Desde alguno de los patios vecinos ha comenzado a llegar el ritmo pegadizo de un cuarteto. Recién salida del baño, envuelta aún en su toallón de flores azules, Pepa tararea la melodía casi sin darse cuenta e imagina el festejo de Nochebuena que se está preparando en aquel patio. La postal que se dibuja en su cabeza –mesa larga, mantel a cuadros, vino vertiéndose en los vasos, trozos de carne asándose en una parrilla- la remonta a otra Nochebuena, a otro patio, lejos de Córdoba, el patio de la casa de su infancia en San Cristóbal. La remonta al tiempo en que era la niña consentida de la familia por ser la menor de los ocho hermanos. Cuando estaban todos vivos y juntos, cuando San Cristóbal prosperaba alrededor del ferrocarril y la vida era sólo un juego de naipes que parecía fácil de jugar. Cuando las barajas del mazo todavía no estaban tan arbitrariamente repartidas.
Enciende la luz y el ventilador de techo. Sobre la cama, impecablemente planchada por sus propias manos, descansa la ropa que ha elegido para esperar la medianoche: una blusa blanca y una pollera negra estampada. Al pie de la mesa de luz, aguardan sus zapatos más nuevos, esos de taco imprudentemente alto. Se para frente al espejo que está sobre la cómoda y empieza pacientemente a batirse el pelo.
El silencio actual de su casa contrasta demasiado con la algarabía de la escena recordada. Pero Pepa no se angustia. Al contrario, siente un especial orgullo por haber recibido nada menos que tres invitaciones de familias amigas para pasar la Nochebuena en compañía. Agradecida, las ha rechazado a todas con amabilidad pero con firmeza. En parte porque a sus 70 años el bullicio de los niños ya no le resulta fácil de tolerar, en parte porque esa semiceguera que la aqueja por culpa de su diabetes crónica le dificulta bastante el andar y prefiere desplazarse en territorio conocido. “Está bien, Pepa”, le dijo Mirta, “acepto lo que usted decida pero con una condición: prométame que no se va a deprimir pensando en las cosas feas que le han pasado”. Y como Pepa es mujer de palabra, ahí está, tarareando la música bailantera que viene desde el patio del vecino mientras termina de batirse el pelo.
Pepa no va a repasar su frondoso inventario de naufragios y pesares. No va a pensar en lo duro que fue separarse ni en lo mucho que tuvo que trajinar para mantener a sus dos hijos, preparando viandas, recibiendo pensionistas, cuidando niños ajenos o lavando los platos sucios de otra gente hasta borrarse las huellas digitales. No va a pensar en las incontables preocupaciones que le trajo el bracito defectuoso con el que nació su hijo menor. Menos aún, claro, va a recordar el accidente que la privó de ese hijo para siempre, justo el día en que cumplía 14 años. No habrá de pensar, tampoco, en el otro hijo, del que la separan diez mil kilómetros de distancia y ocho años de ausencia. Pepa es mujer de palabra y no hará nada de eso. Optará, en cambio, por reírse sola acordándose del estrafalario pensionista de la casa de calle Belgrano al que ella apodó “Tonteraje”. Evocará los bailes del Racing, cuando deslumbraba a todos con la gracia de sus movimientos. Meneará la cabeza con gravedad en señal de tierna reprobación recordando cuando sus hijos le robaban la silla de ruedas a la abuela para salir a dar una vuelta por el pueblo. No cederá a la melancolía, aunque la tentación esté ahí nomás, al alcance de la memoria.
Se observa en el espejo como puede, a través y a pesar de esa molesta niebla que se ha instalado delante de sus ojos últimamente. Se observa y se gusta. Mueve los hombros con suavidad para terminar de acomodar los pliegues de la blusa, se alisa la pollera buscando cancelar inexistentes arrugas. Ladea la cabeza en una y otra dirección para verificar que esos grandes pendientes son los indicados para el collar de fantasía que ha elegido. Se lleva una mano al pelo y, con un toque delicado de los dedos, comprueba que la flor blanca de tela está debidamente ajustada al cabello. Corrige levemente el maquillaje del pómulo derecho y se perfuma. Después, rebusca en un cajón el abanico de nácar que perteneció a su madre, supervisa todo otra vez y siente que ahora sí, la tarea está concluida. Ya está lista para asistir a su fiesta solitaria.
Avanza lentamente hacia la puerta de calle. Recoge en el camino el sillón plegable de tiras rojas y sale. Pepa irrumpe en la noche de barrio San Martín Norte con sus irreductibles ganas de vivir, y es tal la prestancia que irradia su estampa, que los niños que se divierten tirando rompeportones abandonan su juego unos segundos, y los vecinos que toman fresco en la vereda interrumpen sus conversaciones para admirarla. Alguien siente que la única manera posible de homenajear la coqueta entereza de esa mujer es aplaudirla. Y entonces la aplaude, y otro lo imita, y otro, y ella, asombrada, se ruboriza ante el inesperado halago. Sonríe complacida y responde con una reverencia, como si fuera una reina.
La brisa del norte ofrenda un concierto de nueve campanadas que se mezcla con los ruidos de la avenida cercana. Sentada en su sillón plegable de tiras rojas, Pepa se abanica y disfruta de la noche del mismo modo en que ha aprendido a disfrutar de la vida: no permitiendo que la adversidad desbarate su alegría. De vez en cuando, es cierto, la tristeza la visita. Pero cuando eso sucede, ella la mira a los ojos, le descerraja una carcajada fulminante a quemarropa y la tristeza, entonces, no tiene más remedio que huir avergonzada.
lunes, 13 de febrero de 2012
lunes, 6 de febrero de 2012
Crónica n° 74: El descubrimiento de la relatividad (enero 2012)
“Dale, Mónica, metete que el agua está hermosa”, dice Mandy desde la pileta. Los que, al igual que él, estamos compensando los ardores de la siesta santafesina con un chapuzón vivificante, apoyamos su moción con entusiasmo pero Mónica, friolenta vitalicia, nos mira con desconfianza. Se acerca al borde, extiende la pierna derecha y tantea el agua con el dedo gordo. No muy convencida, comienza a bajar los escalones con extrema lentitud y, a medida que se va sumergiendo, el rostro se le contrae en expresión de sufrimiento. “¡Vos estás loco; esto está helado!”, recrimina, y los demás, divertidos, nos burlamos sólo por sembrar cizaña.
Mandy y Mónica no lo saben, ni siquiera lo sospechan, pero acaban de reproducir casi textualmente una escena incluida en uno de los libros más impactantes que tuve el placer de leer en mi infancia: “El mundo de la comunicación”.
Era -y debo confesar que el uso del pretérito responde aquí sólo a una intencionalidad evocativa, ya que el ejemplar en cuestión aún existe y ocupa un lugar en los estantes de mi biblioteca- uno de esos libros grandes de Editorial Sigmar, coloridos y con muchas ilustraciones, destinados a estimular las inquietudes de niños que -como yo- sentían una irresistible atracción hacia el mundo de los datos y los conocimientos. Títulos como “Preguntas y respuestas para niños curiosos”, “Los cómo y porqué del Tiempo” o “La fuente del saber” dan una idea acabada, me parece, del objetivo perseguido por aquellos libros entrañables.
“El mundo de la comunicación” proponía un repaso de las diferentes formas pergeñadas por el hombre a lo largo de la historia para intercambiar información y emociones, desde la escritura de los sumerios hasta el cine, brindaba pautas sencillas para comprender el fenómeno comunicacional e introducía a los lectores en nociones elementales de lingüística y publicidad. La ortodoxia zodiacal señala que los geminianos solemos experimentar un vivo interés por estos asuntos y se ve que yo no fui la excepción: tanto por su temática como por su diseño, “El mundo de la comunicación” me resultó sencillamente apasionante.
