<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083</id><updated>2012-02-17T19:47:08.402-08:00</updated><title type='text'>Crónicas del Hombre Alto</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>75</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-1356899767178053042</id><published>2012-02-13T11:29:00.000-08:00</published><updated>2012-02-13T11:29:22.187-08:00</updated><title type='text'>Crónica n° 75: Pepa (febrero 2012)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Desde alguno de los patios vecinos ha comenzado a llegar el ritmo pegadizo de un cuarteto. Recién salida del baño, envuelta aún en su toallón de flores azules, Pepa tararea la melodía casi sin darse cuenta e imagina el festejo de Nochebuena que se está preparando en aquel patio. La postal que se dibuja en su cabeza –mesa larga, mantel a cuadros, vino vertiéndose en los vasos, trozos de carne asándose en una parrilla- la remonta a otra Nochebuena, a otro patio, lejos de Córdoba, el patio de la casa de su infancia en San Cristóbal. La remonta al tiempo en que era la niña consentida de la familia por ser la menor de los ocho hermanos. Cuando estaban todos vivos y juntos, cuando San Cristóbal prosperaba alrededor del ferrocarril y la vida era sólo un juego de naipes que parecía fácil de jugar. Cuando las barajas del mazo todavía no estaban tan arbitrariamente repartidas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Enciende la luz y el ventilador de techo. Sobre la cama, impecablemente planchada por sus propias manos, descansa la ropa que ha elegido para esperar la medianoche: una blusa blanca y una pollera negra estampada. Al pie de la mesa de luz, aguardan sus zapatos más nuevos, esos de taco imprudentemente alto. Se para frente al espejo que está sobre la cómoda y empieza pacientemente a batirse el pelo. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;El silencio actual de su casa contrasta demasiado con la algarabía de la escena recordada. Pero Pepa no se angustia. Al contrario, siente un especial orgullo por haber recibido nada menos que tres invitaciones de familias amigas para pasar la Nochebuena en compañía. Agradecida, las ha rechazado a todas con amabilidad pero con firmeza. En parte porque a sus 70 años el bullicio de los niños ya no le resulta fácil de tolerar, en parte porque esa semiceguera que la aqueja por culpa de su diabetes crónica le dificulta bastante el andar y prefiere desplazarse en territorio conocido. “Está bien, Pepa”, le dijo Mirta, “acepto lo que usted decida pero con una condición: prométame que no se va a deprimir pensando en las cosas feas que le han pasado”. Y como Pepa es mujer de palabra, ahí está, tarareando la música bailantera que viene desde el patio del vecino mientras termina de batirse el pelo. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Pepa no va a repasar su frondoso inventario de naufragios y pesares. No va a pensar en lo duro que fue separarse ni en lo mucho que tuvo que trajinar para mantener a sus dos hijos, preparando viandas, recibiendo pensionistas, cuidando niños ajenos o lavando los platos sucios de otra gente hasta borrarse las huellas digitales. No va a pensar en las incontables preocupaciones que le trajo el bracito defectuoso con el que nació su hijo menor. Menos aún, claro, va a recordar el accidente que la privó de ese hijo para siempre, justo el día en que cumplía 14 años. No habrá de pensar, tampoco, en el otro hijo, del que la separan diez mil kilómetros de distancia y ocho años de ausencia. Pepa es mujer de palabra y no hará nada de eso. Optará, en cambio, por reírse sola acordándose del estrafalario pensionista de la casa de calle Belgrano al que ella apodó “Tonteraje”. Evocará los bailes del Racing, cuando deslumbraba a todos con la gracia de sus movimientos. Meneará la cabeza con gravedad en señal de tierna reprobación recordando cuando sus hijos le robaban la silla de ruedas a la abuela para salir a dar una vuelta por el pueblo. No cederá a la melancolía, aunque la tentación esté ahí nomás, al alcance de la memoria.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Se observa en el espejo como puede, a través y a pesar de esa molesta niebla que se ha instalado delante de sus ojos últimamente. Se observa y se gusta. Mueve los hombros con suavidad para terminar de acomodar los pliegues de la blusa, se alisa la pollera buscando cancelar inexistentes arrugas. Ladea la cabeza en una y otra dirección para verificar que esos grandes pendientes son los indicados para el collar de fantasía que ha elegido. Se lleva una mano al pelo y, con un toque delicado de los dedos, comprueba que la flor blanca de tela está debidamente ajustada al cabello. Corrige levemente el maquillaje del pómulo derecho y se perfuma. Después, rebusca en un cajón el abanico de nácar que perteneció a su madre, supervisa todo otra vez y siente que ahora sí, la tarea está concluida. Ya está lista para asistir a su fiesta solitaria. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Avanza lentamente hacia la puerta de calle. Recoge en el camino el sillón plegable de tiras rojas y sale. Pepa irrumpe en la noche de barrio San Martín Norte con sus irreductibles ganas de vivir, y es tal la prestancia que irradia su estampa, que los niños que se divierten tirando rompeportones abandonan su juego unos segundos, y los vecinos que toman fresco en la vereda interrumpen sus conversaciones para admirarla. Alguien siente que la única manera posible de homenajear la coqueta entereza de esa mujer es aplaudirla. Y entonces la aplaude, y otro lo imita, y otro, y ella, asombrada, se ruboriza ante el inesperado halago. Sonríe complacida y responde con una reverencia, como si fuera una reina.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;La brisa del norte ofrenda un concierto de nueve campanadas que se mezcla con los ruidos de la avenida cercana. Sentada en su sillón plegable de tiras rojas, Pepa se abanica y disfruta de la noche del mismo modo en que ha aprendido a disfrutar de la vida: no permitiendo que la adversidad desbarate su alegría. De vez en cuando, es cierto, la tristeza la visita. Pero cuando eso sucede, ella la mira a los ojos, le descerraja una carcajada fulminante a quemarropa y la tristeza, entonces, no tiene más remedio que huir avergonzada.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-1356899767178053042?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/1356899767178053042/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=1356899767178053042' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1356899767178053042'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1356899767178053042'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2012/02/cronica-n-75-pepa-febrero-2012.html' title='Crónica n° 75: Pepa (febrero 2012)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-7857171889539068183</id><published>2012-02-06T07:57:00.000-08:00</published><updated>2012-02-06T07:57:36.468-08:00</updated><title type='text'>Crónica n° 74: El descubrimiento de la relatividad (enero 2012)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;“Dale, Mónica, metete que el agua está hermosa”, dice Mandy desde la pileta. Los que, al igual que él, estamos compensando los ardores de la siesta santafesina con un chapuzón vivificante, apoyamos su moción con entusiasmo pero Mónica, friolenta vitalicia, nos mira con desconfianza. Se acerca al borde, extiende la pierna derecha y tantea el agua con el dedo gordo. No muy convencida, comienza a bajar los escalones con extrema lentitud y, a medida que se va sumergiendo, el rostro se le contrae en expresión de sufrimiento. “¡Vos estás loco; esto está helado!”, recrimina, y los demás, divertidos, nos burlamos sólo por sembrar cizaña. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Mandy y Mónica no lo saben, ni siquiera lo sospechan, pero acaban de reproducir casi textualmente una escena incluida en uno de los libros más impactantes que tuve el placer de leer en mi infancia: “El mundo de la comunicación”. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Era -y debo confesar que el uso del pretérito responde aquí sólo a una intencionalidad evocativa, ya que el ejemplar en cuestión aún existe y ocupa un lugar en los estantes de mi biblioteca- uno de esos libros grandes de Editorial Sigmar, coloridos y con muchas ilustraciones, destinados a estimular las inquietudes de niños que -como yo- sentían una irresistible atracción hacia el mundo de los datos y los conocimientos. Títulos como “Preguntas y respuestas para niños curiosos”, “Los cómo y porqué del Tiempo” o “La fuente del saber” dan una idea acabada, me parece, del objetivo perseguido por aquellos libros entrañables.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;“El mundo de la comunicación” proponía un repaso de las diferentes formas pergeñadas por el hombre a lo largo de la historia para intercambiar información y emociones, desde la escritura de los sumerios hasta el cine, brindaba pautas sencillas para comprender el fenómeno comunicacional e introducía a los lectores en nociones elementales de lingüística y publicidad. La ortodoxia zodiacal señala que los geminianos solemos experimentar un vivo interés por estos asuntos y se ve que yo no fui la excepción: tanto por su temática como por su diseño, “El mundo de la comunicación” me resultó sencillamente apasionante. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Dentro de ese apasionamiento general, el punto culminante lo constituían las páginas 30 y 31. En ellas, al compás del latiguillo “El significado está en las personas, no en las palabras”, se ofrecía de manera clara y amena un muestrario de malentendidos a los que pueden dar lugar las percepciones individuales. Del texto sólo recuerdo el ejemplo de la ya referida discusión de pareja acerca de la temperatura del agua en la piscina. Las ilustraciones, en cambio, son inolvidables. “¿Qué quiere decir alto para el hombre de la derecha? ¿Y para el de la izquierda?”, se preguntaba el epígrafe de una foto en la que se veía a tres caballeros caminando: un enano, un gigante y otro que poseía una estatura que podría calificarse de normal. “50 personas, ¿son muchas o pocas?”, se interrogaba otro epígrafe en relación a sendos dibujos en los que se veía a 50 personas amontonadas en una habitación y a 50 personas cómodamente distribuidas en un estadio de fútbol (y sí, por supuesto que cedí a la tentación de contarlas para verificar si realmente eran 50). Otro dibujo mostraba a una señorita que decía “Mi hermano tiene una casa hermosa”. Al escucharla, un hombre imaginaba una mansión fastuosa, a otro se le representaba una apacible casa de campo… y el loro pensaba en una jaula reluciente. A todas las ilustraciones las acompañaba el leit-motiv de aquellas dos páginas maravillosas: “El significado está en las personas, no en las palabras”.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Fue un deslumbramiento fulminante. Fue amor a primera lectura.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Hace años que no soy amigo de las posturas absolutas. Que hay tantas maneras posibles de percibir el mundo como sujetos que lo perciben, que por lo tanto nuestras aproximaciones a la verdad son sólo parciales e inconscientemente tendenciosas, y que esa multiplicidad de miradas sobre el mundo es el origen de todos nuestros desencuentros, son ideas centrales en mi filosofía de vida. La conveniencia y necesidad de hacer el esfuerzo de comprender y tolerar las percepciones ajenas, aún las que contradicen las nuestras, es uno de los lineamientos básicos de mi ética personal. He hablado centenares de veces de estas cuestiones con mis amigos, intento explicárselas a mis alumnos cada vez que puedo y, desde distintos ángulos, he llenado sobre el tema una buena cantidad de carillas. ¿Sería razonable, por ende, atribuirle a las páginas 30 y 31 el origen de esta manera mía de conducirme en la vida? Temo que arribar a tal conclusión sería exagerado. De hecho, a los conceptos de subjetividad y relatividad recién los comprendí cabalmente cursando el quinto año de la secundaria. A mis 11 años ni siquiera supe que el objeto de mi enamoramiento intelectual se llamaba así: relatividad. Fue aquella, sin embargo, la primera vez que un libro me brindó el andamiaje conceptual necesario para sustentar una idea previa borrosamente poseída. Las páginas 30 y 31 me suministraron una clave esencial para decodificar cómo funcionan los seres humanos. Y si bien más tarde, al correr de los años y las lecturas, llegaron muchos otros textos cuya lucidez descorrió velos, disolvió sombras y me sirvió de guía en el siempre intrincado bosque de las ideas, siento que de algún modo todas esas iluminaciones posteriores se asentaron, directa u oblicuamente, sobre los cimientos plantados por aquellas dos páginas precursoras en las que aprendí, de una vez y para siempre, la incómoda ambivalencia de los adjetivos. Aquellas dos páginas con las que empezó a germinar en mí la temible sospecha de que, muy a nuestro pesar, establecer verdades definitivas en el reino de lo humano es tarea inviable.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;“Anoche en el Cinc Club vi una película buenísima”, dice Mónica. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;¿Cómo saber con exactitud a qué se refiere? El significado está en las personas, no en las palabras.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-7857171889539068183?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/7857171889539068183/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=7857171889539068183' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/7857171889539068183'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/7857171889539068183'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2012/02/cronica-n-74-el-descubrimiento-de-la.html' title='Crónica n° 74: El descubrimiento de la relatividad (enero 2012)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-5839483505392508182</id><published>2011-12-29T03:40:00.000-08:00</published><updated>2011-12-29T03:40:34.027-08:00</updated><title type='text'>Crónica n° 73: La vida sin mentiras (diciembre 2011)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Si no fuera por esos 20 minutos finales en que la historia pierde vuelo y termina enredándose en los clichés propios de las comedias románticas hollywoodenses, “La mentira original” sería una película impecable. No obstante, a esta comedia -codirigida por Ricky Gervais y Matthew Robinson y protagonizada por el primero- le alcanza con los méritos que exhibe antes de ese final anodino para erigirse como una película conmocionante y movilizadora. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Con un humor inteligente, notable agudeza y acertadas dosis de un sarcasmo que a veces recuerda al de “Los Simpson”, el guión plantea la existencia de un mundo utópico donde no existe el engaño por la simple razón de que todas las personas dicen siempre lo que sienten y piensan. Todo allí es transparente y explícito; nada se calla. No hay diplomacia, es cierto, pero tampoco hipocresía. En su primera cita, hombres y mujeres verbalizan sin pudores sus miedos y frustraciones al respecto en tiempo real. Los compañeros de trabajo se demuestran con naturalidad sus celos y antipatías. Los camareros critican con libertad los platos que eligen los clientes. Los jefes confiesan a sus empleados la incomodidad que les provoca despedirlos. Los médicos informan a sus pacientes que probablemente morirán en cuestión de horas, con la misma liviandad con la que se anuncia que va a llover. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;En un mundo así, anclado a la inevitabilidad de lo verídico, no hay lugar para la desconfianza, claro, pero tampoco para la ficción. Las películas consisten en un actor que se limita a leer guiones que cuentan episodios históricos estrictamente reales. Y también las propagandas resultan muy singulares, al menos para nuestros ojos contaminados de marketing (en tal sentido, la ironía que destila la escena de la publicidad televisiva de Coca-Cola es demoledora). &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;El conflicto surge cuando, un buen día, el protagonista Mark Bellison, flamante desempleado y a punto ce quedar literalmente en la calle, siente un impulso irrefrenable que lo lleva a afirmar. por primera vez en la historia de la humanidad, algo que no se corresponde con la realidad de los hechos. Es un impulso al que no sabe cómo calificar ni describir pues, lógicamente, el concepto de mentira no existe; es él quien, sin saberlo, lo acaba de inventar. A partir de ese pecado original, Mark descubrirá que no decir la verdad trae muchos beneficios, sobre todo cuando uno cuenta a su favor con la credulidad absoluta de los demás. Pero muy pronto descubrirá también que, simultáneamente, la mentira puede ayudar a la gente a ser más feliz. Ha nacido el engaño en el mundo, sí, pero con él han nacido también la esperanza y –he aquí el sarcasmo mayúsculo- la fe religiosa. Y es quizás en la formulación y desarrollo de esta ambivalencia moral donde se asientan los mayores aciertos de la película. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;“La mentira original” es divertida, y si bien se conforma con cumplir eficazmente su noble objetivo de entretener, se las ingenia, entre carcajadas y sonrisas, para embarcarnos en profundas reflexiones. En primer lugar, nos muestra un mundo en el que la comunicación humana carece de filtros morales y afectivos y, al hacerlo, por oposición, pone en evidencia la gigantesca red de ocultamientos y falsedades cotidianas en la que estamos atrapados y de la cual somos cómplices. Como en uno de esos teoremas cuya hipótesis queda demostrada por el absurdo, la exageración sirve aquí para desnudar cuánto de nosotros permanece sumergido en nuestra vida diaria, cuántas cosas callamos por conveniencia, compasión o buenos modales. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;En segundo lugar, esa ácida confrontación entre el mundo utópico y el real nos obliga a imaginar cómo sería vivir en aquél y nos coloca ante la incomodidad de no darnos una respuesta unívoca. Es que, pasadas las risas iniciales, esa honestidad sin concesiones que se nos va mostrando empieza de a poco a volverse difícil de digerir. Es un mundo brutal el de la película, sí, pero la paradoja es que en él nadie se siente ofendido pues nadie conoce otra forma de relacionarse. Somos nosotros, los espectadores, acostumbrados como estamos a vivir en una sociedad regida por el doble discurso, los que sentimos que no podríamos sobrevivir demasiado tiempo en semejantes condiciones de sinceridad.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;En tercer lugar, la película nos interroga acerca de nuestra propia credulidad y la inquietante posibilidad de que algunas -o muchas- de las cosas que damos por sentadas como verdades inobjetables sean, en realidad, la obra de algún gran fabulador. Si se piensa, por ejemplo, en las estrategias publicitarias que buscan convencernos de las virtudes de tal o cual producto, o en la manipulación constante a que somos sometidos por los medios masivos de comunicación, es imposible no preguntarse hasta dónde esa sociedad candorosa de la cual se aprovecha Mark Bellison no es un reflejo caricaturesco de la nuestra.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;“La mentira original” propone con ironía un dilema sobre límites éticos. ¿Hasta qué punto es valiosa la honestidad? ¿Hasta qué punto resulta dañosa la mentira? Al exponer en paralelo el costado filoso de la sinceridad y la dimensión piadosa de la mentira no cuestiona, por lo tanto, nuestras elecciones, sino las posturas absolutas al respecto. A todos nos gustaría poder decir siempre lo que pensamos sin temer a las consecuencias. Y sin embargo, sospechamos que afrontar el reverso de esa libertad sería una experiencia acaso intolerable. El infierno sería -sartreana resonancia- la imposibilidad de sustraernos a la constante certeza del veredicto de los otros. Del mismo modo, a todos nos gustaría sabernos a salvo de las decepciones, pero ¿cómo soportar una vida en la que no hay lugar para la desilusión simplemente porque es imposible haberse ilusionado antes? &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;“No existe el mundo perfecto; toda opción tiene su precio”, parece advertirnos burlonamente la película. Y tiene razón.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-5839483505392508182?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/5839483505392508182/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=5839483505392508182' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5839483505392508182'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5839483505392508182'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2011/12/cronica-n-73-la-vida-sin-mentiras.html' title='Crónica n° 73: La vida sin mentiras (diciembre 2011)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-7345696927871615596</id><published>2011-11-02T09:32:00.000-07:00</published><updated>2011-11-02T12:29:16.779-07:00</updated><title type='text'>Crónica n° 72: El difícil arte de ser gobernados (octubre 2011)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;A veces me da por pensar que el deporte preferido de los argentinos no es el fútbol, sino la queja. Y es que en pocas actividades ponemos tanto empeño como en la diaria gimnasia de lamentar, en voz alta, nuestro ingrato destino de victimas recurrentes de la insensatez, la negligencia y la ignorancia ajenas. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Quejarse es un derecho y no está mal ejercerlo cuando corresponde. Pero una cosa es quejarse; otra muy distinta es ser un quejoso. Lo primero es una sana reacción; lo segundo es un vicio. A la persona quejosa no hay nada ni nadie que le venga bien. Escéptico compulsivo, en todo y en todos encontrará el quejoso motivo suficiente para descreer y criticar. En todo, menos en lo que él hace, claro. En todos, menos en él mismo, claro. Porque el quejoso deposita en los otros la causa de todos sus pesares. Lo cual, dicho sea de paso, resulta sumamente cómodo para no tener que hacerse cargo de nada: como el problema está fuera de él, también la solución lo está. Su queja, entonces, se agota en el pataleo intrascendente e improductivo. El quejoso permanece plañideramente estancado en un negativismo paralizante que, sin embargo, lo libera de toda culpa. ¿Para qué comprometerse con una causa que estará perdida de antemano porque “este país no tiene arreglo”? ¿Para qué ser solidarios si “acá nadie te regala nada”? ¿Para qué movilizarse e intentar modificar algo si “los argentinos somos incorregibles”? De autocrítica, nada. A lo sumo, se permite esa cíclica retórica autoflagelatoria y fatalista del “tenemos los gobiernos que nos merecemos” que, en realidad y bien leída, es un olímpico lavado de manos que disuelve la responsabilidad individual en otra colectiva y uniforme. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;En los ámbitos futboleros suele decirse que en la Argentina hay cuarenta millones de directores técnicos. Ojalá fuera ese el único problema de superpoblación que padecemos. No, aquí hay también cuarenta millones de presidentes que sabemos cómo arreglar el país, cuarenta millones de ministros de economía que sabemos qué medidas hay que tomar para generar riqueza, cuarenta millones de abogados que sabemos cómo resolver conflictos de manera favorable y con máxima celeridad, cuarenta millones de médicos-farmacéuticos dispuestos a recetarle a vecinos y familiares el modo más eficaz de curar malestares. Somos, en suma, cuarenta millones de sabelotodos a los que nadie nos va a venir a explicar cómo hacer las cosas y sin embargo -oh, vida cruel- estamos condenados a tolerar que las decisiones de 39.999.999 sabelonadas influyan negativamente en nuestra vida y la transformen en un calvario insoportable. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Soberbios, díscolos, socarrones, discutidores, olvidadizos, ingratos, volubles, lapidarios, contradictorios, gataflóricos, suena lógico que hayamos cultivado esta notable inclinación hacia la queja sistemática. Empleados públicos, albañiles, docentes, verduleros, odontólogos, periodistas, piqueteros, cualquiera es susceptible de caer en la volteada de nuestras diatribas. Pero a la hora de buscar un blanco propicio para lanzar nuestros venenosos dardos, nada mejor que "el gobierno". Municipal, provincial, nacional, poco importa. Ejecutivo, legislativo, judicial, lo mismo da. Los argentinos tenemos bien arraigada la costumbre de culpar a esa abstracción llamada "el gobierno" de casi todos nuestros males como sociedad. El gobierno nos miente, nos roba, nos defrauda, nos acosa, nos manipula, nos expolia, nos impide ser felices. Hmm, discúlpenme, tamaño grado de victimización me parece sospechoso. ¿No será hora de pedir turno con el psicólogo? &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Que quede claro: de ninguna manera pretendo plantear aquí una victimización de signo inverso, es decir, alegar una supuesta inocencia de todos quienes nos han gobernado a lo largo de la historia. De 1810 a esta parte sobran ejemplos de incompetencia o nocividad gubernamentales, y es innegable que esa larga cadena histórica de desaciertos e iniquidades ha contribuido de manera decisiva al surgimiento y desarrollo de este hábito nacional tan singular. Lo que sí intento plantear es que dejemos por un rato de poner tanto énfasis en las responsabilidades ajenas y veamos la cuestión desde el otro lado. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Es indudable que los argentinos –marche un segundo turno con el psicólogo- tenemos serios problemas con el principio de autoridad. O le negamos desde el arranque legitimidad moral a quien la ejerce, descargando sobre él una metralla de juicios descalificatorios (porque es de izquierda, porque es de derecha, porque es reaccionario, porque es terrorista, porque es peronista, porque es antiperonista, porque es civil, porque es militar y, en última instancia, porque sí o por las dudas), o se la reconocemos sólo en la medida en que su accionar coincide con nuestro punto de vista. Teniendo en cuenta esta particularidad de nuestro ser nacional, queda claro que no debe ser fácil lidiar con nosotros y sobrellevar airosamente la tarea. No he tenido la experiencia de formar parte de un gobierno pero a veces tengo la impresión de que gobernar debe asemejarse bastante a asumir el rol de padre frente a una multitud de hijos malcriados, irrespetuosos y egoístas que sólo piensan en su propio bienestar y protestan con berrinches si no se les da lo que exigen, adolescentes que reclaman derechos pero no quieren cumplir deberes, individuos feroces a la hora de juzgar los errores de papá pero incapaces de reconocer lo que nos brinda. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Es curiosa -y perversa- la concepción que se tiene en nuestro país acerca de lo público. Al Estado se le exige que resuelva todo, pero no se le quiere dar nada, y sobre esa incongruencia basal se edifican unos cuantos pecados ciudadanos de acto, palabra y pensamiento. Exigimos que se respeten nuestros derechos, pero basta que se sancione una normativa cualquiera para que inmediatamente, casi por reflejo, ya estemos tramando cómo hacer para no tener que cumplirla. Nos indignamos cuando no hay medicamentos en los hospitales, o si los edificios escolares se caen a pedazos pero le escamoteamos recursos al Estado evadiendo cuanto impuesto se pueda evadir. Ponemos el grito en el cielo cuando osan molestar nuestra cotidianeidad imponiéndonos controles de cualquier índole pero después nos rasgamos las vestiduras cuando ocurre una tragedia justamente por falta de control. Somos particularmente sensibles a detectar y condenar las arbitrariedades que el Estado comete con nosotros pero para las nuestras siempre encontramos una justificación que las vacía de toda malicia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;No, no debe ser sencillo gobernar a gente que protesta por los baches y también protesta cuando el tránsito se complica porque los están arreglando. Gobernar bien es un arte, sí, pero -reverso ineludible- también lo es saber ser gobernados. Y puede que a nuestros gobernantes les falte bastante para transformarse en auténticos artistas, pero convengamos que en esta materia también nosotros debemos varias bolillas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Yo podría explicarles cómo hay que hacer. Pero ¿para qué me voy a gastar hablando? Y no es que sea un quejoso pero, sinceramente, es tremendo esto de tener que tolerar constantemente la insensatez, la negligencia y la ignorancia de 39.999.999 compatriotas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-7345696927871615596?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/7345696927871615596/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=7345696927871615596' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/7345696927871615596'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/7345696927871615596'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2011/11/cronica-n-72-el-dificil-arte-de-ser.html' title='Crónica n° 72: El difícil arte de ser gobernados (octubre 2011)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-5225988176373322156</id><published>2011-10-03T11:11:00.000-07:00</published><updated>2011-10-03T11:11:26.292-07:00</updated><title type='text'>Crónica n° 71: Contemplo el río (septiembre 2011)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Sentado en la barranquita, a la sombra de unos aromos de ramas lánguidas, contemplo el río. La primavera estalla en la mañana como una fruta jugosa que derrama sus colores sobre el paisaje. El viento del norte, suave pero insistente, arroja hacia mí certezas de azahares cercanos y un alboroto de patos que repica en las islas de enfrente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Contemplo el río. El agua fluye morosa, casi imperceptiblemente, con un andar lento de serpiente perezosa. Sólo el bamboleo tenue de algunos camalotes viajeros delata, aquí y allá, la existencia de la pacífica corriente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Contemplo el río y siento que su mansedumbre desnuda, sin margen para excusas, la descomunal estupidez de nuestras civilizadas urgencias, la sinrazón monumental de tanta neurosis cotidiana. El río fluye, simplemente fluye. El río no sabe que es río, sólo lo es. No se sobrevalora ni se subestima. No se apura, no se angustia por llegar a su desembocadura. No contamina su propia fluidez con miedos congénitos ni culpas adquiridas. Simplemente, fluye. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Contemplo el río y, en cierta forma, envidio su sabiduría celular, la manera irrazonada en que sabe lo que tiene que hacer. Me gustaría reducir, igual que él, los términos de la ecuación a 1, desanudar la correa de la conciencia, desterrar las palabras y ser uno con el universo, armonizar plenamente con el paisaje. Cierro los ojos, inspiro profundamente el aire templado de septiembre y dejo que el viento me atraviese, que transcurra a través de mi. Es inútil: un instante después, un aleteo entre el follaje me hace pensar “pájaro”, una fragancia silvestre me lleva a nombrar “primavera”, y entonces la efímera unidad se disuelve en múltiples estímulos y sus correspondientes sensaciones. Vuelvo a ser, apenas, un hombre que contempla el río.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Contemplo el río. No hay sitio aquí para las disonancias de la ciudad y los perversos silogismos que ella impone. Todo lo que no está entre este horizonte y yo ha quedado muy lejos, a tantas horas-luz de esta calma de domingo, que su existencia parece no tener más densidad que la borra de un sueño evanescente. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Sentado en la barranquita, a la sombra de unos aromos de ramas lánguidas, contemplo el río. Gozosamente, contemplo el río.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-5225988176373322156?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/5225988176373322156/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=5225988176373322156' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5225988176373322156'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5225988176373322156'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2011/10/cronica-n-71-contemplo-el-rio.html' title='Crónica n° 71: Contemplo el río (septiembre 2011)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-5242872922819875370</id><published>2011-09-02T11:26:00.000-07:00</published><updated>2011-09-02T15:24:23.189-07:00</updated><title type='text'>Crónica n° 70: Pixinguinha y la inmortalidad (agosto 2011)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Si los lectores de estas líneas fuesen invitados a elaborar una lista de figuras relevantes de la música popular brasileña, de inmediato acudiría a su memoria una docena de nombres ilustres. Entre ellos, seguramente, no estaría el de mi tocayo Pixinguinha (Alfredo da Rocha Viana Jr.), compositor carioca que –al menos, a nivel internacional- no goza del reconocimiento masivo que sí ostentan monstruos sagrados más modernos como Vinicius de Moraes, Caetano Veloso o Chico Buarque, por citar sólo a algunos integrantes notables de ese hipotético catálogo. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Yo jamás había oído hablar de él hasta ese viernes en “La Tasca”, la noche del recital de Cacho Hussein y Nilda Godoy. Fue justamente Cacho quien lo mencionó, cuando antes de tocar el tema “Carinhoso” ilustró al público acerca de su autor, refiriéndose a él como una especie de precursor, situado cronológicamente varias décadas antes del fulgurante éxito de Jobim y la bossa nova. Gracias a esa misma introducción, nos enteramos también de que el tema que íbamos a escuchar había sido compuesto aproximadamente un siglo atrás. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;La referencia histórica capturó mi atención al instante, abriéndome las puertas a una de mis acostumbradas dispersiones mentales, de ésas que la música suele propiciar. Mientras Nilda y Cacho nos deleitaban con la delicada cadencia de “Carinhoso”, una libre asociación de ideas me condujo a pensar que Pixinguinha había escrito ese tema cuando la menor de mis abuelas era todavía una niña. Imaginé los insondables laberintos de tiempo y espacio que habría atravesado esa melodía hasta llegar a nuestros oídos aquella noche y sentí que su antigüedad le brindaba un valor agregado a su indudable belleza. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;El recital siguió adelante, engarzando joya tras joya. No fue “Carinhoso”, por cierto, el tema que más me gustó de todo el repertorio. Sin embargo, antojadizamente, o tal vez a causa de ser el de origen más remoto, fue el causante de que varias veces, a lo largo de la noche, me haya remontado hasta los inicios del siglo XX para seguir hilvanando especulaciones. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;¿Habrá imaginado Pixinguinha, al componer su canción, que cien años después, una pareja de músicos extranjeros rescataría esos acordes desde el fondo de los tiempos y el silencio, y un grupo de personas aplaudiría con entusiasmo su interpretación? Desconozco si Pixinguinha era un optimista incurable o un escéptico consumado; desconozco también si fantaseaba con la gloria o si esas materias lo tenían sin cuidado. Poco ayudaría saberlo, de todos modos. Al fin y al cabo, cuando un artista lanza su obra al mundo en busca de quien la reciba, disfrute y valore, lo hace apostando a la posiblidad de que ella trascienda múltiples fronteras. Incluso, las que le impone la finitud de su propia existencia. No importa si lo manifiesta en forma explícita o si se trata de un impulso inconsciente: la pretensión de inmortalidad -tan presuntuosa como conmovedora- anida en el alma de todo creador. “Puesto que el hombre es mortal -nos dice Faulkner- la única inmortalidad que le es posible es dejar tras de sí algo que sea inmortal porque siempre se moverá”. Pues bien, haya sido Pixinguinha un soñador o un pesimista, allí estaban Cacho y Nilda para demostrarnos que lo que él dejó tras de sí se sigue moviendo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;El recital llegó a su fin. Miré a mi alrededor: la gente pagaba sus consumiciones, se paraba, se ponía su abrigo, saludaba a los conocidos, se despedía. Enredado aún en mis reflexiones, pensé que todos los que estábamos esa noche en “La Tasca” habíamos asistido a una experiencia conmocionante: habíamos comprobado -nada menos- la inmortalidad de un alma humana. Me pregunté si los demás también se habrían dado cuenta del prodigio pero no me animé a averiguarlo. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Salimos. La madrugada nos aguardaba afuera con un frío filoso que tajeaba las mejillas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-5242872922819875370?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/5242872922819875370/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=5242872922819875370' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5242872922819875370'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5242872922819875370'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2011/09/cronica-n-70-pixinguinha-y-la.html' title='Crónica n° 70: Pixinguinha y la inmortalidad (agosto 2011)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-19454833194504117</id><published>2011-07-18T06:04:00.000-07:00</published><updated>2011-07-18T06:09:55.237-07:00</updated><title type='text'>Crónica n° 69: La desventura de un hombre común (julio 2011)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;¿Por qué las imágenes de un hombre que se desgañita frente al televisor mientras observa impotente cómo el equipo de sus amores se va irremediablemente al descenso se transforman en el video casero más visto de la semana en YouTube? ¿Por qué dos millones de personas (¡dos millones!) decidimos destinar seis minutos de nuestras vidas a reírnos del calvario de ese sufrido hincha de fútbol? Misterios de esta era de voyeurismo cibernético en que la vida privada de las personas se transforma en pública con sólo un doble click. Uno puede suponer que los hinchas de Boca encuentran cierto malsano regocijo en contemplar la contrariedad de un hincha de River. Con idéntica lógica, uno puede inferir que los hinchas de River encuentran en esas imágenes el reflejo de su propio desencanto y, por ende, el consuelo de sentirse hermanados con otro en el padecimiento. Pero, y el resto ¿por qué lo mira? &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;La respuesta elemental sería: porque el video es verdaderamente muy gracioso. Se sabe, a la hora del humor una palabrota bien utilizada siempre resulta efectiva para generar carcajadas. La palabrota es catártica, liberadora tanto para el que la pronuncia como para el que la escucha. ¿Qué decir, entonces, de esta ametralladora humana de insultos que se revuelve en su asiento presa de la desesperación? Por otra parte, el contraste de su conducta con el contexto en que la lleva a cabo potencia el efecto hilarante: el hombre no está en la cancha, rodeado por una multitud rugiente que retroalimente su furia; está en su casa, en compañía de familiares que no lo secundan en el festival de improperios. Sucede, por último, que aquí no hay nada guionado. El protagonista no está actuando, no arma un personaje “vendible” para la cámara, no pretende seducir a la audiencia (de hecho, el hombre no sabía que la familia lo estaba filmando) y ese ingrediente de frescura no es menor en una época en la que los medios, bajo una máscara de informalidad generalizada, no dejan margen para la espontaneidad porque todo se hace y se dice en función de la cámara frente a la cual se lo dice y se lo hace. Es cierto que esos mismos medios, de la noche a la mañana, han erigido a Santiago “Tano” Pasman en “el hincha de River más famoso” y ya están dando inequívocas muestras de querer usufructuar el fenómeno, pero allí radica justamente lo diferente: por una vez, son los medios los que corren detrás de un fenómeno impuesto por el público, y no a la inversa, que es lo que ocurre casi siempre. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Bien, el video es gracioso. ¿Alcanza entonces esa respuesta elemental para justificar la asombrosa difusión que tuvo en –y gracias a- las redes sociales? No. Hay muchos videos desopilantes que circulan por Interner y sin embargo no obtienen la masividad de éste. Habrá tal vez que ahondar la cuestión inicial y preguntarse ya no por qué nos reímos, sino de qué nos reímos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Haciendo una mixtura entre psicología de café y sociología de sobremesa, podríamos aventurar una hipótesis de trabajo: hay una evidente identificación de los espectadores del video con la víctima de la desgracia exhibida en el mismo. Y es que la situación vivida por este comerciante bonaerense (seguramente incomprensible para quienes permanecen impermeables a las pasiones que suele provocar el fútbol) no puede resultarle ajena a ninguna persona que haya adquirido el hábito de sufrir por una camiseta. Del mismo modo en que una lupa revela con mayor detalle las texturas de un objeto, el video nos devuelve una imagen exacerbada de nuestra propia condición de hinchas. No nos reímos del pobre “Tano” Pasman; en realidad nos reímos de nosotros mismos porque él, sin proponérselo, ha encarnado la representación caricaturesca de cada uno de nosotros. No todos reaccionamos de esa manera, claro, no todos somos tan desaforados como él, pero el núcleo emocional de nuestro gen futbolero queda expuesto allí en su dimensión más descarnada y sin filtro alguno. Así de subjetivos y arbitrarios podemos ser, así de hirientes y heridos, así de risibles y patéticos. Al igual que “Esperando la carroza” o cualquier otro exponente del grotesco nacional, el video del “Tano” Pasman nos ofrece una versión exagerada de nuestra idiosincrasia y, con ella, un recurso inmejorable para poder reconocernos. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Lo paradójico de todo esto es que, por debajo de su comicidad involuntaria, el video es el testimonio brutal de una frustración. Vemos a un hombre común que está dolido y grita como un energúmeno porque su capacidad de insultar es la única arma de la que dispone frente a una realidad adversa que no puede controlar ni modificar. Asistimos a una tragicomedia donde el héroe es derrotado. Y aunque no podamos evitar la risa ante la desmesura de su reacción, hay algo profundamente conmovedor en esa batalla tan desigual entre ilusión y resultado, un matiz existencial que se cuela en el conflicto deportivo, lo excede, lo vuelve universal y nos recuerda que, en cierta forma, ninguna derrota nos es enteramente ajena. Desde esta perspectiva, adquiere sentido el conciso mensaje que un usuario de Facebook dejó asentado en su muro: “El Tano Pasman somos todos”. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-19454833194504117?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/19454833194504117/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=19454833194504117' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/19454833194504117'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/19454833194504117'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2011/07/cronica-n-69-la-desventura-de-un-hombre.html' title='Crónica n° 69: La desventura de un hombre común (julio 2011)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-2822262121335900258</id><published>2011-06-28T16:54:00.000-07:00</published><updated>2011-06-28T16:56:23.342-07:00</updated><title type='text'>Crónica n° 68: Lejos (junio 2011)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;La morocha del vestidito negro voltea sensualmente la cabeza hacia la izquierda y, en estudiada actitud de descuido, te mira con expresión insinuante. Clava sus ojos en los tuyos y, al instante, vos sentís en el pecho cómo empiezan a girar las hélices de ese ahogo que sólo la aparición de una mujer inusualmente hermosa puede provocar. En ese momento no querés darte cuenta, claro -preferís la ingenuidad de rendirte ante su encantador truco de ilusionista- pero la cruda realidad indica que la morocha del vestidito negro no te mira porque le resultes interesante; lo hace, simplemente, para verificar que vos la estás mirando. Soberbia desde su belleza deslumbrante, sabedora de la atracción que es capaz de ejercer, ella da por sentado que la están mirando. Y acierta. Porque vos, inevitablemente, la estás saboreando con la mirada. ¿Y cómo no hacerlo? ¿Cómo no arrojarse con imprudente devoción a esa catarata lacia que se derrama a pique sobre sus hombros desnudos? ¿Cómo no presentir con golosa ansiedad las redondeces sugeridas bajo la tela? ¿Cómo no aventurarse por el tajo criminal de la falda y deslizarse luego cuesta abajo por las piernas, hasta quedar enredado entre las tiras de sus sandalias romanas? &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;El equívoco inicial, sin embargo, se desvanece enseguida. Diosa fatalmente distante, la morocha del vestidito negro traza, con delicada firmeza, una frontera invisible que pone en evidencia tu inferioridad, te fuerza a recordar que ambos pertenecen a universos diferentes, realidades paralelas entre las cuales no existen más vasos comunicantes que ese juego de miradas fugaz e infructuoso. Ella te seduce y se te niega. Te concede el derecho -y la tácita obligación- de rendirle pleitesía, te confiere el derecho -y la tácita obligación- de desearla. Sólo desearla. No se sonrojaría si pudiera leer tus pensamientos; sería incapaz de escandalizarse ante la brutal indecencia de ciertos besos fantaseados. Su objetivo, al fin de cuentas, es justamente ese: generar un anhelo imposible de satisfacer. No es el sueño de poseerla, entonces, lo que está vedado. Lo que está estrictamente prohibido es violentar las barreras que ella impone. Las mitologías suelen referir los desastres que sobrevienen cuando los destinos de humanos y divinidades se entrecruzan más de la cuenta. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Han pasado quince segundos desde que la viste y ya sentís sobre los hombros el peso muerto de la contrariedad, un regusto a frustración en la saliva por esos labios que nunca habrás de besar. Sos el triste propietario de un deseo herido de negación en el momento mismo de su nacimiento. Insignificancia ambulante, rutinario animalito de maletín en la mano y cola en el Banco, perdedor por goleada, hombrecito gris tan sin glamour, no te queda más opción que seguir adelante con tu vida de siempre, consciente de la derrota inapelable. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Con inútil empeño, como si quisieras engañarte y postergar tu desconsuelo unos segundos, o canjearlo por migajas de aire, mirás a la morocha del vestidito negro una vez más y comprobás que ella todavía te está mirando. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Lejana, inalcanzable. Como si se burlara de vos desde el afiche gigante de la zapatería. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-2822262121335900258?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/2822262121335900258/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=2822262121335900258' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/2822262121335900258'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/2822262121335900258'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2011/06/cronica-n-68-lejos-junio-2011.html' title='Crónica n° 68: Lejos (junio 2011)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-431115992655734369</id><published>2011-06-14T11:50:00.000-07:00</published><updated>2011-06-14T11:51:11.836-07:00</updated><title type='text'>Crónica n° 67: Del otro lado del mostrador (junio 2011)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Apenas terminada la entrega de premios del certamen literario para adolescentes, la Colo se me acerca y me comenta algo azorada: “¡Qué loco estar de este lado del mostrador!”. Su apreciación no es casual: hace no demasiados años (ayer nomás, podría decirse) ella y Julia estuvieron sentadas entre el público con todo su entusiasmo y su timidez adolescente a cuestas, aguardando ansiosas que las llamaran para subir al escenario a recibir su diploma de ganadoras. Esta noche, en cambio, ambas han conducido el acto conmigo. Les ha tocado, por lo tanto, estar en el escenario, ver al público de frente, llamar a los jóvenes ganadores, entregarles su premio, percibir su ineludible mixtura de entusiasmo y timidez adolescente. “¡Qué loco estar de este lado del mostrador!”, dice la Colo y yo, con filosófica imprudencia, aventuro: “La vida es eso, andar siempre pasándose al otro lado de algún mostrador”. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;No sé si la Colo alcanza a escucharme pero la extrema naturalidad con la que he formulado semejante sentencia me deja perplejo. ¿De dónde salió esa frase? La he pronnnciado como si la hubiese escrito antes, como si fuese algo sabido desde siempre. ¿Tan arraigada estaba en mí esa idea y yo no lo sabía? Puede ser. A diferencia del hecho de cumplir 20, 30 o 40 años, que fue relevante para mí sólo por el valor simbólico que cargan las cifras redondas, siempre me han resultado mucho más significativas (y causantes de un vértigo mucho mayor) esas instancias en que uno se descubre cumpliendo el rol exactamente opuesto al ejercido poco tiempo atrás, incurriendo de manera impensada en discursos y actitudes en los que antes incurrían otros, viendo las cosas desde una perspectiva insospechada que enriquece nuestra mirada sobre el mundo pero que, al mismo tiempo, socava sin piedad la validez supuestamente monolitica de nuestra perspectiva anterior.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;De concursantes a organizadores de concursos, sí. Pero también de hijos que deben ser provistos y protegidos a padres encargados de proveer y proteger. De alumnos siempre intolerantes con los profesores a docentes recurrentemente quejosos de sus alumnos. De jóvenes con más de una razón para cuestionar el mundo adulto a adultos con más de una razón para cuestionar el mundo juvenil. De adolescentes despreocupados que despotrican contra la vecina que chilla por el volumen de la música a vecinos desvelados que chillan contra los adolescentes de al lado que no los dejan dormir. De empleados recelosos frente a sus patrones a jefes desconfiados de sus subalternos. De incendiarios a bomberos, de controlados a controladores, de debutantes a veteranos, de inexpertos a consejeros. De victimarios a víctimas. Y viceversa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Mutación favorable o negativa según el caso, signo inequívoco de evolución o decadencia según el ángulo desde el cual se evalúe el asunto, cada una de estas travesías existenciales es un proceso lento y silencioso pero tan irrefrenable como el correr de los días o la llegada de las estaciones. Justamente por eso, lo que en verdad causa vértigo no es la notable permeabilidad que caracteriza a los mostradores, sino darse cuenta de ella, digerir la impactante extrañeza con la que uno se descubre un día del otro lado, obligado a preguntarse “¿en qué momento sucedió todo esto?”. Quizás nunca encontré mejor expresada esta sensación que en una viñeta de Crist en la que un niño pide: “Abuelo, contame tu vida” y el abuelo contesta: “No sé, m’hijo. Yo estaba en el patio de mi casa jugando lo más tranquilo, y de golpe estoy acá”.