La morocha del vestidito negro voltea sensualmente la cabeza hacia la izquierda y, en estudiada actitud de descuido, te mira con expresión insinuante. Clava sus ojos en los tuyos y, al instante, vos sentís en el pecho cómo empiezan a girar las hélices de ese ahogo que sólo la aparición de una mujer inusualmente hermosa puede provocar. En ese momento no querés darte cuenta, claro -preferís la ingenuidad de rendirte ante su encantador truco de ilusionista- pero la cruda realidad indica que la morocha del vestidito negro no te mira porque le resultes interesante; lo hace, simplemente, para verificar que vos la estás mirando. Soberbia desde su belleza deslumbrante, sabedora de la atracción que es capaz de ejercer, ella da por sentado que la están mirando. Y acierta. Porque vos, inevitablemente, la estás saboreando con la mirada. ¿Y cómo no hacerlo? ¿Cómo no arrojarse con imprudente devoción a esa catarata lacia que se derrama a pique sobre sus hombros desnudos? ¿Cómo no presentir con golosa ansiedad las redondeces sugeridas bajo la tela? ¿Cómo no aventurarse por el tajo criminal de la falda y deslizarse luego cuesta abajo por las piernas, hasta quedar enredado entre las tiras de sus sandalias romanas?
El equívoco inicial, sin embargo, se desvanece enseguida. Diosa fatalmente distante, la morocha del vestidito negro traza, con delicada firmeza, una frontera invisible que pone en evidencia tu inferioridad, te fuerza a recordar que ambos pertenecen a universos diferentes, realidades paralelas entre las cuales no existen más vasos comunicantes que ese juego de miradas fugaz e infructuoso. Ella te seduce y se te niega. Te concede el derecho -y la tácita obligación- de rendirle pleitesía, te confiere el derecho -y la tácita obligación- de desearla. Sólo desearla. No se sonrojaría si pudiera leer tus pensamientos; sería incapaz de escandalizarse ante la brutal indecencia de ciertos besos fantaseados. Su objetivo, al fin de cuentas, es justamente ese: generar un anhelo imposible de satisfacer. No es el sueño de poseerla, entonces, lo que está vedado. Lo que está estrictamente prohibido es violentar las barreras que ella impone. Las mitologías suelen referir los desastres que sobrevienen cuando los destinos de humanos y divinidades se entrecruzan más de la cuenta.
Han pasado quince segundos desde que la viste y ya sentís sobre los hombros el peso muerto de la contrariedad, un regusto a frustración en la saliva por esos labios que nunca habrás de besar. Sos el triste propietario de un deseo herido de negación en el momento mismo de su nacimiento. Insignificancia ambulante, rutinario animalito de maletín en la mano y cola en el Banco, perdedor por goleada, hombrecito gris tan sin glamour, no te queda más opción que seguir adelante con tu vida de siempre, consciente de la derrota inapelable.
Con inútil empeño, como si quisieras engañarte y postergar tu desconsuelo unos segundos, o canjearlo por migajas de aire, mirás a la morocha del vestidito negro una vez más y comprobás que ella todavía te está mirando.
Lejana, inalcanzable. Como si se burlara de vos desde el afiche gigante de la zapatería.
martes, 28 de junio de 2011
martes, 14 de junio de 2011
Crónica n° 67: Del otro lado del mostrador (junio 2011)
Apenas terminada la entrega de premios del certamen literario para adolescentes, la Colo se me acerca y me comenta algo azorada: “¡Qué loco estar de este lado del mostrador!”. Su apreciación no es casual: hace no demasiados años (ayer nomás, podría decirse) ella y Julia estuvieron sentadas entre el público con todo su entusiasmo y su timidez adolescente a cuestas, aguardando ansiosas que las llamaran para subir al escenario a recibir su diploma de ganadoras. Esta noche, en cambio, ambas han conducido el acto conmigo. Les ha tocado, por lo tanto, estar en el escenario, ver al público de frente, llamar a los jóvenes ganadores, entregarles su premio, percibir su ineludible mixtura de entusiasmo y timidez adolescente. “¡Qué loco estar de este lado del mostrador!”, dice la Colo y yo, con filosófica imprudencia, aventuro: “La vida es eso, andar siempre pasándose al otro lado de algún mostrador”.
No sé si la Colo alcanza a escucharme pero la extrema naturalidad con la que he formulado semejante sentencia me deja perplejo. ¿De dónde salió esa frase? La he pronnnciado como si la hubiese escrito antes, como si fuese algo sabido desde siempre. ¿Tan arraigada estaba en mí esa idea y yo no lo sabía? Puede ser. A diferencia del hecho de cumplir 20, 30 o 40 años, que fue relevante para mí sólo por el valor simbólico que cargan las cifras redondas, siempre me han resultado mucho más significativas (y causantes de un vértigo mucho mayor) esas instancias en que uno se descubre cumpliendo el rol exactamente opuesto al ejercido poco tiempo atrás, incurriendo de manera impensada en discursos y actitudes en los que antes incurrían otros, viendo las cosas desde una perspectiva insospechada que enriquece nuestra mirada sobre el mundo pero que, al mismo tiempo, socava sin piedad la validez supuestamente monolitica de nuestra perspectiva anterior.
De concursantes a organizadores de concursos, sí. Pero también de hijos que deben ser provistos y protegidos a padres encargados de proveer y proteger. De alumnos siempre intolerantes con los profesores a docentes recurrentemente quejosos de sus alumnos. De jóvenes con más de una razón para cuestionar el mundo adulto a adultos con más de una razón para cuestionar el mundo juvenil. De adolescentes despreocupados que despotrican contra la vecina que chilla por el volumen de la música a vecinos desvelados que chillan contra los adolescentes de al lado que no los dejan dormir. De empleados recelosos frente a sus patrones a jefes desconfiados de sus subalternos. De incendiarios a bomberos, de controlados a controladores, de debutantes a veteranos, de inexpertos a consejeros. De victimarios a víctimas. Y viceversa.
Mutación favorable o negativa según el caso, signo inequívoco de evolución o decadencia según el ángulo desde el cual se evalúe el asunto, cada una de estas travesías existenciales es un proceso lento y silencioso pero tan irrefrenable como el correr de los días o la llegada de las estaciones. Justamente por eso, lo que en verdad causa vértigo no es la notable permeabilidad que caracteriza a los mostradores, sino darse cuenta de ella, digerir la impactante extrañeza con la que uno se descubre un día del otro lado, obligado a preguntarse “¿en qué momento sucedió todo esto?”. Quizás nunca encontré mejor expresada esta sensación que en una viñeta de Crist en la que un niño pide: “Abuelo, contame tu vida” y el abuelo contesta: “No sé, m’hijo. Yo estaba en el patio de mi casa jugando lo más tranquilo, y de golpe estoy acá”.
