La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







martes, 15 de septiembre de 2009

Crónica n° 54: Amigas (septiembre 2009)

Por alguna curiosa razón cuya escurridiza esencia jamás termino de apresar, las mujeres suelen desnudar su alma frente a mí sin que se advierta en ellas el menor atisbo de pudor o incomodidad al hacerlo. Solteras, casadas, viudas, divorciadas, veinteañeras, sesentonas o señoras de las cuatro décadas, da igual. Poco influyen la edad o el estado civil en este ejercicio descarnado de sinceridad del que me hacen partícipe. Problemas de pareja, amores contrariados, insatisfacciones personales, anhelos inconfesables, todo me es referido con una naturalidad pasmosa, dejándome transformado en depositario de intimidades que el imaginario masculino (¿o el imaginario machista?) supone reservadas al ámbito de las conversaciones femeninas.

¿Por qué lo hacen? Sinceramente, no lo sé. Dudo que estén buscando una opinión masculina para cotejar puntos de vista. Dudo también que esperen recibir consejos. Me parece que si me eligen como receptor de sus desahogos es porque, de algún modo, intuyen que mi atención al escucharlas no es fingida, que no habré de violar el secreto de confesión, que no voy a usar esas confidencias en su contra, que no voy a escandalizarme o a juzgarlas por lo que me cuentan. Todo eso, claro, les brinda la contención necesaria para soltarse; nadie baja la guardia ante quien le inspira recelo. ¿Cómo no sentirme agradecido, entonces, frente a semejantes muestras de confianza?

Sin embargo, el acostumbramento que he desarrollado hacia el hecho de verme envuelto en episodios de esta naturaleza no ha logrado atenuar cierta inquietud que la reiteración de los mismos me provoca. Porque convengamos que la mía es una situación bastante atípica. La experiencia propia y la observación de comportamientos ajenos me indican con claridad que a la mayoría de los hombres -al menos, a los heterosexuales- estas cosas no les suceden (es más, a veces tengo la impresión algo paranoica de ser el único al que le pasan). Pero lo extraño de mi caso no se agota en ser el coprotagonista reiterado de estas sesiones personalizadas de terapia. Muy por el contrario, hay otra instancia aún más insólita pero igualmente recurrente: mi participación como espectador exclusivo en charlas "de mujeres". Porque no es tan infrecuente que me toque ser el único varón en reuniones de dos, tres, cuatro y hasta cinco mujeres que, lejos de amilanarse o sentirse cohibidas por mi presencia, se despachan a gusto, como si yo no estuviera allí, o como si fuera una más de ellas. La vivencia, por cierto, resulta adrenalínica. Porque las reuniones "de mujeres solas", indudablemente, no son como las "de hombres solos". Los hombres, se sabe, no somos muy de andar compartiendo intimidades entre nosotros. Se habla de fútbol, de política, de temas de actualidad, del trabajo o de alguna afición que nos es común. También de mujeres, claro, pero siempre al amparo de un humor socarrón de cuño machista que poco ayuda a ahondar en el tema. Además, si uno es un caballero, esta muy mal visto andar develando la identidad de tal o cual señorita o señora con la que uno haya andado haciendo ciertas cosas. Con las mujeres, en cambio, sucede lo opuesto. No sólo tiran sobre la mesa los nombres concretos de los caballeros aludidos, sus peculiaridades anatómicas y un exhaustivo perfil psicosocial de los individuos en cuestión, sino que proceden a viviseccionarlos con una crudeza que asusta. En realidad, lo que asusta no es la saña en sí, sino la naturalidad con la que ésta es ejercida, como si no tuviera nada de objetable que un grupo de amigas cometa un homicidio mientras comparte una ronda de mate o prepara unas ensaladas.