Dentro de ese apasionamiento general, el punto culminante lo constituían las páginas 30 y 31. En ellas, al compás del latiguillo “El significado está en las personas, no en las palabras”, se ofrecía de manera clara y amena un muestrario de malentendidos a los que pueden dar lugar las percepciones individuales. Del texto sólo recuerdo el ejemplo de la ya referida discusión de pareja acerca de la temperatura del agua en la piscina. Las ilustraciones, en cambio, son inolvidables. “¿Qué quiere decir alto para el hombre de la derecha? ¿Y para el de la izquierda?”, se preguntaba el epígrafe de una foto en la que se veía a tres caballeros caminando: un enano, un gigante y otro que poseía una estatura que podría calificarse de normal. “50 personas, ¿son muchas o pocas?”, se interrogaba otro epígrafe en relación a sendos dibujos en los que se veía a 50 personas amontonadas en una habitación y a 50 personas cómodamente distribuidas en un estadio de fútbol (y sí, por supuesto que cedí a la tentación de contarlas para verificar si realmente eran 50). Otro dibujo mostraba a una señorita que decía “Mi hermano tiene una casa hermosa”. Al escucharla, un hombre imaginaba una mansión fastuosa, a otro se le representaba una apacible casa de campo… y el loro pensaba en una jaula reluciente. A todas las ilustraciones las acompañaba el leit-motiv de aquellas dos páginas maravillosas: “El significado está en las personas, no en las palabras”.
Fue un deslumbramiento fulminante. Fue amor a primera lectura.
Hace años que no soy amigo de las posturas absolutas. Que hay tantas maneras posibles de percibir el mundo como sujetos que lo perciben, que por lo tanto nuestras aproximaciones a la verdad son sólo parciales e inconscientemente tendenciosas, y que esa multiplicidad de miradas sobre el mundo es el origen de todos nuestros desencuentros, son ideas centrales en mi filosofía de vida. La conveniencia y necesidad de hacer el esfuerzo de comprender y tolerar las percepciones ajenas, aún las que contradicen las nuestras, es uno de los lineamientos básicos de mi ética personal. He hablado centenares de veces de estas cuestiones con mis amigos, intento explicárselas a mis alumnos cada vez que puedo y, desde distintos ángulos, he llenado sobre el tema una buena cantidad de carillas. ¿Sería razonable, por ende, atribuirle a las páginas 30 y 31 el origen de esta manera mía de conducirme en la vida? Temo que arribar a tal conclusión sería exagerado. De hecho, a los conceptos de subjetividad y relatividad recién los comprendí cabalmente cursando el quinto año de la secundaria. A mis 11 años ni siquiera supe que el objeto de mi enamoramiento intelectual se llamaba así: relatividad. Fue aquella, sin embargo, la primera vez que un libro me brindó el andamiaje conceptual necesario para sustentar una idea previa borrosamente poseída. Las páginas 30 y 31 me suministraron una clave esencial para decodificar cómo funcionan los seres humanos. Y si bien más tarde, al correr de los años y las lecturas, llegaron muchos otros textos cuya lucidez descorrió velos, disolvió sombras y me sirvió de guía en el siempre intrincado bosque de las ideas, siento que de algún modo todas esas iluminaciones posteriores se asentaron, directa u oblicuamente, sobre los cimientos plantados por aquellas dos páginas precursoras en las que aprendí, de una vez y para siempre, la incómoda ambivalencia de los adjetivos. Aquellas dos páginas con las que empezó a germinar en mí la temible sospecha de que, muy a nuestro pesar, establecer verdades definitivas en el reino de lo humano es tarea inviable.
“Anoche en el Cinc Club vi una película buenísima”, dice Mónica.
¿Cómo saber con exactitud a qué se refiere? El significado está en las personas, no en las palabras.
Mandy y Mónica no lo saben, ni siquiera lo sospechan, pero acaban de reproducir casi textualmente una escena incluida en uno de los libros más impactantes que tuve el placer de leer en mi infancia: “El mundo de la comunicación”.
Era -y debo confesar que el uso del pretérito responde aquí sólo a una intencionalidad evocativa, ya que el ejemplar en cuestión aún existe y ocupa un lugar en los estantes de mi biblioteca- uno de esos libros grandes de Editorial Sigmar, coloridos y con muchas ilustraciones, destinados a estimular las inquietudes de niños que -como yo- sentían una irresistible atracción hacia el mundo de los datos y los conocimientos. Títulos como “Preguntas y respuestas para niños curiosos”, “Los cómo y porqué del Tiempo” o “La fuente del saber” dan una idea acabada, me parece, del objetivo perseguido por aquellos libros entrañables.
“El mundo de la comunicación” proponía un repaso de las diferentes formas pergeñadas por el hombre a lo largo de la historia para intercambiar información y emociones, desde la escritura de los sumerios hasta el cine, brindaba pautas sencillas para comprender el fenómeno comunicacional e introducía a los lectores en nociones elementales de lingüística y publicidad. La ortodoxia zodiacal señala que los geminianos solemos experimentar un vivo interés por estos asuntos y se ve que yo no fui la excepción: tanto por su temática como por su diseño, “El mundo de la comunicación” me resultó sencillamente apasionante.
Dentro de ese apasionamiento general, el punto culminante lo constituían las páginas 30 y 31. En ellas, al compás del latiguillo “El significado está en las personas, no en las palabras”, se ofrecía de manera clara y amena un muestrario de malentendidos a los que pueden dar lugar las percepciones individuales. Del texto sólo recuerdo el ejemplo de la ya referida discusión de pareja acerca de la temperatura del agua en la piscina. Las ilustraciones, en cambio, son inolvidables. “¿Qué quiere decir alto para el hombre de la derecha? ¿Y para el de la izquierda?”, se preguntaba el epígrafe de una foto en la que se veía a tres caballeros caminando: un enano, un gigante y otro que poseía una estatura que podría calificarse de normal. “50 personas, ¿son muchas o pocas?”, se interrogaba otro epígrafe en relación a sendos dibujos en los que se veía a 50 personas amontonadas en una habitación y a 50 personas cómodamente distribuidas en un estadio de fútbol (y sí, por supuesto que cedí a la tentación de contarlas para verificar si realmente eran 50). Otro dibujo mostraba a una señorita que decía “Mi hermano tiene una casa hermosa”. Al escucharla, un hombre imaginaba una mansión fastuosa, a otro se le representaba una apacible casa de campo… y el loro pensaba en una jaula reluciente. A todas las ilustraciones las acompañaba el leit-motiv de aquellas dos páginas maravillosas: “El significado está en las personas, no en las palabras”.
Fue un deslumbramiento fulminante. Fue amor a primera lectura.
Hace años que no soy amigo de las posturas absolutas. Que hay tantas maneras posibles de percibir el mundo como sujetos que lo perciben, que por lo tanto nuestras aproximaciones a la verdad son sólo parciales e inconscientemente tendenciosas, y que esa multiplicidad de miradas sobre el mundo es el origen de todos nuestros desencuentros, son ideas centrales en mi filosofía de vida. La conveniencia y necesidad de hacer el esfuerzo de comprender y tolerar las percepciones ajenas, aún las que contradicen las nuestras, es uno de los lineamientos básicos de mi ética personal. He hablado centenares de veces de estas cuestiones con mis amigos, intento explicárselas a mis alumnos cada vez que puedo y, desde distintos ángulos, he llenado sobre el tema una buena cantidad de carillas. ¿Sería razonable, por ende, atribuirle a las páginas 30 y 31 el origen de esta manera mía de conducirme en la vida? Temo que arribar a tal conclusión sería exagerado. De hecho, a los conceptos de subjetividad y relatividad recién los comprendí cabalmente cursando el quinto año de la secundaria. A mis 11 años ni siquiera supe que el objeto de mi enamoramiento intelectual se llamaba así: relatividad. Fue aquella, sin embargo, la primera vez que un libro me brindó el andamiaje conceptual necesario para sustentar una idea previa borrosamente poseída. Las páginas 30 y 31 me suministraron una clave esencial para decodificar cómo funcionan los seres humanos. Y si bien más tarde, al correr de los años y las lecturas, llegaron muchos otros textos cuya lucidez descorrió velos, disolvió sombras y me sirvió de guía en el siempre intrincado bosque de las ideas, siento que de algún modo todas esas iluminaciones posteriores se asentaron, directa u oblicuamente, sobre los cimientos plantados por aquellas dos páginas precursoras en las que aprendí, de una vez y para siempre, la incómoda ambivalencia de los adjetivos. Aquellas dos páginas con las que empezó a germinar en mí la temible sospecha de que, muy a nuestro pesar, establecer verdades definitivas en el reino de lo humano es tarea inviable.