Claro que sí, Colo; es muy loco estar de este lado del mostrador. De este y de todos los demás que vas a cruzar. Te lo dice alguien que hace no demasiados años (ayer nomás, podría decirse) todavía no había saltado ninguno y hoy está escribiendo esta crónica.
No sé si la Colo alcanza a escucharme pero la extrema naturalidad con la que he formulado semejante sentencia me deja perplejo. ¿De dónde salió esa frase? La he pronnnciado como si la hubiese escrito antes, como si fuese algo sabido desde siempre. ¿Tan arraigada estaba en mí esa idea y yo no lo sabía? Puede ser. A diferencia del hecho de cumplir 20, 30 o 40 años, que fue relevante para mí sólo por el valor simbólico que cargan las cifras redondas, siempre me han resultado mucho más significativas (y causantes de un vértigo mucho mayor) esas instancias en que uno se descubre cumpliendo el rol exactamente opuesto al ejercido poco tiempo atrás, incurriendo de manera impensada en discursos y actitudes en los que antes incurrían otros, viendo las cosas desde una perspectiva insospechada que enriquece nuestra mirada sobre el mundo pero que, al mismo tiempo, socava sin piedad la validez supuestamente monolitica de nuestra perspectiva anterior.
De concursantes a organizadores de concursos, sí. Pero también de hijos que deben ser provistos y protegidos a padres encargados de proveer y proteger. De alumnos siempre intolerantes con los profesores a docentes recurrentemente quejosos de sus alumnos. De jóvenes con más de una razón para cuestionar el mundo adulto a adultos con más de una razón para cuestionar el mundo juvenil. De adolescentes despreocupados que despotrican contra la vecina que chilla por el volumen de la música a vecinos desvelados que chillan contra los adolescentes de al lado que no los dejan dormir. De empleados recelosos frente a sus patrones a jefes desconfiados de sus subalternos. De incendiarios a bomberos, de controlados a controladores, de debutantes a veteranos, de inexpertos a consejeros. De victimarios a víctimas. Y viceversa.
Mutación favorable o negativa según el caso, signo inequívoco de evolución o decadencia según el ángulo desde el cual se evalúe el asunto, cada una de estas travesías existenciales es un proceso lento y silencioso pero tan irrefrenable como el correr de los días o la llegada de las estaciones. Justamente por eso, lo que en verdad causa vértigo no es la notable permeabilidad que caracteriza a los mostradores, sino darse cuenta de ella, digerir la impactante extrañeza con la que uno se descubre un día del otro lado, obligado a preguntarse “¿en qué momento sucedió todo esto?”. Quizás nunca encontré mejor expresada esta sensación que en una viñeta de Crist en la que un niño pide: “Abuelo, contame tu vida” y el abuelo contesta: “No sé, m’hijo. Yo estaba en el patio de mi casa jugando lo más tranquilo, y de golpe estoy acá”.
Claro que sí, Colo; es muy loco estar de este lado del mostrador. De este y de todos los demás que vas a cruzar. Te lo dice alguien que hace no demasiados años (ayer nomás, podría decirse) todavía no había saltado ninguno y hoy está escribiendo esta crónica.
martes, 17 de mayo de 2011
Crónica n° 66: Crónica de bienvenida para Dante (mayo 2011)
Uno sabe que está ahí, que ya existe. Lo sabe desde el momento mismo en que se confirma la noticia –esa noticia siempre posible, siempre esperable y sin embargo siempre conmocionante y revolucionaria-. Lo sabe aunque no se lo vea, aunque nada en la figura de su madre delate todavía su presencia.
Uno sabe que está ahí, que ya existe. Lo sabe cuando arranca el torneo de presentimientos acerca de si será varón o nena, y cuando se arman los conciliábulos de sobremesa en los que se especula -y se delira- a viva voz sobre los posibles nombres que habrá de recibir. Lo sabe cuando la primera ecografía exhibe apenas un huevito milimétrico, una sombrita casi imperceptible, manchita vagamente discernible entre manchas imposibles de interpretar.
Uno sabe que está ahí, que ya existe. Lo sabe cuando comienzan las recorridas por los comercios del ramo en busca de cuna y cochecito, y cuando los parientes, amigos y compañeros de trabajo contribuyen a multiplicar el ajuar aportando mantitas, batitas, toallas, sábanas, talcos y peluches. Lo sabe cuando la inminencia de su llegada se vuelve tema excluyente de conversación y se torna habitual fantasear con futuras jornadas compartidas, presumir monerías o anticipar travesuras.
Uno lo sabe, sí. Pero sucede que una mañana uno se pone a recorrer las cinco cuadras que lo separan del sanatorio con una ansiedad que no se compara con ninguna de las muchas otras ansiedades que ha padecido a lo largo de su vida, camina apurado sin prestar atención a vidrieras ni a peatones porque no puede ni quiere pensar en otra cosa, porque lo único que le importa en ese momento es llegar al sitio que se acaba de transformar en el centro geográfico del universo, el eje en torno al cual se ha puesto a girar el planeta. Y uno llega. Llega adonde el corazón, adelantándose al resto del cuerpo, ya había llegado hace rato. Llega, y hay una puerta que se abre. Entonces, uno lo ve. Finalmente lo ve. Lo ve y comprueba, por enésima vez, la abismal distancia que separa lo abstracto de lo concreto, lo imaginado de lo perceptible. Lo ve y constata –como si hiciera falta- que una cosa era saber que ya existía, y otra muy distinta es la posibilidad de tocarlo, escucharlo, olerlo, de verlo materializado en este tierno cachorrito de humano, infinitamente frágil, cuya carita asoma apenas entre los pliegues de la mantilla verde que lo envuelve.
Y entonces uno, que es un lector experimentado, recibe en sus brazos esos casi tres kilos de tibieza y reniega de todos sus criterios estéticos, abjura del sarcasmo con que tantas veces cuestionó la cursilería de los textos que suelen escribirse sobre bebés recién nacidos. Uno, que es escritor, se queda contemplando conmovido el movimiento leve de esos deditos minúsculos y reniega también de los ochenta mil vocablos que componen el idioma castellano porque comprende que no hay genio de las letras capaz de conjurar las palabras que puedan explicar y describir tamaña maravilla.
Uno, simplemente, se inclina sobre ese retacito de vida a estrenar y sólo atina a susurrarle: “Hola, Dante. Qué gusto conocerte. Soy tu abuelo Alfredo, te estaba esperando”.