Disculpen la analogía, pero vivir una situación así es como si le permitieran a un pato (vivo) asistir a una cena de cazadores. En el fondo, todo hombre teme a la mirada enjuiciadora de la mujer, por lo menos en lo que respecta a ciertas cuestiones atinentes a la masculinidad ortodoxa, empezando por lo sexual, siguiendo por lo sexual y terminando por lo sexual (recién después, en un cómodo cuarto lugar, entran a tallar los otros aspectos que teóricamente deberían distinguirnos). Pues bien, muchachos, me veo en el penoso deber de informarles que la peor de las pesadillas masculinas no sólo es real, sino que es mucho más terrorífica de lo que imaginamos y está allí nomás, a la vuelta de la esquina. Y ojo que no hablo de una asamblea de feministas recalcitrantes, de esas a las que la sola mención de la palabra "hombre" les provoca alergia. No; hablo de mujeres que pueden ser nuestras novias, nuestras esposas o nuestras amantes. Una reunión de mujeres solas en las que se habla de hombres es un genocidio de egos viriles. Asistir a esas masacres me ha llevado a conjeturar a veces que si los hombres realmente llegaran a saber la opinión que las mujeres tienen de ellos (no en abstracto, sino bien en concreto), se produciría un notable repliegue mundial de la masculinidad tradicional. No sería descabellado, incluso, pensar en una súbita epidemia de homosexualidad ginecofóbica a escala planetaria.

Pese al azoramiento que me provocan estos involuntarios viajes por un territorio tan subyugante como el de la femineidad, creo que en cierta forma soy un privilegiado. A los ojos de los varones, el universo femenino se presenta como una zona nebulosa y compleja, plagada de delicados recovecos que lo transforman en un terreno resbaladizo, poco apto para hacer pie firme en él. Pues bien, esta inusual visa que las mujeres me otorgan para que lo visite me ha permitido ir bosquejando a lo largo de los años un mapa bastante detallado del mismo, útil para circular en él con cierta orientación. Adviértase que digo "con cierta orientación" porque aquí no hay garantías que valgan. Lejos estoy de parecerme al personaje de Mel Gibson en "Lo que ellas quieren". Aun con mapa y todo, nada lo libra a uno de pegarse unas buenas patinadas por la banquina y terminar estampado contra una columna.

Es posible que algunos lectores -en especial aquellos enrolados entre los hombres a los que estas cosas no les pasan- consideren que el extraño fenómeno que me involucra está sustentado en una explicación muy simple: que todas las amigas que tengo son... muy particulares, por decirlo de una forma políticamente correcta. Puede ser. Conozco bien a mis amigas; me une a ellas un vínculo sutil de complicidades y entendimiento. Las he visto reírse a carcajadas y llorar sin pudores, a veces en el transcurso de la misma charla y con un intervalo de pocos minutos entre una y otra reacción. Las he visto disfrutar de su rol de madres y sufrir con su rol de hijas, y viceversa. Las he escuchado divagar sobrias y ser implacablemente lúcidas bajo los efectos del alcohol. Las conozco bien, sí. Alocadas o serenas, cerebrales o previsiblemente imprevisibles, siempre nobles, siempre inteligentes, todas ellas poseen alguna característica que las vuelve, efectivamente... muy particulares. Pero a pesar de los sobresaltos que me causan sus confesiones individuales o grupales, yo celebro que me tengan en cuenta.

Qué se le va a hacer. Algo habré hecho para merecerlas.

lunes, 20 de julio de 2009

Crónica nº 53: Croniquita con pajarito (julio 2009)

De pie junto a la ventana de la cocina, Gabriela mira hacia afuera, concentrada en algún punto de la galería que no puedo descifrar. El sol invernal que la mañana vierte sesgadamente sobre la casa le ilumina los cabellos y esparce tibieza en la expresion atenta de su cara. Al advertir mi proximidad, me convoca en voz baja y me invita a compartir el espectáculo del que está disfrutando. "Ahí, en el asador", me orienta, y entonces descubro al pajarito. Pequeño, de plumaje gris; un pajarito común y corriente, sin más atractivos que esa simpatía genérica que suelen despertar todos los pájaros, aun los más comunes y corrientes.

Sobre el listón de algarrobo que corona el asador hay dos botellas vacías, una de oporto "Taylor's" y otra de aguardiente "Velho Barreiro", llegadas a la casa desde remotas latitudes. Botellas cuyo contenido fue oportunamente diezmado en sendas rondas de amigos y que hoy son testimonio de aquellas madrugadas felices. Es justo sobre ese travesaño de madera que se ha posado el pajarito y su elección no parece casual. Ha detectado su propia imagen reflejada en el cristal oscuro de la botella de oporto y la ha confundido con un pájaro real. Trata de establecer contacto con el supuesto camarada pero su intento se agota en un picoteo inútil, casi inaudible sobre el vidrio indiferente. El pajarito no se rinde; rodea las botellas con saltitos ligeros,y explora detrás de las mismas, obviamente sin éxito. Vuelve entonces a la posición original y reitera la secuencia. Porfiado, lo hace una vez más, y otra, y otra, y uno no sabe si reírse de su ingenuidad o admirar su constancia.Después del sexto fracaso, el pajarito parece cansarse y se va volando hacia territorios donde ya no logramos verlo

No ha acontecido en la galería ningún prodigio, ningún suceso extraordinario. Sin embargo, aquí estamos Gabriela y yo, sonrientes junto a la ventana, sintiendo que la vida ha quedado gozosamente suspendida, que los rumores malsanos del mundo se han diluido por completo, como si no importaran, como si no existieran.