“Anoche en el Cinc Club vi una película buenísima”, dice Mónica.
¿Cómo saber con exactitud a qué se refiere? El significado está en las personas, no en las palabras.
jueves, 29 de diciembre de 2011
Crónica n° 73: La vida sin mentiras (diciembre 2011)
Si no fuera por esos 20 minutos finales en que la historia pierde vuelo y termina enredándose en los clichés propios de las comedias románticas hollywoodenses, “La mentira original” sería una película impecable. No obstante, a esta comedia -codirigida por Ricky Gervais y Matthew Robinson y protagonizada por el primero- le alcanza con los méritos que exhibe antes de ese final anodino para erigirse como una película conmocionante y movilizadora.
Con un humor inteligente, notable agudeza y acertadas dosis de un sarcasmo que a veces recuerda al de “Los Simpson”, el guión plantea la existencia de un mundo utópico donde no existe el engaño por la simple razón de que todas las personas dicen siempre lo que sienten y piensan. Todo allí es transparente y explícito; nada se calla. No hay diplomacia, es cierto, pero tampoco hipocresía. En su primera cita, hombres y mujeres verbalizan sin pudores sus miedos y frustraciones al respecto en tiempo real. Los compañeros de trabajo se demuestran con naturalidad sus celos y antipatías. Los camareros critican con libertad los platos que eligen los clientes. Los jefes confiesan a sus empleados la incomodidad que les provoca despedirlos. Los médicos informan a sus pacientes que probablemente morirán en cuestión de horas, con la misma liviandad con la que se anuncia que va a llover.
En un mundo así, anclado a la inevitabilidad de lo verídico, no hay lugar para la desconfianza, claro, pero tampoco para la ficción. Las películas consisten en un actor que se limita a leer guiones que cuentan episodios históricos estrictamente reales. Y también las propagandas resultan muy singulares, al menos para nuestros ojos contaminados de marketing (en tal sentido, la ironía que destila la escena de la publicidad televisiva de Coca-Cola es demoledora).
El conflicto surge cuando, un buen día, el protagonista Mark Bellison, flamante desempleado y a punto ce quedar literalmente en la calle, siente un impulso irrefrenable que lo lleva a afirmar. por primera vez en la historia de la humanidad, algo que no se corresponde con la realidad de los hechos. Es un impulso al que no sabe cómo calificar ni describir pues, lógicamente, el concepto de mentira no existe; es él quien, sin saberlo, lo acaba de inventar. A partir de ese pecado original, Mark descubrirá que no decir la verdad trae muchos beneficios, sobre todo cuando uno cuenta a su favor con la credulidad absoluta de los demás. Pero muy pronto descubrirá también que, simultáneamente, la mentira puede ayudar a la gente a ser más feliz. Ha nacido el engaño en el mundo, sí, pero con él han nacido también la esperanza y –he aquí el sarcasmo mayúsculo- la fe religiosa. Y es quizás en la formulación y desarrollo de esta ambivalencia moral donde se asientan los mayores aciertos de la película.
“La mentira original” es divertida, y si bien se conforma con cumplir eficazmente su noble objetivo de entretener, se las ingenia, entre carcajadas y sonrisas, para embarcarnos en profundas reflexiones. En primer lugar, nos muestra un mundo en el que la comunicación humana carece de filtros morales y afectivos y, al hacerlo, por oposición, pone en evidencia la gigantesca red de ocultamientos y falsedades cotidianas en la que estamos atrapados y de la cual somos cómplices. Como en uno de esos teoremas cuya hipótesis queda demostrada por el absurdo, la exageración sirve aquí para desnudar cuánto de nosotros permanece sumergido en nuestra vida diaria, cuántas cosas callamos por conveniencia, compasión o buenos modales.
En segundo lugar, esa ácida confrontación entre el mundo utópico y el real nos obliga a imaginar cómo sería vivir en aquél y nos coloca ante la incomodidad de no darnos una respuesta unívoca. Es que, pasadas las risas iniciales, esa honestidad sin concesiones que se nos va mostrando empieza de a poco a volverse difícil de digerir. Es un mundo brutal el de la película, sí, pero la paradoja es que en él nadie se siente ofendido pues nadie conoce otra forma de relacionarse. Somos nosotros, los espectadores, acostumbrados como estamos a vivir en una sociedad regida por el doble discurso, los que sentimos que no podríamos sobrevivir demasiado tiempo en semejantes condiciones de sinceridad.
En tercer lugar, la película nos interroga acerca de nuestra propia credulidad y la inquietante posibilidad de que algunas -o muchas- de las cosas que damos por sentadas como verdades inobjetables sean, en realidad, la obra de algún gran fabulador. Si se piensa, por ejemplo, en las estrategias publicitarias que buscan convencernos de las virtudes de tal o cual producto, o en la manipulación constante a que somos sometidos por los medios masivos de comunicación, es imposible no preguntarse hasta dónde esa sociedad candorosa de la cual se aprovecha Mark Bellison no es un reflejo caricaturesco de la nuestra.
“La mentira original” propone con ironía un dilema sobre límites éticos. ¿Hasta qué punto es valiosa la honestidad? ¿Hasta qué punto resulta dañosa la mentira? Al exponer en paralelo el costado filoso de la sinceridad y la dimensión piadosa de la mentira no cuestiona, por lo tanto, nuestras elecciones, sino las posturas absolutas al respecto. A todos nos gustaría poder decir siempre lo que pensamos sin temer a las consecuencias. Y sin embargo, sospechamos que afrontar el reverso de esa libertad sería una experiencia acaso intolerable. El infierno sería -sartreana resonancia- la imposibilidad de sustraernos a la constante certeza del veredicto de los otros. Del mismo modo, a todos nos gustaría sabernos a salvo de las decepciones, pero ¿cómo soportar una vida en la que no hay lugar para la desilusión simplemente porque es imposible haberse ilusionado antes?
“No existe el mundo perfecto; toda opción tiene su precio”, parece advertirnos burlonamente la película. Y tiene razón.
Con un humor inteligente, notable agudeza y acertadas dosis de un sarcasmo que a veces recuerda al de “Los Simpson”, el guión plantea la existencia de un mundo utópico donde no existe el engaño por la simple razón de que todas las personas dicen siempre lo que sienten y piensan. Todo allí es transparente y explícito; nada se calla. No hay diplomacia, es cierto, pero tampoco hipocresía. En su primera cita, hombres y mujeres verbalizan sin pudores sus miedos y frustraciones al respecto en tiempo real. Los compañeros de trabajo se demuestran con naturalidad sus celos y antipatías. Los camareros critican con libertad los platos que eligen los clientes. Los jefes confiesan a sus empleados la incomodidad que les provoca despedirlos. Los médicos informan a sus pacientes que probablemente morirán en cuestión de horas, con la misma liviandad con la que se anuncia que va a llover.