Uno sabe que está ahí, que ya existe. Lo sabe cuando arranca el torneo de presentimientos acerca de si será varón o nena, y cuando se arman los conciliábulos de sobremesa en los que se especula -y se delira- a viva voz sobre los posibles nombres que habrá de recibir. Lo sabe cuando la primera ecografía exhibe apenas un huevito milimétrico, una sombrita casi imperceptible, manchita vagamente discernible entre manchas imposibles de interpretar.
Uno sabe que está ahí, que ya existe. Lo sabe cuando comienzan las recorridas por los comercios del ramo en busca de cuna y cochecito, y cuando los parientes, amigos y compañeros de trabajo contribuyen a multiplicar el ajuar aportando mantitas, batitas, toallas, sábanas, talcos y peluches. Lo sabe cuando la inminencia de su llegada se vuelve tema excluyente de conversación y se torna habitual fantasear con futuras jornadas compartidas, presumir monerías o anticipar travesuras.
Uno lo sabe, sí. Pero sucede que una mañana uno se pone a recorrer las cinco cuadras que lo separan del sanatorio con una ansiedad que no se compara con ninguna de las muchas otras ansiedades que ha padecido a lo largo de su vida, camina apurado sin prestar atención a vidrieras ni a peatones porque no puede ni quiere pensar en otra cosa, porque lo único que le importa en ese momento es llegar al sitio que se acaba de transformar en el centro geográfico del universo, el eje en torno al cual se ha puesto a girar el planeta. Y uno llega. Llega adonde el corazón, adelantándose al resto del cuerpo, ya había llegado hace rato. Llega, y hay una puerta que se abre. Entonces, uno lo ve. Finalmente lo ve. Lo ve y comprueba, por enésima vez, la abismal distancia que separa lo abstracto de lo concreto, lo imaginado de lo perceptible. Lo ve y constata –como si hiciera falta- que una cosa era saber que ya existía, y otra muy distinta es la posibilidad de tocarlo, escucharlo, olerlo, de verlo materializado en este tierno cachorrito de humano, infinitamente frágil, cuya carita asoma apenas entre los pliegues de la mantilla verde que lo envuelve.
Y entonces uno, que es un lector experimentado, recibe en sus brazos esos casi tres kilos de tibieza y reniega de todos sus criterios estéticos, abjura del sarcasmo con que tantas veces cuestionó la cursilería de los textos que suelen escribirse sobre bebés recién nacidos. Uno, que es escritor, se queda contemplando conmovido el movimiento leve de esos deditos minúsculos y reniega también de los ochenta mil vocablos que componen el idioma castellano porque comprende que no hay genio de las letras capaz de conjurar las palabras que puedan explicar y describir tamaña maravilla.
Uno, simplemente, se inclina sobre ese retacito de vida a estrenar y sólo atina a susurrarle: “Hola, Dante. Qué gusto conocerte. Soy tu abuelo Alfredo, te estaba esperando”.
jueves, 31 de marzo de 2011
Crónica n° 65: Pasar la posta (marzo 2011)
Todo grupo humano que se organiza en pos de un fin no lucrativo y estructura su funcionamiento en base al trabajo desinteresado de sus miembros va atesorando una serie de pequeñas gestas, momentos memorables que se hilvanan en el tiempo como felices corolarios de la quijotada cotidiana, instancias históricas que generan una mística de entrecasa, un patrimonio anímico que fogonea el deseo de continuar con el esfuerzo a pesar de las frecuentes contrariedades.
A lo largo de sus doce años de vida, la Asociación Cultural El Puente (entidad de la cual soy uno de sus socios fundadores) ha acumulado varios de estos momentos memorables. El más reciente de todos ellos ha sido el festival de rock que organizamos días atrás con la intención de recaudar fondos para la reapertura de nuestro centro cultural independiente.
Por cierto, no hubo ese fin de semana acontecimientos espectaculares ni asombrosos. Al fin de cuentas, y en tren de ser concretos, todo podría resumirse diciendo que el festival fue un éxito, que trabajamos mucho y bien, que disfrutamos haciéndolo, que los músicos y el público se fueron satisfechos y que, en cuanto a las expectativas económicas que teníamos, las mismas se alcanzaron con creces. Está claro, sin embargo, que esta enunciación meramente informativa poco dice acerca de la profunda dimensión humana que tuvo para nosotros lo ocurrido durante esas dos noches. Lo destacable en estos casos, se sabe, suele tener menos que ver con el éxito logrado que con el modo o el contexto en que dicho éxito se hizo posible. Podríamos mencionar, entonces, la alegría de la labor compartida. O detenernos en lo reconfortante que es sentir que se pertenece a algo que nos trasciende. O recordar a Oesterheld asegurando a través de El Eternauta que “el único héroe válido es el héroe en grupo, nunca el héroe individual, el héroe solo”. Pero, por sobre todas las cosas, habría que destacar –siempre y cuando me sea permitido el posible neologismo- la “transgeneracionalidad” de la movida. Es decir, la feliz convivencia, dentro del grupo organizador y ejecutor del festival, de individuos cuyas edades abarcan un amplio arco que va desde los 24 años a los 60.
Supongo que explicar aquí las múltiples bondades que acarrea esa feliz convivencia sería una obviedad. Tampoco creo que haga falta ponerse a pontificar sobre la importancia de la participación juvenil en iniciativas solidarias. Lo que sí requiere algún tipo de aclaración, estimo, es el porqué de mi interés en estos temas y de la relevancia que les confiero.
Sucede que cuando yo era un veinteañero con inquietudes culturales, tuve la enorme fortuna de cruzarme en la vida con unas cuantas personas mayores que yo, que con actitudes muy puntuales, exentas de toda impostura, me revelaron una ética cuyos códigos contribuyeron en forma decisiva a orientar mis búsquedas. Frente a esos hombres y mujeres siempre tuve la certidumbre de estar en deuda y, por ende, la imperiosa necesidad de ofrecerles un reconocimiento. Yo percibía en ellos esa desazón íntima que suele acompañar a todo idealista, esa impresión vitalicia como de estar siempre al borde del orsai existencial, y me parecía injusto. Quería obsequiarles una señal concreta e inequívoca que los desagraviara de tanta ingratitud, de tanta indiferencia, un homenaje vital que les permitiera sentir que no se habían equivocado siendo como eran y actuando como actuaban. Quería demostrarles que vivir sembrando semillas de utopía no había sido en vano, que desde la otra orilla de los años alguien más joven valoraba su esfuerzo y recogía su legado.
Creo no exagerar si digo que todos mis emprendimientos relacionados con tareas de difusión cultural están directamente vinculados con este mandato autoimpuesto. Al fin y al cabo, eso es tomar la posta: hacerle a otros las cosas buenas que otros han hecho antes con nosotros.
