombre del aro en la
oreja llegó al barrio con intenciones de reclutar pibes en situación de riesgo
para armar con ellos un grupo de teatro callejero, Ramón estuvo en la reunión
inicial sólo por inercia, arrastrado por el entusiasmo de su primo Andrés, que
integraba una murga en Yapeyú desde hacía unos meses y venía llenándole la
cabeza hablando maravillas de su experiencia con el redoblante, la pintura y el
disfraz. A la semana siguiente, sin embargo, Ramón fue al primer ensayo por
propia decisión. No supo muy bien qué buscaba, sólo sabía que el hombre del aro
en la oreja lo había mirado a los ojos y sin
desprecio.
La timidez, sin embargo, le
jugó en contra desde el principio. Se enredaba aún en los parlamentos más
simples, tartamudeaba, le costaba modular la voz para que sus palabras
resultaran audibles y, sobre todo, se quedaba duro, sin reacción, ante el menor
traspié. Preocupado por no poder revertir tamaño grado de inexpresividad, el
hombre del aro en la oreja optó por recurrir a lo básico: “Vamos a hacer lo
siguiente, Ramón”, le dijo una tarde, poniéndole una mano en el hombro, con la
actitud típica de los directores técnicos que dan instrucciones al jugador
suplente que está por ingresar. “Cuando yo le grite al Gato ‘Me voy’, vos vas a entrar llevando unas
cajas, entonces yo te atropello, vos tirás las cajas para arriba y te caés de
espalda”. Ramón no lo dijo, pero sintió un profundo alivio al saber que, por lo
menos, no tendría que aprenderse un texto de memoria y repertirlo delante de
todos los vecinos. Pero las dificultades no se acabaron allí: la primera vez que
ensayaron la escena, Ramón cayó mal y no se desnucó por milagro. Con una
paciencia a prueba de contratiempos, el hombre del aro en la oreja le enseñó la
técnica circense para caer sin golpearse y, de a poco, las cosas empezaron a
salir con mayor fluidez.
La tarde prevista para la
representación era similar a esta. Hubo música, títeres, hubo una taza de
chocolate caliente para todos los chicos y hasta actuó la murga de Yapeyú en la
que tocaba Andrés. Cuando llegó el momento de la obra, Ramón se ubicó detrás de
unos carteles y, en involuntaria imitación de la estatua viviente que había
visto una vez en la peatonal, se quedó parado con las cajas listas en la mano,
como si le hubiesen confiado una reliquia y tuviese miedo de arruinarla o de
perderla. Estaba asustado; un pececito inquieto empezó a retorcerse en su pecho,
retaceándole el aliento. Era como si le hubiesen puesto el alma en una prensa.
Cuando escuchó que le daban el pie, creyó que le iba a reventar el corazón.
Tragó saliva y salió de las sombras con esa dosis fugaz de inconsciencia de
quien se tira a un precipicio. Tal cual estaba previsto, el hombre del aro en la
oreja vino corriendo hacia él y se lo llevó por delante. Ramón se desparramó
aparatosamente sobre el piso mientras las cajas volaban. Escuchó las carcajadas
del público. Tendido, mirando el cielo luminoso de julio, escuchó las carcajadas
y se sorprendió, como quien descubre en un recodo del camino un paisaje
inesperado. Escuchó las carcajadas y fue como si unos brazos tibios lo
abrigaran. Escuchó las carcajadas y hubiese querido quedarse así para siempre,
atesorándolas, pero el Gato, con nula sutileza, se encargó de recordarle por lo
bajo que la obra seguía y que él debía salir de
escena.
“Che, ¿por qué te quedaste
tanto tiempo tirado en el suelo?”, le preguntó el hombre del aro en la oreja un
rato más tarde, cuando todo habia terminado y la plaza ya estaba sumida en esa
melancolía viscosa que sucede a toda fiesta. “Estaba escuchando la risa de la
gente”, explicó él. Y enseguida, sin sospechar el desamparo sideral que
evidenciaban semejantes palabras en boca de un chico de 15 años, agregó: “Nunca
nadie se había reído conmigo”.
