La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







jueves, 28 de mayo de 2009

Crónica nº 51: El descubrimiento de las palabras (mayo 2009)

Cuando tenía 3 años, me regalaron un alfabeto de plástico, de esos que traen letras mayúsculas de distintos colores. No sé si fue justamente a causa de esa diversidad cromática, o si sólo fue el reflejo de una predisposición innata; lo cierto es que el abecedario en cuestión resultó ser, para mí, un juguete muy atractivo. Según me han contado, yo me echaba de panza al suelo y me entretenía largo rato manipulando las letras, examinando sus formas y disponiendo de ellas a mi antojo como si fueran autitos, soldados o animales imaginarios.

En algún punto imprecisable de mis juegos solitarios -y sin ser consciente de ello, por supuesto- debo haber descubierto que el uso y combinación de las letras podía no quedar necesariamente limitado a mi capricho y responder, en cambio, a un orden externo cuyo ignorado andamiaje me excedía por completo. Así fue como, mediante el simple recurso de observar y copiar, empecé a armar en el piso mis primeras palabras. La leyenda familiar indica que me especializaba en reproducir vocablos extraídos de etiquetas de productos que había en mi casa. "Vino" y "Odex" fueron algunos de aquellos precoces logros. Huelga decirlo, yo concretaba esta escritura de plástico sin saber leer. Es decir, sin entender el significado de aquello que había construido. Claro que, envuelto como estaba en mi absoluta inocencia, tal falta de comprensión acerca de mi propia obra no constituia, para mí, motivo alguno de preocupación.

Debieron pasar todavía varios meses para que tal conflicto se hiciera palpable. Todo sucedió una tarde de frío en que mi mamá volvió del centro y me regaló unos libritos de cuentos comprados en Casa Tía, de esos que vienen con escaso texto y grandes ilustraciones. No sé cuáles eran y tampoco sé si eran los primeros que me compraba. Lo que sí recuerdo, y con asombrosa nitidez, es la frustración -hasta entonces inédita- que sentí al tomarlos en mis manos y abrirlos. Han pasado cuarenta años pero aún puedo revivir claramente la impotencia descomunal que experimenté en aquel momento, cuando advertí que, debajo de esos dibujos tan coloridos, habia unas manchitas negras, ordenadas en fila como hormigas congeladas, unos signos que no lograba descifrar y cuyo desconocimiento me dejaba afuera de algo que presentía importante, malherido por una decepcionante sensación de estar arañando un cristal sin poder traspasarlo.

No sé si, de algún modo, me las ingenié para exponer explícitamente mis inquietudes al respecto, o si habrá bastado con prestarme atención para que cualquier observador pudiera advertirlas. El asunto es que mi mamá decidió estimular mi curiosidad, compró el mítico libro "Upa" y, tomándolo como guía, me enseñó a leer.

No recuerdo gran cosa acerca del contenido de ese libro, ni tampoco de los sucesivos pasos que conformaron mi proceso de aprendizaje, pero es indudable que, después de atravesar victorioso sus páginas, yo fui otra persona. Mejor dicho, me sentí una persona por primera vez. El dominio del lenguaje escrito operó en mi vida un efecto revolucionario: mamá amasaba la masa, yo amaba a ese oso, y mis 4 años se apoderaban de la llave maestra que abría la puerta para ir a jugar. Habia conseguido la clave mágica, el "Ábrete Sésamo" que me franqueaba el paso hacia el conocimiento deseado.

Habrá quienes se asoman al mundo impactados por los números, las imágenes o los sonidos. A mí, el universo se me revelaba poblado de palabras y me lancé con entusiasmo a apropiarme de ellas.

