La actualidad, lo cotidiano, el mundo de las letras, la música, el fútbol, el cine, los afectos,
vistos desde una perspectiva cargada de extrañeza, algo irónica, irremediablemente melancólica.







jueves, 16 de octubre de 2008

Crónica nº 44: Canción urgente para Wall Street (octubre 2008)

Si no fuera por todos los crímenes que, en nombre de la economía de mercado, se han perpetrado en los últimos treinta y tantos años. Si no fuera por los golpes de Estado que, con la anuencia estadounidense, se urdieron para permitir la implantación del neoliberalismo en toda América Latina. Si no fuera por los dictadores que lo defendieron a sangre y fuego creyendo, como siempre, que estaban defendiendo otra cosa. Si no fuera por todos aquellos que perdieron su libertad o su vida por oponerse a sus postulados. Si no fuera por los millones de personas que la religión de la libre empresa dejó en la calle sin que a sus cultores los acose el menor remordimiento. Si no fuera por la multitud de pobres que estas políticas regaron sobre el continente con implacable eficacia. Si no fuera por todo eso, el sólo hecho de leer hoy, en las primeras planas de los diarios, que Estados Unidos ha concretado la nacionalización de nueve bancos sería motivo suficiente para inaugurar una carcajada gigantesca, desbordante de sarcasmo. Si no fuera por todo eso, la posibilidad de ver cómo a los gurúes de la economía de mercado les estalla la bomba en el living de sus casas sería una excelente excusa para alzar la copa y brindar.

Pero no, no se puede reír ni festejar. Lo impide no sólo aquello que ya pasó, sino también lo que va a ocurrir. Porque, se sabe, a las crisis las terminan pagando los que menos hicieron por provocarlas. Y esta no tiene por qué ser la excepción. A este derrumbe financiero mundial lo van a pagar los ciudadanos comunes que perderán su empleo, su vivienda, sus ahorros, su futuro, su salud.

Raymond Aron escribió algo así como que es muy difícil que una verdad sea aceptada hasta que no estalla delante de los ojos de los incrédulos y no queda más remedio que afrontarla. ¿Qué dirán ahora los que, con inédita soberbia, propugnaron que había llegado "el fin de la Historia"? ¿Qué dirán los fundamentalistas del achicamiento del Estado, ahora que tienen que salir corriendo para que éste los ampare? ¿Qué dirán los expertos que venían a exigir la aplicación de recetas infalibles (y los gobernantes de turno que gustosamente aceptaron aplicarlas) ahora que esas recetas fracasaron en el Primer Mundo? ¿Qué pensarán los que acostumbraban invadir países que olían a izquierda, ahora que ellos mismos se ven forzados a adoptar una medida propia de un gobierno socialista?

A decir verdad, no sabemos si estamos asistiendo al final de un imperio o no. No sabemos si el capitalismo en su versión más salvaje ha quedado herido de gravedad o no. Y aunque pudiéramos darle respuesta afirmativa a ambas preguntas, tampoco sabemos si lo que venga en su reemplazo será mejor o no. En cualquiera de los casos, se trata de cuestiones en las que, seguramente, no tendremos incidencia alguna (aunque esas cuestiones sí la tengan -y mucha- sobre nosotros). Sin embargo, ahora que el tsunami financiero ha dejado sin discurso a tantos economistas y políticos, convendría recordar que los esquemas neoliberales que rigen nuestra economía tienen también su correlato cultural en la vida privada, que sus consignas, fielmente reproducidas en cada pliegue de las sociedades occidentales, se hallan enquistadas de tal forma en nuestra vida cotidiana, que la atraviesan en cada una de sus capas como si ello respondiera a un orden natural. Convendría recordar que tampoco estos supuestos dogmas son tales, y tratar de desactivar su vigencia omnipresente. Dejar de encarar nuestras relaciones interpersonales como si fueran transacciones. Dejar de creer que todo pero absolutamente todo es una mercancía y que cualquier medio es válido a la hora de venderlo. Dejar de concebir a los individuos como números descartables e intercambiables. Dejar de pensar que el otro es un escollo para nuestras ambiciones y reasignarle su dimensión humana. Recuperar, en suma, nuestro derecho a no ser apenas un engranaje anónimo dentro de un sistema que nos destruye.