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Claro que sí, Colo; es muy loco estar de este lado del mostrador. De este y de todos los demás que vas a cruzar. Te lo dice alguien que hace no demasiados años (ayer nomás, podría decirse) todavía no había saltado ninguno y hoy está escribiendo esta crónica. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-431115992655734369?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/431115992655734369/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=431115992655734369' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/431115992655734369'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/431115992655734369'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2011/06/cronica-n-67-del-otro-lado-del.html' title='Crónica n° 67: Del otro lado del mostrador (junio 2011)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-1829155605434323104</id><published>2011-05-17T06:31:00.000-07:00</published><updated>2011-05-17T06:32:35.568-07:00</updated><title type='text'>Crónica n° 66: Crónica de bienvenida para Dante (mayo 2011)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Uno sabe que está ahí, que ya existe. Lo sabe desde el momento mismo en que se confirma la noticia –esa noticia siempre posible, siempre esperable y sin embargo siempre conmocionante y revolucionaria-. Lo sabe aunque no se lo vea, aunque nada en la figura de su madre delate todavía su presencia. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Uno sabe que está ahí, que ya existe. Lo sabe cuando arranca el torneo de presentimientos acerca de si será varón o nena, y cuando se arman los conciliábulos de sobremesa en los que se especula -y se delira- a viva voz sobre los posibles nombres que habrá de recibir. Lo sabe cuando la primera ecografía exhibe apenas un huevito milimétrico, una sombrita casi imperceptible, manchita vagamente discernible entre manchas imposibles de interpretar. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Uno sabe que está ahí, que ya existe. Lo sabe cuando comienzan las recorridas por los comercios del ramo en busca de cuna y cochecito, y cuando los parientes, amigos y compañeros de trabajo contribuyen a multiplicar el ajuar aportando mantitas, batitas, toallas, sábanas, talcos y peluches. Lo sabe cuando la inminencia de su llegada se vuelve tema excluyente de conversación y se torna habitual fantasear con futuras jornadas compartidas, presumir monerías o anticipar travesuras.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Uno lo sabe, sí. Pero sucede que una mañana uno se pone a recorrer las cinco cuadras que lo separan del sanatorio con una ansiedad que no se compara con ninguna de las muchas otras ansiedades que ha padecido a lo largo de su vida, camina apurado sin prestar atención a vidrieras ni a peatones porque no puede ni quiere pensar en otra cosa, porque lo único que le importa en ese momento es llegar al sitio que se acaba de transformar en el centro geográfico del universo, el eje en torno al cual se ha puesto a girar el planeta. Y uno llega. Llega adonde el corazón, adelantándose al resto del cuerpo, ya había llegado hace rato. Llega, y hay una puerta que se abre. Entonces, uno lo ve. Finalmente lo ve. Lo ve y comprueba, por enésima vez, la abismal distancia que separa lo abstracto de lo concreto, lo imaginado de lo perceptible. Lo ve y constata –como si hiciera falta- que una cosa era saber que ya existía, y otra muy distinta es la posibilidad de tocarlo, escucharlo, olerlo, de verlo materializado en este tierno cachorrito de humano, infinitamente frágil, cuya carita asoma apenas entre los pliegues de la mantilla verde que lo envuelve. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Y entonces uno, que es un lector experimentado, recibe en sus brazos esos casi tres kilos de tibieza y reniega de todos sus criterios estéticos, abjura del sarcasmo con que tantas veces cuestionó la cursilería de los textos que suelen escribirse sobre bebés recién nacidos. Uno, que es escritor, se queda contemplando conmovido el movimiento leve de esos deditos minúsculos y reniega también de los ochenta mil vocablos que componen el idioma castellano porque comprende que no hay genio de las letras capaz de conjurar las palabras que puedan explicar y describir tamaña maravilla. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Uno, simplemente, se inclina sobre ese retacito de vida a estrenar y sólo atina a susurrarle: “Hola, Dante. Qué gusto conocerte. Soy tu abuelo Alfredo, te estaba esperando”.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-1829155605434323104?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/1829155605434323104/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=1829155605434323104' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1829155605434323104'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1829155605434323104'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2011/05/cronica-n-66-cronica-de-bienvenida-para.html' title='Crónica n° 66: Crónica de bienvenida para Dante (mayo 2011)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-7626343764954471382</id><published>2011-03-31T12:14:00.000-07:00</published><updated>2011-03-31T12:15:57.457-07:00</updated><title type='text'>Crónica n° 65: Pasar la posta (marzo 2011)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Todo grupo humano que se organiza en pos de un fin no lucrativo y estructura su funcionamiento en base al trabajo desinteresado de sus miembros va atesorando una serie de pequeñas gestas, momentos memorables que se hilvanan en el tiempo como felices corolarios de la quijotada cotidiana, instancias históricas que generan una mística de entrecasa, un patrimonio anímico que fogonea el deseo de continuar con el esfuerzo a pesar de las frecuentes contrariedades.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;A lo largo de sus doce años de vida, la Asociación Cultural El Puente (entidad de la cual soy uno de sus socios fundadores) ha acumulado varios de estos momentos memorables. El más reciente de todos ellos ha sido el festival de rock que organizamos días atrás con la intención de recaudar fondos para la reapertura de nuestro centro cultural independiente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Por cierto, no hubo ese fin de semana acontecimientos espectaculares ni asombrosos. Al fin de cuentas, y en tren de ser concretos, todo podría resumirse diciendo que el festival fue un éxito, que trabajamos mucho y bien, que disfrutamos haciéndolo, que los músicos y el público se fueron satisfechos y que, en cuanto a las expectativas económicas que teníamos, las mismas se alcanzaron con creces. Está claro, sin embargo, que esta enunciación meramente informativa poco dice acerca de la profunda dimensión humana que tuvo para nosotros lo ocurrido durante esas dos noches. Lo destacable en estos casos, se sabe, suele tener menos que ver con el éxito logrado que con el modo o el contexto en que dicho éxito se hizo posible. Podríamos mencionar, entonces, la alegría de la labor compartida. O detenernos en lo reconfortante que es sentir que se pertenece a algo que nos trasciende. O recordar a Oesterheld asegurando a través de El Eternauta que “el único héroe válido es el héroe en grupo, nunca el héroe individual, el héroe solo”. Pero, por sobre todas las cosas, habría que destacar –siempre y cuando me sea permitido el posible neologismo- la “transgeneracionalidad” de la movida. Es decir, la feliz convivencia, dentro del grupo organizador y ejecutor del festival, de individuos cuyas edades abarcan un amplio arco que va desde los 24 años a los 60. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Supongo que explicar aquí las múltiples bondades que acarrea esa feliz convivencia sería una obviedad. Tampoco creo que haga falta ponerse a pontificar sobre la importancia de la participación juvenil en iniciativas solidarias. Lo que sí requiere algún tipo de aclaración, estimo, es el porqué de mi interés en estos temas y de la relevancia que les confiero.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Sucede que cuando yo era un veinteañero con inquietudes culturales, tuve la enorme fortuna de cruzarme en la vida con unas cuantas personas mayores que yo, que con actitudes muy puntuales, exentas de toda impostura, me revelaron una ética cuyos códigos contribuyeron en forma decisiva a orientar mis búsquedas. Frente a esos hombres y mujeres siempre tuve la certidumbre de estar en deuda y, por ende, la imperiosa necesidad de ofrecerles un reconocimiento. Yo percibía en ellos esa desazón íntima que suele acompañar a todo idealista, esa impresión vitalicia como de estar siempre al borde del orsai existencial, y me parecía injusto. Quería obsequiarles una señal concreta e inequívoca que los desagraviara de tanta ingratitud, de tanta indiferencia, un homenaje vital que les permitiera sentir que no se habían equivocado siendo como eran y actuando como actuaban. Quería demostrarles que vivir sembrando semillas de utopía no había sido en vano, que desde la otra orilla de los años alguien más joven valoraba su esfuerzo y recogía su legado. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Creo no exagerar si digo que todos mis emprendimientos relacionados con tareas de difusión cultural están directamente vinculados con este mandato autoimpuesto. Al fin y al cabo, eso es tomar la posta: hacerle a otros las cosas buenas que otros han hecho antes con nosotros.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Mas sucede también que los años han pasado y uno se descubre meditando sobre estos asuntos desde la vereda opuesta. De tanto en tanto, entonces, la pregunta desoladora sobrevuela nuestro idealismo cuarentón y encanecido: ¿quién habrá de recoger, a su vez, nuestro legado? &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Pues bien, el festival de rock ha sido la demostración palpable de que ya hay quienes (sin siquiera sospechar que lo están haciendo) comienzan a dibujar la respuesta. Asoma la buena gente a quien habremos de pasarle la posta. Los veinteañeros con inquietudes culturales ahora son ellos, este puñado de chicos y chicas que ostentan con desparpajo DNIs que empiezan con 3, que apuestan al compromiso con una causa que hacen propia y a la cual defienden con un entusiasmo contagioso. Gente que cuando habla de El Puente dice “nosotros”, dice “mi casa”. Gente que se pone la camiseta no para lucirla en la foto, sino para transpirarla. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Impacientes, apresurados, a veces imprudentes, es imposible no reconocer en ellos reflejos del que uno fue cuando tenía su misma edad. El tiempo resolverá sí tal analogia les fue o no venturosa. Mientras tanto, habrá que celebrar nuestra mutua compañía en el camino. Al fin y al cabo, eso es pasar la posta: compartirla para que se propague y multiplique en nuevas postas, sembrar para que otros cosechen y puedan así sembrar para que otros cosechen y así. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Única estrategia posible, estoy seguro, para que el juego y el fuego no se acaben. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-7626343764954471382?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/7626343764954471382/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=7626343764954471382' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/7626343764954471382'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/7626343764954471382'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2011/03/cronica-n-65-pasar-la-posta-marzo-2011.html' title='Crónica n° 65: Pasar la posta (marzo 2011)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-1306929779204390435</id><published>2011-02-10T08:24:00.000-08:00</published><updated>2011-02-10T08:27:14.976-08:00</updated><title type='text'>Crónica n° 64: Crónica líquida (enero 2011)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;“El setenta por ciento del cuerpo humano está compuesto por agua”, ha dicho Armando en el patio de mi casa. Lo ha dicho con rigor científico de médico, encauzando una sobremesa trasnochada en la que un debate sobre cierto documental del Discovery Channel, enmarcado en el habitual exceso de comida, tabaco y alcohol, amenazaba con desbarrancarse hacia el delirio o la ciencia ficción. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;“El setenta por ciento del cuerpo humano está compuesto por agua”, ha dicho, y yo he recordado o creido recordar un concepto extraído de algún remoto atlas de mi infancia: ”Las dos terceras partes del planeta Tierra están formadas por agua”. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Contundente mayoría de agua en nuestro cuerpo; contundente mayoría de agua en el planeta que habitamos. Agua por todas partes, dentro y fuera de nosotros. No en vano hubo en la antigua Grecia quien creyó ver en ella el elemento común a todas las cosas. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Debe ser por eso, pienso. Debe ser por la naturaleza eminentemente líquida de este mundo que la realidad de los hombres es tan inasible. Debe ser por eso que termina siempre por escurrirse entre los dedos de quien, ingenuamente, se esfuerza por capturar su sentido y esencia. Debe ser por eso que escapa invariablemente a nuestros torpes intentos de encarcelarla en sistemas de ideas. Debe ser por eso que parece burlarse de nuestras frágiles percepciones y mucho más aún de las sesudas interpretaciones que elaboramos en base a ellas. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;La razón navega el curso de la realidad. Nada en él, se sumerge en él, bucea, y hasta practica saltos ornamentales sobre las acuáticas verdades humanas. Pero no consigue atraparlas ni, mucho menos, retenerlas. A veces parece que sí, que va a lograrlo, pero son sólo espejismos transitorios tras cuya efímera vigencia la realidad hace valer su eterna dimensión líquida, se deshace con asombrosa facilidad de las precarias hipótesis que hemos construido y continúa fluyendo, indiferente por completo a nuestros soberbios desvelos. Y su fluidez nos deja contrariados, con la vergüenza recurrente de una nueva derrota intelectual.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Deberíamos, tal vez, aprender a fluir con la realidad, dejarnos arrastrar por la corriente natural de la vida. Aunarnos con ella en la fluidez, ser congruentes con nuestra abundante proporción líquida, dejar de ser sujetos empeñados en mirar lo que no se puede ver, encaprichados en cazar lo intangible. Quizás así nos volveríamos más sabios. E incluso, más felices.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Claro que, si tal prodigio fuese posible, habría que resolver un problema: qué hacer con esta terquedad, conmovedora y absurda, de andar anotando palabras pretendidamente sólidas sobre páginas de agua. Siempre de agua. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif; font-size: large;"&gt;Fatalmente. de agua. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-1306929779204390435?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/1306929779204390435/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=1306929779204390435' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1306929779204390435'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1306929779204390435'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2011/02/cronica-n-64-cronica-liquida-enero-2011_10.html' title='Crónica n° 64: Crónica líquida (enero 2011)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-1566202457375681932</id><published>2010-07-16T11:35:00.000-07:00</published><updated>2010-07-16T11:41:31.689-07:00</updated><title type='text'>Crónica n° 63: Gloria (julio 2010)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Ahí va Andrés Iniesta, remontando su alegría contra la noche sudafricana. Acaba de clavar en el arco holandés el derechazo cruzado que le permitirá a la selección española ganar el primer campeonato mundial de su historia. Corre, Iniesta, y se quita la camiseta, y la enarbola como bandera de victoria. Llega hasta la esquina izquierda del campo de juego y se deja caer de rodillas, echa el torso hacia atrás con los brazos extendidos en cruz y la boca bien abierta, como si quisiera abrazar al cosmos y absorber con cada poro de su cuerpo la esencia de ése, el momento excelso de su vida. De cara al cielo, pronuncia vaya a saber qué palabras viscerales y después desaparece de nuestra vista, oculto por sus compañeros de equipo que, zambulléndose sobre él, erigen una montaña humana cual efímero monumento al triunfo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Aunque la felicidad exhibida en la pantalla me es ajena, la escena resulta igualmente emocionante. Lo que Andrés Iniesta ha logrado es, ni más ni menos, volver real la fantasía acunada desde la infancia por todos aquellos que alguna vez pateamos una pelota de fútbol: hacer el gol del triunfo en la final de un Mundial. ¿Cómo no vislumbrar, entonces, una dimensión épica en la proeza consumada? Asistir al momento exacto en que un simple mortal accede a las infrecuentes caricias de la gloria constituye un espectáculo cargado de resonancias míticas. Uno está presenciando la consagración del héroe como tal. su irrupción en la historia para conquistar, tras supremo esfuerzo, uno de esos honores superlativos que están reservados a unos pocos elegidos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;No puedo evitarlo: cada vez que me es dado contemplar hazañas deportivas de esta magnitud, me pongo a filosofar acerca del destino. Me pregunto por qué estas cosas les ocurren a algunos individuos y no a otros, qué es lo que ellos tienen de especial para atraer hacia sí los veleidosos designios de la fortuna. Y, la verdad, toda argumentación simplista me parece insuficiente. Porque a pesar de lo que suelen sugerir las publicidades de ropa deportiva, no es cuestión de talento, ni de fuerza, ni de coraje, ni de fortaleza anímica, ni de convicción. Tales virtudes -quién puede dudarlo- favorecen la consecución del objetivo. Pero no la aseguran. Setecientos treinta y seis futbolistas de treinta y dos países fueron convocados para disputar el Mundial. Apenas cuarenta y seis accedieron al partido final. De ellos, sólo veintiocho llegaron a jugarlo y sólo uno pudo convertir el gol decisivo. ¿Es Iniesta el mejor de todos, el que más méritos acumuló? Probablemente no. Entonces, ¿por qué le tocó a él? Supongo que por la misma inasequible razón por la que algunos se quedan dormidos y no alcanzan a tomar el avión que luego habrá de estrellarse, mientras que otros se ponen a esperar el colectivo justo debajo de la maceta que va a caer del balcón. Mucho me temo que lo verdaderamente gravitante en estas cuestiones es un elemento que excede a todo intento de dominio voluntario. Y poco importa aquí si las acciones humanas están regidas por el azar y la libertad o si, por el contrario, están ya prefiguradas en una trama de desarrollo irreversible. Da igual: ni una ni otra hipótesis explica por qué la ceguera de la providencia o el capricho de los dioses elige a un individuo y no a otro.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;"Nunca perseguí la gloria", reza el famoso verso de Machado. Viniendo tal frase de un escritor, mucho no le creo, pero no está mal tomar su afirmación como consejo. A causa de la arbitrariedad que gobierna esta materia, la persecución de la gloria no parece ser un propósito demasiado recomendable. Semejante pretensión nos coloca a casi todos ante la penosa perspectiva de un casi seguro fracaso. Hay que tener en cuenta, además, que la gloria no sólo es esquiva; también es fatalmente pasajera y de alcances limitados. ¿Quién recuerda el nombre de los gladiadores romanos que fueron vivados en el Coliseo? ¿Y el del sultán otomano que conquistó Constantinopla? ¿Y el del primer atleta que resultó vencedor en los juegos olímpicos de la antigua Atenas? Sin ir tan lejos, ¿cuántos chicos argentinos de la era Facebook saben con precisión lo que hizo Mario Kempes el 25 de junio de 1978?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La gloria es una señorita demasiado voluble como para enamorarse de ella. Y sin embargo, muy en el fondo de nuestros corazones, todos anhelamos el dulce privilegio de ser convidados a su lecho. Es muy probable que ese banquete no nos esté destinado. Nos quedará entonces el consuelo de conformarnos con algunas glorias devaluadas, menos masivas y espectaculares. Glorias de cabotaje, glorias de entrecasa, glorias familiares. Glorias de segunda marca. Glorias de saldo y liquidación. El tío al que le publican una carta en el correo de lectores del diario, el vecino al que Susana lo llama por teléfono o el veterano del club que gana un torneo de bochas también pueden sentir, con derecho, que la gloria ha rozado sus vidas. Pero no es lo mismo; decididamente no es lo mismo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Qué quieren que les diga, yo preferiría salir a la calle y ser  &lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;aclamado por una multitud rugiente que festejara con vuvuzelas la lectura gozosa de cada uno de mis libros.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-1566202457375681932?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/1566202457375681932/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=1566202457375681932' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1566202457375681932'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1566202457375681932'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2010/07/ahi-va-andres-iniesta-remontando-su.html' title='Crónica n° 63: Gloria (julio 2010)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-5977022296466024419</id><published>2010-06-10T09:04:00.000-07:00</published><updated>2010-06-10T09:09:04.200-07:00</updated><title type='text'>Crónica n° 62: Nosotros, los intolerantes (junio 2010)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;El lugar donde nacemos y crecemos, la composición de nuestra familia, el tipo de educación que recibimos, nuestra pertenencia a un grupo social, nuestra adhesión o no a una religión, los contratiempos que atravesamos a lo largo de la vida y hasta el equipo de fútbol del que nos hacemos hinchas van moldeando en cada uno de nosotros una singular manera de ver el mundo e interpretar la realidad. Tan complejas y diversas son las combinaciones de estos factores, que bien puede decirse que hay tantas miradas posibles sobre el mundo como sujetos que lo miran. Sin embargo, paradójicamente, tendemos a comportarnos como si tamaña diversidad de perspectivas no existiera. Muy por el contrario, nos pasamos la mayor parte de nuestra vida encallados en la indiscutida creencia de que las cosas son tal como nosotros las vemos, sin cuestionar jamás esa mirada.&lt;br /&gt;   &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt; ¿De dónde nace esta soberbia de pensar que la única manera válida de ver la realidad es la nuestra? Supongo que del miedo. El miedo inconsciente a que nuestra visión del mundo no resista una evidencia en contrario y entonces las certezas que tenemos se derrumben. El miedo a la duda esencial y a la inseguridad que ésta trae aparejada. El miedo a vivir a tientas, pisando sobre arenas movedizas. El miedo a la incomodidad de asumir que, en realidad, es muy poco lo que sabemos y entendemos.&lt;br /&gt;   &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt; Lo cierto es que de esta soberbia surge una dinámica perversa en nuestra relación con "el otro", es decir, con aquel que manifiesta poseer una visión del mundo que se contrapone a la nuestra. La irrupción del disenso nos irrita y, casi por instinto, buscamos cancelarlo. Para ser intolerante, al fin de cuentas, no se necesita transformarse en genocida, ni enrolarse en el Ku Kux Klan, ni actuar como barrabravas descontrolados. La intolerancia se cuela en nuestros pequeños actos cotidianos, mimetizada con la naturalidad de la costumbre. Menospreciamos esas otras miradas posibles, las descalificamos con indignacion. "¡Pero este tipo está loco!", "¡Qué manga de ignorantes!", "¡Es que los mata el resentimiento!", "¡Y qué querés si es un facho!". No importa cuál sea el rótulo al que apelemos, la cosa se resuelve siempre igual: los que opinan diferente a nosotros están equivocados. Hay en ellos, nuestros oponntes, una carencia, un defecto de origen que invalida su postura ante ese tema. Un vicio intrínseco distorsiona su mirada y deslegitima su interpretación de la realidad, impregnándola de una subjetividad enfermiza o malintencionada que la vuelve sospechosa y nos permite descartarla de plano. He aquí una segunda manifestación de soberbia, quizás más profunda que la anterior. Porque nada obsta a que nuestros oponentes sean, efectivamente, locos, ignorantes, resentidos o fachos, pero ¿de dónde sacamos que nuestra visión del mundo es inmaculada y no está distorsionada a su vez por nuestros propios prejuicios, limitaciones y mezquindades? A menos que podamos acreditar los beneficios de una improbable iluminación de origen divino, nuestra mirada sobre el mundo está tan teñida de subjetividad como la de cualquiera. Aun cuando creamos -y sea cierto- que estamos siendo lo más objetivos posible.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    Las visiones diferentes a la nuestra deberían complementarnos, enriquecernos, ensanchar nuestro horizonte. En lugar de ello, las percibimos como una amenaza que debe ser neutralizada. No nos interesa analizar las razones que el otro tiene para sustentar su punto de vista. No sabemos de qué otro modo reaccionar ante la multiplicidad de versiones existentes sobre la realidad y entonces tratamos de imponer la nuestra. Movidos por un impulso de naturaleza colonialista, pretendemos transformar en verdad absoluta y universal algo que es apenas particular y relativo. Y como el resto del mundo es tan díscolo que no se digna a coincidir con nuestra versión, andamos por la vida despotricando contra los tarados que no se emocionan con una película que a nosotros nos parece conmovedora, contra los descerebrados que votan a un candidato que a nosotros nos resulta nefasto, o contra los imbéciles que se fanatizan con un cantante que nosotros tildamos de mediocre. Lo hacemos, claro, sin tener en cuenta que tal actitud nos involucra en un descomunal juego de espejos puesto que, ante los ojos de aquellos a quienes cuestionamos, los tarados, descerebrados e imbéciles somos nosotros, precisamente a causa de las elecciones éticas, estéticas o ideológicas que tanto nos enorgullecen.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    Cuando el General Viola visitó Santa Fe en 1981 siendo presidente de facto, un periodista le preguntó si consideraba que en la Argentina estaban dadas las condiciones para el disenso. "Usted querrá decir para el consenso", lo corrigió Viola. "No, para el disenso", insistió el periodista. Viola se mostró perplejo, dijo que no entendía la pregunta y no contestó. La anécdota resulta muy ilustrativa para demostrar que en la estructura mental de los dictadores no hay espacio para la noción de disenso. Pero en la nuestra, supuestamente tan democrática, ¿sí lo hay? Día tras día, tomamos partido, apoyamos causas que sentimos valiosas y repudiamos otras que nos parecen deplorables. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar pacíficamente la coexistencia de miradas divergentes sobre determinados asuntos? Invocamos argumentos morales, políticos, filosóficos. religiososo o sentimentales para justificar nuestras apologías y rechazos, pero defenestramos los argumentos de idéntica naturaleza que esgrimen quienes no concuerdan con nosotros. Consideramos inteligentes a los que expresan una opinión similar a la nuestra y obtusos a quienes nos llevan la contra. Nos parece gracioso burlarnos de ciertas figuras públicas pero esas mismas chanzas aplicadas a figuras que admiramos y respetamos nos revuelven la sangre. Alzamos indignados nuestra voz de protesta cuando nos sentimos censurados pero no nos parece tan objetable que se acalle a aquellos que suelen decir cosas que no nos gusta escuchar. Condenamos la intolerancia cuando estamos incluidos entre sus víctimas pero nos cuesta reconocerla cuando somos nosotros los que la ejercemos. Medimos con distinta vara y no nos damos cuenta porque, con entera buena fe, creemos siempre tener la razón de nuestro lado.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    Si esa buena fe no nos encegueciera de tal forma, podríamos percibir los motivos profundos que los otros tienen para pensar como piensan y actuar como actúan. Seguramente, no abandonaríamos por ello nuestras propias convicciones. Pero tal vez descubriríamos asombrados qué parecidas a nosotros son todas esas personas que ahora nos parecen tan distintas.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-5977022296466024419?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/5977022296466024419/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=5977022296466024419' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5977022296466024419'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5977022296466024419'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2010/06/cronica-n-62-nosotros-los-intolerantes.html' title='Crónica n° 62: Nosotros, los intolerantes (junio 2010)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-1103127108165005316</id><published>2010-04-26T12:08:00.000-07:00</published><updated>2010-04-26T12:10:58.788-07:00</updated><title type='text'>Crónica n° 61: Instantánea con fondo de lluvia (abril 2010)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Ella entra al dormitorio recién bañada, envuelta en un toallón color turquesa, descalza, el cabello ceñido a la altura de la nuca con un elástico negro. No me mira. Abstraída vaya a saber en qué pensamientos propios de un día cansador que se termina, no advierte que yo sí la estoy mirando, que sigo desde la cama cada uno de sus movimientos.&lt;br /&gt;     &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    Afuera, marzo se deshace sobre la ciudad en un aguacero noctámbulo y el viento balbucea palabras ininteligibles junto a la ventana. Adentro, sólo los pasos leves de ella y el zumbido del ventilador vulneran el silencio de la casa.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Ella acomoda el toallón húmedo sobre la baranda que rodea el entrepiso y se pone la remera con la que habrá de dormir (una remera que le queda grande porque es mía). Al hacerlo, un mechón ondulado escapa de la prisión de tela que lo retenía y queda suspendido junto a su mejilla izquierda, como un estilizado signo de pregunta que rebota graciosamente en el aire.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     A pesar de su simpleza, el hecho logra captar mi atención más profunda y no entiendo por qué la imagen de ese rizo lánguido que se balancea rozándole la cara me conmueve de tal forma. Soy el espectador solitario de un acontecimiento mínimo, sutil, cuyo fugaz fulgor se abre paso entre los pliegues de lo cotidiano y viene a subrayar en mi interior la certeza de que amo a esa mujer.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Ajena por completo a esta epifanía doméstica, ella se sienta en el borde de la cama, programa el despertador, se quita la tira elastica y le devuelve a su pelo la libertad transitoriamente cercenada. Después, se acuesta, apaga la luz y se acurruca junto a mí, tomando mi hombro por almohada.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Escuchá cómo llueve", murmura, y nos quedamos así, abrazados en silencio, atentos al soliloquio monocorde que la noche derrama sobre las calles y las casas.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-1103127108165005316?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/1103127108165005316/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=1103127108165005316' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1103127108165005316'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1103127108165005316'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2010/04/cronica-n-61-instantanea-con-fondo-de.html' title='Crónica n° 61: Instantánea con fondo de lluvia (abril 2010)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-1147568958130144974</id><published>2010-04-05T12:27:00.000-07:00</published><updated>2010-04-05T12:32:05.531-07:00</updated><title type='text'>Crónica n° 60: La temida hora de las cuentas pendientes (abril 2010)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    Lamentablemente, no soy de esas personas que gozan del inmenso privilegio de desmayarse en la cama apenas apoyan la cabeza sobre la almohada y siguen roncando aunque les monten un show de fuegos artificiales en pleno dormitorio. Salvo felices excepciones, disfrutar de un buen sueño nocturno constituye para mí un objetivo no muy fácil de alcanzar&lt;br /&gt;    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Rara vez puedo dormir toda la noche de un tirón. Si tengo suerte, reacomodo mi cuerpo casi sin abrir los ojos y vuelvo a hundirme en el sueño de inmediato. Otras veces,en cambio, tengo previamente que levantarme y hacer escala en el baño o tomar un trago de jugo para recobrar el descanso perdido. Pero en ocasiones -con mayor asiduidad de la que desearía- el intervalo que separa ambas etapas del sueño se prolonga demasiado. Me remuevo entre las sábanas, ensayo diversas posiciones corporales, y cada intento infructuoso me conduce a una creciente frustración. Mi cabeza empieza a disociarse de mi voluntad, cobra vida propia con suma rapidez y entro en zona de riesgo: el desvelo amenaza con durar horas.&lt;br /&gt;    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Para que pueda comprenderse la real dimensión del problema, debo aclarar algunas cuestiones básicas. Primero: por temor a generarme una posible dependencia psicológica, soy reacio a solucionar mis insomnios con pastillas. Segundo: mis insomnios son un drama solitario. Razones de índole ética me impiden incurrir en la despreciable conducta de despertar a mi compañera para involucrarla en él. Tercero: cuando tengo insomnio carezco por completo de predisposición anímica para el disfrute estético o las tareas creativas, de modo que ni enciendo la radio, ni escucho música, ni miro televisión; tampoco leo y, mucho menos, intento ponerme a escribir. Mi único anhelo en esos momentos es dormirme de nuevo.&lt;br /&gt;    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     El gran dilema a resolver, entonces, es cómo desactivar mi cabeza. Existen procedimientos que, al parecer, son muy eficaces en otras personas, pero que a mí no me sirven de nada. Contar ovejas, por ejemplo, me resulta exasperante y sólo espolea mi impaciencia. Efectuar un conteo regresivo tal como enseñan en los cursos de control mental tampoco es solución. Sucede que, lejos de relajarme, cada número me arrastra hacia infinidad de asociaciones (fechas, direcciones, teléfonos) que, en tales circunstancias, se vuelven contraproducentes.&lt;br /&gt;    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     A veces echo mano al dudoso recurso de enredarme en memorizaciones engorrosas: enumerar las sedes de los Juegos Olímpicos por orden cronológico. recitar el inventario de vicepresidentes argentinos, recordar la lista de compañeros de la primaria. Sin embargo, al cabo de unos minutos, cuando -según el caso- llego a Beijing 2008, a Cobos o a Sergio Vila, advierto que el ejercicio ha sido inútil: mi cabeza no sólo no se ha disciplinado, sino que se ha puesto más activa que antes. No he hecho más que alimentar al enemigo. Estoy en el umbral del desastre, a merced de un cerebro alborotado que, con una dispersión propia de la vigilia, me conduce vertiginosamente hacia un territorio caótico en el que bien puedo revivir en detalle una reunión reciente con amigos, visualizar el desarrollo de mi próxima clase, calcular cuántos puntos necesita Colón para clasificar a la Copa Libertadores, evocar con exacerbada nitidez las curvas de la promotora que el día anterior me dio un catálogo de Garbarino en la peatonal, o explayarme con gran soltura acerca de la realidad nacional en una hipotética entrevista televisiva. Mi cuerpo permanece inmóvil; mi pensamiento vaga en irrefrenable desorden.&lt;br /&gt;    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Las campanadas de la iglesia del Carmen o una ojeada involuntaria a la radio-reloj me revelan brutalmente que ya son las 5. Mi contrariedad se desdobla y duplica; ya no sólo me lamento por el aquí y ahora impregnados de insomnio, sino que lamento por anticipado el cansancio supremo que habré de padecer a la mañana siguiente, el sol asesino que habrá de lastimar mis ojos irritados, el malhumor que potenciará cada mínimo contratiempo que deba afrontar. La sola idea de las largas colas que tendré que soportar en el Banco dentro de unas horas me agobia de antemano. Ya no logro contener la inquietud.&lt;br /&gt;    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Me levanto. Voy al baño sin necesidad, bebo algo sin tener real sed. Camino en lo oscuro. Camino alrededor de la mesa, absurdamente, sólo por hacer algo, tratando de cansarme más de lo que ya estoy. Y me canso, sí, pero no puedo dejar de pensar. Bostezo. La pesadez de los párpados es abrumadora. Vuelvo a la cama. Lo hago sabiendo que si no consigo dormirme de inmediato me espera la fase más terrible del insomnio. Me acuesto, parece que voy a lograrlo. Pero pasa un auto con el escape roto, o algunos trasnochados que charlan y ríen con imprudencia. Los sonidos propios de la madrugada se amplifican hasta volverse intolerables. Ese grillo remoto parece el primer violín de la Sinfónica, y el taconeo de esa mujer es casi un desfile militar con tanques incluidos.&lt;br /&gt;    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Es en ese momento cuando ocurre. Algo en mi interior cede, un último bastión se derrumba silenciosamente y me deja sin defensas. De un momento para otro, me descubro pensando en la amplísima lista de cosas que vengo postergando indefinidamente. El universo se erige frente a mí como un fiscal implacable que me apabulla enumerando cada una de mis deudas históricas (las peores, porque no tienen fecha de vencimiento y entonces quedan siempre para un "después" que nunca llega). Y su alegato es tan eficaz, o yo estoy tan débil por el cansancio, que sólo atino a darle la razón en todo, sin presentar excusas que a esa hora suenan huecas. He traspasado el umbral. Como ráfagas huracanadas, por mi cabeza surcan trámites que no he cumplido, amigos a los que no he visitado ni llamado en muchos meses, mails que no he contestado y se van acumulando en mi bandeja de entrada con destino de olvido, cuentos y poemas que alguna gente me ha pasado con expresa o tácita solicitud de evaluación y que ni siquiera he leído por falta de tiempo. Empiezo a sentirme atrapado, asfixiado, como en esos relatos de Patricia Highsmith en que el protagonista se ve involucrado casualmente en una cadena de hechos que lo va envolviendo como una telaraña de la que ya nunca logrará desenbarazarse, o como en el cuento de Cortázar en que el tipo no termina nunca de ponerse el pulóver, Pero esto es distinto, porque al final de la telaraña de la Highsmith está la muerte, y al final del laberinto de lana de Cortázar hay un precipicio. Aquí, en cambio, no hay salida, es como retorcerse en arenas movedizas que nunca terminan de tragar, un pozo sin fin en el que uno cae cae cae.&lt;br /&gt;    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Pero no, no cabe aquí la sutileza intelectual de referencias literarias. Esto es mucho más visceral y directo. Lo que hay son matones. Matones que me apalean mientraa estoy indefenso sobre la cama. Nunca te decidiste a empezar natación. Cross a la mandíbula. Y todavía no cambiaste el vidrio roto de la puerta del lavadero. Patada en las costillas, Y cuándo pensás acomodar la biblioteca. Codazo en la nuca. Y cuándo pensás pedir turno con el dentista para arreglarte esas muelas. Puño en la boca del estómago. Y cómo se puede esperar algo grandioso de vos si ni siquiera sos capaz de terminar esa miserable crónica. Y yo siento que soy culpable de todos los cargos. No soy buen hijo, ni buen padre, ni buen marido. Soy mediocre en mi trabajo. Mi vida entera es un fraude, una farsa triste que hace agua por todas partes, una tela deshilachada que jamás terminaré de remendar. No puedo, nunca podré saldar mis cuentas pendientes. Y caigo caigo caigo...&lt;br /&gt;    &lt;br /&gt;    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    Como un sonido proveniente de otro mundo, las voces que salen de la radio-reloj disuelven bruscamente el improbable paisaje serrano por el que andaba transitando. Al hacerlo, me conceden la reconfortante evidencia de que finalmente vencí al insomnio. Quizás sólo haya dormido una hora, pero saberlo me obsequia un modesto consuelo. Me levanto a desgano, muerto de sueño. Lamento por anticipado el cansancio supremo que habré de padecer durante toda la mañana, el sol asesino que habrá de lastimar mis ojos irritados, el malhumor que potenciará cada mínimo contratiempo que deba afrontar. La sola idea de las largas colas que tendré que soportar en el Banco dentro de unas horas me agobia de antemano.&lt;br /&gt;    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    Afortunadamente -al menos hasta el próximo insomnio- sólo eso me agobia. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-1147568958130144974?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/1147568958130144974/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=1147568958130144974' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1147568958130144974'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1147568958130144974'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2010/04/cronica-n-60-la-temida-hora-de-las.html' title='Crónica n° 60: La temida hora de las cuentas pendientes (abril 2010)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-9117020921421454266</id><published>2010-03-03T16:03:00.000-08:00</published><updated>2010-03-03T16:07:38.976-08:00</updated><title type='text'>Crónica n° 59: Teoría de los pararrayos (marzo 2010)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La siguiente no es una hipótesis con pretensiones científicas. Tampoco una especulación meramente literaria. Se trata de un intento acaso descabellado de ordenar en palabras una impresión que me sobreviene de vez en cuando, sólo para buscarle mediante la escritura un sentido posible, una significación -tal vez ilusoria- que la vuelva razonable.&lt;br /&gt;    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;  Para plantear la cuestión debo partir de una premisa inquietante pero irrefutable: vivimos acechados constante y sigilosamente por la tragedia. Si se me permite y perdona una metáfora tan elemental, podría decirse que la vida consiste en atravesar un bosque recorriendo un sendero en cuyos márgenes, oculta entre el follaje, mora una criatura impredecible que, a cada rato, puede irrumpir en nuestro camino y arrastrarnos sin previo aviso al territorio del dolor y el espanto. Un ser que no es maligno ni deliberadamente cruel sino tan sólo irreflexivo y ciego, lo cual lo torna sin dudas mucho más temible. Sabemos de su existencia, sí, pero en cierta forma nos comportamos como si no lo supiéramos. Y es entendible que así ocurra: quizás esa negación sea el único medio con que contamos para no quedar paralizados por el miedo en mitad de la travesia. Sabemos también que estamos expuestos a ese peligro en forma inevitable, pero ese saber no suele ocupar nuestros pensamientos cotidianos. Es un saber que opera como un trasfondo imperceptible de nuestros actos, algo que permanece latente, quizás aun más latente que la certeza de nuestra propia finitud. El costado terrible de la vida, la dimensión horrorosa que ésta puede adquirir en cualquier momento, son confinados al rincón más recóndito de nuestra conciencia. Sabemos que la criatura anda suelta pero si no pensamos en ella es como si no existiera. Y si no existe, estamos a salvo.&lt;br /&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    El recurso es válido y funciona con suma eficacia. Pero un buen día llegan hasta nosotros aciagas noticias y las defensas erigidas manifiestan de golpe toda su endeblez. Un tío sufre un infarto, al hijito del vecino le diagnostican una enfermedad terminal, un amigo tiene un grave accidente con el auto. un compañero de trabajo o de juerga se muere. Primero es la incredulidad, el cómo puede ser si estuve con él la semana pasada; después la consternación, esa presencia opresiva en el pecho que recorta de nuestro vocabulario toda palabra que no esté manoseada por los lugares comunes. Y entonces, experimentamos un fenómeno cargado de ambivalencia. Por un lado, la certeza de que esta vez la bomba estalló muy cerca, más de lo habitual, la atemorizante comprobación de que en la lotería metafísica que rifa desgracias teníamos un número demasiado parecido al que salió sorteado provoca en nosotros -los que seguimos sanos, los que seguimos vivos- el retorno brutal de lo que había sido relegado, la reaparición de nuestro desamparo esencial ante la fragilidad de la condición humana. Y simultáneamente, está el alivio algo culposo de saber que el espanto nos ha rozado sin lastimarnos, la comprobación egoísta y tremenda de que al dolor se lo llevan otros a quienes, por unos días, unos meses o tal vez para siempre, la vida se les pondrá patas para arriba mientras que nosotros continuaremos atravesando el bosque por el sendero como hasta ayer, con normalidad, con la misma aburrida y maravillosa normalidad de todos los días.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;      Es en momentos así cuando me sobreviene esa impresión de la que hablaba al principio. La proximidad de ese sismo existencial que sacude la rutina de los otros me conmociona, y no puedo dejar de sentir que esa persona que acaba de ser agredida por la muerte o la enfermedad ha actuado como un pararrayos, atrayendo hacia sí una energía destructiva que andaba circulando en el ambiente y que bien podríamos haber sufrido aquellos que, de un modo u otro, tenemos una conexión con la víctima providencial. Siento que de alguna incomprensible manera, sin ninguna intención, sin vocación de sacrificio, sin la menor predisposición natural al heroísmo, esa persona nos ha salvado. Somos afortunados; nos ha sido concedida una prórroga durante la cual no moriremos, no nos sucederán cosas terribles. Como si hubiera un sistema de cupos para la tragedia, distribuidos vaya a saber con qué antojadizo criterio, y esa desgracia cercana pero ajena hiciera disminuir de manera considerable las probabilidades matemáticas de que, al menos por cierto tiempo, la criatura la emprenda con nosotros.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;       Es muy posible que estas sean divagaciones sin fundamento, más próximas al pensamiento mágico que al reino de las verdades objetivas. Imposible conocer cómo funcionan realmente estos asuntos. Quizás termine de atravesar el bosque y me muera sin saberlo. O quizás lo comprenda todo, de una vez y para siempre, el día en que me toque a mí ser el pararrayos de otra gente, el garante inconsulto de su salud o su supervivencia.&lt;br /&gt; &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-9117020921421454266?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/9117020921421454266/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=9117020921421454266' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/9117020921421454266'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/9117020921421454266'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2010/03/cronica-n-59-teoria-de-los-pararrayos.html' title='Crónica n° 59: Teoría de los pararrayos (marzo 2010)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-5402145885109600566</id><published>2010-02-05T05:49:00.000-08:00</published><updated>2010-02-05T05:54:13.947-08:00</updated><title type='text'>Crónica n° 58: El descubrimiento del fútbol (febrero 2010)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Mi fascinación por el fútbol no llegó de la mano de una pelota, sino a través de la lectura. El hecho fundacional -uno de esos acontecimientos que cambian la vida de una persona para siempre- tuvo lugar en diciembre de 1970. Yo tenía 5 años y acababa de terminar mi paso por el Jardín de Infantes. Tal como lo he explicado en una crónica anterior ("El descubrimiento de las palabras"), a pesar de mi corta edad yo ya era, por aquel entonces, un lector empedernido que devoraba cuanto texto tuviera a su alcance. No sé cuánto era lo que entendía ni cómo hacía para entenderlo, pero leer me encantaba. No sólo consumía libritos de cuentos, sino que habían comenzado a comprarme el Anteojito con regularidad, me gustaba hojear también las revistas que circulaban en mi casa o en las de mis abuelos: Gente, Siete Días, Vosotras, Para Ti, y hasta me le animaba a algunas secciones del diario El Litoral. Semanas atrás, mi papá me había formulado una promesa: apenas yo terminara el Jardin, me compraría una revista de fútbol. Así fue como una tarde de sol, haciendo honor a la palabra empeñada, me llevó hasta un kiosco cercano, compró un ejemplar de El Gráfico y lo depositó en mis manos. Ignoro qué significación, real o simbólica, le confirió mi papá a aquel acto. De lo que estoy seguro es de que ni él ni yo supimos esa tarde que, con ese regalo, me estaba obsequiando las llaves de un universo maravilloso.&lt;br /&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;  El logo de la revista impreso en amarillo sobre fondo verde. La foto en colores de Aldo Poy en la tapa. La foto en blanco y negro de un gol de Chacarita frente a River, en la que el delantero (¿Marcos?) desliza la pelota con toque elegante por sobre la cabeza del arquero (¿Perico Pérez?). El póster central con el equipo de San Martín de San Juan que estaba disputando el Torneo Nacional. La foto de Laino, arquero de Atlanta, tirado en el césped, vencido por el disparo de un jugador rival (¿Morel, de Racing, o Hijitus Gómez, de Central?). He ahí el acotado e impreciso inventario visual que aún guardo de aquella lectura iniciática. El inventario de nombres, en cambio, es mucho más abultado, pero justamente a causa de su extensión será mejor omitirlo. Baste decir que esa larga lista incluye rarezas tales como Aceituno, Millicay, Legrotaglie o Ataúlfo Sánchez.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    El impacto que provocó en mí el encuentro con esa revista fue enorme, revolucionario. Quizás una anécdota sirva para demostrarlo. En la casa de mis abuelos maternos había un pequeño pizarrón y una caja con tizas de colores. Supongo que me los habían comprado con fines didácticos, para que practicara mis primeros manuscritos o para que evidenciara sobre ese rectángulo negro alguna precoz habilidad plástica que -dicho sea de paso- nunca tuve. Y bien, yo usé las tizas y el pizarrón con gran entusiasmo, sí, pero lo hice para aplicar mis incipientes conocimientos sobre el mundo del fútbol. Y mi esfuerzo, por cierto, rindió sus frutos: para cuando llegó marzo y tuve que empezar la escuela primaria, yo no sólo podía dibujar las camisetas de por lo menos veinte equipos diferentes, sino que además era capaz de escribir "River Plate" o "Vélez Sarsfield" sin errores de ortografía. Si eso no es aprendizaje holístico, díganme entonces cómo se llama.&lt;br /&gt; &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;   Por supuesto, mi flamante interés por el fútbol, sumado a mi pasión lectora conformó una dupla voraz que necesitó ser bien alimentada. Así fue como a ese primer ejemplar de El Gráfico le siguieron otros, no sólo del mismo semanario, sino también de la revista que terminaría luego siendo mi preferida: la Goles. Yo las leía con devoción y ellas retribuían mi entusiasmo con creces, suministrándome una andanada de información que, dada mi natural curiosidad, me fue transformando casi sin esfuerzo en una pequeña enciclopedia viviente del fútbol. No exagero: ya en segundo grado, ninguno de mis compañeros de curso podía igualarme a la hora de recitar formaciones completas de equipos argentinos o enumerar clubes de otros países.