Previsiblemente, para cuando cumplí 5 años y promediaba mi paso por el Jardín de Infantes, yo no sólo leía con fluidez los libritos de cuentos -que me regalaban cada vez con más frecuencia- sino que abordaba con bastante soltura cuanto texto cayera en mis manos. No había antinomia alguna entre el juego y la lectura; leer era otro modo más de jugar. Como consecuencia lógica, mi vocabulario se fue ensanchando en forma vertiginosa, con la misma naturalidad con que una esponja absorbe el líquido en que la sumergen. Había palabras que me gustaban y otras que no, palabras que hacían reír y otras que daban miedo. Había, también, algunas que resultaban completamente ajenas a mi realidad circundante y, tal vez por eso mismo, llamaban mi atención. En sucesivos libros, un niño hacía trabajos en "rafia", un "milano" amenazaba a unas gallinas, y un señor iba a la playa muy contento con un "quitasol". Una revista mostraba la encantadora foto de una familia de "koalas" y otra, el porte adusto de un "dromedario". Un álbum de figuritas educativas presentaba a Helen Keller como "filántropa". De una historieta de Anteojito que se desarrollaba en la Edad Media aprendí lo que era un "escudero" y por otra que transcurría en la Prehistoria me asusté con un "pterodáctilo". Y en las revistas deportivas... bueno, de ellas es tanto lo que saqué, que bien podría dedicarles una crónica aparte.

Las palabras me han ayudado a entender mejor los mundos reales y a disfrutar los imaginarios. El correr de los años me ha develado su intrínseca ambivalencia y también su frecuente ineficacia para lograr que nos entendamos unos con otros, pero la atracción que ejercen sobre mí sigue intacta. Aún me divierte jugar con ellas. Ya no me tiro en el suelo, es cierto, pero todavía acomodo letras tratando de reflejar lo que percibo. Y cuando el azar trae hasta mí una frase que me conmueve o me resulta admirable, siento que vuelvo a ingresar a la cueva del tesoro, y que el tesoro sigue ahí, al alcance de mis ojos.

viernes, 8 de mayo de 2009

Crónica nº 50: Bernie Rubens se hace hombre (mayo 2009)

Manny Rubens es un tipo inseguro, de esos que revisan maniáticamente tres veces si cerraron bien la puerta del auto o si la luz quedó apagada. Es también un hombre gris, sin vuelo, opacado desde su infancia por el carisma de su hermano Jimmy, frente al cual no puede dejar de sentirse inferior. Si fuera uruguayo, podría concebírselo escapado de algún cuento de Benedetti, pero es inglés, judío y vive en esa Londres cuyo ritmo cotidiano comienza a verse alterado por el inminente inicio del Mundial de fútbol de 1966.

Manny está casado con Esther y tiene dos hijos: Alvie y Bernie. Alvie es abiertamente el preferido y las expectativas de la familia Rubens están depositadas en él. Bernie, en cambio, no las tiene todas consigo: es miope, usa anteojos, padece asma y siente, con fundamentos, que en su casa nadie le presta atención. A los 12 años, su existencia parece condenada a pasar inadvertida ante los ojos de los otros, deslucida -casi como en un calco de la historia paterna- por la de su hermano mayor.

Hay para Bernie, sin embargo, un motivo de esperanza: se aproxima el momento de su Bar Mitzvah, la ceremonia religiosa en que -tal como le enseña el rabino ciego que lo adoctrina- "un judío se hace hombre". Más concentrado en los festejos que en el costado espiritual del asunto, Bernie piensa que su Bar Mitzvah es la ocasión ideal para reivindicarse y empezar a tener luz propia. Carente de criterio realista, escribe invitaciones destinadas a judíos famosos y fantasea con una fiesta para 250 personas en el mejor salón del barrio.

Dos obstáculos amenazan con arruinar sus planes. Uno de los enemigos es invisihle a sus ojos de niño: la decadente situación económica de su familia. Porque un buen día se instala en el vecindario un gran supermercado y las ventas del negocio de su padre empiezan a derrumbarse estrepitosamente. El otro peligro es el Mundial. Porque la fecha programada para la final del torneo es la misma que la prevista para su Bar Mitzvah, y semejante coincidencia conduce a una conclusión obvia: si Inglaterra logra acceder a esa instancia, nadie querrá ir a la ceremonia para no perderse el gran partido. La crueldad del azar lo deja parado a contramano del patriotismo deportivo generalizado: Bernie será el único inglés que haga fuerza por los equipos que enfrenten a su selección. El problema es que, con el correr de los días, Inglaterra avanza en la Copa con la misma firmeza con que se desploman las finanzas familiares. Puede ocurrir, entonces, que el que iba a ser el mejor día de su vida se transforme en su peor pesadilla.