De esta tarea, eso sí, tendrá que encargarse cada uno de nosotros. No caigamos en la ingenua comodidad de esperar un plan de salvataje que venga a devolvernos nuestra condición de personas. El humanismo, cualquiera lo sabe, no cotiza en Wall Street.

Crónica nº 43: Relato con ómnibus y perro (septiembre 2008)

Los primeros ladridos se escucharon apenas el colectivo arrancó para dejar atrás la parada de Pedro Víttori y Cándido Pujato. Nadie pareció prestarles mayor atención, claro, tan abstraídos estábamos todos en nuestros respectivos universos personales. En ese primer instante fueron sólo un elemento más del paisaje sonoro de la ciudad, un ruido apenas perceptible que surcaba el anochecer, asomado por detrás del murmullo de los pasajeros y la ronquera del motor, mezclándose con el andar de los autos que, en lenta procesión, volvían de la Costanera.

Unos segundos más tarde, sin embargo, mientras el colectivo atravesaba la cuadra siguiente, los ladridos adquirieron mayor nitidez. Quizás porque despertaron un eco desquiciado en otros perros que respondieron con enojo a semejante desorden en sus dominios. Fue como si el ómnibus hubiese quedado por un momento en el medio de una invisible línea de fuego, obstruyendo con su paso el feroz torneo de insultos caninos. "Uh, se alborotó la perrada", comentó jocoso un muchacho a su compañero de viaje. Por reflejo, miré a través de la ventanilla pero fue inútil: la oscuridad del vidrio, sumada a la escasa iluminación del lugar se confabularon para impedir que obtuviera mayores precisiones.

El colectivo dobló hacia la izquierda y una idea fugaz centelleó como al descuido en los márgenes de mi percepción: ahora el barullo quedaría atrás, olvidado para siempre entre las sombras del Paseo del Restaurador. Me equivoqué. Los ladridos originales, ya sin réplica alguna, reaparecieron en el semáforo en rojo de 25 de Mayo y no cesaron siquiera cuando el colectivo volvió a doblar, esta vez hacia el sur. Anulado ya mi ensimismamiento previo, intenté buscarle al episodio una justificación. Imaginé al perro que causaba el alboroto ocupando la parte trasera de alguna camioneta y supuse que ésta, por una curiosa coincidencia, venía realizando el mismo recorrido que el colectivo. Sin embargo, ambas hipótesis -la de la casualidad y la de la camioneta- se hicieron añicos apenas escuché al mismo muchacho de antes formular un nuevo comentario, más elocuente que el primero: "Mirá, ahí está el perro". Acerqué mi cara al vidrio y alcancé a divisar una mancha móvil que aparecía y desaparecía según lo bañara o no el resplandor de las luces de sodio, una figura borrosa que quedaba dentro o fuera de cuadro según el ómnibus aumentara o aminorara su velocidad. No, no había azar ni dudas: el perro estaba suelto y venía corriendo al colectivo.

Ni siquiera el cruce del Bulevar logró impedir la continuidad de tan tenaz persecución. Bastaba que el ascenso o descenso de alguna persona inmovilizara momentáneamente nuestra marcha para que, al cabo de unos segundos, el animal volviera a darnos alcance y los ladridos reaparecieran con renovado énfasis. Detrás de su aparente comicidad, el espectáculo tenía algo de inquietante, de dramático, un significado profundo que no resultaba accesible. Era como presenciar un diálogo que se intuye importante pero sin entender el idioma en el que se está sosteniendo.

La situación se prolongó por un buen rato. Cuando me levanté para tocar el timbre, hice una rápida cuenta mental y me asombró comprobar que aquella tensa carrera llevaba ya catorce cuadras. Mientras depositaba mis pies en la vereda, el animal pasó corriendo frente a mí, se detuvo ante la puerta delantera del ómnibus y se puso a ladrar en dirección al interior. Sólo entonces pude verlo bien: era negro, bastante grande y de orejas caídas. No parecía ser un perro de raza, pero había en su porte, en su postura firme y desafiante, esa nobleza que emana de ciertos desamparos. ¿Qué señales vería ese animal en aquel gigantesco monstruo amarillo que lo estaba eludiendo? ¿Por qué no se resignaba a dejarlo ir? ¿Qué habría detrás de esa obstinación desesperada? ¿Un reproche hacia quien lo abandonó, un reclamo de venganza, la intuición de algún peligro?