Quizás. me digo entonces, la maravilla radique exactamente en ese punto: en conservar todavía, a pesar de todo, esta facultad de prestar atención a cosas así, tan mínimas, tan sin valor de mercado, tan profundamene redentoras.

lunes, 6 de julio de 2009

Crónica nº 52: De generaciones (julio 2009)

El técnico veinteañero que iba a actualizar mi computadora me preguntó si la necesitaba de vuelta con urgencia. Contesté que sí y justifiqué mi apuro con una humorada: "no sé por qué, pero la Olivetti no me deja mandar mails". El muchacho se sonrió, pero yo advertí que no había entendido el chiste y al instante comprendí por qué: jamás en su vida había usado una máquina de escribir.

Un amigo de mi hijo hablaba con entusiasmo acerca de iPhones, iPods y otras maravillas tecnológicas por el estilo. Irónicamente, le pregunté si los reproductores de mp3 eran compatibles con un Winco. Mi interlocutor se rió con gran diplomacia, pero yo advertí que no había entendido el chiste y al instante comprendí por qué: jamás en su vida había visto un tocadiscos.

Informé a mis alumnos de secundaria que debian redactar un texto utilizando solamente palabras que empezaran con la letra H. Protestaron, alegando que se trataba de una consigna de cumplimiento imposible. "Escriban tipo telegrama y van a ver que se puede", aconsejé, pero la suficiencia de mi comentario quedó anulada apenas uno de ellos formuló la pregunta que todos estaban rumiando: "Profe, ¿qué es un telegrama?". Comprendí al instante por qué: jamás en su vida habían enviado o recibido uno.

En una clase posterior, con la intención de relacionar la literatura con esas escasas porciones de la realidad que a los adolescentes les resultan reconocibles, pronuncié una maravillosa reflexión de neto corte rockero para introducirlos en el tema del día y anoté sobre el pizarrón el nombre de su autor: Kurt Cobain. Para mi gran asombro, sólo uno de ellos sabía quién era. El resto no tenía demasiada idea de la existencia de un grupo llamado Nirvana.

Seamos francos. Verse involucrado en cuatro episodios de esta naturaleza en el curso de dos meses, sólo puede conducir a la poderosa sospecha de que uno se ha vuelto viejo. ¿A qué otra conclusión se puede arribar después de advertir que hay gente 20 o 30 años más joven que ya no entiende algunos de los términos que uno emplea con naturalidad al hablar? ¿No es esa, acaso, la dinámica de las diferencias generacionales? Un buen día nos levantamos y resulta que estamos del otro lado del mostrador. Ayer nomás éramos hijos cuestionadores; hoy somos padres cuestionados. Ayer nomás éramos alumnos oprimidos y hoy somos docentes opresores. Ayer éramos la novedad, la vanguardia; hoy representamos el retraso. No tendría nada de extraño, entonces, descubrir que hemos empezado a padecer los desfasajes generacionales desde el otro lado.