Con estos elementos tan simples, el cineasta inglés Paul Weiland ha construído una película admirable, una de las más conmovedoras que he visto en los últimos años. Se llama "En el '66" ("Sixty-six", en el original) y podría catalogársela como comedia dramática. Sin grandilocuencias, ajustándose en todo momento a un tono medido que no excluye el humor ni la emoción, apelando a un registro melancólico que oscila entre lo intimista y lo costumbrista, la película es el retrato agridulce de un viaje iniciático, una travesía interior en la que Bernie aprenderá que hacerse hombre trae aparejadas muchas más cosas que una fiesta. Así como el Ernie de "Verano del '42" se asomaba al dolor de la guerra y la muerte a través de su debut sexual, en este complicado verano del '66 Bernie descubrirá las aristas oscuras de la adultez: la decepción, el engaño, el resentimiento, la debilidad, el fracaso.

Historia de segundones -Bernie y Manny lo son o, al menos, así se sienten ellos- la película dibuja con notable agudeza y profunda ternura las dos caras de una misma incomunicación: los esfuerzos estériles de un niño que clama por atención y las tribulaciones de un padre que no sabe llegar a él. Desencuentro que, paradójicamente y merced a un inesperado giro argumental, comenzará tal vez a ser zanjado gracias a ese mismo fútbol que tanto angustia al contrariado Bernie.

Película deliciosa y emotiva, si fuera crítico de cine la calificaría con un "10" o un "excelente". Como no lo soy, me limito a recomendar su visión. Ningún espíritu sensible, me parece, podrá abstraerse a su encanto.

lunes, 20 de abril de 2009

Crónica nº 49: Pizza, birra y poesía (abril 2009)

Es viernes, son las diez y media de la noche y ya no quedan mesas disponibles pero la gente sigue entrando. Hay alrededor de cien personas en el lugar, repartidas entre el salón de la planta baja y el entrepiso con forma de herradura situado de frente al escenario. El acontecimiento que las convoca es la realización de un nuevo "Bar Literario", el primero del año.

Muchos de los presentes ya conocen en qué consiste la propuesta; algunos de ellos, incluso, son seguidores del ciclo desde sus inicios y hasta pueden ostentar un impecable historial de asistencia perfecta. Otros, en cambio, concurren por primera vez, atraídos seguramente por la eficaz publicidad del comentario boca a boca. Unos y otros, fieles y novatos, han venido a buscar lo mismo: un ambiente distendido e informal en el cual disfrutar de la literatura y de la charla con amigos, subrayados ambos placeres por el sabor de unas cervezas.

Hablar de cien personas movilizadas por una actividad literaria un viernes a la noche ya sería, de por sí, suficiente motivo para asombrarse y alegrarse. Sin embargo, lo verdaderamente destacable en este caso es que, salvo escasísimas excepciones para las que sobran los dedos de una mano, todos los presentes tienen entre 18 y 25 años. Se trata de una movida eminentemente juvenil, no sólo por la edad de los asistentes sino por la de quienes la organizan: una de las responsables del prodigio tiene 23 años; la otra, sólo 20.

Cada uno de los Bares Literarios se estructura en base a un eje temático determinado de antemano -que bien puede ser la poesía en lenguas extranjeras, el erotismo, los blogs literarios, o la literatura hecha por y sobre mujeres a lo largo de la historia- y sobre ese tema preseleccionado versan los textos (propios o ajenos) que los escritores invitados comparten con el público en las sucesivas rondas de lectura. Pero los Bares Literarios son bastante más que una desacartonada excursión por el mundo de las letras. Hay también proyección de cortos cinematográficos, muestras de plástica o fotografía, y nunca falta la música en vivo, instancia ésta en la que si bien el rock no es el género excluyente, lleva sin duda la delantera a la hora del protagonismo. Se concreta así una saludable multiplicidad de disciplinas en la que -valga la recurrencia- casi siempre los artistas involucrados son también veinteañeros.

Lo interesante no sólo sucede sobre el escenario. Si uno se pasea entre las mesas con el oído atento, descubrirá animadas conversaciones que giran en torno a temas como la narrativa de García Márquez, el teatro de Lorca o la poética de Huidobro. También llaman la atención ciertas reacciones que se registran en la penumbra del salón mientras transcurren las rondas de lectura. Puede ocurrir, por ejemplo, que un murmullo de aprobación y hasta un amago de aplauso surjan, espontáneos, cuando se anuncia la lectura de un texto de Alejandra Pizarnik. O puede ocurrir también que una señorita no pueda contener un suspiro y exclame "¡Ay, Oliverio!", al escuchar el comienzo de un poema de Girondo.