El colectivo se puso otra vez en marcha y el perro reanudó su carrera detrás de él. Me quedé mirándolos por pura inercia, sabiendo que no habría de obtener ninguna explicación. Los vi alejarse hacia el oeste, hasta que sus siluetas se fundieron con la oscuridad y se perdieron, juntas, en los abismos del domingo.

Crónica nº 42: La realidad tal cual querés verla (septiembre 2008)

Si de algo no se puede acusar a la televisión argentina actual es de falta de transparencia en los mecanismos que alimentan su diario funcionamiento. Las picardías casi desleales con que se intenta robarle unas décimas de rating a la competencia, la artificialidad de ciertos escándalos, el modo desenfadado en que ignotos personajes construyen su efímero protagonismo, la naturalidad con que el afán publicitario se incrusta en el contenido mismo de los programas hasta el punto de fagocitarlo, todo eso ocurre sin el menor disimulo, se cocina con elaboración a la vista del público. Al menos, a la vista de todo aquel que esté dispùesto a ver lo evidente.

La última propaganda institucional de Canal 13 de Buenos Aires, sin embargo, llega a un grado de franqueza que asusta. "En septiembre, te mostramos la realidad tal cual querés verla", se anuncia en ella, literalmente, y uno no sabe si atribuir semejante declaración a un acto fallido o a un ejercicio cínico de impunidad. Como no soy muy paranoico, me inclino a creer que, simplemente, ninguno de los autores de la publicidad en cuestión concedió demasiada atención a las palabras que estaba utilizando.
Deliberada o no, convengamos que la frasecita se las trae y permite extraer de ella unas cuantas reflexiones, a cuál más preocupante.

Primero: decir que se va a mostrar la realidad tal cual los televidentes quieren verla implica reconocer que no se la va a mostrar tal cual es. Por lo tanto, se está confesando explícitamente que a los televidentes se les ofrece una versión distorsionada de la realidad.

Segundo: en forma oblicua, el anuncio exalta la posibilidad de que los televidentes tengan una visión de la realidad que excluya las porciones o aspectos de la misma que no desean ver. Y no hace falta ser psicólogo para advertir que eso de ver sólo lo que uno quiere ver es un claro signo de inmadurez, cuando no un peligroso síntoma de desajuste mental. Negar la realidad nunca ha librado a nadie de sus efectos.

Tercero: El maquillador siempre conoce la desnudez imperfecta de la cara maquillada. Si alguien anuncia que le hará ver la realidad al otro tal cual éste la quiere ver, eso significa que el primero "sabe" perfectamente que la realidad no es tal cual la está mostrando. Se reserva ese conocimiento para sí, y este escamoteo de la verdad le concede frente al segundo un enorme margen de poder, una notable capacidad de manipulación.

Cuarto: Este poder, a su vez, queda oculto en este caso bajo un disfraz de demagógica benevolencia, puesto que no sólo se elimina toda resonancia negativa referente a esta actitud, sino que se presenta al canal como una entidad bienhechora que sólo busca el bienestar del televidente y por eso le da el gusto.

Hace unos años quedé azorado al leer en un diario una publicidad que anunciaba "Radio Mitre piensa por usted". Me parecía increíble que se pudiera propugnar, con tanta liviandad, que un medio de comunicación se apropiara de una facultad tan íntima de cada individuo, como es la de pensar. Pues bien, parece que la idea ha prosperado. Ya no hace falta que pensemos: Canal 13 nos fabrica una realidad a la medida de nuestros (supuestos) deseos y nos oculta la otra. Eso sí, nos lo dice abiertamente.