Permítanme, sin embargo, atenuar la depresión que provocan estas melancólicas reflexiones aventurando una conjetura acaso carente de imparcialidad. El fenómeno no se agota en una explicación tan simplista como la del mero transcurso del tiempo, sino que hay que analizarlo en función del modo particular en que cada generación afronta la brecha que la separa de las anteriores. Porque convengamos que hay una diferencia notable entre aquella etapa en que el joven era yo y esta otra en que los roles juveniles son ajenos. Una diferencia que se me antoja esencial. A mí también, alguna vez, me resultaron extrañas ciertas expresiones pasadas de moda que usaban mis mayores. Confieso también haber perpetrado insolentes sonrisas burlonas ante ciertos hábitos y actitudes que allá por los '70 olían a cosa apolillada. No obstante, para los que hoy andamos transitando la cuarentena, lo "anterior" (aun cuando fuera objeto de nuestros cuestionamientos) guardaba una significación. Cultural o afectiva, pero significación al fin. Había una línea imaginaria que atravesaba los años y nos unía con nuestros mayores. Las cosas -los objetos, los hábitos, las palabras- duraban más, permanecían en el tiempo y esa continuidad nos brindaba (nos incomodara o no) una sensación de pertenencia. De allí veníamos, y saberlo nos ayudaba a reconocernos, a construir nuestra identidad. El pasado era pasado, sí, pero de algún modo mantenía su vigencia. El pasado tenía también una arista de presente. O mejor dicho; nuestro presente estaba formado también por retazos importantes del pasado de los otros. Yo veía televisión, claro, pero entendía lo que habían representado para mis mayores el "Glostora Tango Club" o "Los Pérez García". Yo veía jugar al Beto Alonso y al Loco Gatti, pero sabía quiénes habían sido Labruna y Boyé. Las películas de vaqueros, las épicas de romanos, las de Fred Astaire y Ginger Rogers formaron parte de mi infancia, a pesar de haberlas visto treinta años después de su estreno.

Permanencia y pertenencia. Esto, obviamente, hoy no sucede. Se ha sacralizado el presente hasta el punto de absolutizarlo, se ha hecho del ahora un tirano omnipotente, creado sólo para vendernos productos. El hiperconsumismo exige novedades constantes, aunque sólo sean ficticias. Lo viejo se tira; lo no tan nuevo también. Todo es efímero, evanescente. Y como el ritmo de nuestra vida se acelera cada vez más, y lo "actual" dura cada vez menos, es cada vez más fácil quedarse atrás, perder el tren, convertirse en nada. Las brechas generacionales han perdido permeabilidad, parecen custodiadas por muros acorazados. Salvo raras excepciones -pienso por ejemplo en fenómenos puntuales como "El Chavo" o los Rolling- los jóvenes del siglo XXI no tienen acceso directo a testimonios del ayer de sus mayores y entonces el pasado se diluye, se vuelve casi inexistente, pierde toda significación posible. Contagiados tal vez por esa cultura de lo descartable, las nuevas generaciones profesan hacia él una manifiesta indiferencia. No lo conocen, no se preocupan por conocerlo y tampoco les molesta su desconocimiento al respecto. El pasado es para ellos una melaza informe en la que la década del '70 resulta tan lejana y carente de sentido como el Precámbrico.

Por supuesto, estas consideraciones son vanas. Aun cuando mi hipótesis resultara correcta, en nada contribuirá su enunciación a corregir el problema. La dinámica de las generaciones, queda dicho, es así. Sería inútil, entonces, tratar de explicarles al técnico veinteañero, al amigo de mi hijo o a mis alumnos de secundaria que a ellos también les va a pasar lo mismo, que algún día hablarán confiadamente acerca de "la Play" o de "postear en el blog" y descubrirán en la mirada de sus jóvenes interlocutores un destello de extrañamiento,. de sarcasmo, de malicia por haber incurrido en un anacronismo imperdonable.

Porque les va a pasar. Seguro les va a pasar.

Lo digo -por supuesto- sin el menor resentimiento hacia esos mocosos de porquería.

jueves, 28 de mayo de 2009

Crónica nº 51: El descubrimiento de las palabras (mayo 2009)

Cuando tenía 3 años, me regalaron un alfabeto de plástico, de esos que traen letras mayúsculas de distintos colores. No sé si fue justamente a causa de esa diversidad cromática, o si sólo fue el reflejo de una predisposición innata; lo cierto es que el abecedario en cuestión resultó ser, para mí, un juguete muy atractivo. Según me han contado, yo me echaba de panza al suelo y me entretenía largo rato manipulando las letras, examinando sus formas y disponiendo de ellas a mi antojo como si fueran autitos, soldados o animales imaginarios.

En algún punto imprecisable de mis juegos solitarios -y sin ser consciente de ello, por supuesto- debo haber descubierto que el uso y combinación de las letras podía no quedar necesariamente limitado a mi capricho y responder, en cambio, a un orden externo cuyo ignorado andamiaje me excedía por completo. Así fue como, mediante el simple recurso de observar y copiar, empecé a armar en el piso mis primeras palabras. La leyenda familiar indica que me especializaba en reproducir vocablos extraídos de etiquetas de productos que había en mi casa. "Vino" y "Odex" fueron algunos de aquellos precoces logros. Huelga decirlo, yo concretaba esta escritura de plástico sin saber leer. Es decir, sin entender el significado de aquello que había construido. Claro que, envuelto como estaba en mi absoluta inocencia, tal falta de comprensión acerca de mi propia obra no constituia, para mí, motivo alguno de preocupación.