El guitarrista melenudo
concluye su actuación y los vecinos lo ovacionan. Ramón se desentiende
bruscamente de los recuerdos y se concentra en el ahora, en el trajín de la
gente del sonido, que trabaja cerca de él. El presentador pasa a su lado y
consulta: “¿Estás listo?”, Ramón asiente y ve cómo el hombre camina hacia el
centro del escenario, toma el micrófono y comienza a hablarle al público con
énfasis festivalero. Él se queda aguardando expectante. La timidez no lo ha
abandonado y todavía siente el aleteo del pececito en los minutos previos, pero
no le importa porque ya se acostumbró: hace años que visita hospitales y recorre
los barrios más pobres de Santa Fe con su vocación solidaria a cuestas.
“Con ustedeeeees…”, anuncia el
presentador. Ramón se acomoda el sombrero por última vez y verifica que la nariz
roja esté bien ajustada. Después, traga saliva y sale a escena. El chico con el
que nadie se reía finge que se tropieza y realiza una acrobática pirueta. Un
centenar de carcajadas llega hasta él para
abrigarlo.
lunes, 28 de mayo de 2012
Crónica n° 78: Nueve minutos (mayo 2012)
Los viajes en el
tiempo son posibles. Brevísimos, es cierto, casi imperceptibles, tan modestos
que ni siquiera provocan efecto verificable alguno, pero son posibles. Lo sé por
experiencia; lo sé porque los hago habitualmente desde aquella mañana soleada de
julio en que descubrí por casualidad el secreto para llevarlos a cabo.
Ignoro por
completo las razones científicas que los sustentan, pero me consta que
realizarlos es mucho más sencillo de lo que podría suponerse investigando las
teorías que versan sobre tan compleja materia. Mucho más simple, incluso, que lo
que se podría fantasear viendo películas de ciencia-ficción referidas al tema.
No hay involucradas aquí máquinas estrambóticas, ni es necesario contar con un
vehículo o un dispositivo específicamente diseñados para la ocasión.
Cualquier persona puede hacer estos viajes sin tener que
prepararse para ellos. De hecho, involuntariamente, cada día hay miles de
viajeros que los cumplen; lo que sucede es que, al parecer, hasta ahora nadie,
excepto yo, se ha dado cuenta.
La cosa funciona
así. Uno va caminando por la peatonal de Santa Fe en dirección norte-sur y, unos
metros antes de llegar a Primera Junta, mira el reloj electrónico que está
plantado a la altura del Banco de Galicia. Al hacerlo, comprueba sin mayores
sobresaltos que son, pongamos, las 8.07. Cruza la calle y camina una cuadra más
sin que nada extraño acontezca. Pero al mirar el reloj electrónico (idéntico al
anterior) que está ubicado unos metros antes de llegar a calle Mendoza, uno
descubre con gran sorpresa que son las 7.58.
lunes, 9 de abril de 2012
Crónica n° 77: Bienvenidos al club (abril 2012)
Yo no tengo la habilidad de Messi, ni el carisma de Sandro, ni la pinta de Pablo Echarri. No tengo ninguno de esos atributos que suelen inspirar la creación de un club de admiradores. Tampoco tiene mi conducta pública un costado polémico como para inspirar la creación de un club de detractores, como esos grupos de Facebook que adoptan nombres demoledores del estilo “10000 personas que odiamos a Arjona”. No soy, en suma, objeto de aclamación ni repudio masivos. No obstante, a lo largo de mi vida adulta me las he ingeniado para ir generando en torno a mí la existencia de un club formado por un vasto y heterogéneo conjunto de individuos: el club de personas no saludadas por Alfredo Di Bernardo.
Se trata, por cierto, de un club muy singular: no tiene sede, no tiene presidente, carece de página web y de cuenta en Twitter, no realiza declaraciones oficiales, no exhibe banderas en público y nunca fue constituido formalmente. Pero lo más insólito de todo es que sus integrantes no saben que lo son. Y como el hecho de no saludarlos no es un acto deliberado de mi parte sino una involuntaria consecuencia de mi escasa visión, tampoco yo puedo realizar un aporte significativo a la hora de ensayar la confección de un padrón aproximado de miembros. Intuyo, eso sí, que son muchos, muchísimos, y que la nómina crece con regularidad indeclinable.