Mas sucede también que los años han pasado y uno se descubre meditando sobre estos asuntos desde la vereda opuesta. De tanto en tanto, entonces, la pregunta desoladora sobrevuela nuestro idealismo cuarentón y encanecido: ¿quién habrá de recoger, a su vez, nuestro legado?
Pues bien, el festival de rock ha sido la demostración palpable de que ya hay quienes (sin siquiera sospechar que lo están haciendo) comienzan a dibujar la respuesta. Asoma la buena gente a quien habremos de pasarle la posta. Los veinteañeros con inquietudes culturales ahora son ellos, este puñado de chicos y chicas que ostentan con desparpajo DNIs que empiezan con 3, que apuestan al compromiso con una causa que hacen propia y a la cual defienden con un entusiasmo contagioso. Gente que cuando habla de El Puente dice “nosotros”, dice “mi casa”. Gente que se pone la camiseta no para lucirla en la foto, sino para transpirarla.
Impacientes, apresurados, a veces imprudentes, es imposible no reconocer en ellos reflejos del que uno fue cuando tenía su misma edad. El tiempo resolverá sí tal analogia les fue o no venturosa. Mientras tanto, habrá que celebrar nuestra mutua compañía en el camino. Al fin y al cabo, eso es pasar la posta: compartirla para que se propague y multiplique en nuevas postas, sembrar para que otros cosechen y puedan así sembrar para que otros cosechen y así.
Única estrategia posible, estoy seguro, para que el juego y el fuego no se acaben.
A lo largo de sus doce años de vida, la Asociación Cultural El Puente (entidad de la cual soy uno de sus socios fundadores) ha acumulado varios de estos momentos memorables. El más reciente de todos ellos ha sido el festival de rock que organizamos días atrás con la intención de recaudar fondos para la reapertura de nuestro centro cultural independiente.
Por cierto, no hubo ese fin de semana acontecimientos espectaculares ni asombrosos. Al fin de cuentas, y en tren de ser concretos, todo podría resumirse diciendo que el festival fue un éxito, que trabajamos mucho y bien, que disfrutamos haciéndolo, que los músicos y el público se fueron satisfechos y que, en cuanto a las expectativas económicas que teníamos, las mismas se alcanzaron con creces. Está claro, sin embargo, que esta enunciación meramente informativa poco dice acerca de la profunda dimensión humana que tuvo para nosotros lo ocurrido durante esas dos noches. Lo destacable en estos casos, se sabe, suele tener menos que ver con el éxito logrado que con el modo o el contexto en que dicho éxito se hizo posible. Podríamos mencionar, entonces, la alegría de la labor compartida. O detenernos en lo reconfortante que es sentir que se pertenece a algo que nos trasciende. O recordar a Oesterheld asegurando a través de El Eternauta que “el único héroe válido es el héroe en grupo, nunca el héroe individual, el héroe solo”. Pero, por sobre todas las cosas, habría que destacar –siempre y cuando me sea permitido el posible neologismo- la “transgeneracionalidad” de la movida. Es decir, la feliz convivencia, dentro del grupo organizador y ejecutor del festival, de individuos cuyas edades abarcan un amplio arco que va desde los 24 años a los 60.
Supongo que explicar aquí las múltiples bondades que acarrea esa feliz convivencia sería una obviedad. Tampoco creo que haga falta ponerse a pontificar sobre la importancia de la participación juvenil en iniciativas solidarias. Lo que sí requiere algún tipo de aclaración, estimo, es el porqué de mi interés en estos temas y de la relevancia que les confiero.
Sucede que cuando yo era un veinteañero con inquietudes culturales, tuve la enorme fortuna de cruzarme en la vida con unas cuantas personas mayores que yo, que con actitudes muy puntuales, exentas de toda impostura, me revelaron una ética cuyos códigos contribuyeron en forma decisiva a orientar mis búsquedas. Frente a esos hombres y mujeres siempre tuve la certidumbre de estar en deuda y, por ende, la imperiosa necesidad de ofrecerles un reconocimiento. Yo percibía en ellos esa desazón íntima que suele acompañar a todo idealista, esa impresión vitalicia como de estar siempre al borde del orsai existencial, y me parecía injusto. Quería obsequiarles una señal concreta e inequívoca que los desagraviara de tanta ingratitud, de tanta indiferencia, un homenaje vital que les permitiera sentir que no se habían equivocado siendo como eran y actuando como actuaban. Quería demostrarles que vivir sembrando semillas de utopía no había sido en vano, que desde la otra orilla de los años alguien más joven valoraba su esfuerzo y recogía su legado.
Creo no exagerar si digo que todos mis emprendimientos relacionados con tareas de difusión cultural están directamente vinculados con este mandato autoimpuesto. Al fin y al cabo, eso es tomar la posta: hacerle a otros las cosas buenas que otros han hecho antes con nosotros.
Mas sucede también que los años han pasado y uno se descubre meditando sobre estos asuntos desde la vereda opuesta. De tanto en tanto, entonces, la pregunta desoladora sobrevuela nuestro idealismo cuarentón y encanecido: ¿quién habrá de recoger, a su vez, nuestro legado?
Pues bien, el festival de rock ha sido la demostración palpable de que ya hay quienes (sin siquiera sospechar que lo están haciendo) comienzan a dibujar la respuesta. Asoma la buena gente a quien habremos de pasarle la posta. Los veinteañeros con inquietudes culturales ahora son ellos, este puñado de chicos y chicas que ostentan con desparpajo DNIs que empiezan con 3, que apuestan al compromiso con una causa que hacen propia y a la cual defienden con un entusiasmo contagioso. Gente que cuando habla de El Puente dice “nosotros”, dice “mi casa”. Gente que se pone la camiseta no para lucirla en la foto, sino para transpirarla.
Impacientes, apresurados, a veces imprudentes, es imposible no reconocer en ellos reflejos del que uno fue cuando tenía su misma edad. El tiempo resolverá sí tal analogia les fue o no venturosa. Mientras tanto, habrá que celebrar nuestra mutua compañía en el camino. Al fin y al cabo, eso es pasar la posta: compartirla para que se propague y multiplique en nuevas postas, sembrar para que otros cosechen y puedan así sembrar para que otros cosechen y así.
Única estrategia posible, estoy seguro, para que el juego y el fuego no se acaben.
jueves, 10 de febrero de 2011
Crónica n° 64: Crónica líquida (enero 2011)
“El setenta por ciento del cuerpo humano está compuesto por agua”, ha dicho Armando en el patio de mi casa. Lo ha dicho con rigor científico de médico, encauzando una sobremesa trasnochada en la que un debate sobre cierto documental del Discovery Channel, enmarcado en el habitual exceso de comida, tabaco y alcohol, amenazaba con desbarrancarse hacia el delirio o la ciencia ficción.