Debieron pasar todavía varios meses para que tal conflicto se hiciera palpable. Todo sucedió una tarde de frío en que mi mamá volvió del centro y me regaló unos libritos de cuentos comprados en Casa Tía, de esos que vienen con escaso texto y grandes ilustraciones. No sé cuáles eran y tampoco sé si eran los primeros que me compraba. Lo que sí recuerdo, y con asombrosa nitidez, es la frustración -hasta entonces inédita- que sentí al tomarlos en mis manos y abrirlos. Han pasado cuarenta años pero aún puedo revivir claramente la impotencia descomunal que experimenté en aquel momento, cuando advertí que, debajo de esos dibujos tan coloridos, habia unas manchitas negras, ordenadas en fila como hormigas congeladas, unos signos que no lograba descifrar y cuyo desconocimiento me dejaba afuera de algo que presentía importante, malherido por una decepcionante sensación de estar arañando un cristal sin poder traspasarlo.

No sé si, de algún modo, me las ingenié para exponer explícitamente mis inquietudes al respecto, o si habrá bastado con prestarme atención para que cualquier observador pudiera advertirlas. El asunto es que mi mamá decidió estimular mi curiosidad, compró el mítico libro "Upa" y, tomándolo como guía, me enseñó a leer.

No recuerdo gran cosa acerca del contenido de ese libro, ni tampoco de los sucesivos pasos que conformaron mi proceso de aprendizaje, pero es indudable que, después de atravesar victorioso sus páginas, yo fui otra persona. Mejor dicho, me sentí una persona por primera vez. El dominio del lenguaje escrito operó en mi vida un efecto revolucionario: mamá amasaba la masa, yo amaba a ese oso, y mis 4 años se apoderaban de la llave maestra que abría la puerta para ir a jugar. Habia conseguido la clave mágica, el "Ábrete Sésamo" que me franqueaba el paso hacia el conocimiento deseado.

Habrá quienes se asoman al mundo impactados por los números, las imágenes o los sonidos. A mí, el universo se me revelaba poblado de palabras y me lancé con entusiasmo a apropiarme de ellas.

Previsiblemente, para cuando cumplí 5 años y promediaba mi paso por el Jardín de Infantes, yo no sólo leía con fluidez los libritos de cuentos -que me regalaban cada vez con más frecuencia- sino que abordaba con bastante soltura cuanto texto cayera en mis manos. No había antinomia alguna entre el juego y la lectura; leer era otro modo más de jugar. Como consecuencia lógica, mi vocabulario se fue ensanchando en forma vertiginosa, con la misma naturalidad con que una esponja absorbe el líquido en que la sumergen. Había palabras que me gustaban y otras que no, palabras que hacían reír y otras que daban miedo. Había, también, algunas que resultaban completamente ajenas a mi realidad circundante y, tal vez por eso mismo, llamaban mi atención. En sucesivos libros, un niño hacía trabajos en "rafia", un "milano" amenazaba a unas gallinas, y un señor iba a la playa muy contento con un "quitasol". Una revista mostraba la encantadora foto de una familia de "koalas" y otra, el porte adusto de un "dromedario". Un álbum de figuritas educativas presentaba a Helen Keller como "filántropa". De una historieta de Anteojito que se desarrollaba en la Edad Media aprendí lo que era un "escudero" y por otra que transcurría en la Prehistoria me asusté con un "pterodáctilo". Y en las revistas deportivas... bueno, de ellas es tanto lo que saqué, que bien podría dedicarles una crónica aparte.