En un mundo así, anclado a la inevitabilidad de lo verídico, no hay lugar para la desconfianza, claro, pero tampoco para la ficción. Las películas consisten en un actor que se limita a leer guiones que cuentan episodios históricos estrictamente reales. Y también las propagandas resultan muy singulares, al menos para nuestros ojos contaminados de marketing (en tal sentido, la ironía que destila la escena de la publicidad televisiva de Coca-Cola es demoledora).
El conflicto surge cuando, un buen día, el protagonista Mark Bellison, flamante desempleado y a punto ce quedar literalmente en la calle, siente un impulso irrefrenable que lo lleva a afirmar. por primera vez en la historia de la humanidad, algo que no se corresponde con la realidad de los hechos. Es un impulso al que no sabe cómo calificar ni describir pues, lógicamente, el concepto de mentira no existe; es él quien, sin saberlo, lo acaba de inventar. A partir de ese pecado original, Mark descubrirá que no decir la verdad trae muchos beneficios, sobre todo cuando uno cuenta a su favor con la credulidad absoluta de los demás. Pero muy pronto descubrirá también que, simultáneamente, la mentira puede ayudar a la gente a ser más feliz. Ha nacido el engaño en el mundo, sí, pero con él han nacido también la esperanza y –he aquí el sarcasmo mayúsculo- la fe religiosa. Y es quizás en la formulación y desarrollo de esta ambivalencia moral donde se asientan los mayores aciertos de la película.
“La mentira original” es divertida, y si bien se conforma con cumplir eficazmente su noble objetivo de entretener, se las ingenia, entre carcajadas y sonrisas, para embarcarnos en profundas reflexiones. En primer lugar, nos muestra un mundo en el que la comunicación humana carece de filtros morales y afectivos y, al hacerlo, por oposición, pone en evidencia la gigantesca red de ocultamientos y falsedades cotidianas en la que estamos atrapados y de la cual somos cómplices. Como en uno de esos teoremas cuya hipótesis queda demostrada por el absurdo, la exageración sirve aquí para desnudar cuánto de nosotros permanece sumergido en nuestra vida diaria, cuántas cosas callamos por conveniencia, compasión o buenos modales.
En segundo lugar, esa ácida confrontación entre el mundo utópico y el real nos obliga a imaginar cómo sería vivir en aquél y nos coloca ante la incomodidad de no darnos una respuesta unívoca. Es que, pasadas las risas iniciales, esa honestidad sin concesiones que se nos va mostrando empieza de a poco a volverse difícil de digerir. Es un mundo brutal el de la película, sí, pero la paradoja es que en él nadie se siente ofendido pues nadie conoce otra forma de relacionarse. Somos nosotros, los espectadores, acostumbrados como estamos a vivir en una sociedad regida por el doble discurso, los que sentimos que no podríamos sobrevivir demasiado tiempo en semejantes condiciones de sinceridad.
En tercer lugar, la película nos interroga acerca de nuestra propia credulidad y la inquietante posibilidad de que algunas -o muchas- de las cosas que damos por sentadas como verdades inobjetables sean, en realidad, la obra de algún gran fabulador. Si se piensa, por ejemplo, en las estrategias publicitarias que buscan convencernos de las virtudes de tal o cual producto, o en la manipulación constante a que somos sometidos por los medios masivos de comunicación, es imposible no preguntarse hasta dónde esa sociedad candorosa de la cual se aprovecha Mark Bellison no es un reflejo caricaturesco de la nuestra.
“La mentira original” propone con ironía un dilema sobre límites éticos. ¿Hasta qué punto es valiosa la honestidad? ¿Hasta qué punto resulta dañosa la mentira? Al exponer en paralelo el costado filoso de la sinceridad y la dimensión piadosa de la mentira no cuestiona, por lo tanto, nuestras elecciones, sino las posturas absolutas al respecto. A todos nos gustaría poder decir siempre lo que pensamos sin temer a las consecuencias. Y sin embargo, sospechamos que afrontar el reverso de esa libertad sería una experiencia acaso intolerable. El infierno sería -sartreana resonancia- la imposibilidad de sustraernos a la constante certeza del veredicto de los otros. Del mismo modo, a todos nos gustaría sabernos a salvo de las decepciones, pero ¿cómo soportar una vida en la que no hay lugar para la desilusión simplemente porque es imposible haberse ilusionado antes?
“No existe el mundo perfecto; toda opción tiene su precio”, parece advertirnos burlonamente la película. Y tiene razón.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Crónica n° 72: El difícil arte de ser gobernados (octubre 2011)
A veces me da por pensar que el deporte preferido de los argentinos no es el fútbol, sino la queja. Y es que en pocas actividades ponemos tanto empeño como en la diaria gimnasia de lamentar, en voz alta, nuestro ingrato destino de victimas recurrentes de la insensatez, la negligencia y la ignorancia ajenas.
Quejarse es un derecho y no está mal ejercerlo cuando corresponde. Pero una cosa es quejarse; otra muy distinta es ser un quejoso. Lo primero es una sana reacción; lo segundo es un vicio. A la persona quejosa no hay nada ni nadie que le venga bien. Escéptico compulsivo, en todo y en todos encontrará el quejoso motivo suficiente para descreer y criticar. En todo, menos en lo que él hace, claro. En todos, menos en él mismo, claro. Porque el quejoso deposita en los otros la causa de todos sus pesares. Lo cual, dicho sea de paso, resulta sumamente cómodo para no tener que hacerse cargo de nada: como el problema está fuera de él, también la solución lo está. Su queja, entonces, se agota en el pataleo intrascendente e improductivo. El quejoso permanece plañideramente estancado en un negativismo paralizante que, sin embargo, lo libera de toda culpa. ¿Para qué comprometerse con una causa que estará perdida de antemano porque “este país no tiene arreglo”? ¿Para qué ser solidarios si “acá nadie te regala nada”? ¿Para qué movilizarse e intentar modificar algo si “los argentinos somos incorregibles”? De autocrítica, nada. A lo sumo, se permite esa cíclica retórica autoflagelatoria y fatalista del “tenemos los gobiernos que nos merecemos” que, en realidad y bien leída, es un olímpico lavado de manos que disuelve la responsabilidad individual en otra colectiva y uniforme.
En los ámbitos futboleros suele decirse que en la Argentina hay cuarenta millones de directores técnicos. Ojalá fuera ese el único problema de superpoblación que padecemos. No, aquí hay también cuarenta millones de presidentes que sabemos cómo arreglar el país, cuarenta millones de ministros de economía que sabemos qué medidas hay que tomar para generar riqueza, cuarenta millones de abogados que sabemos cómo resolver conflictos de manera favorable y con máxima celeridad, cuarenta millones de médicos-farmacéuticos dispuestos a recetarle a vecinos y familiares el modo más eficaz de curar malestares. Somos, en suma, cuarenta millones de sabelotodos a los que nadie nos va a venir a explicar cómo hacer las cosas y sin embargo -oh, vida cruel- estamos condenados a tolerar que las decisiones de 39.999.999 sabelonadas influyan negativamente en nuestra vida y la transformen en un calvario insoportable.
Soberbios, díscolos, socarrones, discutidores, olvidadizos, ingratos, volubles, lapidarios, contradictorios, gataflóricos, suena lógico que hayamos cultivado esta notable inclinación hacia la queja sistemática. Empleados públicos, albañiles, docentes, verduleros, odontólogos, periodistas, piqueteros, cualquiera es susceptible de caer en la volteada de nuestras diatribas. Pero a la hora de buscar un blanco propicio para lanzar nuestros venenosos dardos, nada mejor que "el gobierno". Municipal, provincial, nacional, poco importa. Ejecutivo, legislativo, judicial, lo mismo da. Los argentinos tenemos bien arraigada la costumbre de culpar a esa abstracción llamada "el gobierno" de casi todos nuestros males como sociedad. El gobierno nos miente, nos roba, nos defrauda, nos acosa, nos manipula, nos expolia, nos impide ser felices. Hmm, discúlpenme, tamaño grado de victimización me parece sospechoso. ¿No será hora de pedir turno con el psicólogo?