“El setenta por ciento del cuerpo humano está compuesto por agua”, ha dicho, y yo he recordado o creido recordar un concepto extraído de algún remoto atlas de mi infancia: ”Las dos terceras partes del planeta Tierra están formadas por agua”.
Contundente mayoría de agua en nuestro cuerpo; contundente mayoría de agua en el planeta que habitamos. Agua por todas partes, dentro y fuera de nosotros. No en vano hubo en la antigua Grecia quien creyó ver en ella el elemento común a todas las cosas.
Debe ser por eso, pienso. Debe ser por la naturaleza eminentemente líquida de este mundo que la realidad de los hombres es tan inasible. Debe ser por eso que termina siempre por escurrirse entre los dedos de quien, ingenuamente, se esfuerza por capturar su sentido y esencia. Debe ser por eso que escapa invariablemente a nuestros torpes intentos de encarcelarla en sistemas de ideas. Debe ser por eso que parece burlarse de nuestras frágiles percepciones y mucho más aún de las sesudas interpretaciones que elaboramos en base a ellas.
La razón navega el curso de la realidad. Nada en él, se sumerge en él, bucea, y hasta practica saltos ornamentales sobre las acuáticas verdades humanas. Pero no consigue atraparlas ni, mucho menos, retenerlas. A veces parece que sí, que va a lograrlo, pero son sólo espejismos transitorios tras cuya efímera vigencia la realidad hace valer su eterna dimensión líquida, se deshace con asombrosa facilidad de las precarias hipótesis que hemos construido y continúa fluyendo, indiferente por completo a nuestros soberbios desvelos. Y su fluidez nos deja contrariados, con la vergüenza recurrente de una nueva derrota intelectual.
Deberíamos, tal vez, aprender a fluir con la realidad, dejarnos arrastrar por la corriente natural de la vida. Aunarnos con ella en la fluidez, ser congruentes con nuestra abundante proporción líquida, dejar de ser sujetos empeñados en mirar lo que no se puede ver, encaprichados en cazar lo intangible. Quizás así nos volveríamos más sabios. E incluso, más felices.
Claro que, si tal prodigio fuese posible, habría que resolver un problema: qué hacer con esta terquedad, conmovedora y absurda, de andar anotando palabras pretendidamente sólidas sobre páginas de agua. Siempre de agua.
Fatalmente. de agua.
“El setenta por ciento del cuerpo humano está compuesto por agua”, ha dicho, y yo he recordado o creido recordar un concepto extraído de algún remoto atlas de mi infancia: ”Las dos terceras partes del planeta Tierra están formadas por agua”.
Contundente mayoría de agua en nuestro cuerpo; contundente mayoría de agua en el planeta que habitamos. Agua por todas partes, dentro y fuera de nosotros. No en vano hubo en la antigua Grecia quien creyó ver en ella el elemento común a todas las cosas.
Debe ser por eso, pienso. Debe ser por la naturaleza eminentemente líquida de este mundo que la realidad de los hombres es tan inasible. Debe ser por eso que termina siempre por escurrirse entre los dedos de quien, ingenuamente, se esfuerza por capturar su sentido y esencia. Debe ser por eso que escapa invariablemente a nuestros torpes intentos de encarcelarla en sistemas de ideas. Debe ser por eso que parece burlarse de nuestras frágiles percepciones y mucho más aún de las sesudas interpretaciones que elaboramos en base a ellas.
La razón navega el curso de la realidad. Nada en él, se sumerge en él, bucea, y hasta practica saltos ornamentales sobre las acuáticas verdades humanas. Pero no consigue atraparlas ni, mucho menos, retenerlas. A veces parece que sí, que va a lograrlo, pero son sólo espejismos transitorios tras cuya efímera vigencia la realidad hace valer su eterna dimensión líquida, se deshace con asombrosa facilidad de las precarias hipótesis que hemos construido y continúa fluyendo, indiferente por completo a nuestros soberbios desvelos. Y su fluidez nos deja contrariados, con la vergüenza recurrente de una nueva derrota intelectual.
Deberíamos, tal vez, aprender a fluir con la realidad, dejarnos arrastrar por la corriente natural de la vida. Aunarnos con ella en la fluidez, ser congruentes con nuestra abundante proporción líquida, dejar de ser sujetos empeñados en mirar lo que no se puede ver, encaprichados en cazar lo intangible. Quizás así nos volveríamos más sabios. E incluso, más felices.
Claro que, si tal prodigio fuese posible, habría que resolver un problema: qué hacer con esta terquedad, conmovedora y absurda, de andar anotando palabras pretendidamente sólidas sobre páginas de agua. Siempre de agua.
Fatalmente. de agua.
viernes, 16 de julio de 2010
Crónica n° 63: Gloria (julio 2010)
Ahí va Andrés Iniesta, remontando su alegría contra la noche sudafricana. Acaba de clavar en el arco holandés el derechazo cruzado que le permitirá a la selección española ganar el primer campeonato mundial de su historia. Corre, Iniesta, y se quita la camiseta, y la enarbola como bandera de victoria. Llega hasta la esquina izquierda del campo de juego y se deja caer de rodillas, echa el torso hacia atrás con los brazos extendidos en cruz y la boca bien abierta, como si quisiera abrazar al cosmos y absorber con cada poro de su cuerpo la esencia de ése, el momento excelso de su vida. De cara al cielo, pronuncia vaya a saber qué palabras viscerales y después desaparece de nuestra vista, oculto por sus compañeros de equipo que, zambulléndose sobre él, erigen una montaña humana cual efímero monumento al triunfo.
Aunque la felicidad exhibida en la pantalla me es ajena, la escena resulta igualmente emocionante. Lo que Andrés Iniesta ha logrado es, ni más ni menos, volver real la fantasía acunada desde la infancia por todos aquellos que alguna vez pateamos una pelota de fútbol: hacer el gol del triunfo en la final de un Mundial. ¿Cómo no vislumbrar, entonces, una dimensión épica en la proeza consumada? Asistir al momento exacto en que un simple mortal accede a las infrecuentes caricias de la gloria constituye un espectáculo cargado de resonancias míticas. Uno está presenciando la consagración del héroe como tal. su irrupción en la historia para conquistar, tras supremo esfuerzo, uno de esos honores superlativos que están reservados a unos pocos elegidos.