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    Leer esas revistas me hacía feliz y eso bastaba para volverlas imprescindibles. Pero ellas me permitieron también obtener dos beneficios colaterales que sólo pude valorar debidamente años después, analizados con ojos de adulto. Para empezar, no tengo pudor en admitir que las revistas deportivas han sido mi primera influencia literaria. Yo escribía crónicas de partidos imaginarios e intentaba imitar en ellas el estilo de las notas que leía. Así, sin darme cuenta, fui absorbiendo conceptos periodísticos básicos, maneras de presentar la información y, sobre todo. formas de narrar los hechos (ya me imagino a algún gracioso diciendo: "se nota... tendrías que haber leído más a Balzac y menos a Osvaldo Ardizzone"). En cuanto al otro beneficio, es algo más profundo, casi de naturaleza filosófica. Porque leyendo esas revistas aprendí que el mundo del fútbol no era un manojo caótico de partidos inconexos, sino que todos respondían a un orden superior, estaban insertos en una estructura gigantesca que todo lo abarcaba, se desplegaba en el espacio (con un ámbito regional, otro nacional y otro internacional) y tenía continuidad en el tiempo. En otras palabras: muchos años antes de las aburridas clases de Metodología de la secundaria, fue el fútbol el primer docente que inoculó en mi cabecita la noción de lo que era un sistema. O. en todo caso, cabría afirmar que el del fútbol fue el primer sistema cuya esencia y funcionamiento logré captar a la perfección. En base a tal circunstancia, hasta me atrevería a aventurar que mi forma adulta de razonar deriva en buena parte de aquella temprana percepción de las cosas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    Es posible que los lectores detecten en lo hasta aquí narrado cierto excesivo grado de abstracción. Es decir: mucha revista, mucha revista, pero poca pelota en movimiento. No debe suponerse por ello, sin embargo, que mi relación infantil con el fútbol se limitó a la lectura. También veía partidos. Y vaya si veia; prácticamente no me perdía ninguno. Pero ubiquémonos en la época: hoy es fácil encontrar fútbol en la tele. Basta con apretar un par de botones para poder asistir a un exótico Angola-Malawi por la Copa de África o presenciar un duelo de hacha y tiza entre General Lamadrid y J. J. Urquiza por la Primera C vernácula. A mí, que era capaz de quedarme pegado a una portátil sólo para seguir las alternativas de un Almagro-Villa Dálmine, tamaña maravilla tecnológica me hubiese hecho morir de felicidad. Pero en aquellos años no era tan frecuente ver partidos en vivo y en directo. Entonces, había que apelar a otros intermediarios: la radio, las revistas, las figuritas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    En cuanto a jugarlo, pues claro que también lo jugaba. Desde esa tarde en que Claudio Astudillo se dio vuelta en medio de la clase y desde el pupitre de adelante me preguntó en voz baja: "¿querés jugar al bolo en el recreo?", jugar al bolo se transformó para mí en sinónimo de liberación, de felicidad pura y plena, de gesta épica en la que hacerle el gol del triunfo al curso rival equivalía a convertirse en héroe por un dia.&lt;br /&gt;     Pero esa, claro, es otra historia. Por el momento, quedémonos con el recuerdo de ese niño con anteojos al que le alcanzaba con tirarse de panza al suelo y leer una revista Goles para sentir que la vida, igual que el fútbol, era un juego apasionante.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-5402145885109600566?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/5402145885109600566/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=5402145885109600566' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5402145885109600566'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5402145885109600566'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2010/02/cronica-n-58-el-descubrimiento-del.html' title='Crónica n° 58: El descubrimiento del fútbol (febrero 2010)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-4591222008527314738</id><published>2009-11-30T10:55:00.000-08:00</published><updated>2009-11-30T10:59:55.064-08:00</updated><title type='text'>Crónica n° 57: Ficciones (noviembre 2009)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;  Un candidato obtiene miles de votos en una elección. Al día siguiente, proclama exultante que la mayoría de los electores ha respaldado de manera contundente sus propuestas de gobierno. No tiene en cuenta, o no quiere tener en cuenta las mil y un razones que llevan a los ciudadanos a decidir su voto, algunas de ellas insustanciales y otras, incluso, contradictorias entre sí. Prefiere ampararse en una ficción: la de afirmar que todos quienes lo eligieron constituyen una masa homogénea que piensa igual que él y que, por ende, se encolumna sin matices detrás de sus ideas en forma incondicional.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;      Una mujer cuarentona tiene la certeza de que su marido no la ama. Tampoco ella siente ya nada especial por él. Los unen, apenas, las formas y la costumbre. Pero hay demasiadas cosas por perder, principalmente un estilo de vida al que ella se ha acostumbrado y que le resulta muy cómodo. Entonces sigue adelante con esa relación tan insatisfactoria casi por inercia. No tiene en cuenta, o no quiere tener en cuenta que se está condenando a la frustracion perpetua. Prefiere ampararse en una ficción: la de pensar que, al fin y al cabo, pasado cierto tiempo a todas las parejas les sucede lo mismo y que, por lo tanto, ellos constituyen un matrimonio &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;absolutamente normal.&lt;br /&gt; &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    Una docente de escuela secundaria se jacta de haber logrado que sus alumnos escriban emotivos textos en los que defienden y rescatan valores cardinales como la honestidad, el esfuerzo y la solidaridad. No tiene en cuenta, o no quiere tener en cuenta que esos adolescentes, siguiendo el ejemplo de sus mayores, ya han aprendido el sutil arte del doble discurso y se limitan a reproducir de buena fe lo que se supone deben decir para quedar bien, aunque en el fondo no crean demasiado en ello. Prefiere ampararse en una ficción: la de pensar que sus alumnos realmente han internalizado los valores que la escuela intenta inculcarles.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;      Un contribuyente se indigna por la mala atención que, a su criterio, le están dispensando en una oficina pública. Se planta entonces frente al empleado y, delante de todos los presentes, le inflige una enérgica perorata de naturaleza pedagógica. "Vamos a ver ahora si ese tipo le vuelve a faltar el respeto a alguien", comentará esa noche el hombre en rueda de amigos, orgulloso, con ínfulas de paladín de la justicia. No tiene en cuenta, o no quiere tener en cuenta que seguramente el empleado le habrá dedicado un insulto mental y que, apenas él se retiró de la oficina, habrá olvidado el incidente por completo, sin acusar recibo de la supuesta enseñanza impartida. Prefiere ampararse en una ficción: la de pensar que su comportamiento le sirve a otros de sanción ejemplificadora.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Un hombre vuelve del trabajo, enciende el televisor y mira un programa en el que un famoso periodista se explaya brindando un concluyente análisis acerca de la actualidad nacional. Al otro día, el hombre repite ante sucesivos interlocutores lo que ha escuchado y lo expone como si fuese un dogma. No tiene en cuenta, o no quiere tener en cuenta que esa mirada sobre la realidad de la cual se ha apropiado responde a la línea editorial del canal, y que es muy probable que esa línea editorial esté marcada por fuertes intereses económicos y políticos que la vuelven sospechosamente parcial. Prefiere ampararse en una ficción: la de creer que él es un ciudadano bien informado, que tiene convicciones propias, y que esas convicciones son las correctas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Ficciones, ficciones, ficciones. Lo que llamamos realidad suele ser un tejido inextricable de ficciones que se entrecruzan sin cesar ocultando la incómoda desnudez de la verdad. Ficciones. No sólo las creamos y protegemos, sino que además las exportamos a los otros. Más aún, nuestro éxito, nuestra seguridad, nuestra autoconfianza depende en buena medida de nuestra capacidad de vender esas ficciones a los demás. Mientras más gente quede convencida de la veracidad de nuestros discursos de oro con pies de barro, menos amenazados estaremos por los peligros de afrontar verdades brutales.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;      Nadie está exento de incurrir en este vicio, claro; está demasiado arraigado en la naturaleza humana. Lo que nos diferencia es la forma en que lo sobrellevamos. Porque hay quienes se mueven con absoluta soltura en estos territorios de humo y enarbolan sus ficciones con impune ampulosidad. Pero estamos también aquellos a los que el humo nos incomoda y nos lesiona la ética, los que intentamos resistir a la propagación de tan lamentable hábito. Los que nos negamos a tragar ciertas píldoras, por más doradas que nos las ofrezcan. Los que no podemos ni queremos consumir visiones predigeridas del mundo. Los que, sin poder evitarlo, vemos siempre la sombra del hilo que mueve a la marioneta, el fleco escondido bajo la pomposa vestimenta, el cable que le suministra corriente a ciertas estrellas fugaces de ostentosa luminosidad. Los que vemos al emperador en calzoncillos y reconocemos a las monas vestidas de seda. Los que sabemos que la realidad tiene demasiadas aristas como para poder encerrarla en simplificaciones falaces. Los que desconfiamos, no de lo mismo de lo que desconfían casi todos, sino precisamente de aquello en que casi todos confían.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Desconfiamos, sí. Desconfiamos casi siempre. No por deporte ni por cinismo, sino porque nos resulta evidente la ridiculez de algunas pretendidas certezas. Desconfiamos pero no nos resulta gracioso hacerlo, porque la verdad es que nos encantaría que no hubiera doble fondo en las galeras de los magos ni en el corazón de las personas, que las etiquetas describieran con exactitud lo que trae el envase, y que las palabras no excediesen a los actos que intentan reflejar. Desconfiamos hasta (o sobre todo) de nosotros mismos. Intentamos escapar a los discursos autocomplacientes, a las justificaciones instintivas, a la creación involuntaria de interpretaciones distorsionadas de la realidad, elaboradas a la medida de nuestra conveniencia. Nos parece impúdico creerse más de lo que uno es, sobrevalorar lo que uno hace o da, ofrecerse en el mercado haciendo trampa en el peso u ocultando los defectos del producto.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Lo intentamos, sí. Pero no es fácil. Quizás también nosotros nos estemos amparando en una ficción: la de pensar que nuestra lucidez nos va a salvar de crear, sin querer, nuestras propias ficciones. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-4591222008527314738?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/4591222008527314738/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=4591222008527314738' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/4591222008527314738'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/4591222008527314738'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2009/11/cronica-n-57-ficciones-noviembre-2009.html' title='Crónica n° 57: Ficciones (noviembre 2009)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-3415033660790215535</id><published>2009-11-25T11:40:00.000-08:00</published><updated>2009-11-25T11:44:40.924-08:00</updated><title type='text'>Crónica n° 56: Prohibido decir adiós (noviembre 2009)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La peña terminó hace un rato y, lentamente, La Urdimbre se va deshojando de público. Son casi las 6 de la mañana del domingo, y el sueño se me instala en la cara como un par de anteojos de pesados cristales. Pero cuesta irse. Cuesta animarse a disolver la borra de una noche en la que hubo charla, música, cerveza y amigos arriba y abajo del escenario. Cuesta aceptar que el reggae que escuchamos media hora atrás fue el último tema, pero el último de veras, porque pronto este será un salón vacío y mudo, un paisaje deshabitado a la espera de vaya a saber qué nuevas historias que lo pueblen. Cuesta, más que nada, recordar que mañana a la siesta habrá que volver para desarmar todo y empezar con la mudanza provisoria, esa que nos dejará suspendidos en una especie de Purgatorio hasta que se defina un nuevo lugar donde podamos seguir adelante con los proyectos de El Puente. Cuesta y duele saber que habrá que deshacer lo que con tanto amor y esfuerzo se logró construir. Y cómo no va a costar, si aún sobrevuela el recuerdo de tres años atrás, el de aquel sábado épico en que, a sólo cuatro horas de la inauguración, el lugar todavía parecía una obra en construcción, pero una cuadrilla improvisada de catorce o quince voluntarios trabajamos contra reloj, atornillando, clavando, conectando, limpiando, baldeando, acomodando, decorando, hasta conseguir lo que a las seis de la tarde parecía imposible: que todo quedara prolijo y presentable, listo para recibir al público justo cuando el público empezaba a llegar.&lt;br /&gt;      &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt; Cuesta irse, claro que sí. Y me viene a la memoria "El largo adiós", de Raymond Chandler, con aquello de "Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final". No cabe decir adiós, entonces. Porque es triste irse de acá, por supuesto, pero la gente que colmó la sala para estar en la peña de despedida demostró que de ninguna manera es solitario. En cuanto a lo de final, sabemos que, más tarde o más temprano, aparecerá un nuevo lugar y entonces proseguiremos, tercos y felices, nuestra tarea de militancia cultural. "Lo mejor está por venir", decían los viejos animadores de televisión. Me río de la muletilla, tan gastada, pero no puedo dejar de reconocerle esa dosis de razón que tienen todos los lugares comunes.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;      Me pongo de pie y saludo a los que están más cerca. Resisto la tentación de darme vuelta para ver nuestro centro cultural vivo por última vez. Tengo demasiadas postales hermosas de La Urdimbre en la memoria como para permitir que la última, justo la última opaque a las anteriores con una pincelada de melancolía que sería inevitable. "No le digo adiós", insiste Philip Marlowe en mi cabeza, y me incita a atravesar la puerta de una buena vez. Me recibe la claridad atenuada de un amanecer sucio de nubes. Empiezo a caminar sin apuro, silbando "La canción de la ciudad".&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-3415033660790215535?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/3415033660790215535/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=3415033660790215535' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/3415033660790215535'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/3415033660790215535'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2009/11/cronica-n-56-prohibido-decir-adios.html' title='Crónica n° 56: Prohibido decir adiós (noviembre 2009)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-6812340950454858060</id><published>2009-10-23T07:48:00.000-07:00</published><updated>2009-10-23T07:57:07.952-07:00</updated><title type='text'>Crónica n° 55: El largo viaje de "La Generación de la Bidú" (octubre 2009)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;A comienzos de 1984, influído por el entusiasmo generalizado que despertaba el flamante renacimiento de la democracia en el país, decidí comprar un ejemplar de la revista Humor. Nunca en mi despolitizada adolescencia, vivida en pleno Proceso, había tenido uno entre mis manos, pero a pesar de ello conocía por comentarios ajenos el prestigio que esa publicación había sabido ganarse durante la dictadura militar a fuerza de talento y coraje. Así que una mañana me encaminé muy resuelto al kiosco de don Levy y, cuando salí de allí con la revista en mi poder, sentí que estaba empezando a saldar una de mis tantas deudas con la historia cultural argentina más reciente. Eran tiempos de descubrir a Anacrusa y de volver a escuchar a Víctor Heredia. Tiempos de conocer "Quebracho" y "La Patagonia rebelde". Tiempos de construirse como ciudadano por fuera de los márgenes pautados en los libros de Formación Cívica.&lt;br /&gt;     &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt; Por aquel entonces, la revista traía una sección llamada "Humor Interior", cuyas ocho páginas se distinguían por la infrecuente concepción federal que las animaba: ninguno de los periodistas, columnistas y dibujantes que participaban en ellas era porteño. Todos pertenecían a esa vasta entelequia geográfica que suele denominarse "el interior del país".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     De aquel primer encuentro con "Humor Interior" recuerdo que su Correo de Lectores ("Llorando la carta", creo que se llamaba) estaba monopolizado por la notable repercusión que había tenido una nota publicada en el número anterior, escrita por la periodista cordobesa María Rosa Grotti con el título de "La Generación de la Bidú". El tenor de las cartas resultaba muy útil para comprender de qué hablaba el artículo en cuestión. Todo indicaba que "La Generación de la Bidú" era un acertado retrato colectivo de aquella "juventud maravillosa" que, llegada a la treintena, evocaba ahora la década anterior y contemplaba, con horror y melancolía, los restos del sueño naufragado. Era evidente que la autora había hecho blanco en zonas muy sensibles, despertando en los lectores ecos emocionales muy profundos que habían permanecido reprimidos durante demasiado tiempo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     La onda expansiva provocada por el artículo se prolongó todavía durante varios números más y lo transformó casi en un texto de culto para los seguidores de "Humor Interior". Motivo más que suficiente para potenciar mi frustración por no haberlo leído.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;                                        * * *&lt;br /&gt;  Mi entusiasmo juvenil de entonces -por no decir mi inconsciencia- me llevó a mandar un escrito de mi autoría a "Humor Interior" con la esperanza de que me lo publicaran. Si bien eso no ocurrió (afortunadamente, porque el artículo era bastante malo), los integrantes de la redacción me obsequiaron con un acuse de recibo que salió publicado en el Correo de Lectores del número siguiente, y en el cual me instaban a seguir insistiendo. Creo que literalmente salté de la alegría al descubrirlo. Ahora puede sonar pueril pero a mis 19 años no era común ver mi nombre impreso, y menos en una revista de circulación nacional. El sólo hecho de estar mencionado allí me parecía todo un logro que me auguraba un futuro auspicioso. Por supuesto, aquel ejemplar de Humor fue debidamente guardado en mi archivo como un tesoro.&lt;br /&gt;   &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;   Si aún conservo aquella página entre mis papeles, inexorablemente amarilleada por el correr de los años, no es tanto por las razones ya apuntadas, sino más bien porque la vida vino a otorgarle, con retroactividad, una significación inesperada. Sucede que, inmediatamente a continuación del acuse de recibo de mi nota, había otro referido a una carta en la que un tal Horacio Rossi, también santafesino, derramaba halagos sobre la autora de "La Generación de la Bidú". La facilidad para retener nombres que me caracteriza me permitió registrar sin problemas el de aquel conciudadano desconocido que, por obra del azar, se había transformado en vecino ocasional de mis quince milímetros de fama.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Tuvieron que pasar tres años para que ese nombre se uniera a una persona de carne y hueso y yo descubriera que el tal Horacio Rossi era poeta. Y debieron pasar todavía dos años más para llegar a tener trato directo con él. Después -las vueltas de la vida, suele decir la gente- el tiempo hizo su trabajo de tejedor artesanal y terminamos siendo amigos. Compañeros de ruta en esto de la escritura y la difusión cultural, compartí con él numerosos encuentros, de los artísticos y de los que fluyen serenos alrededor de una botella de vino. Alguna vez le referí el episodio de los acuses de recibo contiguos en "Humor Interior" y hablamos sobre el dichoso artículo de la Grotti. Sabedor de que Horacio era de acumular infinidad de papeles en su biblioteca, le pregunté como al descuido si por casualidad no había conservado aquella revista. Me contestó que no y acabó así con mis modestas esperanzas al respecto.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;                                         * * *&lt;br /&gt;     Hace unos meses, mi amigo Mario recibió un mail enviado desde la ciudad de Rafaela por un remitente desconocido: el Taller "Leer porque sí". Vano sería, por supuesto, tratar de entender cómo fue que la dirección electrónica de Mario quedó integrada a la lista de destinatarios de aquel mensaje; Internet, ya se sabe, está atravesada por sorpresas de este tipo. Lo cierto es que, apenas comprobó que se trataba de una cuestión literaria, Mario me reenvió el mail. Lo hizo, claro, sin poder siquiera sospechar la puntada de excitación que habría de alojarse en la boca de mi estómago cuando, al revisar mi correo, encontré en mi bandeja de entrada un mail cuyo asunto rezaba, ni más ni menos: "La Generación del Bidú". Me quedé petrificado frente al monitor mientras en mi cabeza, a pesar de la vocal ausente, repicaba la pregunta obvia: ¿sería ese mail lo que estaba pensando?&lt;br /&gt;     Era.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;                                       * * *&lt;br /&gt;     Fue una sensación extraña la de leer el artículo después de tanto tiempo. Es indudable que no ha perdido su vigencia -lo cual habla bien de su valor testimonial y muy mal de nosotros como sociedad- pero también es innegable, abrumadoramente innegable que el contexto histórico y personal reinante en 1984 poco tiene que ver con el actual. Humor ya no existe, Horacio se murió, los perfumes primaverales de la democracia se marchitaron, la creencia masiva en un futuro inmediato mejor ya no flota en el ambiente y mi adolescencia es una costa que se divisa lejana ahora que navego mar adentro las aguas de la adultez. Resulta imposible, entonces, no ceder a cierta impresión de desajuste temporal, como si uno encontrara en la calle, volviendo del trabajo, la figurita difícil que nunca pudo conseguir en la infancia.&lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;   Han pasado veinticinco años, claro. Que en la existencia de cualquier mortal es como decir la eternidad. Sin embargo, rescatado del silencio vaya uno a saber cómo y por quién, "La generación de la Bidú" se resiste a desvanecerse en el olvido y sale en busca de nuevos lectores, incluso de algunos tardíos como yo. Y son tantos los recuerdos que remueve su irrupción extemporánea, que me resulta fascinante la reconstrucción de su larga travesía, el juego de imaginar la intrincada trama de causas y azares que debieron confabularse para que yo pudiera llegar a leerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;      El Taller "Leer porque sí" me tiene ahora entre los receptores habituales de sus envíos. María Rosa me ha confesado que la hice emocionar contándole esta historia. Yo he redactado una crónica hablando sobre ellos. El tiempo sigue labrando sus urdimbres secretas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;      Las vueltas de la vida, suele decir la gente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;________________________________________________________________________&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;APOSTILLA TRISTE&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;(Crónica -casi inverosímil- de la crónica anterior)&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;     Apenas terminé de leer el artículo de María Rosa, y viendo que por suerte la gente de Rafaela había tenido la buena idea de incluir en el mismo su dirección electrónica, sentí que era necesario ponerla en conocimiento de lo que había pasado y le escribí un mail contándole esta historia. Me lo contestó al día siguiente, confesándome que se había emocionado, que le parecía increíble que un texto suyo escrito hace tanto pudiera seguir generando interés. Me dijo también que hasta le daban ganas de escribir un cuento sobre el tema. "Dale", la animé, "vos escribí el cuento, yo escribo una crónica y despúés intercambiamos figuritas".&lt;br /&gt;    &lt;br /&gt;Empecé a escribir "El largo viaje..." a mediados de septiembre. En líneas generales, la crónica estuvo lista con bastante rapidez. Sin embargo, para gran ansiedad, decepción y hasta enojo de mi parte, no podía cerrarla. Tenía decidida la última frase, pero no conseguía hacerla coordinar con el párrafo anterior. Había algo en la parte donde menciono a María Rosa que hacía ruido y desentonaba, algo que fallaba y no sabía por qué.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     El lunes 19 pasé en limpio lo que había garabateado el fin de semana y no quedé muy conforme. Para escapar de la sensación de estar empantanado sin remedio, decidí leer el artículo de nuevo. Al rastrearlo en Google, descubrí con un asombro descomunal que ese mismo día lo habían publicado en el diario "La Mañana" de Córdoba. La cosa violentaba toda lógica: ¿cómo podía ser que publicaran un artículo escrito veinticinco años atrás el mismo día que yo estaba terminando una crónica que hablaba justamente sobre ese mismo artículo? Le escribí un mail a María Rosa contándoselo para comparir con ella mi incredulidad. No me contestó. Tuve un mal presentimiento. Volví a meterme en el Google al día siguiente y entonces apareció, en un diario del domingo 18, la noticia que no quería leer: "Falleció ayer la periodista María Rosa Grotti".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Por lo general, soy de buscar señales en lo cotidiano, mensajes que el universo podría estar poniendo a nuestro alcance para decirnos algo. Es probable que a veces exagere con esas búsquedas y las cosas sean así de simples, así de frágiles. Pero en ocasiones como ésta la palabra "coincidencia" me resulta de una estrechez inaceptable. "El largo viaje..." habla del destino, especula sobre la aparente inevitabilidad de ciertos acontecimientos y encuentros. ¿Cómo no preguntarse, entonces, por qué escribí esta crónica ahora y no en agosto? ¿Cómo no dudar acerca de las verdaderas causas por las que no podía terminarla?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Ahora mi crónica encontró un final. Lástima. Es el que menos me gusta. Hubiera preferido uno en el que María Rosa se volvía a emocionar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Las vueltas de la vida, suele decir la gente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-6812340950454858060?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/6812340950454858060/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=6812340950454858060' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/6812340950454858060'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/6812340950454858060'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2009/10/cronica-n-55-el-largo-viaje-de-la.html' title='Crónica n° 55: El largo viaje de &quot;La Generación de la Bidú&quot; (octubre 2009)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-367895054404651990</id><published>2009-09-15T06:04:00.000-07:00</published><updated>2009-09-15T06:09:54.476-07:00</updated><title type='text'>Crónica n° 54: Amigas (septiembre 2009)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Por alguna curiosa razón cuya escurridiza esencia jamás termino de apresar, las mujeres suelen desnudar su alma frente a mí sin que se advierta en ellas el menor atisbo de pudor o incomodidad al hacerlo. Solteras, casadas, viudas, divorciadas, veinteañeras, sesentonas o señoras de las cuatro décadas, da igual. Poco influyen la edad o el estado civil en este ejercicio descarnado de sinceridad del que me hacen partícipe. Problemas de pareja, amores contrariados, insatisfacciones personales, anhelos inconfesables, todo me es referido con una naturalidad pasmosa, dejándome transformado en depositario de intimidades que el imaginario masculino (¿o el imaginario machista?) supone reservadas al ámbito de las conversaciones femeninas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;¿Por qué lo hacen? Sinceramente, no lo sé. Dudo que estén buscando una opinión masculina para cotejar puntos de vista. Dudo también que esperen recibir consejos. Me parece que si me eligen como receptor de sus desahogos es porque, de algún modo, intuyen que mi atención al escucharlas no es fingida, que no habré de violar el secreto de confesión, que no voy a usar esas confidencias en su contra, que no voy a escandalizarme o a juzgarlas por lo que me cuentan. Todo eso, claro, les brinda la contención necesaria para soltarse; nadie baja la guardia ante quien le inspira recelo. ¿Cómo no sentirme agradecido, entonces, frente a semejantes muestras de confianza?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Sin embargo, el acostumbramento que he desarrollado hacia el hecho de verme envuelto en episodios de esta naturaleza no ha logrado atenuar cierta inquietud que la reiteración de los mismos me provoca. Porque convengamos que la mía es una situación bastante atípica. La experiencia propia y la observación de comportamientos ajenos me indican con claridad que a la mayoría de los hombres -al menos, a los heterosexuales- estas cosas no les suceden (es más, a veces tengo la impresión algo paranoica de ser el único al que le pasan). Pero lo extraño de mi caso no se agota en ser el coprotagonista reiterado de estas sesiones personalizadas de terapia. Muy por el contrario, hay otra instancia aún más insólita pero igualmente recurrente: mi participación como espectador exclusivo en charlas "de mujeres". Porque no es tan infrecuente que me toque ser el único varón en reuniones de dos, tres, cuatro y hasta cinco mujeres que, lejos de amilanarse o sentirse cohibidas por mi presencia, se despachan a gusto, como si yo no estuviera allí, o como si fuera una más de ellas. La vivencia, por cierto, resulta adrenalínica. Porque las reuniones "de mujeres solas", indudablemente, no son como las "de hombres solos". Los hombres, se sabe, no somos muy de andar compartiendo intimidades entre nosotros. Se habla de fútbol, de política, de temas de actualidad, del trabajo o de alguna afición que nos es común. También de mujeres, claro, pero siempre al amparo de un humor socarrón de cuño machista que poco ayuda a ahondar en el tema. Además, si uno es un caballero, esta muy mal visto andar develando la identidad de tal o cual señorita o señora con la que uno haya andado haciendo ciertas cosas. Con las mujeres, en cambio, sucede lo opuesto. No sólo tiran sobre la mesa los nombres concretos de los caballeros aludidos, sus peculiaridades anatómicas y un exhaustivo perfil psicosocial de los individuos en cuestión, sino que proceden a viviseccionarlos con una crudeza que asusta. En realidad, lo que asusta no es la saña en sí, sino la naturalidad con la que ésta es ejercida, como si no tuviera nada de objetable que un grupo de amigas cometa un homicidio mientras comparte una ronda de mate o prepara unas ensaladas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Disculpen la analogía, pero vivir una situación así es como si le permitieran a un pato (vivo) asistir a una cena de cazadores. En el fondo, todo hombre teme a la mirada enjuiciadora de la mujer, por lo menos en lo que respecta a ciertas cuestiones atinentes a la masculinidad ortodoxa, empezando por lo sexual, siguiendo por lo sexual y terminando por lo sexual (recién después, en un cómodo cuarto lugar, entran a tallar los otros aspectos que teóricamente deberían distinguirnos). Pues bien, muchachos, me veo en el penoso deber de informarles que la peor de las pesadillas masculinas no sólo es real, sino que es mucho más terrorífica de lo que imaginamos y está allí nomás, a la vuelta de la esquina. Y ojo que no hablo de una asamblea de feministas recalcitrantes, de esas a las que la sola mención de la palabra "hombre" les provoca alergia. No; hablo de mujeres que pueden ser nuestras novias, nuestras esposas o nuestras amantes. Una reunión de mujeres solas en las que se habla de hombres es un genocidio de egos viriles. Asistir a esas masacres me ha llevado a conjeturar a veces que si los hombres realmente llegaran a saber la opinión que las mujeres tienen de ellos (no en abstracto, sino bien en concreto), se produciría un notable repliegue mundial de la masculinidad tradicional. No sería descabellado, incluso, pensar en una súbita epidemia de homosexualidad ginecofóbica a escala planetaria.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Pese al azoramiento que me provocan estos involuntarios viajes por un territorio tan subyugante como el de la femineidad, creo que en cierta forma soy un privilegiado. A los ojos de los varones, el universo femenino se presenta como una zona nebulosa y compleja, plagada de delicados recovecos que lo transforman en un terreno resbaladizo, poco apto para hacer pie firme en él. Pues bien, esta inusual visa que las mujeres me otorgan para que lo visite me ha permitido ir bosquejando a lo largo de los años un mapa bastante detallado del mismo, útil para circular en él con cierta orientación. Adviértase que digo "con cierta orientación" porque aquí no hay garantías que valgan. Lejos estoy de parecerme al personaje de Mel Gibson en "Lo que ellas quieren". Aun con mapa y todo, nada lo libra a uno de pegarse unas buenas patinadas por la banquina y terminar estampado contra una columna.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Es posible que algunos lectores -en especial aquellos enrolados entre los hombres a los que estas cosas no les pasan- consideren que el extraño fenómeno que me involucra está sustentado en una explicación muy simple: que todas las amigas que tengo son... muy particulares, por decirlo de una forma políticamente correcta. Puede ser. Conozco bien a mis amigas; me une a ellas un vínculo sutil de complicidades y entendimiento. Las he visto reírse a carcajadas y llorar sin pudores, a veces en el transcurso de la misma charla y con un intervalo de pocos minutos entre una y otra reacción. Las he visto disfrutar de su rol de madres y sufrir con su rol de hijas, y viceversa. Las he escuchado divagar sobrias y ser implacablemente lúcidas bajo los efectos del alcohol. Las conozco bien, sí. Alocadas o serenas, cerebrales o previsiblemente imprevisibles, siempre nobles, siempre inteligentes, todas ellas poseen alguna característica que las vuelve, efectivamente... muy particulares. Pero a pesar de los sobresaltos que me causan sus confesiones individuales o grupales, yo celebro que me tengan en cuenta.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Qué se le va a hacer. Algo habré hecho para merecerlas.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-367895054404651990?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/367895054404651990/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=367895054404651990' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/367895054404651990'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/367895054404651990'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2009/09/cronica-n-54-amigas-septiembre-2009.html' title='Crónica n° 54: Amigas (septiembre 2009)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-6241373592550667542</id><published>2009-07-20T10:43:00.000-07:00</published><updated>2009-07-20T10:53:03.395-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 53: Croniquita con pajarito (julio 2009)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;De pie junto a la ventana de la cocina, Gabriela mira hacia afuera, concentrada en algún punto de la galería que no puedo descifrar. El sol invernal que la mañana vierte sesgadamente sobre la casa le ilumina los cabellos y esparce tibieza en la expresion atenta de su cara. Al advertir mi proximidad, me convoca en voz baja y me invita a compartir el espectáculo del que está disfrutando. "Ahí, en el asador", me orienta, y entonces descubro al pajarito. Pequeño, de plumaje gris; un pajarito común y corriente, sin más atractivos que esa simpatía genérica que suelen despertar todos los pájaros, aun los más comunes y corrientes.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Sobre el listón de algarrobo que corona el asador hay dos botellas vacías, una de oporto "Taylor's" y otra de aguardiente "Velho Barreiro", llegadas a la casa desde remotas latitudes. Botellas cuyo contenido fue oportunamente diezmado en sendas rondas de amigos y que hoy son testimonio de aquellas madrugadas felices. Es justo sobre ese travesaño de madera que se ha posado el pajarito y su elección no parece casual. Ha detectado su propia imagen reflejada en el cristal oscuro de la botella de oporto y la ha confundido con un pájaro real. Trata de establecer contacto con el supuesto camarada pero su intento se agota en un picoteo inútil, casi inaudible sobre el vidrio indiferente. El pajarito no se rinde; rodea las botellas con saltitos ligeros,y explora detrás de las mismas, obviamente sin éxito. Vuelve entonces a la posición original y reitera la secuencia. Porfiado, lo hace una vez más, y otra, y otra, y uno no sabe si reírse de su ingenuidad o admirar su constancia.Después del sexto fracaso, el pajarito parece cansarse y se va volando hacia territorios donde ya no logramos verlo&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;No ha acontecido en la galería ningún prodigio, ningún suceso extraordinario. Sin embargo, aquí estamos Gabriela y yo, sonrientes junto a la ventana, sintiendo que la vida ha quedado gozosamente suspendida, que los rumores malsanos del mundo se han diluido por completo, como si no importaran, como si no existieran.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Quizás. me digo entonces, la maravilla radique exactamente en ese punto: en conservar todavía, a pesar de todo, esta facultad de prestar atención a cosas así, tan mínimas, tan sin valor de mercado, tan profundamene redentoras.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-6241373592550667542?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/6241373592550667542/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=6241373592550667542' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/6241373592550667542'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/6241373592550667542'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2009/07/cronica-n-53-croniquita-con-pajarito.html' title='Crónica nº 53: Croniquita con pajarito (julio 2009)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-990804714190976078</id><published>2009-07-06T08:56:00.000-07:00</published><updated>2009-07-06T09:00:25.171-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 52: De generaciones (julio 2009)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt; El técnico veinteañero que iba a actualizar mi computadora me preguntó si la necesitaba de vuelta con urgencia. Contesté que sí y justifiqué mi apuro con una humorada: "no sé por qué, pero la Olivetti no me deja mandar mails". El muchacho se sonrió, pero yo advertí que no había entendido el chiste y al instante comprendí por qué: jamás en su vida había usado una máquina de escribir.&lt;br /&gt;      &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Un amigo de mi hijo hablaba con entusiasmo acerca de iPhones, iPods y otras maravillas tecnológicas por el estilo. Irónicamente, le pregunté si los reproductores de mp3 eran compatibles con un Winco. Mi interlocutor se rió con gran diplomacia, pero yo advertí que no había entendido el chiste y al instante comprendí por qué: jamás en su vida había visto un tocadiscos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Informé a mis alumnos de secundaria que debian redactar un texto utilizando solamente palabras que empezaran con la letra H. Protestaron, alegando que se trataba de una consigna de cumplimiento imposible. "Escriban tipo telegrama y van a ver que se puede", aconsejé, pero la suficiencia de mi comentario quedó anulada apenas uno de ellos formuló la pregunta que todos estaban rumiando: "Profe, ¿qué es un telegrama?". Comprendí al instante por qué: jamás en su vida habían enviado o recibido uno.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En una clase posterior, con la intención de relacionar la literatura con esas escasas porciones de la realidad que a los adolescentes les resultan reconocibles, pronuncié una maravillosa reflexión de neto corte rockero para introducirlos en el tema del día y anoté sobre el pizarrón el nombre de su autor: Kurt Cobain. Para mi gran asombro, sólo uno de ellos sabía quién era. El resto no tenía demasiada idea de la existencia de un grupo llamado Nirvana.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Seamos francos. Verse involucrado en cuatro episodios de esta naturaleza en el curso de dos meses, sólo puede conducir a la poderosa sospecha de que uno se ha vuelto viejo. ¿A qué otra conclusión se puede arribar después de advertir que hay gente 20 o 30 años más joven que ya no entiende algunos de los términos que uno emplea con naturalidad al hablar? ¿No es esa, acaso, la dinámica de las diferencias generacionales? Un buen día nos levantamos y resulta que estamos del otro lado del mostrador. Ayer nomás éramos hijos cuestionadores; hoy somos padres cuestionados. Ayer nomás éramos alumnos oprimidos y hoy somos docentes opresores. Ayer éramos la novedad, la vanguardia; hoy representamos el retraso. No tendría nada de extraño, entonces, descubrir que hemos empezado a padecer los desfasajes generacionales desde el otro lado.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt; Permítanme, sin embargo, atenuar la depresión que provocan estas melancólicas reflexiones aventurando una conjetura acaso carente de imparcialidad. El fenómeno no se agota en una explicación tan simplista como la del mero transcurso del tiempo, sino que hay que analizarlo en función del modo particular en que cada generación afronta la brecha que la separa de las anteriores. Porque convengamos que hay una diferencia notable entre aquella etapa en que el joven era yo y esta otra en que los roles juveniles son ajenos. Una diferencia que se me antoja esencial. A mí también, alguna vez, me resultaron extrañas ciertas expresiones pasadas de moda que usaban mis mayores. Confieso también haber perpetrado insolentes sonrisas burlonas ante ciertos hábitos y actitudes que allá por los '70 olían a cosa apolillada. No obstante, para los que hoy andamos transitando la cuarentena, lo "anterior" (aun cuando fuera objeto de nuestros cuestionamientos) guardaba una significación. Cultural o afectiva, pero significación al fin. Había una línea imaginaria que atravesaba los años y nos unía con nuestros mayores. Las cosas -los objetos, los hábitos, las palabras- duraban más, permanecían en el tiempo y esa continuidad nos brindaba (nos incomodara o no) una sensación de pertenencia. De allí veníamos, y saberlo nos ayudaba a reconocernos, a construir nuestra identidad. El pasado era pasado, sí, pero de algún modo mantenía su vigencia. El pasado tenía también una arista de presente. O mejor dicho; nuestro presente estaba formado también por retazos importantes del pasado de los otros. Yo veía televisión, claro, pero entendía lo que habían representado para mis mayores el "Glostora Tango Club" o "Los Pérez García". Yo veía jugar al Beto Alonso y al Loco Gatti, pero sabía quiénes habían sido Labruna y Boyé. Las películas de vaqueros, las épicas de romanos, las de Fred Astaire y Ginger Rogers formaron parte de mi infancia, a pesar de haberlas visto treinta años después de su estreno.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt; Permanencia y pertenencia. Esto, obviamente, hoy no sucede. Se ha sacralizado el presente hasta el punto de absolutizarlo, se ha hecho del ahora un tirano omnipotente, creado sólo para vendernos productos. El hiperconsumismo exige novedades constantes, aunque sólo sean ficticias. Lo viejo se tira; lo no tan nuevo también. Todo es efímero, evanescente. Y como el ritmo de nuestra vida se acelera cada vez más, y lo "actual" dura cada vez menos, es cada vez más fácil quedarse atrás, perder el tren, convertirse en nada. Las brechas generacionales han perdido permeabilidad, parecen custodiadas por muros acorazados. Salvo raras excepciones -pienso por ejemplo en fenómenos puntuales como "El Chavo" o los Rolling- los jóvenes del siglo XXI no tienen acceso directo a testimonios del ayer de sus mayores y entonces el pasado se diluye, se vuelve casi inexistente, pierde toda significación posible. Contagiados tal vez por esa cultura de lo descartable, las nuevas generaciones profesan hacia él una manifiesta indiferencia. No lo conocen, no se preocupan por conocerlo y tampoco les molesta su desconocimiento al respecto. El pasado es para ellos una melaza informe en la que la década del '70 resulta tan lejana y carente de sentido como el Precámbrico.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt; Por supuesto, estas consideraciones son vanas. Aun cuando mi hipótesis resultara correcta, en nada contribuirá su enunciación a corregir el problema. La dinámica de las generaciones, queda dicho, es así. Sería inútil, entonces, tratar de explicarles al técnico veinteañero, al amigo de mi hijo o a mis alumnos de secundaria que a ellos también les va a pasar lo mismo, que algún día hablarán confiadamente acerca de "la Play" o de "postear en el blog" y descubrirán en la mirada de sus jóvenes interlocutores un destello de extrañamiento,. de sarcasmo, de malicia por haber incurrido en un anacronismo imperdonable.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt; Porque les va a pasar. Seguro les va a pasar.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt; Lo digo -por supuesto- sin el menor resentimiento hacia esos mocosos de porquería.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-990804714190976078?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/990804714190976078/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=990804714190976078' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/990804714190976078'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/990804714190976078'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2009/07/cronica-n-52-de-generaciones-julio-2009.html' title='Crónica nº 52: De generaciones (julio 2009)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-2138892943831647263</id><published>2009-05-28T07:25:00.000-07:00</published><updated>2009-05-28T07:28:44.894-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 51: El descubrimiento de las palabras (mayo 2009)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Cuando tenía 3 años, me regalaron un alfabeto de plástico, de esos que traen letras mayúsculas de distintos colores. No sé si fue justamente a causa de esa diversidad cromática, o si sólo fue el reflejo de una predisposición innata; lo cierto es que el abecedario en cuestión resultó ser, para mí, un juguete muy atractivo. Según me han contado, yo me echaba de panza al suelo y me entretenía largo rato manipulando las letras, examinando sus formas y disponiendo de ellas a mi antojo como si fueran autitos, soldados o animales imaginarios.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;      En algún punto imprecisable de mis juegos solitarios -y sin ser consciente de ello, por supuesto- debo haber descubierto que el uso y combinación de las letras podía no quedar necesariamente limitado a mi capricho y responder, en cambio, a un orden externo cuyo ignorado andamiaje me excedía por completo. Así fue como, mediante el simple recurso de observar y copiar, empecé a armar en el piso mis primeras palabras. La leyenda familiar indica que me especializaba en reproducir vocablos extraídos de etiquetas de productos que había en mi casa. "Vino" y "Odex" fueron algunos de aquellos precoces logros. Huelga decirlo, yo concretaba esta escritura de plástico sin saber leer. Es decir, sin entender el significado de aquello que había construido. Claro que, envuelto como estaba en mi absoluta inocencia, tal falta de comprensión acerca de mi propia obra no constituia, para mí, motivo alguno de preocupación.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Debieron pasar todavía varios meses para que tal conflicto se hiciera palpable. Todo sucedió una tarde de frío en que mi mamá volvió del centro y me regaló unos libritos de cuentos comprados en Casa Tía, de esos que vienen con escaso texto y grandes ilustraciones. No sé cuáles eran y tampoco sé si eran los primeros que me compraba. Lo que sí recuerdo, y con asombrosa nitidez, es la frustración -hasta entonces inédita- que sentí al tomarlos en mis manos y abrirlos. Han pasado cuarenta años pero aún puedo revivir claramente la impotencia descomunal que experimenté en aquel momento, cuando advertí que, debajo de esos dibujos tan coloridos, habia unas manchitas negras, ordenadas en fila como hormigas congeladas, unos signos que no lograba descifrar y cuyo desconocimiento me dejaba afuera de algo que presentía importante, malherido por una decepcionante sensación de estar arañando un cristal sin poder traspasarlo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     No sé si, de algún modo, me las ingenié para exponer explícitamente mis inquietudes al respecto, o si habrá bastado con prestarme atención para que cualquier observador pudiera advertirlas. El asunto es que mi mamá decidió estimular mi curiosidad, compró el mítico libro "Upa" y, tomándolo como guía, me enseñó a leer.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;      No recuerdo gran cosa acerca del contenido de ese libro, ni tampoco de los sucesivos pasos que conformaron mi proceso de aprendizaje, pero es indudable que, después de atravesar victorioso sus páginas, yo fui otra persona. Mejor dicho, me sentí una persona por primera vez. El dominio del lenguaje escrito operó en mi vida un efecto revolucionario: mamá amasaba la masa, yo amaba a ese oso, y mis 4 años se apoderaban de la llave maestra que abría la puerta para ir a jugar. Habia conseguido la clave mágica, el "Ábrete Sésamo" que me franqueaba el paso hacia el conocimiento deseado.