Para formar parte del club es necesario que se cumplan dos condiciones, una objetiva y otra subjetiva. La condición objetiva es obvia: cruzarse conmigo y no ser saludado (o, como veremos más adelante, recibir un saludo imperfecto). La condición subjetiva consiste en que los damnificados ignoren la magnitud de mi discapacidad visual. Este requisito deja afuera del club a mis amigos más cercanos que, conociendo el buey con el que aran, saben que si no me pegan el grito, se me tiran encima o me hacen una zancadilla, pasaré a su lado con la misma impasibilidad de quien está más allá del bien y del mal. O con la misma inconsciencia inquebrantable de Mr. Magoo.
Una visión simplista del problema (una visión algo miope, si se me permite el sarcasmo) puede conducir a equívocas conjeturas. Por ejemplo, la de suponer que la alternativa de ver o no ver a mis semejantes depende sólo de una cuestión de luz reinante en el ambiente, o de la distancia existente entre el prójimo y yo. Craso error: muchas veces la luminosidad abundante termina siendo contraproducente y la cercanía no garantiza nada. No hay un patrón preciso que regule este asunto. Y si lo hay, son demasiados los factores que inciden en él como para volverlo comprensible. Lo cierto es que, estadísticamente hablando, la feliz circunstancia de que yo logre identificar a alguien sin problemas es altamente infrecuente. Es como jugar contra el Barcelona: se le puede ganar, pero es mucho más probable que eso no ocurra.
Mis no-saludos admiten distintas variantes. La primera de ellas es el “no-saludo simple”. Por ejemplo, voy por la peatonal y el doctor Gutiérrez aparece en mi camino, o voy a la Municipalidad para hacer un trámite y me pongo a esperar mi turno al lado de mi vecina Nené, o entro a una sala cultural y me ubico cerca de mi colega Juan Carlos , con el que suelo intercambiar amables correos electrónicos y con el que incluso somos amigos en Facebook. Pues bien, tanto el doctor Gutiérrez, como mi vecina Nené y mi colega Juan Carlos me ven y se disponen a saludarme. Lo que ninguno de ellos tiene en cuenta es que, a pesar de toda apariencia en contrario, yo no los he visto a ellos. Abismalmente ajeno a su presencia, paso entonces a su lado (o permanezco, que es peor) y los ignoro con olímpica buena fe. La personalidad de cada víctima marcará la diferencia de reacciones frente al desaire: habrá quien se ponga a examinar culposamente qué maldad me hizo para merecer tamaño desplante, habrá quien apueste por la opción conspirativa y se pregunte intrigado en qué turbios asuntos andaré metido como para simular no verlo, habrá quien me considere un odioso (por usar un epíteto suavecito).
El panorama se oscurece aún más (valga el sarcasmo) cuando nos adentramos en los terrenos del “no-saludo con alevosía y ensañamiento”. Por lo general, trato de no mirar fijamente a los demás en sitios públicos (¿para qué habría de hacerlo, si total no los voy a ver?). Es una estrategia defensiva que busca evitarme conflictos cediéndole la iniciativa del saludo a los otros. Claro que el truco no siempre resulta eficaz. A veces, no puedo evitar que mi inoperante mirada se cruce fugazmente en el aire con alguna otra. En ese caso, al doctor Gutiérrez, a mi vecina Nené y a mi colega Juan Carlos les resultará directamente inconcebible que yo no los haya visto y, por ende, su indignación no hallará dique que la contenga. El veredicto será fulminante y quedaré como un maleducado sin remedio (por usar un epíteto suavecito).