No puedo evitarlo: cada vez que me es dado contemplar hazañas deportivas de esta magnitud, me pongo a filosofar acerca del destino. Me pregunto por qué estas cosas les ocurren a algunos individuos y no a otros, qué es lo que ellos tienen de especial para atraer hacia sí los veleidosos designios de la fortuna. Y, la verdad, toda argumentación simplista me parece insuficiente. Porque a pesar de lo que suelen sugerir las publicidades de ropa deportiva, no es cuestión de talento, ni de fuerza, ni de coraje, ni de fortaleza anímica, ni de convicción. Tales virtudes -quién puede dudarlo- favorecen la consecución del objetivo. Pero no la aseguran. Setecientos treinta y seis futbolistas de treinta y dos países fueron convocados para disputar el Mundial. Apenas cuarenta y seis accedieron al partido final. De ellos, sólo veintiocho llegaron a jugarlo y sólo uno pudo convertir el gol decisivo. ¿Es Iniesta el mejor de todos, el que más méritos acumuló? Probablemente no. Entonces, ¿por qué le tocó a él? Supongo que por la misma inasequible razón por la que algunos se quedan dormidos y no alcanzan a tomar el avión que luego habrá de estrellarse, mientras que otros se ponen a esperar el colectivo justo debajo de la maceta que va a caer del balcón. Mucho me temo que lo verdaderamente gravitante en estas cuestiones es un elemento que excede a todo intento de dominio voluntario. Y poco importa aquí si las acciones humanas están regidas por el azar y la libertad o si, por el contrario, están ya prefiguradas en una trama de desarrollo irreversible. Da igual: ni una ni otra hipótesis explica por qué la ceguera de la providencia o el capricho de los dioses elige a un individuo y no a otro.
"Nunca perseguí la gloria", reza el famoso verso de Machado. Viniendo tal frase de un escritor, mucho no le creo, pero no está mal tomar su afirmación como consejo. A causa de la arbitrariedad que gobierna esta materia, la persecución de la gloria no parece ser un propósito demasiado recomendable. Semejante pretensión nos coloca a casi todos ante la penosa perspectiva de un casi seguro fracaso. Hay que tener en cuenta, además, que la gloria no sólo es esquiva; también es fatalmente pasajera y de alcances limitados. ¿Quién recuerda el nombre de los gladiadores romanos que fueron vivados en el Coliseo? ¿Y el del sultán otomano que conquistó Constantinopla? ¿Y el del primer atleta que resultó vencedor en los juegos olímpicos de la antigua Atenas? Sin ir tan lejos, ¿cuántos chicos argentinos de la era Facebook saben con precisión lo que hizo Mario Kempes el 25 de junio de 1978?
La gloria es una señorita demasiado voluble como para enamorarse de ella. Y sin embargo, muy en el fondo de nuestros corazones, todos anhelamos el dulce privilegio de ser convidados a su lecho. Es muy probable que ese banquete no nos esté destinado. Nos quedará entonces el consuelo de conformarnos con algunas glorias devaluadas, menos masivas y espectaculares. Glorias de cabotaje, glorias de entrecasa, glorias familiares. Glorias de segunda marca. Glorias de saldo y liquidación. El tío al que le publican una carta en el correo de lectores del diario, el vecino al que Susana lo llama por teléfono o el veterano del club que gana un torneo de bochas también pueden sentir, con derecho, que la gloria ha rozado sus vidas. Pero no es lo mismo; decididamente no es lo mismo.
Qué quieren que les diga, yo preferiría salir a la calle y ser aclamado por una multitud rugiente que festejara con vuvuzelas la lectura gozosa de cada uno de mis libros.
Aunque la felicidad exhibida en la pantalla me es ajena, la escena resulta igualmente emocionante. Lo que Andrés Iniesta ha logrado es, ni más ni menos, volver real la fantasía acunada desde la infancia por todos aquellos que alguna vez pateamos una pelota de fútbol: hacer el gol del triunfo en la final de un Mundial. ¿Cómo no vislumbrar, entonces, una dimensión épica en la proeza consumada? Asistir al momento exacto en que un simple mortal accede a las infrecuentes caricias de la gloria constituye un espectáculo cargado de resonancias míticas. Uno está presenciando la consagración del héroe como tal. su irrupción en la historia para conquistar, tras supremo esfuerzo, uno de esos honores superlativos que están reservados a unos pocos elegidos.
No puedo evitarlo: cada vez que me es dado contemplar hazañas deportivas de esta magnitud, me pongo a filosofar acerca del destino. Me pregunto por qué estas cosas les ocurren a algunos individuos y no a otros, qué es lo que ellos tienen de especial para atraer hacia sí los veleidosos designios de la fortuna. Y, la verdad, toda argumentación simplista me parece insuficiente. Porque a pesar de lo que suelen sugerir las publicidades de ropa deportiva, no es cuestión de talento, ni de fuerza, ni de coraje, ni de fortaleza anímica, ni de convicción. Tales virtudes -quién puede dudarlo- favorecen la consecución del objetivo. Pero no la aseguran. Setecientos treinta y seis futbolistas de treinta y dos países fueron convocados para disputar el Mundial. Apenas cuarenta y seis accedieron al partido final. De ellos, sólo veintiocho llegaron a jugarlo y sólo uno pudo convertir el gol decisivo. ¿Es Iniesta el mejor de todos, el que más méritos acumuló? Probablemente no. Entonces, ¿por qué le tocó a él? Supongo que por la misma inasequible razón por la que algunos se quedan dormidos y no alcanzan a tomar el avión que luego habrá de estrellarse, mientras que otros se ponen a esperar el colectivo justo debajo de la maceta que va a caer del balcón. Mucho me temo que lo verdaderamente gravitante en estas cuestiones es un elemento que excede a todo intento de dominio voluntario. Y poco importa aquí si las acciones humanas están regidas por el azar y la libertad o si, por el contrario, están ya prefiguradas en una trama de desarrollo irreversible. Da igual: ni una ni otra hipótesis explica por qué la ceguera de la providencia o el capricho de los dioses elige a un individuo y no a otro.
"Nunca perseguí la gloria", reza el famoso verso de Machado. Viniendo tal frase de un escritor, mucho no le creo, pero no está mal tomar su afirmación como consejo. A causa de la arbitrariedad que gobierna esta materia, la persecución de la gloria no parece ser un propósito demasiado recomendable. Semejante pretensión nos coloca a casi todos ante la penosa perspectiva de un casi seguro fracaso. Hay que tener en cuenta, además, que la gloria no sólo es esquiva; también es fatalmente pasajera y de alcances limitados. ¿Quién recuerda el nombre de los gladiadores romanos que fueron vivados en el Coliseo? ¿Y el del sultán otomano que conquistó Constantinopla? ¿Y el del primer atleta que resultó vencedor en los juegos olímpicos de la antigua Atenas? Sin ir tan lejos, ¿cuántos chicos argentinos de la era Facebook saben con precisión lo que hizo Mario Kempes el 25 de junio de 1978?