Que quede claro: de ninguna manera pretendo plantear aquí una victimización de signo inverso, es decir, alegar una supuesta inocencia de todos quienes nos han gobernado a lo largo de la historia. De 1810 a esta parte sobran ejemplos de incompetencia o nocividad gubernamentales, y es innegable que esa larga cadena histórica de desaciertos e iniquidades ha contribuido de manera decisiva al surgimiento y desarrollo de este hábito nacional tan singular. Lo que sí intento plantear es que dejemos por un rato de poner tanto énfasis en las responsabilidades ajenas y veamos la cuestión desde el otro lado.
Es indudable que los argentinos –marche un segundo turno con el psicólogo- tenemos serios problemas con el principio de autoridad. O le negamos desde el arranque legitimidad moral a quien la ejerce, descargando sobre él una metralla de juicios descalificatorios (porque es de izquierda, porque es de derecha, porque es reaccionario, porque es terrorista, porque es peronista, porque es antiperonista, porque es civil, porque es militar y, en última instancia, porque sí o por las dudas), o se la reconocemos sólo en la medida en que su accionar coincide con nuestro punto de vista. Teniendo en cuenta esta particularidad de nuestro ser nacional, queda claro que no debe ser fácil lidiar con nosotros y sobrellevar airosamente la tarea. No he tenido la experiencia de formar parte de un gobierno pero a veces tengo la impresión de que gobernar debe asemejarse bastante a asumir el rol de padre frente a una multitud de hijos malcriados, irrespetuosos y egoístas que sólo piensan en su propio bienestar y protestan con berrinches si no se les da lo que exigen, adolescentes que reclaman derechos pero no quieren cumplir deberes, individuos feroces a la hora de juzgar los errores de papá pero incapaces de reconocer lo que nos brinda.
Es curiosa -y perversa- la concepción que se tiene en nuestro país acerca de lo público. Al Estado se le exige que resuelva todo, pero no se le quiere dar nada, y sobre esa incongruencia basal se edifican unos cuantos pecados ciudadanos de acto, palabra y pensamiento. Exigimos que se respeten nuestros derechos, pero basta que se sancione una normativa cualquiera para que inmediatamente, casi por reflejo, ya estemos tramando cómo hacer para no tener que cumplirla. Nos indignamos cuando no hay medicamentos en los hospitales, o si los edificios escolares se caen a pedazos pero le escamoteamos recursos al Estado evadiendo cuanto impuesto se pueda evadir. Ponemos el grito en el cielo cuando osan molestar nuestra cotidianeidad imponiéndonos controles de cualquier índole pero después nos rasgamos las vestiduras cuando ocurre una tragedia justamente por falta de control. Somos particularmente sensibles a detectar y condenar las arbitrariedades que el Estado comete con nosotros pero para las nuestras siempre encontramos una justificación que las vacía de toda malicia.
No, no debe ser sencillo gobernar a gente que protesta por los baches y también protesta cuando el tránsito se complica porque los están arreglando. Gobernar bien es un arte, sí, pero -reverso ineludible- también lo es saber ser gobernados. Y puede que a nuestros gobernantes les falte bastante para transformarse en auténticos artistas, pero convengamos que en esta materia también nosotros debemos varias bolillas.
Yo podría explicarles cómo hay que hacer. Pero ¿para qué me voy a gastar hablando? Y no es que sea un quejoso pero, sinceramente, es tremendo esto de tener que tolerar constantemente la insensatez, la negligencia y la ignorancia de 39.999.999 compatriotas.
Quejarse es un derecho y no está mal ejercerlo cuando corresponde. Pero una cosa es quejarse; otra muy distinta es ser un quejoso. Lo primero es una sana reacción; lo segundo es un vicio. A la persona quejosa no hay nada ni nadie que le venga bien. Escéptico compulsivo, en todo y en todos encontrará el quejoso motivo suficiente para descreer y criticar. En todo, menos en lo que él hace, claro. En todos, menos en él mismo, claro. Porque el quejoso deposita en los otros la causa de todos sus pesares. Lo cual, dicho sea de paso, resulta sumamente cómodo para no tener que hacerse cargo de nada: como el problema está fuera de él, también la solución lo está. Su queja, entonces, se agota en el pataleo intrascendente e improductivo. El quejoso permanece plañideramente estancado en un negativismo paralizante que, sin embargo, lo libera de toda culpa. ¿Para qué comprometerse con una causa que estará perdida de antemano porque “este país no tiene arreglo”? ¿Para qué ser solidarios si “acá nadie te regala nada”? ¿Para qué movilizarse e intentar modificar algo si “los argentinos somos incorregibles”? De autocrítica, nada. A lo sumo, se permite esa cíclica retórica autoflagelatoria y fatalista del “tenemos los gobiernos que nos merecemos” que, en realidad y bien leída, es un olímpico lavado de manos que disuelve la responsabilidad individual en otra colectiva y uniforme.
En los ámbitos futboleros suele decirse que en la Argentina hay cuarenta millones de directores técnicos. Ojalá fuera ese el único problema de superpoblación que padecemos. No, aquí hay también cuarenta millones de presidentes que sabemos cómo arreglar el país, cuarenta millones de ministros de economía que sabemos qué medidas hay que tomar para generar riqueza, cuarenta millones de abogados que sabemos cómo resolver conflictos de manera favorable y con máxima celeridad, cuarenta millones de médicos-farmacéuticos dispuestos a recetarle a vecinos y familiares el modo más eficaz de curar malestares. Somos, en suma, cuarenta millones de sabelotodos a los que nadie nos va a venir a explicar cómo hacer las cosas y sin embargo -oh, vida cruel- estamos condenados a tolerar que las decisiones de 39.999.999 sabelonadas influyan negativamente en nuestra vida y la transformen en un calvario insoportable.
Soberbios, díscolos, socarrones, discutidores, olvidadizos, ingratos, volubles, lapidarios, contradictorios, gataflóricos, suena lógico que hayamos cultivado esta notable inclinación hacia la queja sistemática. Empleados públicos, albañiles, docentes, verduleros, odontólogos, periodistas, piqueteros, cualquiera es susceptible de caer en la volteada de nuestras diatribas. Pero a la hora de buscar un blanco propicio para lanzar nuestros venenosos dardos, nada mejor que "el gobierno". Municipal, provincial, nacional, poco importa. Ejecutivo, legislativo, judicial, lo mismo da. Los argentinos tenemos bien arraigada la costumbre de culpar a esa abstracción llamada "el gobierno" de casi todos nuestros males como sociedad. El gobierno nos miente, nos roba, nos defrauda, nos acosa, nos manipula, nos expolia, nos impide ser felices. Hmm, discúlpenme, tamaño grado de victimización me parece sospechoso. ¿No será hora de pedir turno con el psicólogo?
Que quede claro: de ninguna manera pretendo plantear aquí una victimización de signo inverso, es decir, alegar una supuesta inocencia de todos quienes nos han gobernado a lo largo de la historia. De 1810 a esta parte sobran ejemplos de incompetencia o nocividad gubernamentales, y es innegable que esa larga cadena histórica de desaciertos e iniquidades ha contribuido de manera decisiva al surgimiento y desarrollo de este hábito nacional tan singular. Lo que sí intento plantear es que dejemos por un rato de poner tanto énfasis en las responsabilidades ajenas y veamos la cuestión desde el otro lado.