¿Relato fantástico? ¿Descripción de una utopía? ¿Postal imaginaria de un país deseable? Nada de eso. Todo lo hasta aquí narrado es estrictamente verídico, y viene sucediendo en la ciudad de Santa Fe desde abril del 2008. Este espacio creado por y para jóvenes que celebran la poesía es una realidad concreta y, frente a tantas desazones cotidianas, viene muy bien saber de su existencia.

Ya es sábado, son casi las dos de la mañana y las mesas van quedando despobladas. El público se retira satisfecho. Unos y otros, fieles y novatos, preguntan cuándo es el próximo Bar. Y prometen volver.

sábado, 4 de abril de 2009

Crónica nº 48: Crónica ignorante (marzo 2009)

"Majestad", dicen que dijo aquel bibliotecario a Luis XIV, "me pagan por lo que sé; si tuvieran que pagarme por todo lo que no sé, no alcanzarían las arcas de vuestro reino para hacerlo". Se desconoce si al Rey Sol le agradó o no esta ingeniosa respuesta a sus frustrados requerimientos, pero es innegable que su autor estaba en lo cierto: hay una descomunal desproproción entre lo escasísimo que sabemos y la casi infinita vastedad de lo que ignoramos.

Suele asociarse a la ignorancia con la falta de esa riqueza indefinible llamada "cultura general". De acuerdo a este enciclopédico criterio, una persona que sabe cuál es la capital de Sri Lanka, o que puede recitar en correcto orden cronológico el listado completo de presidentes argentinos se encontraría situada unos escalones por encima de quien no posee tales conocimientos. Y, en cierta forma, es así; pero sólo en cierta forma. Siempre es preferible, claro, contar con información precisa en abundancia antes que carecer de ella y andar por la vida atribuyendo la autoría de "Para Elisa" a Richard Clayderman, o confundiendo la Torre Eiffel con la de Pisa. Pero las herramientas son una cosa, y el resultado perseguido al usarlas, otra. Así como el pincel no es el cuadro y el horno no es el pan, la mera acumulación de datos no necesariamente equivale a sabiduría. Mal que les pese a unos cuantos, la ignorancia ilustrada existe. Y, por lo general, termina siendo más nociva que la que no lo es.

Los profesores de Filosofía enseñan que hay un saber científico y hay un saber vulgar. Por analogía, entonces, deberíamos concluir que hay también una ignorancia científica, nacida del desconocimiento de cuestiones técnicas que sólo se pueden aprender estudiándolas metódicamente, y una ignorancia vulgar, nacida de la falta de experiencia sobre un tema o asunto concreto. Somos individuos limitados por naturaleza y, por lo tanto, incurrimos a diario en ambas formas de la ignorancia. A lo sumo, podemos dar cátedra sobre tres o cuatro temas que nos conciernen de modo muy directo, pero en lo que respecta al resto de las humanas materias, seguramente no podríamos aprobar ni siquiera el más elemental de los exámenes.

En realidad, la amplitud sideral de nuestra ignorancia no constituye en sí misma un problema. Porque si asumiéramos frente a ella la modesta actitud del bibliotecario de la anécdota, viviríamos en un mundo apacible o, en todo caso, menos contaminado de excusas aptas para dar origen a disputas y conflictos. El problema es que a nadie le gusta reconocerse ignorante, y entonces se nos da por opinar. Opinamos, opinamos, opinamos. Vivimos opinando. Opinamos sobre prácticamente todo. En la cola del banco, en el trabajo, arriba de un taxi, en el trasnoche de un asado o llamando a las radios, nos dedicamos a descerrajar apologías y rechazos con alarmante liviandad, perpetramos fórmulas magistrales para dar solución a los problemas del vecino, del barrio, de la ciudad, del país y del planeta. Y de buena fe -eso es justamente lo peor: la buena fe- creemos estar respaldados por sólidos argumentos para hacerlo, cuando la triste evidencia marca que, si fuésemos estrictamente sinceros, deberíamos reconocer que el noventa por ciento de las cosas que decimos a diario, las decimos sin tener cabal idea de aquello sobre lo cual estamos hablando.