No soy un fanático teleadicto, es cierto, y quizás desde ese desapego nacen estas divagaciones acaso algo exageradas. Pero tampoco soy un fundamentalista de la antitelevisión. Yo también me siento a veces frente al aparato en busca de distracción; a mí también me gusta mirar partidos de fútbol, a mí también me resulta atractivo ver a Laura Fidalgo o a Jesica Cirio bailando strip-dance en el programa de Tinelli. Lo que pasa es que, afortunadamente, aún conservo el sano reflejo mental de desconfiar de lo que dicen y muestran los medios. No dejo que las radios piensen por mí. Y cuando quiero encontrarme con la realidad, la busco fuera de la pantalla, sin intermediarios sospechosos. Aun sabiendo que al mirarla así, desnuda y sin maquillajes seductores, suele resultar menos divertida que las andanzas amorosas de la Tota Santillán.

Crónica nº 41: Cuenta Valeria (agosto 2008)

Cuenta Valeria que hace unos meses comenzó a coordinar un taller literario destinado a gente joven. Cuenta que las reuniones se realizan los sábados a la hora de la siesta y que, para su gran asombro, han sido varios los interesados que acudieron a la convocatoria. Cuenta que, si bien no todos asisten con regularidad, ha conseguido igualmente conformar un pequeño grupo estable, compuesto por cuatro noveles escritores: Joaco, Caro, Ana y Pancho.

Cuenta Valeria que, al igual que ella, sus talleristas son estudiantes veinteañeros y que esa existencia de códigos comunes favorece la mutua comunicación. Cuenta que no siempre el ánimo del grupo es el ideal, que a veces hay quien llega contrariado por la inminencia de un examen, o abrumado por vaivenes amorosos o, simplemente, arrastrando todavía los efectos colaterales de la trasnochada del viernes. Cuenta también que, tal vez justamente por ese motivo, las reuniones de los sábados operan en ellos como un refugio frente a las asperezas de lo cotidiano, creando un microclima singular dentro del cual la literatura suele terminar pareciéndose a una excusa -hermosa, pero excusa al fin- destinada a promover el cálido abrazo de las almas.

Cuenta Valeria que los chicos y las chicas que asisten a su taller están atravesando esa etapa de timidez inicial en la que no terminan de asumirse como escritores. Cuenta que les cuesta mostrar sus creaciones y que escudan su vergüenza en un genuino interés por leer textos ajenos. Cuenta que, un poco para poder sobrellevar esta actitud pudorosa, y otro poco para cumplir una función estimuladora, se le ocurrió la idea de elegir una obra no demasiado extensa y destinar un segmento de cada encuentro a su lectura. Cuenta que propuso varios títulos y que incluyó en el menú uno de mis libros. Cuenta que, luego de dar unas breves referencias acerca de cada una de las obras en danza -y aquí me permito sospechar en ella cierta cariñosa arbitrariedad, acaso inconsciente- el grupo terminó votando por leer mi novela.

Cuenta Valeria que abordan un capítulo por semana, que la lectura del libro les resulta ágil y entretenida, que se ríen mucho, que a veces una frase o una escena termina siendo el disparador adecuado para que los presentes se extravíen en largas charlas, tan entusiastas como carentes de rumbo predecible.
Cuenta Valeria, textualmente: "la verdad que la pasamos genial leyendo tu libro".

¿Cómo no sentirse complacido y conmovido ante semejante declaración? Enterarse de que hay un grupo de personas -y mucho más si se trata de personas jóvenes- que sábado tras sábado monta un rito colectivo en torno a algo que uno ha escrito provoca una alegría a la que resulta difícil hallarle analogías eficaces. La tarea del escritor, se sabe, es eminentemente solitaria. Casi nunca tiene uno la posibilidad de conocer qué impresión (buena o mala) ha causado su obra en los lectores. Mucho menos aún, de asomarse a la imprevisible cadena de íntimas derivaciones que ha generado la travesía de ese texto por el mundo. Poder romper ese aislamiento es una experiencia siempre fascinante, independientemente del resultado al que nos lleve. Pero cuando ese resultado consiste en descubrir una historia como esta que me ha sido referida, saltar la cerca nos conduce a la felicidad más pura.
Cuenta Valeria detalles de esa rutina que se despliega en su taller los sábados a la hora de la siesta. Lo cuenta con suma frescura, seguramente sin imaginar el profundo significado que su relato guarda para mí. Y yo aquí, desde este lado de sus palabras, siento agradecido que esa complicidad tejida alrededor de mi libro constituye, ni más ni menos, la justificación más acabada de su escritura.

jueves, 5 de junio de 2008

Crónica nº 40: Veinticuatro minutos de silencio (mayo 2008)

"Un cortado", contesto y, apenas el mozo se aleja, vuelvo a abstraerme del bullicio del bar en el que me he refugiado huyendo de la lluvia. Me concentro de nuevo en el paisaje de la calle, en el vaivén nervioso de los transeúntes que, enmarcados fugazmente por los enormes ventanales, realizan apresuradas maniobras para evitar los efectos del súbito temporal que ha agrisado la mañana.