Es indudable que los argentinos –marche un segundo turno con el psicólogo- tenemos serios problemas con el principio de autoridad. O le negamos desde el arranque legitimidad moral a quien la ejerce, descargando sobre él una metralla de juicios descalificatorios (porque es de izquierda, porque es de derecha, porque es reaccionario, porque es terrorista, porque es peronista, porque es antiperonista, porque es civil, porque es militar y, en última instancia, porque sí o por las dudas), o se la reconocemos sólo en la medida en que su accionar coincide con nuestro punto de vista. Teniendo en cuenta esta particularidad de nuestro ser nacional, queda claro que no debe ser fácil lidiar con nosotros y sobrellevar airosamente la tarea. No he tenido la experiencia de formar parte de un gobierno pero a veces tengo la impresión de que gobernar debe asemejarse bastante a asumir el rol de padre frente a una multitud de hijos malcriados, irrespetuosos y egoístas que sólo piensan en su propio bienestar y protestan con berrinches si no se les da lo que exigen, adolescentes que reclaman derechos pero no quieren cumplir deberes, individuos feroces a la hora de juzgar los errores de papá pero incapaces de reconocer lo que nos brinda.
Es curiosa -y perversa- la concepción que se tiene en nuestro país acerca de lo público. Al Estado se le exige que resuelva todo, pero no se le quiere dar nada, y sobre esa incongruencia basal se edifican unos cuantos pecados ciudadanos de acto, palabra y pensamiento. Exigimos que se respeten nuestros derechos, pero basta que se sancione una normativa cualquiera para que inmediatamente, casi por reflejo, ya estemos tramando cómo hacer para no tener que cumplirla. Nos indignamos cuando no hay medicamentos en los hospitales, o si los edificios escolares se caen a pedazos pero le escamoteamos recursos al Estado evadiendo cuanto impuesto se pueda evadir. Ponemos el grito en el cielo cuando osan molestar nuestra cotidianeidad imponiéndonos controles de cualquier índole pero después nos rasgamos las vestiduras cuando ocurre una tragedia justamente por falta de control. Somos particularmente sensibles a detectar y condenar las arbitrariedades que el Estado comete con nosotros pero para las nuestras siempre encontramos una justificación que las vacía de toda malicia.
No, no debe ser sencillo gobernar a gente que protesta por los baches y también protesta cuando el tránsito se complica porque los están arreglando. Gobernar bien es un arte, sí, pero -reverso ineludible- también lo es saber ser gobernados. Y puede que a nuestros gobernantes les falte bastante para transformarse en auténticos artistas, pero convengamos que en esta materia también nosotros debemos varias bolillas.
Yo podría explicarles cómo hay que hacer. Pero ¿para qué me voy a gastar hablando? Y no es que sea un quejoso pero, sinceramente, es tremendo esto de tener que tolerar constantemente la insensatez, la negligencia y la ignorancia de 39.999.999 compatriotas.
lunes, 3 de octubre de 2011
Crónica n° 71: Contemplo el río (septiembre 2011)
Sentado en la barranquita, a la sombra de unos aromos de ramas lánguidas, contemplo el río. La primavera estalla en la mañana como una fruta jugosa que derrama sus colores sobre el paisaje. El viento del norte, suave pero insistente, arroja hacia mí certezas de azahares cercanos y un alboroto de patos que repica en las islas de enfrente.
Contemplo el río. El agua fluye morosa, casi imperceptiblemente, con un andar lento de serpiente perezosa. Sólo el bamboleo tenue de algunos camalotes viajeros delata, aquí y allá, la existencia de la pacífica corriente.
Contemplo el río y siento que su mansedumbre desnuda, sin margen para excusas, la descomunal estupidez de nuestras civilizadas urgencias, la sinrazón monumental de tanta neurosis cotidiana. El río fluye, simplemente fluye. El río no sabe que es río, sólo lo es. No se sobrevalora ni se subestima. No se apura, no se angustia por llegar a su desembocadura. No contamina su propia fluidez con miedos congénitos ni culpas adquiridas. Simplemente, fluye.
Contemplo el río y, en cierta forma, envidio su sabiduría celular, la manera irrazonada en que sabe lo que tiene que hacer. Me gustaría reducir, igual que él, los términos de la ecuación a 1, desanudar la correa de la conciencia, desterrar las palabras y ser uno con el universo, armonizar plenamente con el paisaje. Cierro los ojos, inspiro profundamente el aire templado de septiembre y dejo que el viento me atraviese, que transcurra a través de mi. Es inútil: un instante después, un aleteo entre el follaje me hace pensar “pájaro”, una fragancia silvestre me lleva a nombrar “primavera”, y entonces la efímera unidad se disuelve en múltiples estímulos y sus correspondientes sensaciones. Vuelvo a ser, apenas, un hombre que contempla el río.
Contemplo el río. No hay sitio aquí para las disonancias de la ciudad y los perversos silogismos que ella impone. Todo lo que no está entre este horizonte y yo ha quedado muy lejos, a tantas horas-luz de esta calma de domingo, que su existencia parece no tener más densidad que la borra de un sueño evanescente.
Sentado en la barranquita, a la sombra de unos aromos de ramas lánguidas, contemplo el río. Gozosamente, contemplo el río.
Contemplo el río. El agua fluye morosa, casi imperceptiblemente, con un andar lento de serpiente perezosa. Sólo el bamboleo tenue de algunos camalotes viajeros delata, aquí y allá, la existencia de la pacífica corriente.
Contemplo el río y siento que su mansedumbre desnuda, sin margen para excusas, la descomunal estupidez de nuestras civilizadas urgencias, la sinrazón monumental de tanta neurosis cotidiana. El río fluye, simplemente fluye. El río no sabe que es río, sólo lo es. No se sobrevalora ni se subestima. No se apura, no se angustia por llegar a su desembocadura. No contamina su propia fluidez con miedos congénitos ni culpas adquiridas. Simplemente, fluye.
Contemplo el río y, en cierta forma, envidio su sabiduría celular, la manera irrazonada en que sabe lo que tiene que hacer. Me gustaría reducir, igual que él, los términos de la ecuación a 1, desanudar la correa de la conciencia, desterrar las palabras y ser uno con el universo, armonizar plenamente con el paisaje. Cierro los ojos, inspiro profundamente el aire templado de septiembre y dejo que el viento me atraviese, que transcurra a través de mi. Es inútil: un instante después, un aleteo entre el follaje me hace pensar “pájaro”, una fragancia silvestre me lleva a nombrar “primavera”, y entonces la efímera unidad se disuelve en múltiples estímulos y sus correspondientes sensaciones. Vuelvo a ser, apenas, un hombre que contempla el río.
Contemplo el río. No hay sitio aquí para las disonancias de la ciudad y los perversos silogismos que ella impone. Todo lo que no está entre este horizonte y yo ha quedado muy lejos, a tantas horas-luz de esta calma de domingo, que su existencia parece no tener más densidad que la borra de un sueño evanescente.
Sentado en la barranquita, a la sombra de unos aromos de ramas lánguidas, contemplo el río. Gozosamente, contemplo el río.
viernes, 2 de septiembre de 2011
Crónica n° 70: Pixinguinha y la inmortalidad (agosto 2011)
Si los lectores de estas líneas fuesen invitados a elaborar una lista de figuras relevantes de la música popular brasileña, de inmediato acudiría a su memoria una docena de nombres ilustres. Entre ellos, seguramente, no estaría el de mi tocayo Pixinguinha (Alfredo da Rocha Viana Jr.), compositor carioca que –al menos, a nivel internacional- no goza del reconocimiento masivo que sí ostentan monstruos sagrados más modernos como Vinicius de Moraes, Caetano Veloso o Chico Buarque, por citar sólo a algunos integrantes notables de ese hipotético catálogo.