Opinamos, opinamos, opinamos. Opinamos destilando intolerancia hacia las minorías cuando estamos incluídos en la mayoría. Opinamos con furibundo desdén hacia la mayoría cuando la minoría somos nosotros. Opinamos sobre vidas ajenas sin detenermos jamás a legitimar la perspectiva del otro. Opinamos sobre cuestiones sociales, políticas y económicas sin ponernos a considerar la flagrante inviabilidad que caracteriza a nuestras propuestas. Opinamos creyendo que sabemos y resulta que en realidad no sabemos. Y cuando no se opina desde el conocimiento, se opina desde el prejuicio, desde el resentiniento, desde la repeticion irreflexiva de lo que dijo algún famoso en la tele, desde la insostenible creencia egocéntrica de que lo que nos pasó a nosotros es ley universal que se aplica a todos los demás sólo porque nos pasó a nosotros. Opinar así no sirve. Opinar así no ilumina, no construye, no mejora. Sólo constituye, "un aporte más a la confusión general", como rezaba aquel viejo eslogan de "La Noticia Rebelde".

"Lo que probablemente falsea todo en la vida", dijo Sacha Guitry, "es que uno piensa que dice la verdad sólo porque dice lo que piensa". Sería conveniente tener siempre en cuenta esta formidable apreciación. Y aprender a callarnos un poco. Y dedicarnos sólo a esas tres o cuatro cuestiones que realmente conocemos a fondo. Y dejar, de una buena vez, que sobre el resto de los temas sólo hablen los que saben.

Sería conveniente, sí.

Se los digo yo, que me las sé todas.

jueves, 12 de febrero de 2009

Crónica nº 47: Buenas salenas cronopio cronopio (febrero 2009)

Estaba anocheciendo, aquel sábado de febrero. Yo acababa de volver de la cancha, contento porque Colón había ganado, cuando la radio interrumpió de pronto su transmisión deportiva para dar paso a un flash de la División Noticias. Ahí me enteré. "Falleció hoy en París, a la edad de 69 años, el escritor argentino Julio Cortázar", dijo la voz. Eso fue todo. Después, la radio siguió adelante con su previsible rutina de reportajes de vestuario y repetición de goles: Yo, ansioso por sacarme de encima el calor acumulado en la tribuna, me metí en la ducha y no pensé demasiado en el asunto. Eso fue todo, sí. Aquella tarde no supe que Cortázar me había hecho un favor enorme muriéndose antes de que llegara a conocerlo. No supe que su involuntario gesto, tan oportuno, me había evitado la tristeza.

En esos dias, yo andaba poseído por la infinita sed lectora que sólo se puede sentir a los 18 años, pero aún no tenía plena conciencia de lo que significaba la figura de Cortázar, ni de su dimensión gigantesca en el marco de la literatura latinoamericana. A decir verdad, antes de aquella tarde de febrero, sólo registraba en mi memoria dos episodios concretos vinculados a su nombre. Uno era la lectura escolar -en séptimo grado y "Compendio del Alumno" mediante- de un fragmento de "Los venenos", cuyo efecto más perdurable había consistido en revelarme la existencia de la palabra "tilbury". El otro, ya en tiempos de la secundaria, era el comentario tendencioso de un profesor de Formación Cívica que lo había involucrado en esa supuesta "campaña antiargentina en el exterior" que los militares del Proceso enarbolaban por entonces con patriótica paranoia. Fuera de eso, nada. Sabía, sí, que estaba radicado en Francia y que su libro más famoso se llamaba "Rayuela", pero no mucho más.