El estrépito de una taza al romperse contra el suelo en el otro extremo del salón me lleva a desviar la mirada por unos segundos hacia el interior del bar. Al hacerlo, mis ojos chocan en forma imprevista contra una pareja que está sentada en una mesa cercana a la mía. Me asombra verla, o más bien comprobar con tardía lucidez que ya estaba allí cuando llegué. Mis ojos miopes me tienen acostumbrado a jugarretas sensoriales de este tipo; sin embargo, intuyo de inmediato que aquí hay algo más, algo que excede mis dificultades visuales. Porque si bien es cierto que no había visto a la pareja, no menos cierto es que tampoco la había escuchado. Sí, esa es la cuestión: no los he escuchado hablar. Por reflejo, miro mi reloj. Calculo que debe hacer unos cinco minutos que estoy aquí. Cinco minutos durante los cuales ese hombre y esa mujer no han emitido un sólo sonido.

El mozo me trae el café. Le echo azúcar, lo revuelvo, bebo un sorbo. Miro de nuevo hacia la calle pero no logro desentenderme de mis vecinos. Me pongo entonces a observarlos con discreción. Él está recostado levemente en el respaldo de su asiento. Ella, en cambio está apenas inclinada hacia adelante, las manos sobre la mesa, a ambos lados de su taza. Los dos están mirando hacia afuera, a través del ventanal. Tienen toda la apariencia de esas parejas que salen los sábados por la mañana a pasear por el centro. Treintañeros, estimo.

Termino mi café y miro la hora: siete minutos. No hay caso; la pareja no pronuncia siquiera monosílabos. Me viene a la memoria una película argentina con Pepe Soriano que vi en mi adolescencia, más concretamente una escena terrible en la que el matrimonio está cenando en medio de un silencio tan exasperante que se vuelve casi una presencia más en la mesa. Recuerdo haberme quedado azorado, preguntándome cómo una pareja podía llegar a semejante grado de descomposición. Pienso también en un cuento mío (que al final nunca terminé de escribir) en el que la protagonista decide separarse la noche que va a cenar con su marido y descubre que, si no conversan entre ellos como lo hacen las otras parejas que están en el restaurante, es sencillamente porque ya no tienen nada que decirse. Abandono las digresiones cinematográfico-literarias y regreso al ahora: doce minutos.

Trato de imaginar el porqué de ese silencio tan desolador. Podría pensarse que los abruma un problema tremendo; quizás la existencia de un familiar enfermo, o la noticia reciente de una tragedia que los golpeó muy cerca. Pero no. No es preocupación ni tristeza lo que emana de esos rostros. Tampoco dolor. Podría pensarse entonces que están peleados. Tal vez discutieron un rato antes de que yo me sentara a dos metros de ellos. O tal vez se están reencontrando después de una discusión para reconciliarse y han descubierto que no podrán hacerlo. Pero no, tampoco es enojo lo que revelan esas facciones imperturbables. Es tedio, un profundísimo, insondable tedio.

Quince minutos. Entiendo que no tienen ninguna obligación de hablar (no soy yo precisamente la persona más indicada para cuestionar la escasa locuacidad ajena). Pero se nota que están desinteresados el uno del otro, que no disfrutan de su mutua compañía. No se toman las manos, nI se sonríen. Su silencio, entonces, no queda redimido por el goce callado de ver llover juntos.