Las palabras me han ayudado a entender mejor los mundos reales y a disfrutar los imaginarios. El correr de los años me ha develado su intrínseca ambivalencia y también su frecuente ineficacia para lograr que nos entendamos unos con otros, pero la atracción que ejercen sobre mí sigue intacta. Aún me divierte jugar con ellas. Ya no me tiro en el suelo, es cierto, pero todavía acomodo letras tratando de reflejar lo que percibo. Y cuando el azar trae hasta mí una frase que me conmueve o me resulta admirable, siento que vuelvo a ingresar a la cueva del tesoro, y que el tesoro sigue ahí, al alcance de mis ojos.

viernes, 8 de mayo de 2009

Crónica nº 50: Bernie Rubens se hace hombre (mayo 2009)

Manny Rubens es un tipo inseguro, de esos que revisan maniáticamente tres veces si cerraron bien la puerta del auto o si la luz quedó apagada. Es también un hombre gris, sin vuelo, opacado desde su infancia por el carisma de su hermano Jimmy, frente al cual no puede dejar de sentirse inferior. Si fuera uruguayo, podría concebírselo escapado de algún cuento de Benedetti, pero es inglés, judío y vive en esa Londres cuyo ritmo cotidiano comienza a verse alterado por el inminente inicio del Mundial de fútbol de 1966.

Manny está casado con Esther y tiene dos hijos: Alvie y Bernie. Alvie es abiertamente el preferido y las expectativas de la familia Rubens están depositadas en él. Bernie, en cambio, no las tiene todas consigo: es miope, usa anteojos, padece asma y siente, con fundamentos, que en su casa nadie le presta atención. A los 12 años, su existencia parece condenada a pasar inadvertida ante los ojos de los otros, deslucida -casi como en un calco de la historia paterna- por la de su hermano mayor.

Hay para Bernie, sin embargo, un motivo de esperanza: se aproxima el momento de su Bar Mitzvah, la ceremonia religiosa en que -tal como le enseña el rabino ciego que lo adoctrina- "un judío se hace hombre". Más concentrado en los festejos que en el costado espiritual del asunto, Bernie piensa que su Bar Mitzvah es la ocasión ideal para reivindicarse y empezar a tener luz propia. Carente de criterio realista, escribe invitaciones destinadas a judíos famosos y fantasea con una fiesta para 250 personas en el mejor salón del barrio.

Dos obstáculos amenazan con arruinar sus planes. Uno de los enemigos es invisihle a sus ojos de niño: la decadente situación económica de su familia. Porque un buen día se instala en el vecindario un gran supermercado y las ventas del negocio de su padre empiezan a derrumbarse estrepitosamente. El otro peligro es el Mundial. Porque la fecha programada para la final del torneo es la misma que la prevista para su Bar Mitzvah, y semejante coincidencia conduce a una conclusión obvia: si Inglaterra logra acceder a esa instancia, nadie querrá ir a la ceremonia para no perderse el gran partido. La crueldad del azar lo deja parado a contramano del patriotismo deportivo generalizado: Bernie será el único inglés que haga fuerza por los equipos que enfrenten a su selección. El problema es que, con el correr de los días, Inglaterra avanza en la Copa con la misma firmeza con que se desploman las finanzas familiares. Puede ocurrir, entonces, que el que iba a ser el mejor día de su vida se transforme en su peor pesadilla.

Con estos elementos tan simples, el cineasta inglés Paul Weiland ha construído una película admirable, una de las más conmovedoras que he visto en los últimos años. Se llama "En el '66" ("Sixty-six", en el original) y podría catalogársela como comedia dramática. Sin grandilocuencias, ajustándose en todo momento a un tono medido que no excluye el humor ni la emoción, apelando a un registro melancólico que oscila entre lo intimista y lo costumbrista, la película es el retrato agridulce de un viaje iniciático, una travesía interior en la que Bernie aprenderá que hacerse hombre trae aparejadas muchas más cosas que una fiesta. Así como el Ernie de "Verano del '42" se asomaba al dolor de la guerra y la muerte a través de su debut sexual, en este complicado verano del '66 Bernie descubrirá las aristas oscuras de la adultez: la decepción, el engaño, el resentimiento, la debilidad, el fracaso.

Historia de segundones -Bernie y Manny lo son o, al menos, así se sienten ellos- la película dibuja con notable agudeza y profunda ternura las dos caras de una misma incomunicación: los esfuerzos estériles de un niño que clama por atención y las tribulaciones de un padre que no sabe llegar a él. Desencuentro que, paradójicamente y merced a un inesperado giro argumental, comenzará tal vez a ser zanjado gracias a ese mismo fútbol que tanto angustia al contrariado Bernie.