Fue justamente la catarata de homenajes periodísticos póstumos desatada por su muerte lo que me permitió el primer acercamiento a su vida y a su obra. Poco tiempo después, con la lectura de sus libros, llegaron la admiración, el asombro, la sana envidia, el cariño. Llegó el disfrute inigualable de sus cuentos magistrales. Llegaron el nudo en la garganta al terminar "La autopista del sur", y los ojos humedecidos al final de "Una flor amarilla". Y mi enamoramiento hacia un París ya inexistente que me hacía fantasear con la posibilidad de vivir en una buhardilla cercana al Sena, dedicado solamente a escribir. Y el increíble descubrimiento de que, sólo quince años atrás, una generación entera de jovencitas argentinas había soñado con ser la Maga. Y llegó también la necesidad casi compulsiva de devorar entrevistas para conocer qué pensaba, qué sentía, cómo trabajaba ese grandulón con cara de nene que amaba el jazz y el boxeo. Y las épicas búsquedas de naturaleza casi arqueológica en librerías de Buenos Aires, en pos de tesoros improbables como "Deshoras" u "Octaedro" (por aquel entonces, inhallables). Y la gloriosa felicidad de ese mediodía en que, mientras el cielo se derrumbaba sobre Santa Fe en forma de diluvio bíblico, caminé por la peatonal con un ejemplar de "Los premios" recién comprado bajo el brazo, saboreando por anticipado su inminente lectura en la siesta lluviosa. Y llegó aquel casete que traía su voz grave, y ese estremecimiento que provocaba escucharlo pronunciar "Rocamadour, bebé Rocamadour" con la erre afrancesada. Y la foto inmortal de Sara Facio, el retrato inoxidable del mayor de los cronopios. Y la alegría, claro, la inmensa alegría de haberme cruzado en el camino con ese niño grande fascinado por las palabras que, riéndose de la solemnidad ajena, se dedicó a abrir puertas para ir a jugar, y las encontró.

No tiene sentido, me parece, veinticinco años después, incurrir en la melancolía y experimentar con retroactividad el duelo que no viví. Tampoco me interesan demasiado ya los sesudos análisis académicos acerca de sus aportes técnicos y teóricos a la narrativa contemporánea. Prefiero apoyarme en mi perspectiva de lector y recordarlo con la gratitud que sólo puede despertar quien nos ha obsequiado el placer de páginas inolvidables. El mejor homenaje que se le puede rendir, creo, es seguir leyéndolo. Y, por supuesto, continuar siendo unos cronopios irredimibles, eternamente extranjeros en este mundo armado tan pero tan a la medida de los famas.

miércoles, 14 de enero de 2009

Crónica nº 46: En busca de África (enero 2009)

Mika tiene 6 años; su novia Anna-Lenna, 7. Ambos viven en Langenhagen, una pequeña localidad alemana situada al norte de Hannover. El pasado 1º de enero decidieron fugarse de sus casas con un objetivo muy preciso: viajar a África, casarse y pasar sus días en un clima más benévolo que el frío invierno europeo. Convencieron a la hermanita de Anna-Lenna (que tiene 5 años) para que huyera con ellos y fuese testigo de la boda. Previsores, armaron una pequeña valija en la que cargaron anteojos de sol, trajes de baño y algo de comida ligera. Caminaron un kilómetro hasta la parada más cercana, se subieron a un tranvía y recorrieron unos tres kilómetros más, hasta llegar a la Estación Central de Ferrocarriles de Hannover. Una vez allí, quisieron abordar un transporte que los llevaría al aeropuerto, pero los movimientos del trío llamaron la atención de dos policías. La aventura terminó cuando éstos, hechas las averiguaciones del caso, tomaron a su cargo la penosa misión de informar a los jóvenes viajeros que, sin dinero ni pasajes, es imposible llegar a África.

La anécdota, deliciosa como pocas, dio la vuelta al mundo la semana pasada. Prácticamente, no hubo periódico o noticiero que no le dedicara un espacio. El hechizo irresisitible de su candor apabullante generó sonrisas en las más diversas latitudes y permitió compensar, en parte, tantas deprimentes novedades sobre guerras, masacres y accidentes fatales.

Puestos a bosquejar interpretaciones sobre el asunto, una mirada exitista podría llevarnos a pensar que, al fin y al cabo, el simpático episodio no es más que la crónica de un rotundo fracaso, ya que la fuga quedó trunca y los niños no consiguieron cumplir su cometido. Del mismo modo, una mirada cínica podría llevarnos a especular que el precoz romanticismo de Mika y Anna-Lenna, así como también su espíritu aventurero se irán desvaneciendo a medida que vayan aproximándose a la adultez y la vida los obligue a poner los pies sobre la tierra. Ninguna de estas dos visiones, habrá que reconocerlo, carece de sustento o razonabilidad. Hay, sin embargo, otra lectura posible de los hechos, una mirada que, si bien no excluye la idea de fracaso, al menos redime a la frustrada huída de esa impresión de derrota que parece desteñir sus cálidos colores. Porque, si es cierto que los niños no pudieron alcanzar el destino deseado, no menos cierto es que fue precisamente su intento por alcanzarlo lo que les permitió llegar hasta donde llegaron. Lo cual, teniendo en cuenta su corta edad y la escasez de medios con que contaban, no es poca hazaña.