Yo jamás había oído hablar de él hasta ese viernes en “La Tasca”, la noche del recital de Cacho Hussein y Nilda Godoy. Fue justamente Cacho quien lo mencionó, cuando antes de tocar el tema “Carinhoso” ilustró al público acerca de su autor, refiriéndose a él como una especie de precursor, situado cronológicamente varias décadas antes del fulgurante éxito de Jobim y la bossa nova. Gracias a esa misma introducción, nos enteramos también de que el tema que íbamos a escuchar había sido compuesto aproximadamente un siglo atrás.
La referencia histórica capturó mi atención al instante, abriéndome las puertas a una de mis acostumbradas dispersiones mentales, de ésas que la música suele propiciar. Mientras Nilda y Cacho nos deleitaban con la delicada cadencia de “Carinhoso”, una libre asociación de ideas me condujo a pensar que Pixinguinha había escrito ese tema cuando la menor de mis abuelas era todavía una niña. Imaginé los insondables laberintos de tiempo y espacio que habría atravesado esa melodía hasta llegar a nuestros oídos aquella noche y sentí que su antigüedad le brindaba un valor agregado a su indudable belleza.
El recital siguió adelante, engarzando joya tras joya. No fue “Carinhoso”, por cierto, el tema que más me gustó de todo el repertorio. Sin embargo, antojadizamente, o tal vez a causa de ser el de origen más remoto, fue el causante de que varias veces, a lo largo de la noche, me haya remontado hasta los inicios del siglo XX para seguir hilvanando especulaciones.
¿Habrá imaginado Pixinguinha, al componer su canción, que cien años después, una pareja de músicos extranjeros rescataría esos acordes desde el fondo de los tiempos y el silencio, y un grupo de personas aplaudiría con entusiasmo su interpretación? Desconozco si Pixinguinha era un optimista incurable o un escéptico consumado; desconozco también si fantaseaba con la gloria o si esas materias lo tenían sin cuidado. Poco ayudaría saberlo, de todos modos. Al fin y al cabo, cuando un artista lanza su obra al mundo en busca de quien la reciba, disfrute y valore, lo hace apostando a la posiblidad de que ella trascienda múltiples fronteras. Incluso, las que le impone la finitud de su propia existencia. No importa si lo manifiesta en forma explícita o si se trata de un impulso inconsciente: la pretensión de inmortalidad -tan presuntuosa como conmovedora- anida en el alma de todo creador. “Puesto que el hombre es mortal -nos dice Faulkner- la única inmortalidad que le es posible es dejar tras de sí algo que sea inmortal porque siempre se moverá”. Pues bien, haya sido Pixinguinha un soñador o un pesimista, allí estaban Cacho y Nilda para demostrarnos que lo que él dejó tras de sí se sigue moviendo.
El recital llegó a su fin. Miré a mi alrededor: la gente pagaba sus consumiciones, se paraba, se ponía su abrigo, saludaba a los conocidos, se despedía. Enredado aún en mis reflexiones, pensé que todos los que estábamos esa noche en “La Tasca” habíamos asistido a una experiencia conmocionante: habíamos comprobado -nada menos- la inmortalidad de un alma humana. Me pregunté si los demás también se habrían dado cuenta del prodigio pero no me animé a averiguarlo.
Salimos. La madrugada nos aguardaba afuera con un frío filoso que tajeaba las mejillas.
Yo jamás había oído hablar de él hasta ese viernes en “La Tasca”, la noche del recital de Cacho Hussein y Nilda Godoy. Fue justamente Cacho quien lo mencionó, cuando antes de tocar el tema “Carinhoso” ilustró al público acerca de su autor, refiriéndose a él como una especie de precursor, situado cronológicamente varias décadas antes del fulgurante éxito de Jobim y la bossa nova. Gracias a esa misma introducción, nos enteramos también de que el tema que íbamos a escuchar había sido compuesto aproximadamente un siglo atrás.
La referencia histórica capturó mi atención al instante, abriéndome las puertas a una de mis acostumbradas dispersiones mentales, de ésas que la música suele propiciar. Mientras Nilda y Cacho nos deleitaban con la delicada cadencia de “Carinhoso”, una libre asociación de ideas me condujo a pensar que Pixinguinha había escrito ese tema cuando la menor de mis abuelas era todavía una niña. Imaginé los insondables laberintos de tiempo y espacio que habría atravesado esa melodía hasta llegar a nuestros oídos aquella noche y sentí que su antigüedad le brindaba un valor agregado a su indudable belleza.
El recital siguió adelante, engarzando joya tras joya. No fue “Carinhoso”, por cierto, el tema que más me gustó de todo el repertorio. Sin embargo, antojadizamente, o tal vez a causa de ser el de origen más remoto, fue el causante de que varias veces, a lo largo de la noche, me haya remontado hasta los inicios del siglo XX para seguir hilvanando especulaciones.
¿Habrá imaginado Pixinguinha, al componer su canción, que cien años después, una pareja de músicos extranjeros rescataría esos acordes desde el fondo de los tiempos y el silencio, y un grupo de personas aplaudiría con entusiasmo su interpretación? Desconozco si Pixinguinha era un optimista incurable o un escéptico consumado; desconozco también si fantaseaba con la gloria o si esas materias lo tenían sin cuidado. Poco ayudaría saberlo, de todos modos. Al fin y al cabo, cuando un artista lanza su obra al mundo en busca de quien la reciba, disfrute y valore, lo hace apostando a la posiblidad de que ella trascienda múltiples fronteras. Incluso, las que le impone la finitud de su propia existencia. No importa si lo manifiesta en forma explícita o si se trata de un impulso inconsciente: la pretensión de inmortalidad -tan presuntuosa como conmovedora- anida en el alma de todo creador. “Puesto que el hombre es mortal -nos dice Faulkner- la única inmortalidad que le es posible es dejar tras de sí algo que sea inmortal porque siempre se moverá”. Pues bien, haya sido Pixinguinha un soñador o un pesimista, allí estaban Cacho y Nilda para demostrarnos que lo que él dejó tras de sí se sigue moviendo.
El recital llegó a su fin. Miré a mi alrededor: la gente pagaba sus consumiciones, se paraba, se ponía su abrigo, saludaba a los conocidos, se despedía. Enredado aún en mis reflexiones, pensé que todos los que estábamos esa noche en “La Tasca” habíamos asistido a una experiencia conmocionante: habíamos comprobado -nada menos- la inmortalidad de un alma humana. Me pregunté si los demás también se habrían dado cuenta del prodigio pero no me animé a averiguarlo.
Salimos. La madrugada nos aguardaba afuera con un frío filoso que tajeaba las mejillas.
lunes, 18 de julio de 2011
Crónica n° 69: La desventura de un hombre común (julio 2011)
¿Por qué las imágenes de un hombre que se desgañita frente al televisor mientras observa impotente cómo el equipo de sus amores se va irremediablemente al descenso se transforman en el video casero más visto de la semana en YouTube? ¿Por qué dos millones de personas (¡dos millones!) decidimos destinar seis minutos de nuestras vidas a reírnos del calvario de ese sufrido hincha de fútbol? Misterios de esta era de voyeurismo cibernético en que la vida privada de las personas se transforma en pública con sólo un doble click. Uno puede suponer que los hinchas de Boca encuentran cierto malsano regocijo en contemplar la contrariedad de un hincha de River. Con idéntica lógica, uno puede inferir que los hinchas de River encuentran en esas imágenes el reflejo de su propio desencanto y, por ende, el consuelo de sentirse hermanados con otro en el padecimiento. Pero, y el resto ¿por qué lo mira?