Una interpretación amplia del concepto de “no-saludo” admite la posibidad de considerar dentro de dicha categoría a los saludos inapropiados conocidos como “saludo al bulto” o “saludo al voleo”. Esta amplitud de criterios permite incluir como miembros del club a los involuntarios protagonistas de estos casos -no menos frecuentes y embarazosos- en los cuales si bien hay un saludo de mi parte, éste presenta un defecto de fábrica que autoriza a impugnarlo como tal. Sucede cuando, conforme a mi ya explicada estrategia de ceder la iniciativa, alguien efectivamente me saluda pero yo no puedo reconocerlo. Respondo por reflejo, sí, respondo incluso con una inmediatez exagerada, como quien se ha quedado adormecido en público y al despertar bruscamente sobreactúa para demostrar que estuvo despierto todo el tiempo. Cuando este tipo de saludo se da en la modalidad “al paso”, es muy factible que se perpetre un indeseado desfasaje de intensidades y que yo termine saludando con grandes aspavientos al doctor Gutiérrez –que, al fin y al cabo, apenas me conoce- y le dedique sólo una leve cortesía a mi colega Juan Carlos , que esperaba de mí un abrazo efusivo. Claro que mucho peor es la variante en la cual el saludador misterioso no se limita a saludar e irse, sino que permanece a mi lado y se pone a darme charla sin que yo tenga idea de con quién estoy hablando. Pocas experiencias hay en la vida tan adrenalínicas como éstas, se los puedo asegurar. Sobre todo cuando mi interlocutor, haciendo gala de su extrema jovialidad, me sonríe de oreja a oreja y pregunta con brutal inocencia: “che, ¿te acordás de mí, no?”.
Lo paradójico de la cuestión es que la imagen que seguramente los miembros del club tienen de mí dista mucho de lo que soy en realidad. No es que me crea un tipo particularmente simpático (de hecho, mi sociabilidad presenta unas cuantas facetas inconvenientes) pero de ninguna manera soy ese patán guarango que involuntariamente aparento ser. Lo paradójico de la cuestión es que, si lograra asignarle a esos fantasmas que me rodean su correcta identidad, podría poner en funcionamiento la maquinaria de mi asombrosa memoria y preguntarle al doctor Gutiérrez acerca de su aficlón por Almagro (porque alguna vez me comentó como al pasar que era el único hincha de Almagro en toda Santa Fe), o preguntarle a mi vecina Nené cómo andan sus seis hijos (del menor de los cuales es casualmente mañana el cumpleaños), o recordarle a mi colega Juan Carlos cuánto me gustó ese poema suyo sobre la lluvia que leyó en aquel café literario que compartimos ocho años atrás (mas precisamente un viernes 31 de mayo). Es una pena, pero tal prodigio no es posible. Mis ojos padecen de una especie de falta de pixeles suficientes para lograr una adecuada resolución de imagen y suelo ver a los otros con rasgos poco definidos, como si fueran rostros de una foto nocturna sacada sin flash. Debo entonces extraer certezas de la bruma, decodificar y reconstruir constantemente, en tiempo real, lo que acontece delante de mí, y esa misión requiere de mi parte una tarea casi de investigación forense. Sólo que aquí no se pretende esclarecer un crimen, sino prevenirlo. ¿De qué me sirve conseguir el objetivo un minuto después de producido el incidente?
Desentrañar la identidad de las personas a partir de indicios me obliga a ser (valga la ironía) sumamente observador. Un bastón, un cabello canoso, unos anteojos con marco blanco , un vozarrón tabáquico, un tic, una entonación particular en el “¿Cómo le va, Di Bernardo?” o en el “¿Cómo andás, Flaco?” me ayudan a sonsacar pistas de las sombras, a navegar en lo borroso. El contexto geográfico, por ejemplo, es fundamental: si veo a una mujer saliendo de la casa de mi vecina Nené, es altamente probable que se trate, efectivamente, de mi vecina Nené. Los problemas nacen cuando esa tranquilizadora referencia geográfica se desvanece y me encuentro con el colega Juan Carlos frente a la góndola de embutidos del Wal-Mart o me cruzo con el doctor Gutiérrez en la playa, ataviado con una bermuda floreada y musculosa.
Tal vez algún día los anteojos traigan incorporado un dispositivo electrónico que permita identificar a la persona que uno tiene enfrente (como las radios online que indican el tema que estamos escuchando), o se invente un GPS con parámetros humanos, capaz de anunciar “Doctor Gutiérrez, 20 metros a la izquierda”. O tal vez me decida de una vez por todas a ponerme una remera con la leyenda “Salúdenme ustedes, que yo no los veo”. Por lo pronto, quedan todos los lectores debidamente avisados: la inscripción al club está abierta todo el año, las 24 horas del día.
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