Diecisiete minutos. Recuerdo un caso similar del que también me tocó ser testigo involuntario. Era otro bar, otra ciudad, y era de noche. En la mesa contigua había una pareja que casi no hablaba. El hombre estaba entretenido mirando un teléfono celular presumiblemente nuevo y se limitaba a hacer cada tanto algún comentario sobre las virtudes del aparato. La mujer le contestaba con desgano, ostensiblemente aburrida. Recuerdo que, en un momento dado, ella levantó los ojos y se encontró con los míos. Debió haber adivinado que me parecía atractiva, porque desde ese mismo instante empezó a desplegar los gestos propios del coqueteo inconsciente: juguetear entre los dedos con el colgante que adornaba su garganta, retorcerse la punta de los cabellos como al descuido, acomodarse la melena con un movimiento suave de la cabeza. Cada tanto se volvía con disimulo hacia mí; era evidente que clamaba por una mirada masculina que la devolviera a su condición de mujer deseable. No parece, sin embargo, el caso de la pareja que tengo ahora cerca de mí. No se miran entre ellos, pero tampoco miran a nadie.

Diecinueve minutos. Conozco parejas que, de tan sociables, dan la impresión de no querer estar a solas el uno con el otro. Es como si necesitaran imperiosamente la presencia de los demás para no hastiarse, para no tener que afrontar el riesgo de un encuentro sin máscaras. Me pregunto si será ésta una de ellas, y la verdad es que me cuesta imaginarlos charlando animadamente con alguien, o riéndose a carcajadas en medio de un grupo de amigos. Hay un aura de inocultable fastidio con la vida o consigo mismos que ronda sobre sus cuerpos inmóviles.

Veintidós minutos. La lluvia ha cesado. Los paraguas se cierran y la peatonal recobra el aspecto que presentaba media hora atrás. Llamo al mozo. La pareja, no. ¿Entonces no entraron, como yo, para guarecerse del diluvio? El tomar algo en un bar, ¿formará también parte de sus salidas? Parecen estar allí sin la más mínima convicción, sin saber muy bien el motivo. Quizás sea esta su rutina de todos los sábados por la mañana pero, en ese caso, ¿por qué la reiteran? ¿Qué invisible pero inflexible mandato los obliga a cumplirla, si es evidente que no la disfrutan?

Pago. El mozo comenta risueño algo acerca del clima y se va. Miro mi reloj: han pasado veinticuatro minutos. Espío por última vez a mis vecinos. Por un momento, especulo con la caprichosa posibilidad de esgrimir una excusa endeble sólo para hablarles y poder oir sus voces. El pudor me obliga a desechar la idea de inmediato. Me pongo de pie, paso junto a ellos. Salgo.

Frente a la puerta del bar, un hombre cruza la calle de manera imprudente y el conductor que casi lo atropella le dedica una reprimenda soez. El peatón retruca el insulto y sigue su camino como si nada.

Comienzo a remontar la peatonal, sintiendo que me sumerjo lentamente en un mar surcado por otras, muchas, infinitas, irreparables variantes de la incomunicación.

Crónica nº 39: Juan y Mayra miran fotos viejas (abril 2008)

Desde que a principios del 2002 se fueron a vivir a España, Juan y Mayra no habían vuelto a la Argentina. Tenerlos de visita en mi casa, entonces, no sólo constituye un verdadero acontecimiento, sino que me enfrenta a uno de esos consabidos conflictos cronológico-emocionales en los que me cuesta aceptar que las personas que tengo ante mí son las mismas que dejé de ver hace tanto tiempo. Claro que aquí esa disociación se profundiza en virtud de las edades que cargan los personajes involucrados: Juan tiene 15 años; Mayra 8. Y a ello hay que añadirle, todavía, la extrañeza colateral que causa escucharlos decir "vale" y hablar con acento español.

Juan es ahora un adolescente pelilargo al que le gusta mirar noticieros y estar informado. Dice que quiere ser periodista o reportero gráfico. Escucha rock pesado y sigue siendo hincha de Colón, pero ha sumado a sus afectos futboleros la afición por el Real Madrid. A Mayra le encantan las pastas y los animales. Se muestra reservada con los adultos, pero es fácil intuir que, detrás de esa timidez inicial, se esconde una gran charlatana. Según sus palabras, le gustaría "ser guardia en el zoo".