La respuesta elemental sería: porque el video es verdaderamente muy gracioso. Se sabe, a la hora del humor una palabrota bien utilizada siempre resulta efectiva para generar carcajadas. La palabrota es catártica, liberadora tanto para el que la pronuncia como para el que la escucha. ¿Qué decir, entonces, de esta ametralladora humana de insultos que se revuelve en su asiento presa de la desesperación? Por otra parte, el contraste de su conducta con el contexto en que la lleva a cabo potencia el efecto hilarante: el hombre no está en la cancha, rodeado por una multitud rugiente que retroalimente su furia; está en su casa, en compañía de familiares que no lo secundan en el festival de improperios. Sucede, por último, que aquí no hay nada guionado. El protagonista no está actuando, no arma un personaje “vendible” para la cámara, no pretende seducir a la audiencia (de hecho, el hombre no sabía que la familia lo estaba filmando) y ese ingrediente de frescura no es menor en una época en la que los medios, bajo una máscara de informalidad generalizada, no dejan margen para la espontaneidad porque todo se hace y se dice en función de la cámara frente a la cual se lo dice y se lo hace. Es cierto que esos mismos medios, de la noche a la mañana, han erigido a Santiago “Tano” Pasman en “el hincha de River más famoso” y ya están dando inequívocas muestras de querer usufructuar el fenómeno, pero allí radica justamente lo diferente: por una vez, son los medios los que corren detrás de un fenómeno impuesto por el público, y no a la inversa, que es lo que ocurre casi siempre.
Bien, el video es gracioso. ¿Alcanza entonces esa respuesta elemental para justificar la asombrosa difusión que tuvo en –y gracias a- las redes sociales? No. Hay muchos videos desopilantes que circulan por Interner y sin embargo no obtienen la masividad de éste. Habrá tal vez que ahondar la cuestión inicial y preguntarse ya no por qué nos reímos, sino de qué nos reímos.
Haciendo una mixtura entre psicología de café y sociología de sobremesa, podríamos aventurar una hipótesis de trabajo: hay una evidente identificación de los espectadores del video con la víctima de la desgracia exhibida en el mismo. Y es que la situación vivida por este comerciante bonaerense (seguramente incomprensible para quienes permanecen impermeables a las pasiones que suele provocar el fútbol) no puede resultarle ajena a ninguna persona que haya adquirido el hábito de sufrir por una camiseta. Del mismo modo en que una lupa revela con mayor detalle las texturas de un objeto, el video nos devuelve una imagen exacerbada de nuestra propia condición de hinchas. No nos reímos del pobre “Tano” Pasman; en realidad nos reímos de nosotros mismos porque él, sin proponérselo, ha encarnado la representación caricaturesca de cada uno de nosotros. No todos reaccionamos de esa manera, claro, no todos somos tan desaforados como él, pero el núcleo emocional de nuestro gen futbolero queda expuesto allí en su dimensión más descarnada y sin filtro alguno. Así de subjetivos y arbitrarios podemos ser, así de hirientes y heridos, así de risibles y patéticos. Al igual que “Esperando la carroza” o cualquier otro exponente del grotesco nacional, el video del “Tano” Pasman nos ofrece una versión exagerada de nuestra idiosincrasia y, con ella, un recurso inmejorable para poder reconocernos.
Lo paradójico de todo esto es que, por debajo de su comicidad involuntaria, el video es el testimonio brutal de una frustración. Vemos a un hombre común que está dolido y grita como un energúmeno porque su capacidad de insultar es la única arma de la que dispone frente a una realidad adversa que no puede controlar ni modificar. Asistimos a una tragicomedia donde el héroe es derrotado. Y aunque no podamos evitar la risa ante la desmesura de su reacción, hay algo profundamente conmovedor en esa batalla tan desigual entre ilusión y resultado, un matiz existencial que se cuela en el conflicto deportivo, lo excede, lo vuelve universal y nos recuerda que, en cierta forma, ninguna derrota nos es enteramente ajena. Desde esta perspectiva, adquiere sentido el conciso mensaje que un usuario de Facebook dejó asentado en su muro: “El Tano Pasman somos todos”.
La respuesta elemental sería: porque el video es verdaderamente muy gracioso. Se sabe, a la hora del humor una palabrota bien utilizada siempre resulta efectiva para generar carcajadas. La palabrota es catártica, liberadora tanto para el que la pronuncia como para el que la escucha. ¿Qué decir, entonces, de esta ametralladora humana de insultos que se revuelve en su asiento presa de la desesperación? Por otra parte, el contraste de su conducta con el contexto en que la lleva a cabo potencia el efecto hilarante: el hombre no está en la cancha, rodeado por una multitud rugiente que retroalimente su furia; está en su casa, en compañía de familiares que no lo secundan en el festival de improperios. Sucede, por último, que aquí no hay nada guionado. El protagonista no está actuando, no arma un personaje “vendible” para la cámara, no pretende seducir a la audiencia (de hecho, el hombre no sabía que la familia lo estaba filmando) y ese ingrediente de frescura no es menor en una época en la que los medios, bajo una máscara de informalidad generalizada, no dejan margen para la espontaneidad porque todo se hace y se dice en función de la cámara frente a la cual se lo dice y se lo hace. Es cierto que esos mismos medios, de la noche a la mañana, han erigido a Santiago “Tano” Pasman en “el hincha de River más famoso” y ya están dando inequívocas muestras de querer usufructuar el fenómeno, pero allí radica justamente lo diferente: por una vez, son los medios los que corren detrás de un fenómeno impuesto por el público, y no a la inversa, que es lo que ocurre casi siempre.
Bien, el video es gracioso. ¿Alcanza entonces esa respuesta elemental para justificar la asombrosa difusión que tuvo en –y gracias a- las redes sociales? No. Hay muchos videos desopilantes que circulan por Interner y sin embargo no obtienen la masividad de éste. Habrá tal vez que ahondar la cuestión inicial y preguntarse ya no por qué nos reímos, sino de qué nos reímos.
Haciendo una mixtura entre psicología de café y sociología de sobremesa, podríamos aventurar una hipótesis de trabajo: hay una evidente identificación de los espectadores del video con la víctima de la desgracia exhibida en el mismo. Y es que la situación vivida por este comerciante bonaerense (seguramente incomprensible para quienes permanecen impermeables a las pasiones que suele provocar el fútbol) no puede resultarle ajena a ninguna persona que haya adquirido el hábito de sufrir por una camiseta. Del mismo modo en que una lupa revela con mayor detalle las texturas de un objeto, el video nos devuelve una imagen exacerbada de nuestra propia condición de hinchas. No nos reímos del pobre “Tano” Pasman; en realidad nos reímos de nosotros mismos porque él, sin proponérselo, ha encarnado la representación caricaturesca de cada uno de nosotros. No todos reaccionamos de esa manera, claro, no todos somos tan desaforados como él, pero el núcleo emocional de nuestro gen futbolero queda expuesto allí en su dimensión más descarnada y sin filtro alguno. Así de subjetivos y arbitrarios podemos ser, así de hirientes y heridos, así de risibles y patéticos. Al igual que “Esperando la carroza” o cualquier otro exponente del grotesco nacional, el video del “Tano” Pasman nos ofrece una versión exagerada de nuestra idiosincrasia y, con ella, un recurso inmejorable para poder reconocernos.
Lo paradójico de todo esto es que, por debajo de su comicidad involuntaria, el video es el testimonio brutal de una frustración. Vemos a un hombre común que está dolido y grita como un energúmeno porque su capacidad de insultar es la única arma de la que dispone frente a una realidad adversa que no puede controlar ni modificar. Asistimos a una tragicomedia donde el héroe es derrotado. Y aunque no podamos evitar la risa ante la desmesura de su reacción, hay algo profundamente conmovedor en esa batalla tan desigual entre ilusión y resultado, un matiz existencial que se cuela en el conflicto deportivo, lo excede, lo vuelve universal y nos recuerda que, en cierta forma, ninguna derrota nos es enteramente ajena. Desde esta perspectiva, adquiere sentido el conciso mensaje que un usuario de Facebook dejó asentado en su muro: “El Tano Pasman somos todos”.
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