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;      Habrá quienes se asoman al mundo impactados por los números, las imágenes o los sonidos. A mí, el universo se me revelaba poblado de palabras y me lancé con entusiasmo a apropiarme de ellas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;      Previsiblemente, para cuando cumplí 5 años y promediaba mi paso por el Jardín de Infantes, yo no sólo leía con fluidez los libritos de cuentos -que me regalaban cada vez con más frecuencia- sino que abordaba con bastante soltura cuanto texto cayera en mis manos. No había antinomia alguna entre el juego y la lectura; leer era otro modo más de jugar. Como consecuencia lógica, mi vocabulario se fue ensanchando en forma vertiginosa, con la misma naturalidad con que una esponja absorbe el líquido en que la sumergen. Había palabras que me gustaban y otras que no, palabras que hacían reír y otras que daban miedo. Había, también, algunas que resultaban completamente ajenas a mi realidad circundante y, tal vez por eso mismo, llamaban mi atención. En sucesivos libros, un niño hacía trabajos en "rafia", un "milano" amenazaba a unas gallinas, y un señor iba a la playa muy contento con un "quitasol". Una revista mostraba la encantadora foto de una familia de "koalas" y otra, el porte adusto de un "dromedario". Un álbum de figuritas educativas presentaba a Helen Keller como "filántropa". De una historieta de Anteojito que se desarrollaba en la Edad Media aprendí lo que era un "escudero" y por otra que transcurría en la Prehistoria me asusté con un "pterodáctilo". Y en las revistas deportivas... bueno, de ellas es tanto lo que saqué, que bien podría dedicarles una crónica aparte.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;      Las palabras me han ayudado a entender mejor los mundos reales y a disfrutar los imaginarios. El correr de los años me ha develado su intrínseca ambivalencia y también su frecuente ineficacia para lograr que nos entendamos unos con otros, pero la atracción que ejercen sobre mí sigue intacta. Aún me divierte jugar con ellas. Ya no me tiro en el suelo, es cierto, pero todavía acomodo letras tratando de reflejar lo que percibo. Y cuando el azar trae hasta mí una frase que me conmueve o me resulta admirable, siento que vuelvo a ingresar a la cueva del tesoro, y que el tesoro sigue ahí, al alcance de mis ojos.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-2138892943831647263?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/2138892943831647263/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=2138892943831647263' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/2138892943831647263'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/2138892943831647263'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2009/05/cronica-n-51-el-descubrimiento-de-las.html' title='Crónica nº 51: El descubrimiento de las palabras (mayo 2009)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-5597536266183769585</id><published>2009-05-08T06:52:00.000-07:00</published><updated>2009-05-08T06:58:36.396-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 50: Bernie Rubens se hace hombre (mayo 2009)</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Manny Rubens es un tipo inseguro, de esos que revisan maniáticamente tres veces si cerraron bien la puerta del auto o si la luz quedó apagada. Es también un hombre gris, sin vuelo, opacado desde su infancia por el carisma de su hermano Jimmy, frente al cual no puede dejar de sentirse inferior. Si fuera uruguayo, podría concebírselo escapado de algún cuento de Benedetti, pero es inglés, judío y vive en esa Londres cuyo ritmo cotidiano comienza a verse alterado por el inminente inicio del Mundial de fútbol de 1966.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Manny está casado con Esther y tiene dos hijos: Alvie y Bernie. Alvie es abiertamente el preferido y las expectativas de la familia Rubens están depositadas en él. Bernie, en cambio, no las tiene todas consigo: es miope, usa anteojos, padece asma y siente, con fundamentos, que en su casa nadie le presta atención. A los 12 años, su existencia parece condenada a pasar inadvertida ante los ojos de los otros, deslucida -casi como en un calco de la historia paterna- por la de su hermano mayor.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Hay para Bernie, sin embargo, un motivo de esperanza: se aproxima el momento de su Bar Mitzvah, la ceremonia religiosa en que -tal como le enseña el rabino ciego que lo adoctrina- "un judío se hace hombre". Más concentrado en los festejos que en el costado espiritual del asunto, Bernie piensa que su Bar Mitzvah es la ocasión ideal para reivindicarse y empezar a tener luz propia. Carente de criterio realista, escribe invitaciones destinadas a judíos famosos y fantasea con una fiesta para 250 personas en el mejor salón del barrio.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Dos obstáculos amenazan con arruinar sus planes. Uno de los enemigos es invisihle a sus ojos de niño: la decadente situación económica de su familia. Porque un buen día se instala en el vecindario un gran supermercado y las ventas del negocio de su padre empiezan a derrumbarse estrepitosamente. El otro peligro es el Mundial. Porque la fecha programada para la final del torneo es la misma que la prevista para su Bar Mitzvah, y semejante coincidencia conduce a una conclusión obvia: si Inglaterra logra acceder a esa instancia, nadie querrá ir a la ceremonia para no perderse el gran partido. La crueldad del azar lo deja parado a contramano del patriotismo deportivo generalizado: Bernie será el único inglés que haga fuerza por los equipos que enfrenten a su selección. El problema es que, con el correr de los días, Inglaterra avanza en la Copa con la misma firmeza con que se desploman las finanzas familiares. Puede ocurrir, entonces, que el que iba a ser el mejor día de su vida se transforme en su peor pesadilla.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Con estos elementos tan simples, el cineasta inglés Paul Weiland ha construído una película admirable, una de las más conmovedoras que he visto en los últimos años. Se llama "En el '66" ("Sixty-six", en el original) y podría catalogársela como comedia dramática. Sin grandilocuencias, ajustándose en todo momento a un tono medido que no excluye el humor ni la emoción, apelando a un registro melancólico que oscila entre lo intimista y lo costumbrista, la película es el retrato agridulce de un viaje iniciático, una travesía interior en la que Bernie aprenderá que hacerse hombre trae aparejadas muchas más cosas que una fiesta. Así como el Ernie de "Verano del '42" se asomaba al dolor de la guerra y la muerte a través de su debut sexual, en este complicado verano del '66 Bernie descubrirá las aristas oscuras de la adultez: la decepción, el engaño, el resentimiento, la debilidad, el fracaso.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Historia de segundones -Bernie y Manny lo son o, al menos, así se sienten ellos- la película dibuja con notable agudeza y profunda ternura las dos caras de una misma incomunicación: los esfuerzos estériles de un niño que clama por atención y las tribulaciones de un padre que no sabe llegar a él. Desencuentro que, paradójicamente y merced a un inesperado giro argumental, comenzará tal vez a ser zanjado gracias a ese mismo fútbol que tanto angustia al contrariado Bernie.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Película deliciosa y emotiva, si fuera crítico de cine la calificaría con un "10" o un "excelente". Como no lo soy, me limito a recomendar su visión. Ningún espíritu sensible, me parece, podrá abstraerse a su encanto.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-5597536266183769585?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/5597536266183769585/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=5597536266183769585' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5597536266183769585'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5597536266183769585'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2009/05/cronica-n-50-bernie-rubens-se-hace.html' title='Crónica nº 50: Bernie Rubens se hace hombre (mayo 2009)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-3769162985807147282</id><published>2009-04-20T08:49:00.000-07:00</published><updated>2009-04-20T08:55:05.289-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 49: Pizza, birra y poesía (abril 2009)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Es viernes, son las diez y media de la noche y ya no quedan mesas disponibles pero la gente sigue entrando. Hay alrededor de cien personas en el lugar, repartidas entre el salón de la planta baja y el entrepiso con forma de herradura situado de frente al escenario. El acontecimiento que las convoca es la realización de un nuevo "Bar Literario", el primero del año.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Muchos de los presentes ya conocen en qué consiste la propuesta; algunos de ellos, incluso, son seguidores del ciclo desde sus inicios y hasta pueden ostentar un impecable historial de asistencia perfecta. Otros, en cambio, concurren por primera vez, atraídos seguramente por la eficaz publicidad del comentario boca a boca. Unos y otros, fieles y novatos, han venido a buscar lo mismo: un ambiente distendido e informal en el cual disfrutar de la literatura y de la charla con amigos, subrayados ambos placeres por el sabor de unas cervezas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Hablar de cien personas movilizadas por una actividad literaria un viernes a la noche ya sería, de por sí, suficiente motivo para asombrarse y alegrarse. Sin embargo, lo verdaderamente destacable en este caso es que, salvo escasísimas excepciones para las que sobran los dedos de una mano, todos los presentes tienen entre 18 y 25 años. Se trata de una movida eminentemente juvenil, no sólo por la edad de los asistentes sino por la de quienes la organizan: una de las responsables del prodigio tiene 23 años; la otra, sólo 20.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Cada uno de los Bares Literarios se estructura en base a un eje temático determinado de antemano -que bien puede ser la poesía en lenguas extranjeras, el erotismo, los blogs literarios, o la literatura hecha por y sobre mujeres a lo largo de la historia- y sobre ese tema preseleccionado versan los textos (propios o ajenos) que los escritores invitados comparten con el público en las sucesivas rondas de lectura. Pero los Bares Literarios son bastante más que una desacartonada excursión por el mundo de las letras. Hay también proyección de cortos cinematográficos, muestras de plástica o fotografía, y nunca falta la música en vivo, instancia ésta en la que si bien el rock no es el género excluyente, lleva sin duda la delantera a la hora del protagonismo. Se concreta así una saludable multiplicidad de disciplinas en la que -valga la recurrencia- casi siempre los artistas involucrados son también veinteañeros.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Lo interesante no sólo sucede sobre el escenario. Si uno se pasea entre las mesas con el oído atento, descubrirá animadas conversaciones que giran en torno a temas como la narrativa de García Márquez, el teatro de Lorca o la poética de Huidobro. También llaman la atención ciertas reacciones que se registran en la penumbra del salón mientras transcurren las rondas de lectura. Puede ocurrir, por ejemplo, que un murmullo de aprobación y hasta un amago de aplauso surjan, espontáneos, cuando se anuncia la lectura de un texto de Alejandra Pizarnik. O puede ocurrir también que una señorita no pueda contener un suspiro y exclame "¡Ay, Oliverio!", al escuchar el comienzo de un poema de Girondo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;¿Relato fantástico? ¿Descripción de una utopía? ¿Postal imaginaria de un país deseable? Nada de eso. Todo lo hasta aquí narrado es estrictamente verídico, y viene sucediendo en la ciudad de Santa Fe desde abril del 2008. Este espacio creado por y para jóvenes que celebran la poesía es una realidad concreta y, frente a tantas desazones cotidianas, viene muy bien saber de su existencia.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Ya es sábado, son casi las dos de la mañana y las mesas van quedando despobladas. El público se retira satisfecho. Unos y otros, fieles y novatos, preguntan cuándo es el próximo Bar. Y prometen volver.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-3769162985807147282?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/3769162985807147282/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=3769162985807147282' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/3769162985807147282'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/3769162985807147282'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2009/04/cronica-n-49-pizza-birra-y-poesia-abril.html' title='Crónica nº 49: Pizza, birra y poesía (abril 2009)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-168753284774647969</id><published>2009-04-04T06:19:00.001-07:00</published><updated>2009-04-04T06:22:37.802-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 48: Crónica ignorante (marzo 2009)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;"Majestad", dicen que dijo aquel bibliotecario a Luis XIV, "me pagan por lo que sé; si tuvieran que pagarme por todo lo que no sé, no alcanzarían las arcas de vuestro reino para hacerlo". Se desconoce si al Rey Sol le agradó o no esta ingeniosa respuesta a sus frustrados requerimientos, pero es innegable que su autor estaba en lo cierto: hay una descomunal desproproción entre lo escasísimo que sabemos y la casi infinita vastedad de lo que ignoramos.&lt;br /&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;   Suele asociarse a la ignorancia con la falta de esa riqueza indefinible llamada "cultura general". De acuerdo a este enciclopédico criterio, una persona que sabe cuál es la capital de Sri Lanka, o que puede recitar en correcto orden cronológico el listado completo de presidentes argentinos se encontraría situada unos escalones por encima de quien no posee tales conocimientos. Y, en cierta forma, es así; pero sólo en cierta forma. Siempre es preferible, claro, contar con información precisa en abundancia antes que carecer de ella y andar por la vida atribuyendo la autoría de "Para Elisa" a Richard Clayderman, o confundiendo la Torre Eiffel con la de Pisa. Pero las herramientas son una cosa, y el resultado perseguido al usarlas, otra. Así como el pincel no es el cuadro y el horno no es el pan, la mera acumulación de datos no necesariamente equivale a sabiduría. Mal que les pese a unos cuantos, la ignorancia ilustrada existe. Y, por lo general, termina siendo más nociva que la que no lo es.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Los profesores de Filosofía enseñan que hay un saber científico y hay un saber vulgar. Por analogía, entonces, deberíamos concluir que hay también una ignorancia científica, nacida del desconocimiento de cuestiones técnicas que sólo se pueden aprender estudiándolas metódicamente, y una ignorancia vulgar, nacida de la falta de experiencia sobre un tema o asunto concreto. Somos individuos limitados por naturaleza y, por lo tanto, incurrimos a diario en ambas formas de la ignorancia. A lo sumo, podemos dar cátedra sobre tres o cuatro temas que nos conciernen de modo muy directo, pero en lo que respecta al resto de las humanas materias, seguramente no podríamos aprobar ni siquiera el más elemental de los exámenes.&lt;br /&gt;   &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;   En realidad, la amplitud sideral de nuestra ignorancia no constituye en sí misma un problema. Porque si asumiéramos frente a ella la modesta actitud del bibliotecario de la anécdota, viviríamos en un mundo apacible o, en todo caso, menos contaminado de excusas aptas para dar origen a disputas y conflictos. El problema es que a nadie le gusta reconocerse ignorante, y entonces se nos da por opinar. Opinamos, opinamos, opinamos. Vivimos opinando. Opinamos sobre prácticamente todo. En la cola del banco, en el trabajo, arriba de un taxi, en el trasnoche de un asado o llamando a las radios, nos dedicamos a descerrajar apologías y rechazos con alarmante liviandad, perpetramos fórmulas magistrales para dar solución a los problemas del vecino, del barrio, de la ciudad, del país y del planeta. Y de buena fe -eso es justamente lo peor: la buena fe- creemos estar respaldados por sólidos argumentos para hacerlo, cuando la triste evidencia marca que, si fuésemos estrictamente sinceros, deberíamos reconocer que el noventa por ciento de las cosas que decimos a diario, las decimos sin tener cabal idea de aquello sobre lo cual estamos hablando.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;      Opinamos, opinamos, opinamos. Opinamos destilando intolerancia hacia las minorías cuando estamos incluídos en la mayoría. Opinamos con furibundo desdén hacia la mayoría cuando la minoría somos nosotros. Opinamos sobre vidas ajenas sin detenermos jamás a legitimar la perspectiva del otro. Opinamos sobre cuestiones sociales, políticas y económicas sin ponernos a considerar la flagrante inviabilidad que caracteriza a nuestras propuestas. Opinamos creyendo que sabemos y resulta que en realidad no sabemos. Y cuando no se opina desde el conocimiento, se opina desde el prejuicio, desde el resentiniento, desde la repeticion irreflexiva de lo que dijo algún famoso en la tele, desde la insostenible creencia egocéntrica de que lo que nos pasó a nosotros es ley universal que se aplica a todos los demás sólo porque nos pasó a nosotros. Opinar así no sirve. Opinar así no ilumina, no construye, no mejora. Sólo constituye, "un aporte más a la confusión general", como rezaba aquel viejo eslogan de "La Noticia Rebelde".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;       "Lo que probablemente falsea todo en la vida", dijo Sacha Guitry, "es que uno piensa que dice la verdad sólo porque dice lo que piensa". Sería conveniente tener siempre en cuenta esta formidable apreciación. Y aprender a callarnos un poco. Y dedicarnos sólo a esas tres o cuatro cuestiones que realmente conocemos a fondo. Y dejar, de una buena vez, que sobre el resto de los temas sólo hablen los que saben.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Sería conveniente, sí.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Se los digo yo, que me las sé todas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-168753284774647969?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/168753284774647969/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=168753284774647969' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/168753284774647969'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/168753284774647969'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2009/04/cronica-n-48-cronica-ignorante-marzo.html' title='Crónica nº 48: Crónica ignorante (marzo 2009)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-4785280826595352323</id><published>2009-02-12T08:05:00.000-08:00</published><updated>2009-02-12T08:10:24.336-08:00</updated><title type='text'>Crónica nº 47: Buenas salenas cronopio cronopio (febrero 2009)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Estaba anocheciendo, aquel sábado de febrero. Yo acababa de volver de la cancha, contento porque Colón había ganado, cuando la radio interrumpió de pronto su transmisión deportiva para dar paso a un flash de la División Noticias. Ahí me enteré. "Falleció hoy en París, a la edad de 69 años, el escritor argentino Julio Cortázar", dijo la voz. Eso fue todo. Después, la radio siguió adelante con su previsible rutina de reportajes de vestuario y repetición de goles: Yo, ansioso por sacarme de encima el calor acumulado en la tribuna, me metí en la ducha y no pensé demasiado en el asunto. Eso fue todo, sí. Aquella tarde no supe que Cortázar me había hecho un favor enorme muriéndose antes de que llegara a conocerlo. No supe que su involuntario gesto, tan oportuno, me había evitado la tristeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esos dias, yo andaba poseído por la infinita sed lectora que sólo se puede sentir a los 18 años, pero aún no tenía plena conciencia de lo que significaba la figura de Cortázar, ni de su dimensión gigantesca en el marco de la literatura latinoamericana. A decir verdad, antes de aquella tarde de febrero, sólo registraba en mi memoria dos episodios concretos vinculados a su nombre. Uno era la lectura escolar -en séptimo grado y "Compendio del Alumno" mediante- de un fragmento de "Los venenos", cuyo efecto más perdurable había consistido en revelarme la existencia de la palabra "tilbury". El otro, ya en tiempos de la secundaria, era el comentario tendencioso de un profesor de Formación Cívica que lo había involucrado en esa supuesta "campaña antiargentina en el exterior" que los militares del Proceso enarbolaban por entonces con patriótica paranoia. Fuera de eso, nada. Sabía, sí, que estaba radicado en Francia y que su libro más famoso se llamaba "Rayuela", pero no mucho más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue justamente la catarata de homenajes periodísticos póstumos desatada por su muerte lo que me permitió el primer acercamiento a su vida y a su obra. Poco tiempo después, con la lectura de sus libros, llegaron la admiración, el asombro, la sana envidia, el cariño. Llegó el disfrute inigualable de sus cuentos magistrales. Llegaron el nudo en la garganta al terminar "La autopista del sur", y los ojos humedecidos al final de "Una flor amarilla". Y mi enamoramiento hacia un París ya inexistente que me hacía fantasear con la posibilidad de vivir en una buhardilla cercana al Sena, dedicado solamente a escribir. Y el increíble descubrimiento de que, sólo quince años atrás, una generación entera de jovencitas argentinas había soñado con ser la Maga. Y llegó también la necesidad casi compulsiva de devorar entrevistas para conocer qué pensaba, qué sentía, cómo trabajaba ese grandulón con cara de nene que amaba el jazz y el boxeo. Y las épicas búsquedas de naturaleza casi arqueológica en librerías de Buenos Aires, en pos de tesoros improbables como "Deshoras" u "Octaedro" (por aquel entonces, inhallables). Y la gloriosa felicidad de ese mediodía en que, mientras el cielo se derrumbaba sobre Santa Fe en forma de diluvio bíblico, caminé por la peatonal con un ejemplar de "Los premios" recién comprado bajo el brazo, saboreando por anticipado su inminente lectura en la siesta lluviosa. Y llegó aquel casete que traía su voz grave, y ese estremecimiento que provocaba escucharlo pronunciar "Rocamadour, bebé Rocamadour" con la erre afrancesada. Y la foto inmortal de Sara Facio, el retrato inoxidable del mayor de los cronopios. Y la alegría, claro, la inmensa alegría de haberme cruzado en el camino con ese niño grande fascinado por las palabras que, riéndose de la solemnidad ajena, se dedicó a abrir puertas para ir a jugar, y las encontró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tiene sentido, me parece, veinticinco años después, incurrir en la melancolía y experimentar con retroactividad el duelo que no viví. Tampoco me interesan demasiado ya los sesudos análisis académicos acerca de sus aportes técnicos y teóricos a la narrativa contemporánea. Prefiero apoyarme en mi perspectiva de lector y recordarlo con la gratitud que sólo puede despertar quien nos ha obsequiado el placer de páginas inolvidables. El mejor homenaje que se le puede rendir, creo, es seguir leyéndolo. Y, por supuesto, continuar siendo unos cronopios irredimibles, eternamente extranjeros en este mundo armado tan pero tan a la medida de los famas.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-4785280826595352323?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/4785280826595352323/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=4785280826595352323' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/4785280826595352323'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/4785280826595352323'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2009/02/cronica-n-47-buenas-salenas-cronopio.html' title='Crónica nº 47: Buenas salenas cronopio cronopio (febrero 2009)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-4499147871800643594</id><published>2009-01-14T16:29:00.000-08:00</published><updated>2009-01-14T16:34:44.413-08:00</updated><title type='text'>Crónica nº 46:  En busca de África (enero 2009)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Mika tiene 6 años; su novia Anna-Lenna, 7. Ambos viven en Langenhagen, una pequeña localidad alemana situada al norte de Hannover. El pasado 1º de enero decidieron fugarse de sus casas con un objetivo muy preciso: viajar a África, casarse y pasar sus días en un clima más benévolo que el frío invierno europeo. Convencieron a la hermanita de Anna-Lenna (que tiene 5 años) para que huyera con ellos y fuese testigo de la boda. Previsores, armaron una pequeña valija en la que cargaron anteojos de sol, trajes de baño y algo de comida ligera. Caminaron un kilómetro hasta la parada más cercana, se subieron a un tranvía y recorrieron unos tres kilómetros más, hasta llegar a la Estación Central de Ferrocarriles de Hannover. Una vez allí, quisieron abordar un transporte que los llevaría al aeropuerto, pero los movimientos del trío llamaron la atención de dos policías. La aventura terminó cuando éstos, hechas las averiguaciones del caso, tomaron a su cargo la penosa misión de informar a los jóvenes viajeros que, sin dinero ni pasajes, es imposible llegar a África.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La anécdota, deliciosa como pocas, dio la vuelta al mundo la semana pasada. Prácticamente, no hubo periódico o noticiero que no le dedicara un espacio. El hechizo irresisitible de su candor apabullante generó sonrisas en las más diversas latitudes y permitió compensar, en parte, tantas deprimentes novedades sobre guerras, masacres y accidentes fatales.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Puestos a bosquejar interpretaciones sobre el asunto, una mirada exitista podría llevarnos a pensar que, al fin y al cabo, el simpático episodio no es más que la crónica de un rotundo fracaso, ya que la fuga quedó trunca y los niños no consiguieron cumplir su cometido. Del mismo modo, una mirada cínica podría llevarnos a especular que el precoz romanticismo de Mika y Anna-Lenna, así como también su espíritu aventurero se irán desvaneciendo a medida que vayan aproximándose a la adultez y la vida los obligue a poner los pies sobre la tierra. Ninguna de estas dos visiones, habrá que reconocerlo, carece de sustento o razonabilidad. Hay, sin embargo, otra lectura posible de los hechos, una mirada que, si bien no excluye la idea de fracaso, al menos redime a la frustrada huída de esa impresión de derrota que parece desteñir sus cálidos colores. Porque, si es cierto que los niños no pudieron alcanzar el destino deseado, no menos cierto es que fue precisamente su intento por alcanzarlo lo que les permitió llegar hasta donde llegaron. Lo cual, teniendo en cuenta su corta edad y la escasez de medios con que contaban, no es poca hazaña.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Vistas así las cosas, su travesura nos involucra a todos, pues se transforma en una tierna, tiernísima metáfora acerca de la condición humana y sus anhelos. Anhelos que muchas veces -o acaso siempre- resultan lo suficientemente ingenuos o desproporcionados como para despertar la compasión de los dioses. Poco importa si el sueño consiste en filmar una película, instalar un bar en la playa o salvar al mundo. La experiencia indica que casi ninguno de nosotros podrá llegar jamás a sus íntimas y personales Áfricas. Salvo afortunadas excepciones, inevitablemente alguien se encargará de detenernos en la estación de trenes e interrumpirá nuestra alegría recordándonos -casi nunca con amabilidad- que no tenemos el pasaje requerido.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Y sin embargo, lejana y cautivante, África sigue existiendo, oculta detrás de nuestro agrisado horizonte cotidiano. Y lo sabemos. Y, contra todo pronóstico y lógica, nos seguimos moviendo con la intención de acercarnos un poco. Obstinadamente, continuamos modelando nuestra travesía. Tal vez en forma oblicua o contradictoria, e incluso sin darnos cuenta, pero es lo que hacemos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Puede que, buscando llegar a África, sólo consigamos llegar a Hannover. Pero ¿quién habrá de quitarnos lo viajado?&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-4499147871800643594?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/4499147871800643594/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=4499147871800643594' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/4499147871800643594'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/4499147871800643594'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2009/01/crnica-n-46-enero-2009.html' title='Crónica nº 46:  En busca de África (enero 2009)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-1978189496425221476</id><published>2009-01-06T16:44:00.000-08:00</published><updated>2009-01-06T16:48:48.508-08:00</updated><title type='text'>Crónica nº 45: Primera persona del singular (noviembre 2008)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;"Yo", digo, mientras por reflejo me señalo el pecho con los dedos.&lt;br /&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;      "Yo", te digo, y pretendo que esa escueta afirmación monosilábica alcance para que entiendas de qué estoy hablando.&lt;br /&gt;     &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;"Yo", pronuncio, y al hacerlo no revelo casi nada de lo que intento nombrar.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Porque "yo" soy mi abuela que se dejaba ganar a las damas y mi abuelo que me sacaba a pasear en su jeep.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;      "Yo" soy aquel horizonte hacia el cual corrí ingenuamente para llegar adonde estaba el sol.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy "Los tres chiflados" a las diez de la mañana y "La Pantera Rosa" a las ocho y media de la noche.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy las partituras amarillentas que mis dedos flacos tocaron en el piano.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy las historietas que leí de panza al suelo comiendo galletitas con dulce de leche.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy ese universo paralelo que inventé para refugiarme.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy esa pelota pateada hasta el cansancio con una felicidad tan pura como jamás volví a sentir.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy la timidez irreductible de mi adolescencia.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy los sucesivos pares de anteojos que han decorado mi cara.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy la fascinación incomparable que me obsequiaron ciertos libros.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy los cien mil minutos de fútbol que llevo mirados.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy las ideas de otros que alumbraron mis búsquedas a tientas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy todos los lugares por donde paseé mis ojos asombrados.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy mi ternura inagotable y mi agotadora ambivalencia.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy mis ideales más nobles y mis más indecentes fantasías.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy los textos por los que me han aplaudido y las palabras que nunca me atreví a pronunciar.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy la gente que me quiere y esta tendencia vocacional a la soledad.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy las mujeres que he abrazado y las que jamás me animé a besar.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy mi golosa inclinación al chocolate y la melancolía.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy esa perpetua sensación de extrañeza que me genera habitar este planeta.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy mi singular forma de interpretar el mundo y mi irónica manera de contárselo a los otros.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo" soy el caos que percibo en el universo y esta ilusión de darle un orden poniéndolo en palabras.&lt;br /&gt;    &lt;br /&gt;     "Yo", decís, mientras por reflejo te señalás el pecho con los dedos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     "Yo", me decís, y pretendés que esa escueta afirmación monosilábica alcance para que entienda de qué estás hablando.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-1978189496425221476?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/1978189496425221476/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=1978189496425221476' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1978189496425221476'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1978189496425221476'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2009/01/crnica-n-45-primera-persona-del.html' title='Crónica nº 45: Primera persona del singular (noviembre 2008)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-3410428768993871162</id><published>2008-10-16T11:51:00.000-07:00</published><updated>2008-10-16T11:54:46.986-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 44: Canción urgente para Wall Street (octubre 2008)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    Si no fuera por todos los crímenes que, en nombre de la economía de mercado, se han perpetrado en los últimos treinta y tantos años. Si no fuera por los golpes de Estado que, con la anuencia estadounidense, se urdieron para permitir la implantación del neoliberalismo en toda América Latina. Si no fuera por los dictadores que lo defendieron a sangre y fuego creyendo, como siempre, que estaban defendiendo otra cosa. Si no fuera por todos aquellos que perdieron su libertad o su vida por oponerse a sus postulados. Si no fuera por los millones de personas que la religión de la libre empresa dejó en la calle sin que a sus cultores los acose el menor remordimiento. Si no fuera por la multitud de pobres que estas políticas regaron sobre el continente con implacable eficacia. Si no fuera por todo eso, el sólo hecho de leer hoy, en las primeras planas de los diarios, que Estados Unidos ha concretado la nacionalización de nueve bancos sería motivo suficiente para inaugurar una carcajada gigantesca, desbordante de sarcasmo. Si no fuera por todo eso, la posibilidad de ver cómo a los gurúes de la economía de mercado les estalla la bomba en el living de sus casas sería una excelente excusa para alzar la copa y brindar.&lt;br /&gt;    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    Pero no, no se puede reír ni festejar. Lo impide no sólo aquello que ya pasó, sino también lo que va a ocurrir. Porque, se sabe, a las crisis las terminan pagando los que menos hicieron por provocarlas. Y esta no tiene por qué ser la excepción. A este derrumbe financiero mundial lo van a pagar los ciudadanos comunes que perderán su empleo, su vivienda, sus ahorros, su futuro, su salud.&lt;br /&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    Raymond Aron escribió algo así como que es muy difícil que una verdad sea aceptada hasta que no estalla delante de los ojos de los incrédulos y no queda más remedio que afrontarla. ¿Qué dirán ahora los que, con inédita soberbia, propugnaron que había llegado "el fin de la Historia"? ¿Qué dirán los fundamentalistas del achicamiento del Estado, ahora que tienen que salir corriendo para que éste los ampare? ¿Qué dirán los expertos que venían a exigir la aplicación de recetas infalibles (y los gobernantes de turno que gustosamente aceptaron aplicarlas) ahora que esas recetas fracasaron en el Primer Mundo? ¿Qué pensarán los que acostumbraban invadir países que olían a izquierda, ahora que ellos mismos se ven forzados a adoptar una medida propia de un gobierno socialista?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;      A decir verdad, no sabemos si estamos asistiendo al final de un imperio o no. No sabemos si el capitalismo en su versión más salvaje ha quedado herido de gravedad o no. Y aunque pudiéramos darle respuesta afirmativa a ambas preguntas, tampoco sabemos si lo que venga en su reemplazo será mejor o no. En cualquiera de los casos, se trata de cuestiones en las que, seguramente, no tendremos incidencia alguna (aunque esas cuestiones sí la tengan -y mucha- sobre nosotros). Sin embargo, ahora que el tsunami financiero ha dejado sin discurso a tantos economistas y políticos, convendría recordar que los esquemas neoliberales que rigen nuestra economía tienen también su correlato cultural en la vida privada, que sus consignas, fielmente reproducidas en cada pliegue de las sociedades occidentales, se hallan enquistadas de tal forma en nuestra vida cotidiana, que la atraviesan en cada una de sus capas como si ello respondiera a un orden natural. Convendría recordar que tampoco estos supuestos dogmas son tales, y tratar de desactivar su vigencia omnipresente. Dejar de encarar nuestras relaciones interpersonales como si fueran transacciones. Dejar de creer que todo pero absolutamente todo es una mercancía y que cualquier medio es válido a la hora de venderlo. Dejar de concebir a los individuos como números descartables e intercambiables. Dejar de pensar que el otro es un escollo para nuestras ambiciones y reasignarle su dimensión humana. Recuperar, en suma, nuestro derecho a no ser apenas un engranaje anónimo dentro de un sistema que nos destruye.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;       De esta tarea, eso sí, tendrá que encargarse cada uno de nosotros. No caigamos en la ingenua comodidad de esperar un plan de salvataje que venga a devolvernos nuestra condición de personas. El humanismo, cualquiera lo sabe, no cotiza en Wall Street.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-3410428768993871162?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/3410428768993871162/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=3410428768993871162' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/3410428768993871162'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/3410428768993871162'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/10/crnica-n-44-cancin-urgente-para-wall.html' title='Crónica nº 44: Canción urgente para Wall Street (octubre 2008)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-6406617930058948181</id><published>2008-10-16T11:47:00.000-07:00</published><updated>2008-10-16T11:50:38.267-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 43: Relato con ómnibus y perro (septiembre 2008)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    Los primeros ladridos se escucharon apenas el colectivo arrancó para dejar atrás la parada de Pedro Víttori y Cándido Pujato. Nadie pareció prestarles mayor atención, claro, tan abstraídos estábamos todos en nuestros respectivos universos personales. En ese primer instante fueron sólo un elemento más del paisaje sonoro de la ciudad, un ruido apenas perceptible que surcaba el anochecer, asomado por detrás del murmullo de los pasajeros y la ronquera del motor, mezclándose con el andar de los autos que, en lenta procesión, volvían de la Costanera.&lt;br /&gt;    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    Unos segundos más tarde, sin embargo, mientras el colectivo atravesaba la cuadra siguiente, los ladridos adquirieron mayor nitidez. Quizás porque despertaron un eco desquiciado en otros perros que respondieron con enojo a semejante desorden en sus dominios. Fue como si el ómnibus hubiese quedado por un momento en el medio de una invisible línea de fuego, obstruyendo con su paso el feroz torneo de insultos caninos. "Uh, se alborotó la perrada", comentó jocoso un muchacho a su compañero de viaje. Por reflejo, miré a través de la ventanilla pero fue inútil: la oscuridad del vidrio, sumada a la escasa iluminación del lugar se confabularon para impedir que obtuviera mayores precisiones.&lt;br /&gt; &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;       El colectivo dobló hacia la izquierda y una idea fugaz centelleó como al descuido en los márgenes de mi percepción: ahora el barullo quedaría atrás, olvidado para siempre entre las sombras del Paseo del Restaurador. Me equivoqué. Los ladridos originales, ya sin réplica alguna, reaparecieron en el semáforo en rojo de 25 de Mayo y no cesaron siquiera cuando el colectivo volvió a doblar, esta vez hacia el sur. Anulado ya mi ensimismamiento previo, intenté buscarle al episodio una justificación. Imaginé al perro que causaba el alboroto ocupando la parte trasera de alguna camioneta y supuse que ésta, por una curiosa coincidencia, venía realizando el mismo recorrido que el colectivo. Sin embargo, ambas hipótesis -la de la casualidad y la de la camioneta- se hicieron añicos apenas escuché al mismo muchacho de antes formular un nuevo comentario, más elocuente que el primero: "Mirá, ahí está el perro". Acerqué mi cara al vidrio y alcancé a divisar una mancha móvil que aparecía y desaparecía según lo bañara o no el resplandor de las luces de sodio, una figura borrosa que quedaba dentro o fuera de cuadro según el ómnibus aumentara o aminorara su velocidad. No, no había azar ni dudas: el perro estaba suelto y venía corriendo al colectivo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;       Ni siquiera el cruce del Bulevar logró impedir la continuidad de tan tenaz persecución. Bastaba que el ascenso o descenso de alguna persona inmovilizara momentáneamente nuestra marcha para que, al cabo de unos segundos, el animal volviera a darnos alcance y los ladridos reaparecieran con renovado énfasis. Detrás de su aparente comicidad, el espectáculo tenía algo de inquietante, de dramático, un significado profundo que no resultaba accesible. Era como presenciar un diálogo que se intuye importante pero sin entender el idioma en el que se está sosteniendo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;        La situación se prolongó por un buen rato. Cuando me levanté para tocar el timbre, hice una rápida cuenta mental y me asombró comprobar que aquella tensa carrera llevaba ya catorce cuadras. Mientras depositaba mis pies en la vereda, el animal pasó corriendo frente a mí, se detuvo ante la puerta delantera del ómnibus y se puso a ladrar en dirección al interior. Sólo entonces pude verlo bien: era negro, bastante grande y de orejas caídas. No parecía ser un perro de raza, pero había en su porte, en su postura firme y desafiante, esa nobleza que emana de ciertos desamparos. ¿Qué señales vería ese animal en aquel gigantesco monstruo amarillo que lo estaba eludiendo? ¿Por qué no se resignaba a dejarlo ir? ¿Qué habría detrás de esa obstinación desesperada? ¿Un reproche hacia quien lo abandonó, un reclamo de venganza, la intuición de algún peligro?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;       El colectivo se puso otra vez en marcha y el perro reanudó su carrera detrás de él. Me quedé mirándolos por pura inercia, sabiendo que no habría de obtener ninguna explicación. Los vi alejarse hacia el oeste, hasta que sus siluetas se fundieron con la oscuridad y se perdieron, juntas, en los abismos del domingo.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-6406617930058948181?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/6406617930058948181/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=6406617930058948181' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/6406617930058948181'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/6406617930058948181'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/10/crnica-n-43-relato-con-mnibus-y-perro.html' title='Crónica nº 43: Relato con ómnibus y perro (septiembre 2008)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-721429805852367637</id><published>2008-10-16T11:39:00.000-07:00</published><updated>2008-10-16T11:46:00.658-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 42: La realidad tal cual querés verla (septiembre 2008)</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Si de algo no se puede acusar a la televisión argentina actual es de falta de transparencia en los mecanismos que alimentan su diario funcionamiento. Las picardías casi desleales con que se intenta robarle unas décimas de rating a la competencia, la artificialidad de ciertos escándalos, el modo desenfadado en que ignotos personajes construyen su efímero protagonismo, la naturalidad con que el afán publicitario se incrusta en el contenido mismo de los programas hasta el punto de fagocitarlo, todo eso ocurre sin el menor disimulo, se cocina con elaboración a la vista del público. Al menos, a la vista de todo aquel que esté dispùesto a ver lo evidente.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;La última propaganda institucional de Canal 13 de Buenos Aires, sin embargo, llega a un grado de franqueza que asusta. "En septiembre, te mostramos la realidad tal cual querés verla", se anuncia en ella, literalmente, y uno no sabe si atribuir semejante declaración a un acto fallido o a un ejercicio cínico de impunidad. Como no soy muy paranoico, me inclino a creer que, simplemente, ninguno de los autores de la publicidad en cuestión concedió demasiada atención a las palabras que estaba utilizando.&lt;br /&gt;Deliberada o no, convengamos que la frasecita se las trae y permite extraer de ella unas cuantas reflexiones, a cuál más preocupante.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Primero: decir que se va a mostrar la realidad tal cual los televidentes quieren verla implica reconocer que no se la va a mostrar tal cual es. Por lo tanto, se está confesando explícitamente que a los televidentes se les ofrece una versión distorsionada de la realidad.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Segundo: en forma oblicua, el anuncio exalta la posibilidad de que los televidentes tengan una visión de la realidad que excluya las porciones o aspectos de la misma que no desean ver. Y no hace falta ser psicólogo para advertir que eso de ver sólo lo que uno quiere ver es un claro signo de inmadurez, cuando no un peligroso síntoma de desajuste mental. Negar la realidad nunca ha librado a nadie de sus efectos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Tercero: El maquillador siempre conoce la desnudez imperfecta de la cara maquillada. Si alguien anuncia que le hará ver la realidad al otro tal cual éste la quiere ver, eso significa que el primero "sabe" perfectamente que la realidad no es tal cual la está mostrando. Se reserva ese conocimiento para sí, y este escamoteo de la verdad le concede frente al segundo un enorme margen de poder, una notable capacidad de manipulación.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Cuarto: Este poder, a su vez, queda oculto en este caso bajo un disfraz de demagógica benevolencia, puesto que no sólo se elimina toda resonancia negativa referente a esta actitud, sino que se presenta al canal como una entidad bienhechora que sólo busca el bienestar del televidente y por eso le da el gusto.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Hace unos años quedé azorado al leer en un diario una publicidad que anunciaba "Radio Mitre piensa por usted". Me parecía increíble que se pudiera propugnar, con tanta liviandad, que un medio de comunicación se apropiara de una facultad tan íntima de cada individuo, como es la de pensar. Pues bien, parece que la idea ha prosperado. Ya no hace falta que pensemos: Canal 13 nos fabrica una realidad a la medida de nuestros (supuestos) deseos y nos oculta la otra. Eso sí, nos lo dice abiertamente.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;No soy un fanático teleadicto, es cierto, y quizás desde ese desapego nacen estas divagaciones acaso algo exageradas. Pero tampoco soy un fundamentalista de la antitelevisión. Yo también me siento a veces frente al aparato en busca de distracción; a mí también me gusta mirar partidos de fútbol, a mí también me resulta atractivo ver a Laura Fidalgo o a Jesica Cirio bailando strip-dance en el programa de Tinelli. Lo que pasa es que, afortunadamente, aún conservo el sano reflejo mental de desconfiar de lo que dicen y muestran los medios. No dejo que las radios piensen por mí. Y cuando quiero encontrarme con la realidad, la busco fuera de la pantalla, sin intermediarios sospechosos. Aun sabiendo que al mirarla así, desnuda y sin maquillajes seductores, suele resultar menos divertida que las andanzas amorosas de la Tota Santillán.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-721429805852367637?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/721429805852367637/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=721429805852367637' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/721429805852367637'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/721429805852367637'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/10/crnica-n-42-la-realidad-tal-cual-quers.html' title='Crónica nº 42: La realidad tal cual querés verla (septiembre 2008)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-3773872111646833636</id><published>2008-10-16T11:35:00.000-07:00</published><updated>2008-10-16T11:39:24.629-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 41: Cuenta Valeria (agosto 2008)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Cuenta Valeria que hace unos meses comenzó a coordinar un taller literario destinado a gente joven. Cuenta que las reuniones se realizan los sábados a la hora de la siesta y que, para su gran asombro, han sido varios los interesados que acudieron a la convocatoria. Cuenta que, si bien no todos asisten con regularidad, ha conseguido igualmente conformar un pequeño grupo estable, compuesto por cuatro noveles escritores: Joaco, Caro, Ana y Pancho.&lt;br /&gt;     &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Cuenta Valeria que, al igual que ella, sus talleristas son estudiantes veinteañeros y que esa existencia de códigos comunes favorece la mutua comunicación. Cuenta que no siempre el ánimo del grupo es el ideal, que a veces hay quien llega contrariado por la inminencia de un examen, o abrumado por vaivenes amorosos o, simplemente, arrastrando todavía los efectos colaterales de la trasnochada del viernes. Cuenta también que, tal vez justamente por ese motivo, las reuniones de los sábados operan en ellos como un refugio frente a las asperezas de lo cotidiano, creando un microclima singular dentro del cual la literatura suele terminar pareciéndose a una excusa -hermosa, pero excusa al fin- destinada a promover el cálido abrazo de las almas.&lt;br /&gt;     &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;     Cuenta Valeria que los chicos y las chicas que asisten a su taller están atravesando esa etapa de timidez inicial en la que no terminan de asumirse como escritores. Cuenta que les cuesta mostrar sus creaciones y que escudan su vergüenza en un genuino interés por leer textos ajenos. Cuenta que, un poco para poder sobrellevar esta actitud pudorosa, y otro poco para cumplir una función estimuladora, se le ocurrió la idea de elegir una obra no demasiado extensa y destinar un segmento de cada encuentro a su lectura. Cuenta que propuso varios títulos y que incluyó en el menú uno de mis libros. Cuenta que, luego de dar unas breves referencias acerca de cada una de las obras en danza -y aquí me permito sospechar en ella cierta cariñosa arbitrariedad, acaso inconsciente- el grupo terminó votando por leer mi novela.&lt;br /&gt;     &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;    Cuenta Valeria que abordan un capítulo por semana, que la lectura del libro les resulta ágil y entretenida, que se ríen mucho, que a veces una frase o una escena termina siendo el disparador adecuado para que los presentes se extravíen en largas charlas, tan entusiastas como carentes de rumbo predecible.&lt;br /&gt;     Cuenta Valeria, textualmente: "la verdad que la pasamos genial leyendo tu libro".