Película deliciosa y emotiva, si fuera crítico de cine la calificaría con un "10" o un "excelente". Como no lo soy, me limito a recomendar su visión. Ningún espíritu sensible, me parece, podrá abstraerse a su encanto.

lunes, 20 de abril de 2009

Crónica nº 49: Pizza, birra y poesía (abril 2009)

Es viernes, son las diez y media de la noche y ya no quedan mesas disponibles pero la gente sigue entrando. Hay alrededor de cien personas en el lugar, repartidas entre el salón de la planta baja y el entrepiso con forma de herradura situado de frente al escenario. El acontecimiento que las convoca es la realización de un nuevo "Bar Literario", el primero del año.

Muchos de los presentes ya conocen en qué consiste la propuesta; algunos de ellos, incluso, son seguidores del ciclo desde sus inicios y hasta pueden ostentar un impecable historial de asistencia perfecta. Otros, en cambio, concurren por primera vez, atraídos seguramente por la eficaz publicidad del comentario boca a boca. Unos y otros, fieles y novatos, han venido a buscar lo mismo: un ambiente distendido e informal en el cual disfrutar de la literatura y de la charla con amigos, subrayados ambos placeres por el sabor de unas cervezas.

Hablar de cien personas movilizadas por una actividad literaria un viernes a la noche ya sería, de por sí, suficiente motivo para asombrarse y alegrarse. Sin embargo, lo verdaderamente destacable en este caso es que, salvo escasísimas excepciones para las que sobran los dedos de una mano, todos los presentes tienen entre 18 y 25 años. Se trata de una movida eminentemente juvenil, no sólo por la edad de los asistentes sino por la de quienes la organizan: una de las responsables del prodigio tiene 23 años; la otra, sólo 20.

Cada uno de los Bares Literarios se estructura en base a un eje temático determinado de antemano -que bien puede ser la poesía en lenguas extranjeras, el erotismo, los blogs literarios, o la literatura hecha por y sobre mujeres a lo largo de la historia- y sobre ese tema preseleccionado versan los textos (propios o ajenos) que los escritores invitados comparten con el público en las sucesivas rondas de lectura. Pero los Bares Literarios son bastante más que una desacartonada excursión por el mundo de las letras. Hay también proyección de cortos cinematográficos, muestras de plástica o fotografía, y nunca falta la música en vivo, instancia ésta en la que si bien el rock no es el género excluyente, lleva sin duda la delantera a la hora del protagonismo. Se concreta así una saludable multiplicidad de disciplinas en la que -valga la recurrencia- casi siempre los artistas involucrados son también veinteañeros.

Lo interesante no sólo sucede sobre el escenario. Si uno se pasea entre las mesas con el oído atento, descubrirá animadas conversaciones que giran en torno a temas como la narrativa de García Márquez, el teatro de Lorca o la poética de Huidobro. También llaman la atención ciertas reacciones que se registran en la penumbra del salón mientras transcurren las rondas de lectura. Puede ocurrir, por ejemplo, que un murmullo de aprobación y hasta un amago de aplauso surjan, espontáneos, cuando se anuncia la lectura de un texto de Alejandra Pizarnik. O puede ocurrir también que una señorita no pueda contener un suspiro y exclame "¡Ay, Oliverio!", al escuchar el comienzo de un poema de Girondo.

¿Relato fantástico? ¿Descripción de una utopía? ¿Postal imaginaria de un país deseable? Nada de eso. Todo lo hasta aquí narrado es estrictamente verídico, y viene sucediendo en la ciudad de Santa Fe desde abril del 2008. Este espacio creado por y para jóvenes que celebran la poesía es una realidad concreta y, frente a tantas desazones cotidianas, viene muy bien saber de su existencia.

Ya es sábado, son casi las dos de la mañana y las mesas van quedando despobladas. El público se retira satisfecho. Unos y otros, fieles y novatos, preguntan cuándo es el próximo Bar. Y prometen volver.

sábado, 4 de abril de 2009

Crónica nº 48: Crónica ignorante (marzo 2009)

"Majestad", dicen que dijo aquel bibliotecario a Luis XIV, "me pagan por lo que sé; si tuvieran que pagarme por todo lo que no sé, no alcanzarían las arcas de vuestro reino para hacerlo". Se desconoce si al Rey Sol le agradó o no esta ingeniosa respuesta a sus frustrados requerimientos, pero es innegable que su autor estaba en lo cierto: hay una descomunal desproproción entre lo escasísimo que sabemos y la casi infinita vastedad de lo que ignoramos.