Vistas así las cosas, su travesura nos involucra a todos, pues se transforma en una tierna, tiernísima metáfora acerca de la condición humana y sus anhelos. Anhelos que muchas veces -o acaso siempre- resultan lo suficientemente ingenuos o desproporcionados como para despertar la compasión de los dioses. Poco importa si el sueño consiste en filmar una película, instalar un bar en la playa o salvar al mundo. La experiencia indica que casi ninguno de nosotros podrá llegar jamás a sus íntimas y personales Áfricas. Salvo afortunadas excepciones, inevitablemente alguien se encargará de detenernos en la estación de trenes e interrumpirá nuestra alegría recordándonos -casi nunca con amabilidad- que no tenemos el pasaje requerido.

Y sin embargo, lejana y cautivante, África sigue existiendo, oculta detrás de nuestro agrisado horizonte cotidiano. Y lo sabemos. Y, contra todo pronóstico y lógica, nos seguimos moviendo con la intención de acercarnos un poco. Obstinadamente, continuamos modelando nuestra travesía. Tal vez en forma oblicua o contradictoria, e incluso sin darnos cuenta, pero es lo que hacemos.

Puede que, buscando llegar a África, sólo consigamos llegar a Hannover. Pero ¿quién habrá de quitarnos lo viajado?

martes, 6 de enero de 2009

Crónica nº 45: Primera persona del singular (noviembre 2008)

"Yo", digo, mientras por reflejo me señalo el pecho con los dedos.

"Yo", te digo, y pretendo que esa escueta afirmación monosilábica alcance para que entiendas de qué estoy hablando.

"Yo", pronuncio, y al hacerlo no revelo casi nada de lo que intento nombrar.

Porque "yo" soy mi abuela que se dejaba ganar a las damas y mi abuelo que me sacaba a pasear en su jeep.

"Yo" soy aquel horizonte hacia el cual corrí ingenuamente para llegar adonde estaba el sol.

"Yo" soy "Los tres chiflados" a las diez de la mañana y "La Pantera Rosa" a las ocho y media de la noche.

"Yo" soy las partituras amarillentas que mis dedos flacos tocaron en el piano.

"Yo" soy las historietas que leí de panza al suelo comiendo galletitas con dulce de leche.

"Yo" soy ese universo paralelo que inventé para refugiarme.

"Yo" soy esa pelota pateada hasta el cansancio con una felicidad tan pura como jamás volví a sentir.

"Yo" soy la timidez irreductible de mi adolescencia.

"Yo" soy los sucesivos pares de anteojos que han decorado mi cara.

"Yo" soy la fascinación incomparable que me obsequiaron ciertos libros.

"Yo" soy los cien mil minutos de fútbol que llevo mirados.

"Yo" soy las ideas de otros que alumbraron mis búsquedas a tientas.

"Yo" soy todos los lugares por donde paseé mis ojos asombrados.

"Yo" soy mi ternura inagotable y mi agotadora ambivalencia.

"Yo" soy mis ideales más nobles y mis más indecentes fantasías.

"Yo" soy los textos por los que me han aplaudido y las palabras que nunca me atreví a pronunciar.

"Yo" soy la gente que me quiere y esta tendencia vocacional a la soledad.

"Yo" soy las mujeres que he abrazado y las que jamás me animé a besar.

"Yo" soy mi golosa inclinación al chocolate y la melancolía.

"Yo" soy esa perpetua sensación de extrañeza que me genera habitar este planeta.

"Yo" soy mi singular forma de interpretar el mundo y mi irónica manera de contárselo a los otros.

"Yo" soy el caos que percibo en el universo y esta ilusión de darle un orden poniéndolo en palabras.

"Yo", decís, mientras por reflejo te señalás el pecho con los dedos.

"Yo", me decís, y pretendés que esa escueta afirmación monosilábica alcance para que entienda de qué estás hablando.