&lt;br /&gt;    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;      ¿Cómo no sentirse complacido y conmovido ante semejante declaración? Enterarse de que hay un grupo de personas -y mucho más si se trata de personas jóvenes- que sábado tras sábado monta un rito colectivo en torno a algo que uno ha escrito provoca una alegría a la que resulta difícil hallarle analogías eficaces. La tarea del escritor, se sabe, es eminentemente solitaria. Casi nunca tiene uno la posibilidad de conocer qué impresión (buena o mala) ha causado su obra en los lectores. Mucho menos aún, de asomarse a la imprevisible cadena de íntimas derivaciones que ha generado la travesía de ese texto por el mundo. Poder romper ese aislamiento es una experiencia siempre fascinante, independientemente del resultado al que nos lleve. Pero cuando ese resultado consiste en descubrir una historia como esta que me ha sido referida, saltar la cerca nos conduce a la felicidad más pura.&lt;br /&gt;      Cuenta Valeria detalles de esa rutina que se despliega en su taller los sábados a la hora de la siesta. Lo cuenta con suma frescura, seguramente sin imaginar el profundo significado que su relato guarda para mí. Y yo aquí, desde este lado de sus palabras, siento agradecido que esa complicidad tejida alrededor de mi libro constituye, ni más ni menos, la justificación más acabada de su escritura.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-3773872111646833636?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/3773872111646833636/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=3773872111646833636' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/3773872111646833636'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/3773872111646833636'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/10/crnica-n-41-cuenta-valeria-agosto-2008.html' title='Crónica nº 41: Cuenta Valeria (agosto 2008)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-397093943580059672</id><published>2008-06-05T13:09:00.000-07:00</published><updated>2008-06-06T10:10:44.298-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 40: Veinticuatro minutos de silencio (mayo 2008)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;"Un cortado", contesto y, apenas el mozo se aleja, vuelvo a abstraerme del bullicio del bar en el que me he refugiado huyendo de la lluvia. Me concentro de nuevo en el paisaje de la calle, en el vaivén nervioso de los transeúntes que, enmarcados fugazmente por los enormes ventanales, realizan apresuradas maniobras para evitar los efectos del súbito temporal que ha agrisado la mañana.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;El estrépito de una taza al romperse contra el suelo en el otro extremo del salón me lleva a desviar la mirada por unos segundos hacia el interior del bar. Al hacerlo, mis ojos chocan en forma imprevista contra una pareja que está sentada en una mesa cercana a la mía. Me asombra verla, o más bien comprobar con tardía lucidez que ya estaba allí cuando llegué. Mis ojos miopes me tienen acostumbrado a jugarretas sensoriales de este tipo; sin embargo, intuyo de inmediato que aquí hay algo más, algo que excede mis dificultades visuales. Porque si bien es cierto que no había visto a la pareja, no menos cierto es que tampoco la había escuchado. Sí, esa es la cuestión: no los he escuchado hablar. Por reflejo, miro mi reloj. Calculo que debe hacer unos cinco minutos que estoy aquí. Cinco minutos durante los cuales ese hombre y esa mujer no han emitido un sólo sonido.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;El mozo me trae el café. Le echo azúcar, lo revuelvo, bebo un sorbo. Miro de nuevo hacia la calle pero no logro desentenderme de mis vecinos. Me pongo entonces a observarlos con discreción. Él está recostado levemente en el respaldo de su asiento. Ella, en cambio está apenas inclinada hacia adelante, las manos sobre la mesa, a ambos lados de su taza. Los dos están mirando hacia afuera, a través del ventanal. Tienen toda la apariencia de esas parejas que salen los sábados por la mañana a pasear por el centro. Treintañeros, estimo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Termino mi café y miro la hora: siete minutos. No hay caso; la pareja no pronuncia siquiera monosílabos. Me viene a la memoria una película argentina con Pepe Soriano que vi en mi adolescencia, más concretamente una escena terrible en la que el matrimonio está cenando en medio de un silencio tan exasperante que se vuelve casi una presencia más en la mesa. Recuerdo haberme quedado azorado, preguntándome cómo una pareja podía llegar a semejante grado de descomposición. Pienso también en un cuento mío (que al final nunca terminé de escribir) en el que la protagonista decide separarse la noche que va a cenar con su marido y descubre que, si no conversan entre ellos como lo hacen las otras parejas que están en el restaurante, es sencillamente porque ya no tienen nada que decirse. &lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Abandono las digresiones cinematográfico-literarias y regreso al ahora: doce minutos. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Trato de imaginar el porqué de ese silencio tan desolador. Podría pensarse que los abruma un problema tremendo; quizás la existencia de un familiar enfermo, o la noticia reciente de una tragedia que los golpeó muy cerca. Pero no. No es preocupación ni tristeza lo que emana de esos rostros. Tampoco dolor. Podría pensarse entonces que están peleados. Tal vez discutieron un rato antes de que yo me sentara a dos metros de ellos. O tal vez se están reencontrando después de una discusión para reconciliarse y han descubierto que no podrán hacerlo. Pero no, tampoco es enojo lo que revelan esas facciones imperturbables. Es tedio, un profundísimo, insondable tedio.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Quince minutos. Entiendo que no tienen ninguna obligación de hablar (no soy yo precisamente la persona más indicada para cuestionar la escasa locuacidad ajena). Pero se nota que están desinteresados el uno del otro, que no disfrutan de su mutua compañía. No se toman las manos, nI se sonríen. Su silencio, entonces, no queda redimido por el goce callado de ver llover juntos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Diecisiete minutos. Recuerdo un caso similar del que también me tocó ser testigo involuntario. Era otro bar, otra ciudad, y era de noche. En la mesa contigua había una pareja que casi no hablaba. El hombre estaba entretenido mirando un teléfono celular presumiblemente nuevo y se limitaba a hacer cada tanto algún comentario sobre las virtudes del aparato. La mujer le contestaba con desgano, ostensiblemente aburrida. Recuerdo que, en un momento dado, ella levantó los ojos y se encontró con los míos. Debió haber adivinado que me parecía atractiva, porque desde ese mismo instante empezó a desplegar los gestos propios del coqueteo inconsciente: juguetear entre los dedos con el colgante que adornaba su garganta, retorcerse la punta de los cabellos como al descuido, acomodarse la melena con un movimiento suave de la cabeza. Cada tanto se volvía con disimulo hacia mí; era evidente que clamaba por una mirada masculina que la devolviera a su condición de mujer deseable. No parece, sin embargo, el caso de la pareja que tengo ahora cerca de mí. No se miran entre ellos, pero tampoco miran a nadie.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Diecinueve minutos. Conozco parejas que, de tan sociables, dan la impresión de no querer estar a solas el uno con el otro. Es como si necesitaran imperiosamente la presencia de los demás para no hastiarse, para no tener que afrontar el riesgo de un encuentro sin máscaras. Me pregunto si será ésta una de ellas, y la verdad es que me cuesta imaginarlos charlando animadamente con alguien, o riéndose a carcajadas en medio de un grupo de amigos. Hay un aura de inocultable fastidio con la vida o consigo mismos que ronda sobre sus cuerpos inmóviles.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Veintidós minutos. La lluvia ha cesado. Los paraguas se cierran y la peatonal recobra el aspecto que presentaba media hora atrás. Llamo al mozo. La pareja, no. ¿Entonces no entraron, como yo, para guarecerse del diluvio? El tomar algo en un bar, ¿formará también parte de sus salidas? Parecen estar allí sin la más mínima convicción, sin saber muy bien el motivo. Quizás sea esta su rutina de todos los sábados por la mañana pero, en ese caso, ¿por qué la reiteran? ¿Qué invisible pero inflexible mandato los obliga a cumplirla, si es evidente que no la disfrutan?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Pago. El mozo comenta risueño algo acerca del clima y se va. Miro mi reloj: han pasado veinticuatro minutos. Espío por última vez a mis vecinos. Por un momento, especulo con la caprichosa posibilidad de esgrimir una excusa endeble sólo para hablarles y poder oir sus voces. El pudor me obliga a desechar la idea de inmediato. Me pongo de pie, paso junto a ellos. Salgo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Frente a la puerta del bar, un hombre cruza la calle de manera imprudente y el conductor que casi lo atropella le dedica una reprimenda soez. El peatón retruca el insulto y sigue su camino como si nada.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Comienzo a remontar la peatonal, sintiendo que me sumerjo lentamente en un mar surcado por otras, muchas, infinitas, irreparables variantes de la incomunicación.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-397093943580059672?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/397093943580059672/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=397093943580059672' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/397093943580059672'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/397093943580059672'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnica-n-40-veinticuatro-minuto-de.html' title='Crónica nº 40: Veinticuatro minutos de silencio (mayo 2008)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-3252336193680944714</id><published>2008-06-05T13:02:00.000-07:00</published><updated>2008-06-06T10:09:58.620-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 39: Juan y Mayra miran fotos viejas (abril 2008)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Desde que a principios del 2002 se fueron a vivir a España, Juan y Mayra no habían vuelto a la Argentina. Tenerlos de visita en mi casa, entonces, no sólo constituye un verdadero acontecimiento, sino que me enfrenta a uno de esos consabidos conflictos cronológico-emocionales en los que me cuesta aceptar que las personas que tengo ante mí son las mismas que dejé de ver hace tanto tiempo. Claro que aquí esa disociación se profundiza en virtud de las edades que cargan los personajes involucrados: Juan tiene 15 años; Mayra 8. Y a ello hay que añadirle, todavía, la extrañeza colateral que causa escucharlos decir "vale" y hablar con acento español.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Juan es ahora un adolescente pelilargo al que le gusta mirar noticieros y estar informado. Dice que quiere ser periodista o reportero gráfico. Escucha rock pesado y sigue siendo hincha de Colón, pero ha sumado a sus afectos futboleros la afición por el Real Madrid. A Mayra le encantan las pastas y los animales. Se muestra reservada con los adultos, pero es fácil intuir que, detrás de esa timidez inicial, se esconde una gran charlatana. Según sus palabras, le gustaría "ser guardia en el zoo".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Juan tiene recuerdos de la Argentina; Mayra no. Cabe inferir, por lo tanto, que este fugaz regreso al país no guarda idéntico significado para ambos. La gira vertiginosa que han emprendido con su madre por casas de familiares y amigos representa para Juan la posibilidad de revivir la primera mitad de su infancia. Para Mayra, en cambio, equivale a conocer aquello de lo que tanto le han hablado, transformar ese territorio fantasmal en un sitio poblado por seres de carne y hueso, por lugares con olores y colores concretos. Para Juan, el viaje es un reencuentro; para Mayra, todo un descubrimiento.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Ahora estamos sentados en torno a la mesa, mirando fotos viejas. Ahí está Mayra con dos añitos, cómicamente instalada en un fuentón lleno de agua. Ahí está Juan, gateando. Ahí está mi hijo, chiquito, llevando a Juan de la mano, ayudándolo a dar sus primeros pasos. Ahí está Mayra, invisible, abultando el vientre de su mamá. Ahí estamos todos, adultos y niños, brindando sonrientes durante un asado en Rincón...&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Juan y Mayra revisan las fotos con genuina curiosidad. Es natural: se trata de fragmentos de su propia historia, retazos dispersos de un pasado que el océano partió en dos. Examino sus reacciones ante tal o cual imagen y, melancólicamente, siento que esas fotos los ayudan a reconstruir el rompecabezas siempre complejo de la identidad exiliada. Lo sé, es imposible saber en realidad cómo habrán de procesar ellos la experiencia del viaje, es imposible adivinar qué cosas se acomodarán en sus cabecitas y cuáles habrán de desajustarse. La mía es, por ende, una especulación estrictamente adulta. O tal vez sea sólo una expresión de deseos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;"Mira, ese es mi padre", exclama Mayra de pronto, maravillada ante la visión de un joven veinteañero y melenudo que sonríe a cámara. "Pues yo soy más guapo", se burla Juan. Se ríen. Se ríen los dos. Nos reímos todos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Sí, pienso, algo bueno está sucediendo aquí.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Algo bueno y necesario. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-3252336193680944714?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/3252336193680944714/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=3252336193680944714' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/3252336193680944714'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/3252336193680944714'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnica-n-38-juan-y-mayra-miran-fotos.html' title='Crónica nº 39: Juan y Mayra miran fotos viejas (abril 2008)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-3777841221756071143</id><published>2008-06-05T12:54:00.000-07:00</published><updated>2008-06-06T10:08:32.027-07:00</updated><title type='text'>Crónivca nº 38: Nada nos deja más en soledad (marzo 2008)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;"¿Viste que se murió Guinzburg?", me dijeron. "¿Quién?", pregunté por reflejo, como si no hubiese entendido bien, como si en verdad no supiera de quién me estaban hablando. "Guinzburg, Jorge Guinzburg", me confirmaron, derribando así mi incredulidad inicial. "¿Y cómo?", me descubrí balbuceando estúpidamente. Escuché entonces un comentario algo impreciso acerca de una probable afección pulmonar. No era la respuesta adecuada, claro. Mi inquietud no iba dirigida a una cuestión de causas; era una petición de lógica, una búsqueda de sentido. Lo que yo había querido preguntar, en realidad, era cómo podía ser que esa persona se hubiera muerto.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Toda muerte inesperada de un famoso causa conmoción, pero cuando quien muere es alguien que nos hacía reír, lo imprevisto de la noticia parece golpear mucho más hondo. La muerte temprana de un humorista presenta un matiz obsceno del que otras muertes carecen. Y es que, por naturaleza, la risa excluye a la muerte. La combate, la empuja, la aleja. No puede cancelarla, es cierto, pero logra el formidable prodigio de mantenerla oculta por un rato. La hace desaparecer de nuestro horizonte y nos obsequia, por lo tanto, una breve ilusión de eternidad. Tal vez sea por eso que, inconscientemente, uno tiende a incurrir en la errónea impresión de que quien nos hace reír no se puede morir nunca. Y hasta nos sorprende que un buen día nos contradiga haciéndolo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Decía Pitigrilli que "el humorista es un niño que silba al atravesar las habitaciones oscuras para esconderse a sí mismo su propio miedo". A esta aguda observación faltaría agregarle que nosotros vamos caminando a su lado, llevando a cuestas nuestro propio temor, y que son justamente sus gracias y ocurrencias las que nos alivian el trayecto.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;"Nada nos deja más en soledad que la alegría si se va", canta Fito Páez, y tiene razón. Así como el año pasado nos quedamos sin Fontanarrosa, ahora lo perdimos a Guinzburg. Ya no disfrutaremos de su humor inteligente, de su implacable ironía, de sus réplicas demoledoras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;El problema es que la habitación sigue a oscuras y nosotros continuamos pasando a través de ella. ¿Quién habrá de silbar, entonces, para sacarnos el susto? &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-3777841221756071143?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/3777841221756071143/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=3777841221756071143' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/3777841221756071143'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/3777841221756071143'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnivca-n-38-nada-nos-deja-ms-en.html' title='Crónivca nº 38: Nada nos deja más en soledad (marzo 2008)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-8853384732947376215</id><published>2008-06-05T12:45:00.000-07:00</published><updated>2008-06-06T10:06:44.431-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 37: Internet y el cajón falso de la cocina (febrero 2008)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La cocina del departamento donde transcurrió mi infancia tenía una mesada de mármol, debajo de la cual había una estructura de madera compuesta por tres puertas y dos cajones. Tal falta de equivalencia numérica tenía su explicación: la tercera puerta quedaba justo debajo de la bacha, por lo que la hipotética presencia de un cajón entre ambas hubiese resultado inviable. Sin embargo, sea por estética o por neurótica compulsión hacia las simetrías, el encargado de diseñar la cocina había colocado en el lugar un cajón falso. Es decir, una apariencia de cajón allí donde en realidad no lo había. Uno observaba, sí, un rectángulo que tenía las mismas dimensiones de los otros dos que estaban a su izquierda, pintado con el mismo color verde loro y hasta con idéntica protuberancia esférica y rugosa en el centro, pero era sólo una fachada ilusoria.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Vaya a saber por qué peregrina razón, en algún momento de mi niñez pergeñé la fantasiosa teoría de que a aquel cajón sellado iban a parar todos los objetos que se nos perdían (sí, yo era un niño raro; solía tener pensamientos de esta naturaleza). Básicamente, especulaba con la idea de que allí estuviese guardada una pelota de plástico a rayas que el viento había alejado de mí años atrás llevándola irremediablemente hacia las aguas de la Laguna Setúbal.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Obviamente -¿hace falta aclararlo?- es imposible abrir un cajón que no existe, de modo que mis propósitos reivindicatorios jamás pudieron ser cumplidos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;***&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Cuando yo tenía 10 u 11 años, se puso de moda una canción en inglés que se llamaba "Lady in blue" ("La dama de azul"). A mí me gustaba. No era mi favorita, pero me resultaba placentero escucharla. Me recuerdo claramente frente a la vidriera de una disquería de la peatonal, contemplando el afiche desde el cual un hombre rubio y sonriente promocionaba el disco. Recuerdo también que, vaya uno a saber por qué peregrina razón, en ese momento me pregunté si cuando yo creciera me seguiría gustando esa canción, si ese hombre rubio seguiría siendo famoso, y hasta me imaginé consultándole a mi hijo qué le parecía la música que yo escuchaba a su edad (sí, yo era un niño raro; solia tener pensamientos de esta naturaleza).&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;El incansable andar del tiempo hizo que me olvidara de la melodía y, cosa extraña en mí, hasta del nombre de aquel cantante que -¿hace falta aclararlo?- no quedó instalado en la memoria colectiva de los argentinos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;***&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Nunca en los siete años que llevo como navegante del ciberespacio me llamó la atención el difundido hábito de bajar música de Internet. No sé, supongo que quedó martillando en mi cabeza el comentario de alguien que me advirtió sobre la extrema lentitud que puede implicar el proceso para quien -como en mi caso- carece de banda ancha (dato suficiente este de la lentitud para ahuyentar a un sujeto ansioso como yo). O tal vez, me ganó el prejuicio de suponer que la música a la que se podía tener acceso era la misma que uno puede escuchar en las radios, es decir, la que se pone de moda, la que responde a las leyes del mercado.&lt;br /&gt;Hace unos meses, sin embargo, mi hijo me hizo una elocuente demostración práctica de todas las maravillas de jazz, blues y bossa que había conseguido almacenar en su computadora gracias a Internet, y mi visión del asunto cambió por completo. Es más, la revelación me impactó de tal modo que, al día siguiente, ya había descargado en mi propia PC el programa necesario, dispuesto a ponerme manos a la obra cuanto antes.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;***&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Soy un tipo que mira mucho hacia el pasado. Quizás por ser un individuo extremadamente memorioso, siento que cargo con él como si fuera una parte viva más de mi presente. Hasta diría incluso que soy posesivo con mi pasado. No colecciono objetos en forma indiscriminada (de hecho, destilo bastante indiferencia hacia la mayoría de ellos) pero tengo, sí, una marcada inclinación a conservar determinados testimonios que considero representativos de diferentes etapas de mi vida. Supongo que su tenencia me brinda una especie de seguridad simbólica, la impresión de que soy capaz de impedir que los días que voy viviendo se me escurran así nomás. Impresión, claro está -¿hace falta aclararlo?- que se hace añicos apenas uno se pone los anteojos cínicos de la racionalidad para ver las cosas de este mundo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;***&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;No soy ingenuo; me conozco demasiado. Sabía que no iba a ser fácil encauzar mis afanes de melómano virtual en un esquema preestablecido. Hubo, sí, un plan inicial de rastrillaje cibernético que cumplí con admirable prolijidad, y que me permitió completar sucesivamente un compilado de temas de la Bersuit, otro de Divididos y un tercero de Los Piojos. Sin embargo, tanto rigor no tardó en resquebrajarse y, previsiblemente, mis búsquedas terminaron adquiriendo muy pronto un errático matiz de arqueología musical.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Al principio tímida, casi pudorosamente; luego con insaciable voracidad, me lancé a rastrear canciones ligadas a los años '70, intentando bosquejar con ellas un impreciso mapa emocional de mi infancia. Mi exploración tuvo resultados altamente satisfactorios: reencontré la música de series entrañables -"Baretta", "Dos tipos audaces", "El hombre nuclear"-, volví a escuchar a Donna Summer cantando el tema de la película "Abismo", me conmoví otra vez con el italiano de "Albatros" que clama desesperado "¡Sandraaaaaaa, ti amooooo!" en el final de "Vuelo AZ 504", y compartí el lamento de Los Brincos porque "Eva María se fue / buscando el sol en la playa".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Una noche, vaya a saber por qué peregrina razón, me acordé de "Lady in blue". Me vino a la memoria el remoto episodio de la vidriera y sentí que estaba ante un desafío mayúsculo. ¿Sería posible hallarla? ¿Habría alguien en algún ignorado punto del planeta que tuviera justamente esa canción guardada en su computadora? Sin querer ilusionarme demasiado, escribí las palabras mágicas en el buscador y, para mi gran asombro, en cuestión de segundos no sólo apareció en la pantalla el título de la canción requerida, sino también el nombre olvidado de su intérprete: Joe Dolan. Me pareció estar rozando los límites de lo verosímil. Por supuesto, inicié la descarga de inmediato y, al cabo de unos minutos de exasperante espera, volví a escuchar, después de más de treinta años, aquella melodía pegadiza y la voz algo chillona que la entonaba.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Quedé fascinado. No con la canción en sí (que, como suele suceder en estos casos, ahora no me parece tan bonita), sino por el prodigio de haber podido rescatarla de la nada. Y aunque sé que todo retorno al pasado es fatalmente imperfecto e incompleto, aunque sé que los paraísos perdidos no se recuperan jamás, aunque bien sé que mi pelota de plastico a rayas se extravió para siempre en las aguas de la laguna, en ese momento sentí que, en cierta forma, yo acababa de abrir al fin aquel cajón falso de la cocina.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Y sí, soy un adulto raro; suelo tener pensamientos de esta naturaleza. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-8853384732947376215?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/8853384732947376215/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=8853384732947376215' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/8853384732947376215'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/8853384732947376215'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnica-n-37-internet-y-el-cajn-falso-de.html' title='Crónica nº 37: Internet y el cajón falso de la cocina (febrero 2008)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-2751394724052946405</id><published>2008-06-05T11:37:00.000-07:00</published><updated>2008-06-06T10:27:44.148-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 36: La memoria en los dedos (febrero 2008)</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;"El cuerpo tiene más memoria que el cerebro".&lt;br /&gt;(Philip Roth)&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La única decisión que mi abuela paterna tomó respecto del destino final de sus pertenencias fue la de legarme el piano. Un piano vertical alemán sexagenario. El mismo con el que le había dado clases a cientos de niños santafesinos que pasaron por el Conservatorio Di Bernardo.en las décadas del '20 y del '30. El mismo en el que mi tía había estudiado metódicamente hasta obtener su título de profesora. El mismo en el que mi papá se las ingeniaba para sacar canciones usando solamente su dedo índice.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt; Para cuando mi abuela manifestó su voluntad respecto del piano, yo tenía veinte años y hacía rato que había dejado atrás mis precoces logros musicales. Tocaba de oído, con mucho entusiasmo pero escasa técnica. Sin embargo, aún con mis limitaciones a cuestas, a ella le gustaba que yo hiciera sonar el piano cuando iba a visitarla. No sé, supongo que, acostumbrada como estaba a vivir rodeada de música, le habrá parecido un pecado imperdonable que un instrumento permaneciera mudo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt; Cuando mi abuela murió, el piano recaló en mi casa, tal cual ella lo había dispuesto. Desde entonces, sentarme a tocar en él se transformó en una costumbre casi cotidiana a la que dedicaba gustoso aunque más no fuera unos minutos. No hablo de estudiar, ni de practicar, ni de esforzarme por progresar. Hablo de tocar; simplemente tocar. Me resultaba casi terapéutico hacerlo. En esos momentos, mi mente lograba desembarazarse de las preocupaciones diarias y de las existenciales. La música interrumpía ese vicio mío de pensar demasiado y me concedía un espacio de paz interior que, fuera de esa circunstancia, se volvía inalcanzable.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Continué con tan saludable hábito por unos años, hasta que mis sucesivas mudanzas me fueron llevando a viviendas cuyas características edilicias tornaban poco recomendable incluir un piano en el mobiliario.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;El 1º de enero pasado, después de los brindis de Año Nuevo en casa de mis padres, me dejé llevar por el impulso de levantar la tapa del "Rachals" y garabatear algunos sonidos en su entrañable mixtura de madera y marfil. No estaba tan desafinado como esperaba, pero algunas de sus teclas evidenciaban signos de una considerable disfonía. Me senté en el viejo taburete giratorio y me puse a tocar. Llevaba realmente mucho tiempo sin hacerlo, y cierta enojosa insistencia de mis dedos en desobedecer mis órdenes mentales se encargó de recordármelo con suma franqueza. Seguramente, el continuado de boleros y música de películas antiguas al que recurrí para darle el gusto al auditorio presente se escuchó esta vez un tanto deslucido, pero nadie de entre los oyentes me lo reprochó.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;De pronto, en medio del concierto, mientras decidía qué tocar a continuación, mis manos se desentendieron de mi voluntad y se deslizaron por su cuenta hacia el dibujo de una melodía dulzona que al principio no logré identificar con precisión. Tardé varios segundos en reconocerla: era el valsecito que había compuesto para mi abuela y que solia tocar en aquellas visitas que le hacía. Me pareció asombroso, ya que, como mínimo, yo no había siquiera tarareado esa melodía en los últimos diez años. Y sin embargo, ahí andaban mis dedos, jugando caprichosos con aquella sucesión de notas que había permanecido sumergida en mi subconsciente durante tanto tiempo, demostrándome que eran capaces de recordarla sin mi ayuda.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Fue como abrir la compuerta de un dique. En cuestión de segundos, me vinieron a la cabeza numerosas escenas familiares en las que, invariablemente, el piano ocupaba el centro de la anécdota evocada. Pensé en mi otra abuela, la materna, que también tocaba, y eso me llevó a volcar mi repertorio hacia ciertos tangos y valses con los que ella acostumbraba satisfacer mis requerimientos infantiles: "Adiós muchachos", "Lágrtmas y sonrisas", "Santiago del Estero"...&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Me puse contento. Acaso antojadizamente, sentí que estaba homenajeando a mis abuelos. Y no quisiera incurrir en sentimentalismos baratos, pero mientras tocaba imaginé que ellos andaban por ahí cerca, escuchando con alegría, aprobando reconfortados que su nieto los recordara de esa forma.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Algo cansado, interrumpí mi recital por unos minutos y pedí que me acercaran algo fresco para reponerme del calor. Mientras bebía, caí en la cuenta de algo en lo que nunca había reparado hasta ese momento, y es que mis dedos guardan una herencia familiar intangible pero invaluable, atesoran una historia poblada por remotos paisajes sonoros de los cuales provengo, y que han contribuído a hacer de mí lo que soy.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Tuve la certeza de que iba a escribir algo al respecto. Vislumbré un pantallazo general de lo que iba a ser el texto, y hasta supe cómo iba a titularlo. Hubiera podido permanecer suspendido en esa fantasía creadora durante un buen rato pero, apenas advertí que -una vez más- estaba pensando demasiado, detuve mi maquinaria mental de inmediato.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Mis abuelos me estaban pidiendo un bis, y no era justo hacerlos esperar. Así que me acomodé de nuevo frente al teclado y me puse a tocar "Gricel".&lt;br /&gt; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-2751394724052946405?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/2751394724052946405/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=2751394724052946405' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/2751394724052946405'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/2751394724052946405'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnica-n-36-la-memoria-en-los-dedos.html' title='Crónica nº 36: La memoria en los dedos (febrero 2008)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-659083514346862404</id><published>2008-06-05T11:27:00.000-07:00</published><updated>2008-06-06T10:04:00.279-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 35: ¿Y vos quién sos? (noviembre 2007)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;"¿Y vos quién sos?". El azoramiento de algunos se despliega en la noche con absoluta franqueza. Otros, en cambio, tal vez para no herir la susceptibilidad de quien acaba de saludarlos tan efuslvamente, disimulan su perplejidad y postergan su exteriorización por un rato, hasta que pueden preguntarle en confianza a algún conocido: "Che, ¿y aquél quién es?". En uno u otro caso, cuando surge al fin la respuesta clarificadora, el apellido o el apodo que diluyen la incertidumbre, es el momento de la palmada en la propia frente, de las exclamaciones jubilosas, de las risotadas de recobrada complicidad. Pero es tanto el bullicio y tanto el movimiento, son tantos los exalumnos de distintas promociones que, al igual que nosotros, circulan y se encuentran, y se reconocen (o no) a medida que van llegando a la cena, que cuando uno se está acomodando a la respuesta recibida, enseguida florecen nuevos saludos, nuevos abrazos y, con ellos, más asombros, ya sea por desconocimiento transitorio del otro, o precisamente por la razón opuesta.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Reencontrarse con los compañeros de la secundaria después de veinticinco años constituye una experiencia que tiende a resultar conmocionante. Aún después de aclaradas las respectivas identidades, es difícil sustraerse a cierta impresión de irrealidad. La visión parece empeñarse en seguir desenfocada; cuesta tomar la imagen de esos tipos calvos, gordos, canosos o de lentes que uno tiene enfrente y ajustarla al recuerdo que uno guarda desde su adolescencia asociado a esos mismos apodos y apellidos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;"¿Y vos quién sos?". No es descabellada la pregunta, habiendo pasado tanto tiempo sin saber nada del otro. Pero es incontestable. A lo sumo, uno puede ensayar una apretada síntesis de datos que cree significativos, pero es imposible pasar de allí. Alguien habla de la hija que está por cumplir 15 años, alguien menciona que estuvo viviendo en el extranjero, alguien cuenta que su hijo también viene a este colegio, alguien nombra como al pasar su lugar de trabajo, y hay que conformarse con mirar desde la orilla esas existencias que ignoramos, imaginarlas a partir de esos pocos indicios, sabiendo de sobra que son insuficientes. Y es claro que esa estrechez obligada de nuestras biografías, ese laconismo de diccionario que estamos forzados a practicar nos aleja de lo que en verdad han sido y son nuestras vidas, pero ¿cómo resumir veinticinco años de otro modo? No hay alternativa; menos aún siendo tantas las voces que habría que escuchar, y el tiempo casi nulo con que contamos esta noche para concretar tamaña empresa.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La charla navega por canales serenos y amables: anécdotas risueñas de nuestro lejano pasado común, historias de profesores y preceptores, intercambio de información sobre el paradero de los compañeros que no vinieron. Nadie delatará aquí sus íntimos naufragios, ni trazará en público el mapa minucioso de sus felicidades cotidianas. No es ese, al fin y al cabo, el propósito de la reunión. La realidad, entonces, sólo se cuela en las conversaciones casi por descuido, entra en el festejo sólo a cuentagotas. De alguna manera, la cena funciona como una burbuja a prueba de desencantos. Por una noche, el transcurrir de la vida queda cancelado. Por una noche, estamos suspendidos en una especie de limbo temporal donde ya no somos exactamente los que éramos (y lo sabemos) pero tampoco quedan expuestos en detalle los contornos de nuestra versión actual. Por una noche, hacemos a un lado nuestras posibles diferencias y recostamos nuestra identidad sobre aquello que nos une -la pertenencia al colegio, el sabernos parte de la promoción '82- felices de haber sacado del placard un perfume existencial que hacía mucho no nos poníamos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;"¿Y vos quién sos?". Quizás nos hayamos perdido para siempre y ya no podamos reconocernos. No lograremos saberlo con certeza; al menos, no esta noche. Nos iremos de aquí siendo casi extraños. Pero lo haremos pensando tranquilizadoramente que todavía nos conocemos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;He allí la limitación fundamental de estos reencuentros.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;He allí, tal vez, su atractivo principal. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-659083514346862404?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/659083514346862404/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=659083514346862404' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/659083514346862404'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/659083514346862404'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnica-n-35-y-vos-quin-sos-noviembre.html' title='Crónica nº 35: ¿Y vos quién sos? (noviembre 2007)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-321464837618288770</id><published>2008-06-05T11:18:00.000-07:00</published><updated>2008-06-06T10:03:15.111-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 34: Muebles viejos (noviembre 2007)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Debo confesar que conozco poco y nada acerca de muebles antiguos. Ya de por sí, me resulta engorroso diferenciar con precisión un aparador, un baiut y un bargueño, de modo que mal podría entonces discernir estilos, apreciar la calidad intrínseca de tal o cual madera, o evaluar apropiadamente el estado de conservación de algún armario.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Lo antedicho puede tal vez llevar a pensar que estoy inhabilitado para disfrutar de una visita a un local comercial dedicado específicamente a la compraventa de muebles usados. Nada más erróneo. No es, por supuesto, mi pasatiempo favorito, pero tampoco implica un aburrimiento intolerable. Es sólo que, ante tamaña falta de ciencia mobiliaria, esos paseos despiertan en mí un interés bastante alejado de las razones puntuales que suelen llevar a la gente a esos lugares.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En este momento, por ejemplo, me encuentro recorriendo con Gabriela uno de esos negocios, un extenso salón al que hemos acudido sin mayores esperanzas en busca de alguna ganga irresistible. Y dado que no puedo, como ella, matizar nuestro andar con comentarios admirativos hacia la taracea de aquel ropero o el señorial gobelino de este juego de sillas, me dejo llevar por esa doble percepción sensorial vista-olfato que me conduce irremediable, melancólicamente hacia tiempos idos, hacia casas familiares que dejé de transitar hace mucho, mucho tiempo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En uno de los tantos recovecos del laberíntico depósito, Gabriela descubre dos veladores con caireles, ubicados sobre sendas mesitas de luz. Me los señala, remarcando la delicadeza de su diseño. Los miro de cerca y compruebo que son iguales a los que mi mamá compró para su dormitorio cuando yo tenía siete años. Se lo comento y, casi sin pensarlo, agrego: "Mirá si fuesen los mismos".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Previsiblemente, en menos de un segundo mi irreflexiva afirmación se torna especulación literaria: ¿y si realmente fuesen los mismos veladores?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Me conozco lo suficiente como para saber que ya no podré sustraerme al juego. Las cosas que voy viendo adquieren entonces una dimensión casi fantasmagórica, como si presintiera que en cualquier momento, en algún punto incierto de nuestro trayecto, va a surgir ante mí un mueble ligado, en mayor o menor medida, a mi historia personal. ¿No será, acaso, aquel toilette, el mismo en el que mi abuela paterna colocaba sus potes de "Angel Face"? ¿No será aquella cómoda de herrajes dorados la misma bajo la cual pretendí, torpemente, ocultar el cuerpo del delito la vez que recorté mi flequillo para evitar que me llevaran a la peluquería? ¿Y no será aquélla la mesa cuadrada sobre la cual descubrí un tesoro compuesto por revistas de los años '60 que mi abuelo materno acumulaba en el garage sin justificativo aparente?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Sé que se trata de una hipótesis poco razonable, pero no es imposible. Y es justamente ese margen de probabilidades favorables lo que la vuelve inquietante. Toco algunos de esos muebles, paso mis dedos sobre su piel de madera buscando hallar tal vez una mínima vibración que confirme mis sospechas. ¿Y si los muebles tuvieran un alma? ¿Y si, al igual que los cachorros perdidos, tuvieran un instinto que les permite reconocer a sus antiguos dueños a pesar del tiempo transcurrido? ¿Y si en este preciso instante alguno de los cientos de muebles amontonados en este salón estuviese enviándome un mensaje imperioso, con la desesperación de quien quiere gritar y no tiene voz?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Llegamos al final del recorrido. La ganga irresistible, por supuesto, no ha aparecido. Saludamos a la dueña del depósito y volvemos a la calle sin que ningún acontecimiento extraordinario haya alterado el normal transcurrir de la mañana.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Sé que es absurdo, pero no puedo evitar que mi ánimo se vea enturbiado por cierto incómodo desasosiego, la culpa irreparable de quien no ha sido capaz de descifrar una señal de auxilio que sólo a él le estaba destinada.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-321464837618288770?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/321464837618288770/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=321464837618288770' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/321464837618288770'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/321464837618288770'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnica-n-34-muebles-viejos.html' title='Crónica nº 34: Muebles viejos (noviembre 2007)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-4355292475044066725</id><published>2008-06-05T11:07:00.000-07:00</published><updated>2008-06-05T11:11:29.713-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 33: El almanaque me hace bromas (agosto 2007)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Habrá que comenzar esta crónica ilustrando a los lectores desprevenidos y contar que, durante buena parte de la década del '90, existió en la ciudad de Santa Fe un grupo musical llamado Paralelo 31. Será sin dudas apropiado informar también que la banda en cuestión llevaba adelante una propuesta difícil de encasillar, apostando a un repertorio compuesto esencialmente por temas propios, en el que convivían ritmos diversos sin prejuicios ni pudores. Convendrá aclarar asimismo que, a excepción de una histórica jornada en la que fue grupo telonero de León Gieco, Paralelo 31 nunca obtuvo los beneficios del éxito masivo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Habrá que consignar, finalmente, que el tecladista de Paralelo 31 era yo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;A pesar de haber tenido algunas actuaciones pagas, nunca llegamos a ser profesionales. Éramos, básicamente, un grupo de amigos que se juntaba para sacarse el gusto de hacer un poco de música. Priorizábamos la calidez humana por sobre las virtudes técnicas o artísticas. Sonar maravillosamente bien no habría representado nada para nosotros, si el precio de tal logro hubiese sido llevarnos mal. Ensayábamos mucho más de lo que tocábamos en publico (de hecho, sólo dimos 22 recitales en 8 años), pero esta realidad adversa no lograba quitarnos el entusiasmo. Los ensayos eran instancias felices en las que dejábamos afuera las complicaciones cotidianas y nos dedicábamos a armar, desarmar y rearmar los temas del repertorio. Claro que también nos delirábamos, a veces, haciendo versiones caseras de canciones tan alejadas de nuestro estilo habitual como "Sultanes del ritmo" o alguna de los Beatles. Y, por supuesto, practicábamos ese inigualable juego colectivo de ponernos a improvisar, construyendo sobre el aire efímeros diálogos musicales que, por lo general, se desvanecían para siempre apenas sonaba la última nota, pues rara vez nos tomábamos el trabajo de dejarlos registrados.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Eran épocas de frecuentes reuniones festivas, aquellas. Épocas de asados cuyas sobremesas se prolongaban durante horas y solían concluir en interpretaciones levemente alcoholizadas de "Seminare", "Buscando guayaba" o "Menta y limón", mientras nuestros hijos, después de haber correteado entre cables e instrumentos hasta quedar agotados, terminaban dormidos sobre un sofá o sobre los sufridos regazos de sus madres.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Es imposible no evocar aquellos tiempos en esta fría noche de agosto. Sucede que, después de ocho años y medio sin hacerlo, Paralelo 31 ha vuelto a juntarse para actuar en público. No hay, por supuesto, millonarios auspiciantes sosteniendo el retorno, ni tampoco contratos fabulosos con algún sello discográfico para grabar en vivo un testimonio del regreso. Nos ha reunido la excusa de participar en la Peña con la que decidí festejar el quinto aniversario de "El Regalador". Los gustos, suele decirse, hay que dárselos en vida.&lt;br /&gt;Ahí andan, entonces, el Guille, Mario, Silvio, Fernando, Javier, recobrando -cada uno a su manera- un fragmento significativo de aquel pasado común. Algunos con más kilos encima, otros con más canas, pero todos exhibiendo idéntica alegría ante la demorada reincidencia.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Hay algo hermoso y profundo flotando en el ambiente. No sé bien cómo definirlo. Es una conjunción ambigua de felicidad y extrañeza. En una primera instancia, atino a especular con una posible sobredosis de nostalgia, pero lo descarto de inmediato. La nostalgia es mentirosa, siempre viene a uno vestida con apariencia seductora, pero basta que se le corra un poco el maquillaje para que su mueca de tristeza irrevocable quede al descubierto. Y aquí, en cambio. estamos en medio de una verdadera celebración que excluye toda angustia. Tal vez porque no es el pasado lo que estamos celebrando, sino el presente.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Ahí andan, también, nuestros hijos, irremediablemente crecidos, exhibiendo sus propios talentos musicales. En este momento, por ejemplo, Aldo, Juan Andrés y Solano, en improvisado trío de saxo, piano y batería, se han dedicado a satisfacer el eufórico pedido de Silvio: "¡funky a rabiar!". Y si hace unas horas fue conmovedor escuchar cantar por primera vez a Juan Diego, y si resultó simpático tenerlo a Jerónimo con sus ocho años pegándole a la batería en uno de nuestros temas, verlos a ellos tres haciendo música juntos, impresiona. No son amigos entre sí, se ven sólo muy de vez en cuando y, sin embargo, ahí están, disfrutando del mismo rito compartido del que solíamos gozar sus padres. Y aunque es inevitable sentir que algo bueno debemos haber hecho para estar recibiendo tamaño regalo, la satisfacción paterna tampoco alcanza para explicar lo que está sucediendo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Debe ser por el cansancio, pienso. O tal vez por el vino que estoy tomando casi sin haber comido. Lo cierto es que son las cuatro de la mañana, la peña está terminando y no encuentro las palabras que precisen el fenómeno con justeza. Intuyo que excede lo puramente emocional, pero no puedo apresar su esencia. De algún modo, confusamente, sé que tiene que ver con el tiempo. O, mejor dicho, con ciertas percepciones paradojales del tiempo, con esta sensación vertiginosa de que hay dos realidades cronológicas distintas coexistiendo en un mismo punto. Es como si todos los que estamos aquí reunidos esta noche hubiésemos sido imperceptiblemente atraídos hacia un atajo prodigioso que conecta y superpone el pasado con el presente hasta disolverlos en una sola escena. "¡Aguante Paralelo 31 Junior!", grita alguien, y yo siento que, como decía aquella vieja canción del grupo Posdata, el almanaque me hace bromas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Afuera se ha puesto a llover. Pero el afuera queda tan lejos esta madrugada, que a nadie le importa saber que a la salida nos vamos a mojar. Estamos contentos. Todos. Y se nota. Decididamente, hay algo hermoso y profundo flotando en el ambiente. Es cierto, no sé bien cómo explicarlo, pero poco interesan ahora mis tropiezos conceptuales. Lo que cuenta es esta alegría serena y unánime que nos abraza. Lo que cuenta es esta necesidad de eternizarla de algún modo, aunque sólo sea con palabras. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-4355292475044066725?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/4355292475044066725/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=4355292475044066725' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/4355292475044066725'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/4355292475044066725'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnica-n-33-el-almanaque-me-hace-bromas.html' title='Crónica nº 33: El almanaque me hace bromas (agosto 2007)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-4581837243454462891</id><published>2008-06-04T13:02:00.000-07:00</published><updated>2008-06-04T13:05:15.840-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 32: Recordando a Michel Serrault (agosto 2007)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En esta semana de duelo para los cinéfilos, en la que fallecieron dos directores de culto como Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni, se produjo también otra muerte ligada al ambiente cinematográfico que, quizás por su cercanía temporal con las otras dos, no tuvo idéntica repercusión mediática: la de Michel Serrault.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;No soy crítico de cine, de modo que no me propongo mensurar aquí las cualidades tecnicas de este prestigioso actor francés, ni tampoco evaluar los méritos artísticos de las películas en las que intervino. Escribo estas líneas sólo como espectador, dejándome llevar por el impulso de evocar la profunda impresión que dejó en mí la primera y definitiva vez que lo vi actuar.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Debo remontarme para ello a 1984, a una noche calurosa de noviembre en la que fui al cine con el propósito primordial de reencontrar en la pantalla a la bellísima Isabelle Adjani, actriz cuya potencia expresiva y sugerente hermosura constituían para mí, en aquel entonces, un descubrimiento reciente que me había cautivado por completo. Era sábado, y en el Chaplin daban "Una mujer inquietante", título levemente ramplón con que se conoció en la Argentina a "Mortelle randonnée", oscuro, negrísimo drama policial dirigido por Claude Miller. Es curioso; si tuviera que improvisar una lista con mis películas favoritas, probablemente ésta no aparecería en los primeros lugares. Pero así como hay libros que permanecen en nuestro recuerdo a causa de una sola de sus páginas, también hay películas en las que un puñado de escenas, un clima, un diálogo o un personaje son suficiente razón para concederles un lugar especial en nuestra memoria. En mi caso, "Una mujer inquietante" es una de ellas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Michel Serrault encarna allí a Beauvoir, un detective apodado "El Ojo" que, a pesar de los años transcurridos, anda por la vida sin haber podido reponerse de la desaparición de su pequeña hija. Isabelle Adjani compone a Catherine, una asesina del tipo "viuda negra" cuyos crímenes parecen más ligados al intento de llenar su vacío afectivo que al placer de alzarse con fortunas ajenas. Beauvoir se lanza tras los pasos de Catherine y la película muestra las alternativas de esa persecución. Sin embargo, no es el suspenso propio de los thrillers lo que resulta fascinante, sino la tensión que se establece entre ambos personajes. Porque el detective empieza a desarrollar la ¿infundada? sospecha de que esa joven tan peligrosa como escurridiza es su hija perdida. La sospecha deviene esperanza y luego, obsesión. Beauvoir queda así enfrentado al dilema moral y emocional de optar entre cumplir con su deber de capturar a la asesina y su deseo acaso irracional de protegerla. La trama policial pasa a ser apenas una excusa, el marco necesario para mostrar la historia terrible de dos seres desamparados que a duras penas pueden consigo mismos. Beauvoir necesita imperiosamente a su hija; Catherine busca a ciegas el cariño del padre ausente.