Suele asociarse a la ignorancia con la falta de esa riqueza indefinible llamada "cultura general". De acuerdo a este enciclopédico criterio, una persona que sabe cuál es la capital de Sri Lanka, o que puede recitar en correcto orden cronológico el listado completo de presidentes argentinos se encontraría situada unos escalones por encima de quien no posee tales conocimientos. Y, en cierta forma, es así; pero sólo en cierta forma. Siempre es preferible, claro, contar con información precisa en abundancia antes que carecer de ella y andar por la vida atribuyendo la autoría de "Para Elisa" a Richard Clayderman, o confundiendo la Torre Eiffel con la de Pisa. Pero las herramientas son una cosa, y el resultado perseguido al usarlas, otra. Así como el pincel no es el cuadro y el horno no es el pan, la mera acumulación de datos no necesariamente equivale a sabiduría. Mal que les pese a unos cuantos, la ignorancia ilustrada existe. Y, por lo general, termina siendo más nociva que la que no lo es.

Los profesores de Filosofía enseñan que hay un saber científico y hay un saber vulgar. Por analogía, entonces, deberíamos concluir que hay también una ignorancia científica, nacida del desconocimiento de cuestiones técnicas que sólo se pueden aprender estudiándolas metódicamente, y una ignorancia vulgar, nacida de la falta de experiencia sobre un tema o asunto concreto. Somos individuos limitados por naturaleza y, por lo tanto, incurrimos a diario en ambas formas de la ignorancia. A lo sumo, podemos dar cátedra sobre tres o cuatro temas que nos conciernen de modo muy directo, pero en lo que respecta al resto de las humanas materias, seguramente no podríamos aprobar ni siquiera el más elemental de los exámenes.

En realidad, la amplitud sideral de nuestra ignorancia no constituye en sí misma un problema. Porque si asumiéramos frente a ella la modesta actitud del bibliotecario de la anécdota, viviríamos en un mundo apacible o, en todo caso, menos contaminado de excusas aptas para dar origen a disputas y conflictos. El problema es que a nadie le gusta reconocerse ignorante, y entonces se nos da por opinar. Opinamos, opinamos, opinamos. Vivimos opinando. Opinamos sobre prácticamente todo. En la cola del banco, en el trabajo, arriba de un taxi, en el trasnoche de un asado o llamando a las radios, nos dedicamos a descerrajar apologías y rechazos con alarmante liviandad, perpetramos fórmulas magistrales para dar solución a los problemas del vecino, del barrio, de la ciudad, del país y del planeta. Y de buena fe -eso es justamente lo peor: la buena fe- creemos estar respaldados por sólidos argumentos para hacerlo, cuando la triste evidencia marca que, si fuésemos estrictamente sinceros, deberíamos reconocer que el noventa por ciento de las cosas que decimos a diario, las decimos sin tener cabal idea de aquello sobre lo cual estamos hablando.

Opinamos, opinamos, opinamos. Opinamos destilando intolerancia hacia las minorías cuando estamos incluídos en la mayoría. Opinamos con furibundo desdén hacia la mayoría cuando la minoría somos nosotros. Opinamos sobre vidas ajenas sin detenermos jamás a legitimar la perspectiva del otro. Opinamos sobre cuestiones sociales, políticas y económicas sin ponernos a considerar la flagrante inviabilidad que caracteriza a nuestras propuestas. Opinamos creyendo que sabemos y resulta que en realidad no sabemos. Y cuando no se opina desde el conocimiento, se opina desde el prejuicio, desde el resentiniento, desde la repeticion irreflexiva de lo que dijo algún famoso en la tele, desde la insostenible creencia egocéntrica de que lo que nos pasó a nosotros es ley universal que se aplica a todos los demás sólo porque nos pasó a nosotros. Opinar así no sirve. Opinar así no ilumina, no construye, no mejora. Sólo constituye, "un aporte más a la confusión general", como rezaba aquel viejo eslogan de "La Noticia Rebelde".

"Lo que probablemente falsea todo en la vida", dijo Sacha Guitry, "es que uno piensa que dice la verdad sólo porque dice lo que piensa". Sería conveniente tener siempre en cuenta esta formidable apreciación. Y aprender a callarnos un poco. Y dedicarnos sólo a esas tres o cuatro cuestiones que realmente conocemos a fondo. Y dejar, de una buena vez, que sobre el resto de los temas sólo hablen los que saben.

Sería conveniente, sí.

Se los digo yo, que me las sé todas.