La gloria es una señorita demasiado voluble como para enamorarse de ella. Y sin embargo, muy en el fondo de nuestros corazones, todos anhelamos el dulce privilegio de ser convidados a su lecho. Es muy probable que ese banquete no nos esté destinado. Nos quedará entonces el consuelo de conformarnos con algunas glorias devaluadas, menos masivas y espectaculares. Glorias de cabotaje, glorias de entrecasa, glorias familiares. Glorias de segunda marca. Glorias de saldo y liquidación. El tío al que le publican una carta en el correo de lectores del diario, el vecino al que Susana lo llama por teléfono o el veterano del club que gana un torneo de bochas también pueden sentir, con derecho, que la gloria ha rozado sus vidas. Pero no es lo mismo; decididamente no es lo mismo.
Qué quieren que les diga, yo preferiría salir a la calle y ser aclamado por una multitud rugiente que festejara con vuvuzelas la lectura gozosa de cada uno de mis libros.
jueves, 10 de junio de 2010
Crónica n° 62: Nosotros, los intolerantes (junio 2010)
El lugar donde nacemos y crecemos, la composición de nuestra familia, el tipo de educación que recibimos, nuestra pertenencia a un grupo social, nuestra adhesión o no a una religión, los contratiempos que atravesamos a lo largo de la vida y hasta el equipo de fútbol del que nos hacemos hinchas van moldeando en cada uno de nosotros una singular manera de ver el mundo e interpretar la realidad. Tan complejas y diversas son las combinaciones de estos factores, que bien puede decirse que hay tantas miradas posibles sobre el mundo como sujetos que lo miran. Sin embargo, paradójicamente, tendemos a comportarnos como si tamaña diversidad de perspectivas no existiera. Muy por el contrario, nos pasamos la mayor parte de nuestra vida encallados en la indiscutida creencia de que las cosas son tal como nosotros las vemos, sin cuestionar jamás esa mirada.
¿De dónde nace esta soberbia de pensar que la única manera válida de ver la realidad es la nuestra? Supongo que del miedo. El miedo inconsciente a que nuestra visión del mundo no resista una evidencia en contrario y entonces las certezas que tenemos se derrumben. El miedo a la duda esencial y a la inseguridad que ésta trae aparejada. El miedo a vivir a tientas, pisando sobre arenas movedizas. El miedo a la incomodidad de asumir que, en realidad, es muy poco lo que sabemos y entendemos.
Lo cierto es que de esta soberbia surge una dinámica perversa en nuestra relación con "el otro", es decir, con aquel que manifiesta poseer una visión del mundo que se contrapone a la nuestra. La irrupción del disenso nos irrita y, casi por instinto, buscamos cancelarlo. Para ser intolerante, al fin de cuentas, no se necesita transformarse en genocida, ni enrolarse en el Ku Kux Klan, ni actuar como barrabravas descontrolados. La intolerancia se cuela en nuestros pequeños actos cotidianos, mimetizada con la naturalidad de la costumbre. Menospreciamos esas otras miradas posibles, las descalificamos con indignacion. "¡Pero este tipo está loco!", "¡Qué manga de ignorantes!", "¡Es que los mata el resentimiento!", "¡Y qué querés si es un facho!". No importa cuál sea el rótulo al que apelemos, la cosa se resuelve siempre igual: los que opinan diferente a nosotros están equivocados. Hay en ellos, nuestros oponntes, una carencia, un defecto de origen que invalida su postura ante ese tema. Un vicio intrínseco distorsiona su mirada y deslegitima su interpretación de la realidad, impregnándola de una subjetividad enfermiza o malintencionada que la vuelve sospechosa y nos permite descartarla de plano. He aquí una segunda manifestación de soberbia, quizás más profunda que la anterior. Porque nada obsta a que nuestros oponentes sean, efectivamente, locos, ignorantes, resentidos o fachos, pero ¿de dónde sacamos que nuestra visión del mundo es inmaculada y no está distorsionada a su vez por nuestros propios prejuicios, limitaciones y mezquindades? A menos que podamos acreditar los beneficios de una improbable iluminación de origen divino, nuestra mirada sobre el mundo está tan teñida de subjetividad como la de cualquiera. Aun cuando creamos -y sea cierto- que estamos siendo lo más objetivos posible.
Las visiones diferentes a la nuestra deberían complementarnos, enriquecernos, ensanchar nuestro horizonte. En lugar de ello, las percibimos como una amenaza que debe ser neutralizada. No nos interesa analizar las razones que el otro tiene para sustentar su punto de vista. No sabemos de qué otro modo reaccionar ante la multiplicidad de versiones existentes sobre la realidad y entonces tratamos de imponer la nuestra. Movidos por un impulso de naturaleza colonialista, pretendemos transformar en verdad absoluta y universal algo que es apenas particular y relativo. Y como el resto del mundo es tan díscolo que no se digna a coincidir con nuestra versión, andamos por la vida despotricando contra los tarados que no se emocionan con una película que a nosotros nos parece conmovedora, contra los descerebrados que votan a un candidato que a nosotros nos resulta nefasto, o contra los imbéciles que se fanatizan con un cantante que nosotros tildamos de mediocre. Lo hacemos, claro, sin tener en cuenta que tal actitud nos involucra en un descomunal juego de espejos puesto que, ante los ojos de aquellos a quienes cuestionamos, los tarados, descerebrados e imbéciles somos nosotros, precisamente a causa de las elecciones éticas, estéticas o ideológicas que tanto nos enorgullecen.
Cuando el General Viola visitó Santa Fe en 1981 siendo presidente de facto, un periodista le preguntó si consideraba que en la Argentina estaban dadas las condiciones para el disenso. "Usted querrá decir para el consenso", lo corrigió Viola. "No, para el disenso", insistió el periodista. Viola se mostró perplejo, dijo que no entendía la pregunta y no contestó. La anécdota resulta muy ilustrativa para demostrar que en la estructura mental de los dictadores no hay espacio para la noción de disenso. Pero en la nuestra, supuestamente tan democrática, ¿sí lo hay? Día tras día, tomamos partido, apoyamos causas que sentimos valiosas y repudiamos otras que nos parecen deplorables. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar pacíficamente la coexistencia de miradas divergentes sobre determinados asuntos? Invocamos argumentos morales, políticos, filosóficos. religiososo o sentimentales para justificar nuestras apologías y rechazos, pero defenestramos los argumentos de idéntica naturaleza que esgrimen quienes no concuerdan con nosotros. Consideramos inteligentes a los que expresan una opinión similar a la nuestra y obtusos a quienes nos llevan la contra. Nos parece gracioso burlarnos de ciertas figuras públicas pero esas mismas chanzas aplicadas a figuras que admiramos y respetamos nos revuelven la sangre. Alzamos indignados nuestra voz de protesta cuando nos sentimos censurados pero no nos parece tan objetable que se acalle a aquellos que suelen decir cosas que no nos gusta escuchar. Condenamos la intolerancia cuando estamos incluidos entre sus víctimas pero nos cuesta reconocerla cuando somos nosotros los que la ejercemos. Medimos con distinta vara y no nos damos cuenta porque, con entera buena fe, creemos siempre tener la razón de nuestro lado.