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Imposible permanecer indiferente ante tanta desolación, menos aún si uno carga -como yo en aquellos días- con una irresistible atracción hacia los personajes atormentados. En la pantalla se juega un ajedrez profundo y apasionante, merced a un notable duelo actoral que atrapa, conmueve y lastima. Y yo estoy ahí, en la penumbra de la butaca, contemplándolo hechizado, mientras mis 19 años se enamoran definitivamente de Isabelle Adjani y tienden puentes de infinita compasión hacia ese hombre desesperado que está a punto de desbarrancarse en la locura.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La película termina con una voz en off que pronuncia una frase demoledora (tal vez la mejor frase final de todas las películas que he visto en mi vida), una metáfora cuya terrible belleza no sólo gobernó mis pensamientos esa noche durante la solitaria caminata de regreso hacia mi casa, sino que aún hoy, más de dos décadas después, mantiene su capacidad de conmocionarme cada vez que pienso en ella.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Michel Serrault participó en 135 películas a lo largo de su extensa trayectoria. El beneplácito de la crítica lo rescatará tal vez por títulos como "Ciudadano bajo vigilancia" o "El placer de estar contigo". El gran público lo recordará seguramente por su divertida actuación en "La jaula de las locas". A mí, en cambio, la sola mención de su nombre habrá de remitirme, inevitablemente, a aquel detective atribulado que me emocionó en el cine Chaplin.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Gracias por esa noche y hasta siempre, monsieur Serrault. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-4581837243454462891?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/4581837243454462891/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=4581837243454462891' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/4581837243454462891'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/4581837243454462891'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnica-n-32-recordando-michel-serrault.html' title='Crónica nº 32: Recordando a Michel Serrault (agosto 2007)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-2335870862752050379</id><published>2008-06-04T12:45:00.000-07:00</published><updated>2008-06-04T12:56:55.471-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 31: Acerca de una carta a Fontanarrosa que jamás será escrita (julio 2007)</title><content type='html'>&lt;em&gt;(En agosto de 2001, Fontanarrosa vino a Santa Fe, a presentar en la Feria del Libro la antología "Cuentos de fútbol argentino". Haciendo uso de esa veta cholula y caradura que me caracteriza muy de tanto en tanto (cuando me parece que la situación lo amerita), me uní al malón que lo rodeaba, lo saludé, le extendí una hoja para que me dibujara un Mendieta autografiado, y aproveché la ocasión para endilgarle una fotocopia de un cuento mío de fútbol ("Penal"), con la esperanza de que lo leyera. Una semana después, para mi gran asombro y alegría, me llegó desde Rosario una nota suya en la que me daba su impresión sobre mi cuento. Valoré tanto ese gesto, que decidí escribirle para agradecérselo, y salió esta carta muy poco convencional que hoy quiero compartir con ustedes, en homenaje a quien seguramente debe ser el tipo que más carcajadas me regaló en la vida).&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Santa Fe, agosto de 2001.-&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Acerca de una carta a Fontanarrosa que jamás será escrita&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;(Desgrabación parcial de mi última sesión con el analista)&lt;br /&gt;(...)&lt;br /&gt;-Pero mire usted qué interesante. Así que ahora el problema que no lo deja dormir es una carta.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Y bueno, doctor, qué se le va a hacer. Para mí no es nada fácil esto; tengo que escribirle a Fontanarrosa y no sé bien qué ponerle.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Siempre es difícil hallar las palabras necesarias para dirigirse a una mujer. Por lo pronto, me parece que usted debería dejar de imponer en el trato esa distancia tan horrible. Parece un empleado del IAPOS llamando a la gente: "Fontana, Rosa", "Pérez, Roque".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-¿Una mujer? No, doctor, no es una mujer. Fontanarrosa es un apellido. Al que tengo que escribirle es al dibujante, al humorista, al escritor. Al "Negro" Fontanarrosa. ¿Lo conoce?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Sí, sí, cómo no. Yo siempre leo la página de chistes del Clarín. Me encanta el Loco Chávez y mucho más el Mago FaFa. Pero bueno, en fin, acá estamos para que usted me cuente su problema. Lo escucho.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Le explico. Resulta que la semana pasada, Fontanarrosa estuvo en la Feria del Libro y yo tuve la ocurrencia de darle un cuento mío para que lo leyera. Yo pensé: "en una de ésas le gusta y me escribe". Pues bien, el otro día anduve por el Correo, y encontré dos cartas en mi casilla. Agarré la que estaba arriba y casi me muero. Me bastó la primera ojeada para reconocer esa "F" de inmediato. Le juro que me quedé sin aliento.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-La "F" de Fontanarrosa, obviamente.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-No, la "F" de "Financiera". Yo sabía que en cualquier momento me iban a intimar. Hace tres meses que no pago el crédito.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Bueno, pero la otra carta era de él, ¿no?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Sí, sí, claro. ¿Se da cuenta? No sólo le gustó mi cuento, sino que encima tuvo la gentileza de hacérmelo saber. Es una hermosa actitud. Por eso, me pareció que tenía que hacer algo para retribuir aunque sea mínimamente su gesto. Así que le escribí una carta extensísima, muy sentida, pletórica de gratitud.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Me parece muy justo y muy sano.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-El problema es que cuando la terminé, me puse a releerla y me pareció que limitarse a decir "gracias" ante un gesto como el que tuvo es incurrir en una cortedad imperdonable. Esa palabra no abarca todo lo que quiero expresarle.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-¿Y qué hizo con la carta?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-La rompí.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-¿Cómo que la rompió?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Y sí, la rompí. Pero le escribí otra.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Ah, bueno. ¿Y sobre qué le escribió esta vez?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Le dije que yo admiro profundamente a las personas con talento y a las personas con inteligencia. Le dije que cuando esas dos cualidades se dan juntas en una misma persona, la admiro todavía mucho más. Y le dije que si además van de la mano con el humor, entonces siento una admiración al cubo. Ante un Dolina, un Quino, un Les Luthiers, un Woody Allen, no puedo menos que sacarme el sombrero.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Claro, y me imagino que a Fontanarrosa lo habrá incluido en esa lista.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-¡Por supuesto! ¡Usted no sabe la cantidad de carcajadas que me ha provocado este hombre! Nunca he podido entender cómo hace para que no se le agote la creatividad.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Hace bien en no reprimir sus sentimientos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Exacto. Me gasté en elogios. Cuatrocientos treinta y siete adjetivos connotativos, tenía la carta. Qué digo carta; eso no era una carta. Era un encomio, una loa, un panegírico.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Dios mío, desde que descubrió en la computadora el diccionario de sinónimos está insufrible. ¿Y qué hizo al final con su carta?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-La rompí.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-¿Cómo que la rompió?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Y sí, la rompí.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-¿Por qué no la mandó?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-¿Está loco? ¡A ver si todavía Fontanarrosa piensa que soy un cholulo obsecuente! Debe estar podrido de los pesados que le dicen "genio", "ídolo", "maestro".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-¿Le parece? Mire que a los artistas les encanta que los halaguen.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Sí, pero hay que hacerlo con cierto sentido de la ubicación. Y sobre todo con originalidad. Si uno va a robarle parte de su valioso tiempo a un artista, que por lo menos implique un esfuerzo creativo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Ajá. ¿Entonces?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Y...se me ocurrió homenajearlo de un modo más sutil y simpático.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-¿Cuál?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Mandándole mi agradecimiento con un dibujito humorístico.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Así que un dibujito humorístico a Fontanarrosa. Pero mire usted qué apropiado. ¿Por qué no le manda una canción a Serrat, ya que estamos?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-No se burle, doctor.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Es que ya se lo he explicado una docena de veces. Eso se llama "neurosis de fracaso". El sujeto vive buscando metas inalcanzables sólo para sentirse frustrado. ¿Se acuerda de cuando quiso seducir a Martina Navratilova?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-No sea injusto. Yo soy muy consciente de mis limitaciones. Sé perfectamente que el mayor aporte al arte que puedo hacer con un lápiz en la mano es prestárselo a un dibujante. Esto buscaba ser simplemente un acto simbólico.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-¿Y qué dibujó?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Lo pensé bastante, pero finalmente me decidí por un Mendieta.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Amarrete. Seguro que lo eligió porque lleva menos tinta que dibujar a la Eulogia.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-No me cargue, doctor. Usted no sabe lo que me costó. Me pasé seis horas trabajando. Rompí catorce hojas canson, y seis plumines. Gasté un frasco entero de tinta china y arruiné dos manteles. Cuando lo terminé, fui corriendo entusiasmado a mostrárselo a mi señora y me dijo: "¡Ay, qué lindo! ¡Te salió igualito, Rin Tin Tin!". Se imaginará mi frustración.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Quizás su esposa sufre de "síndrome de distorsión canina", una derivación de la paranoia que produce en el sujeto notables confusiones en la percepción de estos animales. Pero no se preocupe; hay casos peores. Yo tenía un paciente que invariablemente confundía las camisetas de los equipos de fútbol.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Pero eso no parece tan grave&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-No se vaya a creer. El año pasado se fue de vacaciones a Río, quiso congraciarse con unos muchachones que jugaban un picado en la playa y, viendo los colores de los gorros que llevaban puestos, les gritó "¡Pra frente Vasco Da Gama!"&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-¿Y qué pasó?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Eran del Flamengo. Una lástima; lo cargaron en el bondinho que sube al Pan de Açucar y lo arrojaron a la Bahía de Guanabara. Pero bueno, ¿en qué estábamos?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Estábamos en que rompí el dibujo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Ah, sí. ¿Y qué hizo entonces?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Decidí intentar una nueva carta, pero esta vez fui mechando, entre frase y frase, referencias puntuales a la obra de Fontanarrosa. Como guiños de complicidad, ¿entiende?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-No, no entiendo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Claro, yo le escribí para agradecerle, y testimoniarle mi admiración, etc., etc., pero cada dos renglones le iba metiendo bocadillos tipo "mal pero acostumbrao", o "ahijuna con la lobuna". Le hablé de "El Cairo", le mencioné como al pasar a Boogie, a Jota Jota Serenelli. Como para que el tipo se dé cuenta de que uno ha seguido su trayectoria, ¿vio?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-No está nada mal. ¿La terminó?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Sí, la terminé. Dieciséis carillas. Con noventa y tres citas textuales, notas al pie, índice, posfacio y bibliografía consultada. Una joyita.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Tengo miedo de preguntar qué hizo con su joyita.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-La rompí, doctor.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Me lo imaginaba. Seré curioso, ¿por qué la rompió esta vez?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Porque es un recurso de lo más bajo, doctor. Demagogia barata. Cholulismo sofisticado.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Pero si no me equivoco su intención es lograr que este hombre se sienta bien al leer su carta, ¿verdad? Entonces es válido que le hable de cosas que para él sean importantes afectivamente.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Justamente, ése fue el leit-motiv de mi quinto intento. Le escribí una carta con un lenguaje futbolero, plagado de referencias a Rosario Central. La idea era crear un texto emotivo, conmovedor. Entonces le tiré como al pasar formaciones del pasado, le mencioné a Landucci, a Mesiano, a Bóveda, a Gramajo. ¡A Aldo Pedro Poy! ¿Se imagina? El tipo lee ese nombre y se le pianta un lagrimón. Hasta le conté que la primera revista "El Gráfico" que me compró mi viejo (año '70) lo traía a Poy en la tapa.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Mi notable perspicacia me indica que también rompió esa carta.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Por supuesto, doctor. Era un recurso todavía más bajo que el anterior. El tipo iba a pensar que me estaba haciendo pasar por hincha de Central para caerle simpático.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Eso es altamente improbable. Cualquier aficionado al fútbol que lea un cuento suyo se da cuenta de que esa melancolía que campea en sus relatos sólo puede haberse desarrollado siendo hincha de Colón.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Será como usted dice, doctor, pero lo cierto es que estoy desorientado. ¿Qué hago, entonces? ¿Qué le escribo?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Lo siento mucho, pero se terminó su hora. Lo espero el próximo jueves.&lt;br /&gt;-No me deje así, doctor, déme un consejo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-Mire, qué quiere que le diga; ya me tiene podrido con esta cuestión. Acabemos de una vez con "la gansada". Para mí, Fontanarrosa "ha vivido equivocado". Le digo más, yo lo prefiero a Sendra. "No sé si he sido claro".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-2335870862752050379?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/2335870862752050379/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=2335870862752050379' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/2335870862752050379'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/2335870862752050379'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnica-n-31-acerca-de-una-carta.html' title='Crónica nº 31: Acerca de una carta a Fontanarrosa que jamás será escrita (julio 2007)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-1527230672631404033</id><published>2008-06-03T12:01:00.000-07:00</published><updated>2008-06-03T12:06:43.196-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 30: ¿Para quién canto yo, entonces? (mayo 2007)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En su libro "Homo videns (la sociedad teledirigida)", Giovanni Sartori expone una teoría alarmante: el "homo sapiens", caracterizado por su capacidad de desarrollar una inteligencia abstracta mediante el complejo aprendizaje de un lenguaje simbólico (el de la palabra escrita), estaría siendo reemplazado por un "homo videns", individuo que, al ser formado desde niño bajo el imperio de la imagen, no logra desarrollar su inteligencia abstracta y, por lo tanto, llega a la adultez sin poder comprender conceptos, transformado en un ser pasivo y acrítico que mira sin ver, y ve sin entender.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Por supuesto, resulta imposible aventurar desde la mirada inevitablemente miope de la contemporaneidad si las conclusiones a las que arriba Sartori son sólo una exageración apocalíptica o si, por el contrario, estamos en presencia de una notable muestra de lucidez respecto del futuro que nos aguarda como especie. Sin embargo, aún si se estimara que su pronóstico es descabellado, parece innegable que su diagnóstico sobre el presente no lo es. Cualquier docente que se haya parado al frente de un aula en los últimos tiempos puede dar fe de algunos de los síntomas preocupantes descriptos en el libro. Y no hace falta recurrir a minuciosos cuadros estadísticos para comprobar cuántas horas diarias dedican los "video-niños" a la televisión y/o a Internet, ni para constatar su escaso apego a la saludable gimnasia de abordar textos escritos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Es cierto, se ha teorizado hasta el cansancio acerca de las consecuencias perjudiciales que trae aparejada (a los individuos pero también a las sociedades) la ausencia del hábito de la lectura. Pero Sartori va una vuelta de tuerca más allá de lo habitual y lleva la cuestión desde lo sociológico hacia un plano antropológico. Ya no se trataría simplemente de una costumbre que ha caído en desuso, sino de un comportamiento que genera una modificación estructural en el desarrollo intelectual de las personas y, con ella, una manera nueva -y notablemente empobrecida- de percibir la realidad.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;¿Exagera Sartori? Puede ser. ¿Es sólo un recurso retórico al que echa mano para llamar la atención sobre el problema, (o sobre sí mismo)? También puede ser. Pero ¿cómo no sentirnos profundamente descorazonados frente a un niño de 12 años que nos pregunta, con pragmático escepticismo, cuál es la gracia de imaginarse cosas? Y es que ahí radica justamente la gravedad del asunto: el problema no es que a la mayoría de los niños y adolescentes actuales no les guste leer; el problema es que, directamente, esa mayoría no consigue ya captar qué sentido tiene el hecho mismo de la lectura. El universo de los libros les resulta antinatural, lo observan con extrañeza pero sin curiosidad. Pueden prescindir perfectamente de él y no sienten culpa o vergüenza alguna por ello.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En un mundo regido por la primacía de lo audiovisual, dedicarse a producir textos suena a despropósito. Sartori no se detiene a explorar esta problemática de los escritores pero, dado el contexto tan adverso que describe, resulta evidente el incómodo lugar al que hemos quedado relegados. "A esta sociedad anestesiada le sobran los escritores", se quejaba cáusticamente Camilo José Cela en su prólogo a "La colmena". Quizás pueda discutirse la falta de matices de tamaña aseveración, pero es imposible desconocer la dosis de verdad que la misma contiene. Convengamos que el mundo no sufriría ningún descalabro si un buen día se decretara un paro general de poetas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En la Argentina, para que un libro sea considerado un éxito editorial, debe vender unos cincuenta mil ejemplares, fenómeno éste que no constituye, por cierto, el resultado usual alcanzado por la mayoría de los títulos editados en nuestro país (a no ser, claro, que uno haya tenido el buen tino de convertirse en figura mediática y recién después ponerse a escribir). Téngase en cuenta que muchos de estos libros salen a la luz costeados por sus propios autores, en ediciones pequeñas que no superan los 500 ejemplares, los cuales -por añadidura- suelen no encontrar demasiados lectores dispuestos a comprarlos. Y si bien es cierto que cincuenta mil lectores, puestos todos juntos, llenarían la cancha de Boca, la importancia de esa cifra se relativiza si se piensa que, en el mundo de la televisión, cincuenta mil personas equivalen a menos de un punto de rating, y que una audiencia semejante representa un rotundo fracaso comparada con los tres o cuatro millones de entusiastas seguidores con que cuentan los programas más exitosos de la pantalla. Por otra parte, no hay que olvidar que vivimos en un país que tiene cuarenta millones de habitantes; es decir que un libro es considerado un suceso cuando lo compra algo más del 0,12 % de la población nacional, porcentaje éste -dicho sea de paso- con el cual un partido político no lograría jamás colocar un diputado en el Congreso. No se puede reducir el problema a una mera cuestión de cifras, por supuesto, pero éstas vienen bien para comprender dónde estamos parados los que escribimos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;No creo, a pesar de todo, que los escritores seamos una especie en vías de extinción. Sea por idealismo, fatalidad o insensatez, siempre habrá, estimo, quienes nazcan con esta inefable vocación de ordenar y combinar palabras para plasmar con ellas ideas y sentimientos. El problema no está dado por saber si vamos a sobrevivir, sino por dilucidar en qué condiciones vamos a seguir ejerciendo este don que nos ha tocado en suerte. Porque es altamente probable que, en una sociedad de "homo videns", lo que mejor sabemos hacer en la vida termine por no importarle a casi nadie. De ser así, los escritores nos volveremos sujetos irreversiblemente anacrónicos y más antifuncionales que nunca, seremos como expertos en glaciares viviendo en el Sahara o especialistas en filosofía presocrática intentando trabajar en Wall Street. ¿Qué sentido tendrá entonces nuestra tarea? ¿Acabaremos acaso transformados en una secta estrafalaria, con códigos inteligibles sólo para iniciados? ¿Le daremos a nuestra obstinación un matiz de heroísmo romántico que nadie, excepto nosotros mismos y nuestros pocos pares, será capaz de apreciar? ¿Nos aferraremos a la ilusión de ser adalides de una resistencia fantasmal que, en términos globales, pasará completamente inadvertida?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;No sabemos, claro, si las profecías de Sartori habrán de cumplirse o no, pero es indudable que ciertas manifestaciones de ese porvenir hipotético laten ya en nuestro presente. Por las dudas, deberíamos empezar hoy mismo a preguntarnos, como en aquella canción de Sui Generis, "¿para quién canto yo, entonces?". Y tratar de contestarnos honestamente, sin apelar a los seductores artilugios de la poesía.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;No sea cosa que el futuro nos tome desprevenidos. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-1527230672631404033?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/1527230672631404033/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=1527230672631404033' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1527230672631404033'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1527230672631404033'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnica-n-30-para-quin-canto-yo-entonces.html' title='Crónica nº 30: ¿Para quién canto yo, entonces? (mayo 2007)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-7232117854566618682</id><published>2008-06-03T11:54:00.000-07:00</published><updated>2008-06-03T12:00:00.947-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 29: La perspectiva escandinava (abril 2007)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;¿Cuatro suecos en la Argentina, haciendo samba y bossanova? La propuesta sonaba -como mínimo- extravagante. Sobre todo porque la gacetilla informativa, lejos de contribuir a esclarecer el asunto, potenciaba la incertidumbre. Luego de mencionar que "el grupo aborda la música brasileña en su confluencia con el jazz y la música contemporánea", terminaba agregando un enigmático "...desde una perspectiva escandinava".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Poner rótulos en el arte, se sabe, suele ser una tarea tan resbaladiza como infructuosa. Después de todo, no hay etiqueta, por acertada que sea, capaz de garantizar o invalidar el disfrute de aquello que ha sido etiquetado. No obstante ello, reconozco que la frasecita en cuestión me resultaba irresistible. ¿Qué querría decir exactamente aquello de "la perspectiva escandinava"? A mí, debo confesarlo, me sonaba a título de cuento de Fontanarrosa. Y si dejaba volar la imaginación hacia los rumbos del delirio (ejercicio que me cuesta muy poco llevar adelante, convengamos), concluía mi viaje mental especulando con un improbable "ABBA canta a Jobim", que era a todas luces una idea muy poco seria.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La posibilidad concreta de resolver el misterio esa noche de viernes tenía un indudable atractivo, pero también un costo. Implicaba dejar a un lado el cansancio acumulado a lo largo de la semana, obviar la otoñal puntualidad de un molesto ataque de alergia, e incluso tener que recuperarse con premura de la tensión extrema causada por el partido de Colón que acababa de terminar. A decir verdad, la tentación de quedarme en mi casa y zambullirme gozosamente en un sueño reparador era enorme. Y sin embargo, ahí estaba el aguijón de la curiosidad, mezclado con la intuición de que el espectáculo iba a valer la pena.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Ganó la intuición.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Luego de una breve espera matizada con amigos, charla y algún trago reconstituyente, los músicos aparecieron sobre el escenario. Guitarra, saxo, bajo y batería, tal la formación instrumental del grupo. Tres suecos-suecos y un argentino residente en Suecia desde su infancia, tal la formación humana. Apenas empezaron a tocar, comprobé que la promoción no mentía: lo que se escuchaba tenía las señas particulares de la música de raíces brasileñas, con toda la carga contagiosa de sensualidad rítmica que ello supone, dibujadas con los trazos característicos del siempre energizante jazz latino. Y la delicada mixtura sonaba muy pero muy bien. Con base en un sólido trabajo de conjunto, afortunadamente alejados de la solemnidad tanto como del vicio del virtuosismo vacuo, los cuatro integrantes de "Latin the Mood" fueron entusiasmando al público a fuerza de bossanova, samba y baión.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Con comentarios de tono ameno, el guitarrista se encargó de ir intercalando anécdotas que explicaban el origen de algunos de los temas del repertorio. También habló -haciendo gala de una resignación filosófica bastante argentina, por cierto- de la sucesión de sobresaltos que les había generado la experiencia de toparse de golpe con las delicias del Tercer Mundo, empezando (o terminando) por enterarse, en pleno viaje, de que una de las ciudades donde iban a tocar se estaba inundando.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Así, entre música y palabras, se fue construyendo uno de esos microclimas que cancelan toda preocupación, toda tristeza. ¿Qué importa el resto en ese momento, qué importa la sucesión de injusticias y conflictos que uno ha presenciado o sufrido a lo largo del día, si el milagro de capturar un momento feliz está allí, al alcance del oido? El recital nos consuela, nos redime, nos pasa un brazo por el hombro y nos sonsaca esa sonrisa que, horas atrás, habíamos extraviado en algún minuto impreciso de la jornada laboral.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Si, valió la pena, nomás, el esfuerzo de la trasnochada.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Eso sí, no me pidan que intente definir lo que es "la perspectiva escandinava". Poner rótulos en el arte, se sabe, suele ser una tarea tan resbaladiza como infructuosa. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Nota: El grupo sueco "Latin the Mood" se presentó el viernes 13 de abril en el Centro Cultural La Urdimbre, de la ciudad de Santa Fe&lt;/em&gt;.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-7232117854566618682?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/7232117854566618682/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=7232117854566618682' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/7232117854566618682'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/7232117854566618682'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnica-n-29-la-perspectiva-escandinava.html' title='Crónica nº 29: La perspectiva escandinava (abril 2007)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-835922960998933922</id><published>2008-06-03T11:47:00.000-07:00</published><updated>2008-06-03T11:53:50.067-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 28: Los docentes y el zeppelin plateado (abril 2007)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Una de las canciones de Chico Buarque que más me gusta es "Geni y el zeppelin". Se trata de una especie de "fábula sociológica", en la que se cuenta la historia de Geni, una joven de costumbres licenciosas que, por tal razón, es sistemáticamente despreciada por el resto de sus conciudadanos. Un día asoma en el horizonte un enorme zeppelin plateado y se instala amenazante con sus cañones en el cielo de la ciudad, horrorizando a sus habitantes. Su comandante, al ver a Geni, queda prendado de su belleza e impone una condición para no destruir la ciudad: pasar la noche con ella. Todo el mundo, claro, implora a Geni que acepte. A ella le disgustan estos personajes poderosos, pero son tantos y tan sentidos los pedidos, que finalmente accede. A la mañana siguiente, el comandante, saciado, se aleja con su zeppelin y los pobladores respiran aliviados. Y como el peligro ya ha desaparecido, en vez de agradecer a Geni que los haya salvado, vuelven a mostrar hacia ella el mismo desprecio que le han enrostrado siempre. Fin.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Me acordé de esta canción durante estos días de la Santa Fe inundada, al pensar en los docentes. Ellos, que hasta hace diez días, eran considerados por muchos como los malos de la película, los rebeldes sin causa, los aviesos protagonistas de reclamos desproporcionados, integran en buena parte el grupo de personas que, con su esfuerzo solidario, han evitado que el desastre social ocasionado por el diluvio sea aún peor. Como en el 2003, han cubierto con su compromiso personal los errores y omisiones de quienes, desde los ámbitos oficiales específicos, deberían haber previsto un sistema de defensa civil que realmente funcionara. No es descabellado, incluso, pensar que varios de los padres que, diez días atrás, llamaban indignados a las radios despotricando contra ellos, se hayan visto beneficiados directamente en la emergencia por su accionar.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Nadie que se precie de ser justo o razonable osaría ahora cuestionar la actitud y aptitud de los docentes. Esta semana, aun con diferencias, con mayor o menor eficacia, con mayor o menor entrega, los docentes, los padres y las autoridades tiraron todos del mismo carro, teniendo en vistas un objetivo común y urgente. Al parecer, en la sociedad santafesina algunas cosas paradójicamente funcionan sólo cuando la ciudad se inunda.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Me pregunto qué pasará cuando el zeppelin plateado se haya ido.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-835922960998933922?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/835922960998933922/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=835922960998933922' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/835922960998933922'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/835922960998933922'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnica-n-28-los-docentes-y-el-zeppelin.html' title='Crónica nº 28: Los docentes y el zeppelin plateado (abril 2007)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-780412805724079106</id><published>2008-06-03T11:40:00.001-07:00</published><updated>2008-06-03T11:44:17.715-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 27: Pequeña crónica naranja (febrero 2007)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;El tipo estaba en el súper, haciendo las compras. Iba caminando como siempre, la mitad de la cabeza prestando atención a los artículos que necesitaba y la otra mitad perdida en plena navegación por los alrededores de Saturno. Cuando pasó ante la góndola de las bebidas, pensó en los 48 grados de sensación térmica del día anterior y recordó que se había quedado sin nada fresco para tomar en la cena (fresco y con sabor, claro; la botella con agua no contaba). Decidió entonces llevar una gaseosa que ya estuviera convenientemente fría. Se detuvo frente a los refrigeradores verticales de puerta transparente y, luego de efectuar un rápido sobrevuelo de reconocimiento, sus ojos fueron a estrellarse contra una botella que, rompiendo la uniformidad del conjunto, erguía con plástico orgullo sus dos litros y cuarto de placer anaranjado.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;No es que el tipo volviera a verla después de mucho tiempo. No fue lo mismo que si le hubiese ocurrido el prodigio de reencontrar, digamos, un envase de Pomelo 12 o de Spur Cola (de hecho, él veía botellas iguales a ésta todas las semanas, cada vez que pasaba frente a la góndola de las bebidas). Sucedió, más bien, que de golpe, así porque sí, lo tentó la idea de volver a probar, después de casi treinta años, el sabor de esa gaseosa cuya sola mención lo conducía invariablemente a remotas regiones de su infancia. .&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Abrió la puerta y rodeó la botella con su mano. La brusca sensación de &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;frío en la palma se le mezcló con una duda inquietante. ¿Y si al tomarla descubría que ahora no le gustaba? Podía ocurrir que ya no la hicieran con el mismo sabor de antes. O que la siguieran haciendo igual, si, pero que el paso del tiempo hubiese alterado su paladar de manera imperceptible. "Ningún hombre baña sus labios dos veces en la misma gaseosa", se dijo, e imaginó que ninguna empresa del rubro habría contratado a Heráclito como creativo publicitario. Decidió disolver los temores. Cargó la botella en el canasto y se fue para el sector de las Cajas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Mientras aguardaba su turno para pagar, pensó que nadie podría acusarlo de ser un consumidor compulsivo, vulnerable a las estrategias de mercado. Y es que esa marca no era tan popular como las otras. No aparecía auspiciando megarrecitales de rock, ningún equipo de fútbol llevaba su logo estampado en la camiseta; ni siquiera se la promocionaba mediante comerciales en la tele. Seguía siendo una especie de cenicienta en el reino de las gaseosas, la eternamente relegada, ésa que los clientes de los bares beben sólo cuando el mozo les informa amablemente que allí no sirven la que ellos acaban de pedir.&lt;br /&gt;El tipo era incurablemente ansioso pero no por ello era un descontrolado. Sabía administrar su ansiedad; no le gustaba que el acoso de lo pendiente condicionara sus pequeños placeres cotidianos. Lo volvían loco las demoras provocadas por el azar o la voluntad ajena, pero encontraba cierto delicioso goce en postergar brevemente la concreción de ciertos deseos. Así que lo primero que hizo al volver a su casa, fue poner la botella en el congelador para desagraviarla del calor infame que la había maltratado en el trayecto. Después, prendió el ventilador, sacó el resto de los productos de las bolsas y se dedicó a acomodarlos sin mayor apuro en sus lugares. Fue al dormitorio, se quitó la ropa transpirada y se puso a ordenar el dinero. Dio un par de vueltas por la casa sin hacer nada en particular, y quiso seguir desviando su atención hacia otros asuntos pero comprobó que era imposible: ya no aguantaba más.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Volvió a la cocina, abrió la heladera y sacó la botella. Estaba realmente helada. La apoyó en la mesa y la destapó con cuidado para evitar que la presión del gas generara un enchastre inoportuno. Respiró hondo y se llevó la botella a los labios. La fue empinando de a poco, hasta que sintió el dulzor anaranjado cosquilléandole en la boca. Y cuando el líquido empezó a circular por su garganta, el pasado se le vino encima como una ola mansa y refrescante: un atardecer soleado y caluroso, el puesto de bebidas en la playa, su papá alcanzándole la botellita de vidrio, él bebiendo su naranja con una pajita, una vaga sensación de alegría perfumando la escena.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Alargó el trago lo más que pudo, como hacía siempre que tenía mucha sed. Lo alargó hasta que sintió que empezaba a ahogarse. Entonces, bajó bruscamente la botella y tomó aire, como quien regresa a la superficie después de haberse sumergido bajo el agua más de lo conveniente.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Algo agitado, contempló el envase con gratitud y sonrio satisfecho.&lt;br /&gt;"Sigue tan rica como siempre, la Mirinda", dijo en voz alta, y se apresuró a guardar la botella de nuevo en la heladera.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-780412805724079106?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/780412805724079106/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=780412805724079106' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/780412805724079106'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/780412805724079106'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnica-n-27-pequea-crnica-naranja.html' title='Crónica nº 27: Pequeña crónica naranja (febrero 2007)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-97827749587492377</id><published>2008-06-03T11:30:00.000-07:00</published><updated>2008-06-03T11:37:25.037-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 26: Incidentes en la partida de Alfredo Di Bernardo (enero 2007)</title><content type='html'>&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Numerosos incidentes enmarcaron este mediodía la partida del prestigioso escritor santafesino rumbo a su residencia ubicada en la localidad de San José del Rincón.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Santa Fe, 17 (Télam).&lt;/em&gt; &lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En medio de graves incidentes ocasionados por la incontrolable histeria de sus fans, el reconocido escritor Alfredo Di Bernardo inició este mediodía su período de vacaciones. Numerosos seguidores del autor de "Informe sobre miopes", que viene de protagonizar un fulgurante éxito de ventas en la Campaña "En estas Fiestas regale cultura santafesina", organizada por la Asociación Cultural El Puente, se hicieron presentes este mediodía en la Plaza España, sobre Avenida Rivadavia, aguardando la llegada de su ídolo literario. También lo hizo una gran cantidad de periodistas, un buen número de curiosos y una nutrida variedad de vendedores ambulantes que intentaban hacer su negocio ofreciendo merchandising del escritor.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Cuando casi a las 12 en punto, Di Bernardo arribó al lugar, dispuesto a abordar un remise trucho que lo llevara a su residencia ubicada en la localidad costera de San José del Rincón, sobrevino el primer atisbo de caos, y fue necesario improvisar una conferencia de prensa para calmar los ánimos. Cabe aclarar que, si bien Di Bernardo mostró una notable predisposición para contestar todas las preguntas que se le iban formulando, el desarrollo de la conferencia de prensa no fue nada sencillo, puesto que los alaridos y cánticos emanados de la entusiasta hinchada dificultaban la comunicación entre periodistas y entrevistado. El estribillo más escuchado fue el clásico "Y ya lo ve / y ya lo ve / es para Borges que lo escucha por TV", seguido por "Se va a acabar / se va a acabar / la dictadura de Bucay".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Tampoco ayudaban al normal desenvolvimiento de los acontecimientos los incontables ositos de peluche ni las abundantes piezas de lencería femenina que llovían sobre el escritor mientras éste, en un alarde de paciencia respondía a requerimientos tan diversos como "¿Cúal será su próximo libro?", "¿Es cierto que los dirigentes de Colón le ofrecieron ser el nuevo refuerzo del equipo?", "¿Qué es el Ser Nacional?", "¿Cuál es el sentido de la vida?", "¿Quién mató a Kennedy?", "¿Existió la Atlántida?", "¿Qué pesa más: un kilo de plomo o un kilo de pluma?".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Un nuevo pico de tensión general sobrevino cuando una admiradora trepada a uno de los ventanales del tradicional Café Tokio exclamó enfervorizada: "¡Papito, quiero tener un hijo con vos!", mientras dejaba sus pechos al descubierto. Visiblemente fastidiado, Di Bernardo sólo atinó a decir: "Estoy harto de ser un hombre-objeto; no soy sólo una cara bonita", lo cual provocó una nueva oleada de suspiros y alaridos histéricos por parte del público femenino. Luego de unos segundos, pareció que la entrevista seguiría su curso normal Sin embargo, cuando un movilero del programa "Intrusos del Espectáculo" formuló una pregunta respecto de la presunta relación amorosa que mantendría Di Bernardo con la actriz italiana Maria Grazia Cucinotta, el autor respondió "de mi vida privada no voy a hablar", dio abruptamente por terminada la conferencia de prensa y se dispuso a abordar el remise trucho que, a duras penas, acababa de llegar hasta la parada. Allí comenzó la debacle. Mientras el escritor ascendía dificultosamente al vehiculo, la presión del público superó el vallado dispuesto por las fuerzas de seguridad, y éstas, viéndose desbordadas, respondieron lanzando granadas de gas hilarante. El viento norte hizo el resto: en cuestión de segundos, una imparable carcajada general envolvió por igual a periodistas, policías, fans, vendedores y curiosos, mientras el remise trucho se alejaba rumbo a la localidad de Rincón.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Se estima que cuando los agentes del orden terminen de reírse, procederán a efectuar algunas detenciones.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-97827749587492377?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/97827749587492377/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=97827749587492377' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/97827749587492377'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/97827749587492377'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnica-n-26-incidentes-en-la-partida-de.html' title='Crónica nº 26: Incidentes en la partida de Alfredo Di Bernardo (enero 2007)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-1991918358363611126</id><published>2008-06-02T13:24:00.001-07:00</published><updated>2008-06-02T13:29:06.435-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 25: De cuando (aparentemente) Dios decidió involucrarse un poco en el fútbol argentino (diciembre 2006)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Suele decírsele a los niños que Dios todo lo ve y que, si uno se porta mal, Dios lo sabe, se enoja y nos castiga. Semejante advertencia nunca ha resultado muy eficaz para generar comportamientos infantiles irreprochables pero, al menos, sirve para envolver al niño en la protectora creencia de que quien hace algo incorrecto recibe siempre su merecido. Con el tiempo, claro, uno va descubriendo que esto es una falacia. Bienintencionada, pero falacia al fin. Porque sucede con demasiada frecuencia (con desmoralizante frecuencia) que quienes hacen cosas malas logran cumplir exitosamente su cometido sin que -al menos en esta vida- nadie los sancione.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;El Torneo Apertura 2006 fue un campeonato plagado de escándalos, hechos de violencia e irregularidades que parecieron confabularse para desmentir aquel dogma maradoniano de que "la pelota no se mancha". Uno de esos lamentables episodios ocurrió cuando, en noviembre, la barra brava de Gimnasia intimidó a sus propios jugadores, exigiéndoles que perdieran su partido frente a Boca. Buscaban, de ese modo, perjudicar directamente a Estudiantes, el clásico rival, en su lucha por obtener el título. Mucho se habló y se escribió sobre dicho partido, antes y después del mismo. Como se sabe, Boca derrotó a Gimnasia con llamativa facilidad y, aunque nadie lo pueda ni quiera probar, todo el mundo opina que los jugadores platenses, fuertemente condicionados, optaron por no desafiar las amenazas recibidas. Y como, al ser citados por la Justicia, los futbolistas de Gimnasia no formularon ninguna denuncia, los violentos se salieron con la suya una vez más, exhibiendo impunemente su alarmante cuota de poder.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;A dos fechas del final del torneo, Boca llevaba 4 puntos de ventaja sobre Estudiantes y todos dábamos por sentado que volvería a ser campeón. Nada autorizaba a suponer lo contrario. Su buen juego, su contudencia ofensiva, la arrolladora campaña realizada hasta ese momento, respaldaban ampliamente su condición de favorito. Es cierto que el fútbol, según la ya clásica definición de Dante Panzeri, es la "dinámica de lo impensado", pero convengamos que ni el más fanático de los hinchas de Estudiantes hubiera apostado por el éxito final de su equipo. Una cosa es soñar con que pueda producirse en nuestra vida cierta combinación azarosa de circunstancias favorables; otra muy distinta es confiar en que esa combinación realmente se va a producir.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Ayer a la tarde, sin embargo, Estudiantes derrotó a Boca en el partido-desempate y se consagró campeón, concretando una hazaña histórica, de esas que tienen destino de mito para todos quienes seguimos sintiendo que el fútbol es un juego maravilloso. Sobran los adjetivos para calificar los méritos del flamante campeón, claro. Pero, sinceramente, no hay ningún argumento lógico que suene convincente a la hora de intentar explicar por qué a Boca se le escapó un campeonato que, diez días atrás, tenía metido en el bolsillo. En estos casos, uno se siente tentado de buscar respuestas no convencionales. He escuchado hoy a algunos supersticiosos hablar de maldición. Anda circulando, también, la historia del mentalista de La Plata que cobra sus "trabajos" en dólares, y se comenta con picardía el asunto de la sal que apareció misteriosamente derramada en el vestuario boquense.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;A mí, en cambio, me ha dado por recordar a los barrabravas de Gimnasia y su estrategia repudiable. Arrastrado tal vez por mi fantasiosa mente de escritor, no puedo dejar de asociar lo sucedido con aquella advertencia aleccionadora que suele inculcarse a los niños. Porque, a la luz de tan inverosímil desenlace, pareciera que Alguien hubiese decidido intervenir para restaurar cierto orden que la irracionalidad de los hombres había intentado disolver. Alguien que, con sólo ejecutar un par de precisas maniobras, consiguió desactivar mágicamente los artilugios empleados por los villanos de la película, tornándolos inútiles. Alguien que barajó las cartas con un humor sutil, rayano en la ironía, y castigó a los malos de la manera en que seguramente más les duele: forzándolos a soportar exactamente la misma fiesta ajena que habían pretendido evitar usando la violencia.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Ya sé, me dirán que los hoy apenados hinchas de Boca no tenían ninguna culpa que expiar. Me dirán que el verdadero castigo debería haber sido la condena ante un tribunal y no un simple resultado deportivo. Me dirán que involucrar a la justicia divina en el fútbol es una especulación demasiado exagerada, y acaso irrespetuosa. Me dirán que Dios tiene asuntos más importantes que atender. Me dirán que hay en el mundo otras injusticias aún más flagrantes esperando ser reparadas. Me dirán que, a lo sumo, sólo debe verse en lo ocurrido un exquisito gesto de justicia trazado ciegamente por la casualidad o el destino.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Puede ser.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Sucede que, a pesar de tanta evidencia en contrario, a pesar de tanto desencanto acumulado, reconforta pensar que -aunque sea de vez en cuando- Dios se sigue encargando de hacer que los malos reciban su merecido.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;14&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-1991918358363611126?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/1991918358363611126/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=1991918358363611126' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1991918358363611126'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1991918358363611126'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnica-n-25-de-cuando-aparentemente.html' title='Crónica nº 25: De cuando (aparentemente) Dios decidió involucrarse un poco en el fútbol argentino (diciembre 2006)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-2913212210230619988</id><published>2008-06-02T13:15:00.000-07:00</published><updated>2008-06-27T12:26:00.225-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 24: Noviembre del '81 (noviembre 2006)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En noviembre del '81 yo era un adolescente muy flaco, muy miope y muy introvertido. Un solitario de 16 años cuyo rostro aniñado permanecía semioculto detrás de un grueso par de anteojos. Un alumno destacado que veía mucha tele, resolvía crucigramas y encausaba sus dotes musicales sacando canciones de oído en un órgano "FunMachine".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En noviembre del '81, si bien manejaba una cantidad considerable de datos sobre el mundo, no sabía casi nada de la vida, aunque a veces sentía que sabía casi todo. Poseía más certidumbres que dudas. Creía en Hollywood y en la revista Gente. No entendía hasta qué punto todo discurso implica necesariamente una manipulación de la realidad. Sobre varias cuestiones pensaba que los malos eran los buenos, y viceversa. No imaginaba que, en apenas un par de años, mis opiniones acerca de unos cuantos temas darían un vuelco de 180 grados.