Juan tiene recuerdos de la Argentina; Mayra no. Cabe inferir, por lo tanto, que este fugaz regreso al país no guarda idéntico significado para ambos. La gira vertiginosa que han emprendido con su madre por casas de familiares y amigos representa para Juan la posibilidad de revivir la primera mitad de su infancia. Para Mayra, en cambio, equivale a conocer aquello de lo que tanto le han hablado, transformar ese territorio fantasmal en un sitio poblado por seres de carne y hueso, por lugares con olores y colores concretos. Para Juan, el viaje es un reencuentro; para Mayra, todo un descubrimiento.

Ahora estamos sentados en torno a la mesa, mirando fotos viejas. Ahí está Mayra con dos añitos, cómicamente instalada en un fuentón lleno de agua. Ahí está Juan, gateando. Ahí está mi hijo, chiquito, llevando a Juan de la mano, ayudándolo a dar sus primeros pasos. Ahí está Mayra, invisible, abultando el vientre de su mamá. Ahí estamos todos, adultos y niños, brindando sonrientes durante un asado en Rincón...

Juan y Mayra revisan las fotos con genuina curiosidad. Es natural: se trata de fragmentos de su propia historia, retazos dispersos de un pasado que el océano partió en dos. Examino sus reacciones ante tal o cual imagen y, melancólicamente, siento que esas fotos los ayudan a reconstruir el rompecabezas siempre complejo de la identidad exiliada. Lo sé, es imposible saber en realidad cómo habrán de procesar ellos la experiencia del viaje, es imposible adivinar qué cosas se acomodarán en sus cabecitas y cuáles habrán de desajustarse. La mía es, por ende, una especulación estrictamente adulta. O tal vez sea sólo una expresión de deseos.

"Mira, ese es mi padre", exclama Mayra de pronto, maravillada ante la visión de un joven veinteañero y melenudo que sonríe a cámara. "Pues yo soy más guapo", se burla Juan. Se ríen. Se ríen los dos. Nos reímos todos.

Sí, pienso, algo bueno está sucediendo aquí.

Algo bueno y necesario.
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Crónivca nº 38: Nada nos deja más en soledad (marzo 2008)

"¿Viste que se murió Guinzburg?", me dijeron. "¿Quién?", pregunté por reflejo, como si no hubiese entendido bien, como si en verdad no supiera de quién me estaban hablando. "Guinzburg, Jorge Guinzburg", me confirmaron, derribando así mi incredulidad inicial. "¿Y cómo?", me descubrí balbuceando estúpidamente. Escuché entonces un comentario algo impreciso acerca de una probable afección pulmonar. No era la respuesta adecuada, claro. Mi inquietud no iba dirigida a una cuestión de causas; era una petición de lógica, una búsqueda de sentido. Lo que yo había querido preguntar, en realidad, era cómo podía ser que esa persona se hubiera muerto.

Toda muerte inesperada de un famoso causa conmoción, pero cuando quien muere es alguien que nos hacía reír, lo imprevisto de la noticia parece golpear mucho más hondo. La muerte temprana de un humorista presenta un matiz obsceno del que otras muertes carecen. Y es que, por naturaleza, la risa excluye a la muerte. La combate, la empuja, la aleja. No puede cancelarla, es cierto, pero logra el formidable prodigio de mantenerla oculta por un rato. La hace desaparecer de nuestro horizonte y nos obsequia, por lo tanto, una breve ilusión de eternidad. Tal vez sea por eso que, inconscientemente, uno tiende a incurrir en la errónea impresión de que quien nos hace reír no se puede morir nunca. Y hasta nos sorprende que un buen día nos contradiga haciéndolo.

Decía Pitigrilli que "el humorista es un niño que silba al atravesar las habitaciones oscuras para esconderse a sí mismo su propio miedo". A esta aguda observación faltaría agregarle que nosotros vamos caminando a su lado, llevando a cuestas nuestro propio temor, y que son justamente sus gracias y ocurrencias las que nos alivian el trayecto.

"Nada nos deja más en soledad que la alegría si se va", canta Fito Páez, y tiene razón. Así como el año pasado nos quedamos sin Fontanarrosa, ahora lo perdimos a Guinzburg. Ya no disfrutaremos de su humor inteligente, de su implacable ironía, de sus réplicas demoledoras.

El problema es que la habitación sigue a oscuras y nosotros continuamos pasando a través de ella. ¿Quién habrá de silbar, entonces, para sacarnos el susto?