Si esa buena fe no nos encegueciera de tal forma, podríamos percibir los motivos profundos que los otros tienen para pensar como piensan y actuar como actúan. Seguramente, no abandonaríamos por ello nuestras propias convicciones. Pero tal vez descubriríamos asombrados qué parecidas a nosotros son todas esas personas que ahora nos parecen tan distintas.
¿De dónde nace esta soberbia de pensar que la única manera válida de ver la realidad es la nuestra? Supongo que del miedo. El miedo inconsciente a que nuestra visión del mundo no resista una evidencia en contrario y entonces las certezas que tenemos se derrumben. El miedo a la duda esencial y a la inseguridad que ésta trae aparejada. El miedo a vivir a tientas, pisando sobre arenas movedizas. El miedo a la incomodidad de asumir que, en realidad, es muy poco lo que sabemos y entendemos.
Lo cierto es que de esta soberbia surge una dinámica perversa en nuestra relación con "el otro", es decir, con aquel que manifiesta poseer una visión del mundo que se contrapone a la nuestra. La irrupción del disenso nos irrita y, casi por instinto, buscamos cancelarlo. Para ser intolerante, al fin de cuentas, no se necesita transformarse en genocida, ni enrolarse en el Ku Kux Klan, ni actuar como barrabravas descontrolados. La intolerancia se cuela en nuestros pequeños actos cotidianos, mimetizada con la naturalidad de la costumbre. Menospreciamos esas otras miradas posibles, las descalificamos con indignacion. "¡Pero este tipo está loco!", "¡Qué manga de ignorantes!", "¡Es que los mata el resentimiento!", "¡Y qué querés si es un facho!". No importa cuál sea el rótulo al que apelemos, la cosa se resuelve siempre igual: los que opinan diferente a nosotros están equivocados. Hay en ellos, nuestros oponntes, una carencia, un defecto de origen que invalida su postura ante ese tema. Un vicio intrínseco distorsiona su mirada y deslegitima su interpretación de la realidad, impregnándola de una subjetividad enfermiza o malintencionada que la vuelve sospechosa y nos permite descartarla de plano. He aquí una segunda manifestación de soberbia, quizás más profunda que la anterior. Porque nada obsta a que nuestros oponentes sean, efectivamente, locos, ignorantes, resentidos o fachos, pero ¿de dónde sacamos que nuestra visión del mundo es inmaculada y no está distorsionada a su vez por nuestros propios prejuicios, limitaciones y mezquindades? A menos que podamos acreditar los beneficios de una improbable iluminación de origen divino, nuestra mirada sobre el mundo está tan teñida de subjetividad como la de cualquiera. Aun cuando creamos -y sea cierto- que estamos siendo lo más objetivos posible.
Las visiones diferentes a la nuestra deberían complementarnos, enriquecernos, ensanchar nuestro horizonte. En lugar de ello, las percibimos como una amenaza que debe ser neutralizada. No nos interesa analizar las razones que el otro tiene para sustentar su punto de vista. No sabemos de qué otro modo reaccionar ante la multiplicidad de versiones existentes sobre la realidad y entonces tratamos de imponer la nuestra. Movidos por un impulso de naturaleza colonialista, pretendemos transformar en verdad absoluta y universal algo que es apenas particular y relativo. Y como el resto del mundo es tan díscolo que no se digna a coincidir con nuestra versión, andamos por la vida despotricando contra los tarados que no se emocionan con una película que a nosotros nos parece conmovedora, contra los descerebrados que votan a un candidato que a nosotros nos resulta nefasto, o contra los imbéciles que se fanatizan con un cantante que nosotros tildamos de mediocre. Lo hacemos, claro, sin tener en cuenta que tal actitud nos involucra en un descomunal juego de espejos puesto que, ante los ojos de aquellos a quienes cuestionamos, los tarados, descerebrados e imbéciles somos nosotros, precisamente a causa de las elecciones éticas, estéticas o ideológicas que tanto nos enorgullecen.
Cuando el General Viola visitó Santa Fe en 1981 siendo presidente de facto, un periodista le preguntó si consideraba que en la Argentina estaban dadas las condiciones para el disenso. "Usted querrá decir para el consenso", lo corrigió Viola. "No, para el disenso", insistió el periodista. Viola se mostró perplejo, dijo que no entendía la pregunta y no contestó. La anécdota resulta muy ilustrativa para demostrar que en la estructura mental de los dictadores no hay espacio para la noción de disenso. Pero en la nuestra, supuestamente tan democrática, ¿sí lo hay? Día tras día, tomamos partido, apoyamos causas que sentimos valiosas y repudiamos otras que nos parecen deplorables. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar pacíficamente la coexistencia de miradas divergentes sobre determinados asuntos? Invocamos argumentos morales, políticos, filosóficos. religiososo o sentimentales para justificar nuestras apologías y rechazos, pero defenestramos los argumentos de idéntica naturaleza que esgrimen quienes no concuerdan con nosotros. Consideramos inteligentes a los que expresan una opinión similar a la nuestra y obtusos a quienes nos llevan la contra. Nos parece gracioso burlarnos de ciertas figuras públicas pero esas mismas chanzas aplicadas a figuras que admiramos y respetamos nos revuelven la sangre. Alzamos indignados nuestra voz de protesta cuando nos sentimos censurados pero no nos parece tan objetable que se acalle a aquellos que suelen decir cosas que no nos gusta escuchar. Condenamos la intolerancia cuando estamos incluidos entre sus víctimas pero nos cuesta reconocerla cuando somos nosotros los que la ejercemos. Medimos con distinta vara y no nos damos cuenta porque, con entera buena fe, creemos siempre tener la razón de nuestro lado.
Si esa buena fe no nos encegueciera de tal forma, podríamos percibir los motivos profundos que los otros tienen para pensar como piensan y actuar como actúan. Seguramente, no abandonaríamos por ello nuestras propias convicciones. Pero tal vez descubriríamos asombrados qué parecidas a nosotros son todas esas personas que ahora nos parecen tan distintas.
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