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En noviembre del '81 mis proyecciones sobre el futuro eran vagas. Las más concretas llegaban sólo hasta el año siguiente. 1982 iba a traer consigo tres acontecimientos relevantes: el final de mi escuela secundaria, el Mundial de España y el viaje de Quinto a Bariloche. Que, cinco meses después, la Argentina entrara en guerra con el Reino Unido, por supuesto, quedaba fuera de cualquier previsión, incluso para alguien fantasioso como yo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En noviembre del '81 había empezado ya a formularme algunas inquietudes filosóficas acerca del sentido de mi presencia en este planeta. Pero, más allá de esas primeras reflexiones sobre el ser y la nada, mi gran angustia existencial estaba dada por tener que digerir el reciente descenso de Colón.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En noviembre del '81 no se pasaba rock nacional por las radios y yo le guardaba un inexplicable recelo a la música cantada en castellano. Estaba a años luz de ciertas voces, ritmos y sonidos que, pocos años más tarde, ayudarían a ampliar mis horizontes auditivos para siempre. Escuchaba a Alan Parsons, Supertramp y Queen... pero también a Abba y a Village People.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En noviembre del '81 no había visto ninguna película de Woody Allen, "Brazil", de Terry Gilliam todavía no me había volado la cabeza, y no había experimentado tampoco el nudo en la garganta de cuando la bicicleta de ET levanta vuelo recortada contra la luna. Eso sí, los Superagentes me parecían geniales.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En noviembre del '81 aún no había descubierto la obra de Cortázar. Ni siquiera había perdido todavía mi virginidad mental leyendo "Sobre héroes y tumbas". Agotados hacía tiempo los clásicos infantiles (con el maravilloso Julio Verne a la cabeza), mis lecturas de entonces se concentraban en los ovnis y los fenómenos paranormales. Aún ignoraba que los misterios más apasionantes del universo no se hallan fuera del alma humana, sino precisamente en su interior.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En noviembre del '81, yo no era escritor ni soñaba con serlo. Lejos en el tiempo había quedado mi hábito infantil de garabatear cientos de hojas redactando crónicas de partidos de fútbol, intentando emular el estilo periodístico de la revista "Goles". Atrás también había quedado mi efímera incursión de los 11 años por la ciencia-ficción, plasmada en una novelita llamada "Aventuras en las galaxias", cuya escritura me había proporcionado una apasionante diversión veraniega.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En noviembre del '81, sin ninguna causa específica que lo justificara, sentí el impulso de poner por escrito alguna de las tantas historias imaginarias que solían poblar mi ajetreado mundo interior. E, influído quizás por la reciente lectura de "Los bufones de Dios", de Morris West, tomé un bloc borrador y, empuñando una Sylvapen 78 -que aún conservo como reliquia- me largué a escribir una novela plagada de clichés best-selleristas y lenguaje de serie policial de TV, con espías de la CIA y de la KGB enfrentándose en tierras australianas, pugnando por llegar primeros al inhóspito sitio donde ha caído un satélite que, aparentemente, viola los tratados internacionales sobre armamento nuclear.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;No recuerdo cuánto tiempo me llevó escribir tamaño engendro, pero estimo que a fin de año la historia (a la que nunca puse título) estaba terminada. Sí recuerdo, en cambio, que me encantó escribirla. Sí recuerdo, también, que ese verano le comenté muy seriamente a mi amigo Patricio que. en adelante. me pondría a escribir cuentos, "porque escribir una novela cansa mucho".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Nunca, desde entonces, abandoné esta inefable tarea de perseguir infructuosamente fantasmas vestidos con letras. Es cierto, me tomó algunos años descubrir que la de escritor era la condición que mejor definía mi ser esencial, y me tomó algunos más poder asumirlo frente a los otros con naturalidad, pero esto no le quita a noviembre del '81 su categoría histórica de fecha fundacional.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Veinticinco años después, aún sigo ordenando palabras. Y aunque, en cierto modo, extraño ese irrecuperable candor de los inicios, aunque a esta altura ya no creo que alguna de mis obras vaya a alterar la historia universal de la literatura, aunque la distancia entre el escrito imaginado y el pobre resultado obtenido sea casi siempre abismal, cada vez que estoy terminando de corregir un texto vuelvo a experimentar ese cosquilleo, esa ansiedad. Y, una vez más, siento que es en esos momentos cuando soy más yo que nunca.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Razón más que suficiente, me parece, para dedicarle estas líneas a aquel adolescente que, en noviembre del '81, empezó a construir mi lugar en el mundo usando tan sólo una birome Sylvapen. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-2913212210230619988?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/2913212210230619988/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=2913212210230619988' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/2913212210230619988'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/2913212210230619988'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/06/crnica-n-25-noviembre-del-81-noviembre.html' title='Crónica nº 24: Noviembre del &apos;81 (noviembre 2006)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-5047768952315387981</id><published>2008-05-30T13:13:00.001-07:00</published><updated>2008-06-02T13:15:35.996-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 23: El señor de las aguafuertes radiales (septiembre 2006)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Mi papá acostumbra afeitarse y bañarse escuchando radio. Se lleva la portátil al baño, la acomoda en un estante del botiquín sintonizada en alguna de las emisoras locales y, mientras lleva adelante sus prácticas de aseo personal, se entera de las novedades ocurridas en la ciudad, el &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;país y el planeta. Ha repetido esta rutina, calculo, durante los últimos cincuenta y cinco años de su vida.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Hace ya varios años (no recuerdo bien si a fines de los '70 o a principios de los '80) sus preferencias radiales matutinas se volcaron hacia un programa de LT10 en el que un periodista de voz firme y profunda realizaba comentarios igualmente firmes y profundos sobre temas sociales, políticos y económicos. Un periodista del cual él no había tenido referencia alguna hasta su aparición en ese programa. A mi papá le gustaban mucho los análisis que hacía ese hombre. Cada tanto, acompañando su elogio con un casi imperceptible movimiento labial aprobatorio, solía afirmar: "¡Qué bien habla ese Jorge Conti!".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Nunca imaginé en aquel entonces que los inescrutables vaivenes de la vida me llevarían, unos cuantos años después, a concurrir asiduamente a la casa de "ese Jorge Conti". Menos aún, que iba a hacerlo como tecladista de un grupo musical que habría de adoptarla como lugar de ensayo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Gracias a esas visitas semanales -que se reiteraron a lo largo del '94 y el '95- tuve oportunidad de conocer a Jorge desde un costado doméstico y comprobar que el hombre privado era idéntico al hombre público. Ávido lector, intelectualmente inquieto, diseñador de argumentaciones sólidas y racionales, sinceramente preocupado por el devenir del país y el mundo, idealista hasta el borde mismo del desencanto, su conducta de entrecasa no revelaba impostura alguna. Su indignación contra la injusticia, su rabia contra la frivolidad de los '90, su valoración del arte y el conocimiento, eran tan vigorosas como cuando las enarbolaba a diario ejerciendo su oficio.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Compartir con él alguna que otra reunión gastronómica realizada en su casa, me permitió acceder a un placer adicional: el de escucharlo contar sabrosas anécdotas, tanto personales como de gente que había conocido a lo largo de su vida. Lo hacía con esa misma habilidad verbal notable que demostraba frente al micrófono. La precisión en el uso de las palabras, el manejo adecuado del tono narrativo, la profundidad en la percepción y análisis de los hechos contados hacían de sus relatos un motivo de auténtico disfrute. Todavía recuerdo varias de aquellas anécdotas. Por ejemplo, la de la primera clase de Filosofía que tuvo en la Facultad, cuando el profesor inició su cátedra diciendo algo así como "Señores, de un lado del hombre está la razón; del otro está la fe. En el medio de ambas, está la desesperación. Pues bien, ese es justamente el camino que nosotros vamos a transitar con nuestra materia". Otras, darían para escribir un artículo aparte, por no decir un cuento. Como la de cierto adolescente que, pese a poseer una inteligencia superlativa, se llevaba a rendir todas las materias porque se negaba sistemáticamente a presentar sus carpetas completas a los profesores. El único docente que, quizás intentando adaptarse a las particularidades psicológicas de los genios, lo eximió de cumplir con ese requisito formal para aprobarlo, fue el de Música. Fue, justamente, el único docente al cual el chico le presentó la carpeta completa.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;También me quedó particularmente grabada una noche en que llevé a mi hijo de 11 años al ensayo. Amables como siempre, Jorge y su esposa Erika le dieron conversación durante un buen rato y le prestaron unos libros de historietas para que se entretuviera. "Es un chico muy inteligente...", me dijo Jorge al despedirnos y, a continuación, agregó con melancólico sarcasmo: "... va a tener muchos problemas en la vida".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Cuando el grupo trasladó sus ensayos a otro lugar, dejé de frecuentar la casa de los Conti. No obstante, en la medida de mis posibilidades horarias, seguí a Jorge como oyente. Me gustaba escucharlo cuando proponía esos relatos breves en los que revisaba la vida de personajes históricos o de la cultura (en un abanico amplísimo que iba desde Groucho Marx hasta Alejandra Pizarnik) o cuando abrevaba en su propia historia personal para trazar semblanzas de hombres y mujeres de vida sencilla a los que rescataba del anonimato con sus palabras teñidas de admiración o nostalgia.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La semana pasada, leí en el diario que estaba por presentar un libro: "Aguafuertes radiales", selección de algunos de esos textos que solía leer en el programa "Siempre tarde". La noticia me alegró inmensamente. Recordé haberle preguntado alguna vez si nunca se le había ocurrido juntar sus editoriales y publicarlas. Recordé, también, la expresión vagamente escéptica de su cara al contestarme que era un proyecto que tal vez, algún día, se decidiría a encarar. Saber que al fin lo había concretado me hizo sentir que se trataba de un acto de justicia literaria. Una formidable revancha, por otra parte, contra la enfermedad que en los últimos tiempos lo alejó de los micrófonos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La tarde del viernes previsto para la presentación del libro, tomé un taxi para ir a hacer unos trámites. El taxista iba escuchando un programa de radio en el que, casualmente, estaban hablando de Jorge y su flamante obra. De manera imprevista, el taxista dijo: "Hoy tengo que terminar de trabajar más temprano". Yo quería seguir escuchando lo que decían en la radio, así que, haciendo uso de una cortesía bastante forzada, gruñí: "¿Ah, sí? ¿Por qué?", mientras trataba de no perder el hilo del comentario periodístico. "Porque hoy en la Feria presenta un libro Jorge Conti y lo quiero ir a escuchar", fue la explicación. Debo confesar que realmente no esperaba semejante respuesta. Me sonreí. Iba a decirle que yo también iría, pero no me dio tiempo. Inocente portador de uno de esos guiños traviesos que suele ofrecernos el destino, agregó:&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;-¡Qué bien habla ese Jorge Conti!&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-5047768952315387981?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/5047768952315387981/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=5047768952315387981' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5047768952315387981'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5047768952315387981'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/05/crnica-n-23-el-seor-de-las-aguafuertes.html' title='Crónica nº 23: El señor de las aguafuertes radiales (septiembre 2006)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-2078199064570976809</id><published>2008-05-30T13:04:00.000-07:00</published><updated>2008-05-30T13:11:00.790-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 22: Los fugitivos del siglo XXIII (septiembre 2006)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En los años de mi infancia no había TV satelital, ni cable, ni siquiera TV color. Sólo se veían dos canales: el 13 de Santa Fe y el 7 de Buenos Aires. Tamañas limitaciones, sin embargo, no impidieron que yo me transformara en algo así como un "serie-adicto", capaz de desdeñar la salida más tentadora con tal de no perderme un capítulo de "El Gran Chaparral" o "El Agente de Cipol".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Mis predilecciones estaban volcadas hacia lo policial, la acción y lo fantástico. Programas como "El hombre nuclear", "Starsky &amp;amp; Hutch", "Dos tipos audaces" o "El túnel del tiempo" me congregaban frente al televisor con una devoción cuya intensidad no podría ser igualada, hoy, ni siquiera por un partido de la Seleccion en un Mundial.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La ciencia-ficción, en cambio, nunca estuvo entre mis preferencias. Series como "Ovni", "Cosmos 1999" o "El planeta de los simios" me generaban cierto rechazo prejuicioso o, a lo sumo, una tibia curiosidad que quedaba rápidamente saciada luego de espiar un par de capítulos. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Mal que les pese, entonces, a los fanátícos que hoy celebran alborozados el 40º aniversario de su estreno, debo confesar, aunque suene a sacrilegio, que "Viaje a las estrellas" nunca me gustó. Más bien, me aburría.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La única excepción que logró quebrar esta indiferencia mía hacia el género fue "Fuga en el siglo XXIII". Las peripecias de Logan, Jessica y el androide Rem en busca del Santuario realmente me fascinaban y ocupan, junto con las series nombradas más arriba, un lugar de privilegio en mi corazón de televidente.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Por lo general, el paso del tiempo suele ensuciar el recuerdo de los viejos gustos de la infancia con una dosis retroactiva de vergüenza estético-ideológica que resulta tan inútil como injusta para con el niño que uno fue. Sabido es, por otra parte, que pasar de la mera evocación a la confrontación directa con lo recordado constituye casi siempre un pasaje seguro hacia el desencanto más atroz. No obstante, con "Fuga en el siglo XXIII" me sucede algo inusual, y es que al crecer le asigné a la historia un valor simbólico que la enriquece y permite que, aún hoy, el planteo que propone me siga resultando irresistible.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Digo que se lo asigné y no que lo descubrí porque, lo admito, quizás la serie no tiene ese pretendido valor simbólico y éste sólo existe en mi imaginación. Habrá que convenir, de todos modos, que mi hipótesis interpretativa no es descabellada. En la historia que cuenta la serie hay un gobierno dictatorial que basa su poder en una conjunción de mentiras institucionalizadas como verdad absoluta e indiscutible. Hay un temible cuerpo de guardias encargado de mantener el orden establecido a cualquier precio. Hay una población domesticada que acepta con naturalidad su propio aniquilamiento sistematizado. Hay ciudadanos rebeldes que creen que afuera de la Ciudad hay una realidad diferente a la impuesta por la versión oficial. Hay hombres y mujeres que escapan en busca de la verdad y son perseguidos por ello. Como se puede advertir, vista con ojos adultos, la serie bien podría admitir una relectura profunda y ser entendida como una inquietante alegoría socio-política, y hasta filosófica.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Claro, no es cuestión de hacerle decir a los guionistas aquello que probablemente nunca estuvo en sus planes decir (al fin y al cabo, se trata de un producto surgido de Hollywood). Tampoco de atribuirle a mi niñez una lucidez que lejos estaba de poseer yo a mis 12 años. Después de todo, a mí el programa me gustaba por razones enteramente ajenas a cualquier eventual contenido metafórico. Lo disfrutaba y punto, como se viven las cosas en la infancia.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Y sin embargo, al salir en estos tiempos a la calle con mi adultez a cuestas, al leer los diarios, al ver los noticieros, al percibir perplejo ciertas realidades que acontecen a mi alrededor, no puedo dejar de pensar que la Ciudad de los Domos sigue intacta. Que nos siguen vendiendo falsedades y distracciones para controlarnos. Que sigue siendo imperioso desarticular los discursos que nos inducen a error y pretenden ocultarnos la verdad. Que es absurdo e injusto morir en el Carrusel. Que es preciso, en suma, continuar la fuga hacia el Santuario.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Aunque -al igual que Logan y Jessica- no sepamos si finalmente lo vamos a encontrar. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-2078199064570976809?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/2078199064570976809/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=2078199064570976809' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/2078199064570976809'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/2078199064570976809'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/05/crnica-n-22-los-fugitivos-del-siglo.html' title='Crónica nº 22: Los fugitivos del siglo XXIII (septiembre 2006)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-5775010922783376247</id><published>2008-05-30T12:57:00.000-07:00</published><updated>2008-05-30T13:03:52.280-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 21: La canción que no dice nada (agosto 2006)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;"La próxima canción no dice nada", anuncia Alejandra desde el escenario, con voz tímida. Los del público sonreímos a medias; no queda claro si se trata de una broma o no. Quizás advirtiendo lo equívoco de su comentario, Alejandra se apresura a ampliarlo: "Quiero decir, ninguna de las palabras significa nada; son todas inventadas".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Pienso -¿cómo no hacerlo?- en el célebre capítulo 68 de Rayuela (el de "Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso"). La idea me entusiasma. Parece que asistiremos a un juego literario, un malabarismo lingüístico como el que, con tanta maestría, plasmó Cortázar. No me extraña: los poemas de Alejandra suelen desplazarse por los territorios del delirio con grácil soltura.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Los dedos comienzan a deslizarse sobre la guitarra y, tal como suele suceder cada vez que canta, la voz de Alejandra se transforma. En sólo un abrir y cerrar de corcheas, se despoja de su timidez y vuelve a revelar esa fuerza sugerente que la distingue. Una fuerza que no parece provenir de la garganta, sino desde un sitio interior más recóndito.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La canción responde plenamente a lo anunciado; parece compuesta en un dialecto indígena, o en un ignoto idioma eslavo. Pero su ejecución no deja espacio alguno para la vanidad de los prestidigitadores. La letra, es cierto, no se entiende. Pero se siente. Y es justamente la expresión de la voz lo que excluye por completo toda posible condición lúdica. Definitivamente, esto no es un juego. Al menos, no un juego insustancial. "Ninguna de estas palabras significa nada", ha dicho Alejandra. ¿No significan nada? ¿Por qué, entonces, la canción resulta tan inquietante, por qué es capaz de remover algo en el fondo de nosotros y conmovernos? ¿Por qué si sólo escuchamos sílabas ininteligibles es posible reconocer el llamado visceral que las mismas traen a cuestas? ¿Por qué una serie de vocablos indescifrables permite que ese sentir profundo abandone el subsuelo donde mora y se arroje hacia nosotros en busca de una mano tendida en la cual posarse?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;El acorde final se desvanece en la madrugada y su disolución nos deja un poco vacíos. Aplaudimos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;"Esta canción no dice nada", anunció Alejandra.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Es curioso. Yo siento que lo dice todo. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-5775010922783376247?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/5775010922783376247/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=5775010922783376247' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5775010922783376247'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5775010922783376247'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/05/crnica-n-21-la-cancin-que-no-dice-nada.html' title='Crónica nº 21: La canción que no dice nada (agosto 2006)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-5110789036804998981</id><published>2008-04-26T09:23:00.003-07:00</published><updated>2008-04-26T09:42:59.821-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 20: Días (julio 2006)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Aplicados a la medición del paso del tiempo, los números redondos suelen resultar impactantes. En cuanto uno se descuida, un acontecimiento que parecía haber ocurrido hace poco, se nos revela sucedido hace 10, 20 o 30 años y nos devuelve bruscamente a una dimensión temporal implacable que, por lo general, queda oculta tras los engañosos pliegues de lo cotidiano.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Experimenté esa sensación en carne propia el año pasado, cuando cumplí los 40. La vuelvo a experimentar hoy, porque estoy cumpliendo 15.000 días de vida.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Decir "quince mil días" conmociona, provoca cierto grado de vértigo. "Quince mil" suena a cantidad de víctimas de un terremoto, o algo así (curiosa asociación ésta, pues no estamos hablando de muertos, sino de vida; a no ser, claro, que incurramos en la licencia poético-filosófica de considerar muertos a los días ya vividos). Pero al mismo tiempo, la magnitud de la cifra desdibuja las singularidades de cada unidad que la compone. Hablar de "quince mil días" disuelve los contornos particulares que cada uno de esos días ha poseído, su carga irrepetible de alegrías, problemas o ilusiones. Decir "quince mil días" permite abarcarlos mentalmente a todos en un sólo racimo, pero a costa de concederles una igualdad intrínseca de la que en realidad carecen.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Quizás por esta misma razón, la primera pregunta que surge ante la inminencia de semejante hito cronológico es: ¿cuántos de esos 15.000 días soy capaz de recordar con precisión? Se trata, intuyo, de un intento -fatalmente parcial y acaso vano- de restituirles la individualidad perdida.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Me caracterizo por poseer una notable capacidad para registrar fechas en mi memoria, pero es evidente que eso no alcanza para impedir que los días recordados constituyan una abrumadora minoría. Puedo enumerar sin dificultad qué día conocí a ciertas personas, qué día presenté cada uno de mis libros, qué día me recibí, o qué día empecé a trabajar, y evocar claramente, al hacerlo, cada uno de esos momentos. Pienso también en fechas vinculadas a la historia del país (11 de marzo de 1973, 1º de julio de 1974, 2 de abril de 1982) e inmediatamente se presentan en mi cabeza imágenes de lo que estuve haciendo los días en cuestión. Lo mismo sucede con fechas vinculadas al deporte y con los sucesivos cumpleaños propios, de familiares y de amigos. Entra, también, en este apretado inventario, el inexplicable registro de ciertas fechas que están allí sin que nada lo justifique (ninguna de las personas que conozco recuerda, por ejemplo, que el 13 de junio de 1974 Brasil y Yugoslavia inauguraron el Mundial de Alemania empatando 0 a 0, o que el 20 de julio de 1976 la sonda Viking se posó sobre suelo marciano, y sin embargo sobreviven ilesos a esta razonable amnesia). En suma: aún con el aporte extra de estas rarezas mnemotécnicas que me distinguen, el listado de días vividos perfectamente identificables constituye un porcentaje demasiado escaso en relación al total.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Primera y paradójica conclusión, entonces: a pesar del asombro que suele provocar mi memoria entre quienes me conocen, el verdadero motivo de sorpresa no está dado por todas las fechas que soy capaz de recordar, sino precisamente por lo contrario, por la descomunal cantidad de días que se han desvanecido para siempre, extraviados sin remedio en la neblina de la rutina escolar, estudiantil y/o laboral.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Claro que esta melancólica comprobación no debería sumirme en el desconsuelo. Después de todo, la mayor parte de los recuerdos se conserva sin fecha precisa de origen. Y lo que en verdad importa es justamente su conservación, no la exactitud matemática de su ubicación temporal. Puede entonces que no logre determinar qué hice con mi vida el 6 de noviembre de 1973, o el 27 de agosto de 1992, pero ¿cómo olvidar la mañana en que me metí por primera vez al mar, la tarde en que terminé de leer extasiado "La vuelta al mundo en 80 días", o el día que "2º C" le ganó el clásico a "2º B" con un gol mío sobre la hora? A la luz de esta certeza, el dato concreto pasa a segundo plano, se vuelve irrelevante. Considerados en sí mismos, los días serían, desde esta perspectiva, apenas un mero envase destinado, en la mayoría de los casos, a sacrificar su identidad en aras del especial contenido que los llena.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Esta preeminencia del contenido, sin embargo, me conduce a un interrogante aún más perturbador que el primero: ¿cuánto de lo que he vivido recientemente habré de recordar dentro de algún tiempo? O dicho de forma más incisiva: ¿cuántas de mis acciones diarias, cuántos de esos compromisos y urgencias que tantas horas me consumen y tantas preocupaciones me generan tendrán la significación necesaria como para ser recordados en una década o dos? Tampoco aquí caben las respuestas definitivas, por supuesto, pero mucho me temo que -por expresarlo en términos suaves- un porcentaje considerable de mis días actuales está sacando boleto de ida hacia la nada con absoluta impunidad.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Es altamente improbable que las proporciones estadísticas negativas de la memoria puedan revertirse por puro voluntarismo, pero deberíamos actuar como si se pudiera. Habría que esforzarse un poco. Sería cuestión, tal vez, de no seguir desperdiciando lastimosamente nuestro tiempo en tantas tribulaciones vacuas. Sería cuestión, tal vez, de aprovechar cada día para meterse en otros mares, descubrir nuevos mundos imaginarios o hacer goles importantes en otros arcos. Sería, tal vez, cuestión de merecer el recuerdo futuro.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Es cierto, quizás ni siquiera así alcance. Quizás permanecer en la memoria sea necesariamente el privilegio de unos pocos días. Tal vez éste no sea uno de ellos. Es probable, entonces, que llegue un momento de mi vida en que ya no recuerde qué fue lo que estuve haciendo este jueves 13 de julio de 2006. Hasta es posible, incluso, que tampoco recuerde haber escrito este artículo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Sin embargo, lo escribo igual.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Al fin y al cabo, quizás sólo por eso escribe uno: para combatir el olvido. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-5110789036804998981?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/5110789036804998981/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=5110789036804998981' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5110789036804998981'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/5110789036804998981'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/04/crnica-n-20-das-julio-2006.html' title='Crónica nº 20: Días (julio 2006)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-7830397396042507427</id><published>2008-04-26T09:13:00.000-07:00</published><updated>2008-04-26T09:19:55.019-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 19: La pasión según Atlas (mayo 2006)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La Primera "D" es la categoría más baja en la estructura de los torneos oficiales que organiza la Asociación del Fútbol Argentino. Los clubes que participan en ella tienen mínimo renombre y exiguo presupuesto. No cuentan a su favor con pasados esplendores de los cuales poder vanagloriarse. Los partidos de la "D" se juegan en canchas de escaso o nulo verdor, ante un público por lo general muy reducido. Los jugadores no tienen sueldos. En todo caso, si gracias a algún espónsor barrial, llegan a cobrar algo de dinero, la paga se parece más a una changa que a un auténtico salario. Saben que nunca participarán de un Mundial, que nunca pisarán la Bombonera para enfrentar a Boca, que nunca serán transferidos a Europa por cifras millonarias. Juegan animados por la modesta ilusión de subir a la "C". Juegan -ni más ni menos- por el honor.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En la "D" no hay descensos. Como no hay otra categoría inferior, el equipo que sale último queda automáticamente desafiliado por un año, al cabo del cual puede volver a participar del torneo. Es el precio que debe pagar por ser -si se permite el barbarismo- el más último de todos. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;El último de los últimos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En esa incómoda posición recaló, en el 2004, el club Atlas, humilde institución que, a consecuencia del infortunio deportivo sufrido, en el transcurso del año que duró su desafiliación se quedó sin jugadores, sin cuerpo técnico... y hasta sin camisetas. La crítica situación, sin embargo, no impidió que el año pasado sus dirigentes decidieran emprender la quijotesca tarea de empezar de nuevo. Desde cero, claro.&lt;br /&gt;Esa terquedad inclaudicable de este minúsculo grupo de personas aferradas a un sueño deportivo fue la razón que llevó a la cadena Fox Sports a elegir al "Marrón" (tal el apodo del club a causa del color predominante en su camiseta) como protagonista de un novedoso programa televisivo: "Atlas, la otra pasión", un "docu-reality" destinado a reflejar las vicisitudes del club en su retorno a la "D", no ya desde una perspectiva tradicional, meramente futbolística, sino a través de un enfoque intimista, centrado en lo humano y lo social.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Se sabe, un "reality" no es la realidad misma. Hay en él un cuidado trabajo de edición que la vida no tiene. Hay golpes de efecto que potencian el dramatismo o la emotividad de ciertas situaciones. Hay, también, circunstancias que sólo existen justamente a partir de la presencia de una cámara (es obvio que, de no ser por su exposición mediática, jamás un equipo de la "D" habría podido ganar adeptos en distintos países de America, ni sus jugadores habrían firmado autógrafos en la calle). Pero más allá de esta previsible dosis de artificiosidad, el programa logró un eficaz acercamiento al mundo cotidiano de ese puñado de personas ligadas al club. Mundo situado, por cierto, a tantos años luz de las tapas de los suplementos deportivos de los lunes, como del glamoroso universo de las estrellas del fútbol nacional. Los televidentes se asomaron a los entrenamientos y a los partidos, vivieron de cerca las expectativas y temores de futbolistas, dirigentes, cuerpo técnico e hinchas. Compartieron con ellos sus diarias complicaciones y los esfuerzos realizados para tratar de superarlas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Es cierto, el remanido esquema del protagonista que persigue un objetivo luchando contra toda adversidad dista de ser original. De hecho, es constitutivo de la naturaleza humana, por eso se halla presente en tantas obras de la literatura y del cine. También en la televisión, claro. El valor principal de "La otra pasión" radica, entonces, en que su protagonista no es un individuo, sino un grupo. El héroe, aquí, es un héroe colectivo. Un héroe que, además, se vuelve admirable no porque gana, sino porque lucha, lo cual viene a subvertir el concepto pragmático de éxito imperante en nuestra sociedad. Justo homenaje éste -acaso involuntario- a tantos sacrificados compatriotas que, desde el anonimato y sin esperar recompensa, dedican su tiempo y su energía a crear, desarrollar y apuntalar miles de instituciones deportivas, sociales y culturales.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Si se hubiese tratado de una producción hollywoodense, en el último programa Atlas habría salido campeón en una tensa definición por penales, y los jugadores, emocionados, habrían dado la vuelta olimpica bajo una lluvia torrencial, con una banda de sonido pródiga en trompetas épicas. Pero esto no era una película, sino la realidad: después de cumplir la mejor campaña de toda su historia, Atlas perdió en semifinales contra Berazategui y no ascendió.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Precisamente por eso, por esa ausencia de final feliz, aplaudamos a Atlas. Hagámoslo por todos aquellos que en la vida jamás tendrán su premio y sin embargo la siguen peleando. Hagámoslo por los que siempre salen últimos en un mundo que les niega el derecho a ocupar otra posición. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-7830397396042507427?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/7830397396042507427/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=7830397396042507427' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/7830397396042507427'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/7830397396042507427'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/04/crnica-n-19-la-pasin-segn-atlas-mayo.html' title='Crónica nº 19: La pasión según Atlas (mayo 2006)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-8300592528209001047</id><published>2008-04-26T09:04:00.000-07:00</published><updated>2008-04-26T09:09:17.278-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 18: Ella no era para mí (abril 2006)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;No voy a decir que la deseaba, porque estaría mintiendo. Sí puedo afirmar, en cambio, (no me avergüenza reconocerlo) que últimamente su cercanía constante generaba en mí cierta morbosa curiosidad.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Lo extraño es que, hasta hace no mucho tiempo, todo indicaba que ella no era para mí. La había visto siempre como un horizonte remoto y exótico. La sentía tan ajena a mi destino como un viaje a Bulgaria, o la práctica del salto con garrocha. Era factible que otros pudieran acceder a ella, pero... ¿yo? ¿justo yo? Parecía tan improbable...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Y sin embargo, con imperceptible terquedad, la vida se encargó de ir acercándonos. Comprendí mi error inicial. Poco a poco, fui advirtiendo que esa distancia que yo había creído insalvable era una tela que encogía más y más.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;No aceleré el proceso, es cierto, pero tampoco hice nada por revertirlo. Tal vez fue esa atracción malsana por saber qué se sentía; tal vez fue sólo la inercia del que se deja resbalar hacia lo inevitable.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Y bien, finalmente, ayer sucedió lo que tenía que pasar. Entré a la farmacia y allí, en la balanza electrónica, estaba ella: la marca histórica, la estadística extrema. la cifra otrora inaccesible.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Sí, aunque me cueste creerlo, he llegado a los noventa kilos.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-8300592528209001047?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/8300592528209001047/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=8300592528209001047' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/8300592528209001047'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/8300592528209001047'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/04/crnica-n-18-ella-no-era-para-m-abril.html' title='Crónica nº 18: Ella no era para mí (abril 2006)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-6997958876535801158</id><published>2008-04-26T08:48:00.001-07:00</published><updated>2008-04-26T09:03:45.014-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 17: Sobre cierta amnesia colectiva (abril 2006)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Quienes se dedican a la investigación periodística suelen afirmar que no hay nadie que resista un buen archivo. Tal aseveración parece muy atinada. Más allá de la pose que uno intente adoptar para quedar bien parado frente a la historia, una foto, una grabación o un video tienen la notable capacidad de desarticular la maniobra y desnudar lo ficticio de la mueca. Confrontar la actualidad con los testimonios del pasado sirve para enderezar verdades que se pretende torcer por conveniencia.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En tal sentido, el informe sobre la guerra de Malvinas presentado en la última edición del programa TVR ("Televisión Registrada"), resultó sencillamente devastador. No necesitaron sus autores, para generar escozor, mostrar escenas bélicas, ni exhibir soldados heridos, ni echar mano a las escalofriantes estadísticas sobre suicidios de excombatientes. Les bastó, simplemente, con armar una especie de videoclip con fragmentos de distintos noticieros de la época y dejar que los protagonistas de los mismos -militares, periodistas, dirigentes políticos- mueran por la boca. Las declaraciones rescatadas son tan contundentes, que no admiten chicanas interpretativas acerca de lo que se quiso o no se quiso decir. Que alguien declare frente a una cámara "apoyamos plenamente esta decisión tomada por la Junta Militar" no deja margen alguno para argucias semánticas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Un acierto adicional del informe fue cotejar esas actitudes uniformemente optimistas- oportunistas-obsecuentes-patrioteras de abril del '82 con las posteriores a la rendición argentina. Así fue como se los vio a Neustadt y a Grondona versión siglo XXI despotricando indignados en contra de la gesta de Malvinas, en oprobioso contraste con el video de "Tiempo Nuevo" que los muestra enumerando razones para brindarle su entusiasta aprobación ("yo creo que las tropas argentinas sienten que tienen un jefe confiable", declama lisonjeramente don Bernardo, aludiendo a... Galtieri).&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La jugada maestra del informe, sin embargo, consistió en mostrar la imagen demoledora de la Plaza de Mayo repleta de gente que agitaba banderas y coreaba "¡Gal-tieee-ri! ¡Gal-tieeee-ri!". Un, dos y a la lona. Nocaut a la inocencia del televidente. Duro golpe a la crónica amnesia nacional. Inmediatamente, me acordé de una vieja nota publicada en la revista Humor donde alguien ironizaba: "No nos engañemos; si hubiésemos ganado la guerra, hoy en todas las ciudades habría una avenida llamada Galtieri". Pero claro, perdimos. Entonces, resulta que nadie apoyó la guerra, nadie salió a la calle, nadie vivó a Galtieri. Yo-no-fui. Yo... ¡argentino!.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;No está mal avergonzarse de ciertas cosas. Muchas veces ese pudor retroactivo indica la existencia de una sana evolución ética o ideológica. Lo malo es no querer aceptar que esas cosas sucedieron y posar para la foto con el gesto que ahora quede mejor. Solemos indignarnos con nuestros gobernantes cuando sus discursos acomodaticios proclaman enfáticamente lo contrario de lo que alguna vez propiciaron. Pero ¿qué podemos esperar de nuestra clase dirigente, si nosotros hacemos lo mismo como sociedad? La Argentina no lava sus culpas; las mete debajo de la alfombra. Nadie votó a Menem, nadie estuvo de acuerdo con la política económica de Cavallo, nadie aplaudió el derrocamiento de Isabel Perón. nadie dijo "algo habrán hecho", nadie se creyó la versión de la historia que vendía la revista Gente en la época del Proceso. Y me atrevo a especular que, si el tiro de Resenbrink en el minuto 90 de la final del Mundial '78 hubiese sido gol en vez de pegar en el palo, quizás hoy resultaría que nadie alentó a la selección de Menotti.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Sería bueno ampliar la mirada de una buena vez, esquivar los espejismos autocomplacientes y asumir que la memoria -esa palabra que hace tan sólo dos semanas se volvió omnipresente casi hasta el filo mismo del eslogan- debe incluir también nuestros propios pecados. Por supuesto, quien ha mirado con cierta simpatía los actos de un criminal no debe ser equiparado con el criminal mismo. Hacerlo sería una forma de socializar la culpa, y ese procedimiento suele constituir un medio sumamente util para diluir la responsabilidad politica o jurídica de los que sí están directamente implicados en conductas aberrantes, decisiones injustas o actitudes arbitrarias). Pero que una sociedad se haga la desentendida frente a ciertas sinuosidades de su propia conducta es un peligroso sinónimo de inmadurez. Es más tranquilizador, claro, engañarnos y pensar que nunca nos faltó la lucidez, que sabíamos desde antes lo que en realidad aprendimos después. Es más reconfortante, claro, ponerse a destiempo el traje de héroe y cantar a coro que todos nos opusimos, que entre todos recuperamos la democracia. Pero es muy poco serio. E irrespetuoso, espantosamente irrespetuoso para con aquellos que sí lo hicieron.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-6997958876535801158?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/6997958876535801158/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=6997958876535801158' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/6997958876535801158'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/6997958876535801158'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/04/crnica-n-17-sobre-cierta-amnesia.html' title='Crónica nº 17: Sobre cierta amnesia colectiva (abril 2006)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-3755293312565115295</id><published>2008-04-26T08:40:00.000-07:00</published><updated>2008-04-26T08:47:11.320-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 16: Ha llegado Florencio (marzo 2006)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Cuando Florencio subió al avión en Madrid, estaba a punto de empezar la primavera. Cuando sus pies se posaron al día siguiente en suelo santafesino, ya era otoño.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Seguramente, no es ésta la única paradoja que habrá de afrontar en este viaje signado por los contrastes y la emoción. Hace cuatro años y tres meses que se fue a vivir a España y desde entonces no había vuelto. Ahora, por fin, ha podido darse el gusto de regresar a Santa Fe por unos días. Viene a reencontrarse (o no) con paisajes y personas, a recobrar olores y sabores, a revivir nombres y fantasmas. Visitará familiares, caminará calles por las que supo transitar en su infancia, se meterá en bares, irá a la cancha a ver a su Colón adorado. Urgido por todas las expectativas y temores que despiertan los reencuentros, hilvanará -como pueda- retazos desordenados de un pasado no tan lejano como pretende dibujarlo la distancia.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;También, claro, ha venido a juntarse con nosotros, sus amigos.&lt;br /&gt;Es raro verlo en vivo y en directo después de tanta ausencia. Quizás la sensación se agudiza porque un océano se nos presenta más inexpugnable como línea divisoria que el mero paso del tiempo. De todos modos, al cabo de un rato, la naturalidad se instala nuevamente, disolviendo los grumos de la extrañeza inicial. Y es que, más allá de que se le ha pegado el españolísimo "vale", o de que ahora dice "niños" en vez de "chicos", es fácil identificar en él al mismo tipo que uno conoció. El que me presentaron hace casi diecisiete años. El que animó incontables madrugadas de guitarreada y porrón. El que ejerció oficios tan insólitos como vender maniquíes o asustar turistas en un bizarro "Laberinto del Terror". El que actuó cuando presenté mi tercer libro, dándole vida sobre el escenario a un personaje salido de mi imaginación. El que compartió conmigo la experiencia de atender un stand en la Feria del Libro, de la cual guardamos como legado invalorable un racimo de anécdotas desopilantes. El que matiza las charlas improvisando ocurrencias que sólo a nosotros dos nos causan gracia. El que es capaz de dar hasta lo que no tiene, si hay un amigo de por medio. El que almorzó conmigo dos días antes de irse a España y, mediante un largo monólogo, depositó buena parte de sus recuerdos en el banco de mi memoria. El que tuvo que cruzar el charco en busca de una esperanza que su país se empeñaba en negarle.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Florencio nos detalla cómo andan sus asuntos, nos muestra videos de sus hijos, nos canta sus canciones nuevas, pasa minuciosa revista a su experiencia de vivir en el extranjero. No es nostalgia lo que provoca su presencia. Nostalgia sería sentir que nos hundimos irreversiblemente en el pasado. Esto es distinto; estamos unidos por algo más que un puñado de recuerdos en común. Aquí sigue latiendo vida, y eso reconforta.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Las porciones de pizza desaparecen de las cajas por arte de boca y las botellas de cerveza se desagotan sin prisa pero sin pausa. Los ritos amistosos se renuevan una vez más.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;De alguna manera, pienso, también nosotros, al igual que Florencio, nos estamos desexiliando un poco. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-3755293312565115295?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/3755293312565115295/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=3755293312565115295' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/3755293312565115295'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/3755293312565115295'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/04/crnica-n-16-ha-llegado-florencio-marzo.html' title='Crónica nº 16: Ha llegado Florencio (marzo 2006)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-2555525172941446723</id><published>2008-03-20T16:24:00.000-07:00</published><updated>2008-06-06T09:55:58.857-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 15: Carta abierta a Joaquín Sabina (marzo 2006)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Mira, Joaquín, antes que nada me gustaría aclararte que no tengo nada personal en tu contra. No soy uno de tus admiradores incondicionales, es cierto, pero reconozco que, en general, me gustan tus canciones (algunas de ellas, incluso, me parecen realmente excelentes). Además, tú me caes simpático. De manera que no te predispongas mal hacia mí por estas líneas que te escribo: no me mueve, al hacerlo, ningún fanatismo inquisidor.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Te preguntarás, entonces, a santo de qué las escribo. Pues bien, digamos que lo hago con el fin de denunciar una flagrante injusticia de la que somos víctimas decenas de miles de hombres argentinos. Una arbitrariedad enojosa de la cual -por cierto- no eres el culpable sino apenas la excusa o, en todo caso, el detonante. Me refiero a una serie de ingratas consecuencias que acarrea este curioso fenómeno (¿social?, ¿cultural?, ¿sexual?, ¿sentimental?) que te tiene por feliz protagonista, este amor fervoroso y desbordante que te profesan las mujeres. Me refiero, Joaquín, a ciertas amargas derivaciones de este frenesí femenino colectivo que excede largamente el insatisfactorio argumento sociológico de la relación entre el público y sus ídolos, esta devoción situada a años luz de la histeria que despiertan un Ricky Martin o un Chayanne. Porque, Joaquín, convengamos que lo que esas mujeres sienten por tí es un enamoramiento mucho más sustancioso que una excitación de quinceañeras hacia el galancito de moda.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Ignoro hasta qué punto eres igual al personaje que construiste a través de tus canciones. No sé, tampoco, si la construcción de ese personaje fue algo premeditado o si la cuestión se escapó de tus manos. No importa; en cualquiera de los casos, lo que cuenta es que miles de mujeres te adoran hasta el delirio. ¿Te muestras vago, noctámbulo y atorrante? Ellas te veneran igual. ¿Te dices cínico y escéptico? Ellas te lo perdonan. ¿Te confiesas militante de todos los excesos? Ellas te lo consienten. ¿Te reconoces pecador reincidente? Ellas te absuelven. Peor aún: manifiestan con descarado entusiasmo sus intenciones de ir al infierno contigo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Como comprenderás, Joaquín, la situación de todos los hombres que no somos tú es radicalmente diferente. Lejos estamos de gozar de los mismos privilegios con que las damas te han ungido. Aquí, en los trabajosos parajes de la cotidianeidad, imitar tu filosofía de vida constituye una osadía que se paga con intereses usurarios. Una noche de parranda escandalosa con amigos puede costar un abandono aún más escandaloso. Un elogio desmedido hacia la delantera de Carla Conte o la retaguardia de Pampita puede despertar impredecibles efectos secundarios. Un comentario sarcástico sobre la vida en pareja o la institución matrimonial puede provocar hirientes reprimendas, más punzantes que un bisturí. Dime, Joaquín, ¿por qué a ti las mujeres te festejan lo que a nosotros nos cuestionan? ¿Por qué suspiran cuando declaras cosas que, puestas en nuestra boca, sólo generarían la más incontrolable de las iras o el desprecio más tajante? ¿Por qué tus vicios son ensalzados como virtudes y los nuestros -que son tan parecidos a los tuyos, fíjate tú qué paradoja- son causales latentes de divorcio? ¿Por qué te prefieren, Joaquín, aunque tú te empeñes en encarnar el manual viviente de los malos maridos?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Podrás decirme que ahí radica justamente el meollo de la cuestión: que tú no eres el marido de todas ellas, y que ellas tampoco te quieren para que lo seas. Ya lo explicó Balzac: "Es mucho más fácil quedar bien como amante que como marido, porque es mucho más fácil ser oportuno e ingenioso de vez en cuando que todos los días". Buen punto, sí, pero las cosas no son tan sencillas. Porque te aseguro que ni aun jugando el rol de amante ocasional podemos aspirar a obtener un beneplácito equivalente. ¿Qué pasaría si intentásemos dibujarle a alguna señorita un corazón debajo de su falda? Seguramente recibiríamos a cambio una contundente bofetada o una denuncia por abuso deshonesto. ¿Y si incitáramos a alguna casada infiel a que utilizar el cristal de su foto de bodas para el último gramo, o le propusiéramos a una dama merendar besos y porros? Nos mirarían horrorizadas, nos insultarían, nos tildarían instantáneamente de abyectos y de enfermos. Y sin embargo a ti, por escribir cosas como éstas, te idolatran. No hay derecho, hombre, no hay derecho.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Un amigo aficionado a incurrir en reflexiones cuasifilosóficas me dijo hace poco, tratando de consolarme, que tal vez las mujeres se entusiasman con tus planteos sólo porque los haces en tus canciones, y no en el contexto de una relación real. Se preguntaba mi amigo cómo reaccionaría cualquiera de tus admiradoras si, al llegar del super protestando por el precio de la carne, tú la recibieras atajando su indignación con un cortante "no me pidas llegar a fin de mes". Tal vez tenga razón; tal vez tu función sea justamente ésa: ocupar el rincón de la fantasía en el corazón de miles de mujeres. Quizás las ayudas a reflotar ilusiones vencidas, a apuntalar secretos anhelos, a vengar íntimas frustraciones. Puede ser; la hipótesis parece atinada. Pero no evita que nos sigan midiendo con distinta vara. Y cualquiera sabe que es imposible competir exitosamente contra las fantasías.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En un par de semanas te irás de la Argentina, y el alboroto que has causado con tu visita seguramente se apagará. Sé, sin embargo, que nuestra incómoda posición no variará en absoluto después de tu partida.&lt;br /&gt;Ellas no se olvidarán de tí, Joaquín.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Ni aunque vuelvas a estar lejos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Ni aunque pasen diecinueve días y quinientas noches.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-2555525172941446723?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/2555525172941446723/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=2555525172941446723' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/2555525172941446723'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/2555525172941446723'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/03/crnica-n-15-carta-abierta-joaqun-sabina.html' title='Crónica nº 15: Carta abierta a Joaquín Sabina (marzo 2006)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-7329879830120144953</id><published>2008-03-20T16:12:00.000-07:00</published><updated>2008-06-06T09:55:11.056-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 14: Apuntes de un viaje a las Cataratas (febrero 2006)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;Visita guiada por la casa de uno&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Las dos parejas que acabamos de subir al ómnibus en Santa Fe somos los últimos en sumarnos al grupo. El resto del contingente está integrado por personas que han ido abordando el colectivo a lo largo de un extenso recorrido iniciado en San Nicolás. Para ellos, la circunstancia de pasar por Santa Fe y conocer el Túnel Subfluvial forma ya parte del paseo. De manera que, apenas abandonamos la Terminal de Ómnibus rumbo a Paraná, el coordinador se encarga de brindarle a los viajeros la información básica al respecto. Hecho nada fuera de lo común, claro, excepto para nosotros, que vivimos aquí.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La experiencia de ser tratado como un turista mientras se recorren las calles de la ciudad que uno trajina a diario y conoce de memoria oscila entre lo curioso y lo ridículo. Es como hacer una excursión por nuestra propia casa, guiada por alguien que no vive en ella. Resulta inevitable establecer odiosas comparaciones entre nuestra perspectiva de locales y la que -suponemos- habrán de llevarse los visitantes.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Por otro lado, advertir la existencia de leves imprecisiones en el relato de nuestro coordinador provoca una moderada indignación y lleva, por lógica consecuencia, a preguntarse si acaso esas mismas imprecisiones no se producirán también respecto de otros sitios que uno atraviesa durante el viaje, sin que exista posibilidad alguna de detectarlas, dado el desconocimiento que uno tiene acerca de dichos lugares.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Melancólicamente, confirmo una vez más que buena parte de nuestros conocimientos sobre el mundo está formada por versiones que de él nos brinda otra gente. La subjetividad ajena condiciona nuestro saber.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;No hay caso, che. Ni siquiera en plan de vacaciones puedo desligarme del culto a la relatividad.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;San Ignacio&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Para quien ha sido educado en un colegio jesuita, el tema de las misiones guaraníes guarda connotaciones que resultan familiares. Trae a la mente reminiscencias de remotas clases de Catequesis e Historia en las que se nos explicaba con lujo de detalles las características esenciales de aquel innovador proyecto de evangelización que se llevó adelante entre el siglo XVII y el XVIII. Conocer las Ruinas de San Ignacio, entonces, implica para mí, además de satisfacer mi natural curiosidad, cumplir con una deuda pendiente, nacida veinticinco años atrás.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Son las siete de la mañana e impresiona ver la larguísima cola de gente que espera el inicio del horario de visita. En la boletería, un cartel exhibe la escala de precios. Me llama gratamente la atención comprobar que los mayores descuentos benefician a los estudiantes misioneros, y que la entrada es sin cargo para representantes de comunidades aborígenes.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;El paseo me permite conectarme en vivo y en directo con ciertas clásicas postales que he visto en incontables oportunidades. Contemplar el pórtico de ingreso al templo, por ejemplo, me lleva a recordar una de las figuritas "Maravillas" que coleccionaba en mi infancia, y cuyo álbum casi completo -que me obsequiaba el inmediato pasaporte hacia un fascinante viaje por el mundo- aún conservo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;El guía que nos ha tocado es excelente; sabe muchísimo y contesta con creces todo lo que se le pregunta. Sus palabras brindan datos precisos que enmarcan el sabor levemente amargo que experimento al recorrer el lugar y pensar que hubo en América un proyecto alternativo al de la matanza sistemática y la codicia insaciable, un proyecto que pudo haber generado una historia diferente, con menos sangre, con menos venas abiertas, con menos olvido, pero que terminó derrotado (¿como sucede siempre?) por la lógica implacable de un poder que arrancó de cuajo todos sus logros. Allí están, frente a nosotros, los restos doblemente vencidos de algo parecido a una utopía: los testimonios del proyecto trunco y la denuncia muda del saqueo posterior.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;"¿Y, sentiste algo especial?", me pregunta Gabriela al final del recorrido, sabiendo de antemano que sí. Sin embargo, lo que predomina en mí al abandonar el predio es esa irritante impresión de obscenidad que me genera la presencia de tantos tantos tantos turistas a los que -un poco por propia intolerancia, y un mucho por experiencia- presumo muy lejos de profesar un real interés hacia las cuestiones históricas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;O acaso ocurra, simplemente, que San Ignacio es uno de esos lugares que a mí me gusta recorrer en soledad.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;La guía que no quería serlo&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Uno espera que un guía tenga aptitud, es decir, conocimientos y capacidad para transmitirlos con claridad. Pero también espera actitud, es decir, presencia, aplomo, habilidad para conducir un grupo. Sin embargo, ya a primera vista es dable advertir que R., la joven que habrá de servirnos de guía en nuestro paseo por la mina de Wanda, está lejos de cumplir con este último requisito. En el lento recorrido que conduce al colectivo desde la ruta hasta la mina misma, R. no formula ningún tipo de comentario ni introducción; se mantiene atada a una mudez que se me antoja inaceptable. Se la intuye vergonzosa, con nervios, ostensiblemente incómoda en su rol (o tal vez no sea así; tal vez esto sólo resulta ostensible para quienes somos igualmente vergonzosos). Al bajar del micro, la cosa no mejora. R. habla poco, revela no tener mucha facilidad de palabra, lo cual la lleva a incurrir en constantes muletillas que parecen destinadas a rellenar silencios, como una alumna que no sabe bien la lección. Lo poco que explica, no se le entiende, porque su timidez la obliga a hablar bajito. Para colmo, lo que sí se le entiende suena a veces impreciso y hasta carente de fundamento, dejando instalado en quienes la escuchamos un racimo de dudas que nunca serán aclaradas. Terminamos la visita e, increíblemente, R. no se despide. Es nuestro coordinador quien, una vez de regreso en el colectivo, anuncia en su nombre: "R. me dijo que les desea un feliz viaje".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Objetivamente considerado, todo el episodio presta elementos para indignarse. Algunas personas del grupo formulan comentarios sarcásticos sobre la pobre R.. Yo, en cambio, quizás por saber bien de qué se trata eso de la timidez, la imagino encerrada en el baño tras nuestra partida, enojada consigo misma, recriminándose frente al espejo y al borde del llanto: "Otra vez, otra vez no pude hacerlo".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;La diferencia está en los sanitarios&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Alojarse en Foz de Iguazú es estar en el extranjero sin que se note demasiado. Uno experimenta allí un grado ínfimo de ajenidad. Es obvio que los carteles y anuncios en la calle no están escritos en castellano pero, salvo escasas excepciones, todos resultan comprensibles sin mayor dificultad. Uno siente que la estadía en Foz podría estar transcurriendo en una ciudad de la Argentina. No hace falta comprar reales porque en todos lados aceptan nuestros pesos. No hace falta utilizar el módico vocabulario de portugués turístico que uno carga encima, porque todo el mundo habla español, y si no lo habla, tampoco surgen mayores complicaciones para lograr el mutuo entendimiento. ¿Cuál es el detalle, entonces, que marca inequívocamente que estamos en Brasil y no en nuestro país? Pues nada menos que los baños públicos. No hay un sólo baño brasileño que no luzca impecable o que huela mal. Lo cual -supongo- obedece a una envidiable asociación entre la eficacia de quienes tienen a cargo su mantenimiento y la respetuosa conducta de los usuarios. Algo bastante alejado, por cierto, de uno de los dogmas del ser nacional argentino: la desidia (de ambas partes) hacia los lugares públicos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Nota de color: en un baño argentino de caballeros, junto al recinto donde está el inodoro, hay un cartelito que reza: "Prohibido pararse sobre la tabla".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Cuesta creer que resulte necesario explicitar determinadas obviedades.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;Combatiendo al capital&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Me considero un anticapitalista militante. No porque me enrole en las filas de algún partido de ultraizquierda, ni porque aborrezca la propiedad privada, sino porque mi conducta habitual golpea al sistema -aunque el sistema no sienta ninguno de mis modestísimos golpes- en el centro mismo de su perverso andamiaje: no soy un tipo consumista. Por más que los expertos en marketing me bombardeen a diario ofreciéndome una amplísima gama de productos mediante atractivas consignas, no logran convencerme de que la adquisición de los mismos sea una necesidad que debo satisfacer en forma inmediata si es que aspiro a sentirme una persona feliz y exitosa.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Con estos antecedentes, sería razonable preguntarse qué diablos fui a hacer entonces a Ciudad del Este, considerado el tercer centro comercial del mundo después de Miami y Hong Kong. La respuesta debe ser buscada en el siguiente comentario que me hicieron antes del viaje: "Dicen que con cien mangos te comprás un jean, dos remeras y un par de zapatillas". Convengamos que dicha perspectiva sonaba tentadora.&lt;br /&gt;Diluviaba bíblicamente aquella mañana y, para no morir ahogados, tuvimos que agenciarnos unos pilotines descartables que no son más que una colorida bolsa de residuos tamaño consorcio pero con manguitas y capucha. Así fue como, disfrazados ridículamente de profilácticos gigantes, recorrimos las calles atestadas del lugar.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Ha pasado mucho tiempo desde que conocí la ciudad bajo su antiguo nombre de Puerto Stroessner. La avenida de ingreso se ha transformado en una feria gigantesca, plagada de negocios, galerías comerciales, cientos de puestos callejeros y una multitud de vendedores ambulantes. Para los que conocen Santa Fe, podríamos decir que es una mezcla de Parque Alberdi, calle Mendoza y Plaza del Soldado, mucho más &lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;abigarrada y multiplicada hasta el ahogo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En Ciudad del Este todo se vende y todo se compra, desde baratijas hasta pianos de cola. (En un puesto callejero de venta de ropa, por ejemplo, vi la camiseta alternativa de Colón, la blanca, con el logo de Flecha Bus y todo). Lo más buscado por los turistas son perfumes y electrodomésticos importados, y es lógico porque son los productos respecto de los cuales se consiguen mayores descuentos. Un televisor puede costar hasta un 40 % menos que en la Argentina. Claro, el problema para los malheridos bolsillos nacionales es que uno no lleva el 60 % restante encima. Y si lo llevara, ¿por qué habría de gastarlo en un televisor?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Un poco por curiosidad y otro poco para protegernos de la pluvial ira divina, nos metimos en el Mona Lisa, el único shopping de lujo con que cuenta la ciudad. Seis pisos, aire acondicionado central, escaleras mecánicas, oferta de artículos suntuarios tales como alfombras persas, bar donde un cafecito cuesta dos dólares. Una isla situada a años luz de la realidad que se ve en la calle. Estimo que nuestra chorreante presencia debe haber causado una impresión deplorable, porque era notoria la desconfianza -rayana en la indignación- con que nos miraban las empleadas del lugar. Todas ellas rigurosamente blancas y sin rasgos aindiados, of course, no sea cosa que algún desprevenido vaya a creer que estamos en Paraguay.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Por supuesto, no encontramos la ganga que nos habian descripto. La ropa sale más o menos lo mismo que acá. De hecho, las mismas zapatillas que compré en Santa Fe el año pasado a 55 pesos, me las ofrecieron en un local de la avenida .... a 18 dólares. A Gabriela y a mí no nos importó demasiado. Nos consolamos comiendo una exquisita tartita llamada chipá guazú, hecha con harina de mandioca, polenta y queso.&lt;br /&gt;Nos costó un peso a cada uno.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Lo sé, lo sé; tanto desaforado consumo nos va a matar.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;Elige tu propia aventura&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Recuerdo una vieja película en la que Omar Shariff hace de jugador empedernido y tramposo. Esperando en el casino la hora de empezar a apostar fuerte, mata el tiempo jugando una partida con un par de ancianas muy simpáticas. El tipo las podría desplumar a gusto pero, como es todo un dandy, se deja ganar. Por supuesto, para él la suma perdida es casi una propina, pero para las viejitas semejante guiño favorable del azar constituye un episodio imborrable que habrán de contarle a sus nietos con legítima alegría. Nunca olvidaré la mirada indulgente que Omar Shariff les dedica a las dos ancianas cuando las ve alejarse tan pero tan felices ante la emocionante situación vivida.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Me viene a la memoria esta escena cada vez que en un tour incluyen alguna caprichosa referencia al "turismo aventura". Y es que supongo que la misma mirada indulgente de Omar Shariff se la deben propinar los verdaderos aventureros a aquellos turistas que se sienten Indiana Jones sólo porque andan caminando rodeados de exótica vegetación por un sendero previamente alisado por la mano del hombre para el uso de los visitantes, o navegando un río a bordo de una embarcación conducida por otro, realizando un trayecto que no tiene casi nada de riesgoso. El concepto de aventura tiene que ver con lo imprevisible, con verse obligado a afrontar lo inesperado a cada instante, con desdeñar la seguridad o la comodidad y apostar incluso la propia vida minuto a minuto. Nada más lejos de esto, pues, que las excursiones que suelen diagramarse para el consumo del gran público.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;No obstante mis reservas filosóficas acerca de este equívoco conceptual, no debe suponerse erróneamente por ello que yo reniego de este tipo de "aventuras". Muy por el contrario, creo que prestan un beneficio invalorable: nos permiten ver, oler y escuchar las singularidades de ámbitos totalmente distintos a aquellos que solemos transitar durante el resto del año, lo cual siempre es preferible a tener que conocerlos por la vía indirecta de un artículo periodístico o mediante un documental del Travel Channel.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Es una buena forma de comprobar, con nuestros propios sentidos, que hay otras junglas en el planeta además de la que los humanos hemos tejido en las ciudades.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;Los gomonautas de la acuapista&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Hechas las recientes consideraciones, teñidas acaso de inexcusable escepticismo, diré ahora que la "Aventura Náutica" que se realiza en las Cataratas es una experiencia sencillamente maravillosa. La excursión consiste en navegar durante casi media hora por el río Iguazú a bordo de una de esas embarcaciones semirrígidas conocidas popularmente como "gomón", dotadas de capacidad para veinte pasajeros sentados, debidamente munidos de chalecos salvavidas. La travesía brinda a los viajeros la oportunidad de contemplar las Cataratas desde el agua, empaparse de pies a cabeza cada vez que se pasa exactamente por debajo de algunos de los saltos y regresar al embarcadero haciendo rafting por los rápidos del río.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Como se verá, la excursión posee todos los ingredientes necesarios para el disfrute de cualquier niño. Debe ser por eso que me divertí tanto. Hay pocas cosas tan saludables en la vida como sorprenderse a uno mismo riendo a carcajada limpia, sin racionalizaciones ni pudores.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;Inservibilidad de la literatura&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;De mi primera visita a las Cataratas, producida 26 años atrás, me quedó la certeza de que ninguna foto o filmación logra reproducir cabalmente lo que se ve estando allí. Del mismo modo, el tiempo y mi dedicación a la literatura me enseñaron que la contemplación de ciertos paisajes en vivo y en directo excluye toda posibilidad de traducir en palabras la enorme impresión que provocan. Se puede, sí, apelar a términos trillados como "imponente", "majestuoso" o "espectacular", pero uno, que acostumbra trabajar con el lenguaje, sabe perfectamente que el adjetivo adecuado para calificar maravillas como la de Iguazú no existe.&lt;br /&gt;En esta segunda visita advertí que la cosa va más allá de la mera "imposibilidad" de hacer literatura con las Cataratas. Más estricto sería decir que se trata de una cuestión de "innecesariedad". Tanta hermosura no admite la defectuosa intermediación del lenguaje. Adosarle palabras a tamaña belleza natural equivale inevitablemente a afearla. No hay espacio posible para metáforas. ¿Qué arte puede reflejar la esplendidez de lo que uno está viendo? La única actitud válida y honesta sería arrodillarse, abrir los brazos y agradecer. Así que, señores, dejemos de lado todo lo que nos distraiga del disfrute. Fuera, fuera la literatura. Que la brisa envuelva nuestras caras y el agua nos salpique las remeras.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Que los ojos y el alma se llenen de paisaje. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-7329879830120144953?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/7329879830120144953/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=7329879830120144953' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/7329879830120144953'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/7329879830120144953'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/03/crnica-n-14-apuntes-de-un-viaje-las.html' title='Crónica nº 14: Apuntes de un viaje a las Cataratas (febrero 2006)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-3149610242159703098</id><published>2008-03-20T15:59:00.000-07:00</published><updated>2008-06-06T09:53:09.322-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 13: La carta de Antonella (diciembre 2005)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Aclaración previa:&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Marta Goddio es docente en la Escuela nº 46 "Bernardino Rivadavia" de la localidad de Candioti (ubicada unos 20 km. al norte de la ciudad de Santa Fe). A lo largo del presente año lectivo, y en ejercicio de una tarea tan paciente como amorosa, Marta propuso a sus alumnos de 4to año EGB (un grupo de 15 niños/as de 9 y 10 años). un abordaje interdisciplinario de dos obras literarias: la novela "Lambrusco", de Horacio Rossi, y el cuento "Paralelas", de un servidor. Su iniciativa tuvo tal repercusión entre los chicos, que los resultados obtenidos superaron ampliamente sus propias expectativas iniciales, y nos han dejado perplejamente maravillados a los dos autores involucrados.&lt;br /&gt;El pasado sábado 10, Horacio y yo fuimos a Candioti, especialmente invitados al acto de fin de año organizado por la escuela, en cuyo transcurso los chicos de 4to llevaron a cabo una ingeniosa representación teatral de mi cuento. Mucho se podría hablar acerca de la amabilidad que nos brindó la gente del pueblo, de la notable tarea desarrollada por Marta, o de las desbordantes muestras de cariño que recibimos de parte de los chicos (Lucas, por ejemplo, se abrazó a mis largas piernas y a las de Horacio y, con su carita iluminada por la alegría, le dijo a su maestra "¡Conseguí dos amigos!"). Pero lo que me mueve a escribir estas líneas es una anécdota maravillosa que paso a compartir con ustedes.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La carta de Antonella&lt;br /&gt;Los chicos de 4to habían leído y releído mi cuento "Paralelas", lo habían comentado y debatido, habían trabajado con la maestra de Plástica sobre la historia que en él se narra, plasmando en pequeños dibujos y grandes láminas lo que el cuento les sugería. La señorita Marta propuso entonces que me escribieran cartas para invitarme a que los visitara, para contarme las sensaciones que les había dejado la lectura, y para hacerme los comentarios y/o preguntas que se les ocurrieran. Inmediatamente y con gran entusiasmo, todos los chicos se pusieron manos a la obra. Todos... menos Antonella, que retorcía nerviosamente su birome y no lograba pasar del primer renglón. Intuyendo que algo raro ocurría, la señorita Marta se acercó a ella y le preguntó si había algún problema. Sin mirarla, la nena se limitó a menear la cabeza en sentido negativo. No conforme con esa respuesta gestual tan poco convincente, la señorita Marta volvió a preguntarle si le pasaba algo. Entonces, Antonella no aguantó más y rompió en llanto. Después, levanto sus ojitos llorosos y, entre sollozos, explicó:&lt;br /&gt;-¡Es que no sé qué palabras usar para decirle que lo quiero mucho! &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-3149610242159703098?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/3149610242159703098/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=3149610242159703098' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/3149610242159703098'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/3149610242159703098'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/03/crnica-n-13-la-carta-de-antonella.html' title='Crónica nº 13: La carta de Antonella (diciembre 2005)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-4052431414945478919</id><published>2008-03-20T15:51:00.000-07:00</published><updated>2008-06-06T09:51:47.390-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 12: De las dificultades para escribir boleros cuando se es una persona relativa (noviembre 2005)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;em&gt;miente /&lt;br /&gt;como mienten /&lt;br /&gt;todos los boleros&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Joaquín Sabina&lt;br /&gt;"La canción de las noches perdidas"&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;A decir verdad, escribir canciones de amor no es demasiado difícil. Al margen de las complejidades que pueda generar el ajuste de la letra a la música, o la correcta utilización de las reglas gramaticales (y esto último, hasta por ahí nomás), el secreto del asunto consiste en que el autor vuelque sus sentimientos en alguno de estos moldes preeestablecidos, a saber:&lt;br /&gt;a) te quiero, te tengo y soy feliz&lt;br /&gt;b) te quiero, no te tengo, y soy feliz porque sé que voy a tenerte&lt;br /&gt;c) te quiero, no te tengo y sufro porque no sé si voy a tenerte&lt;br /&gt;d) te quiero, no te tengo y sufro porque vos no me querés&lt;br /&gt;e) te quiero, alguna vez te tuve y sufro porque ya no te tengo&lt;br /&gt;f) ya no te quiero&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Por supuesto, los resultados de la experiencia artística variarán según el talento del creador. Convengamos que hay un abismo entre escuchar a Serrat ensalzando a Lucía y escuchar a Los Auténticos Decadentes acosando a Raquel. O entre la sutileza de Pablo Milanés al momento de eternizar a Yolanda, y la amenaza caníbal proferida por Los Nocheros cuando anuncian "voy a comerte el corazón a besos" (dicho sea de paso, qué sublime sarcasmo sería escuchar alguna vez esta canción integrando la banda de sonido de alguna película de la saga de Hannibal Lecter...).&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Sin embargo, más allá de estas variaciones estéticas, hay un elemento esencial del cual una canción de amor no puede prescindir, a riesgo de perder su esencia y encanto: se trata de la enunciación de los sentimientos de su autor en términos absolutos. La ortodoxia romántica excluye la duda, la ambigüedad, la tibieza. La aceptación de una canción de amor como tal depende precisamente de lo contrario: de la exaltación de lo imposible, de la exageración de lo posible. El cariño o el desprecio no admiten medias tintas; deben ser apasionados y contudentes. Los plazos no permiten retaceos: urgencia y eternidad son las consignas (¿en cuántas canciones se repite el verso "te amaré por siempre"?). Estar con el ser amado equivale al paraíso, al éxtasis, a "tocar el cielo con las manos". No tenerlo cerca, en cambio, o haberlo perdido, equivale al infierno, la desesperación, la muerte, a "me falta el aire si no estás". El vocabulario de las canciones de amor exige proliferación de "siempre", "nunca", "todo" y "nada". Lo gris no existe; es todo blanco o negro. Y este es un dogma que no soporta herejías.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Pues bien, frente a semejante panorama, ¿qué hacemos entonces los herejes? Es decir, las personas relativas. Es decir, aquellos individuos que creemos que la rica esencia del ser humano no radica tanto en los extremos sino en su casi infinita gama de términos medios. Aquellos sujetos -por lo general, bastante escépticos- en los que la racionalidad prima sobre las emociones (lo cual no significa que carezcamos de ellas). Aquellos que nos sentimos más atraídos por los laberintos de la incertidumbre que por el equívoco fulgor de las -posiblemente falsas- certezas. Aquellos que, al ser interrogados sobre cualquier cuestión, solemos iniciar nuestra respuesta con un lacónico "depende...". Aquellos que, por temperamento, convicción o experiencia, miramos las pasiones de reojo y con cierto recelo; tanto, que llegamos a padecer sentimientos de culpa si por descuido pronunciamos un "nunca" o un "siempre" con imperdonable ligereza. Siendo honestos, parece que no se puede escribir boleros cuando uno lleva en la sangre el incurable virus de la relatividad. Siendo honestos...&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;En una de sus canciones, Joaquín Sabina denuncia que todos los boleros mienten. Por cierto, no constituye ésta ninguna escandalosa revelación. Puestos a reflexionar un poco sobre el asunto, resulta fácil advertir que, indiferente por completo a los alardes de grandilocuencia perpetrados una y otra vez en las canciones de amor, la realidad se obstina en no querer adecuarse a los boleros. Los que se juraron amor eterno se separan. Los que sólo ansiaban las dulces caricias del ser amado pueden, años más tarde, terminar reclamando fieramente la mitad de los gananciales como si fueran un botín de guerra. Los que se sentían morir ante la ausencia del otro no tienen el menor empacho en reemplazarlo más velozmente de lo que hubiesen imaginado. ¡Si hasta Pablo Milanés se divorció de Yolanda! (y de las dos esposas que le sucedieron, también). Estrellados contra la experiencia concreta, los planteos amorosos absolutos terminan, entonces, desnudando su esencia de despropósitos. Y a eso, los relativos lo sabemos. No sólo que lo sabemos; es un dato que no podemos obviar.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Podríamos tender aquí un venenoso manto de sospecha y preguntarnos si los que escriben boleros son personas absolutas que están convencidas de lo que dicen, o si en realidad son individuos relativos que mienten descaradamente. Me inclino a pensar en la primera opción. Y no porque mi visión acerca de la ética humana sea candorosa (nada más lejano a mi pensamiento), sino porque me consta que los relativos nos llevamos muy mal con las mentiras. No nos salen, justamente por falta de convicción. Se nos nota la impostura, el exceso retórico, el fleco del disfraz. Los relativos no nos podemos engañar ni queriendo; ¿cómo podríamos engañar a otros, entonces?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;De todos modos, en el fondo las dos opciones planteadas son irrelevantes. La clave de la cuestión no es la buena o mala fe de quienes construyen canciones con mentiras, sino la predisposición de quienes las escuchan a creer en lo que esas canciones dicen, la relación de complicidad que se establece entre quien miente y quien cree en la mentira (o al menos juega a creer en ella). En tal sentido hay, entre absolutos y relativos, la misma distancia que existe entre un creyente y un ateo. Tengo una amiga que, cada vez que me habla de su flamante novio me dice, extasiada, "esta vez estoy segura; es el amor de mi vida". Se lo he escuchado decir unas seis o siete veces en los últimos quince años. Pero, eso sí, cada vez que pronuncia las palabras mágicas, lo hace con una convicción inquebrantable. A mí, en cambio, su cíclica renovación de ilusiones me lleva a recordar ese melancólico dogma de la relatividad que escribió William Faulkner: "lo más triste del amor no es que no dure siempre, sino que la desesperación que produce se pueda olvidar tan pronto". Por supuesto, mi amiga -¿hace falta aclararlo?- es una absoluta que adora los boleros.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La ortodoxia romántica tiene buena prensa y es lógico: su atractivo inigualable consiste precisamente en ser agradable al oído. Pero, dado que la experiencia concreta de las relaciones amorosas transita por andariveles muy diferentes a los propugnados en las canciones, tomarse a éstas al pie de la letra conduce fatalmente a fuertes decepciones. Desde esta perspectiva, cabría conjeturar ¿por qué no escribir entonces boleros sinceros? ¿Por qué no promover que las canciones reflejen la realidad amorosa sin maquillarla? ¿Por qué no despojarlas de los deformantes ornamentos del romanticismo ortodoxo y limpiarlas de esas mentiras que denuncia Sabina? Explicitemos nuestras ambigüedades, confesemos nuestras dudas, enarbolemos sin vergüenza nuestra falta de certezas, expresemos nuestros miedos. Limitemos el margen de error en la interpretación de los discursos amorosos, derribemos esas promesas adocenadas, tan atractivas como imposibles de cumplir. Escribir canciones de amor relativas sería, sin duda, una importante contribución al mejoramiento de las relaciones interpersonales.&lt;br /&gt;Ahí está, por ejemplo, Fritz Perls, mostrándonos el camino con su famosa "Oración gestáltica": "Yo hago lo que hago, tú haces lo que haces. No vine a este mundo a cumplir tus expectativas. Tú no viniste a este mundo a cumplir las mías. Yo soy yo. Tú eres tú. Si por suerte nos encontramos será maravilloso. Si no, no tiene remedio".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Me dirán que semejante declaración de principios es tan cálida como un cubito de hielo. Me dirán que cuesta imaginar a Luis Miguel entonando estas palabras frente a un enfervorizado auditorio femenino. Me dirán que los ideólogos de esta postura corren el riesgo de asemejarse peligrosamente a los Refutadores de Leyendas de los que habla Dolina. A todos estos atendibles argumentos opondré que, si las cosas estuvieran así de claras desde el primer momento, seguramente el índice de fracasos amorosos disminuiría en forma considerable.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Reconozco, eso sí, que difícilmente esta propuesta pueda llegar a gozar de gran popularidad. Las canciones de amor, tal como las conocemos, tienen un encanto irresistible. Aunque mientan. O quizás justamente por esa misma razón. Después de todo, esa añoranza de vivir en un mundo rosa regido por las letras de boleros anida en el fondo de toda alma sensible.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Incluso -o sobre todo- en la de quienes llevamos en la sangre el incurable virus de la relatividad. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-4052431414945478919?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/4052431414945478919/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=4052431414945478919' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/4052431414945478919'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/4052431414945478919'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/03/crnica-n-12-de-las-dificultades-para.html' title='Crónica nº 12: De las dificultades para escribir boleros cuando se es una persona relativa (noviembre 2005)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-7905888667241038929</id><published>2008-03-20T15:45:00.001-07:00</published><updated>2008-06-06T09:50:41.197-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 11: La perspectiva histórica y sus trampas (noviembre 2005)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;El pasado 25 de octubre, a los 92 años, murió Rosa Parks, la mujer negra cuya pequeña gran rebelión individual derivó impensadamente en una lucha colectiva que, años después, consiguió desarticular la legislación racista imperante en los Estados Unidos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Vale la pena repasar brevemente los hechos. Una tarde de diciembre de 1955, mientras regresaba a su casa en un autobús urbano de la ciudad de Montgomery, el conductor le exigió a Rosa que se levantara y le cediera su asiento a un hombre blanco que acababa de subir. Ella se negó a cumplir la orden. Como semejante conducta violaba la ley vigente en el estado de Alabama, su inédita y osada decisión le valió un arresto y una multa. Pero su detención motivó la reacción generalizada de la comunidad negra de Montgomery, que canalizó su protesta a través de un férreo boicot a las empresas locales de transporte, medida ésta que se prolongó durante 381 días. La revuelta -uno de cuyos líderes fue un hasta entonces poco conocido pastor bautista llamado Martin Luther King- marcó el inicio de una serie de crecientes reclamos en favor de los derechos civiles de los negros, que culminó en 1964 con la sanción de la ley que prohibió la discriminación racial.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Medio siglo después de aquel episodio fundacional, la muerte de Rosa Parks ha provocado a nivel mundial una catarata unánime de elogiosos conceptos sobre su personalidad y un amplio abanico de cálidos homenajes a su emblemática figura. Que esto ocurra es, además de justo, totalmente lógico. Y es que, en nuestros días, los derechos civiles de los negros se encuentran debidamente aceptados, institucionalizados y salvaguardados. Solamente un troglodita -que, por cierto, siguen existiendo en todas latitudes- podría cuestionar hoy la validez e importancia de aquel valiente acto de desobediencia.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Son las ventajas que otorga la perspectiva histórica. Es fácil valorar las transformaciones sociales y políticas cuando una sociedad ya las tiene incorporadas a su acervo cultural, cuando la gran mayoría de los ciudadanos acepta lo que alguna vez fue conflictivamente resistido. Por supuesto, no viene mal que así sea. Desde este punto de vista, la mirada retrospectiva nos devuelve una imagen alentadora de nosotros mismos, permite comprobar que -al menos en algunos aspectos- la raza humana ha evolucionado en forma considerable.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;El problema es que esa misma perspectiva histórica nos tiende sutiles trampas en las que solemos caer con inquietante inocencia. La perspectiva histórica nos hace sentir que no estamos involucrados en ciertos acontecimientos, como si fueran enteramente extraños a nosotros. Nos muestra conflictos como si nada tuvieran que ver con el presente, como si sólo fueran cadáveres disecados con mayor o menor destreza. Nos libera de responsabilidades y de culpas. Por sobre todas las cosas, nos regala la ilusión de creer que indudablemente pertenecemos al bando correcto.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Si lográramos esquivar esas trampas, empezaríamos a dudar. Nos veríamos obligados -por ejemplo- a preguntarnos con una mano en el corazón si, en caso de haber estado viajando en aquel autobús, habríamos salido a proteger a Rosa, o si en cambio habríamos permitido que se la llevaran detenida por alborotadora. Y si no hubiésemos compartido aquel histórico viaje, ¿realmente habríamos valorado el heroísmo de su gesto en 1955, tal como lo valoramos hoy?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Podríamos remontar siglos y siglos hilvanando interrogantes en idéntico sentido. ¿Habríamos alzado nuestra voz para defender a ese tal Jesús que se peleaba con los mercaderes en el templo, o habríamos hecho cola para exigir indignados que se aplicara mano dura con aquel peligroso revolucionario? ¿Habríamos organizado una manifestación en favor de Galileo, o nos habríamos reído de aquel loco que suponía que la tierra se movía? ¿Le habríamos prestado nuestro oro a Colón para financiar su utópico viaje hacia las Indias, o le hubiésemos cerrado la puerta en las narices a aquel insensato que osaba afirmar que la tierra era redonda? ¿Habríamos impedido que quemaran a Juana de Arco o a Giordano Bruno, o nos hubiésemos sentido aliviados al comprobar cómo las purificantes llamas de la Inquisición mantenían a salvo el orden preestablecido que tanta comodidad nos brindaba?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Pero no se trata aquí de hacer especulaciones sobre lo que pudo haber pasado y no pasó (después de todo, como no estuvimos allí, nunca sabremos cuál habría sido en verdad nuestra reacción). Se trata exactamente de lo contrario; se trata de plantear una revisión honesta sobre lo que ocurre aquí mismo, a nuestro alrededor, hoy. Repensar cuál es la actitud que tomamos a diario frente a aquellos cuya mirada sobre el mundo cuestiona, contradice o desafía la nuestra. Preguntarnos, en suma, en este mismo día en que recordamos con admiración la valentía de Rosa Parks, a cuántas Rosas Parks despreciamos, maldecimos o ignoramos cada vez que salimos a la calle.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Convendría utilizar las enseñanzas de la perspectiva histórica, no sus trampas. Convendría admitir la posibilidad de que quizás en esos reclamos actuales que nos mueven el piso y nos incomodan se encuentren las semillas de ciertas verdades que en el futuro resultará inconcebible negar.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Convendría no olvidar que la Historia es una película donde -aunque nos guste pensar lo contrario- muchas veces solemos ponernos del lado de los malos&lt;/span&gt;.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-7905888667241038929?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/7905888667241038929/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=7905888667241038929' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/7905888667241038929'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/7905888667241038929'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/03/crnica-n-11-la-perspectiva-histrica-y.html' title='Crónica nº 11: La perspectiva histórica y sus trampas (noviembre 2005)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-1022075077231994915</id><published>2008-03-20T15:33:00.000-07:00</published><updated>2008-06-06T09:48:53.437-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 10: De ilusiones rematadas (agosto 2005)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Días atrás, tuve oportunidad de ver "Se rematan ilusiones", asombrosa película argentina que narra las desventuras de José Luis, un joven soñador que inventa un método para fabricar bolsas para acopiar cereales, tan resistentes como las bolsas importadas (únicas existentes en el mercado), pero mucho más económicas. El primer escollo que debe enfrentar José Luis es la dificultad de encontrar ayuda financiera. Su padre se opone a la iniciativa, no admite que su hijo se involucre en un proyecto de incierta concreción en lugar de aceptar la seguridad del empleo público que él mismo le ha conseguido. Fuera de su casa, no le va mejor: nadie quiere arriesgarse invirtiendo en una empresa que no garantiza ganancias. El consejo unánime que recibe el protagonista a lo largo de su infructuosa recorrida es contundente y desalentador: "no te metás, pibe".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Cabeza dura como todo soñador, José Luis apela a un recurso extremo para conseguir su objetivo: una tarde se trepa peligrosamente a una larga antena y logra así que una multitud de curiosos se congregue a sus pies. Entonces, desde las alturas, mientras el viento amenaza con hacerlo caer, el joven arenga a la muchedumbre con un discurso impactante y conmovedor, cargado de idealismo. Con toda la vehemencia de la que su convicción lo hace capaz, José Luis reclama que la sociedad no le dé la espalda a la juventud, reivindica a los gritos el derecho a ensayar opciones creativas, cuestiona la decisión de quienes prefieren abandonarse a la comodidad de un puestito en el Estado, fustiga la mezquindad de los grupos económicos que eligen seguir alimentando al capital extranjero antes que apostar al desarrollo de la industria nacional. Por los comentarios que generan sus encendidas palabras, queda claro que la mayoría de los que están agolpados en la calle escuchándolo, sólo ve en él a un loco que está subido a una antena y no entiende el hondo sentido de su mensaje. No obstante, su prédica rinde sus módicos frutos: para convencerlo de que se baje, un senador &lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;le ofrece un subsidio.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Con ese mínimo adelanto, el proyecto se pone en marcha. José Luis y un puñado de entusiastas amigos instalan su modesta fábrica de bolsas y comienzan a producir. Sin embargo, deben enfrentarse ahora a un nuevo problema: hasta que el ente administrativo correspondiente no otorgue su aprobación respecto de la calidad de las bolsas, éstas no podrán salir a la venta. El trámite, le informan, llevará al menos tres meses. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Desesperado, José Luis trata de explicar que su emprendimiento no admite semejante margen de espera, pues hay numerosos compromisos financieros que debe cumplir en breve. Su reclamo es vano; el burócrata de turno le muestra una estantería atestada de expedientes: todos están en lista de espera antes que el suyo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Mientras tanto, enterada de la potencial amenaza a sus intereses, la empresa importadora que posee el monopolio de la venta de bolsas a las empresas cerealeras, empieza a mover sus tentáculos. Paga todas las deudas de su minúscula competidora, se convierte de ese modo en su único acreedor y comienza a presionarla exigiendo lo imposible. La habilitación estatal no llega a tiempo. Asfixiada, la flamante Pyme no puede hacer frente a las deudas y sus instalaciones, luego de ser embargadas por la empresa monopólica, van a remate.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Se sabe, no está bien visto contar el final de una película a aquellos que no la vieron, de modo que no voy a incurrir en tal imprudencia. De todas maneras, con lo hasta aquí narrado alcanza y sobra para advertir que el argumento no tiene nada de original. La película no exhibe ningún costado desconocido de la realidad argentina, no hay en ella ningún conflicto que no se pueda encontrar en cualquier diario o noticiero. ¿Por qué tomarse el trabajo de dedicarle estas líneas, entonces?&lt;br /&gt;Solamente para compartir este dato: "Se rematan ilusiones" fue filmada... en 1944.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7628986311730705083-1022075077231994915?l=cronicasdelhombrealto.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/feeds/1022075077231994915/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7628986311730705083&amp;postID=1022075077231994915' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1022075077231994915'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7628986311730705083/posts/default/1022075077231994915'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/2008/03/crnica-n-10-de-ilusiones-rematadas.html' title='Crónica nº 10: De ilusiones rematadas (agosto 2005)'/><author><name>Alfredo Di Bernardo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01568033407607701936</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7628986311730705083.post-8038779419511435432</id><published>2008-03-20T15:26:00.000-07:00</published><updated>2008-06-06T09:47:31.702-07:00</updated><title type='text'>Crónica nº 9: Alegría en rojo y negro (mayo 2005)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Llegan en autos, en camiones, en colectivos. Llegan en sus bicicletas, después de pedalear más de cincuenta cuadras. Llegan a pie desde barrios lejanos, como en una peregrinación, no a causa de místicos fervores, sino porque no hay moneda alguna en sus bolsillos. Llegan en barra, solos, con la familia. Llegan ofreciendo el brazo amable a la abuela, abrazando a su pareja, cargando sobre los hombros a niños de ojos asombrados. Llegan y se ubican donde pueden, avanzan hasta donde el muro de gente se los permite. Se van amontonando frente a la sede del club, hasta transformarse en ladrillos de un dique humano que se extiende de vereda a vereda, a lo largo de más de una cuadra, interrumpiendo el tránsito de la J. J. Paso.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Hay banderas, camisetas, gorros, vendedores, cantos, olor a choripán. Pero esta noche no hay partido. Nadie entrará a la cancha. Los que han venido -¿15.000?, ¿20.000?- no esperan gritar goles ni aplaudir gambetas. No hay rival a vencer, ni puntos por ganar. La leyenda no será puesta a prueba; no hay ningún elefante a tiro con posibilidades ciertas de morir en ese estadio que hoy, desde las sombras, parece espiar la situación con una mirada algo celosa. Nadie les ordenó que vinieran. Nadie indujo ni organizó su llegada. Nadie les vendió falsas promesas de felicidad o bienestar. Nadie compró su voluntad ni tampoco la alquiló. No pretenden llevarse nada. No habrá discursos, regalos, escenario con famosos, ni fuegos artificiales. No esperan recompensa; han venido a dar. Sólo están allí por el amor incondicional que sienten hacia esos dos colores, un amor a prueba de decepciones, marcado por una fidelidad inexpugnable que ninguna derrota logra mellar. Los mueve la alegría más pura, esa felicidad tan incontaminada que hasta sirve de desagravio: un río alegre de gente se instala en el mismo sitio por donde hace dos años irrumpió otro río de muerte y desolación.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;Han venido, simplemente, a esperar que llegue la medianoche, atraídos por el hechizo irresistible de los números redondos. Saben que tienen una cita con la historia y que el plazo se está acortando. Por eso miran el reloj a cada rato, como cuando el equipo va ganando uno a cero, pero esta vez sin temores ni fantasmas. Un locutor habla por un micrófono y parece arengar a la muchedumbre. La mayoría no logra entender lo que dice: sus palabras se disuelven en el bullicio general, ocultas sin remedio por las cumbias que llegan desde la esquina de Bulevar Zavalla. No importa, no hace falta ninguna incitación al festejo. Los gritos y los cantos surgen solos. Desde el oeste, el repique de alguna murga desgrana un latir de candombe. Las banderas rojinegras flamean sin cesar, acariciando la noche suavemente. El último minuto del miércoles se va desdibujando y la ansiedad resulta incontenible. Cien años de historia concentrados en un sólo momento que está a punto de llegar. ¿Habrán imaginado esta postal los muchachos fundadores aquel 5 de mayo en El Campito? ¿Lo habrán soñado los once jugadores que, con su triunfo ante el rival de idénticos colores, aseguraron para siempre el derecho a usar la camiseta sangre y luto? No hay forma de saberlo, ni tiempo para distraerse ensayando hipotéticas respuestas. La única certeza está aquí, bailando entre la gente, en este exacto instante en que las convenciones de los calendarios decretan que hay que asignarle al paso del tiempo una nueva cifra.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;La multitud agolpada en la calle genera una ovación unánime y aplaude. Hay gritos, y vivas, y bombas, y un "Que lo cumplas feliz" coreado desordenadamente por miles de voces, con más entusiasmo que afinación. Hay quien se emociona y derrama alguna lágrima. Hay quien no para de saltar. Hay quien extiende sus brazos al cielo y exclama, conmovido: "¡Gracias por todo, Colón!". Y en una involuntaria demostración de armonia política, sucesivamente surgen, estruendosos, los dos emblemáticos gritos de aliento: el "Dale Colón", con música de marcha peronista; el "Dale Negro", con música de marcha radical. Leves variantes litúrgicas de una misma religión.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:130%;"&gt;El minuto histórico ha pasad
